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Las palabras heridas, de Jordi Sierra i Fabra

Las palabras heridas

Las palabras heridasUna buena historia es aquella en la que todos los elementos que la componen se complementan entre sí con precisión como el engranaje de un reloj. Cada pieza forma parte de un todo en el que si una de ellas erra el conjunto queda inservible. En literatura, el desarrollo del argumento, su discurso narrativo, la elaboración, crecimiento y actos de los personajes, el lenguaje empleado y la estructura de la obra deben estar cohesionadas. Deben ser un útil para que la historia funcione. Jordi Sierra i Fabra ha escrito una de esas novelas. La última de su prolífica trayectoria, Las palabras heridas.

Como lector treintañero puedo decir que me forjé en el mundo de la literatura a través de las novelas juveniles de Sierra i Fabra. Algunas de ellas se me quedaron más grabadas que otras, puede que por el momento justo en el que las leyera o bien porque pudiese sentir cierta afinidad con algunos de sus personajes. Uno de ellos, Ventura, el chico que soñaba con Hendrix o Kurt Cobain en Nunca seremos estrellas del rock todavía sigue vibrando en ese rincón que reservamos en nuestro cerebro (¿o puede que sea en el corazón, refugio para los sentimientos más románticos?). Sea como fuere, Sierra i Fabra tiene en sus novelas una serie de elementos que se enlazan con soltura, con inusitada facilidad, y llenan unas páginas de lectura excelente.

Uno de los libros de cabecera que suelo siempre revisar es La página escrita, un elaborado trabajo autobiográfico sobre su obra y su modo de escribir. La vastedad de su trabajo que incluye novelas, relatos, artículos musicales y acumula unos cuantos premios literarios, parecen casi al alcance de todos en las palabras que desgrana en ese libro. No es un manual de cómo hacerte escritor, es un diario de cómo lo hace él y, si quieres, puedes llegar a hacer tú mismo. En la novela que acontece, Las palabras heridas, se percibe toda esa sencillez que desarrolla, toda su forma de crear una novela. Todo aquello que empieza con un guión bien revisado, una historia corta con un tema atractivo y dejar que las palabras rellenen el guión ya escrito. No es necesaria la limpieza si la historia ha sido bien preconcebida. El resultado, una novela fácil, ligera, agradable y, como ya dije al principio, que funciona con precisión de reloj.

La novela cuenta la dura historia sobre la dictadura que sufre un país de Asia. Un joven soldado de apenas dieciocho años creció con la dictadura instaurada, por tanto, no recuerda cómo era el mundo anterior. Sin embargo, los presos de los que es responsable en la cárcel, sí. Todos ellos están encerrados, son torturados y castigados por sus ideales liberales. Privados de libertad por defender la democracia, por amar la poesía, por negarse al régimen. Uno de los presos, el número 139, fue un antiguo profesor que mantendrá una cercana relación con el joven soldado. En las cartas que les permiten escribir a sus familiares, el soldado se encarga de censurar aquellas frases o palabras que se consideran contrarias al régimen. Cartas dirigidas a la mujer del preso. Cartas de amor. Poesía. Palabras llenas de sentimientos. El joven soldado aprenderá en esas palabras heridas una lección que le hará replantearse todo aquello en lo que le han obligado a creer, todo aquello que le han hecho pensar o sentir. Podrán borrar las palabras, le dirá el preso, pero jamás podrán obviar el ideal. Y en ese ideal el joven soldado encontrará la verdad.

Una historia de carácter moralizante en el que Sierra i Fabra vuelca la importancia de permitir aprender de los maestros, de abrir la mente a diferentes opciones que coexisten en el mundo. Sin duda, una lectura corta que en su sencillez reside una idea muy intensa y veraz. Unas palabras heridas sí, pero que al leerlas sanan.

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Los milagros prohibidos, de Alexis Ravelo

Los milagros prohibidos

Los milagros prohibidosPara mí, esta era una de las novelas más esperadas del año. Tras el buen sabor de boca que me dejó La otra vida de Ned Blackbird, tenía ganas de leer lo nuevo de Alexis Ravelo. Los milagros prohibidos cuenta uno de los episodios menos conocidos de la Guerra Civil Española, la Semana Roja de La Palma. El 18 de julio de 1936, sin derramamiento de sangre, los palmeros consiguieron seguir fieles a la República durante una semana, hasta el fatídico día 25, cuando el cañonero Canalejas arribaba en Santa Cruz de La Palma con orden de poner a la isla del bando de los nacionales y falangistas, bajo amenaza de bombardearla si fuera preciso. Muchos de los leales a la República tomaron la determinación de subirse a los escarpados montes isleños para resistir, convirtiéndose en los primeros maquis del país, ese movimiento de guerrilla antifranquista que poblaría en años sucesivos las laderas peninsulares.

Para narrar esta historia, Ravelo conforma un trío amoroso protagonizado por Agustín Santos, maestro progresista que se echa la monte con un revolver que pretende no utilizar, Emilia Mederos, mujer de buena familia y feliz esposa de Agustín, y por último Floro, al que llaman el Hurón, falangista recalcitrante, cazador de rojos, que ve en el conflicto la oportunidad de volver a su isla convertido en un hombre de pro y vengar la afrenta que guarda grabada a fuego, el rechazo que Emilia le proporcionó en su juventud.

No tenía claro que Dios existiera, pero estaba seguro de que, de existir, no había estado jamás en La Palma

Las novelas negras que tan famosas hicieron a Alexis Ravelo tenían un punto en común, sus queridas Islas Canarias. Tras ambientar en un lugar indeterminado su última novela, el autor vuelve a su tierra, en esta ocasión a la isla de La Palma, paraíso natural que muy pocos españoles tienen la suerte de conocer. Entristece pensar como un lugar tan idílico pudo albergar tanto odio y rencor allá por 1936. Pese a lo negro del suceso, uno lee sobre lugares como la Caldera de Taburiente o el Cubo de la Galga y siente un deseo irrefrenable de cambiar el estrés urbanita por la tranquilidad palmera, dedicando mañanas y tardes a perderse entre sus caminos de laurisilva, al igual que Agustín y el resto de fugados, entrando en contacto con la naturaleza en su estado más virginal. Y aquí, tras buscar los lugares de la novela en internet, he de hacer un reproche. Muchas veces buscamos el paraíso en lugares remotos, cuando lo tenemos a menos de tres horas de avión, sin necesidad de mostrar el pasaporte.

Alexis Ravelo comentaba la larga labor de documentación que había llevado a cabo para escribir dicho libro. Y hay que felicitarle por ello, pues en Los milagros prohibidos todo está cuidado al detalle, desde la descripción de los parajes isleños hasta el habla local. Es muy difícil no sentir apego por los comportamientos de ciertos personajes, por sus sufrimientos y los malabarismos que tuvieron que hacer para salir indemnes (o casi) de este absurdo conflicto. Porque de la absurdez de la Guerra Civil ya se ha escrito mucho, pero nuevamente queda de manifiesto que esta confrontación no fue una guerra entre enemigos. Fue una absurda guerra entre hermanos llena de odio, de rencillas y de heridas mal curadas que tan bien se reflejan en el personaje del Hurón. Un conflicto a muerte sin romanticismo que no dejó héroes, que dejó solamente familias rotas y vidas cercenadas gracias al sinsentido.

No me cansaré de repetir que en Alexis Ravelo tenemos uno de los valores más seguros de la narrativa española actual. Si disfruté con La otra vida de Ned Blackbird, nuevamente vuelvo a quedar prendado del ritmo y de la belleza de la pluma del canario, que sigue aumentando el nivel con cada obra que pasa. Y sí, muchos pensarán que Los milagros prohibidos es otro libro sobre la Guerra Civil, ese conflicto que tanta producción literaria ha creado en las últimas décadas. Pero Alexis demuestra que no todo está contado, y que hay hechos que deben ser recordados. Porque los errores del pasado no deben volver a repetirse en el presente, aunque parezcamos obstinados en seguir posicionándonos en dos bandos.

César Malagón @malagonc

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Viaje esencial, de Alejandro Jodorowsky

Viaje esencial

Viaje esencialDice en el epílogo del libro Antonio Bertoli, amigo de Jodorowsky y uno de los máximos exponentes del estudio de la psicogenealogía en Italia, que este Viaje esencial es el «canto que nos reconecta con la verdadera salvación, la última liberación, el definitivo rescate: el viaje esencial que todos tenemos que emprender dentro de nosotros mismos para recuperar el sentido original – esencial – que la familia, la sociedad, la cultura y las religiones han oscurecido y ocultado.» Si hace cosa de un año, Siruela nos trajo a Jodorowsky en forma de cuentos con La vida es un cuento, ahora es la poesía – o como a él le gusta llamarla: “poesofía” – la forma a partir de la cual ser enseñados por este artista multidisciplinar sin años, sin patria y sin cadenas.

¿Qué es entonces esta “poesofía”? Como todo lo que envuelve su arte: la indagación en uno mismo del sentido de la vida a través de distintas formas, pero en este caso partiendo de la poesía. Jodorowsky puede llevarnos a la meditación con una película, un libro, una entrevista o un taller de los que suele ofrecer alrededor del mundo. Sabedor de que a partir del arte es posible aprenderse, no hay variedad ni técnica que se le escape a un hombre que ronda los 90 años y que parece no querer morir nunca. Dicen que no te mueres mientras tienes proyectos en mente y Jodorowsky es un continuo maquinar de planes. Si hace unos meses presentaba en el Festival de Cannes su última película – Poesía sin fin – ahora se lanza con este nuevo título que suma a una larga lista de ‘bestsellers’ con su firma. Y no solo eso, porque le podemos ver cada día delante de un lienzo con el pincel en la mano o elaborando cómics o preparando su próxima película o dando conferencias o leyendo el Tarot en una cafetería de París. La hiperactividad de Jodorowsky es la balanza que compensa la profunda meditación a la que llevan sus obras.

En Viaje esencial, nos encontramos con cuatro partes – ‘Piedras’, ‘Entre piedras y nubes’, ‘Nubes’ y ‘A la sombra del I Ching’ – acompañadas por las ilustraciones de su pareja, la francesa Pascale Montadon-Jodorowsky. El libro empieza con 300 poemas breves al estilo de los haikús en los que, como si se tratara de escrituras sagradas, el narrador se convierte en la voz de uno mismo como guía del espíritu hacia una revelación, ese «definitivo rescate» del que habla Bertoli en el epílogo. Tras estos versos, se nos ofrecen 12 poemas narrativos más extensos con la infancia como protagonista. Y es que como se puede ver en su obra – por ejemplo en La danza de la realidad, tanto libro como película – la infancia es un tema de referencia en Jodorowsky, alguien que ve en el niño el cuerpo todavía sin cicatrizar, la persona todavía sin tropezar. Su infancia fue desgarradora y seguramente por ello supo romperse del todo y salir, crecer más fuerte y decidido a hablar siempre de ello. Este es un ejemplo más. Más adelante, en ‘Nubes’, volvemos a la poesía condensada formada por dos o tres versos que recuerdan a las citas que encontramos en los libros de filosofía zen. Fruto de esa influencia tan marcada del orientalismo y de su experiencia a manos del monje Ejo Takata, Jodorowsky hace alarde de su maestría a la hora de escoger las palabras que golpean en el interior más profundo de uno. Leer estos versos de Jodorowsky es como si de repente sienteses la revelación, sintieses que estás salvado, curado, y te dijeras a ti mismo estas palabras para recordarlas en tu nueva caída. Siempre hay caídas, de eso no podemos dudar, pero por suerte también sabemos que hay formas de suavizarlas: una es leer a Jodorowsky. Por último, y tras otros 300 poemas, el libro acaba con un ejercicio basado en la sabiduría milenaria de El libro de las mutaciones. A partir de combinaciones de lo que se conoce como el método de las tres monedas, el autor nacido en Tocopilla (Chile) ofrece una serie de textos donde la combinación numérica de las tiradas de esas monedas – algo que explica el editor antes de esta última parte – sirve como respuesta a las preguntas que plantean los textos. Parece difícil, porque yo lo he hecho así, pero no lo es. Solo hace falta disfrutar leyendo.

El libro se cierra con el ya comentado epílogo del italiano Antonio Bertoli, quien nos habla de qué es para él esta poesía de Jodorowsky. Habla de la cualidad pedagógica que tiene, de lo esotérico de su contenido, del camino hacia adentro que crea, del continuo juego entre dualidades. Intenta dar sentido a una poesía que busca carecer de él para así, en el vacío, ser llenada por el lector. Vas a tener que trabajar cuando leas Viaje esencial, igual que cuando presencies cualquier cosa que tenga la firma de Jodorowsky. Y no dudes en hacerlo, porque te aseguro que el florecimiento de la semilla que consigue dejar dentro de ti es la mejor forma de despertar, de levantarte, de seguir caminando siendo capaz de disfrutar cada paso.

 

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Contra el fanatismo, de Amos Oz

Contra el fanatismo

Contra el fanatismoHace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 1984, de George Orwell, aumentó sus ventas en el país exponencialmente, 68 años después de su publicación. Incluso hasta España ha llegado la tendencia, ya que el libro entró entre los 50 más vendidos en nuestro país en 2016. Las similitudes entre el régimen distópico que construyó el autor nacido en el Raj británico y algunas de las actuaciones y declaraciones del nuevo ejecutivo norteamericano son verdaderamente alarmantes. Por desgracia, la llegada de este ser promuros y antimedios de comunicación a la Casa Blanca no parece que vaya a ser una excepción, sino una tendencia al fanatismo que comienza a tomar grandes apoyos en la opinión pública de occidente. Son muchas las causas a las que podemos atenernos para justificar esta deriva, como la crisis económica, el miedo al terrorismo islamista o el desencanto de la población con una clase política que se ha distanciado demasiado del pueblo al que representa. Sin embargo, si bien novelas como 1984 pueden ayudarnos a identificar los peligros que nos acechan, para combatirlos creo que son mucho más útiles textos como Contra el fanatismo.

Lo primero que me sorprendió al comenzar a leer este ensayo es la sencillez con la que escribe Amos Oz. Acostumbrado como estoy, por culpa de mi pasión (ligeramente masoquista) por la lectura de textos políticos, a tener que descifrar frases complejas y recargadas, la prosa directa y clara de este pensador israelí me hizo sentir como en mitad de una conversación coloquial en una cafetería, sin ningún tipo de grandilocuencia ni de excesos estilísticos. La otra de las claves, para mí, de este pequeño libro es la sinceridad que emana de sus palabras. Oz toma posición desde el comienzo y centra su discurso en el peliagudo conflicto palestino-israelí, más peliagudo aún de acometer si tenemos en cuenta que este escritor es natal de Jerusalén.

En torno a este tema el autor defiende la necesidad de un acuerdo entre los dos contendientes, que nazca desde el reconocimiento mutuo y en base a las concesiones imprescindibles para que ambos pueblos puedan tener un futuro digno y en paz. «Nunca lucharía por más territorios. Nunca lucharía por una habitación más para la nación. Nunca lucharía por los santos lugares ni por las vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía, como un demonio, por la vida y la libertad. Por nada más», resume es escritor.

Pero el texto de este libro que más valor simbólico tiene, en mi opinión, en los días que vivimos es en el que trata el  tema del fanatismo. «¿Quién iba pensar que al siglo XX le iba seguir el siglo XI?» se preguntaba Oz hace ya más de una década. En este capítulo se dedica a analizar en profundidad al fanático, al que etiqueta como un ser con una actitud de superioridad moral, que se caracteriza por preferir sentir a pensar. Y es que qué duda cabe de que muchas de las decisiones más preocupantes que se han ido tomando en el mundo en los últimos meses han salido de las tripas, y no del cerebro, de quienes mandan ejecutarlas. Frente a esta tendencia, Oz llama a combatir al fanático desde la inteligencia, obligándole a salir de sus marcos preestablecidos y haciéndole ver las múltiples contradicciones con las que siempre cargan los defensores del pensamiento único, pero que tanto se esfuerzan en esconder debajo de la alfombra de su mollera.

Pienso que Contra el fanatismo debería tener un sitio privilegiado en colegios e institutos de todos los lugares del mundo, ya que enseña una serie de valores que estoy convencido de que si se interiorizan bien en las primeras etapas de crecimiento intelectual, las nuevas generaciones estarán mucho más preparadas de lo que seguramente estamos las actuales para combatir a ese mal que tanta fuerza está tomando en estos últimos tiempos.

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Cuentos populares portugueses, edición de José Viale Moutinho

cuentos populares portugueses

cuentos populares portuguesesEstoy hecha de cuentos. Del de la ratita presumida buscando marido, del de las aventuras de Pulgarcito, del de la aparente valentía de Juan Sin Miedo, del de la carrera de la liebre y la tortuga. De esas historias que me contaba mi abuela en su regazo, que me gustaban tanto o más que las series de dibujos animados. Quizá los libros siguen siendo mi refugio porque aún busco la emoción de esas tardes de la infancia. Hay una niña en mí, lo reconozco, que no desprecia las «cosas de niños», sino que las valora más que antes si cabe, porque esas «cosas de niños» me han hecho ser cómo soy y amar lo que amo.

Por eso, cuando leí «cuentos populares» contuve un suspiro y me dije «sí, quiero leerlo». Poco me importó que fueran portugueses, al fin y al cabo, no tienen que distar mucho nuestras historias de las de nuestros vecinos de península. Y sí, en Cuentos populares portugueses he reconocido personajes, aunque con otros nombres y en otros contextos, y también he descubierto a muchos nuevos en los ciento diecisiete cuentos que componen la edición de José Viale Moutinho publicada por Siruela. En el fondo, las tramas son recurrentes: que si jóvenes casaderos o en busca de riqueza, que si parejas infieles o que añoran tener un hijo, que si hombres que recorren el mundo en busca de vivencias o animales que se comportan como seres humanos. Reyes, príncipes, labradores, frailes o demonios son personajes habituales. Y las armas para salir airosos, las esperables: la bondad imponiéndose a la malicia, pero también la astucia imponiéndose a la bondad; y, sobre todo, el poder de la palabra, siempre presente. Historias inocentes, surrealistas, mágicas, crueles, procaces e incluso meros chascarrillos, que demuestran que hay cuentos para cada público y para cada ocasión.

José Viale Moutinho fue uno de esos niños que creció con los cuentos de sus abuelos, y ha visto necesario recoger la tradición oral de su país en este libro, esas historias que han pasado de boca en boca, generación tras generación, adaptándose a la época y a las circunstancias gracias a la imaginación de los cuentistas que se han apropiado de ellas a través de los años. Fuente de cultura popular y parte del imaginario colectivo, estos cuentos están compuestos por las expresiones del pueblo, sus tópicos y lugares comunes, y son una forma de conocer a la sociedad portuguesa de antaño, sus aspiraciones, sus miedos y su sentido del humor.

Quizá poner los cuentos populares sobre papel sea un atentado a su esencia, como el propio Viale Moutinho reconoce. Pero en estos tiempos de videojuegos e internet, en los que los abuelos que sientan a sus nietos en el regazo para contarles historias parecen en peligro de extinción, es necesario hacer algo para que estos cuentos no desaparezcan en el silencio. José Viale Moutinho ha puesto su granito de arena recogiéndolos en Cuentos populares portugueses y ahora es misión de nosotros, los lectores, que volvamos a ellos y los contemos en voz alta como en los viejos tiempos. Para entretener o para reflexionar. A niños o a mayores. Da igual. Lo importante es que nunca demos el cuento por acabado.

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Azul marino, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Azul Marino

Azul MarinoToda buena historia merece un buen final. Y el final de Ana Martí está escrito en Azul marino. Tras disfrutar con Don de lenguas y El gran frío, la trilogía de novela negra escrita a cuatro manos entre Rosa Ribas y Sabine Hofmann echa el cierre, para disgusto de algunos de sus seguidores, con la historia que hoy vengo a reseñar. Cualquiera que haya leído las dos primeras novelas habrá sucumbido a los encantos (literariamente hablando) de su protagonista, Ana Martí, la joven periodista barcelonesa que tiene que abrirse un hueco a codazos en una sociedad, la de los años 50, que no ve con buenos ojos la independencia que muchas mujeres intentan conseguir en el plano amoroso y/o laboral.

Corre el año 1959 cuando en el puerto de Barcelona permanece anclada la Sexta Flota norteamericana, lo que da tiempo a cientos de marines a conocer la Ciudad Condal, y con ello, sus bajos fondos. En un burdel del Barrio Chino, el Metropolitano, se produce el asesinato de uno de ellos. El inspector Isidro Castro, otro habitual de la trilogía, trata de esclarecer el caso junto a la sus “colegas” estadounidenses, por lo que acude a Ana para que haga las veces de traductora. La periodista, por su parte, sigue compaginando su carrera entre los ecos de sociedad de la revista Mujer Actual y los sórdidos sucesos de El Caso. Para el segundo de ellos tendrá que escribir sobre el suicidio de una trabajadora de un local de costura que acoge a mujeres descarriadas, regentada con orgullo por señoras de la burguesía pertenecientes a una congregación religiosa con unas ideas de la vida y de la mujer que chocan frontalmente con las de nuestra protagonista.

Tras dos novelas de alta calidad, era de esperar que esta tercera siguiera el mismo guion. Y así ha sido, para gozo del lector. Si escribir a cuatro manos tiene sus dificultades, no se nota leyendo las novelas de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, cuya compenetración es tal que hace que ni la trama ni los diálogos ni los personajes se resientan por aquello de tener dos “madres” literarias distintas. Todo en esta novela fluye de forma tranquila y decidida, derivando en una brillante resolución del caso. Además, en esta ocasión nos permiten conocer un poco mejor la vida privada del inspector Castro, que verá como las malas compañías de su hijo ponen en peligro su carrera.

Una vez más, el fuerte de estas novelas negras se basa en la cuidada ambientación de la época en la que se desarrollan. Uno lee Azul marino y se convierte en un barcelonés de posguerra paseando por el Barrio Chino o bajando alegremente por la Rambla mientras militares americanos revolucionan al sector femenino de la ciudad. Las autoras tienen un don especial para definir a los personajes, haciendo igual de creíbles los comportamientos de un miembro de la alta burguesía que los de una prostituta o un traficante de baja ralea. El personaje principal también sirve para medir el nivel social y cultural de la época, con la férrea moral franquista siempre presente. Por eso la protagonista lucha contra viento y marea para encontrar reconocimiento dentro de una sociedad en el que la mujer está concebida para otros menesteres.

Con todo esto, confieso que soy de los que echará de menos a Ana Martí; incluso a su prima Beatriz y al inspector. Pero sobre todo a la joven periodista, cuyo personalidad hemos visto crecer en estas tres novelas, pasando de ser una asustadiza muchacha a una mujer decidida, como queda patente en Azul Marino. Por suerte, de Rosa Ribas siempre nos quedará el resto de sus novelas. Quizá no sea mala idea la de conocer los casos de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor.

César Malagón @malagonc

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Lo que queda de nuestras vidas, de Zeruya Shalev

Lo que queda de nuestras vidas

Lo que queda de nuestras vidasDespués de traerles, no hace demasiado tiempo, un par de libros de Escritores judíos, incluso escritos directamente en yiddishy traducidos de ese idioma al castellano, decidí, darme un descanso, y he leído cuentos infantiles para curarme de los males que me aquejan desde un pequeño accidente que tuve. Pero ya saben que no hace casi nada volví con unas extrañas memorias de Hitler que me devolvieron a un tiempo concreto de la historia.

Vi la portada de Lo que queda de nuestras vidas y quedé fascinada, una típica portada de Siruela que te obliga a girarte y mirarla. Y, en contra de mi voluntad, dar la vuelta al libro y leer el inicio de la contraportada:

“Zeruya Shalev, la voz femenina más importante de la literatura israelí contemporánea, presenta en su nueva novela un impactante y emotivo relato de padres, hijos y los sentimientos y resentimientos que los unen y los separan… “

No leí más, y durante un buen puñado de noches he sido raptada por esta mujer, y durante un buen puñado de noches he disfrutado de su historia, sin comer, sin beber, absorta absolutamente en la narración.

Y es que NO estamos en los años de la II GM; nuestra protagonista va a ser Hemnda Horowitz, una mujer ya muy mayor con la que compartiremos, en sus últimos días, los recuerdos de su vida, trasladada de urgencia desde el pequeño cuarto en el que estaba en casa de su hija, a un hospital de Jerusalén.

Allí, la autora, jugará bien con los personajes que nos va presentando, a la propia Hemnda, pero también y sobre todo a sus hijos; Diana, una hija con la que nunca ha llegado a estar muy unida, deseosa de adoptar a un niño en contra de la voluntad del resto de su familia, pero ahora su única hija se hace mayor y aparecen las carencias que muchos y muchas van a reconocer; y Abner, como diríamos en nuestro en argot cariñoso y familiar, su ojito derecho, el niño al que le dio todo y al que ama todo lo que ella cree que se puede amar. Un abogado especializado en derechos humanos. Pero tampoco será oro todo lo que reluce.

La historia, está claro que la cuenta en tercera persona, pero ha sido capaz de que lo olvide a lo largo de la lectura y me lleva una y otra vez a esa primera persona más íntima, más personal…

“Qué edad incómoda, cuarenta y cinco, en una época las mujeres morían a esta edad, cumplían con la crianza de los hijos, y morían, liberaban al mundo de sus presencias, la presencia constante e incisiva de mujeres que han dejado de ser fértiles, cáscaras carentes ya de todo atractivo….”

¿Quién lo dice? La narradora, la protagonista ¿He dicho narradora?, yo he visto a la autora escondida tras esta narración, quiero decir que esa tercera persona que en ocasiones es segunda o primera para el lector, nos da una idea de que hay algo personal en lo que cuenta, no en la historia, sino en lo que te hace sentir durante su lectura. Ella misma ha dicho que ha tardado en escribir este libro 5 años. La historia la tenía antes pero lo ha pulido hasta que ha quedado como ella quería, y yo creo que ella quería esa perfección que nos ha llegado.

La traducción no le quita ni un ápice de sonoridad, de ritmo, de baile de lectura, lento cuando conviene, en los recuerdos; más rítmico en las acciones que suceden hoy mismo, ahora, casi mientras lees…

Después de terminar el libro no he podido dejar de buscar la historia de esta mujer, de esta escritora Israelí, Zeruya Shalev, una mujer que nos acerca siempre temas tan difíciles para el escritor como para el lector. En este caso el hecho de admitir que quieres a un hijo más y por encima de otro… Yo solo tengo una hija (Ahí no tengo problema). Pero a su vez tengo varios hermanos y primos y amigos, y la mayoría tienen varios hijos, y una observa que no tienen la misma vara de medir para todos. Y sí, yo sé que cada cual tiene su excusa: Este es más cariñoso, en esta tengo más confianza … El reflejo de la vida, pero cuando uno se enfrenta a la muerte se enfrenta también a las verdades de su vida.

La autora, he leído que fue víctima de un atentado terrorista en Jerusalén en 2004, que le afectó la cara, las manos y muy gravemente una de sus piernas. En ese atentado fallecieron 11 personas. Ni un pequeño rescoldo de resentimiento veremos en su obra, de hecho ella es miembro del grupo de mujeres judías y palestinas que trabajan unidas por la paz, una organización que se define como un movimiento que nació a raíz de la guerra de 2014 en Gaza, para restaurar la esperanza y trabajar hacia una existencia pacífica para las generaciones futuras. Seguro que de estos temas bien nos informarían mujeres como la especialista Carmen Magallón  o mi paisana, la valiente y comprometida Ejeana, periodista y residente en Gaza, Isabel Pérez.

Lo que queda de nuestras vidas, de Zeruya Shalev, sean valientes y lean a esta mujer que no les dejará indiferentes, que quizá sí nos recuerde algo de lo que fue un Kibutz cuando muchos llegaron de Europa, como la protagonista, hija de un padre y mujer de sobrevivientes del holocausto, cosas que marcan, ella, la autora, nos explica que la protagonista, quizá alguien de la edad de su propia madre, quería otra vida, la libertad que allí en el Kibutz no podría tener. Vivir la vida que queremos, dice la autora, es difícil y suele producir insatisfacción, y la insatisfacción nos priva de la felicidad.

El libro nos habla de una familia israelí, y como en todas las familias hay de todo, y cada cual ya tiene bastante con lo suyo… Mujeres como ésta me reconcilian con la vida, y libros como estos con la literatura.

La vida ya es dura de por sí, intentaré bajar mis metas para poder ser algo más feliz.

Todos deberíamos ser seres por la paz.

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El paseo, de Robert Walser

El paseo

El paseo¿No es la misma vida un paseo? Caminas a lo largo de varios años, ves cosas que siempre te llegan a través de tu percepción sin saber si esta te engaña o no, conoces gente que se acaba yendo, y siempre vas contigo, hasta el último momento. Quizás por eso llaman tanto a las personas los paseos, porque es el momento en que más cerca estás de vivir tu vida en plenitud. O quizás no y es solo lo que yo pienso. Pero por lo menos hoy me acompaña alguien, otro amante del paseo: Robert Walser.

Nada más empezar el prólogo de El paseo (Siruela), obra de Menchu Gutiérrez, y saber de la pasión e incluso de la necesidad que Walser tenía para con el paseo, me han venido a la cabeza dos personajes – bueno, en realidad tres, pero el tercero no tiene importancia -. Estos dos son Friedrich Nietzsche y José Ortega y Gasset. Los dos usaban, al igual que Walser, el paseo como mecanismo de engranaje del pensamiento. Del primero me viene a la cabeza cómo lo cuenta su íntimo amigo Franz Overbeck en La vida arrebatada de Friedrich Nietzschey del segundo, su libro Meditaciones del Quijote, con el que nos lleva de paseo por un bosque que enciende su pensamiento.

Walser igual. Es ponerse a caminar y llenarse de materia prima su cabeza de escritor. A lo largo de un día entero vamos con él de la mano por un paseo en el que conocemos a sus amistades, a sus conocidos, le acompañamos a las obligaciones y quehaceres diarios y disfrutamos del frescor mental que produce el contacto con la naturaleza. Todo lo narra Walser a través de la percepción de unos sentidos que él reconoce como dudosos pero también como única vía de expresión para todo aquello que nos quiere contar. Asume esa narración tan poco fiable a la que se agarraba Borges para relatarnos lo vivido en un día de paseo.

El paseo es el título del libro y también es el contenido. El paseo gobierna la obra y se erige como proclama de la observación andante. Poco hay mejor que perderse sin rumbo solo dejándose conectar con vibraciones naturales. Poco hay mejor que dejar pasear a cuerpo y mente, sin barreras, obstáculos ni fronteras. Pero cuando ello no se puede, por cualquier causa ajena o no a nuestra voluntad, hay otra opción de paseo: los libros. Leer es también pasear, por mentes ajenas y también por la tuya al convertirte en un segundo autor, en un traductor de la propio obra. Leer es pasear igual que pasear es leer. Y a mí me encantan ambos. Yo soy ese tercer personaje.

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El silencio es un pez de colores, de Annabel Pitcher

El silencio es un pez de colores

El silencio es un pez de colores¡Qué difíciles son los 15 años! Hay que encajar, pero tú te sientes desencajada, fuera de sitio. Es difícil verse en el espejo, por mucho que te mires, te cuesta reconocer a ese ser que cambia casi cada día a esa edad. Hablo en femenino porque mi género es ese, y porque la protagonista es chica, pero sé que es igual de complicado para los chicos. Tengo hijos en esa edad, dos: chico y chica, mellizos, sí. Y quitarles los pañales a los dos a la vez no fue nada comparado con la adolescencia. Quiero hacer una aclaración: tengo unos hijos maravillosos, buenos y responsables, pero la adolescencia es muy complicada, sobre todo para ellos. También es una oportunidad magnífica para aprender y descubrir, pero eso a veces se nos olvida.

Tess Turner, la protagonista de esta historia, tiene 15 años. Es una chica algo diferente a los cánones establecidos por las chicas monas y guays del instituto por lo que sufre acoso. Otra vez, la mierda del abuso de los que se creen superiores por ser más uniformes y aborregados. Se siente diferente, tanto por el físico como por su forma de pensar y sentir. Ella misma se define como Plutón, por lo alejado en la galaxia. Una noche descubre algo que ha escrito su padre en un blog y se le termina de derrumbar la vida, que ya estaba sujeta por frágiles hilos. El único refugio seguro era su familia y esta seguridad se va a la porra. Durante una frustrada y breve escapada de casa se compra una linterna con forma de pez. Este pequeño artilugio se convertirá en su aliado, en su amigo: le hablará, le aconsejará, le meterá caña y la volverá loca. Conectará con esa luz que el pez emite y le hará reflexionar y trabajar el batiburrillo mental que tiene. El pez se convierte en una especie de Pepito Grillo. Tess además decide encerrarse en un profundo y terco silencio. No hablará con nadie, salvo con el pez y en la intimidad de su cabeza. El silencio es su forma de protestar ante lo que no entiende ni quiere asumir, es su forma de escapar. Esto hace que se le complique bastante la vida, como podréis imaginar. Por el silencio pierde a su única amiga, conoce a otra persona maravillosa y hace enloquecer a sus padres, que no entienden lo que le ocurre, pero que se lo toman con toda la filosofía del mundo porque la quieren muchísimo.

Annabel Pitcher ya nos había sorprendido en sus anteriores novelas con una forma magistral de contar los conflictos familiares. Para mí ha sido un gran placer leer el silencio es un pez de colores, es un maravilloso libro, magníficamente escrito, fácil de leer, con un lenguaje rico y precioso; tierno, emotivo y con mucho sentido del humor aunque lo que está viviendo la protagonista es un drama. Que nos habla de lo complicadas que son las relaciones familiares, lo que nos marcan la vida, de su importancia para crearnos una identidad sana. Trata sobre lo fundamentales que son las relaciones que establecemos, de lo que nos aportan y el daño que nos pueden hacer. Es por todos sabido que los que te pueden hacer más daño son las personas que más quieres, en las que más habías confiado.

También es un gran ejemplo de cómo la comunicación, o más bien, la falta de la misma, puede estropear, liar, dañar e incluso romper lazos. Es tan importante hablar, sentirse libre para expresar lo que uno siente. Aunque parezca tonto, porque hay días que uno se siente fatal y no sabe porqué, pero que puedas decirlo, que puedas pedir un abrazo fuerte sin que te dé reparo, sin tener que dar explicaciones, es tan bueno.  Lo que para uno es importante hoy, deja de serlo dentro de unos días, y viceversa. Y esa diferencia se hace más acusada cuando tienes 15 años. Igual que cambia el cuerpo, cambian los afectos y los gustos, los quereres y los pensares. Parecen bipolares: tan pronto te besan como te pegan un grito. Es muy importante estar ahí, al pie del cañón, dispuestos a respetar los silencios y a escuchar lo que tengan que decir cuando lo necesiten.

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Historia de las abejas, de Maja Lunde

Historia de las abejas

El mundo seHistoria de las abejas cierra sobre sí mismo y convierte todo en un lugar común; lo sorprendente de esto es que, a pesar de la proximidad, la vida del vecino esté a millones de kilómetros de distancia, y la del habitante de las antípodas parezca surgir en tu puerta de al lado. Las distancias, las vidas, los pensamientos se han alterado y lo que para nuestros bisabuelos era lo inabarcable ahora solo es el trayecto a tu trabajo; convirtiendo lo ilimitado en el objetivo más cortito que puedas imaginar. Todo parece redondo y se va y se vuelve, a través del tiempo y del espacio, giran las paralelas, giran los infinitos y vuelven a ti llenos de las experiencias vividas, de los paisajes visitados a lo largo del recorrido hacia la nada para luego volver a ti. Nada se desperdicia, nada se derrumba, todo se transforma. ¿ Acaso todo?… Pequeñas cosas, que crees lejanas pero que están tan cercanas que parecen pegadas a ti,  que mantienen la vida en el perfecto y delicado equilibrio en el que todavía está, si colapsasen podrían derrumbar ese artificioso monumento de cartas que es esta civilización. Siempre olvidamos que civilizaciones más extensas en el tiempo cayeron partidas por una agonía devastadora; la nuestra, de apenas 2000 años, se sostiene en pequeñas bases que golpeamos y socavamos cada día. “Historia de las abejas” es el apunte ficticio de la dominación de las abejas por el hombre y de la amenaza de derrumbe por una razón que nos parece tan común que no nos importa: su desaparición Esos insectos que algunos odian, otros temen, y otros comen su miel como si naciera de la nada. Si ellas desaparecieran, o comenzaran a desaparecer, el mundo como tal no podría ser el mismo, de ninguna de las formas.

Historia de las abejas” no es un texto científico, no es, tampoco, un relato histórico; es una ficción contada en tres partes, abarcando tres épocas, relatando sobre las abejas y su relación no ya solo con la polinización y el mundo, sino, aquí en concreto, su influencia en tres familias y en su forma de entender y ver la vida. Nos cuenta la historia de William  un científico del siglo XIX, y su larga familia, acomplejado y preso de sus manías y defectos, y que decide salvar su vida y la de esa familia, desde el punto de vista de la supervivencia económica, creando unas colmenas nuevas para las abejas; colmenas que pretende que sean una innovación y una mejora de las que entonces existían y así, pensaba él, cambiar su suerte. Los capítulos sobre George hablan de una familia estadounidense de primeros del siglo XXI que vive en una granja en la que la principal fuente de riqueza son las colmenas. La falta de aptitud y de ganas del único hijo, Tom, será lo que motive que el padre intente introducirle en el mundo de las abejas, de sus errores y sus beneficios. siempre tan trabajosos y cerca del desastre. La tercera historia es la historia de la familia de Tao; es  un relato sobre una sociedad y un mundo distópico, provocado por un desastre ecológico surgido en el momento que desaparecieron las abejas del mundo. La familia de Tao, su hija y su marido, sobreviven en un Japón que muere y vive con el trabajo brutal de todos los días.

Cuando la prosa es sencilla, directa y sin abalorios superfluos, cuando hace lo que pretende: contar una historia por el placer de contarla, por el hecho de situarnos en una situación y que nos planteemos saber más y nos resulte necesario seguir en su letras, en sus ideas; entonces nos resulta sencillo familiarizarse con ella, porque estos textos  no avasallan, no imponen, no adoctrinan, son escritos en los que se habla sobre las relaciones humanas, sobre las miradas entre padres e hijos, entre marido y mujer, que viven y sobreviven en mundos nada fáciles, en ninguno de los casos, pero que se apoyan, o pretenden apoyarse, en sus familias para salir adelante. Nos muestran que siempre que esperes mucho de las personas, sin contar con su consentimiento, o simplemente sin mirarle a los ojos o hablar dos o tres palabras con él, corres el peligro que no sea como pretende que sean las cosas. Esperar del mundo, esperar de la vida, esperar de la naturaleza, esperar del sistema, es eso, solo esperanza, solo pretensión, solo, acaso, egoísmo o, quizá, ingenuidad. Así, los relatos de las tres familias centran su mirada en seguir viviendo, sea como sea, pero los que se sitúan en los siglos XIX y principios del XXI, centran la vida en ir hacia adelante, en enriquecerse, en tener un modo de vida ligado a las abejas, en las que su prosperidad futura – de padres y supuestamente de hijos- y la actual depende de ellas, de su rendimiento, de sus propios vuelos, de sus virajes, de su polinización, de su miel, de su propoleo… El relato situado a finales del XXI, el que habla de Tao y su familia en 2098, habla de sobrevivir sin ellas, de gente aislada en centros de reproducción vegetal que lucha no para vivir sino para sobrevivir heridos de pobreza, llenos de nada. El mundo puede hundirse y sacan la cabeza del agua apunto de ahogarse o de subsistir, en ese estrecho límite. Las tres historias llevan caminos dispares, en tiempo y en espacio, en situaciones y en perdidas, pero todas hablan de la relación de los padres con los hijos, de los hijos con el mundo, de la vida con todos ellos, de sobrevivir y de morir, de riqueza  y pobreza, de comprensión y de no querer ver,  de errores y pequeños triunfos, de la miel o el vinagre.

Las letras de Maja Lunde no buscan impresionar ni desbaratar ideas, no buscan imponer ni anunciar grandes verdades, ni siquiera educar o parlamentar; las letras de este libro son sobre hechos que quizá fuerón y acaso serán,  sobre mirar realidades de la vida, de las relaciones humanas y de la naturaleza. De cómo los padres quieren a los hijos, y cómo crecen estos, y cómo cambía la vida,  creyendo en  lo que se ha pensado,  o se ha prentendido, para ellos como algo correcto se pierde y te desdice, o pudiera pasar que se ha mirado en el lado no correcto… Pero como reza el título son las abejas las que mueven el libro; ellas como una aparente pequeña parte  en el mantenimiento del precario equilibrio que sostiene la naturaleza, que sostiene a los humanos, que sostiene la civilización, que sostiene el mundo. Mundo que parece poder derrumbarse por el empujón del mosquito que desploma el rascacielos, o del ratoncito de los dibujos animados que mata del susto al elefante. Sí serán así, pequeños, en apariencia mínimos, que no los ves pasar, pero el elefante, el rascacielos caerán; y se caerá el mundo, la civilización, caerán los humanos, la naturaleza, ¿ por el soplo de aire que genera una pequeña puerta al cerrarse? Sí, ¿qué creías?

Al final, pienso, que las relaciones humanas y las relaciones con la naturaleza son iguales, porque se basan en soportar los cimientos el uno del otro, de vivir porque el otro vive, el vivir y dejar vivir que nos decían nuestros abuelos….Como dicen los libros que hablan con cordura.

Pero nada podrá decirte hasta dónde llegará el mundo, si las vidas que nos cuentan estas historias nos llevarán a un fin inesperado…

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El camino de los Madigan, de Anne Enright

El camino de los Madigan

El camino de los Madigan

Pequeñas cosas, cosas sin repentina importancia, escondidas a la primera impresión entre miradas descuidadas y ojos que parecen obviarlas. Pequeñas cosas, atadas a la delicadeza con la que aferras una pluma mientras cae, a un abrazo mientras lloras. Todas esos mínimos detalles que hacen que un zapato en el suelo tenga valor por ser recuerdo de cómo lo hacía alguien en el pasado; que hacen que una caricia sea querida porque se parece a la de la mano de ese alguien casi olvidado; o que tenga sentido una mirada amistosa, u odiosa, presentida antes de que ocurra. La vida se compone de un suceder de pequeñas cosas; son las que conforman tu vida, las que hacen que todo tenga significado, las que hacen que el que tenga conciencia de ellas aprecie su sentido profundo, su valor real por debajo de su nimiedad aparente. Esas miles de cosas que hacen, una a una, que todo funcione, que todo empiece o que todo acabe. De grandes cosas no está tu vida llena, ocurren lejos y, si te suceden, pasan pronto. A la escritura de Anne Enright se accede mirando las palabras más aparentemente apartadas, a los gestos más figuradamente pasajeros, a las situaciones menos explosivas, a las ideas que aparentan menor importancia; a la belleza de su estilo y de sus imágenes se llega dejando que te roce lo nimio, que descubras la certeza y la belleza de lo que debió ser circunstancial, a eso pequeño.

El camino de los Madigan” nos cuenta la vida de una madre irlandesa y sus cuatro hijos. Relata una niñez aparentemente feliz, y te transporta a la mayoría de edad en la que cada uno de los hermanos ha recorrido caminos que parecen huir unos de otros y sobre todo, en apariencia, parecen querer separarse de su madre, Rosaleen. Mujer de extraño carácter: cambiante, exagerado, servicial y apartado, amoroso y desapegado. Todos sus hijos llevan sobre sí las cargas del pasado y de su propia condición; todos se mueven en caminos en los que se cruzan o se despegan: caminos en el que aparece el desafecto para con los demás, o el exagerado servilismo, o el poco respeto para con ellos mismos o la imposibilidad de enseñar afecto hacia los demás. Todos presos de alguna exagerada influencia de su desdeñosa y amable madre, de su perdida y encontrada madre. El libro es el recorrido por la vida de cada uno de ellos, mirando, fisgando, asomándonos en sus amores, en sus culpas, en sus despedidas, en sus desaciertos, en sus condenas, en sus desapegos, en sus desconfianza; los adivinamos siempre en estados de huida, de miedo, de vértigo o de separación, allá en la Nueva York de la aparición del SIDA, en el Dublín de los pequeños teatros, o en el viaje con una ONG a la África desnutrida y real. El libro es un embudo que centrifuga a los personajes hacia la salida, los revuelve, boca arriba y boca abajo, sacando lo que tienen en los bolsillos, en los bolsos, en la cartera, revolviendo el cerebro hasta intentar que demuestre algo, sacudiendo por las solapas a la realidad, a su realidad, para que haga algo, para que explique la razón de todo, del motivo de que las cosas sean así, de que cada uno de los protagonistas sean como son. Sí, las razones, viejas o nuevas, que los han hecho así.

Si, desde fuera, yo leyera este resumen, que puede haber sido más o menos acertado, más sutil o menos; pensaría algo -se me asomaría a la cabeza- sobre llanuras uniformes o se me iría la mente en pensar en esos helados de supermercado en el que, sean del sabor que sean, saben iguales; se me cerraría un ojo y, como un guiño, vería el mismo mundo pero con menos sensación de volumen, capado. Así que describir un libro no es tan sencillo como contar sucedidos y paisajes, es mostrar las entrañas del muñeco de trapo, los cables de una fuente de alimentación; es contar lo que te dice el libro, lo que aprendes y vives de él; así,  en él un helado puede ser azul pero de sabor de fresa, o de rojo y limón -no te fíes de la apariencias-; y las llanuras , si no andas con cuidado, esconden cuevas excavadas por el agua, repentina o eterna, que pasa por sus tierras. Nada es lo que parece, -No te fíes-.Si lees “El camino de Madigan” con ese ojo guiñado y dejas que pasen las hojas, tumbado en tu sofá, simétricas y automáticas; acabará el libro, suspirarás y buscarás otro; pero…pero… si lees con los dos ojos, preparado con el bisturí, para descubrir lo que hay en el angosto espacio entre hoja y hoja, llegarás al final y sabrás que no son las cosas tan simples como para dejar que lo obvio te venza, como para dejar que cuando acabes una frase o una página o el libro, no pares, no eches el freno, no te sientes a pensar, a degustar y analizar lo que ha pasado, lo que has leído. Detrás de las puertas entornadas hay algo, detrás de las puertas cerradas se esconden cosas -ábrelas-, detrás de los ojos sin lagrimas hay lagrimales, detrás de las sonrisas hay saliva retenida, detrás de los amores hay odios, detrás de los odios hay amores…

¿ Qué hay detrás de este libro? ¿Qué me ha contado?

Para eso debería servir un tipo que comenta un libro, no para contarte con pelos y señales los sucedidos de la trama, sino para interpretarlo, para descubrir el color de las cartas; al menos desde donde está él sentado ha visto la mano que lleva el autor, o al menos lo que cree ver desde allí. Así, este libro a mí me habla de esa sensación duplicada que nos aparece cuando aparecen el amor y la tentación -o necesidad- de olvido; esa sensación que no sabe si amar es lo obligatorio o lo decidido; es amor buscado o amor filial o amor necesitado o amor perdido…o la soledad…Todos los protagonistas -hermanos y madre- necesitan estar satisfechos de sí mismos y de los demás, necesitan ser queridos:  hasta los que se repelen como imanes del mismo polo, hasta los más duros, hasta los más tiernos de los hermanos, hasta los más perdidos en sus derrotas y sus triunfos, hasta los más desganados -y cobardes- en que rebrote la amistad o el amor filial, o el de pareja. Parecen perderse esos protagonistas en esa oleada de necesidad de afecto que brota, a veces cuando se recuerda a los desaparecidos o a los perdidos, otras veces queriendo saber quién no eres y otras quién eres -y en el camino pierdes amigos, amores, banderas, recetas.. y tiempo, pierdes tiempo-. En realidad para una relación amistosa o fraternal solo hay dos cosas en el mundo: tú y el otro. Todos los otros son el otro y, sea quien sea, es algo y todo para ti; que sea lo que quiera ser es lo que debes de soportar, debes de aceptar que ese otro es autónomo, individual, no es tuyo aunque tú lo creas; y aceptarlo, con sus errores y verdades, es querer. Y aunque quieras olvidarlo… no puede ser, porque aún estáis como siempre, aunque no lo veas, prendidos de la boca o de los ojos o de los amores, o del sexo o de lo odios o de la placenta. El camino de los Madigan es el que lleva por la frontera de los acantilados reales y personales, es la tenue pisada del equilibrista en la cuerda, y esa cuerda cuelga suspendida de dos árboles: uno es el amor y el otro aquel olvido, el necesario olvido, que no tiene que ser negativo, sino el buscado, el limpiador, el perfecto olvido. Que nunca aparece…

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El libro de los muertos tibetano

El libro de los muertos tibetano

El libro de los muertos tibetano«El libro de los muertos tibetano es el tratado escatológico que con mayor precisión ha descrito todos los fenómenos que encontraremos tras nuestra muerte». Esto es lo primero que leemos en la sinopsis de un libro que lleva siglos y siglos enseñando a morir. Yo, que siempre he creído que los libros enseñaban a vivir, me sorprendo ahora con uno entre las manos que hace todo lo contrario: enseñar a morir.

Y es que El libro de los muertos tibetano – o Bardo Thödol –, descubierto en el siglo XIII pero existente ya desde siglos anteriores, es un seguido de pautas a seguir para autorrealizarse tras el fallecimiento. Situado en el contexto de las sagradas escrituras del Tíbet, esta obra es una parte de ellas y un manual de obligado uso para todos los seguidores de la religión tibetana. Como si se tratara de una guía, estas enseñanzas son dictadas al oído del fallecido con el fin de encaminarle hacia el sendero de la propia realización espiritual, evitando la reencarnación, salvando el alma de los cuerpos físicos, alcanzando el nirvana.

A través de tres fases, como si fueran tres oportunidades, el muerto tiene la posibilidad de salirse del ciclo de las reencarnaciones, siempre ayudado por su guía, su maestro o la persona de confianza que le marca el camino a seguir con este libro en las manos. Es un tanto extraño saber que estás leyendo algo que se ha recitado a muchos muertos a lo largo de la historia, algo que narra el proceso de la defunción, de cómo el alma se separa del cuerpo, de la lucha contra las deidades – apacibles por un lado e iracundas por otro –; en definitiva, del proceso de la muerte. Mediante estas fases, descritas y explicadas previamente y de forma exquisita por Ramon N. Prats en la introducción, el alma del difunto trabaja para orientarse en un espacio confuso e inexplicable como es lo que hay más allá de la muerte. ¿Te imaginas que alguien te contara qué tienes que hacer justo cuando notes que estás muerto? Pues este libro lo hace.

Una de las partes más importantes de esta edición, sin duda alguna, es la introducción de Ramon N. Prats, en la cual nos explica que es la primera vez que esta obra se traduce directamente del tibetano al español y donde nos habla de las adaptaciones que ha llevado a cabo, las notas que ha decidido incluir, y el tipo de vocabulario manejado.

En definitiva, debo decir que es sorprendente la lectura de El libro de los muertos tibetano, sobre todo para alguien que desconocía su existencia. Suele repetirse en su interior que la persona debe leer y releer estas enseñanzas en vida para que le sea más fácil el camino al morir. También se suele decir, esto ya no dentro del libro, que todos los miedos que sufrimos los humanos nacen del mismo: el miedo a morir. Espero, después de haber quedado sacudido por este extraño y confuso panorama que ofrece la obra, que haya perdido un poco el miedo, que haya quedado dentro de mí algo que me avise de la finitud de mi cuerpo o, por lo menos, algo que me ayude a reconocer que habrá un momento en que yo – o una parte de mí – diga para siempre adiós.

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