
En su sinopsis, Teules se presenta como un relato de la conquista de México que no hace concesiones a la ortodoxia, y eso llamó mi atención. Sin embargo, cuando tuve en mis manos la edición en papel, me abrumó. Son setecientas setenta y cinco páginas oficialmente, pero, por el minúsculo tamaño de letra y de los márgenes, es evidente que con cualquier otra maquetación hubiera sobrepasado las mil páginas con creces. En ese momento me di cuenta de que estaba ante una novela histórica ambiciosa y me pregunté si Joaquín Planchuelo —historiador y jurista, además de literato— habría sido capaz de transformar su vasta documentación en una novela atractiva.
Y no me andaré con rodeos: sí que lo ha conseguido, ¡y de qué manera! En lugar de detenerse en explicaciones, introduce toda la información necesaria a través de los diálogos y la acción. De esta forma mantiene un ritmo ágil en todo momento, lo que es admirable en una obra tan extensa. Y es que en Teules se suceden las batallas (las dialécticas y las de cuerpo a cuerpo), pero también las intrigas (internas y entre bandos). Una demostración de cómo la palabra puede ser tan poderosa como las armas a la hora de minar al enemigo, de conquistar imperios.
Pero empecemos por el principio: ¿por qué Teules? «Teules» significa «dioses», y los indígenas adjudicaron ese nombre a los hombres blancos que arribaron a sus tierras allá por el año 1519. Como eran incapaces de herirlos con sus flechas y piedras, los consideraban inmortales, y como sus barcos, brújulas y demás posesiones les resultaban inexplicables, las creían de origen divino.
Joaquín Planchuelo ha escrito un retrato vívido de ese periodo convulso. No solo muestra las intenciones del ejército español —las oficiales (poblar y cristianizar) y las veladas (enriquecimiento y disfrute)—, sus manipulaciones y sus desmanes, sino la complejidad de la situación americana antes de que estos llegaran, ya que decenas de pueblos estaban sometidos al todopoderoso imperio azteca y vieron en esos teules la posible solución a sus problemas.
Es de agradecer que el autor haya mostrado el punto de vista y contradicciones de ambos lados, lejos de reducirlo al enfrentamiento entre buenos y malos, porque la realidad nunca es tan simple. Solo conociendo los matices de cada circunstancia y de cada ser humano podemos atisbar el porqué de determinados acontecimientos. Eso es lo que ha logrado plasmar Joaquín Planchuelo en esta obra y, para mí, la gran virtud de Teules. Sin olvidarme de cómo ha reflejado las personalidades de Cortés y Moctezuma, los dos grandes protagonistas de esta historia, y la relación que se establece entre ellos, también fascinantes. Hombres que fueron admirados y temidos, héroes y villanos, dependiendo del momento y de los ojos que los mirasen.
Esta novela histórica es la crónica de lo que aconteció durante ese primer año y medio de conquista, pero también una muestra de lo que supuso aquel choque cultural. Ni la concepción del mundo de los españoles ni la de los indígenas salió ilesa de ese encuentro. Por un lado, los aztecas practicaban el canibalismo y hacían sacrificios humanos para que sus dioses les aseguraran la victoria en cualquier batalla, algo que siempre habían logrado, pero cuando las armaduras, caballos y arcabuces de Cortés y sus hombres se cruzaron en su camino, nada pudieron hacer. El imperio más grande del continente se dio cuenta de que había algo más poderoso que los dioses a los que siempre habían venerado. Por otro lado, los españoles los veían como bárbaros; censuraban sus prácticas atroces y se sentían sus salvadores al mostrarles el camino hacia la única fe verdadera: el cristianismo. Y aunque alardeaban ante ellos del poder y las riquezas de los reyes de España, se asombraban de su oro y de la magnificencia sin parangón de los palacios de Moctezuma, así como de su ingenio e inteligencia. Lo que creían que sería un sometimiento sencillo, se convirtió en una huida hacia delante a toda costa, sobre todo por parte de Cortés.
Por todos estos elementos y muchos más, Teules es una novela histórica trepidante. Su exhaustiva documentación y detalle serán del gusto de los duchos en la materia, pero también de los legos, que encontrarán los elementos suficientes para entender la trascendencia que aquel episodio tuvo para el mundo. Y por si esto fuera poco, se lee igualmente como una novela de aventuras, pues la acción nunca se detiene.
La única pega que le saco a Teules es que la edición no está a la altura de la historia, ya que hay bastantes errores ortotipográficos (sobre todo en los diálogos) y la maquetación le da un aspecto amateur. Algo que se puede mejorar en siguientes ediciones y en la continuación, si es que la hay. Me da la impresión de que las últimas líneas dejan la puerta abierta para que así sea. Eso sería una buena noticia para todos sus lectores, pues, una vez leída Teules, no vemos mejor forma de conocer los entresijos del resto de la conquista que de la mano diestra de Joaquín Planchuelo.


Si hablamos de deportes de contacto seguramente te vengan a la mente el rugby, la lucha libre, el boxeo… Y seguidamente imagines a hombretones grandes y sudorosos dándose mamporros a diestro y siniestro mientras intentan alcanzar un objetivo determinado, a pesar de que sabes que en las disciplinas anteriormente mencionadas también hay mujeres dejándose la piel y recibiendo golpes tremendos. Esto es así porque patrocinadores, televisiones, programas de deportes y sobretodo espectadores damos, de forma injustificada, más importancia a una categoría que a otra. Triste pero cierto. Por suerte (más que suerte, tras mucho esfuerzo) existe un deporte de contacto en el que ellas acaparan toda la atención: el roller derby.
Esto no es una reseña, es más bien un experimento. Siempre he sido muy escéptico en lo relativo a la meditación, ya que soy un tipo muy terrenal y me cuesta creer en todo aquello que no puedo controlar completamente. Pero después de haber escuchado en varias ocasiones a amigos y conocidos hablar sobre las virtudes de esta práctica, me decidí a intentarlo; por otro lado, también soy de los que piensa que criticar algo sin conocerlo es de auténticos cuñados. Y así llegó a mis manos Meditar en 3 minutos, un libro que me atrajo precisamente por su propuesta de dedicar un tiempo tan escaso al día para adentrarse en el mindfulness o meditación de plena consciencia.
Las palabras pueden doler como puñales. Pero también pueden sanar, abrir los ojos de aquellos que los tienen cerrados, hacer recordar algo que creíamos olvidado, hacer que nos enamoremos de alguien o que lleguemos a odiarle. Las palabras son un arma para aquellas personas que saben utilizarlas y una salvación para aquellos que nos necesitamos refugiarnos en ellas cuando la vida real nos pesa demasiado. Para mí, son mi vida.
Ray Bradbury me hubiera caído bien, lo sé. Porque es el autor de 
Durante una semana, tiempo más que prudente para dedicarle una lectura atenta a cualquier libro, no he hecho otra cosa más que vivir por y para esta novela. Cierto, tenía mis obligaciones que implican, en mi caso, dedicarme a otras lecturas, pero esta vez no. Me planté. No quise introducir en mi mente nada más aparte de lo que este libro me estaba proponiendo. Me dediqué a disfrutar en exclusiva del contenido y argumento de esta sublime novela: El alienista.
Dicen Los Chikos del Maíz en una de sus canciones más conocidas que “la rutina es un suicidio diario”. Y no les falta razón. Porque, a priori, aceptar que un tercio de tu vida lo vas a pasar durmiendo y otro repitiendo las mismas tareas una y otra vez para, con suerte, sobrevivir y, con mucha más suerte, poder disfrutar de una porción del tercio restante es, cuanto menos, angustioso. Hay quien logra encontrar la belleza en el trabajo repetitivo y falto de excitaciones, más allá de si has guardado el documento antes de ese apagón tan inoportuno. Pero todos hemos visto también la otra cara de la moneda: la de aquellos que acaban absorbidos y deshumanizados por su oficio. Este resultado funesto no creo que vaya necesariamente ligado a la personalidad; muchos de ellos tal vez fueron, como el protagonista de Mottanai. Diario de un hombre roto, personas con inquietudes y vocaciones palpables, pero acabaron derrotados por un escenario laboral en el que ni siquiera el fin de la jornada constituye algo apetecible. En el que hace tiempo que dejaste de ser una persona para convertirte en un mero recurso.
Imagina que tienes dieciséis años. Imagina pasear por las aceras mojadas de Bilbao en una época de noches en las calles escuchando a grupos de punk y bebiendo hasta caer al suelo. Imagina que, al llegar a casa, dejando atrás el frío, te esperan tu padre y tu abuela. No está mal, ¿no? Ahora, imagina que a quien llamas abuela apenas se mueve en su silla de ruedas y aquel a quien llamas padre se convierte cada noche en Satán. Imagina tu casa como el lugar de sus fantasías donde nadie puede saber lo que hace contigo. Vuelve a imaginar que tienes dieciséis años y que a él no le importa que seas su hija, que a él no le importa que te duela. ¿No desearías poder hacer algo más que rezar a Dios? ¿Quizá, incluso, ser el mismo Dios?



“We had the stars, you and I. 
Últimamente llevo un ritmo de lectura frenético. Entiendo que me pasa como a todos y que va por temporadas. Hay meses en los que puedo leerme diez libros sin casi darme ni cuenta y hay otros meses en los que si leo un par siento como si hubiera batido algún récord. Ahora estoy en esa fase maravillosa en la que puedo pasarme tres horas al día leyendo y cierro un libro para abrir inmediatamente otro.