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Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, de Yusei Matsui

assassination classroom 19

assassination classroom 19Página cinco de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página diecinueve si lo hubiera leído desde el principio. ¡Ay, qué lástima no haberlo conocido antes!

Querido Yusei Matsui:

Gracias. Imagino que leíste mi anterior reseña, en la que te decía que no sabía si podría perdonarte otro episodio de relleno, y veo que has escuchado mis súplicas. ¿Qué dices? ¿Que eres un escritor serio y ya tienes toda tu historia trazada?, ¿que no haces caso a las rabietas de tus lectores? Bueno, vale, haré como que no he oído eso y seguiré recomendando tu manga a quienes aún no se hayan animado a leerlo.

La portada de Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela es negra, algo que no es trivial en esta historia. Tanto es así que siempre va acompañada de la explicación oportuna. En esta ocasión, simboliza la ira, pero como viene siendo habitual en el aula de asesinato de escuela secundaria Kunugigaoka, es ira orientada a fines educativos. Y esa negrura ocupa toda la portada, a excepción de dos pequeñas luces: los ojos de su protagonista, Korosensei. Ni rastro de su sonrisa, esa que nunca desaparece, lo que no presagia nada bueno… Y yo, que estaba deseosa de acción y de acontecimientos relevantes, me echo a temblar. A las pocas páginas, para rebajar la tensión, aparece el Korosensei de siempre, con sus bromas y sus mil estratagemas para seguir creando momentos inolvidables con sus alumnos de 3º-E. Y me rio, pero no bajo la guardia. Que ya sabes, Yusei, que me encanta el humor de este personaje, pero me niego a que esta entrega se convierta en otra sucesión de gags.

Entonces, sucede lo que tanto temí. Ahora sí, comienza la cuenta atrás para el asesinato de Korosensei.  Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela recorre la última semana hasta ese fatídico momento que supondrá el desenlace de este manga. ¿Conseguirán acabar con Korosensei? Espero que no, pero no me hago ilusiones. Porque ya he aprendido, Yusei, que contigo nunca se sabe por dónde va a tirar la historia.

Si en mi fase de lectora decepcionada deseaba que llegara el siguiente número, ahora, en la fase de lectora enganchadísima, estoy que me subo por las paredes. Qué larga se me va a hacer la espera de esas dos entregas que contarán los noventa minutos que quedan para el gran final. Menos mal que la salida del número 20 ya está anunciada y yo lo tengo reservado.

Así que gracias, Yusei Matsui, por haber puesto toda la carne en el asador en Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, para que el final de este manga sea tan apoteósico como parece que será. Gracias también por haber creado un personaje como Korosensei, tremendamente divertido, entrañable y sabio.
Y gracias por tu crítica al sistema educativo que no se fija en el potencial de cada alumno, a esa ciencia que rebasa los límites de la ética, a esos medios de información que manipulan a las masas a través de medias verdades y cultura del miedo.

No podía concluir la quinta página de este diario de lectura  sin darte la enhorabuena por Assassination Classroom. Con esta historia estás demostrando que, aunque algunos cómics se disfracen de puro divertimento, cuentan historias necesarias con personajes inolvidables.

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Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura, de Lorenzo Gallardo

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura«La pequeña anécdota nunca es gratuita. Ocurre por la personalidad o forma de reaccionar de una persona ante su entorno». Eso es lo que opina Lorenzo Gallardo en la introducción de su libro Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura. Por eso, ha reunido en él curiosidades sobre ciento veinte autores, ¡ahí es nada!, para que descubramos detalles sobre sus vidas y caracteres que nos harán comprender mejor sus obras.

Y a mí me encantan las anécdotas. Es ver un libro sobre eso, ya sea de cine, ciencia o literatura, y allá que voy. De ahí que conociera varias de las historias que se cuentan en este libro, pero debido a la gran cantidad de escritores retratados, han sido muchas más las que he descubierto. Además, se agradece que no solo hable de escritores famosos y recuerde a otros que hoy en día son bastante desconocidos, pero cuyas obras y vidas merecen capítulo propio, no solo en este libro, sino en la historia de la Literatura.

Lorenzo Gallardo comienza su repaso cronológico de la literatura con la poetisa griega Safo y le pone el punto final con el autor de los estados de Facebook de millones de personas: Paulo Coelho. Nos cuenta los aspectos más curiosos de las personalidades o de las vidas de los escritores, con la cercanía y el sentido del humor con los que lo haría un amigo nuestro en la barra de un bar.

¿Sabías que Virgilio se gastó 800 000 sestercios (325 000 euros de los de ahora) en el funeral de su mosca?

Ni te imaginas la que lió La cabaña del tío Tom. Tuvo tanto éxito que crearon todo tipo de merchandising: juguetes, cuberterías y hasta papel pintado.

No sabes cómo se las gastaba doña Emilia Pardo Bazán. Ahí donde la ves, ¡fue traficante de armas!

¿Y qué me dices de H. G. Wells? Fue un adelantado a su tiempo, y no solo en la ficción: practicaba abiertamente el poliamor, no se cortaba ni un pelo.

Y no te pierdas lo que le pasó a Jean Cocteau una noche… Conoció a una enigmática doncella, peeeero… ¡en realidad era un señor! Y uno muy famoso, que tú y yo hemos estudiado en los libros de Historia.

Pero el mejor de todos era el escritor argentino Omar Vignole: le gustaba pasear por la calle con su vaca, mientras increpaba a todo el mundo.

Como veis, algunas de las historias son tan surrealistas que parecen de broma. Y es que, como no podía ser de otra forma, la vida real de los escritores supera muchas veces sus ficciones.

Lorenzo Gallardo también nos relata los asombrosos encuentros entre artistas. Por ejemplo, los infructuosos proyectos que llevaron a cabo Maquiavelo y Leonardo Da Vinci, lo que disfrutó Quevedo siendo casero de su archienemigo Góngora, la confrontación dialéctica de Lope y Cervantes por el amor de una bella dama, lo que ocurrió la noche en la que Enrique Jardiel Poncela quiso matar a Jacinto Benavente o por qué Ray Bradbury le debe su carrera literaria a Hugh Hefner.

Estas anécdotas son tan atípicas que nos desmontan la imagen que teníamos de muchos escritores. Y es que saber que Agatha Christie era surfera, que Borges era fan de Rolling Stones y Pink Floyd o que Yukio Mishima planeó un golpe de estado en su país, nos hace verlos con otros ojos irremediablemente.

Lorenzo Gallardo habla de todo eso que nunca se menciona en las enciclopedias o en los libros de texto y que sirve para bajar a los escritores de su pedestal y hacerlos humanos, lo que ayuda a que nos atrevamos, por fin, con las obras de aquellos que nos parecían inaccesibles. Y es que Eso no estaba en mi libro de Historia de la Literatura es una lectura perfecta para volver a enamorarnos de la literatura y sus creadores.

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Odd y los gigantes de escarcha, de Neil Gaiman

Odd y los gigantes de escarcha

Odd y los gigantes de escarchaMira que me gustan las historias infantiles de Neil Gaiman, esas que narra con sencillez, pero que están llenas de dobles lecturas. Me parecen una excelente elección para aficionar a la lectura a los más pequeños. Además, suelen publicarse en ediciones tan cuidadas que es inevitable que les entren por los ojos. Es el caso de Odd y los gigantes de escarcha, con una portada espectacular y las magníficas ilustraciones de Chris Riddell, que le roban protagonismo al mismísimo Neil Gaiman, el mejor cuentacuentos del siglo XXI.

Odd y los gigantes de escarcha nos narra la historia de un niño de doce años llamado Odd, al que no suele acompañarle la suerte. En poco tiempo, se ha quedado cojo y ha perdido a su padre, y, sin embargo, encara el futuro con una sonrisa, algo que desconcierta e incluso incomoda a la gente de su alrededor, más acostumbrada a quejarse y a no buscar solución a los problemas.

Un día, un oso, un zorro y un águila se cruzan en su camino. Pero no son animales cualesquiera, sino Thor, el señor del trueno; Odín, el más grande de todos los dioses y Loki… hermano de sangre de los dioses. Le cuentan que en Asgard se han asentado los gigantes de escarcha y que estos amenazan con sumir el reino en un invierno sin fin. Y visto que como animales poco pueden hacer para combatirlos, Odd se ofrece a viajar hasta allí para poner remedio a esta desagradable situación.

De este modo, Odd y los gigantes de escarcha se convierte en una novela de formación, pues vemos que Odd comienza su viaje hacia Asgard como niño y regresa a su hogar como adulto. Aunque es más bien una evolución física, una constatación ante el mundo de lo que Odd era desde el principio, pues su personalidad y actitud ante la vida demuestran su madurez e ingenio desde la primera página.

Como siempre, Gaiman se sirve de los elementos clásicos de este tipo de historias para dales una vuelta de tuerca y echar abajo tópicos y prejuicios: ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos, ni los problemas se solucionan siempre de la misma manera. Eso es de agradecer en cualquier libro, pero especialmente en los que están dirigidos a los niños, pues les hacen tener amplitud de miras y les asegura una lectura divertida y repleta de aventuras. Además, Odd y los gigantes de escarcha es un libro perfecto para que descubran que la mitología escandinava va más allá de las películas de superhéroes de Marvel y se fascinen con ella.

Así que yo no pienso dejar escapar la ocasión de poner este libro bien a la vista en mi estantería. No porque sea una preciosidad y se me caiga la baba cada vez que lo miro, sino para captar la atención de los niños que pasen por mi casa. Quiero que lo cojan entre sus manos, que acaricien esa portada en relieve y que, al pasar la primera página, Neil Gaiman los embauque con su relato de las gélidas aventuras de Odd. Las impresionantes ilustraciones de Chris Riddell que adornan cada página harán el resto. Será mi mejor anzuelo para que caigan en las redes de la literatura para siempre.

 

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El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

El secreto de Marrowbone

El secreto de MarrowboneEn el recurrente debate de si es mejor el libro o la película, se suele argumentar que son dos lenguajes distintos y, por tanto, incomparables. Sin embargo, hay libros que nacen destinados a ser película o, como en este caso, a la vez que la película. El secreto de Marrowbone es la primera novela de Sergio G. Sánchez y también su primera película como director, además de único guionista.

Entre los anteriores trabajos del autor destacan los guiones de Lo imposible, Palmeras en la nieve y, sobre todo, El Orfanato, la que fue su primera incursión en el mundo del largometraje, junto al también debutante —y ahora, internacionalmente conocido— J. A. Bayona. ¿Y por qué destaco El Orfanato entre sus guiones? Aparte de porque es la única que he visto de las películas mencionadas (las demás, no sé por qué, me dan mucha pereza), es la que más puntos tiene en común con su ópera prima como director. La infancia y sus miedos y la importancia de los lazos familiares son también los temas en torno a los que gira El secreto de Marrowbone.

No puede negar Sergio G. Sánchez que es guionista. La narración en El secreto de Marrowbone tiene mucho de lenguaje cinematográfico. Su forma de describir los gestos de los personajes y sus posiciones en el espacio en cada momento nos hace visualizarlo todo como una escena de cine. A ello ayudan las bonitas ilustraciones que acompañan al texto, que también recuerdan a un storyboard. Y, sin embargo, no cae en el error de presentarnos un guion adornado para hacerlo pasar por novela, sino que la historia funciona perfectamente a nivel literario.

«La memoria es pura creación. Ningún recuerdo es real. Cada día podemos reescribir nuestra historia», dice una de mis frases favoritas del libro. Y de eso va, al fin y al cabo, El secreto de Marrowbone: de los recuerdos como losa y como tabla de salvación; de la capacidad de reinvención del ser humano —y, sobre todo, de los niños— para sobrevivir a los terrores, ya sean los que provoca su fantasía o los que acechan al otro lado de la puerta, en el mundo real.

Sergio G. Sánchez nos cuenta la historia de cuatro hermanos, Billy, Jane, Jack y Sam, que han huido de un pasado lleno de horror y de secretos inconfesables y que ahora viven prácticamente recluidos en su vieja casa familiar, por miedo a que alguien descubra que su madre ha fallecido y los servicios sociales los separen para siempre. Y aderezándola con ternura, suspense, fantasía y terror, Sergio G. Sánchez nos lleva a dónde quiere y cómo quiere, para que el giro final nos deje del revés.

Quizá en esta ocasión, más que nunca, sea inútil preguntarse si el libro es mejor que la película, porque Sergio G. Sánchez ha imaginado la historia de estos cuatro hermanos y él mismo la ha adaptado a la gran pantalla y al papel. Tampoco merece la pena preguntarse si es mejor guionista, director o novelista. Dejémoslo en que es un gran contador de historias y disfrutemos de sus creaciones, sean en el formato que sean.

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Queen en 3-D, de Brian May

Queen en 3D

Queen en 3DQueen es la mejor banda de rock de todos los tiempos y Freddy Mercury es el más grande. En mi opinión, claro. Y, bueno, en la de millones de personas también. Por eso, no es de extrañar que más de veinte años después de la muerte de Mercury, aún escuchemos su voz casi a diario. Las canciones de este grupo británico aparecen en anuncios y películas y provocan que miles de personas entonen al unísono con solo escuchar los primeros compases de We Will Rock You, We are the champions o Bohemian Rhapsody. Esta última es mi canción favorita, por si había alguna duda; soy una fan de Queen muy típica, lo sé.

Queen no pasa de moda y sigue ganando seguidores, generación tras generación. Y es normal que cuando sale un libro como Queen en 3-D, que lleva como subtítulo «Un retrato íntimo de la legendaria banda de rock a través del objetivo de Brian May», a los fans de hoy y de siempre se nos haga la boca agua. También habrá escépticos que piensen que es un producto sacado de la manga para seguir generando ganancias y que eso del 3-D es la última chorrada que se les ha ocurrido para que parezca que este libro aporta algo nuevo. Incluso a mí se me pasaron esos pensamientos por la cabeza. Pero ¡era un libro de Queen!, así que iba a descubrirlo de primera mano.

Fue una agradable sorpresa saber que lo de las fotos en 3-D no era una ocurrencia de los de marketing, sino que Brian May, el mítico guitarrista de Queen y autor de este libro, es un verdadero fanático de las cámaras estereoscópicas desde la infancia. Precisamente este libro ha sido la excusa perfecta para reunir las fotografías que tenía guardadas en un cajón, la mayoría de ellas realizadas entre los años setenta y noventa, durante las giras y conciertos del grupo. Tal es su pasión por la fotografía que dedica varias páginas a hablar de los diferentes tipos de cámaras, enfoques y demás aspectos técnicos, además de mostrarnos sus primeros pinitos haciendo fotos estereoscópicas, lo que nos sirve para pillarle el truco al visor OWL, incluido en la contraportada, con el que debemos mirar las fotografías para captar el efecto 3-D. Reconozco que a mí me costó un poco y que con algunas fotos me resultaba mucho más fácil que con otras, pero cuando conseguía verlas en 3-D, el resultado era asombroso.

Sin embargo, eché de menos que Brian May se mostrara más cercano en su discurso. Si bien es cierto que cuenta algunas curiosidades y anécdotas, como quién de ellos diseñó el logo, cómo trabajaban entonces con las emisoras de radio, lo que les costó generar ingresos y cubrir deudas o las tensiones que surgían entre ellos en los momentos creativos, e incluso se moja en un par de temas políticos y sale en defensa de los animales, no acaba de abrirnos su corazón para saber, de verdad, cómo vivieron aquellos años que los convirtieron en leyendas de la música. ¡Hasta aprovecha varios momentos para hacer publicidad de su negocio de réplicas de sus guitarras y de su empresa de fotografías estereoscópicas! De ahí que este libro no me parezca la forma ideal para conocer en profundidad a los miembros del grupo. Para ello, son mucho más indicados documentales como Days of our lives o The show must go on, que desde aquí recomiendo.

En Queen en 3-D, vemos a Brian May, Roger Taylor, John Deacon y Freddy Mercury delante y detrás de los focos, como reyes del escenario y como unos amigos que se reúnen un fin de semana cualquiera, y eso es lo que le da ese toque íntimo a este libro: muchas de esas fotos no servirían para ser incluidas en una revista, porque no muestran a las estrellas de rock, sino a los seres humanos que se escondían bajo sus excéntricas vestimentas glam. Brian May nos hace así un regalo muy personal: compartir sus fotos más queridas de aquellos años que le cambiaron la vida y en los que ellos cambiaron la historia del rock. Y yo, como buena fan de Queen, no puedo más que agradecérselo.

 

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Cómo escribir un microrrelato, de Ana María Shua

Cómo escribir un microrrelato

Cómo escribir un microrrelatoBienvenidos al mundo del microrrelato. No os preocupéis, no estaremos estrechos. Visto desde dentro, es más grande de lo que parece. La maestra de ceremonias será Ana María Shua, que con su libro Cómo escribir un microrrelato nos hará un recorrido por la historia de este género, para romper con los prejuicios y tópicos que pesan sobre él.

La primera reticencia al traste: no, para nada, este no es un género nuevo, surgido en Twitter,  motivado por esta sociedad exprés que no dedica más de un minuto de atención a nada o promovido por escritores vagos que no quieren esforzarse en escribir historias más complejas. ¿Oigo por ahí que solo es un juego de ingenio, un chiste facilón, nada que ver con la literatura? ¡Qué va! Si tenéis esa impresión es que, desgraciadamente, no habéis leído microrrelatos de verdad, microrrelatos buenos. Se llama «micro», sí, pero también «relato», por lo que debe contar una historia, aunque mediante recursos diferentes debido a su brevedad. Y eso lo convierte en un arte muy difícil de dominar. Tan difícil que con leer Cómo escribir un microrrelato, de Ana María Shua, no bastará, claro. Pero, eso sí, os ayudará a entenderlo mejor y, por tanto, a valorarlo como se merece.

La autora lleva casi cuatro décadas dedicándose al microrrelato y en este libro comparte con todos nosotros las particularidades de la técnica de este género, sus experiencias creativas y algunos de sus textos, hasta de los primeros. Nos da las claves para escribir microrrelatos (la precisión del lenguaje, las dobles lecturas, la importancia del título y de los cierres, que tienen múltiples variantes, además de la manida sorpresa) y, sobre todo, nos anima a leer muchos primero. Para ello, recomienda escritores como Franz Kafka, Max Aub, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jean Cocteau, Italo Calvino, Augusto Monterroso (más allá de su famoso dinosaurio) o Ramón Gómez de la Serna, referentes dentro de este género y de la literatura en general, así como una lista de los mejores sitios web donde encontrar buenos microrrelatos. Es más, pone alguno que otro para que vayamos abriendo boca. Y, en cada capítulo, le sale la vena de profesora de escritura creativa y nos plantea ejercicios prácticos de lo más variados para avivar nuestra imaginación, útiles tanto si nos iniciamos en el género como si queremos superar un bloqueo creativo, ese que tarde o temprano aparece en cualquier género literario o campo artístico.

El libro Cómo escribir un microrrelato no explica exactamente cómo escribir un microrrelato. Claro que expone sus principales características y da buenos consejos para salirse de los clichés y escribir microficciones de calidad. Pero lo que sobre todo hace este libro es ahondar en el género, tremendamente menospreciado por quienes no lo entienden o no lo conocen en realidad. Porque al profundizar en su historia, su técnica, sus autores referentes y algunos de los microrrelatos más célebres, es difícil no sentirse atraído por ellos, que con tan poco son capaces de tanto.

Ana María Shua ha conseguido un texto que pone al género del microrrelato en el lugar que se merece. Cómo escribir un microrrelato es una guía perfecta para los lectores y escritores que se inician en él y para que aquellos que se resistían se adentren, por fin, en este mundo… ¡Qué digo mundo! ¡Universo! Enorme y lleno de posibilidades literarias.

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Aura, de Carlos Fuentes

Aura

AuraOlvídate de todo lo que estés haciendo ahora mismo y dedica unos instantes a contemplar la portada de Aura. No pienses en nada más. Solo recréate en ella, atraviesa esa frondosidad hasta descubrir a la enigmática joven que se esconde tras ella y déjate seducir por su belleza. Te advierto que para cuando quieras darte cuenta, el tiempo habrá volado y tú ya no serás exactamente tú. Pero no te importará en absoluto. Así es cómo debes mirar la portada y esa es la mejor forma de adentrarte en la lectura de Aura, la novela corta (o el relato largo) de Carlos Fuentes.

Escrita en 1962, esta historia recuerda a los cuentos góticos europeos, pero el autor mexicano la lleva mucho más allá con esa narración en segunda persona, que convierte al lector en el protagonista. Quizá ahí estriba el poder de fascinación de esta obra: desde la primera página te interpela para que seas tú ese Felipe Montero que responde al anuncio del periódico de Consuelo Llorente, una anciana que busca un hombre que haga las veces de secretario en un asunto relacionado con los papeles de su difunto esposo. De ese modo, tú serás quien se adentre en la casona, quien atraviese el callejón techado que huele a raíces podridas y perfume adormecedor y quien llegue hasta la cama donde está postrada Consuelo Llorente, para descubrir, poco después, a su bella y desconcertante sobrina Aura. ¿Qué te sucederá luego? No pienso decírtelo. Has de ser tú quien lo viva, página a página. Solo te recomiendo que, cuando vayas a leerlo, dispongas de tiempo suficiente para hacerlo de una sentada. Que tus obligaciones mundanas no quiebren su influjo hipnótico. Cuando abras este libro, no quedará sitio para nada más que para Consuelo, Aura y tú, encerrados en esa vieja casona.

Aura es ese ambiente embriagador que se apoderará de ti. Aura es el cuerpo joven y hermoso que te incitará a la lujuria. Aura es un ejemplo de originalidad narrativa que no ha perdido fuerza tras los cincuenta y cinco años transcurridos desde su primera publicación. Sus simbolismos y dobles interpretaciones convierten su lectura en una intensa experiencia, donde la línea entre realidad y fantasía, entre sueño y vigilia, se difumina.

Mención aparte merecen las ilustraciones de Alejandra Acosta, que hacen que esta historia sea todavía más envolvente y cautivadora. Muestran la belleza voluptuosa de Aura y de la decadencia inexorable de la casona, y convierten a esta edición de Libros del zorro rojo en un irresistible objeto del deseo para los bibliófilos.

Contempla la portada de Aura por un instante y dime que no deseas adentrarte en sus páginas. Ojea las primeras líneas y dime que no sientes que Carlos Fuentes te está interpelando directamente a ti. Mira una de las ilustraciones interiores de Alejandra Acosta y niégame que deseas ver todas las demás. Ese es el poder de fascinación de esta obra y no merece la pena que te resistas a él. Sucumbir a Aura es peligroso, pero también una experiencia inolvidable.

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Borges, el laberinto infinito, de Nicolás Castell y Óscar Pantoja

borges el laberinto infinito

borges el laberinto infinitoConfieso que tuve miedo a Borges mucho tiempo. Bueno, no miedo; respeto sería una palabra más ajustada. Me parecía uno de esos autores inextricables y me resistía a leerlo. Hará unos tres años, probé con el relato El inmortal. Y sí, comprobé que Borges era un escritor tremendamente complejo… y fascinante. Así que me atreví a dar un paso más y leí Ficciones. En cada uno de los cuentos que lo componen, Jorge Luis Borges dejó patente que era un erudito de imaginación desbordante, un literato que pocas veces ha sido igualado o superado. Pero poco sabemos del hombre, del joven, del niño que fue. Borges, el laberinto infinito, escrito por Óscar Pantoja e ilustrado por Nicolás Castell, es una biografía ficcionada en formato cómic, publicada por Rey Naranjo Editores, que retrata acontecimientos clave de la vida del escritor argentino, lo que nos permite entender mejor cómo alcanzó tan extraordinario nivel de sabiduría y el porqué de sus laberintos literarios.

Hace unos meses, disfruté de Rulfo, una vida gráfica, escrita también por Óscar Pantoja para la misma editorial, así que cuando vi que publicaban Borges, el laberinto infinito supe que era una gran oportunidad para conocer un poco mejor a uno de los escritores fundamentales del siglo XX. Esta biografía ficcionada repite la misma estructura que la de Juan Rulfo, con continuos saltos temporales que van del joven Borges al niño, pasando, de vez en cuando, por el anciano. Aunque la biografía de Borges no me ha impactado tanto como la de Rulfo, cuya novela gráfica me pareció una joya de lectura imprescindible, he de reconocer que ha sido también una lectura gratificante y que me ha sorprendido en muchos momentos.

Nada sabía yo del Borges hombre, más allá de su ceguera y de que nunca le concedieron el premio Nobel de Literatura. Pero gracias a Borges, el laberinto infinito, he descubierto que los suyos lo llamaban Georgie, que su padre lo animó a ser escritor antes, incluso, de que aprendiera a leer (un respaldo poco habitual, como sabrá cualquiera que haya mostrado inclinación por alguna de las áreas del mundo artístico), que tenía una entrañable relación con su hermana, que tuvo miedo a los espejos desde temprana edad y que hubo una traición amorosa que le marcó de por vida y que convirtió en su gran obra, El Aleph.

A pesar de que he leído pocos relatos de Borges, he entrado en el juego de referencias a sus historias más conocidas. Y es que, si algo ha conseguido Borges, el laberinto infinito con el mismo éxito que Rulfo, una vida gráfica es avivar mi curiosidad por el escritor protagonista y el deseo de redescubrir sus obras. Sé que cuando vuelva a atreverme con uno de sus relatos, ya no solo me perderé en laberintos metafóricos y metaliterarios, sino que en cada vuelta veré el lado humano de Borges, con sus miedos y obsesiones infantiles y con sus fracasos juveniles.

Al final, Borges puso luz a sus sombras cuando se dio cuenta de que el paraíso era, simplemente, su biblioteca. Y conocer un poco más al hombre que hizo semejante afirmación, ha hecho que mi respeto hacia él aumente, ya totalmente desprovisto de temor y repleto de franca admiración.

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La pequeña Roque, de Guy de Maupassant

la pequeña Roque

la pequeña RoqueNo hay muchos escritores que hayan pasado a la historia por sus cuentos, habiendo escrito novelas. Guy de Maupassant, el célebre autor francés del siglo XIX, es uno de ellos, y eso demuestra la calidad de sus relatos cortos.

¿Cuál fue su secreto? Nadar contracorriente, diría yo. Guy de Maupassant no cumplió ninguna de esas pautas que hoy en día se repiten hasta la saciedad en cualquier curso de escritura. No buscaba una frase inicial atractiva para enganchar, un conflicto nunca antes visto con el que sorprender o crear personajes con los que fuera fácil empatizar. Al contrario, su narración se limitaba a encadenar hechos que solo adquirirían sentido al final y los personajes se movían por instintos como el sexo o la avaricia, para humillar e incluso destruir a los que eran buenos e inocentes. Unos rasgos que ya percibí cuando leí, hace un par de años, Carta encontrada a un ahogado, y en los que he profundizado ahora con La pequeña Roque, un relato más extenso y que he disfrutado muchísimo.

Reconozco que yo no me fijo especialmente en las primeras frases de una historia (aunque sé reconocer un buen inicio cuando lo veo), que no me hace falta un conflicto trascendental para engancharme y que tengo predilección por los personajes de moral distraída. Así que me fue fácil sucumbir a la narración de Guy de Maupassant en La pequeña Roque, una historia que nos traslada a una idílica campiña francesa para contarnos el hallazgo del cadáver de una niña y la búsqueda del culpable entre sus apacibles habitantes. Un argumento truculento que el autor relata con suma elegancia. Además, la preciosa edición en cartoné de Yacaré Libros acompaña el texto con las ilustraciones de Yolanda Mosquera. Sus trazos sencillos y sus tonos grises nos hacen adentrarnos todavía más en el ambiente sombrío que se adueña del pueblo tras el crimen de la pequeña Roque, en la incertidumbre de los habitantes y en la creciente tensión del culpable.

Más allá del esclarecimiento el crimen, lo que Guy de Maupassant quiere plasmar es la psicología de los personajes, como individuos y como colectivo. Los diálogos son una muestra excelente de cómo se pueden traslucir los prejuicios de una época en tan solo unas frases. Sabe dosificar la información y el lector intuye desde el principio que nada es lo que parece, pero descubrir al culpable acaba siendo lo de menos. Eso deriva en dos giros de la trama que hacen que el desenlace resulte inesperado.

Sin duda, Guy de Maupassant no es un buen ejemplo para ilustrar los consejos de escritura tan en boga hoy en día, pero manejaba con destreza esos mecanismos narrativos no tan evidentes que son los que consiguieron que sus historias fascinaran a sus lectores de entonces y sigan haciéndolo a los de ahora, más de un siglo después. Tal vez sea difícil desentrañar los elementos concretos que convierten a un relato en atemporal, pero es fácil sentir que están presentes en historias como La pequeña Roque. Olvidémonos por un momento de hallar el secreto de la buena literatura y disfrutemos simplemente de ella.

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El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, de O. Henry

El regalo de los reyes magos el poli y el himno

El regalo de los reyes magos el poli y el himnoYacaré Libros sigue haciendo de las suyas: publicar relatos de escritores atemporales (o que deberían serlo) en una edición ilustrada y cuidada hasta el extremo. El libro que voy a reseñar en esta ocasión es el homenaje de la editorial a O. Henry, un relatista de principios del siglo XX relegado al olvido. Y eso que, en su época, fue bastante conocido, hasta el punto de que la gente catalogaba los finales sorpresivos como «giros a lo O. Henry». Pero al carecer de una obra cumbre, la historia de la literatura no lo ha visto merecedor de figurar junto a otros escritores contemporáneos de renombre como Mark Twain.

Es una lástima que O. Henry no haya conseguido su hueco en la posteridad, porque escribió mucho, muchísimo. Para que os hagáis una idea, publicó un cuento semanal desde 1902 a 1910. Supongo que tener tiempo libre ayudó, ya que muchos de ellos fueron escritos durante su estancia en la cárcel. Y eso que su editor, Robert H. Davis, lo describía como un hombre infantil carente de malicia. Pero es que O. Henry, como sus historias, estaba lleno de sorpresas.

El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno, originariamente recopilados en The Four Million, son los dos relatos que se recogen en este volumen de Yacaré Libros dedicado a O. Henry e ilustrado por Mikel Casal. Por un lado, en El regalo de los Reyes Magos nos cuenta la tristeza de Della, una mujer que quiere el mejor regalo del mundo para su Jim, pero que solo ha conseguido ahorrar un dólar con ochenta y siete centavos. Y, por el otro lado, El poli y el himno relata las vicisitudes del pobre Soapy durante una noche en la que, con el invierno a la vuelta de la esquina, hace todo lo posible para dar con sus huesos en el calabozo, pero parece condenado a la libertad. Es inevitable acabar la lectura del libro con una sonrisa. De qué tipo sea esa sonrisa dependerá de si lo cerramos por la historia conmovedora y por la humorística. Que cada lector elija, según sus preferencias o estado de ánimo.

O. Henry era conocido por sus finales sorpresa, pero también criticado por escribir historias intrascendentes del gusto del gran público y por buscar la lágrima fácil. Sirva la publicación de Yacaré Libros para comprobar si sus coetáneos estaban en lo cierto o es la literatura la que está siendo injusta con él al no reservarle un lugar en su historia. Y sirva también para conocer tanto sus ficciones como su historias real, a la que se le dedica un interesante prólogo. Estoy segura de que leer El regalo de los Reyes Magos y El poli y el himno despertará la curiosidad de muchos lectores por O. Henry, un autor lleno de contrastes en lo personal y en lo narrativo. Y quién sabe si el reconocimiento que no le ha dado la historia de la literatura se lo hagan los lectores al ponerlo en la primera línea de sus librerías particulares.

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Huracán, de Sofía Segovia

Huracán

HuracánHuracán, la última novela de Sofía Segovia, me ha gustado a medias. Y no es una frase hecha para no mojarme demasiado, es que, literalmente, me ha gustado la mitad. Si esta novela de doscientas noventa y ocho páginas tuviera cien menos, me hubiera fascinado y la hubiese incluido, sin duda, entre mis novelas favoritas del año. Y es que en la historia de Aniceto Mora, que abre el libro, Sofía Segovia despliega su talento narrativo y construye un personaje profundo, al que primero compadecemos y, después, acabamos odiando. Un pobre niño regalado al que nadie quiere, un porquero que se convierte en un delincuente del tres al cuarto, y eso le llevará a cometer actos con los que cargará el resto de su vida.

Pero, por alguna razón que no termino de comprender, Sofía Segovia interrumpe esa historia de la primera mitad del siglo XX para trasladarnos a los años noventa y que conozcamos a dos parejas que se hospedan en el mismo hotel de Cozumel durante un huracán. Primero presenta a la pareja que llega desde Estados Unidos. Ella espera reavivar la llama de su matrimonio en ese viaje, pero él solo piensa en deshacerse de ella. Después, a la pareja de Monterrey, que no está en su mejor momento por el desgaste que ha supuesto para ellos (y especialmente para ella) ser padres.

Entiendo el significado de ese viaje en el tiempo, que enlaza con la historia de Aniceto Mora en el último tramo del libro, pero no veo la necesidad de dedicarle un centenar de páginas a esas dos parejas. Mientras las personalidades del matrimonio de Monterrey están algo más elaboradas y es posible empatizar con ellos, la pareja estadounidense parece un simple esbozo, la vis cómica de la novela, aunque sea a costa de su patetismo; pero, al final, resultan simplemente odiosos y no aportan nada a la trama.

El tono de la narración de esa parte del libro y la propia construcción de los personajes que la protagonizan no encajan en absoluto con la historia de Aniceto Mora. Me dio la sensación de que se trataba de dos novelas distintas y que el huracán, que está presente tanto en las calles como dentro de cada uno de los protagonistas, solo era un recurso metafórico forzado para unir los diferentes capítulos con cierto sentido.

Quizá, si hubieran sido dos novelas independientes, ambas hubieran ganado. Por un lado, la de las parejas en el hotel, a las que se les hubiera podido dar mayor profundidad y desarrollado mejor sus tramas. La historia del matrimonio de Monterrey, aunque es demasiado sencilla, está más o menos bien cerrada en Huracán, pero la de los estadounidenses no llega a despegar. Y eso que tiene elementos suficientes para que hubiese sido una historia interesante de intriga y traiciones. Y, por supuesto, si la vida de Aniceto Mora se hubiese narrado sin interrupciones, Huracán hubiera sido una auténtica maravilla.

Por eso, a pesar de ese centenar de páginas de más que, para mi gusto, tiene esta novela, no puedo dejar de recomendarla. Porque Aniceto Mora es un grandísimo personaje, por sus tragedias y por sus atrocidades, y porque Sofía Segovia hace alarde de su maestría como escritora cuando narra su historia.

 

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Mexique, el nombre del barco, de María José Ferrada y Ana Penyas

Mexique el nombre del barco

Mexique el nombre del barco27 de mayo de 1937.

Una fecha igual que otra. No está marcada en rojo en ningún calendario. ¿Qué importa lo que ocurriera ese día, si han pasado ochenta años?

Cuatrocientos cincuenta y seis.

Este también es un número cualquiera, compuesto por tres dígitos que se olvidan con facilidad. Es lo que tienen los números grandes, que se convierten en algo abstracto que ni siquiera retenemos en la memoria si no nos afecta de manera directa.

Pero ni esa es una fecha igual que otra ni ese es un número cualquiera, porque representan la tragedia de «los niños de Morelia».

Aquel 27 de mayo de 1937, cuatrocientos cincuenta y seis niños, hijos de republicanos españoles, subieron a bordo de un barco llamado Mexique, para viajar hasta Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo (México). Iban a estar allí solo tres o cuatro meses, les dijeron sus padres; ninguno podía imaginar que ya nunca regresarían. Y es que la guerra truncó sus planes y sus vidas.

Mexique, el nombre del barco, escrito por María José Ferrada e ilustrado por Ana Penyas, cuenta ese viaje, para que nunca olvidemos esa fecha, 27 de mayo, ni ese número, cuatrocientos cincuenta y seis. Narrado desde el punto de vista de un niño, Mexique, el nombre del barco es pura poesía. Con frases sencillas, tan simbólicas como directas, ese niño nos transmite qué supone para él la república y la guerra, y nos pone los pelos de punta. Porque por muchas definiciones o largos ensayos que leamos, no hallaremos descripciones más certeras que las que hace un niño desde la inocencia y el desarraigo. Y las ilustraciones de Ana Penyas recrean aquel viaje y las emociones del niño haciendo uso solo de la gama de grises y rojos: grises para plasmar la tristeza y la incertidumbre; rojos para mostrar esa esperanza que se resiste a desaparecer.

Dice la editorial Libros del zorro rojo que Mexique, el nombre del barco es «un libro que interpela a todos los públicos». Pero hablar de tragedias no es fácil, y menos a los niños. Incluso diría que hoy en día hay pocos padres dispuestos a perturbar las plácidas existencias de sus hijos con historias de tragedias añejas. Sin embargo, esos padres se equivocan si consideran que este acontecimiento es cosa del pasado, pues por todos es sabido que el exilio de niños y la ruptura de familias enteras por culpa de las guerras es un drama actual. Y, desgraciadamente, hoy y siempre lo será. Sobre todo si nos empeñamos en mirar hacia otro lado, mientras no nos toque el turno, y en ignorar libros como este, que nos hablan de frente sobre el dolor y la soledad de esos niños que huyen de la guerra.

Mexique, el nombre del barco irradia tanta belleza y sensibilidad que compartir su lectura con los más pequeños no les ocasionará trauma alguno. Es más, no debemos temer que se conmuevan, porque, si eso ocurre, será buena noticia: estarán demostrando empatía y esa es, sin duda, una de las cualidades que más necesita la humanidad.

Así que niños y adultos debemos recordar a esos cuatrocientos cincuenta y seis niños que partieron en un barco llamado Mexique un 27 de mayo de 1937. Aunque lo de menos sea si fue ese día en concreto o una cantidad de niños diferente. Tragedias como las de «los niños de Morelia» acontecen todos los días y en nuestra mano está tenerlas siempre presentes para que algún día, por fin, pasen a la historia.

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