
¿Y luego qué? Antes los años futuros eran un territorio vago y desconocido, amorfo, sin una medida concreta. Pero después de la muerte de mi madre, empecé a verlos en décadas delante de mí, unos encima de otros como una pila de ladrillos. Primero llegaba la década de los treinta, la mitad de la cual ya se había pasado-, y luego entraría en la de los cuarenta y en la de los cincuenta, eso era algo sólido, incuestionable. Pero después, los ladrillos se desmoronaban. Mi abuela murió con sesenta y dos años, y mi abuelo con sesenta y uno. Luego murió mi madre, víctima de una neumonía cuando acababa de cumplir los sesenta. Cuando me ponía a pensar en lo efímero del tiempo que me quedaba por vivir, en lo fútil que era pasarlo guisando o cosiendo o cavando en el huerto, me daba tanto miedo que casi no podía respirar.
Este párrafo debió de ser el pensamiento, el sentimiento, de muchas mujeres de siglos pasados. Tenían una existencia supeditada a la de sus maridos y otros familiares masculinos; su vida estaba programada y desde que tenían uso de razón sabían qué era lo que se esperaba de ellas. Por supuesto, había excepciones; mujeres que no se conformaban con lo que los demás querían y esperaban de ellas; mujeres que se rebelaban y cambiaban la vida específicamente planeada para ellas. Las protagonistas de Una chica con pistola, de Amy Stewart, entrarían en este grupo de mujeres atípicas que no seguían los dictados de la sociedad en la que vivían. Este libro cuenta un año de la vida de las hermanas Constance, Norma y Fleurette Kopp, que viven solas y aisladas en una granja de Nueva Jersey. La historia comienza cuando el coche de un rico fabricante de sedas, Henry Kaufman, embiste la calesa de las tres hermanas; este suceso cambiará la vida de las Kopp que se verán envueltas en una trama de amenazas y ataques que pondrá patas arriba su existencia tranquila, monótona y solitaria, e introducirá en su rutina al Sheriff Heath, el hombre que las enseñará a disparar y a protegerse.
Hoy en día no es ninguna novedad un libro en el que la heroína es una mujer que se subleva contra las normas de la sociedad patriarcal de la época en la que vive. Referentes como Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Emma Bovary, Anna Karenina… marcaron la senda hace dos siglos y las novelas con este tipo de protagonistas han continuado creciendo hasta cotas impensables para pioneras como Jane Austen, o las hermanas Brontë, que jamás habrían imaginado leer libros sobre personajes femeninos como Lisbeth Salander o Katniss Everdeen, por nombrar dos ejemplos de heroínas de actuales conocidas por todos. Por supuesto, los personajes han evolucionado a la par que la sociedad y la época en las que se han escrito. Pero me estoy yendo por las ramas, Amy Stewart, reconstruye la historia de tres mujeres de carne y hueso que existieron de verdad, y con la que se topó por casualidad en un artículo de 1914. En este artículo se narraba la historia del choque de las hermanas Kopp y los sucesos posteriores, y la autora supo ver en él y en sus protagonistas ese je ne sais quoi que convierte una anécdota en una historia digna de contar y despertar el interés de los lectores.
Recopilando todo lo que hay sobre la familia Kopp e incluso entrevistándose con sus descendientes, Amy Stewart ha sabido dotar de vida a unos personajes reales pero de los que apenas se sabe nada más allá de esos pocos artículos que se publicaron a raíz de su enfrentamiento con Kaufman. Ha logrado crear unas mujeres llenas de matices, muy diferentes entre sí, pero con muchas cosas en común como las consecuencias de ser educadas por una madre desconfiada que las apartó de la ciudad y, por tanto, de la sociedad. La relación entre las tres hermanas es el eje de la novela y lo que más brilla en ella; a lo largo de todo el libro sientes que las conoces y que estás metido en la vieja granja que tienen como hogar. Las tres son magníficas, pero si hay un personaje que sobresale por encima de todos es el de Constance, la narradora de nuestra historia y la hermana mayor de las Kopp, que se enfrenta constantemente a Henry Kaufman, demostrando una valentía y un saber hacer que la llevó a ser la primera mujer ayudante del sheriff de la historia. He aquí, por tanto, a una protagonista digna de esos referentes literarios que antes mencionaba.
Por supuesto, Una chica con pistola, a pesar de ser un buen libro, no llega a la categoría de los de Austen o las hermanas Brontë, principalmente porque aquéllos presentaban algo completamente nuevo y transgresor y porque las mismas autoras rompían con la sociedad de la época para escribir y publicar algo así. Una chica con pistola no es una novela rompedora ni se va a convertir nunca en un referente para escritores posteriores, pero eso no le resta ni un ápice del mérito que tiene, que es el de una novela con un gran trabajo detrás, unas fascinantes protagonistas y una buena historia que te mantendrá pegado al libro hasta conocer cómo se resuelve la trama de acoso y violencia en la que se ven enredadas las hermanas Kopp sin comerlo ni beberlo.
¿Y luego qué? Antes los años futuros eran un territorio vago y desconocido, amorfo, sin una medida concreta. Pero después de la muerte de mi madre, empecé a verlos en décadas delante de mí, unos encima de otros como una pila de ladrillos. Primero llegaba la década de los treinta, la mitad de la cual ya se había pasado-, y luego entraría en la de los cuarenta y en la de los cincuenta, eso era algo sólido, incuestionable. Pero después, los ladrillos se desmoronaban. Mi abuela murió con sesenta y dos años, y mi abuelo con sesenta y uno. Luego murió mi madre, víctima de una neumonía cuando acababa de cumplir los sesenta. Cuando me ponía a pensar en lo efímero del tiempo que me quedaba por vivir, en lo fútil que era pasarlo guisando o cosiendo o cavando en el huerto, me daba tanto miedo que casi no podía respirar.
Los amantes de la Edad de Oro británica de la literatura policíaca y de misterio recibirán con agrado la reedición de obras seleccionadas de uno de los autores de esa época menos conocidos en España: Michael Innes. Concretamente, la editorial que ha tenido la feliz iniciativa, 

Soy un lector obediente y disciplinado, ya lo saben quienes me hayan ido leyendo estos años, de forma que si leo un libro que se titula Un largo sábado empiezo a leerlo un sábado, como debe ser. Sin embargo no he podido acatar la otra premisa, la de la longitud porque por más que me hubiese gustado disfrutar de su lectura un largo día o mejor varios de ellos, lo cierto es que el sábado se me hizo muy corto. Así de apasionante y adictiva me resultó la lectura de este libro de George Steiner que se lee literalmente de una sentada. Y eso contando con que no hay página que no suscite muchas y muy complicadas reflexiones. Las opiniones de Steiner y su capacidad para expresarlas de modo tan claro como inteligentemente polémico son, naturalmente, las principales responsables de la brillantez de este libro, pero sería terriblemente injusto si le adjudicara a él todo el mérito cuando en gran parte lo debe compartir con Laure Adler, cuyas preguntas tan inteligentes como pertinentes así como su papel de periodista que no sólo registra respuestas sino que las discute o las matiza para extraer más contenido del entrevistado son una característica tan definitoria de Un largo sábado como un motivo de envidia para quienes vemos el periodismo actual con tan pocas razones para la ilusión o la esperanza. Gracias, Laure Adler por demostrar que otro periodismo es posible.














