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Una chica con pistola, Amy Stewart

Una chica con pistola

Una chica con pistola¿Y luego qué? Antes los años futuros eran un territorio vago y desconocido, amorfo, sin una medida concreta. Pero después de la muerte de mi madre, empecé a verlos en décadas delante de mí, unos encima de otros como una pila de ladrillos. Primero llegaba la década de los treinta, la mitad de la cual ya se había pasado-, y luego entraría en la de los cuarenta y en la de los cincuenta, eso era algo sólido, incuestionable. Pero después, los ladrillos se desmoronaban. Mi abuela murió con sesenta y dos años, y mi abuelo con sesenta y uno. Luego murió mi madre, víctima de una neumonía cuando acababa de cumplir los sesenta. Cuando me ponía a pensar en lo efímero del tiempo que me quedaba por vivir, en lo fútil que era pasarlo guisando o cosiendo o cavando en el huerto, me daba tanto miedo que casi no podía respirar.

Este párrafo debió de ser el pensamiento, el sentimiento, de muchas mujeres de siglos pasados. Tenían una existencia supeditada a la de sus maridos y otros familiares masculinos; su vida estaba programada y desde que tenían uso de razón sabían qué era lo que se esperaba de ellas. Por supuesto, había excepciones; mujeres que no se conformaban con lo que los demás querían y esperaban de ellas; mujeres que se rebelaban y cambiaban la vida específicamente planeada para ellas. Las protagonistas de Una chica con pistola, de Amy Stewart, entrarían en este grupo de mujeres atípicas que no seguían los dictados de la sociedad en la que vivían. Este libro cuenta un año de la vida de las hermanas Constance, Norma y Fleurette Kopp, que viven solas y aisladas en una granja de Nueva Jersey. La historia comienza cuando el coche de un rico fabricante de sedas, Henry Kaufman, embiste la calesa de las tres hermanas; este suceso cambiará la vida de las Kopp que se verán envueltas en una trama de amenazas y ataques que pondrá patas arriba su existencia tranquila, monótona y solitaria, e introducirá en su rutina al Sheriff Heath, el hombre que las enseñará a disparar y a protegerse.

Hoy en día no es ninguna novedad un libro en el que la heroína es una mujer que se subleva contra las normas de la sociedad patriarcal de la época en la que vive. Referentes como Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Emma Bovary, Anna Karenina… marcaron la senda hace dos siglos y las novelas con este tipo de protagonistas han continuado creciendo hasta cotas impensables para pioneras como Jane Austen, o las hermanas Brontë, que jamás habrían imaginado leer libros sobre personajes femeninos como Lisbeth Salander o Katniss Everdeen, por nombrar dos ejemplos de heroínas de actuales conocidas por todos. Por supuesto, los personajes han evolucionado a la par que la sociedad y la época en las que se han escrito. Pero me estoy yendo por las ramas, Amy Stewart, reconstruye la historia de tres mujeres de carne y hueso que existieron de verdad, y con la que se topó por casualidad en un artículo de 1914. En este artículo se narraba la historia del choque de las hermanas Kopp y los sucesos posteriores, y la autora supo ver en él y en sus protagonistas ese je ne sais quoi que convierte una anécdota en una historia digna de contar y despertar el interés de los lectores.

Recopilando todo lo que hay sobre la familia Kopp e incluso entrevistándose con sus descendientes, Amy Stewart ha sabido dotar de vida a unos personajes reales pero de los que apenas se sabe nada más allá de esos pocos artículos que se publicaron a raíz de su enfrentamiento con Kaufman. Ha logrado crear unas mujeres llenas de matices, muy diferentes entre sí, pero con muchas cosas en común como las consecuencias de ser educadas por una madre desconfiada que las apartó de la ciudad y, por tanto, de la sociedad. La relación entre las tres hermanas es el eje de la novela y lo que más brilla en ella; a lo largo de todo el libro sientes que las conoces y que estás metido en la vieja granja que tienen como hogar. Las tres son magníficas, pero si hay un personaje que sobresale por encima de todos es el de Constance, la narradora de nuestra historia y la hermana mayor de las Kopp, que se enfrenta constantemente a Henry Kaufman, demostrando una valentía y un saber hacer que la llevó a ser la primera mujer ayudante del sheriff de la historia. He aquí, por tanto, a una protagonista digna de esos referentes literarios que antes mencionaba.

Por supuesto, Una chica con pistola, a pesar de ser un buen libro, no llega a la categoría de los de Austen o las hermanas Brontë, principalmente porque aquéllos presentaban algo completamente nuevo y transgresor y porque las mismas autoras rompían con la sociedad de la época para escribir y publicar algo así. Una chica con pistola no es una novela rompedora ni se va a convertir nunca en un referente para escritores posteriores, pero eso no le resta ni un ápice del mérito que tiene, que es el de una novela con un gran trabajo detrás, unas fascinantes protagonistas y una buena historia que te mantendrá pegado al libro hasta conocer cómo se resuelve la trama de acoso y violencia en la que se ven enredadas las hermanas Kopp sin comerlo ni beberlo.

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Muerte en la rectoría, de Michael Innes

Muerte en la rectoría

Muerte en la rectoríaLos amantes de la Edad de Oro británica de la literatura policíaca y de misterio recibirán con agrado la reedición de obras seleccionadas de uno de los autores de esa época menos conocidos en España: Michael Innes. Concretamente, la editorial que ha tenido la feliz iniciativa, Siruela, ha empezado por el primer caso de su protagonista habitual, el inspector Appleby: Muerte en la rectoría o, como se ha dado en titular en otras épocas, Los siete sospechosos.

En principio, el segundo título me pareció más sugerente, pero no tardé en darme cuenta de que era mucho menos idóneo que el primero. Y es que, como el lector notará inmediatamente, la lista de sospechosos es alargada. Más de lo que da a entender ese título alternativo y, desde luego, mucho más que en cualquier novela de misterio de los contemporáneos más famosos de Innes. Y aquí debemos lanzar las primeras flores a nuestro autor de hoy, porque, si ya es difícil manejar con soltura y ecuanimidad un grupo de tres sospechosos, el mínimo exigible, imagínense ustedes qué maestría (o eficacia a la hora de llevar notas y consultarlas -me refiero al escritor, obviamente) no requerirá gestionar la pila de sospechosos que Michael Innes se saca de la chistera.

La cosa se complica, y mucho, cuando, tal como pregona el título oficial, encontramos que este misterio tiene lugar en una rectoría y, para ser más precisos, en un college o universidad cien por cien británica, Saint Anthony, trasunto de Oxford y quizá también de Cambridge (Innes conoció perfectamente esos ambientes tan selectos, tan académicos y tan británicos debido, en parte, a que fue docente en Oxford). Podemos suponer -y acertaremos- que los principales sospechosos son académicos y profesores (aunque también hay un mayordomo, como no podía ser de otra forma), y que las pesquisas tienen lugar en el propio campus donde se ha cometido el asesinato (la víctima es, en efecto, el rector, el profesor Umpleby). Innes hace una labor meritoria al presentarnos a los sospechosos de forma individualizada y, casi siempre, subrayando algo acerca de ellos que ayude a diferenciarlo de los demás. No siempre lo consigue, justo es decirlo, aunque, a medida que avanza la lectura y nos familiarizamos con los personajes, probablemente iremos fijando nuestra atención en algunos de ellos, olvidando a los demás. El puñado de personajes que más espacio de la novela ocupan quedarán cada vez más perfilados a nuestros ojos, e Innes acierta al hacerlos protagonizar acciones o pronunciar palabras que llaman ciertamente la atención y que resultan, cuando menos, excéntricas, llamativas o directamente… sí, digámoslo: sospechosas.

Si para algunos novelistas de misterio la clave de la resolución de éste se halla en la personalidad y en la vida de la víctima, en Muerte en la rectoría sucede justamente lo contrario. La figura de la víctima, el rector Umpleby, con excepción de algunas pinceladas que son, en realidad, de gran interés psicológico, queda bastante difusa.

El porqué debemos buscarlo en el estilo de Michael Innes, quien concebía sus novelas de misterio como un juego, un armazón perfectamente construido, un acertijo que proponía al lector. Y es aquí donde, sin más demora, debemos advertir de que Muerte en la rectoría es una historia compleja. Sumamente compleja. Desorientadora y liosa en grado máximo. Y esto significa que incluye, sin que la lista sea exhaustiva, mapas; un enorme número de personajes; descripciones de ubicaciones, direcciones, lugares y emplazamientos; relatos pormenorizados de lo que casi todos aquellos personajes hicieron o dejaron de hacer en la noche de autos; comprobaciones de tales relatos; interrogatorios (más bien conversaciones de mucha etiqueta y no poco interés académico y hasta filosófico, si en eso estamos); subtramas protagonizadas por tres estudiantes tipo de St. Anthony; señuelos y pistas falsas para el lector; ramificaciones de la trama principal, con descripciones bucólicas -si bien breves- del paisaje y el entorno del St. Anthony… Muerte en la rectoría es una lectura para llevar a cabo con relajación y, si puede ser y se es ese tipo de lector, con bloc y bolígrafo a mano para que todos los cabos acaben bien atados.

Añádase a lo anterior que Innes escribía bellamente y sabía cómo hacerlo. Pero no es la suya, al menos no en Muerte en la rectoría, una escritura de belleza lírica (que también puede serlo en contados momentos de indulgencia), sino de belleza lingüística. Es, en otras palabras, la belleza -de raro hallazgo, sobre todo hoy en día- que irradia la escritura de alguien que domina el idioma a la perfección; más aún, que lo tiene domesticado. Cierto es, probablemente, que el autor emplea una página entera en contarnos lo que podía habernos contado en un párrafo de cinco líneas, pero es que ahí está el Innes académico, el Innes intelectual, que también tiene derecho a asomarse a su obra, y en buena hora.

No es Michael Innes un autor de personajes, sino de tramas. Con todo, su retrato psicológico de otros personajes -incluso de algunos perfectamente irrelevantes para la trama principal, aunque esto sólo lo sabremos al terminar el libro- revela finura y grandes dotes de observación psicológica, así como de retratista literario. Inevitable demorarse algo más de la cuenta en algunos trazos que delatan el carácter oscuro o solapado de algunos de los sospechosos, o en determinadas observaciones que hace Appleby (no diremos si acertadas o no, para no estropear el misterio a los lectores, pero sí de indudable interés y sutileza).

Un rasgo muy importante de Muerte en la rectoría es también el humor. Un humor que no hace reír a carcajadas, por supuesto, sino sonreír con admiración o con complicidad, o con ambas (¿humor académico, puede ser?). Leerlo es como escuchar hablar a un profesor erudito de Oxford, figura ya estereotípica que Innes retrata en ocasiones con comicidad y en ocasiones con un deje que sospechamos autoparódico; y es que uno de los personajes es un alter ego del propio Innes, amable y simpático a su manera, un poco pedante y bastante seguro de sí mismo (hablamos del personaje, claro).

Muerte en la rectoría es una novela muy británica, con ese humor que ellos llaman “seco” y nosotros llamamos “humor inglés” (aunque Innes fuera escocés; dejémoslo en “humor británico”, o humor de un escocés a gusto con su identidad británica). Y la solución, ¡qué decir de ese monumento literario a los juegos malabares y a la ocurrente inventiva de los grandes maestros del suspense! Innes juega aquí a dilucidar la fina línea entre lo improbable y lo imposible. Y, en realidad, llegados a ese punto (el punto final), poco nos importa que la resolución haya sido una concatenación de circunstancias casi casi inverosímiles. Porque la novela es tan, pero tan elegante, tiene tanta clase, y es una exhibición tal de dominio del lenguaje, que nada podemos reprocharle a su autor. Pensamos, al final, que es una de esas novelas que ya no se escriben, no sólo por combinar entretenimiento con calidad literaria, erudición clásica y una elegancia que para su lord investigador habría querido la mismísima Dorothy L. Sayers, sino porque constituye un ejemplo de novela policíaca que hace sonreír, que exuda finura y gusto por las cosas y cuyo verdadero espíritu y meollo no reside en la narración de una investigación de asesinato, sino en las juveniles conspiraciones de esos tres eruditos estudiantes cuya ilusión por la vida y ganas de vivirla se contagian desde las páginas y son un eco precursor de ese Carpe diem tan vitalista, pero a la vez tan solemne como un gran college inglés (o británico).

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Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret

Un libro largo de cuentos cortos

Un libro largo de cuentos cortos

Es un día de agobiante calor y te encuentras caminando por una larga carretera donde ni siquiera a lo lejos se ve una sombra, no hay ni un árbol, ni tampoco un cobijo que te pueda proteger de las primeras gotas que empiezan a caer de la tormenta. Te acurrucas en el arcén como te enseñaron de pequeño que debes hacer durante una tormenta en el campo. Las primeras gotas, suaves, mojan tu cabeza y tu espalda, parecen calentarte más que refrescarte, hasta que el aguacero se posa encima tuyo, y el golpeteo de las gotas te empapa, te refresca, te invade por cada parte de tu cuerpo; y ya te sientes aliviado, así que te tumbas, brazos en cruz, y disfrutas de las gotas que ves caer sobre tus ojos, sentir sobre tu pecho y saltar sobre tus piernas. Algunas son grandes, otras diminutas, otras explotan, otras parecen color tierra, otras son ásperas, algunas te hacen reír, las últimas, al entrar en tus ojos, te hacen llorar. Así te sientes con “Un libro pequeño de cuentos cortos”, como el que recibe esa densa capa de gotas, convertidas en cuentos que a veces son diminutos, a veces largos como lágrimas en la mejilla, y otras veces explosivos como gordas gotas de chaparrón de verano; por ello esas narraciones parecen primero mojarte y luego te empapan, te revientan en los ojos y en en la mente, y te entran por los oídos hasta que el cerebro flota en un liquido amniótico lleno de historias, caídas, suicidios, fantasías, guerras, peleas, viajes, soledades, amores queridos u olvidados, rencores, humor negro, lugares fantasmales, sitios inusuales, paraísos artificiales, situaciones tan improbables como la lluvia en el desierto, tan normales como una inundación de lagrimas; todos esas cosas juntas alimentan tu imaginación, provocan a tu intelecto, lo retan como esas nubes al desierto, imaginándolo lleno de verde, al menos por unos días, por toda esa lluvia que cae y está por caer.

Un libro largo de cuentos cortos” son los cuentos completos, hasta ahora, de Etgar Keret, lo componen: “La chica sobre la nevera y otros relatos”, “Pizzería Kamikaze y ortos relatos”, “Un Hombre sin cabeza y otros relatos” y “De repente llaman a la puerta”. Como en toda recopilación de este tamaño hay cuentos muy diversos que pueden gustarte más o menos, sin embargo lo que me importa cuando leo un libro de relatos es, y la imagen que inicia la reseña no es trivial, lo que me dejan las historias, lo que me moja -lo que me bautiza-, lo que me cuentan; hasta dónde me llegan sus personajes, sus pensamientos, su manera de contar y, sobre todo, qué color, qué olor, qué matiz, qué fervor, qué rabia tiene la voz que me está hablando desde sus páginas; me gusta saber cómo gritan sus truenos, cómo alumbran sus relámpagos. Y esa voz de Etgar Keret es directa, limpia, fácil, irónica, cruel, sagaz, dubitativa y, a la vez, sabia; por ello es lo suficientemente atractiva y brillante como para merecer seguir sus cauces; esos que él recorre como judío israelí que habla de su realidad: desde lo que le rodea social y físicamente, hasta lo que no lo envuelve porque no existe. Hay dos mundos en estos cuentos -hay muchos, pero creo que se resumen en dos-: está lo que probablemente existe y está lo que nunca existirá. El primero es el mundo recreado en los paisajes que en los que vive o que ha visitado, y el segundo son los sitios imaginarios, los universos paralelos que nacen del ingenio de Keret, y que están más cercanos al simbolismo, y rellenos de mordacidad, que a un puro ejercicio literario imaginativo. Y estas son unas de las cosas que más resaltan -según mi opinión- en el libro: relatos sobre personajes reales puestos por la vida en una situación y un lugar sorprendente, y tan astutamente irreal que parece lo contrario: verídico como un cuento de Perrault que, cuando eras muy pequeño, te hacía querer mirar con suspicacia los dientes de tu abuela embozada en la cama.

Los protagonistas de Keret casi siempre están en acción con el aire en la nuca o con los pensamientos en circulación; como el antiguo pueblo judío parece que nunca están en reposo. Pero, en contraste con ese aire enorme que parece mover el cabello de los protagonistas, los temas, lo que explica, lo que parece no mover las pesadas botas llenas de las tierras que pisan sus hombres y mujeres, son cosas pequeñas, partículas de polvo en movimiento, retazos de ideas o de pasión o de tristeza que brotan de los sentimientos de los hombres, mujeres o niños de los que se habla. Que sean importantes o insignificantes para que el que los lea, es igual, son importantes para ese instante, para esa relación, para ese paso por el mundo, para esa especie de gota que todo contiene que te ha golpeado la coronilla. Así, parecen historias minúsculas pero que realmente son las que mueven la vida: son miradas perdidas, fotos que no debían estar allí, regalos que no llegaron, amores que no consiguieron seguir adelante, soldados que se pierden en la guerra, muertos que no volverán, viajes perdidos, ángeles de la guarda muy terrenales, un hombre que conducía con los ojos cerrados, suicidios poco probables, niños que buscaban huevos de dinosaurio, una pareja que se conoció demasiado tarde, una hucha de cerdito muy querida, un niño demasiado educado, el hombre que paraba la vida para hacer el amor, diosas griegas venidas a menos… Palabras mínimas, pensamientos casi esquivos, ideas pequeñas como perlas, que juntas van creando una avenida, una borrasca, de oportunidades para la sorpresa y, muchas veces, la ironía.

Hablar sobre una libro de cuentos es difícil, y más sobre estos que son muchos y cortos; sin embargo hoy me ha resultado fácil, porque no hay nada de lo que cuenta Keret que me sea ajeno. A pesar de que todos sus personajes son judíos, distantes en cultura y en la vida, con edades que no comparto, con modos de vida que no he vivido; a pesar de ello, los entiendo porque al final habla sobre vivir y morir, sobre reír y llorar, sobre amar, odiar, cantar, ganar, perder, resbalarse, lamentarse, saltar, suicidarse, patalear, vengarse…Sobre lo básico de los minutos de existencia compartida con esas vidas lejanas; tan parecidas a las tuyas, que al final parece que nada cambia excepto paisajes y nombres. Y lo hace con una mirada suspicaz e irónica que parece no darse por vencida, no dejarse llevar por delante por la riada, pero, eso sí, se deja mojar aunque sea con las risas o las lágrimas de sus semejantes.

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Un largo sábado, de George Steiner

Un largo sábado

Un largo sábadoSoy un lector obediente y disciplinado, ya lo saben quienes me hayan ido leyendo estos años, de forma que si leo un libro que se titula Un largo sábado empiezo a leerlo un sábado, como debe ser. Sin embargo no he podido acatar la otra premisa, la de la longitud porque por más que me hubiese gustado disfrutar de su lectura un largo día o mejor varios de ellos, lo cierto es que el sábado se me hizo muy corto. Así de apasionante y adictiva me resultó la lectura de este libro de George Steiner que se lee literalmente de una sentada. Y eso contando con que no hay página que no suscite muchas y muy complicadas reflexiones. Las opiniones de Steiner y su capacidad para expresarlas de modo tan claro como inteligentemente polémico son, naturalmente, las principales responsables de la brillantez de este libro, pero sería terriblemente injusto si le adjudicara a él todo el mérito cuando en gran parte lo debe compartir con Laure Adler, cuyas preguntas tan inteligentes como pertinentes así como su papel de periodista que no sólo registra respuestas sino que las discute o las matiza para extraer más contenido del entrevistado son una característica tan definitoria de Un largo sábado como un motivo de envidia para quienes vemos el periodismo actual con tan pocas razones para la ilusión o la esperanza. Gracias, Laure Adler por demostrar que otro periodismo es posible.

Una pequeña muestra de lo original y diferente que es el pensamiento de George Steiner podría ser el siguiente párrafo mediante el que trata de explicar su visión del judaísmo, que es la de su papel en el mundo:

Un árbol tiene raíces, yo tengo piernas. Es un progreso magnífico. Me gustan los árboles. En mi jardín los adoro. Pero cuando llega la tormenta, se parten, caen a tierra; por desgracia un árbol puede ser abatido por el hacha o por el rayo. Yo puedo correr. Las piernas son un invento de primer orden y no pienso sacrificarlo.

Ese papel de intelectual global, apasionado de las muchas lenguas que habla y de los muchos viajes y experiencias vitales que le permiten vivir es sumamente atractivo. Él lo relaciona con el carácter del pueblo judío, y seguramente con razón, pero yo quisiera verlo como un compromiso con la ciencia y la cultura más que como un ascendiente cualquiera de origen racial o de cualquier otro tipo. En cualquier caso la visión del judío como alguien que ante cualquier circunstancia lo primero que piensa es “puedo mejorarlo”, no como muestra de arrogancia sino de compromiso con la superación personal, es sumamente interesante. Más como definición del intelectual, pero eso es otra historia.

Sus reflexiones sobre su propia vida, sobre la educación, sobre el judaísmo, sobre la mujer, sobre la lengua, sobre la biblia, sobre las humanidades o sobre la muerte son siempre interesantes por lo que de voz autorizada en el debate intelectual tiene el autor, claro, pero sobre todo por su capacidad de hacer partícipe al lector en el debate. Es un libro que invita a pensar y a debatir sobre ello y en eso tanta responsabilidad tiene el contenido de sus reflexiones como su forma de expresarlas. No conozco la obra de Steiner, pero por lo visto en Un largo sábado es lo que podríamos definir como un polemista. Brillante, educado y siempre interesante, sin duda, pero agitador intelectual al fin y al cabo. Lo que verdaderamente me ha seducido de este libro es que no tengo la sensación de que el entrevistado tratase de convencerme de nada como lector, sino de invitarme a reflexionar, y eso hoy día no tiene precio ni por su calidad ni por su escasa frecuencia.

Al final debo concluir que Goerge Steiner y Laure Adler tienen razón, es Un largo sábado al fin y al cabo, tanto como que no acaba nunca porque el mundo de reflexión y debate al que uno es invitado es inagotable y le debe acompañar siempre, o así sería deseable.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Desaparecer de sí, de David Le Breton

Desaparecer de sí

Desaparecer de sí

Resulta curioso observar cómo en el mundo de conexiones múltiples en el que vivimos, cada vez hay más personas que quieren desconectar. Las hay que deciden encerrarse un par de semanas en un convento, mientras otras regresan a vivir al campo del que sus abuelos habían partido dos generaciones atrás. Ahora que es más sencillo saber de alguien que está al otro lado del mundo, ahora que hemos conseguido tener a quien queramos en la palma de la mano en el momento en el que deseemos, sin embargo hay quien prefiere aislarse, desaparecer, mudarse de este universo entrelazado a otro en el que pueda sentirse solo. Porque también es más fácil que nunca llevar el trabajo a casa, sentirse agobiado por las relaciones sociales constantes, tener la impresión de que hay que permanecer en continuo movimiento para no quedarse atrás. La curiosidad por este fenómeno me llevó a enfrascarme en la lectura de Desaparecer de sí, de David Le Breton, que acaba de publicar Siruela.

Una de las primeras cosas que he comprendido leyendo el libro es que, a pesar de lo actual que parece, la tentación de desaparecer tiene unas raíces históricas profundas. Le Breton encuentra, por ejemplo, bastantes casos en la literatura: su exposición abarca desde el Bartleby de Melville, un personaje que se anula progresivamente y termina desapareciendo de la manera más radical, hasta los múltiples álter ego de Pessoa, que interpreta este antropólogo francés como una manera de diluir la personalidad individual del propio literato portugués.

Desaparecer de sí está sembrado de referencias literarias, pero tras esta parte inicial de contextualización, Le Breton se zambulle de manera decidida en la casuística. Viendo desfilar una tras otra formas distintas extraemos la segunda enseñanza principal de su discurso: la desaparición puede presentarse de muchas más maneras que las que se consideran a priori, y puede ser relacionada con ámbitos de la existencia y del conocimiento muy diferentes. Por citar uno de los ejemplos más polémicos, en un punto del libro se aborda la depresión como forma de desaparición, y sobre ella Le Breton termina escribiendo: “la depresión es el medio que se encuentra, sin ser consciente de ello, para bajar el ritmo. Es una de las formas más intolerables de las desapariciones […]. Pero se trata también de una reserva de aire fresco para volver un día a la vida con una visión de conjunto más completa”. Esta ampliación del zoom me ha hecho torcer el gesto en un par de momentos concretos de la lectura, tengo que reconocerlo. Aparte de la depresión, el Alzheimer también es considerado una forma de desaparición por el autor, y personalmente me parece en ambos casos que olvida casi por completo su dimensión clínica y que son incluidos aquí un tanto a la ligera.

Por el contrario, las páginas dedicadas en Desaparecer de sí a fenómenos como los hikikomori, el burnout o a los vagabundos que lo son por elección, de los que el autor describe algunos casos concretos, son de lo mejor del libro. En un tono que es a la vez divulgativo y profundo estas conductas son descritas con acierto, interrelacionadas y puestas en contexto a la perfección.

Como no se trata de una novela, puedo decir que hacia el final del libro el autor se enfoca en aspectos prácticos y concretos de la desaparición, y que centra un poco más el tiro para terminar hablando de lo que, en un principio, parecía ser su punto de interés fundamental (la tentación contemporánea de desaparecer). A pesar de ello he echado de menos, no obstante, algunos datos más concretos sobre el desarrollo actual del tema, como la penetración que tiene según las distintas culturas y regiones.

Por tanto, la impresión final de este ensayo de David Le Breton es que sobre todo funciona muy bien como fenomenología de la desaparición, como punto de referencia bibliográfico que no podrá faltar en cualquier estudio futuro de la cuestión. El catálogo que describe es muy amplio, y en todos los casos hay que anotar en el haber del autor que lleve a cabo una exposición detallada, ordenada y bien documentada. El tiempo dirá si se convierte en un texto clásico sobre una materia cada vez más estudiada o si, por el contrario, termina pasando desapercibido entre la marea de novedades editoriales, esa cruel manera que tiene el libro de desaparecer de sí.

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El azar y el destino, de Cees Nooteboom

El azar y el destino

El azar y el destino“Viajo y describo lo que veo desde la emoción y desde el juicio crítico. Desde entonces he viajado con frecuencia por Latinoamérica. Muchas cosas han cambiado, otras siguen igual.”

“Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría”. Así reza un proverbio árabe que se podría aplicar a Cees Nooteboom. A sus 82 años, y con decenas de libros publicados, el autor holandés sigue dando muestras de su brillantez intelectual con la publicación de su libro de viajes El azar y el destino. Aunque este no es libro de un viaje, sino de varios. Apuntes, poemas, recuerdos, relatos y vivencias de varios viajes que durante más de medio siglo ha realizado por Latinoamérica. Viajes en los que ha aprendido, ha crecido y ha hecho de Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom una persona de mundo, querido en su país y respetado en el resto, autor de ensayos, novelas, poemas y traducciones en varios idiomas. Un ejemplo de trabajo y de vida que no pasa desapercibido ni en la Academia Sueca, que siempre le tiene en la terna de eternos aspirantes al mayor galardón literario.

Esta compilación editada por Siruela tiene un corpus de lo más heterogéneo. Por sus páginas pasan pequeños poemas, anotaciones pasajeras, relatos cortos pero intensos y grandes viajes que por sí solos darían para una novela del género que tantos réditos le han dado al autor. Y todas con un denominador geográfico común, el continente americano, desde el norte mexicano al Cabo de Hornos, miles de kilómetros de naturaleza, historia y grandeza escrutados bajo la atenta mirada de un hombre sabio.

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En defensa del error, de Kathryn Schulz

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Título: En defensa del error

Autora: Kathryn Schulz

Editorial: Siruela
Páginas: 364
ISBN: 9788416465262

“Me enfurece equivocarme cuando sé que tengo razón”

Con esta interesantísima frase de Moliére inicia Kathryn Schulz, una periodista, escritora y crítica literaria norteamericana, su divertido y curioso tratado sobre la defensa del error. Un libro que según he leído le ha llevado unos cinco años terminar. Y se nota, pero no solo el trabajo de investigación, sino el montaje y el resultado obtenido de todo ello.

Nadie escapa al placer de tener razón pero tampoco podemos escapar de errar, unos menos, los que menos arriesgan, otros más, los más osados. O no, que no seré yo la que asevere en dos palabras lo que ella tan bien explica en más de trescientas.

¿Dónde nos situamos cada uno de nosotros?

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 Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot

Nebiros

Nebiros

Hemos tenido que esperar al centenario del nacimiento de Juan Eduardo Cirlot para disfrutar, por fin, de la novela que la censura quiso negarnos a los lectores. Y todo gracias a Victoria Cirlot, su hija y editora del libro, quien encontró el manuscrito de Nebiros (Ediciones Siruela) abandonado en un armario de casa de sus padres repleto de unos tachones en color rojo que su madre tuvo que explicarle.

En Nebiros, un narrador omnisciente que sabe más del protagonista que este mismo, nos ofrece un paseo por las calles de una ciudad anónima, que a muchos recordará al famoso quartier Pigalle por sus referencias a las librerías de viejo, al ambiente nocturno, a la nostalgia vital que baña las paredes de edificios, plazas y pasajes. Pero que podría ser perfectamente la Barcelona de mitad del siglo veinte, atmósfera en la que el autor escribió la obra. El narrador te coge de la mano y vas junto al protagonista, que no tiene nombre como todo lo que envuelve al relato, por un deambular tanto físico como mental. Muchas veces te pasará mientras lo leas que no sabes si lo que te está contando es lo que ve fuera o lo que siente dentro. Y esa es para mí la clave de este libro, la maestría con que Cirlot mezcla lo imaginativo del personaje con la realidad que este ve.  Sigue leyendo  Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot

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Monstruos rotos, de Lauren Beukes

Monstruos rotos

Monstruos rotos

Gabriella Versado es inspectora de policía en Detroit, y ser inspector de policía en Detroit debe ser uno de los trabajos más peligrosos de Estados Unidos. Para aquellos que no lo sepan, Detroit es una de las ciudades con mayor índice de delincuencia del país, una urbe industrial asolada por la pobreza y el desempleo. Y también es el lugar en el que Lauren Beukes ha vuelto a ambientar su nueva novela. Beukes es una autora sudafricana (no demasiado conocida en España, por desgracia) que ha ido construyendo su carrera a base de mezclar ciencia ficción, fantasía y novela negra, en mayor o menor medida. Su anterior trabajo, por ejemplo, que vio la luz en RBA y se titula Las luminosas, trataba sobre un asesino capaz de viajar en el tiempo y cómo la pareja protagonista tenía que ir juntando las piezas para seguirle la pista y atraparlo. Una de las novelas de asesinos en serie más interesantes de los últimos años, os lopuedo asegurar.

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Los pescadores

los pescadores

Los pescadores, de Chigozie Obioma

los-pescadoresChigozie Obioma no vive en su Nigeria natal, pero tengo para mí que estamos ante todo un acontecimiento de la literatura africana. Es mi desconocimiento de la misma el que, por pudor, me impide decir que se trata de la obra fundacional de la nueva literatura del continente, pero si uno pudiera decir cosas así no como resultado de una labor de investigación o desde un profundo conocimiento sino por la emoción provocada por la lectura de la obra, tengan claro que lo diría. El único lugar que importa como referencia para el lector no es geográfico, y ya les anticipo que mis coordenadas indican que esta novela se lee desde la conmoción y la admiración más absolutas.

Los pescadores es una novela dura narrada con desde unos ojos infantiles, esto es, inocentes y honestos, y eso va más allá de ser un detalle interesante para quienes se interesen en la técnica literaria, es probablemente lo que convierte la novela en lo que es. Cuenta la historia de una familia centrada en cuatro hermanos y su doloroso descubrimiento de las dificultades de la vida. Hay una interpretación tan brillante como probablemente acertada que dice que entre la vida de estos hermanos y la historia de Nigeria se establece un paralelismo cierto, y diría que va más allá de los hechos históricos detallados en el texto y que desborda el citado planteamiento geográfico: la historia de la incapacidad de estos jóvenes hermanos para manejar los tímidos destellos de libertad que aparecen en sus vidas tras un extraordinario autoritarismo paterno bien  pudiera ser una lección de historia para muchas sociedades, africanas o no. Sigue leyendo Los pescadores

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La otra vida de Ned Blackbird

la otra vida de ned blackbird

La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo

la otra vida de ned blackbirdAlexis Ravelo es a día de hoy el mejor (o por lo menos, uno de los mejores) escritor nacional de novela negra. Sus tres últimas novelas del género (La estrategia del pequinés, La última tumba y Las flores no sangran) han cosechado grandes críticas tanto de público como del mundo editorial, con varios premios en su haber.

Sin embargo, ahora el autor canario decide cambiar radicalmente de estilo y publica con Siruela la novela La última vida de Ned Blackbird, escrita entre 2010 y 2011, antes del boom de sus novelas policíacas. Un cambio de estilo tan radical tiene siempre sus riesgos, y más cuando estás tan asentado en un estilo en concreto como el género negro.

El protagonista de esta historia es Carlos Ascanio, profesor de filosofía que llega a la Universidad de Los Álamos y se aloja en el antiguo apartamento de Celia Andrade, fallecida recientemente. Rebuscando en el pasado de la autora (cuyos objetos personales siguen en la casa), Carlos entrará en una espiral de obsesión y curiosidad peligrosa, agitando aspectos de su propio presente y, sorprendentemente, también de su pasado.

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Maldito sea Dostoievski

Maldito sea Dostoievski, de Atiq Rahimi

maldito-seaTítulo: Maldito sea Dostoievski
Autor: Atiq Rahimi
Editorial: Siruela
Páginas: 209
ISBN: 9788498416794

“Apenas Rasul levanta el hacha para dejarla caer sobre la cabeza de la anciana, la historia de Crimen y castigo le viene a la mente…”. Así se inicia este libro de Atiq Rahimi, y al igual que a Rasul le viene a la mente esa imagen, también a mí me asalta, no solo el inicio del libro de Dostoiesvski, sino la historia completa. Rusia, Afganistán, … Qué más da. Es lo que tienen las grandes obras, que no nos cuentan historias, sino que nos hablan desde lo más profundo de la esencia humana.

Eso es lo que hace el autor, a través de esta revisión de la obra de Dostoievski, y el traslado de esta historia a su Afganistán natal.

Pero quizá es incluso más, ya que a mí me ha traído la guerra hasta mis manos, no para comprender, solo para saber del día a día de un afgano:

“El viernes pasado mientras holgazaneaba en la cama, buscando un pretexto para volver a tu casa, fui violentamente arrancado de mi letargo por la deflagración de una bomba que hizo temblar el barrio…”. Bombas y amor, escribí bajo esas líneas. No he leído este libro como si fuese una historia más. Es imposible, porque hoy allí, mientras yo leo, ellos mueren.

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