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Un proyecto genial. Familia, amigos y otros bichos peludos (Tom Gates 12), de Liz Pichon

Un proyecto genial

Un proyecto genialUn proyecto genial es el duodécimo libro protagonizado por Tom Gates, y pensarán ustedes que es un poco tarde para acercarse a él, quiero decir que a estas alturas no es que sea un perfecto desconocido. Sin embargo tengo una excusa, no suelo leer libros infantiles pero a este (y podría decir lo mismo del Diario de Greg) le tengo cariño, más que nada porque los once anteriores los ha leído mi hijo de ocho años, él solo, a razón de un libro cada dos o tres días. Y son libros de unas 250 páginas. El espectáculo que supone semejante despliegue literario para un padre de hoy día es francamente emocionante, al menos para mí lo es ver a mi hijo leyendo y contemplar cómo construye su propio universo con algo más que televisión y videojuegos, así que leer este Tom Gates tiene tanto de homenaje como de curiosidad por comprender qué es lo que se lo hace tan atractivo.
Meterse en la mente de un niño de ocho años es, así por definición, un proyecto imposible. Si además el niño es tu propio hijo supone prácticamente una heroicidad. Pero que él lea no es menos meritorio así que al menos hay que intentarlo. ¿Qué tiene Tom Gates para atraer a los niños? Pues tras leerlo diría que no lo sé, es decir, entiendo que es de lectura fácil, que es una sucesión de anécdotas con las que es fácil que se sientan identificados, que tiene muchísimas ilustraciones divertidas, en fin, un montón de cosas que les gustan. Pero tal vez sean más importantes las que no tiene, no son libros, al menos Un proyecto genial no lo es, obsesionados con la corrección política, no son ñoños ni pretenden adoctrinar. Simplemente entretienen y logran que sus potenciales lectores se identifiquen con ellos. Y si acaso hay alguna lección que aprender, son ellos los que la aprenden, quienes la deducen, sin que se les trate de convencer descaradamente.
Vayamos al caso de Un proyecto genial, la trama básicamente consiste en que Tom Gates tiene que hacer un trabajo para el colegio en el que debe reunir información sobre su familia, trabajo que él afronta sin ganas y con un espíritu un pelín gamberro. Sin embargo va reuniendo información y descubre cosas de sus mayores que le sorprenden y no sólo se lo pasa bien, sino que hace un trabajo del que se siente orgulloso. Además lo adorna con seres peludos y múltiples garabatos, lo que le divierte todavía más. Y ocupa espacio, que la densidad de letras de las páginas de estos libros es comparable a la densidad de población de los parajes más desérticos de la España vacía. Podríamos buscar una moraleja en plan “los padres son personas”, pero no se trata de eso. O sí, pero no de forma descarada y evidente. Lo único que diría que resulta palmario para sus lectores es el buen rato que pasan, porque la verdad es que el personaje tiene ocurrencias francamente divertidas. Lo demás es más cosa de padres, editores y demás gente así, poco infantil, así que no cabe en el espíritu de esta reseña.
Y lo peor que les puede pasar a los sufridos padres en que sus hijos le tomen a Tom Gates prestadas las ideas y les conviertan en bichos peludos. Por lo demás es tan buena noticia que los chavales lean que habría dado lo mismo que fuera el prospecto de las cajas de cereales. Afortunadamente es algo mucho más divertido.

Andrés Barrero
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Prohibido creer en historias de amor, de Javier Ruescas

Prohibido creer en historias de amor

Prohibido creer en historias de amorLa vida me ha enseñado a creer en historias de amor. Todo empezó cuando, de pequeña, veía en modo bucle las películas de Disney. No vayáis a pensar, yo no era de la Cenicienta o Blancanieves, no. Yo era de Dumbo (debía gustarme sufrir). Esa película me enseñó que el amor es lo que mueve el mundo. En ese caso, el amor de una madre por su hijo y a la inversa. ¿Y eso no es amor? Es el más honesto y verdadero del mundo. Y después la vida se ha encargado de demostrarme que el amor es lo que mueve todo y, que sin él, estaríamos perdidos.

Pero Héctor sufrió tanto, la vida le hirió tan dentro y tan fuerte, que dejó de creer en historias de amor. Es más, se prohibió creer en ellas. Había nacido indefenso y ya desde el primer momento sus padres lo dieron en adopción. Después, de casa en casa de acogida esperando a cumplir los dieciocho para poder enfrentarse a la vida cara a cara. Esto le hizo entender que el mundo no estaba hecho para él, que él era diferente y que no debía seguir el camino que los demás tomaban.

Hasta que apareció Cali, una chica de todo menos convencional. Cali, junto a sus padres y su hermana, tiene un canal de Youtube en el que sube absolutamente todo lo que ocurre en su día a día. Al principio parecía un juego; ella y su hermana eran pequeñas y parecía divertido ponerse delante de una cámara. Pero los años fueron pasando y lo que al principio era diversión se convirtió en dolor al saber que la intimidad casi ni existía en esa casa. Angustia al saber que todo el mundo controlaba sus movimientos. Y pavor por no conocer cuál iba a ser su futuro.

Cali y Héctor. Dos personas que no podrían venir de mundos más diferentes. Él, pidiendo en la calle para poder subsistir. Ella, aceptando los regalos que las marcas le hacían para obtener publicidad. La noche y el día. Pero ya sabemos que los polos opuestos se atraen, ¿no?

Ese es el planteamiento general de Prohibido creer en historias de amor, escrito por Javier Ruescas. Javier es youtuber (podríamos catalogarlo mejor como booktuber) desde hace bastantes años. Yo sigo su canal desde hace mucho tiempo y siempre me han gustado sus vídeos. Os tengo que decir que este no es el primer libro que escribe, ya que antes de este ya ha publicado unos cuantos más, pero no sé por qué nunca me he lanzado a leer algo de lo que había escrito. Bueno, sí, leí en su día Y luego ganas tú, en el que participó con un relato, pero no podríamos decir que sea un libro de él. Así que me dije que ya iba siendo hora de leer algo en condiciones de Javier Ruescas y ver qué tal se le da eso de ponerse delante de la pluma.

El resultado ha sido muy satisfactorio. Prohibido creer en historias de amor se lee rapidísimo ya que es muy entretenido. Tiene una historia paralela en la que los protagonistas deciden arreglar una sala de cine antigua que a mí me ha encantado. Con esto quiero decir que no creáis que se trata de una simple historia de amor, sino que el libro va mucho más allá: podemos encontrar misterio, aventura, historias de amistad, de familias que atraviesan dificultades… La capacidad de saber mezclar todas estas tramas y que todo tenga sentido y no se pierda la conexión es lo que más me ha gustado de este libro.

También me ha gustado mucho la manera con la que Javier Ruescas analiza el tema de exponer tu vida en las redes sociales. Me ha gustado que él, que es una persona que tiene miles de visitas cuando sube un vídeo a Youtube, sea el que cuente todo esto. No sé si la personalidad de Cali está basada en él o en algún amigo del gremio, pero se nota que está desarrollada desde un punto de vista muy personal. Yo, que estoy detrás de la pantalla, no pienso en si esa persona que está grabándose lo hace porque quiere o se siente ya un tanto obligada a grabarse porque o bien es un trabajo o bien es una rutina. No sé qué significa dejar que la gente siga tu día a día de una manera tan abierta que puede llegar a asustar. Desde luego, ahora cada vez que vea un vídeo, lo voy a ver con otros ojos.

Después de leer este libro yo seguiré creyendo en historias de amor, como siempre he creído y (espero) como siempre creeré. Porque, como decía al principio, el amor es lo que mueve el mundo, estoy convencida de ello. Y, si no pensáis así, deberíais empezar a cambiar de opinión, porque seréis mucho más felices. Confiad en mí. Creo que Héctor consiguió llegar a entenderlo, después de todo.

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Las posesiones, de Llucia Ramis

Las posesiones

Las posesionesAllá por 2013 reseñé una obra que me pareció magnífica de una autora que no conocía, Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, y hace unas semanas me sorprendí a mí mismo recordando aquella obra y preguntándome si habría publicado la escritora algo más que me hubiese pasado desapercibido en ese anárquico e inabarcable universo de novedades literarias que es el buzón de correo de quienes colaboramos en este blog. Y unos días después llegó el aviso de la publicación de Las posesiones, novela por la que me he sentido tan deslumbrado como en aquella otra ocasión.
No voy a decir que es una novela más madura en primer lugar porque es una obviedad, mal nos iría si la literatura no creciera con sus autores, pero sobre todo porque no quisiera trasladar la impresión de que la anterior no lo era. Para nada. No es probablemente madurez la palabra que busco, sí me ha parecido más caustica cuando se trata de sacar a pasear la mala leche, más divertida cuando se trata de hacer lo propio con el humor. Pero el poso de gran literatura, de estar ante una buena historia bien contada y que hace reflexionar sobre la actualidad y la sociedad en la que vivimos, eso no ha cambiado. Siempre estuvo ahí, en lo limitado de mi experiencia con esta autora a la que no conozco y de la que únicamente he leído estas dos obras. Me faltan las dos primeras y tampoco soy habitual del periódico en el que escribe, así que me encuentro en una situación bastante parecida a la de la independencia de criterio, lo que me permite minusvalorar mi tendencia a meter la pata, algo que sin duda haré de todas formas, cuando me ponga a valorar la obra.
Tiene Llucia Ramis un estilo que probablemente lleve a la confusión a muchos lectores en el sentido de que es muy natural, parece que te estuviera contando su vida, y poco a poco le va a envolviendo a uno en esa sensación de familiaridad que le hace correr el riesgo de olvidar que le están contando una buena historia. Y vaya si se la están contando. Las posesiones, título con el que la autora abarca una gran parte de las acepciones que la RAE le concede al término, nos hace, siempre desde las coordenadas de su universo narrativo (con el choque cultural con los belgas, entre otras cosas, ocupando un lugar destacado) una crónica del paulatino proceso de pérdida de nuestras raíces, que no las perdemos porque se nos caigan de un bolsillo y se nos extravíen sino porque las enterramos bajo toneladas de hormigón, las vendemos o sencillamente dejamos de sentirlas como algo importante o como algo nuestro. Las cosas que poseemos, singularmente los hogares, no se nos presentan como algo importante desde el punto de vista material o financiero, sino como lo que verdaderamente son, el recipiente en el que viven nuestros recuerdos, necesario a menudo para que no se pierdan. Sin ellos se derraman o se convierten en fantasmas.
Las posesiones es una crónica de la corrupción, de cómo afecta a las personas, de la frustración que a menudo implica enfrentarla. También nos narra la precariedad como estilo de vida de su generación, nos asoma a ese cuarto vacío en el que en algún momento los periódicos guardaban su alma, que ahora se ha perdido como tantas otras cosas. No sé si también se habrá transformado en una urbanización o habrán construido a su alrededor un muro desmesurado para ocultarla a la vista de los curiosos. O si simplemente, aburrida, se marchó.
Con su estilo personal, su final sorprendente, sus buenas dosis de intriga y sus no pocas reflexiones, Las posesiones nos cuenta mucho sobre esta sociedad en la que vivimos. No creo que sea necesario que les diga que me ha parecido un libro extraordinario aunque lo deba decir más que nada por gratitud, por el buen rato que hemos pasado juntos. Tampoco me voy a extender mucho en este punto, no vaya a ser que a la autora las reseñas le despierten sensaciones similares a las que los correos electrónicos de los admiradores digamos que especialmente insistentes, le suscitan a la protagonista. Uno es emocionado pero prudente.
Lean Las posesiones, verdaderamente es un gran libro y sin duda, pasado un tiempo, volveré a preguntarme si la autora ha publicado algo nuevo, porque tengo la sensación de que sus obras acompañarán nuestra vida durante mucho tiempo.

Andrés Barrero
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Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov

Risa en la oscuridad

Risa en la oscuridadUno de mis grandes temas pendientes como lector es la lectura de los grandes escritores del siglo XX. Sí, tiene delito, lo sé. Quiero leer a Conrad, quiero leer a Faulkner, a Borges o leer más de Gabo; y también quería leer a Nabokov, aunque siempre lo postergaba por la gran cantidad de novedades literarias que llegaban a mi buzón. Pero hay ocasiones que no se pueden dejar pasar, y el hecho de que Anagrama haya decidido editar una “Biblioteca Nabokov” con varios de sus mejores obras en formato bolsillo fue el empujón definitivo que me faltaba.

Ya de primeras, es imposible no quedarse prendado de la portada de Risa en la oscuridad, con esa ilustración tan llamativa de Henn Kim. El argumento, más sencillo, trivial y manido no puede ser. El autor no busca la sorpresa y ya en el primer párrafo del libro nos desvela todo lo que encontraremos en su historia. “Érase una vez un hombre llamado Albinus que vivió en Berlín, Alemania. Era rico y respetable, feliz, y un día abandonó a su mujer por una joven amante; amó, no fue amado y su vida acabó en desastre”. Los tríos amorosos, las infidelidades y los hombres mayores cortejando bellas damas es un tema ampliamente tratado tanto en el cine como en la literatura. Sin embargo, solo un gran literato como Nabokov es capaz de hacer de algo sencillo una obra interesante.

Risa en la oscuridad se sustenta en cinco personajes principales, de caracteres marcados y bien definidos. Unos personajes que gustan y enfadan a partes iguales, llevados siempre a situaciones extremas o inverosímiles, en ese juego que para el autor es la construcción de esta historia. Contado todo por un narrador omnisciente, vamos conociendo las dichas y desdichas que Albinus empieza a sufrir. Y aunque reconozco que al principio me costó entrar en la historia, una vez que te haces al ritmo de Nabokov, la historia va ganando en intensidad y la lectura pasa de ser algo plana a convertirse en una experiencia fabulosa.

La novela destaca por la versatilidad de su argumento y de sus personajes. El autor pasa de la comedia al drama con una habilidad pasmosa, componiendo escenas de un modo magistral. Sus personajes mezclan la muerte de un ser querido con un lío de faldas en apenas un par de páginas. Pero si algo tiene esta novela es humor, un humor muy al estilo de la primera mitad del Siglo XX. Las escenas destilan cierto aroma a vodevil, a esperpento e incluso, por qué no, a los grandes clásicos humorísticos del cine mudo.

Que leer a Vladimir Nabokov era un acierto no es decir nada que no sepan la gran mayoría de lectores, pues es algo que ya sabía de antemano antes de empezar la lectura. Pero lo que sí considero un acierto es haber empezado con una historia como Risa en la oscuridad, una novela que demuestra que un gran autor es capaz de convertir una historia sencilla en una gran obra de arte.

César Malagón @malagonc

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Memorias. Mi vida con Marina, de Anastasia Tsvietáieva

Memorias. Mi vida con Marina

Memorias. Mi vida con MarinaTengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
La propia Anastasia en sus memorias explica lo que yo, torpemente, he tratado de exponer en el párrafo introductorio de esta reseña:

Quienes leen ahora los versos de la Marina Tsietáieva madura sacan de sus páginas la imagen trágica de una poeta y de una mujer que no encontró la felicidad en su vida. Y nadie, excepto yo, su medio gemela, recuerda los años de su vida que lo rebaten. Pero yo los recuerdo. Y digo: Marina fue feliz con su sorprendente marido, con su maravillosa hija pequeña, en esos años antes de la guerra. Marina fue feliz.

Y ustedes dirán que claro que fue feliz, de un modo u otro todo el mundo lo es en algún momento de su vida, pero si es así en su caso, desde luego no lo reflejó así en sus diarios. Desde luego también ayuda que las memorias de Asia abarcan un lapso temporal mucho mayor, comienzan en la propia infancia y las escribió ochenta años después. No sé si la Marina de Anastasia será más real que la que habitualmente se nos muestra a través de sus escritos, seguro que ninguna lo es y cada cual por sus propias razones, lo que tengo claro es que a las memorias de Anastasia Tsvietáieva se acerca uno de una forma más relajada. Más natural.
Allá por la página 800 comienzan a confluir ambos libros, es cuando se narra el primero de los hechos que recuerdo, la muerte de la pequeña de las hijas de Marina. Un episodio digno de ser leído, quienes sepan de qué hablo entenderán hasta qué punto es una historia que puede marcar una vida. Hasta ese momento hay referencias de otras lecturas en las que uno se encuentra e incluso se sorprende, la hermana menor (Anastasia) dice no reconocer a su madre en Mi madre y la música, la magnífica obra de la hermana mayor (Marina). El retrato de la familia, no obstante lo dicho, es extraordinario, nos asomamos a la intimidad de una familia poco convencional, con un amor y una dedicación a la cultura extraordinarias, el padre con el que aparenta ser su hijo más querido, su museo (sus museos porque cuando le separaron del Rumiantsev fundó otro) y la madre a la música, la medicina, la pintura, los idiomas, en fin, lo más parecido a una familia renacentista que se pudo dar en aquella Rusia del ocaso de los zares y el principio de la revolución.
La revolución, aunque desde el principio y a su manera la miraban con buenos ojos, no les fue especialmente propicia. El saldo de desgracias es demasiado elevado para cualquier ser humano, tanto en fatalidades personales como el hambre como en lo que se refiere a la muerte de seres queridos. La experiencia narrada es ciertamente dramática, pero no habla la autora desde la desesperación o la venganza. Estas memorias son luminosas incluso en los malos momentos, y son muy malos, pero no son un ajuste de cuentas. No con la vida, no con Marina, no con Rusia, no con la revolución, pero tal vez sí con Mur, el hijo de Marina, que no sale especialmente bien parado. Estas últimas páginas dedicadas a la muerte de Marina son especialmente desgarradoras, y lo son no tanto por la muerte en sí, que también, sino precisamente por el papel que en la misma jugó su hijo.
Es sorprendente que una persona con la independencia intelectual y la fuerza de Marina Tsvietáieva, fuese sin embargo tan débil y complaciente, casi hasta servil, con su hijo. Sorprende que le soportara el trato degradante que a menudo le procuraba éste. Es conocido que ella se suicidó no porque él se lo pidiera, que de alguna manera lo hizo, sino porque se convenció de que le estorbaba. Anastasia reconoce el papel de su sobrino en el fatal desenlace de la vida de su hermana, y se lo afea. Sin embargo y pese a lo unidas que ambas estaban, son páginas hermosas.
Anatasia y Marina, Asia y Musia, son sin duda dos mujeres excepcionales, muy diferentes aunque a menudo leyeran poemas con una sola voz. Al interés histórico y literario de estas memorias se suma uno muy humano, el de la emoción. Porque son unas memorias emocionadas y como tales se leen. Se cierran tras unas 1200 páginas y saben a poco, realmente uno quisiera saber más, atar cabos sueltos, pero sospecho que, pasado un tiempo, cuando la lectura repose y arraigue, se dará cuenta el lector de que no son los cabos ni los nudos lo que importa, sino lo vivido junto a ellas y esa sensación de hermanamiento que sólo unas memorias escritas con sensibilidad y talento puede provocar.

Andrés Barrero
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Riquete el del Copete, de Amélie Nothomb

Riquete el del Copete

Riquete el del CopeteRiquete el del Copete es un cuento muy popular de Charles Perrault, pero yo no lo conocía. No descarto que lo haya leído en algún momento de mi vida, o incluso alguna historia que lo versionara, porque alguno de sus momentos me suenan remotamente, pero sea como sea, lo había borrado de mis recuerdos. Y por una vez me voy a alegrar de esa amnesia selectiva, porque ha sido un gustazo descubrirlo de la mano de Amélie Nothomb.

Quienes hayáis leído alguna vez a Amélie Nothomb sabréis que es una autora muy peculiar. Yo lo comprobé con El crimen del conde Neville, novela en la que hacía un guiño a El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde. Y en esta ocasión vuelve a tomar una historia popular, como es Riquete el del Copete, para actualizarla en todos los sentidos. La ironía y lucidez de Nothomb, como siempre, nos arrastran desde el primer capítulo y hacen que la lectura sea una experiencia nueva, tanto si se conoce el cuento original como si no.

El Riquete el del Copete de Nothomb no transcurre en un lugar lejano ni en tiempos remotos como todas las fábulas infantiles, sino en la Francia actual, donde Honoré y Énide tienen a su primer y único hijo: Déodat. El recién nacido es tan horrendo como inteligente, y esta es la excusa perfecta para que la autora nos haga ver el absurdo mundo de los adultos, en especial cuando son padres primerizos, a través de los ojos de un bebé. Después asistimos al crecimiento de Déodat y a su adaptación a esa realidad que hay de puertas afuera, donde su fealdad causa repulsión y rechazo, hasta que él los supera a base de inteligencia. Aun sin pretenderlo, todas las mujeres acaban sucumbiendo a sus encantos.

Pero Déodat no es el único protagonista de esta historia. También conocemos a Trémière, que es el caso contrario: su extraordinaria belleza irrita a todos, y para despojarle de su perfección le cuelgan el sambenito de estúpida. De esta forma, se convierte en una niña solitaria y abstraída, lo que refuerza aún más su imagen de tonta de remate.

Las similitudes entre la obra de Amélie Nothomb y la de Perrault son manifiestas desde el principio, pero incluso así, el cuento hace acto de presencia dentro de la trama. Tanto Trémière como Déodat lo leen y se sienten identificados con sus personajes: ella, con la princesa bella y boba, obviamente, y él con el horrendo pero encantador protagonista. El parecido es tan evidente que todos le adjudican a Déodat el apodo de Riquete, de ahí el título del libro.

Al igual que el cuento de Perrault, la historia de Amélie Nothomb pone de relieve el encanto de la inteligencia y cuestiona el don de la belleza, que por exceso o por defecto puede ser una condena. Pero Nothomb también habla de la infancia, de la maternidad, de la escuela como terreno hostil, de la naturaleza del deseo y del amor. Y es que Riquete el del copete parece una historia sencilla, pero gracias a una escritora tan brillante como Amélie Nothomb, esconde reflexiones sobre temas universales. Una interesante actualización de un clásico y una historia disfrutable por sí sola.

 

 

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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers

el largo viaje a un pequeño planeta iracundo

el largo viaje a un pequeño planeta iracundoCada noche, antes de irme a dormir, miro durante unos minutos el cielo. Un hábito que surge como resultado de mi naturaleza curiosa, principal instigadora de una desbordante imaginación. Así que empiezo con la simple contemplación de un cielo preñado de estrellas y termino imaginando todos esos planetas que TESS podría hallar. Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito (TESS por sus siglas en inglés) es el último satélite que la NASA ha puesto en órbita. La misión de este pequeñajo será monitorizar todos esos planetas fuera de nuestro Sistema Solar proclives a albergar vida. Hallar los más mínimos indicios de vida microbiana ya sería todo un éxito.

Pero ya que imaginamos hagámoslo a lo grande. Encontremos planetas extraños repletos de vida inteligente. Contactemos con seres de morfología imposible que hablan lenguas insólitas. Viajemos a mundos tornasolados, grises, desérticos, frondosos… Así pues, dejemos a TESS, producto de la motivación intrínseca que surge de la curiosidad, buscando vida, y subamos a la Peregrina, hija de la más fructífera imaginación, que nos llevará a los lugares más recónditos del espacio profundo.

En El largo viaje a un pequeño planeta iracundo Rosemary Harper será nuestro ticket de embarque para formar parte de la tripulación de la Peregrina. A través de los ojos de la recién llegada iremos descubriendo a los curiosos compañeros con los que deberá compartir espacio. Pronto se pondrá de manifiesto que la tripulación de la Peregrina se dedica a un trabajo vital para hacer más accesibles las vastas distancias del espacio: abren agujeros de gusano. Pero los trabajos que están acostumbrados a hacer siempre son pequeños y sencillos hasta que reciben un difícil encargo que pondrá a prueba sus habilidades profesionales además de la convivencia en el interior de la Peregrina.

Becky Chambers es la autora de esta novela que autopublicó en 2014, pero que, tras convertirse en todo un éxito en tiempo record, la llevaría a publicar con una editorial y a ser finalista en el premio Arthur C. Clarke al mejor libro de ciencia ficción de 2016. Su éxito no radica en las batallas estelares. De hecho, y para ser honestos, solo hay dos escenas de acción. Tampoco se hace un gran uso del anzuelo que muchos morderán (entre los que yo me incluyo) de una nave capaz de crear atajos a través del espacio. Dos únicos, aunque impresionantes, viajes. Pero una space opera es mucho más que viajes a la velocidad de la luz, batallas espaciales y cachivaches de alta tecnología. Las buenas historias pertenecientes a este subgénero de la ciencia ficción siempre gozan de unos personajes que se relacionan con seres de otras razas creando vínculos a priori imposibles, que viven apasionantes romances y que, para bien o para mal, toman contacto con civilizaciones extrañas. En definitiva, personajes de los que resulta imposible no enamorarse. La tripulación de la Peregrina cumple con creces con esta característica.

Por la novela El largo viaje a un pequeño planeta iracundo se pasean algunos seres que bien podrían ser confundidos con los lagartos come ratones de la serie V, también hay anfibios cruzados con adorables peluches, veneradores de agresivos virus capaces de ver el tejido del que está conformado el espacio-tiempo, risueñas, además de extravagantes, muchachas humanas que parecen sacadas de un concurso de cosplayers, inteligencias artificiales con más empatía que la mayoría de seres pensantes… y más, y mucho más. Ashby, Rosemary, Doctor Chef, Ohan, Sissix, Jenks, Kizzy, Lovey, incluso Corbin, ese hombre mitad Data, mitad Sheldon en sus momentos más toca pelotas, se ganarán un rincón en vuestro corazoncito. Porque la autora consigue crear en un espacio pequeño, en ocasiones incluso asfixiante y con pocos personajes, un sinfín de interacciones y de situaciones en las que cada uno de nosotros se verá representado. Situaciones que tratarán temas como la identidad de género, la capacidad del amor para traspasar fronteras construidas por tabús absurdos, el concepto de familia, la amistad o la xenofobia. “No juzgues a otras especies por tus propias normal sociales”.

La tripulación de la Peregrina afrontará los asuntos anteriormente mencionados no solamente a bordo de la nave tuneladora sino también a lo largo y ancho del espacio. Enfrentándose, siempre con un predominante optimismo, a cada una de sus historias personales. Historias que se convierten en pequeños relatos que van conformando poco a poco la personalidad de cada uno. Becky Chambers, designada guía de este viaje, nos orientará a lo largo de puertos espaciales que ella describe de forma minuciosa. Olores, colores, sonidos, sensaciones, todo perfectamente conjugado para hacernos vivir una maravillosa experiencia sensorial. De igual forma ocurre con los manjares, pues la autora parece empeñada en hacernos salivar con platos que jamás podremos catar: sabrosas raíces colmillo, bichos de la costa roja de aroma embriagador o panecillos cocinados por Doctor Chef que, irremediablemente, conseguirán que tu estómago ruja. Y todo ello mientras página a página, nosotros como lectores, acabamos también formando parte de esa familia de la cual, ya casi al final y con alguna que otra lagrimilla de acompañamiento, nos será imposible separarnos.

En definitiva, El largo viaje a un pequeño planeta iracundo publicado por Insólita Editorial es una atrevida space opera que nos atrae con la promesa de explorar lugares increíbles y al final, gracias a unos personajes construidos de forma delicada y de notable sensibilidad, nos hace viajar al interior de nosotros mismos a través de unas acertadas reflexiones.

“El universo es lo que nosotros hacemos que sea”.

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Habla memoria, de Vladimir Nabokov

Habla memoria

Habla memoriaPara mí Nabokov es uno de los grandes. Su prosa me parece exquisita y creo que es, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Os recomiendo mucho que leáis Lolita y Pálido fuego si es que aún no lo habéis hecho. Sin duda, el escritor ruso sentó las bases de la literatura posterior y ha sido una gran influencia literaria para muchos otros autores. Lolita, esa novela tan libre y casi impensable en nuestros días, es desde hace tiempo uno de los clásicos de la literatura universal y todo se lo debemos a este peculiar escritor.

No se me habría ocurrido pensar que Nabokov hubiera escrito una típica autobiografía. Habla memoria le pega mucho más. Empezando por el título, que junto con el de Neruda (aunque me tenga muy mosqueada últimamente) de Confieso que he vivido me parece uno de los mejores títulos posibles para una autobiografía, ¿a vosotros no? Habla memoria, publicado por Anagrama, es, huelga decirlo, el libro más personal del autor. Es curioso que fuese concebido por capítulos que iban siendo publicados en revistas sin un orden preestablecido. O al menos no el orden que acabó por tener este libro y que él ya tenía pensado en su “casillero mental”. El mismo Nabokov cuenta en el prólogo que en las reuniones familiares, sus memorias eran sometidas a juicio: “hubo comprobaciones de detalles, fechas y circunstancias, y averiguamos que en muchos casos había errado, o no había examinado con la suficiente profundidad algún recuerdo oscuro pero no insondable”.

La autobiografía se centra en el periodo comprendido entre 1903 y 1940. Treinta y siete años de Nabokov condensados en casi cuatrocientas páginas, que se me antojan pocas. Muy centrada en la infancia del escritor, sus vacaciones en la finca familiar, sus primores amores en San Petersburgo y sus peculiares reflexiones. Todo ello cargado de historia, de nostalgia y ternura. El cariñoso retrato que hace de sus padres y de sus hermanas, la delicadeza con la que se dirige a Vera, su esposa, en algunos de los capítulos y esa inteligencia y brillante sentido del humor que caracterizan al escritor están presentes en estas apasionantes memorias.

Habla memoria se lee como una gran novela, por lo radiante de su prosa. Desde luego, como os decía al principio, Nabokov no podía haber escrito unas típicas memorias: su ingenio iba mucho más allá y la prueba está en esta maravilla de libro que, sin lugar a dudas, tengo que recomendaros.

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El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre

el último sueño de lord scriven

el último sueño de lord scriven«Banerjee es el detective más peculiar que existe. Se sumerge en sueños para descubrir los misterios, pero su método tiene una contraprestación: jamás puede exceder los veintiséis minutos».

No sé vosotros, pero yo, al leer esas líneas en la contraportada de El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre, pensé inmediatamente en Origen, la película protagonizada por Leonardo Di Caprio y dirigida por Christopher Nolan. Sin embargo, en cuanto comencé la lectura y vi que la historia se situaba en el Londres de 1906, el film estadounidense se borró de mi mente y en su lugar apareció el detective por antonomasia: Sherlock Holmes.

Los paralelismos entre El último sueño de Lord Scriven y las novelas de Sherlock Holmes son evidentes y no dudo que intencionados, ya que el autor reconoce su predilección por la literatura del siglo XIX. No se trata de una copia, sino de un homenaje continuo, y pese a las múltiples similitudes, la novela de Eric Senabre tiene los elementos suficientes para ganarse el corazón de los lectores por sí sola. Muestra de ello son los premios con los que ya ha sido galardonada: Premio Saint-Exupéry, Premio de las Bibliotecas de París, Premio Literario de Hérault y Selección 2016-2017 (Le jury littéraire du Giennois).

En El último sueño de Lord Scriven tenemos a un detective excéntrico, Arjuna Banerjee, y a su fiel compañero, Christopher Carandini, un periodista que no pasa por su mejor momento y que, cómo no, es el narrador de esta historia. Al igual que en las novelas de Sherlock Holmes, el carácter de Arjuna Banerjee es uno de los grandes atractivos de la novela, así como sus deducciones, que se basan en descifrar los simbolismos de sus sueños inducidos. Pero su relación con Carandini también es un pilar relevante, ya que comienza como una simple colaboración para salir del paso y acaba siendo una amistad sincera. Carandini es un personaje mucho más divertido que el famoso Watson y su narración de los hechos, la gran responsable de que no podamos despegarnos de esta novela.

El sentido del humor es una constante, pero el misterio es el hilo conductor, como no podía ser de otra manera en un libro de este género. Un hombre adinerado, Lord Scriven, muere solo en su despacho, aparentemente de un ataque al corazón. Y será él mismo el que contrate los servicios de Banerjee, porque está convencido de que ha sido asesinado. ¿Cómo es posible que el finado sea el denunciante? No pienso decíroslo, porque Carandini os lo explicará con mucha más gracia que yo. Y esa será la primera de las incógnitas que se irán sucediendo en El último sueño de Lord Scriven.

Me pregunto si a los paralelismos entre la obra de Arthur Conan Doyle y la de Eric Senabre se sumará el que El último sueño de Lord Scriven sea el primer episodio de las muchas aventuras de este detective de los sueños y su irónico compañero. Banerjee y Carandini demuestran que tienen carisma de sobra para ser los nuevos Sherlock y Watson, ahora dependerá de Senabre que se consoliden como el tándem de referencia para los amantes de las novelas de misterio del siglo XIX y, sobre todo, para una nueva generación de lectores. Pero para saberlo, habrá que esperar a leer sus próximos casos. Ojalá sean tan adictivos como este.

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El coleccionista de atardeceres, de Óscar Guerrero

El coleccionista de atardeceres

 

El coleccionista de atardeceresYa saben que me suelo dejar llevar por cosas muy variadas para seleccionar mis lecturas. En esta ocasión ha sido definitivamente el título del libro, ni tan siquiera miré la contraportada; y en cuanto a la portada puede parecer poco llamativa para los que no son amantes de la fotografía, pero interesante para quienes se fijan en los pequeños detalles que marcan la diferencia entre una imagen y una obra de arte.

El coleccionista de atardeceres es, así, de entrada, una brillante novela, una historia en la que Óscar Guerrero nos lleva desde el Madrid de hoy hasta el París ocupado de la Segunda Guerra Mundial. También viajamos por otras ciudades como Barcelona y Hamburgo…  Incluso es posible que cambiemos de continente ¡Pero no les voy a contar todo!

Es una novela negra, donde la intriga nos acompaña por todas y cada una de sus páginas, una historia en la que reconocemos la Europa de hoy pero también aquella oscura Europa de los años cuarenta.

Cuando hablamos de París hablamos de pintura, de dibujo, fotografía, de moda, cine, literatura, de luz, hablamos de arte en general; y si hablamos del París ocupado, seguimos hablando de todo eso pero sin luz, porque a nadie se le escapa que también debemos hablar de lo peor que rodea en general al mundo del arte, y fundamentalmente del expolio que sufrieron las familias judías de sus colecciones de arte por parte de los nazis, con el silencio y el mirar para otro lado de la mayoría de los que con ello se lucraban, fueran o no de ideología nazi. El arte, como el dinero, mueve las más bajas pasiones.

Andrea, a la muerte de su tío Jürgen, en 2007, y ya como mayor accionista y heredera, debe ponerse al frente del gran imperio empresarial de su familia con sede en Hamburgo. Entre los legados recibidos en el testamento de su tío se encuentran, además de las acciones de la empresa, una impresionante colección de obras de arte. Para replantear el cambio que va a tener que dar su vida necesita rodearse de personas de suma confianza entre los que encontraremos a Hans, Marc y Topo, que formarán con ella el sólido equipo que deberá desentrañar un gran misterio. A través de ellos llegaremos a conocer a los más curiosos y oscuros personajes del pasado: Andrew Preston y Ángela Bonafonte.

La amistad de Andrea y Marc viene de una antigua relación amorosa entre ambos, pero como con el resto de su equipo lo que prevalece es la relación de amistad y confianza. Es difícil decidir a lo largo de la vida quiénes son las personas en las que podemos confiar y apoyarnos, pero yo creo que todos hemos tenido o tenemos amigos con los que nos vemos dos o tres veces al año pero que sabemos que allí estarán para lo que haga falta, y los reencuentros siempre son momentos felices.

El inicio de El coleccionista de atardeceres, como pueden ver, nos mete directamente en faena, así será a lo largo de toda la obra, un narrador entretenido y directo que va dirigiendo nuestra mirada y nuestros pasos:

“Madrid, febrero de 2008

Si todo cuadro es un enigma, el que tenía Sara López sobre su caballete lo era por partida doble. La restauradora remojó el pincel en el pequeño cuenco con agua y, tras escurrirlo, lo dejó con delicadeza en la tabla de madera sobre la que descansaban en aparente desorden alcoholes, bastoncillos de algodón, pinceles y otros utensilios de restauración. Después, con calma, se quitó los guantes mientras repasaba por última vez la zona del cuadro en la que había estado trabajando los últimos días…”

Pinturas y fotografías, presente y pasado, misterios y enigmas… Y personajes, muchos y muy variados, y todos interesantes y bien perfilados, teniendo profundidad aquellos sobre los que más peso literario recae. El autor sabe mantener durante las casi quinientas páginas que tiene el libro la intensidad de la trama y el interés activo, e incluso podríamos decir adictivo, del devenir de la historia, por lo menos en mi caso, y sin descuidar en ningún momento la calidad literaria de la obra.

Óscar Guerrero va desenvolviéndonos este regalo literario, desentrañando la historia sin prisa, porque estamos ante un libro que se lee con placer, yo me he dejado arrastrar por distintos tiempos y lugares siendo observadora privilegiada de diversos actos del pasado que han trascendido a la actualidad. Y eso es lo bueno, fiarte del autor y dejarte llevar.

En El coleccionista de atardeceres lo que pesa es el misterio de la historia que nos van desentrañando, cuando parece que ya está desvelada siempre queda un fleco abierto con el que debemos continuar hasta dejarlo perfectamente cerrado. Finalmente al lector queda con la sensación de que ya está todo dicho, de que todo cuadra y puede cerrar el libro… Y pensar.

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Matamoscas, de Dashiell Hammett y Hans Hillmann

Matamoscas

MatamoscasOlor a pólvora, asfalto y al perfume de una mujer para una historia de detectives de la vieja escuela. Música de jazz, bourbon en la barra del local de Vassos y una metralleta Thompson oculta bajo un mantel de cuadros. Está Sue y está Babe y está Vassos. Y a Babe le gusta Sue. A Vassos le gusta Sue. A Sue le gusta Babe. Y eso no agrada a Vassos. Las cartas de este trío están sobre la mesa y las armas cargadas. Pero hay un arma aún más peligrosa que no se carga con pólvora, aunque quema: el amor por una mujer.

Esto es Matamoscas, la novela gráfica creada por Hans Hillmann basada en la novela de Dashiell Hammett. Como si en la butaca del cine estuvieras, al abrir esta novela gráfica se sucederán en secuencia una serie de planos de los bajos fondos del San Francisco de 1927. Las ilustraciones de Hillmann —valga la portada como ejemplo— están dibujadas a ras de suelo, mostrando una paleta de grises de diversos planos cinematográficos de las escenas: primeros planos, a doble página, unos fundidos neblinosos que sugieren una silueta, apenas el percutor del arma o el ala de un sombrero. Acompañados de escuetos textos narrativos y diálogos, las escenas se suceden con el pulso propio del cine. El ambiente de Hollywood se palpa en cada plano urbano de la ciudad, como si tras esa neblina calurosa que forma el cielo en los fondos de las inmensas cuestas o tras las azoteas de los edificios se escondieran los estudios de Los Ángeles, espectadores de la acción que se desarrolla.

Y si es que de cine se trata, las historias de Dashiell Hammett han sido llevadas al cine con Humphrey Bogart interpretando al protagonista de El halcón maltés (1930). No es de extrañar que, para esta obra, el dibujante, aclamado ilustrador de carteles de cine, se encargara de unir dos artes, el séptimo y noveno arte, en uno solo.

Alineación de lujo en esta obra: Dashiell Hammett y Hans Hillmann, una delantera mítica. En cuanto a Hammett, los amantes de las historias detectivescas le conocen bien. De joven se incorporó a la Agencia de Detectives Pinkerton y tras la Primera Guerra Mundial se dedicó a la escritura. Sus relatos aparecían en la revista Black Mask, icono del pulp, donde también escribían autores de la talla de Ray Bradbury o H. P. Lovecraft. Se le considera el padre del detective solitario e infalible bebedor empedernido.

Por su parte, Hans Hillmann es considerado uno de los referentes de la ilustración del Nuevo Cine Alemán. Entre sus obras, destacan los años que trabajó para diversas producciones cinematográficas con encargos para películas de Fellini, Buñuel o Kurosawa, entre otros. Su lenguaje visual, pictórico, metafórico y ambiental, conseguía captar la esencia del cine negro. Junto a Will Eisner, se le atribuye el ser precursor de la novela gráfica contemporánea.

Lejos de las historias de gánsteres ambientadas comúnmente en Chicago, en Matamoscas será la ciudad de San Francisco quien compartirá protagonismo con los personajes. El gris de los dibujos, junto a los planos escogidos para representar el paisaje urbano, alentarán al lector a sentir el peligro y el ambiente suburbial de esas zonas. Con movimientos “de cámara” que ofrecen las ilustraciones de Hillmann, seguiremos por toda la ciudad al detective de la agencia Continental encargada de descubrir el paradero de Sue Hambleton.

Sue era hija de una familia adinerada. Su destino, casarse con un hombre honrado y de buena posición. Y eso a Sue no le gustaba. A ella le gustaban los maleantes como Hymie el Remachador, un estafador de Filadelfia que no tardaría en aparecer con un agujero de entrada y otro de salida en la cabeza. También le gustaba Babe, un matón de metro ochenta al que unos cuantos se la tenían jugada. A Sue le gustaba el peligro y por eso huyó con Babe. El detective consiguió dar con la pensión donde se alojaban. Babe no estaba en la habitación, pero Sue, sí. Muerta. Ahora, le tocaba al detective descubrir al asesino.

En cuanto a la edición de Libros del zorro rojo, uno no puede más que quitarse el sombrero. Estas ilustraciones, más de doscientas, estaban pidiendo a gritos un tamaño de impresión acorde con la calidad del contenido.

Con el buen sabor de boca que dejan las historias noir, Matamoscas destaca por un buen giro final y por permitir deleitarse con las ilustraciones. En cada página que pasas, contemplas la escena una y otra vez descubriendo detalles nuevos: una mujer asomada en el lejano vecindario, un hombre que cruza la calle, una mano enfundando una pistola a través de la ventanilla del coche… Una buena novela gráfica para contemplar y disfrutar, vaso de alcohol en mano, discos de jazz de fondo.

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Donde fuimos invencibles, de María Oruña

Donde fuimos invencibles

Donde fuimos invenciblesUna de las novelas que más ganas tenía de leer este año es esta que hoy os reseño, la nueva novela de María Oruña. Y tenía ganas de leer Donde fuimos invencibles por dos razones. La primera de ellas, por ver como seguía desarrollándose la historia entre la teniente Valentina Redondo y Oliver. Y la segunda, por ver cómo se ponía el broche a esta trilogía creada por la autora viguesa. ¿Trilogía? ¿Estás seguro, César? No sé qué razones me habían llevado a pensar que estas novelas tendrían forma de trilogía, pero en la presentación del libro pude hablar con la autora, que me sacó del error diciendo que nunca había pensado en cerrar la historia en una tercera entrega y que esta novela, junto a las anteriores (Puerto escondido y Un lugar a donde ir) forman parte de una saga de novelas que ya ha quedado bautizada como “Los libros del Puerto Escondido”.

Una vez subsanado mi error y mi despiste, toca volver a viajar a Suances, esa villa marinera que tan bien aparece representada en los libros de María Oruña. El periodo estival termina en la ciudad y la calma se ve rota por la muerte del jardinero de una de las casonas más reconocibles del pueblo, el antiguo Palacio del Amo, que ahora regenta el último de sus herederos. Hablamos del joven americano Carlos Green, que ha viajado a España con la intención de vender la casa y rememorar los buenos veranos pasados aquí en su juventud. Todo apunta a que la muerte del jardinero es una muerte natural, pero los testimonios de Carlos y algún que otro vecino pondrán en alerta a la Guardia Civil por una posible presencia de fenómenos paranormales en dicha casa. Valentina Redondo, pese a su escepticismo, se pondrá a investigar lo sucedido, dejando a un lado su metódico proceder para adentrarse en mundo poco ortodoxo.

En esta ocasión, María Oruña abandona temporalmente la novela negra para escribir una historia donde el misterio es el elemento principal de la trama. Y es cierto que hay un muerto que lo desencadena todo, pero los focos parecen centrarse más en la aparición de los fantasmas que en resolver si el pobre jardinero fue asesinado o tuvo una muerte natural. Este giro al misterio se nota también en las continuas referencias (Henry James, Agatha Christie…) que aparecen de este género literario en la novela, para regocijo de todo lector.

Los libros de esta autora tienen varios puntos fuertes, como ya he comentado en las dos reseñas anteriores de sus libros. Uno de ellos es lo bien definidos que están los personajes que ayudan a la teniente Valentina Redondo en sus investigaciones. María crea en la comandancia de la Guardia Civil un ecosistema especial en el que cada personaje tiene su papel asignado. Tenemos al bocachanclas de Sabadelle, al aplicado Rivero o la siempre eficaz Clara Múgica. Otro de sus puntos fuertes es la documentación que adorna la trama y la surte de contenido. Si en el último de sus libros conocíamos de primera mano las investigaciones de un grupo de arqueólogos, en esta ocasión veremos las dos caras de la investigación de los fenómenos paranormales. Esta labor de documentación nos lleva incluso a seguir los pasos de una antigua actriz de Hollywood con lazos familiares fuertemente arraigados en Suances.

El último de sus puntos fuertes, y para mí el más importante, es la brillantez con la que la autora es capaz de jugar con varias tramas distintas entre sí e ir uniéndolas poco a poco tanto en el tiempo como en el espacio. En esta ocasión, Donde fuimos invencibles son tres historias que convergen en un final común. Por un lado, tenemos la historia troncal, el Suances presente que viven Oliver, Valentina y los habitantes del Palacio del Amo. Por otro lado, tenemos el borrador del libro El ladrón de olas, donde Carlos Green vierte sus experiencias a modo de memorias. Y, por último, las clases del profesor Álvaro Machín a las que asiste Christian Valle, un experto en fenómenos paranormales.

Es en esta última parte donde se nota la ingente y laboriosa labor de documentación que elabora María Oruña para sus novelas. En mi caso, quizá por eso de ser documentalista de profesión y gustar de recopilar datos e imágenes, disfruto muchísimo con esta parte, y por eso disfruté tanto de su anterior libro, Un lugar a donde ir, el mejor de los tres de la saga hasta el momento, en mi modesta opinión. Aunque hay que destacar esta vez las virtudes como personaje del profesor Machín, todo un descubrimiento, pues pese a ser un personaje de ciencia lleno de sabiduría se muestra abierto a conocer otros mundos, si es que en realidad existen.

María Oruña vuelve a mostrarse como una magnífica tejedora de historias, mezclando siempre de forma notable presente, pasado, elementos históricos y misterio para hacer de sus libros una experiencia lectora única. Eso sí, he de reconocer que, puestos a elegir, prefiero una novela genuinamente noir. Pero volviendo al inicio de mi reseña, doy gracias a la autora por seguir alargando esta saga. Pese a que en esta ocasión casi no hay tiempo de entrar y profundizar en la historia de amor de Valentina y Oliver, no hay duda que la misma irá desarrollándose en entregas posteriores.

Lo que sí que tengo claro tras leer Donde fuimos invencibles es que ya va siendo hora de visitar Suances. El amor con el que María Oruña describe esa tierra y sus gentes ha podido conmigo, y este verano aprovecharé para visitar esta villa marinera, el Palacio del Amo (o lo que quede de él), la Playa de los Locos, Villa Marina o cualquiera de los bellos parajes de “Los libros del Puerto Escondido”.

César Malagón @malagonc

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