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La historia oculta. Integral 4, de Jean-Pierre Pécau

la historia oculta integral 4

la historia oculta integral 4Ya está, lo veo clarísimo: La historia oculta merece una serie de televisión. ¿A quién hay que hacerle la propuesta? Los guionistas de Juego de tronos estarán libres pronto, ¿no? Esos serían buenos, porque ya están curtidos en enfrentamientos dialécticos, traiciones, sangre y giros inesperados. Y, de eso, esta novela gráfica tiene un rato.

Mira que ya lo veía venir, porque cuando leí La historia oculta. Integral 1, a principios de este año, dije que esta ucronía podía dar mucho de sí, y en las siguientes entregas fue gustándome todavía más. En La historia oculta. Integral 2, disfruté de la mezcla de fantasía y ciencia ficción y, sobre todo, de los toques de humor. En La historia oculta. Integral 3, aplaudí la admirable documentación histórica que sustentaba la trama, que conseguía hacerme plausible esta versión alternativa de nuestro mundo. Pero ha sido al leer La historia oculta. Integral 4 cuando me la he imaginado adaptada al medio audiovisual.

La historia oculta. Integral 4, al igual que las anteriores, enlaza un montón de leyendas y momentos históricos, y por ellos desfilan infinidad de personajes reales y ficticios. Está formada por cuatro volúmenes: «El crepúsculo de los dioses», «Los vigilantes», «La cámara ambarina» y «Sion». Es tantísima la información que se da, que las escenas se suceden a una velocidad de vértigo, y es una pena, porque están cargadas de simbolismos y autoreferencias que apenas nos da tiempo a apreciar. Por eso, mientras lo leía, pensaba en que sería una gozada recrearse en todos esos detalles y conocer más a fondo a cada uno de los personajes secundarios. Pero no en una película, no; en una serie con buen presupuesto. El universo alternativo creado por Jean-Pierre Pécau es tan complejo y rico que daría para varias temporadas.

Y la Segunda Guerra Mundial también ha dado mucho de sí en esta saga. Fue el eje del anterior integral y en el número cuatro da sus últimos coletazos. En eso tienen mucho que ver Alan Turing, el padre del ordenador moderno, que hace un gracioso cameo en uno de los capítulos, el desembarco de Normandía o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, episodios en los que, cómo no, tienen un papel decisivo los arcontes protagonistas. Me llamó especialmente la atención el flashback de la guerra civil española, pero no podía faltar, porque allá donde haya sangre, los personajes de esta ucronía están metidos hasta el cuello.

Y como la rueda del caos y la destrucción nunca cesa, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la acción se traslada a nuevos focos, entre los que destaca la guerra árabe-israelí de 1948. Imagino que este conflicto ocupará una parte importante en las próximas entregas, porque es una zona crítica para los arcontes y en ella se juegan su futuro en este mundo. Aunque el nacimiento de un nuevo personaje, con un poder hasta ahora desconocido, seguramente será decisivo en el devenir de los acontecimientos. Y es que, en la historia alternativa creada por Jean-Pierre Pécau, absolutamente todo es posible y poco o nada es predecible.

No me negaréis que tiene ingredientes de sobra para ser una serie de éxito. Pero como no sé cuánto tiempo tardará mi deseo en hacerse realidad, os recomiendo que, mientras tanto, vayáis leyendo esta novela gráfica desde el principio. Seguro que cuando os pongáis al día, estaréis tan deseosos como yo en verla convertida en una serie de televisión.

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El corro de las mentiras, de VV. AA.

El Corro de las Mentiras

El Corro de las MentirasHay, en la provincia de Toledo, un pueblo llamado Aldeanueva de San Bartolomé, aunque es conocido por todos como Aldeanovita; Aldeanovita, la bien nombrada. Este pueblo seco y avellanado, en el que hoy en día no habitan más de seiscientas personas, tiene tras de sí una historia larga, llena de leyendas misteriosas, personajes ilustres y anécdotas varias que demuestran el ingenio de su gente, más que acostumbrada a la emigración y al trato.

Es tanta la sabiduría y humanidad que encierran sus historias de otros tiempos, esas que pasaron de boca en boca en el corro de las mentiras —nombre con el que se conoce a la encrucijada del pueblo donde los mozos se reunían tras una dura jornada de trabajo para charrar— y que ahora se cuentan al calor de la lumbre, que el pueblo entero se volcó, allá por el año 2008, en el concurso de relatos cortos que se convocó para rememorarlas. Y como no querían que ninguna historia se quedara en el tintero, hubo varios concursos más. De la recopilación de todos ellos ha surgido El corro de las mentiras, editado por David García Villa, donde escritores curtidos y noveles han dejado constancia de las historias populares de Aldeanovita, para que nunca las olviden los lugareños y las disfrutemos los forasteros.

A través de estos treinta y cuatro relatos cortos, he conocido la leyenda de cómo los lobos acabaron siendo exterminados y la de la maldición del Rey Moro que pesa sobre uno de sus senderos, por el que procuraré no pasar, no vaya a ser que tenga algo de real. También he sabido de las andanzas y desventuras de personas que fueron muy populares en esa tierra manchega, como la Amortajá, el Matamulas, Juan Puntillas, el Cacharrero, el tío Pantalones Blancos o el Sembraos. He descubierto por qué los niños tenían miedo a la Pata Blanca o a que el «coche de punto» apareciera y se los llevara. O cómo llegó el juego del truco hasta Argentina, de dónde nace esa afición de ir al cine, tan arraigada entre los habitantes de Aldeanovita, o cómo se enteraron de los beneficios terapéuticos de sus aguas.

Su prosa me ha retrotraído a otros tiempos, cuando me acurrucaba en  el regazo de mi abuela para escuchar sus historias del pueblo y de la vida, aunque a veces me hiciera temblar de miedo. Con los relatos de El corro de las mentiras, he vuelto a viajar a la posguerra, con sus mujeres enlutadas y sus hombres con ropas de labranza. He sufrido con las miserias del hambre y he salivado con los guisos cuando se ha dado la ocasión. Unas historias me han hecho reír, otras me han provocado ternura y más de una me ha puesto el estómago del revés por su crudeza. Al igual que hacían las historias de mi abuela.

Por eso, ha sido un gusto para mí leer El corro de las mentiras. Ojalá la iniciativa de Aldeanovita sirva de ejemplo al resto de rincones de España, para que así todos podamos rememorar nuestras propias historias rurales. Pero, mientras ese momento llega, os recomiendo leer este memorial de Aldeanovita, la bien nombrada, porque seguro que sus protagonistas os resultarán familiares y cercanos, de tan parecidos que son a esos otros que un día conocisteis en persona o de boca de vuestros padres y abuelos.

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Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

nocturno de chile

nocturno de chileEn menos de tres meses, he vuelto a caer en un libro de Roberto Bolaño. La culpa la tiene la editorial Alfaguara, que no deja de colocar sus obras en la sección de novedades. Pero no me quejaré, porque a mí me sirve para profundizar en este peculiar escritor, que siempre me había provocado curiosidad. Así que he pasado de El gaucho insufrible, la colección de siete relatos de la que ya os hablé, a esta novela corta, Nocturno de Chile, para ver si me decido a unirme a su legión de admiradores o no.

Nocturno de Chile es el monólogo interior de Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote chileno vinculado al Opus Deis, crítico literario y poeta ignorado, durante su última noche en este mundo. Después de una vida entera mudo —y, por eso mismo, en paz— ante todo lo que sucedía a su alrededor y en su propio interior, la cercanía de la muerte le hace replantearse sus equívocos. Es su intento de justificarse ante ese joven envejecido que lo ha estado difamando durante años y del que no sabremos la verdadera identidad hasta el final de la novela.

En este monólogo de ciento cuarenta y un páginas, en el que no hay ni un solo punto y aparte, la literatura y Chile son las piedras angulares de los recuerdos de Sebastián Urrutia Lacroix. En ellos aparecen personas tan dispares como Neruda o Pinochet, con los que vivió episodios de lo más rocambolescos años atrás. Precisamente, la parte dedicada a las clases sobre comunismo que el sacerdote imparte al dictador chileno y a otros miembros destacados de su gobierno, como el general Leigh, el almirante Merino y el general Mendoza, es de lo mejor de la novela, ya que en ella Roberto Bolaño desata su sentido del humor —hasta entonces, más comedido— sin dejar de lado su crítica soslayada a la aciaga situación de su país y de América en general en aquel momento.

A pesar de ese torrente de recuerdos, hay silencios obstinados que Sebastián Urrutia Lacroix no llega a romper del todo. Y es en esos silencios donde está la clave del relato de su vida. Porque una cosa son la sucesión de anécdotas que nos cuenta y otra muy distinta lo que realmente quiere confesar. Será el lector el que tendrá que rellenar los huecos que deja por el camino, reordenar algunos episodios y reinterpretar algunos otros. Bolaño en estado puro, diría yo, que ya lo voy conociendo.

Reconozco que el primer tramo de Nocturno de Chile me cautivó por completo. Sin embargo, en algunas partes, la narración sin (aparente) rumbo se me hizo cuesta arriba. Y eso, a una novela tan corta, le resta muchos puntos. Así que sigo sin saber si me uno al club de fans de Roberto Bolaño. Tendré que esperar a ver qué otras obras reedita Alfaguara o probar con alguna de las que ya han recomendado mis compañeros . Algo me dice que el libro que me hará rendirme a los pies de Bolaño me está esperando. Y yo estoy deseando dar con él.

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El ministerio de la felicidad suprema, de Arundhati Roy

El ministerio de la felicidad suprema

El ministerio de la felicidad supremaLeí El dios de las pequeñas cosas hace tiempo. Se convirtió en mi libro preferido de aquel año y, aún hoy, lo considero uno de los que más han impactado en mi vida. Desde entonces, he querido leer más historias de Arundhati Roy, adentrarme de nuevo en su expresiva y cálida prosa, pero esta autora india no había escrito ninguna novela más. Por eso, cuando vi su nombre en la portada de El ministerio de la felicidad suprema, recién publicada por Anagrama, me lancé de cabeza. No me hizo falta saber de qué iba. Era el regreso a la narrativa de Arundhati Roy y con eso me bastaba.

Ya en la primera página encontré ese tono mágico que me enamoró en su primera novela. En ella, recrea una fábula de zorros voladores, buitres, murciélagos y gorriones. Sin embargo, de lo que habla, en realidad, es de la sociedad india en permanente conflicto. Pero aún estaba en la primera página y me faltaba mucho para entenderlo. Era solo el hilo inicial que me lanzaba Arundhati Roy para atraparme en su inmenso tapiz.

Al principio, pensé que El ministerio de la felicidad suprema contaba la historia de Anyum, una hijra (una mujer del tercer sexo, mitad mujer, mitad hombre) con acuciantes ganas de amar y ser madre. Pero, de repente, fue Tilo quien se apoderó del relato: una mujer en constante huida de sí misma y de los tres hombres que la amaron. Y yo, que estaba fascinada con el personaje de la adorable Anyum, tardé en acostumbrarme a los nuevos protagonistas, y vagué perdida por decenas de páginas, contemplando desde diferentes prismas la barbarie de la guerra sin fin de Cachemira. Pero, parafraseando a Kafka, la incisiva prosa de Arundhati Roy era como un hacha que rompía el mar helado dentro de mí, y eso me hacía seguir adelante. Se iban sumando personajes y escenas a esta historia de historias y, poco a poco, yo iba encontrando los hilos que unían a unos con otros. Solo al acabar sus más de quinientas páginas logré contemplar la obra en perspectiva y atisbar el sentido de ese tapiz de dolor y esperanza, si es que es posible comprender una ínfima parte de tanto desgarro.

Esta novela no puede entenderse sin conocer el activismo de Arundhati Roy en estos años. Su lucha contra la globalización o las guerras de Afganistán e Irak y su posicionamiento a favor de la independencia de Cachemira y de la abolición de las castas se plasman en las páginas de El ministerio de la felicidad suprema, donde los conflictos de los personajes son una forma más de ilustrar una sociedad hecha añicos. Quizá no sea tan memorable como El dios de las pequeñas cosas, al menos, para mí; pero Arundhati Roy vuelve a demostrar que es una excelente contadora de historias y que es capaz de transformar hasta el suceso más truculento en poesía. Solo por eso, su retorno a la narrativa ya es una gran noticia para la literatura. Espero que no tengamos que esperar otros veinte años para volver a disfrutar de ella.

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El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead

el ferrocarril subterráneo

el ferrocarril subterráneoEl ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, está en boca de todos porque ha sido galardonado con el premio Pulitzer 2017, el National Book Award 2016 y la Andrew Carnegie Medal of Excellence, un hito literario que contados libros han conseguido.

Los premios, y más si son de la categoría de los mencionados, hacen que el gran público se interese por estas obras, pero no siempre sus impresiones coinciden con las del jurado y la crítica. Los lectores tienen grandes expectativas con lo que se van a encontrar y, en consecuencia, estas son muy difíciles de cumplir. Eso me ha sucedido a mí con El ferrocarril subterráneo.

A parte de los galardones, las frases promocionales tuvieron la culpa. The Boston Globe decía: «Una obra maestra, una peculiar mezcla de historia y fantasía que permite compararla con Toni Morrison y García Márquez». Pero yo no he encontrado el realismo mágico que esperaba, tras esa comparación con dos de los referentes del género. Y la novelista Anne Tyler la describía como «una desgarradora saga sobre la esclavitud mágicamente elevada por el ferrocarril que le da título». Y tampoco esta historia tiene los elementos para considerarse saga, pues se habla de pasada de la madre y de la abuela de Cora, la protagonista, pero la única vida en la que nos adentramos es en la suya. Así que yo iba en busca de un tipo de libro y me encontré con otro totalmente distinto. Pero no merece esta historia que la juzgue por mis expectativas al acercarme a ella.

¿De qué va esta novela? El Ferrocarril Subterráneo fue una agrupación abolicionista clandestina del siglo XIX que ayudó a los esclavos a huir a estados libres, y Colson Whitehead ha imaginado cómo hubiesen sido esas huidas si literalmente hubiera habido un ferrocarril que recorriera el subsuelo del país. Esa pequeña transformación de la realidad le sirve como hilo conductor para contarnos la historia de Cora, una esclava que decide escapar de una plantación algodonera de Georgia junto a otro esclavo, Caesar. Para él, ella es su talismán de la suerte en la huida, pues se dice que su madre, Mabel, ha sido la única que ha logrado escapar. Tras ellos irá Rigdeway, un cazador de esclavos fugados, cuya única mancha en el expediente es que nunca atrapó a Mabel, por lo que cazar a Cora será también algo personal.

Pero El ferrocarril subterráneo es mucho más que la historia de una persecución. Es la recreación de un periodo histórico del que mucho se ha escrito y del que, sin embargo, nos queda tanto por saber. Colson Whitehead mantiene una narración más bien fría, sin afectaciones. Tampoco Cora es la clásica protagonista inocente en busca de una vida mejor a la que los lectores compadecen al instante, sino una mujer complicada e incluso egoísta, que hace lo que tiene que hacer, esté bien o mal, para sobrevivir. Y es que a Colson Whitehead no le hace falta utilizar los manidos recursos en este tipo de historias para conmovernos. Lo que nos retuerce el corazón es la crudeza de los hechos en sí mismos, ejecutados por una sociedad que se creyó con el derecho de comprar, vender, explotar y matar a otros seres humanos solo por tener un color de piel diferente. Estación tras estación, nos vamos impregnando de la desesperanza de sus protagonistas, que solo ven oscuridad tras las ventanas de ese ferrocarril que les promete la libertad.

Quienes se acerquen a este libro movidos por premios y frases promocionales, es posible que se creen una imagen equivocada y se decepcionen. En mi opinión, el esfuerzo que requiere su lectura no suele ser del gusto del gran público y hasta al lector avezado le costará entrar en la historia. Sin embargo, si dejamos a un lado las expectativas y nos dejamos llevar sin prisas por su contundente prosa, comprobaremos lo necesario que era hacer este viaje literario, aun sin saber si habrá luz al final de ese túnel construido por Colson Whitehead para mostrarnos el lado más infame del ser humano.

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El viento en la cara, de Saphia Azzeddine

El viento en la cara

El viento en la caraEl viento en la cara es Bilquiss. Y es que la mujer que protagoniza esta historia escrita por Saphia Azzeddine es uno de los personajes más potentes que he leído en los últimos tiempos. Con sus ingeniosas réplicas, su cinismo y su orgullo, Bilquiss va a contracorriente (de ahí, el atinado título del libro) y se impone a todo lo demás. Y ese «todo lo demás» no es poca cosa, os lo aseguro. Ese «todo lo demás» es un país que la ha ninguneado desde su nacimiento y un juicio en el que su condena será la lapidación en la plaza pública.

¿Y por qué? ¿Qué ha hecho Bilquiss para merecer semejante castigo? Ser mujer, simplemente. Y no tener hombre alguno que se ocupe de meterla en vereda, además. El jurado y los espectadores quizá expongan más motivos. Dirán que se atrevió a ocupar el lugar del muecín a la hora del rezo. Incluso que compró berenjenas y calabacines con formas fálicas. ¡Qué descaro! ¿Cómo no va a merecer una buena somanta de latigazos? ¿Cómo no van a querer tirarle piedras hasta que dé su último suspiro?

Pero Bilquiss no calla, aunque eso suponga acercarla un paso más a la muerte. Y cada una de sus peroratas pone en evidencia los dogmas bárbaros de su sociedad (que nada tienen que ver con la fe), las incoherencias de sus fieles creyentes y la bajeza de sus odios. Bilquiss no solo critica la injusticia de su país, Afganistán, sino también a esos occidentales que están llenos de certezas sobre lo que acontece en la sociedades musulmanas, a sus compromisos frívolos y a sus caridades intrusivas. Ese tipo de occidentales está representado en un grupo de soldados estadounidenses asentados en su país y en la periodista Leandra Hersham, que viajará hasta allí para tratar de ayudarla, tras ver su sesión de latigazos en Youtube. Sin embargo, Bilquiss no cede ante nadie. Se niega a ser un títere en manos de unos o de otros.

El viento en la cara es Bilquiss, sí, y eso que la narración no se centra solo en su punto de vista. También nos metemos en la cabeza del juez, que, muy a su pesar, se siente fascinado por la intensa mirada y las furiosas palabras de la acusada; y en la de la periodista estadounidense, cargada de buenas intenciones, pero lejos de saber a lo que se enfrenta. Ellos hablan, pero Bilquiss los desmonta. Porque su discurso es tan lúcido que, cuando ella alza la voz, solo pueden callar y escuchar.

Lástima que Bilquiss sea un personaje de ficción y que en la ficción haya tan pocos personajes como Bilquiss. Hoy en día, haría falta más gente así, en la sociedad y en la literatura. Afortunadamente, detrás de ella está Saphia Azzeddine, su creadora, a la que le presupongo el mismo carisma e inteligencia que le ha insuflado a su protagonista, y que lleva ya seis libros en su bibliografía. Así que espero que Saphia Azzeddine escriba mucho más, para que vapulee los prejuicios de millones de lectores y les dé un buen baño de realidad. Quizá así, algún día, entre todos hagamos que el viento cambie de dirección para que el sentido común nunca vuelva a ir a contracorriente.

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Las tormentas interiores, de Gerardo Pérez Sánchez

Al principio, los libros recogían las gestas de caballeros y reyes. Las historias que merecían ser contadas eran aquellas protagonizadas por grandes hombres, ya fuera por su poder o por la trascendencia de sus hazañas. Pero hace mucho que los escritores demostraron que hasta de la vida aparentemente más anodina puede cautivar al lector si se escogen el momento y el tono adecuados; esos capaces de conectar con otras personas, de remover algo en su interior… De convertirse en literatura. De esas personas y de esos momentos son de los que nos habla Gerardo Pérez Sánchez en la novela Las tormentas interiores.

Victoria es una joven cansada de sus días rutinarios en la oficina, de los ligues de fin de semana que son sucedáneos del amor y de la presión de sus padres para que madure de una vez y se asiente en una vida estable. Por eso, un día decide romper con todo y coger un avión a Roma, para empezar desde cero. Hasta allí también va a viajar Alberto, para una reunión de negocios. Él es un treintañero que ya ha conseguido lo que todos consideran el éxito: un trabajo bien remunerado en una multinacional, una casa enorme y un coche caro. Vamos, que tiene de todo…, menos vida.

Ana es una mujer de cuarenta y tantos, con dos preciosos hijos y una vida tranquila junto a su marido. Demasiado tranquila, quizá. De ahí que de vez en cuando rememore su juventud y sus inquietudes musicales, esas que dejó a un lado porque las circunstancias y su entorno la empujaron a ello. Tiene previsto viajar a Londres para la boda de su hermana, pero lo hará sola porque su marido no quiere pedirse el día libre en el trabajo ni que los niños pierdan clases. Devlin, productor musical, tiene billete para ese mismo destino, donde tiene programada la grabación de un disco de jazz. Ya ha cumplido los cincuenta, pero mantiene su espíritu rebelde y huye de los convencionalismos sociales.

La aleatoriedad del sistema informático ha decidido que Victoria y Alberto y Ana y Devlin compartan asientos contiguos en sus respectivos vuelos, pero una tormenta desbaratará los planes iniciales. Sin embargo, el destino parece empeñado en que sus vidas se entrelacen.

Como véis, Las tormentas interiores tiene una premisa sencilla, incluso tópica, pero los personajes resultan realistas y es fácil empatizar. Cada capítulo está narrado en primera persona por uno de ellos, y según el momento vital en el que se encuentre cada lector, conectará más con uno u otro. Por ejemplo, se identificarán con Victoria aquellos que todavía están dando sus primeros pasos en la vida adulta; con Alberto, los que ya están hartos de sus jefes; con Ana, quienes se arrepienten de todo lo que dejaron por el camino y con Devlin, los que están de vuelta de todo y no soportan este mundo de tantas apariencias y tan poca verdad.

Enseguida nos dejamos llevar por sus historias, porque sus inseguridades y esperanzas son las nuestras también. Todos tenemos sueños apartados que un día se cansaron de esperar o metas que, una vez alcanzadas, no eran lo que imaginábamos. Quien más quien menos ha sucumbido a las expectativas de su entorno y se ha olvidado de lo que realmente quería hacer. Y, aunque no solamos reconocerlo, tenemos instantes —incluso etapas o vidas enteras— llenos de soledad y miedo, en los que deseamos dar un giro de ciento ochenta grados a nuestras existencias. Pero pocos, muy pocos, nos atrevemos a ello. Por eso, nos emocionamos con estos personajes, nos indignamos con ellos o los compadecemos. Gerardo Pérez Sánchez no tiene más que poner nuestros pensamientos en sus bocas y, así, como si nada, nos lleva de la primera a la última página en un abrir y cerrar de ojos.

Tras leer Las tormentas interiores, es posible que muchas de nuestras perennes excusas se tambaleen. Dar un gran vuelco a nuestra vida no es más sencillo si tenemos un montón de ceros en la cuenta corriente. Es más, cuando estamos en esa situación, aún resulta más incomprensible que nos planteemos dejar ese modo de vida atrás, pues nuestro entorno es incapaz de concebir que en semejante desahogo económico haya un resquicio de infelicidad. Cambiar de vida es simplemente una cuestión de valor, como nos demuestran los personajes de esta novela. Vivimos junto a Victoria, Alberto, Ana y Devlin ese impás en sus vidas, y sus decisiones se quedan rondando en nuestra mente tiempo después de haber finalizado la lectura, porque nos hemos sentido tremendamente identificados con sus sentimientos y reacciones. Acabamos envueltos en nuestras propias tormentas interiores, sopesando si, en nuestra vida, el tiempo pondrá las cosas en su sitio o esta vez seremos nosotros los que haremos algo por recolocarlas.

De pronto, nuestro raciocinio salta: «Era solo un libro». Pero nuestro corazón se empecina: «O la vida misma». «¡No!», el raciocinio vuelve a la carga, «la vida nunca se resuelve en trescientas páginas». Y es posible que ambos tengan razón. Nadie dice que sea fácil, ni siquiera la historia que nos cuenta Gerardo Pérez Sánchez nos asegura que el éxito esté garantizado. Ahí está la proeza de sus personajes. Y es que no hace falta leer las aventuras de grandes héroes para que a los lectores nos entren ganas y vértigo, mucho vértigo, de emularlos.

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Las cien noches de Hero, de Isabel Greenberg

LAS CIEN NOCHES DE HERO

LAS CIEN NOCHES DE HEROContar un cuento antes de irse a dormir parece el acto más inocente del mundo, menos cuando nuestra vida depende de ese cuento. Y si no, que se lo digan a Scheherezade. Las cien noches de Hero, la novela gráfica de Isabel Greenberg, se inspira en la cuentacuentos más famosa del mundo y sus mil y una noches, para relatarnos la historia de Hero, una doncella que encadena un cuento tras otro durante cien noches para salvar a su ama y amada Cherry.

Cherry está casada con Jerome, con el que nunca ha mantenido relaciones, por lo que su esposo la considera el súmmum de la decencia. Por eso decide apostar con su amigo Manfred que ni en cien días logrará mancillar a su mujer. Quizá a alguno os resulte familiar este reto, no porque lo hayáis vivido en propias carnes, claro, sino por su semejanza con la novela corta El curioso impertinente, protagonizada por Lotario y Anselmo, que aparece dentro de El Quijote. Al menos, a mí me la recordó, aunque supongo que hay más relatos con el mismo punto de partida. Y es que en la literatura todo está escrito.

Pero la historia de Las cien noches de Hero comienza mucho antes de esa apuesta. Exactamente cuándo Kiddo crea el mundo, al que llama Tierra Temprana. Ella está orgullosa de su obra, llena de humanos que llevan una vida apacible. Pero su padre, el Hombre-Pájaro, decide poner emoción a sus existencias con odios, celos y ambiciones. Kiddo siente que ha destrozado su mundo, pero entonces ocurre algo increíble: entre tantos malos sentimientos, surge el amor, capaz de exaltar a los humanos más que ningún otro sentimiento. Para bien y para mal.

Y eso nos lleva de nuevo a Hero, Cherry y Manfred. Cherry le dice a Manfred que dejará que la mancille, pero antes  le pide solo una cosa: escuchar un cuento de su doncella Hero. El hombre accede y, a partir de entonces, Hero sabe dejar cada historia en el punto exacto para que, a la noche siguiente, Manfred desee conocer el final en vez de acostarse con Cherry. De este modo, Hero enlaza las historias de las piedras danzantes, de la liga de las narradoras secretas, de un arpa muy honesta, de las princesas bailadoras o del hombre enamorado de la luna. Historias que, en más de una ocasión, también os sonarán, pues se basan en cuentos populares, aunque no siempre se desarrollen de la misma manera.

Y es que, como decía, en la literatura todo está escrito; y eso no tiene nada de malo, porque a veces no es necesario que una historia sea nueva para que sea distinta. Pese a sumar tantos elementos por todos conocidos, Isabel Greenberg consigue que Las cien noches de Hero resulte una novela reveladora gracias a su enfoque y a su humor. Con sus historias sobre familias, amantes, lealtades, traiciones, locuras y mujeres valientes, nos muestra aquello que nos hace  humanos. Y no solo son esos malos sentimientos, ni siquiera el amor (capaz de mover el mundo, aunque no siempre sea en la dirección correcta); es el propio acto de contar y escuchar historias el que de verdad ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Por eso, para mí, Las cien noches de Hero es, sobre todo, un homenaje a la literatura, ya que nos recuerda el poder de las historias, tanto para adoctrinar como para embelesar o rebelarse.

La única pega es que su lectura solo me ha durado una noche. Afortunadamente, sé que su recuerdo perdurará más de cien. He aquí, de nuevo, el maravilloso poder de las buenas historias.

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El rapto del príncipe Margarina, de Mark Twain, Philip Stead y Erin Stead

El rapto del príncipe Margarina

El rapto del príncipe MargarinaHay libros que son un tesoro y, sin duda, El rapto del príncipe Margarina es uno de ellos. Hay tantas razones para catalogarlo así que no sé por cuál de todas empezar. Así que comenzaré hablándoos de la noche en la que se fraguó esta historia.

Era una noche cualquiera en el hogar de la familia Langhorne. Clara y Susy, que sabían la suerte que tenían de que Mark Twain fuera su padre, nunca desaprovechaban la ocasión de irse a la cama escuchando un cuento inventado exclusivamente para ellas. Pero no se conformaban con cualquier historia, no. Disfrutaban planteándole retos literarios cada vez más complicados para poner a prueba su imaginación. Y se ve que habían sacado el sentido del humor de su padre, porque aquella noche le pidieron que inventara un cuento inspirándose en un diagrama de anatomía de una revista.

¿Qué historia podía salir de ahí? Pues la de las aventuras del pequeño Johnny para vender su pollo; durante su viaje, se cruzaba con extraños personajes y terminaba envuelto en la misteriosa desaparición del príncipe Margarina. Una preciosa historia que ahora todos podemos disfrutar en El rapto del príncipe Margarina.

Pero la versión que Océano Travesía ha publicado no es exactamente la historia que se narró aquella noche. Y es que Mark Twain creó decenas de cuentos para sus hijas, pero nunca los transcribió. Sin embargo, de El rapto del príncipe Margarina sí tomó bastantes notas y, a partir de ellas, ha surgido este maravilloso libro. Por eso, leerlo es como poseer un tesoro. Sabes que tienes entre las manos algo único: un cuento inteligente y honesto que, hasta ahora, había permanecido inédito e inconcluso.

Ha habido que esperar casi dos siglos para que aquellas anotaciones se recuperaran y Philip y Erin Stead las tomaran para acabar de darles forma. Philip Stead reescribe el cuento desde el respeto al célebre escritor estadounidense, sabiendo captar su esencia, su humor, su crítica y su ritmo narrativo repleto de aventuras. Y, además, aprovecha para tomarse un té con Mark Twain entre las páginas de este libro. Así, es él mismo el que le narra aquel cuento que contó a sus hijas, y Stead —cumpliendo la fantasia de cualquier lector— no para de interrumpirle para hacerle preguntas e inventar versiones alternativas cuando el curso de los acontecimientos no le convence. Este cuento dentro de otro cuento hace que todavía los sintamos más cercanos.

No nos olvidemos de Erin Stead, que también contribuye con sus ilustraciones a que este libro sea un tesoro. Con su manejo de varias técnicas —grabado de madera, tinta, lápiz y cortadora láser—, nos cuenta visualmente la historia, transmitiendo su sátira y su dulzura, así como su homenaje a la naturaleza y a los animales.

Y por si todas esas razones no fueran suficientes para reconocer el valor de este libro, encima Twain —o Philip Stead, quizá— nos desvela en él las palabras mágicas para salvar a la humanidad de tanta sinrazón y estupidez. Y no sabéis cuánta razón tienen. Cuando las descubráis, custodiarlas bien y compartirlas con quien las merezca. Igual que El rapto del príncipe Margarina, un tesoro literario que se revaloriza con cada lectura.

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La sombra del Golem, de Éliette Abécassis y Benjamin Lacombe

la sombra del Golem

la sombra del GolemQuizá todo empezó con La mecánica del corazón. Las ilustraciones de un joven Benjamin Lacombe —tan tiernas y, a la vez, tan oscuras— casaron a la perfección con la historia de Mathias Malzieu. A muchos lectores nos recordó a los buenos tiempos de Tim Burton. Pero con el paso de los años, Benjamin Lacombe ha conseguido desmarcarse de esas comparaciones y ocupar un espacio propio. Por eso, ahora basta con que sus ilustraciones aparezcan en la portada de un libro para que este se convierta en el objeto del deseo de bibliófilas como yo.

Las magníficas ediciones de Edelvives de Cuentos macabros, de Edgar Allan Poe, y Nuestra señora de París, de Victor Hugo, ilustradas por Benjamin Lacombe, ocupan un sitio de honor en mis estanterías hace tiempo. Y al ver La sombra del Golem, escrito por Éliette Abécassis, pensé que sería un libro perfecto para hacerles compañía. Con los clásicos había ido sobre seguro: los había leído y disfrutado anteriormente. Pero ha sido una alegría comprobar que La sombra del Golem también me ha gustado por dentro tanto como por fuera. Y es que la historia que se narra en sus páginas es tan preciosa como las ilustraciones de Benjamin Lacombe que la acompañan.

Abécassis y Lacombe nos trasladan a la Praga de finales del siglo XVI. El emperador Rodolfo II, príncipe de la casa de los Habsburgo, gobierna un país que lucha desde hace años contra los protestantes, la ciencia, la alquimia y todo lo que esté relacionado de un modo u otro con los judíos. Estos viven recluidos en el gueto, pero el monje Tadeo, consejero del Rodolfo II, quiere expulsarlos del país de una vez por todas. Es entonces cuando Rabbi Yeouda Loew ben Bezalel, conocido como el Maharal de Praga, crea el Golem, una figura informe nacida de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Se mueve como un títere a las órdenes de su creador, que lo utiliza para defender a los judíos de todos aquellos que pretenden hacerles daño. Y Zelmira, una niña de diez años, hija de alquimistas y testigo de estos increíbles acontecimientos, es quien nos los relata.

Éliette Abécassis y Benjamin Lacombe recrean la conocida leyenda judía que dio origen a la figura del Golem, un ser fantástico con gran influencia en la literatura, para hablarnos de ese convulso periodo en los países checos. Y entre realidad y fantasía, nos ofrecen una lectura filosófica sobre el significado y las consecuencias de la conciencia, la inteligencia, el amor y la libertad. Un cuento tan triste como esperanzador, que nos hace ver lo peor y lo mejor de los seres humanos.

Dicen que La sombra del Golem es una lectura recomendada para niños entre doce y catorce años, pero para mí los buenos libros no tienen edad. Menos aún uno como este, que transmite valores como la tolerancia (esa que no acabamos de interiorizar, por muchas veces que se repitan los hechos a lo largo de la Historia) y que, además, recupera un mito que hoy está en plena vigencia, pues plantea si es posible el dominio de la máquina sobre el hombre.

Por todo eso, La sombra del Golem ya luce en la primera línea de mi librería personal. Esta vez no solo quiero lucir su preciosa edición, sino que deseo que otros lectores sucumban al embrujo de su portada y se adentren en sus páginas. Así descubrirán que la verdadera belleza de este libro habita en el mensaje de su historia.

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Gnomos, naranjitos y mosqueperros, de Juan José Zanoletty

gnomos naranjitos y mosqueperros

gnomos naranjitos y mosqueperrosEs posible que si te digo que voy a hablar de Claudio Biern Boyd, no tengas ni idea de quién es. Tal vez, si añado que le han llamado el Walt Disney español, tampoco. Es más, apuesto a que te ríes y piensas que estoy exagerando. ¿Walt Disney español? ¿Tenemos de eso? ¿¡Nosotros?! ¡Venga ya!

Así que probaré con esta canción, a ver si te es familiar:

«Eran uno, dos y tres
los famosos mosqueperros.
El pequeño D’ Artacán
siempre va con ellos…».

O esta:

«Son
Ochenta días son.
Ochenta nada más
para dar la vuelta al mundo…».

¿Y qué me dices de esta?:

«Soy siete veces más fuerte que tú,
muy veloz.
Y siempre estoy de buen humor».

¿A que ya empiezas a recobrar la memoria? Reconócelo: no has podido leer esas estrofas sin cantarlas. ¡Y han pasado más de veinte años desde que te sentabas con la merienda delante del televisor! Qué bonitos recuerdos, ¿verdad? Pues dale las gracias a Claudio Biern Boyd, el hombre ese del que te hablaba al principio. Su equipo de BRB Internacional y él son los creadores de muchas de las series de dibujos animados que marcaron nuestra infancia. Y Juan José Zanoletty nos habla de ellos en Gnomos, naranjitos y mosqueperros.

Es normal que oír «el Walt Disney español» nos suene a guasa. Y es que nunca ha habido en España una industria de la animación consolidada que pudiera hacer frente a las producciones norteamericanas y japonesas. Pero durante muchos años existió BRB Internacional, que logró abrirse hueco y ser reconocida a nivel mundial. Desde 1980 hasta 2016 crearon cuarenta y cuatro series para televisión y distribuyeron otras tantas —Banner y Flappy, El bosque de Tallac (Jackie y Nuca, para la mayoría) o Tom Sawyer—, que se ganaron el corazón de varias generaciones de niños. En Gnomos, naranjitos y mosqueperros, Juan José Zanoletty se centra en las series producidas de 1980 a 1994, el periodo más exitoso de BRB Internacional.

En su particular «vuelta al mundo en dibujos animados», el viaje comienza con Ruy, el pequeño Cid, la primera serie producida por el equipo de Biern Boyd, en la que se contaba la vida de Rodrigo Díaz de Vivar. A esta le siguieron las famosas D’Artacán y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo en ochenta días de Willy Fog, David el gnomo, Sandokan, Mortadelo y Filemón y Zipi y Zape, donde usaron la literatura como principal fuente de inspiración.

No se quedaron ahí. Supieron aprovechar el tirón de grandes eventos como el Mundial 82, con la serie Fútbol en acción, protagonizada por Naranjito, y las Olimpiadas del 92, con La troupe de Cobi (capítulos en los que el autor nos cuenta, además, cómo se seleccionaron la famosas —y criticadas— mascotas), así como la Exposición Universal de 1992 y el V Centenario del descubrimiento de América con la serie Las mil y una… Américas. Pero no solo eso, ya que en BRB Internacional también hicieron sus pinitos como divulgadores de ciencia con el concurso Los sabios, presentado por Andrés Caparrós e Isabel Gemio.

Además de recordarnos de qué iban todas estas series y muchas más, encontramos curiosidades sobre ellas (¿a qué se debía ese empeño en transformar en animales a los protagonistas de los clásicos de la literatura de Dumas, Verne o Salgari ?), la censura o cambios que se llevaban a cabo según el país en el que se emitían, el proceso de creación (¿por qué se delegaba la animación a otros países?) y los dimes y diretes de la industria del entretenimiento. Todo eso hace que Gnomos, naranjitos y mosqueperros no solo sea un viaje nostálgico a nuestra infancia a través de sus series de dibujos animados, sino un reconocimiento a Claudio Biern Boyd y su equipo. Demostraron que en España también se podían crear series comerciales, llenas de aventuras y humor, sin dejar de lado los valores y los buenos guiones.

Que cada cual valore si el apelativo del Walt Disney español le queda grande o no a Claudio Biern Boyd. Lo que este libro y su trayectoria demuestran es que, sin duda, es uno de los padres de la animación moderna europea, que no es poca cosa tampoco. Así que hagámosle hueco en nuestra memoria, junto a esos personajes y esas canciones inolvidables que nacieron gracias a él.

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Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977), de Adrian Vogel

bikinis futbol y rock & roll

bikinis futbol y rock & roll«Los viejos rockeros buscaron otra verdad

se burlaron de la tradición.

Guitarra y vaqueros sembraron libertad

nos dieron la música

como una nueva forma de luchar».

Canción: Los viejos rockeros nunca mueren (1979), de Miguel Ríos.

 

Esta estrofa de Miguel Ríos podría ser el resumen más corto y, a la vez, perfecto de Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977), de Adrian Vogel. Pero olvidaríamos los bikinis y el fútbol, que también forman parte importante de esta historia.

¿De qué historia? De la nuestra, claro. La de la España de la segunda etapa del franquismo. Quizá muchos no la hayamos vivido, pero la vivieron nuestros padres. Así que sí, es la historia de todos. Porque las transformaciones sociales que se fraguaron en esos años, y lo que se quedó enquistado también, conforman lo que es hoy en día nuestro país.

 

«Todos hablando de hombres ilustres

y de Elvis Presley nadie habla jamás».

Canción: Presumida (1961), de Teen Tops.

 

Adrian Vogel no nos cuenta por enésima vez nuestra historia en versión NO-DO, ni tampoco con el mismo enfoque económico y político de los ensayos y libros de Historia. No, Vogel prefiere hablarnos de esas turistas que se saltaron las reglas de la moral y la decencia bañándose en bikini en la playa, de los quebraderos de cabeza del Régimen cuando la selección de fútbol española tenía que jugar contra la URSS o de los intentos de sabotaje a los Beatles durante su visita a Madrid en 1965.

La crónica de Adrian Vogel se centra en el aspecto popular, en los gustos y aficiones de la gente de a pie que, con sus pequeños gestos, abrieron el camino a grandes cambios. Porque cuestiones como el bikini, el fútbol o el rock & roll, que hoy en día vemos como pasatiempos intrascendentes, supusieron un soplo de aire fresco para la constreñida sociedad franquista. Dejarse llevar por esas modas que llegaban del extranjero fue el acto subversivo de toda una generación. Y es de eso de lo que nos habla Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977): cómo se resquebrajó esa mayoría social que se había identificado tanto con el franquismo que lo había convertido en una forma de vida.

La exposición de datos que realiza Adrian Vogel es profusa: conferencias, exposiciones, festivales, películas, artistas de moda, fichajes estrella de los equipos de fútbol, campeones de liga, entradas y salidas de miembros en las bandas de rock & roll, listas de éxitos musicales desde los años 40 hasta los 80 para ver la evolución de gustos de los españoles… Esto puede provocar dos reacciones en el lector: que esté encantado porque reconozca esos nombres y hechos y le haga recordar algunos que había olvidado; o que se abrume con tantísima información. En mi caso, reconozco que la lectura de algunos capítulos se me ha hecho demasiado densa. Hubiera agradecido menos enumeraciones, datos y cifras, y más narración de acontecimientos y de anécdotas del propio autor, que estuvo presente en varios eventos significativos de la época.

No obstante, es indiscutible el valor de Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977), tanto por la cantidad de información cultural que aglutina en un solo volumen como por su reivindicación de prestar atención a lo popular para entender el verdadero sentir de una generación y un país.

Porque por mucho que algunos se empeñen en menospreciar la cultura, siempre ha sido y será la herramienta por excelencia de comunicación universal. Esa capaz de traspasar fronteras y unir a pesar de las diferencias. Esa que se instala en la cabeza de la gente corriente y, de pronto, hace que vean la vida desde otro punto de vista.

Es probable que esos que hacen de menos a la cultura teman su poder silencioso, por eso se esfuerzan tanto en que el resto no la tomemos en serio. Así que no les hagamos caso. Leamos Bikinis, fútbol y rock & roll, crónica pop bajo el franquismo sociológico (1950-1977) y recordemos la fuerza que tienen los pequeños hombres y sus pequeños gestos para cambiar nuestra sociedad.

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