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Todo lo que hay que saber sobre poesía, de Elena Medel

Todo lo que hay que saber sobre poesía

Todo lo que hay que saber sobre poesíaEs mucho lo que hay que saber sobre poesía y siempre es poco lo que podamos saber. Una frase algo enrevesada quizás, pero estoy segura de que me entendéis.

Elena Medel, directora de la editorial de poesía La bella Varsovia, lo sabe bien. Por eso ha publicado con Ariel este libro que se me antoja imprescindible. Me explico: para la gente a la que le guste la poesía, que sepa sobre ella y la consuma, quizás Todo lo que hay que saber sobre poesía se quede corto. Al menos esa ha sido mi sensación. Quienes amamos la poesía no vamos a descubrir nada que no se sepamos ya entre sus páginas. Pero, creo que es imprescindible en el sentido de recordar conceptos y recordar, ya sabéis, es volver a pasar por el corazón. Y a la poesía estos viajes al corazón le sientan de maravilla.

Por otra parte, para quien no sea amante de la poesía, pero sí que sienta interés por ella, este libro es imprescindible en su contenido, pues es como asistir a un curso de poesía en el que aprender las nociones esenciales que tienen que ver con este arte.

Así, Todo lo que hay saber sobre poesía está dividido en cuatro apartados principales: “¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía?, “Cuando el poema se escribe”, “Momentos y movimientos” y “Más allá de los libros”. Además incluye al final un glosario bastante útil.

En cada uno de estos apartados de desgranan los principios básicos de la poesía: temas e ideales, el ritmo, el verso, los tipos de estrofas, las figuras literarias, los movimientos poéticos y otros tipos de poesía, entre otros muchos temas.

Un total de doscientas páginas en las que se condensa la misma esencia de la poesía. Tarea difícil. Menos mal que Elena Medel sabe lo que se trae entre manos. Autora de poemarios como Mi primer bikini o Chatterton y ganadora de premios como Andalucía joven (2006) o Loewe (2014), esta poeta cordobesa está considerada una de las voces más importantes del panorama lírico actual, así que rigor no le falta al libro.

Cómo os decía antes, si ya sois amantes de la poesía puede que el libro se os quede algo pequeño. Y eso que las anécdotas y citas que Medel ha incluido en sus páginas son una maravilla. Sin embargo, me encantaría que todo el mundo leyera este libro tan didáctico. Ahora que la poesía está tan de moda, que nos salen poetas hasta de debajo de las piedras, Todo lo que hay saber sobre poesía no viene nada mal para recordar las bases de este fascinante género.

 

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Moriría por ti y otros cuentos perdidos, de F. Scott Fitzgerald

Moriría por ti y otros cuentos perdidos

Moriría por ti y otros cuentos perdidosYo lo que tengo por Fitzgerald es auténtica devoción. Me rio yo de la devoción a Faulkner. Y si el título de este libro es exagerado, más exagerada me pongo yo.  Así es como hay que empezar una reseña, dejando las cosas claras desde el principio. Mostrando mi poca objetividad en el asunto. I’m sorry, Fitzgerald no me deja serlo. No me gusta ser repetitiva, así que a las reseñas me remito: El gran Gatsby, Suave es la noche o La muerte de la mariposa. Creo que después de esto podréis entenderme mejor.

Moriría por ti es una recopilación de cuentos del gran escritor norteamericano. Es imprescindible leer la introducción de Anne Margaret Daniel pues en ella entenderemos que no se trata siquiera de una antología al uso. En este volumen se recogen algunos cuentos que han sido descubiertos recientemente junto a aquellos que fueron descartados, en varias ocasiones, por los editores al no encontrar ese sello de Fitzgerald en ellos. Y es que él no era un gran cuentista. O al menos eso pensaba de sí mismo. De hecho, muchos de sus cuentos los escribió con la urgencia de venderlos (o malvenderlos) para poder obtener dinero para esa vida tan costosa que mantenían Zelda y él. Y cuando Fitzgerald quería cambiar el tono, escribir sobre cosas nuevas, resulta que los editores rechazaban sus cuentos. Querían lo de siempre: ese escritor intenso que habla sobre historias de amor imposibles. Como comprenderéis, esto frustraba mucho a al escritor. Al final, la mayoría de sus cuentos, no eran más que bocetos de personajes, diálogos e historias para sus futuras novelas. Algo que también tiene su mérito.

Lo bueno de todo esto que os acabo de explicar es descubrir esa faceta del Fitzgerald al que estamos menos acostumbrados. Un escritor ingenioso que trataba de alejarse de sus propios cánones. Aunque muchas de las historias sean de carácter autobiográfico, como Ciclón en la tierra muda o Qué hacer, otros cuentos tienen ese toque que se aleja del escritor que conocemos y que le costó el destierro por parte de muchos editores. Al pobre Fitzgerald no le dejaron hacer eso de “renovarse o morir”. Querían más de lo mismo y al final, es lo que en muchas ocasiones obtuvieron.

Eso sí, cada cuento es único. Cada historia recogida en las páginas de Moriría por ti tiene la lucidez, sátira y brillantez tan propias del escritor. Esa calidad literaria que esconden las páginas de El gran Gatsby o Suave es la noche condensada en pequeñas joyas que se leen casi sin darse cuenta.

Como siempre, maravilloso Fitzgerald. Un placer sentirle y leerle.

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De matasanos a cirujanos, de Lindsey Fitzharris

De matasanos a cirujanos

De matasanos a cirujanosNo sé si vosotros hacéis como yo, que cuando estoy leyendo un libro que me encanta no paro de contar los detalles que más llaman mi atención a la gente que tengo a mi alrededor. El último con el que me ha pasado es De matasanos a cirujanos, de Lindsey Fitzharris. Como, por desgracia, mi entorno no es muy (nada) lector, no hacían caso a mi entusiasmo, así que además de darle la tabarra a ellos, lo recomendé varias veces por mis redes sociales. Pero como todavía no me he quedado a gusto, vengo aquí para explayarme con vosotros, contándoos por qué me ha gustado tanto y aconsejándoos que no lo dejéis pasar, ¡es apasionante!

¿De qué va De matasanos a cirujanos? Pues el resumen perfecto es su propio subtítulo: «Joseph Lister y la revolución que transformó el truculento mundo de la medicina victoriana». Se podría decir que es una biografía sobre el cirujano inglés Joseph Lister, pero en este libro no solo se habla de su vida y logros, sino de la influencia que tuvieron en él otras figuras como Liston, Sharpey y Syme. Todos ellos contribuyeron a convertir la denostada profesión de cirujano (que se consideraba un trabajo manual al estilo de un cerrajero o un fontanero) en la que hoy en día es la carrera más admirable a la que se puede dedicar una persona.

Yo soy lega en cuestiones de medicina, sin embargo, no era la primera vez que oía hablar del papel transcendental que desempeñó Lister. Supe de él gracias a la magnífica reseña de El siglo de los cirujanos, de Jürgen Thorwald, que escribió Borja Merino Ortiz  en Manual de linternas: Incursiones, excursiones y reflexiones científicas. La frase «Antes, las quejas y gritos de los pacientes llenaban los quirófanos. Un buen cirujano necesitaba un cuchillo afilado y nervios de acero para minimizar el tiempo de la operación» me impactó, y apunté El siglo de los cirujanos en mi lista de futuras lecturas. Pero, afortunadamente, De matasanos a cirujanos se ha cruzado pronto en mi camino y he podido adentrarme ya en el terrorífico mundo de la medicina y cirugía del siglo XIX.

Todo lo que se cuenta en este libro pone los pelos de punta. Lindsey Fitzharris no se corta en describirnos amputaciones, huesos astillados, heridas de apuñalamientos o mastectomías con todo lujo de detalles. Imagino que esas escenas tan escabrosas son uno de los principales atractivos para algunos lectores (como es mi caso), pero pueden ser también los que disuadan a otros de leerlo. Lo comprendo, claro; sin embargo, no quisiera que eso tirara para atrás a nadie: la prosa fluida y no exenta de humor de Linsey Fitzharris hace que se pase el mal trago con gusto. Además, la ambientación histórica está tan bien lograda y se aprende tanto, que es imposible no fascinarse con este relato de uno de los periodos estelares de la medicina.

Lindsey Fitzharris arranca su recorrido histórico hablando de las primeras intervenciones quirúrgicas que se hicieron con anestesia. Estas, lejos de suponer una mejora, derivaron en un repunte de la mortalidad, ya que al volverse indoloras, eran cada vez más invasivas y, por tanto, la probabilidad de infección durante el postoperatorio aumentaba. Ahí es donde entró en juego el protagonista de esta biografía, Joseph Lister, que dedicó su vida a descubrir las causas y la naturaleza de las infecciones.

Con los conocimientos que en la actualidad tenemos hasta las personas de a pie, resulta sorprendente que en aquella época la comunidad médica no le diera ninguna importancia a la asepsia y pasaran de hacer una autopsia a atender un parto sin ni siquiera lavarse las manos. Hábitos que no solo ponían en peligro a los pacientes, sino a los propios médicos, que ejercían su profesión siendo conscientes de que podían perecer en cualquier momento. Pero que unos seres invisibles (los gérmenes) fueran los causantes de sus desgracias les parecía fantasía, y Lister tuvo que perseverar mucho para convencerlos de que implantando el método científico en la práctica médica podrían vencerlos. La reticencia de los médicos veteranos no se debía a la ignorancia, sino más bien al ego, pues como apuntó uno de los asistentes de Lister: «Un nuevo y gran descubrimiento científico siempre es capaz de dejar tras de sí una larga estela de reputaciones mutiladas entre los que fueron campeones de un método más antiguo. Es duro para ellos perdonar al hombre cuyo trabajo ha hecho irrelevante al suyo».

Lister, el hombre que defendió la importancia del microscopio en la investigación científica, que impulsó nuevos métodos en la docencia médica, que inventó múltiples aparatos quirúrgicos, que interiorizó los descubrimientos de Pasteur para salvar vidas y contribuyó a que los hospitales dejaran de ser casas de la muerte para ser casas de la curación, merecía una biografía tan épica como la que le ha dedicado Linsey Fitzharris.

¿Qué más puedo decir yo para que leáis De matasanos a cirujanos? No sé. Al menos espero haberos dejado claro que este libro se cuela en mi lista de favoritos del año y que no me cansaré de recomendarlo a todo aquel que me quiera escuchar.

@EstherMagar

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La tentación del perdón, de Donna Leon 

la tentacion del perdon
la tentacion del perdonDesde que leí Piedras ensangrentadas creo que ya he seguido atenta  a todas las novedades de Donna  Leon, esta autora es nacida en  New Jersey pero imagino que llevando más de treinta años residiendo en Venecia, podría considerarse como una veneciana más… ¿O no? Esa misma pregunta se hacen en algún momento en esta nueva historia de la autora.
 Ya saben que yo no vivo en la ciudad que me vio nacer, Valls, tampoco en Zaragoza, donde pasé mi juventud y unos extraordinarios años de mis vida, ahora vivo en la Capital de la comarca de las Cinco Villas, una localidad agrícola en la que siempre digo que hay gente estupenda y un par de buenas iglesias que ver… ¡Y mucho Románico a todo nuestro alrededor! Los ejeanos son un poco como los venecianos, si no has nacido allí, nunca terminas de ser reconocido como tal, incluso aunque les hayas aportado algún hijo con el que ampliar su Registro Civil.  😀
Pero era de la novela de lo que yo venía a hablarles y no de mi vida, así que allá vamos. Donna Leon siempre ha sido muy comprometida con los temas que toca en cada uno de sus libros, y eso me gusta. En La tentación del perdón han sido bastantes las páginas que han quedado marcadas y debidamente subrayadas por mi lapicero.
“- ¿Usted cree que la Ley está bien hecha? – preguntó, cosa que sorprendió al commissario.
Brunetti no se sentía obligado y tampoco tenía ganas de dar su opinión sobre el sistema legal y judicial.
-Lo que usted y yo pensemos de la ley no importa.- se limitó a decir.
-¿Y qué importa?
-Que los inocentes estén protegidos. Eso es lo que las leyes deben hacer.
En el fondo, Brunetti no lo creía. Las leyes aprobadas por los que ostentaban el poder, estaban pensadas para mantenerlos en él. Si además protegían a las personas inocentes, perfecto; pero no se trataba más que de un efecto secundario de agradecer.
-No lo había pensado así. –confesó ella.
Brunetti, que tampoco, se permitió encogerse de hombros.
-Supongo que la mayoría de las personas no piensan mucho en la función de la ley. …”
 Ya ven que fuerte nos entra en sus primeras páginas, concretamente en la 39,  y es que en esta ocasión, los paseos por nuestra querida Venecia, van a tener que ver con la visita que una professoressa, compañera de Paola, (esposa de Brunetti) le hace a éste en la comisaria. Por otro lado andaremos también ocupados con un problema de filtraciones dentro de la Questura. Y como no, también nos asomaremos a casa de los Brnetti para compartir algún rato de convivencia familiar y poder hojear las lecturas de Guido, que en este caso será Antígona.
Muchas y muy interesantes son las cuestiones que plantea Donna Leon, una novela muy adecuada para debatir en cualquier club de lectura, pues son muchos los temas que nos plantea y que van derivando de la vida misma.
“El camarero se acercó a la mesa, pero Griffoni lo alejó con un gesto de la mano. Luego abrió la boca, la cerró y respiró muy hondo cinco o seis veces. Estiró el brazo y le posó la mano en el antebrazo.
-Discúlpame, Guido. Me pone fatal oír cosas así.
-¿Qué cosas?
-A hombres justificando la violencia contra las mujeres pensando que la gente creerá que no les quedaba más remedio. Estoy asqueada de oír cosas así y de que la gente se lo trague. La mató porque estaba perdiendo el control sobre ella; así de fácil. Lo demás es una cortina de humo  que apela a nuestro deseo de sentirnos bien con nosotros mismos por se tan tolerantes con otras culturas. Pero es todo falso, falso falso. …”
Estas cosas tan estupendas pasan cuando coges un libro de esta autora, que nada está en la novela por estar, que todo es comentable y por ello sus novelas, siendo novela negra, son tan interesantes para poder desmenuzarlas en los clubs de lectura.
Y ya ven, en el fondo de todo ese título tan seductor: La tentación del perdón.
¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de convertirse en Dios todopoderoso y, dentro de sus posibilidades, perdonar malas actitudes o incluso hechos criminales?
Pues bien, si reflexionamos sobre este tema en la intimidad, a la vista de las noticias que tenemos cada día, podemos darnos cuenta de que en muchas ocasiones, aun no verbalizándolo, estamos perdonando comportamientos que no se corresponden con el ordenamiento jurídico, porque entendemos que la ley es muy dura o no tiene en cuenta las especiales circunstancias ¿A cuántos de nosotros nos repugna que alguien defraude a hacienda? ¿Qué tenga un pequeño negocio en casa sin pagar los impuestos correspondientes? ¿Pagar sin IVA? …
Muchos son los delitos que se comenten a nuestro alrededor a los que damos nuestro perdón o por lo menos nuestro mirar para otro lado…
¿Qué hará Guido Brunetti?
Cualquier día me marcho de nuevo a Venecia, antes de que deje de ser la ciudad que yo conozco, la ciudad que amo, con sus casas y sus habitantes venecianos, antes de que la invasión de los trasatlánticos la inunde por competo y se convierta finalmente en una especie de Disneyland Venecia.
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Creía que eran cuentos, de Ricardo Gallardo

Creía que eran cuentos

Creía que eran cuentosEl otro día tuve que cuidar a mis primos. Cuando los metí en la cama, el pequeño, Adrián, me pidió que les contara un cuento. Me hizo mucha ilusión, ya que mi vida se reduce muchas veces a eso: a contar historias. Me acurruqué con ellos en la cama y empecé a narrarles aquel que habla de siete cabritillos que huyen del lobo, mi favorito. A medida que avanzaba la historia me di cuenta de una cosa. Advertí que jamás llegaré a contarlo tan bien como mi abuela. Siendo consciente de ello, intenté ser la mejor narradora posible continuando hasta el final y vi que cuatro grandes ojos me miraban casi sin parpadear. ¡Estaban intentando no dormirse! Iba a poner en funcionamiento el método de “dormir a la de una…” cuando Adri me dijo: “Ana, déjame que te cuente yo un cuento”. Imaginaos mi cara. Por supuesto, yo me acomodé y escuché su historia. Iba de zombies y vampiros y también de un súper héroe que tenía un traje chulísimo lleno de cachivaches. ¡Acababa de coger la trama de Iron Man y le había añadido toda clase de seres monstruosos! Y solo a mí se me ocurre decirle que eso no era un cuento. Y él me respondió: “cuento es todo lo que nosotros queramos que sea cuento”.

Menuda lección me dio. Y con solo cuatro años. Así que poco después, cuando leí Creía que eran cuentos, no pude evitar acordarme de Adrián y sus lecciones de vida.

¿Qué es un cuento? ¿Una historia? ¿Una fábula? ¿Algo con una moraleja? ¿Algo que nos entretiene, que nos ayuda a dormir o a despertar? ¿Qué es? ¿Es para niños, para adultos, para todos? ¿Quién lee cuentos? ¿Para qué los leemos?

Ricardo Gallardo demuestra en su libro la teoría del pequeño de mi casa: cuento es todo. No tiene por qué tener un final feliz, no tiene por qué enseñar algo, no tiene que ser bonito ni idílico. Puede ser cruel, triste, con personajes reales o inventados. Puede tener sentido o no, hacernos reír o llorar. Todo vale mientras que el tiempo que dure nos tenga en vilo esperando saber el final. Eso es lo verdaderamente importante.

Os diré que no suelo saltarme el orden de lecturas. Voy leyendo según me llegan los ejemplares. Pero no sé por qué, este, en el momento que lo recibí, ascendió mágicamente a la primera posición y se coló delante de todos los que ya estaban esperando a ser leídos. No estoy orgullosa de ello pero entendedme: tenía toda una tarde por delante en la que no tenía previsión de hacer nada más que disfrutar de una buena lectura y justo esa mañana llegó a mis manos este ejemplar. Pocas páginas (alrededor de unas ciento veinte), relatos cortos… era sin duda lo que necesitaba en ese momento. ¡Y tanto que lo necesitaba! Acabé por leérmelo de una sentada y tranquilizando al libro que había dejado a medias diciéndole que en nada volvía con él.

Y es que este libro se lee con muchísima rapidez. Los relatos cortos (algunos realmente muy cortos) hacen que la lectura no sea nada pesada. Los protagonistas van pasando ante nuestros ojos, presentándose de una manera muy volátil, como el que sabe que va a estar poco tiempo con esa nueva persona. Vienen, cuentan lo que tienen que contar y se van. Y ya está. Cuando te quieres dar cuenta, te has sumergido en otra historia, en otra vida, en otro mundo que durará lo que duren los párrafos que necesite el autor para trasmitirte lo que te quiere trasmitir y luego desaparecerá. Y así decenas de veces.

Pero no quisiera que por mis palabras entendierais que esta es una lectura superflua o que, al pasar tan rápido las historias, no tiene sentido leerlo. En absoluto. Estoy segura de que alguno de estos cuentos, al menos uno, hará que en vuestra mente se encienda una bombilla y, ante esa señal, necesitéis volver a leer ese relato una, dos, tres veces más. Para intentar descifrar qué esconde ese protagonista, para intentar leer entre líneas lo que el autor no ha dicho claramente. Para ver si ese personaje podrías ser tú. Para entender por qué jamás podrás olvidar ese relato.

Y es que a mí me ha pasado eso exactamente con uno de los cuentos. La cartera de María ha sido el relato que he leído hasta cuatro veces seguidas. Porque me fascinó la historia que encierran sus palabras y me cautivó la capacidad del autor, Ricardo Gallardo, de contar tanto en tan poco. Estoy segura de que pronto olvidaré la mayoría de partes de este libro (como me suele pasar con absolutamente todo lo que leo), pero también tengo la certeza de que este relato, este en concreto, no se irá nunca de mi mente.

Creía que eran cuentos ofrece eso: la posibilidad de encontrarnos a nosotros mismos en una historia y hacer que sea nuestra. Nuestro rincón particular dentro de decenas de recovecos.

Siempre me ha parecido asombroso el mundo de los relatos cortos. Escribir una novela da muchas más posibilidades a la hora de redactar. Te puedes entretener con descripciones, con diálogos, con tramas. Pero cuando tienes ante ti un relato corto, tienes la obligación de condensar. De quitar lo que estorba e ir directamente al grano. Y encima con la mirada fija en darle un sentido y un final que haga que el público aplauda. Eso me parece complicadísimo. Así que no puedo hacer más que quitarme el sombrero ante alguien que se ha atrevido a publicar un libro repleto de relatos que cumplen estas características que he mencionado.

Un cuento es todo lo que queramos que sea cuento. Esta frase encierra más cosas de las que a priori pudieran ocurrírsenos. Esa filosofía de querer ver la vida como si fuera un cuento es lo que va a hacer que ese niño llegue muy lejos. Eso sí, me he preparado una historia que mezcla a Hulk con dinosaurios que va a hacer que alucine la próxima vez. A ver si se atreve a decirme que mis cuentos son un rollo.

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Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano, de Yani Hu

Sopa de udon

Sopa de udon

Confesémonos: ¿quién no guarda una camiseta vieja porque le recuerda a una de las mejores etapas de su vida?, ¿quién no se retrotrae a su infancia cada vez que huele el aroma de una comida en concreto?, ¿quién no recuerda la primera vez que le hicieron daño?, ¿quién no se ha avergonzado durante la adolescencia de ciertas atenciones de su madre y después las ha echado de menos al llegar a la edad adulta? De esas nostalgias se compone Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano, el primer álbum en español de Yani Hu, recién publicado por Ponent Mon, una editorial que siempre me enamora con sus ediciones.

Este libro con dibujos de estética manga recopila cinco relatos escritos e ilustrados por Yani Hu. En «Sopa de udon», que da nombre al conjunto e inaugura la obra, nos habla de esas promesas infantiles que afortunadamente se acaban cumpliendo. En «Los jerséis de mamá», nos relata cómo cambia la forma de relacionarnos con nuestros padres a medida que nos hacemos adultos. En «El cepillo de dientes y el amor», simboliza toda una historia de amor en un objeto tan anodino como es un cepillo de dientes. En «Pinocho y el conejo Ping-pong», nos muestra uno de esos primeros gestos de amor durante la infancia, pero también el dolor de las primeras traiciones. Y en «La camiseta de Ulises», nos cuenta cómo algunos amores idealizados llegan a causar ceguera a largo plazo.

Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano está compuesto por estas cinco historias que nacen de la cotidianidad, como su propio título indica, y en todas ellas la inocencia (y la pérdida de esta) es una de las protagonistas. Son relatos extremadamente sencillos, con pocos personajes y sin pretensiones de sorprender con un giro de última hora. Su único propósito, en mi opinión, es conectar con los lectores a través de esas emociones que todos hemos sentido en algún momento y, sobre todo, en determinadas etapas de nuestra vida que ya nos quedan bastante lejos. Y en cada relato, esas emociones se representan en un objeto ordinario —ya sea una comida, un regalo, una prenda de ropa o un utensilio de aseo— por el que los personajes, al igual que nosotros en nuestra vida, sienten un apego o un rechazo inconsciente.

No hay mejor forma de definir  Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano que la frase dicha por la protagonista de uno de los relatos: «Sencillo y nada exagerado. Pero su calor constante me había acompañado en el camino». Al menos, esa fue mi sensación al leer el cómic de Yani Hu. Una obra que más que leerse, se siente, pues nos hace evocar esos recuerdos que creíamos olvidados, admitir esas nostalgias que nos empeñamos en negar, sonreír al reconocer lo que fuimos y todavía somos, aunque no nos demos cuenta. Y es que, como la autora demuestra en este libro, cuando echamos la vista atrás, muchos detalles que en su día nos parecieron irrelevantes se se acaban convirtiendo en los momentos más apreciados de nuestra vida.

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Nuevos pasatiempos matemáticos, de Martin Gardner

Nuevos pasatiempos matemáticos

Nuevos pasatiempos matemáticosHace unos días, mi hijo de trece años vino a casa muy contento porque había sacado un 8,5 en un examen de mates. ¡Eureka!, exclamé lo más apropiadamente que pude. Desde aquellos felices y tempranos años de primaria el crío no conseguía una nota tan alta, y de hecho llevaba unos meses de aprobados raspados. Me dijo que en realidad consideraba que había sacado un 10, pero que había tenido un par de despistes que le restaron puntos. Parece que no percibió la contradicción en términos que supone decir que un 8,5 en matemáticas es lo mismo que un 10. En todo caso, me alegré enormemente al ver que, después de mucho esfuerzo por su parte y mucha insistencia por la mía, al fin había dado ese gran paso tan necesario al enfrentarse a binomios, trinomios y ecuaciones: entender.

A diferencia de él, mis hijas han sentido desde siempre una auténtica pasión por las mates, en la que destacan, modestia aparte, muy por encima de sus compañeros. No se a qué se debe esta diferencia entre uno y otras. ¿Puro azar neuronal, o tendrá algo que ver con los juegos que les hemos regalado, entre ellos Tangram, Penkamino o Mastermind? Creo que la cosa va más bien por lo segundo, lo cual nos lleva, me temo, a cuestionar el modo en que se enseñan las matemáticas en las escuelas. Porque todos sabemos cuál es la asignatura que menos les gusta a los niños, ¿verdad?

Pues hoy se trata de ambas cosas, que en realidad son dos caras de la misma moneda: entender, como mi hijo, y disfrutar, como mis hijas.

Como a servidor hasta hace cuatro días, a muchos no os dirá nada el nombre de Martin Gardner, dado que no fue más que uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Admirado por figuras tan variopintas como Asimov, W.H. Auden o Dalí, Gardner, que también fue un especialista en la obra de Lewis Carroll y un notable “matemago”, destacó sobre todo por dar un enfoque lúdico a las matemáticas. Como ejemplo, nada mejor que estos Nuevos pasatiempos matemáticos, donde, con un lenguaje, en la medida de lo posible, cercano y sencillo, el autor plantea al iniciado y aficionado a esta ciencia pasatiempos y, quizá el término sea más preciso, rompecabezas, que lo mantendrán ocupado unas cuantas semanitas.

La variedad de juegos y trucos que el lector encontrará en este libro es enorme, y van desde la lógica del sistema binario, que alguno recordará de sus clases de filosofía (si p, q; p, por tanto q) hasta los mosaicos matemáticos de Escher, pasando por el juego del reversi (que yo conocía como Othello), por teorías todavía no demostradas, como el teorema del mapa de cuatro colores, o por una introducción a la matemagia, en el que descubrimos la aplicación de las matemáticas para trucos de precognición, entre muchísimos más.

Es importante subrayar que estos pasatiempos no están hechos para entretenernos mientras viajamos en metro. La mayoría de ellos requieren que el lector se siente, se pertreche de papel, lápiz y otros materiales, y que siga detalladamente y con escrupulosa atención las instrucciones del autor. Así que todavía tendrá que pasar un tiempo antes de que mi hija pequeña, que estos días le da al sudoku que es un vicio, pueda disfrutar y aprender como yo con estos Nuevos pasatiempos matemáticos.

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Confesiones de una policía 2, de Olga Maeso

Confesiones de una policía 2

Confesiones de una policía 2Hace unos días reseñé Confesiones de una policía, un libro escrito por Olga Maeso que habla de su experiencia personal. En esa reseña dije que intenté dosificarme a la hora de leer el libro, pero que fui incapaz. También comenté que tenía preparada la segunda parte, Confesiones de una policía 2, y que iba a ponerme con ella inmediatamente, justo después de escribir esas líneas.

Pero me dije a mí misma: “Ana, para. No puedes devorarte estos libros de una sentada así como así. Aprovecha que te vas de viaje a Madrid para llevarte otro libro y cuando vuelvas sigues con la historia de Olga, porque si no te vas a hartar de tanta aventurita policial y no vas a disfrutarlo como deberías”. Entonces yo me hice caso, cosa que no acostumbro a hacer demasiado. Así que dejé aquí en casa la segunda parte de esa bilogía y me llevé a Madrid otro libro que no tenía nada que ver. Y, ¿sabéis lo que pasó? Efectivamente: lo que tenía que pasar. Que estuve todo el viaje arrepintiéndome por no haberme llevado el libro de Olga. Por lo que, en cuanto llegué a mi casa y me recuperé lo suficiente como para poder leer más de dos hojas seguidas sin que el sueño hiciera acto de presencia, me puse a leer la segunda parte que tanto prometía.

Si en el primer libro de Olga Maeso nos poníamos en la piel de una estudiante que está opositando a policía y conocíamos los primeros casos que le fueron asignados, en esta segunda parte nos remontaremos, principalmente, al pasado. Conoceremos un poco más a Olga: una chica con complejos, insegura, a la que su físico le atormentaba. Entenderemos qué es sufrir por no ser como los demás quieren que seamos. Viviremos la frustración de mudarnos fuera, a un país cuyo idioma es desconocido para nosotros y fracasar en la búsqueda de trabajo una y otra vez. Sentiremos en nuestras carnes la testarudez de quien dice valerse por sí mismo, aunque en el fondo sepa que no hay ningún sitio como el que llaman hogar. La seguridad al saber a qué queremos dedicarnos el resto de nuestros días y los cosquilleos al conocer el primer amor. Todo eso condensado en un libro finito, que no llega a las doscientas páginas. Así que, ¿cómo no iba a devorarlo con tantas cosas sucediéndose así, tan deprisa, delante de mis ojos?

Tengo que decir que, después de terminar la carrera, me aventuré a meterme en eso que llaman “la vida del opositor”. Me decanté por prepararme unas oposiciones para la Administración Local. Iba a la academia dos veces por semana y luego estudiaba todas las demás tardes en mi casa, cuando el trabajo me lo permitía. Llevaba un ritmo de vida frenético, ya que no dejé de lado el resto de mis aficiones, como era leer, escribir y andar. Eso me llevó a un callejón sin salida. Estaba agotada, no podía con mi vida. En el trabajo no me concentraba, en las clases me dormía, en casa era incapaz de entender un solo artículo, al leer se me cerraban los ojos y, al escribir, no me llegaba la inspiración. Un desastre. Así que me lo replantee todo: ¿de verdad quería esa vida?, ¿de verdad quería ser funcionaria?, ¿estaba dispuesta a sacrificarlo todo durante unos años para conseguir eso? La respuesta estaba clara: no, no y no. Así que lo dejé. Me dediqué a lo que realmente me gustaba. No sé si era la opción correcta pero, sinceramente, ahora mismo me da igual. Soy feliz. Y esa es la meta más importante que podría haber alcanzado.

Por eso, al leer las palabras de Olga no podía evitar sentir una tremenda fascinación. Porque, vale, al principio estuvo dando botes de aquí para allá, sin saber muy bien a qué dedicarse o qué hacer con su vida. Pero de repente un día se despertó sabiendo lo que quería ser el resto de sus días: policía. Y se puso a ello. Trabajó duro, esforzándose al máximo como solo se esfuerzan las personas que quieren llegar a la meta sí o sí y obtuvo lo que había venido a buscar: su plaza.

Cuando reseñé la primera parte mencioné que me hubiera gustado encontrarme con menos errores ortográficos y de edición. No sé si es que Confesiones de una policía 2 se ha madurado más pero el hecho es que no tiene nada que ver con el anterior en este aspecto. Creo que son unos libros muy interesantes, sobre todo para aquellas personas que estén pensando en prepararse unas oposiciones a policía o a alguna rama de la seguridad, y es una pena encontrar en ellos fallos de este tipo. Al mejorar esto, me he encontrado muy cómoda leyéndolo y dejándome llevar por todo lo que Olga me quería contar. Y, sinceramente, después de haber pasado ya tantos ratos con ella, me parece que ahora mismo estoy hablando de una amiga. Os aseguro que sé menos de la vida de muchos amigos míos que de la de Olga. ¡Qué bonito es leer!

Termino ya esta reseña con la certeza de que el tiempo que he invertido en leer estos libros no ha sido en vano. Me han enseñado que debo luchar por lo que yo quiera (pero lo que yo quiera de verdad, eso que me haga despertarme cada mañana con una sonrisa en la cara y con ganas de comerme el mundo). Y que debo luchar con todas las armas posibles, ya que solo así conseguiré alcanzar el objetivo deseado, como bien hizo Olga.

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Entre hienas, de Loreto Urraca Luque

Entre hienas

Entre hienasPese al innegable interés histórico de Entre hienas, debo reconocer que lo que me llamó la atención de esta novela fue básicamente literario, o tal vez no, pero desde luego sí que sentí un gran interés por descubrir la manera en la que la autora podría gestionar el equilibrio entre la parte histórica, la literaria y la personal. Me explico, vean lo que dice la propia autora al protagonista:

Poco antes de morir quisiste dictarme tus memorias. Insistías en contarme tus recuerdos y yo porfiaba en mostrarte mi desprecio […] Mientras busco más datos para recomponer tu verdadera historia, intento recuperar del olvido a vuestras víctimas para así liberarme del lastre de tu infamia y poder seguir viviendo con dignidad. Me debes que te rescate de la eterna noche en la que deberías haber permanecido.

Loreto Urraca Luque rescata en Entre hienas el recuerdo de su propio abuelo, legítimo dueño de esa infamia de la que ella, apellido mediante, desea liberarse mediante el exorcismo de escribirlo. Convendrán conmigo que es un punto de partida sumamente original, pero sin embargo también muy arriesgado. Todo el interés que tiene la historia desaparecería si se plasmase en una revancha, en un ajuste de cuentas personal.
El peligro desaparece pronto, desde el principio queda claro que es un trabajo muy serio, con un esfuerzo de documentación digno de mención y con el mérito añadido de ser un trabajo novelado, lo que convierte en ameno lo interesante.
Pedro Urraca Rendueles fue un agente franquista en Francia, el encargado de localizar a republicanos, encarcelarlos, recuperar sus bienes y entregarlos al gobierno nacional. Dicho lo cual parece un James Bond en el bando malo de la película, pero el esfuerzo de la autora en escribir la historia como realmente fue hace que se nos presente como un personaje gris, eficiente pero sin el menor glamour. Probablemente lo que fuera. Lo suyo es abundante en mezquindad y miseria moral, pero tan escasamente trepidante que su infame cometido se tiñe del aburrido tinte burocrático que probablemente tuvo en realidad.
Las cartas y el desprecio hacia sus víctimas, a las que frecuentemente se refiere como “rojillos”, que demuestra en ellas caracterizan muy bien al personaje, y abundan en esa sensación plomiza que rodea al protagonista. El resto de personajes, especialmente Antoinette Sachs, Elise (la portera) o Jean Moulin, el jefe de la resistencia que sí aportan ese lado romántico que equilibra la novela. De alguna manera, pese a representar a los vencidos, parecen estar mucho más vivos.
Entre hienas es una obra interesante y el retrato del ambiente de la Francia ocupada es verdaderamente notable. Aunque no es una novela de espías al uso, sus virtudes, entre las que destaca sin duda su honestidad, le confieren un extraño atractivo que sin duda hacen recomendable su lectura.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Los duendes, de Jesús Callejo y Carlos Canales

Los duendes

Los duendesYa he demostrado por aquí en varias ocasiones que me llama la atención todo lo que tenga que ver con seres fantásticos (hadastrolesmonstruos japoneses…) y las creencias y supersticiones que surgen alrededor de ellos, por eso era inevitable que me fijara en Los duendes, de Jesús Callejo y Carlos Canales, que Edaf vuelve a publicar, en una edición ampliada, veinticuatro años después de su primera tirada.

«A nuestros numerosos compañeros de viaje por esos mundos llenos de leyenda y fantasía; a todos aquellos que tienen capacidad de soñar, y a los que conservan las tradiciones para no perder su identidad. Y también a esos seres que siguen agazapados al otro lado del espejo, esperando que alguien cuente sus historias… Ahora es el momento». Así reza la dedicatoria de Los duendes, y yo me sentí identificada de inmediato, porque adoro las leyendas, nunca he perdido la capacidad de soñar que nació en mí durante mis primeras lecturas de la infancia y creo firmemente en que hay que recordar esas tradiciones que nos hacen ser lo que somos, como seres humanos y como sociedad.

En las primeras páginas de Los duendes, Jesús Callejo y Carlos Canales explican que estuvieron cuatro años buscando información sobre duendes en obras literarias y antropológicas de España. Querían rescatar las leyendas sobre estos seres, tan relevantes en otras partes de Europa y tan olvidadas aquí. Constataron que los duendes habían estado muy presentes en la vida popular, literaria, religiosa e incluso jurídica de la España de los siglos XVII y XVIII y consiguieron recopilar casi un centenar de personajes diferentes. Así, el proyecto que inicialmente estaba previsto que ocupara unas decenas de páginas pasó a tener cuatrocientas. Y no solo en ese aspecto superó las expectativas, sino que también lo hizo en cuanto a impacto, puesto que Los duendes, en estas últimas décadas, ha sido citado en numerosas obras sobre temas mitológicos y tradiciones populares.

Jesús Callejo y Carlos Canales abordan todos los aspectos imaginables del tema duendil. Desde su origen (ángeles caídos que no fueron lo suficientemente buenos para salvarse ni lo suficientemente malos para condenarse, y por eso se les permitió vivir en la Tierra), el porqué de su apego a las casas y cómo esto puede afectar a las familias que viven en ellas, para bien y para mal.

Los autores recorren la geografía española describiendo las leyendas de cada zona, en las que se relatan las tropelías de estos duendes burlones o las desgracias que originaron a su paso, en las versiones más siniestras. Vemos cómo estas historias están más arraigadas en el norte que en el sur y en los litorales que en las mesetas del interior, y las diferencias o similitudes que hay entre unas y otras. Y además comprobamos cómo han perdurado durante siglos en nuestro acervo cultural a través de supersticiones (poner sal alrededor de la persona muerta para que no se la lleven los demonios, en Galicia, o rociar de agua bendita la cuna del recién nacido para evitar que los espíritus infernales los infecten con sus impregnaciones, en Cáceres) y dichos populares («Eres más listo que los ratones coloraos», en Murcia y Andalucía; «Eres más trabajador que un maneiro», en Cataluña). Todas estas leyendas están acompañadas de las magníficas ilustraciones de Ricardo Sánchez, en una edición cuidada hasta el más mínimo detalle, lo que convierte a Los duendes en un deleite visual.

Los duendes rescata del olvido esa parte del folklore de nuestro país y nos demuestra que no hay que rebuscar en otras culturas para encontrarnos con estos seres de leyenda. Un viaje etnográfico diferente por España que sorprenderá tanto a quienes creen (o quieren creer) que los duendes habitan entre nosotros como a los escépticos.

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El día que dije basta, de Erick Canale

El día que dije basta

El día que dije bastaPuedo decir con orgullo que yo he tenido suerte en la vida. Desde bien pequeña mis padres me enseñaron que todo lo que me rodea es superfluo menos una cosa: la felicidad. Todo lo demás no importa, todo lo demás cambia, se va, vuelve, es innecesario, es indiferente. Lo único que tengo que perseguir en mi vida es la felicidad.

Yo no lo entendía demasiado bien. Bueno, la teoría, sí. Pero no sabía muy bien cómo aplicarla en la práctica. La primera vez que me enfrenté a este dilema fue cuando encontré unos amigos con los que no estaba realmente a gusto. A veces lo pasábamos bien, pero el resto del tiempo sentía que estaba con ellos porque tenía que ser así. En ese momento recordé: todo es indiferente, solo importa la felicidad. Así que decidí dejar de juntarme con ellos y buscarme otros amigos que realmente me aportaran algo que hiciera que yo quisiera seguir con esa amistad.

El siguiente punto de inflexión llegó cuando tuve que decidir qué carrera estudiar. ¿Quedarme en mi ciudad o marcharme lejos? ¿Estudiar lo que decía mi cabeza o lo que decía mi corazón? ¿Pensar en las salidas o no pensar en ellas? Dudas y más dudas se agolpaban dentro de mí. Intenté seguir esa máxima de buscar la felicidad ante todo, pero no resultaba nada sencillo. Como decía: en la teoría sí, en la práctica no. Así que decidí: me iba a estudiar fuera una carrera que no me apasionaba pero que me ofrecía muchas salidas. No puedo decir que me equivoqué, porque soy de la creencia de que todo pasa por algo, pero lo cierto es que pasé unos años muy duros estudiando algo que no terminaba de gustarme y sin saber si después me querría dedicar a ello. No fue nada bonito.

Después de leer El día que dije basta, estoy segura de que si me hubiera encontrado a Erick Canale en esos años me hubiera dicho: “Ana, déjalo ya. Deja esa carrera y estudia algo que te apasione, no pienses más que en eso”. Y yo le habría contestado: “Ay, Erick, si todo fuera tan sencillo…”. Pero la Ana de hoy en día, la de seis años después de empezar la carrera, le habría hecho caso con los ojos cerrados. Porque ahora voy aprendiendo a hacer eso, a tomar las decisiones sin sopesar tantísimo los pros y los contras. Me basta una pequeña garantía de que eso me hará feliz, para saber qué decisión es la que tengo que tomar. He seguido esta regla los últimos años y la verdad es que me ha ido bastante bien. Porque las cosas no se hacen igual sabiendo que vas a ser feliz haciéndolas que si las haces por obligación o porque sí.

A ver, está claro que yo no llego por las mañanas a la oficina y le digo a mi jefe que no me da la gana hacer las facturas porque eso no me llena. No. Pero sí que he escogido un trabajo que me da la oportunidad de tener las tardes libres y dedicarme a lo que verdaderamente me gusta. Y, ahora mismo, no podría entender la felicidad si no fuera de este modo.

Así que leer El día que dije basta me ha gustado muchísimo. Dentro de este libro se relata la propia historia personal de Erick Canale, de cómo lo dejó todo para convertirse en lo que siempre había querido: ser emprendedor. Y también la de muchas personas a las que ayudó a seguir el camino correcto. Mientras leía todos estos relatos he querido ser consciente de que todo lo que se cuenta en estas páginas es real. Y lo he hecho quizá con la intención de serenar mi alma para que esta vea que no soy la única loca que va por el mundo persiguiendo la felicidad sin importarle lo que los demás opinen. Porque, aunque yo venga aquí haciendo un manifiesto sobre lo que yo opino, como si yo jamás dudara de que las decisiones que tomo son las correctas, en realidad no es así. Tengo claro en qué tengo que pensar cuando tengo que elegir, pero a veces es muy complicado. ¿Me habré equivocado? ¿Será este el camino correcto? ¿Y si ha llegado la hora de dejar de pensar tanto en mí misma? En fin, ya os podéis imaginar cómo es tener mi cabeza, bullendo veinticuatro horas al día.

Volviendo al libro, diré que se lee con rapidez y sin pausa. La sucesión de las historias hace que las páginas pasen deprisa. A mí me pasó que, cuando quise darme cuenta, ya me lo había terminado. Os confesaré que al principio era un poco reticente a leerlo, porque yo no soy demasiado de libros de autoayuda, categoría donde podríamos encuadrar a este. Pero la temática me gustó muchísimo y me dio la sensación de que no iba a ser como el resto que ya había leído. Y no me equivocaba. Me ha gustado mucho el enfoque personal que le da el autor y la forma en la que cada uno podemos vernos reflejados en la historia. Porque, vale, yo de momento no quiero emprender y no tendría por qué hacer caso de lo que Erick cuenta en su libro. Pero no se trata de eso, consiste en extrapolarlo a tus propias circunstancias y sacar las conclusiones que tengas que sacar.

Y yo he sacado las mías: creo que, después de todo, no habré tomado tantos caminos equivocados cuando ahora mismo estoy aquí, hablando sobre libros mientras dejo que los rayos del sol se paseen por mi piel y pienso en lo feliz que seré cuando, dentro de un ratito, vuelva a coger otro libro para dejarme llevar por su historia. Eso, para mí, es la felicidad absoluta.

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Justice TV, de Sergio Morán y Ulises Lafuente

justive tv

justive tvSiendo un chaval leía cómics de superhéroes y era inevitable que sintiera cierta admiración por aquellos hombres y mujeres que rescataban personas de una muerte segura, salvaban planetas que parecían condenados a morir o se enfrentaban a villanos venidos de galaxias lejanas; y todo a cambio de unas palmaditas en la espalda. Luego alcanzas esa edad en la que descubres que el contenido de la nevera o la luz que emite la bombilla de tu habitación dependen más de un sueldo que de una antigua magia arcana y empiezas a plantearte algunas preguntas de profundo calado filosófico: ¿Y los superhéroes de qué coño viven?

Dicha incógnita te obliga a leer con más ahínco, y ya con ojo analítico, los mismos cómics en busca de respuestas. Entre los viejos escritos de sabios como Stan Lee, Jack Kirby, Bob Kane o el dúo Siegel-Shuster hallé una asombrosa revelación, una verdad inconcebible y difícil de digerir: los superhéroes no cobran un puto euro. Descubrí además que sus métodos de financiación pasaban del desvío de fondos de sus multimillonarias empresas a trabajar como reporteros freelance, vendiendo fotos de sus propias hazañas como superhéroes, en periódicos sensacionalistas. Entre los desfalcos millonarios y la prostitución informativa tenía que haber algo más… Y entonces aparecieron los Justice TV para enseñarme que hay un modo de convertir el noble oficio de superhéroe en un modelo de negocio sostenible.

Justice TV nos cuenta las aventuras de un grupo de superhéroes que televisan cada una de sus hazañas. Así pues, alrededor de ellos siempre hay un enjambre de drones dotados de cámaras que graba cada paso que dan, cada puñetazo que sueltan o cada armatoste que hacen volar por los aires. Un buen encuadre, una frase pegadiza o una gran puesta en escena es lo que consigue que suba la audiencia y, por ende, las ganancias. “Hemos creado el primer grupo de superhéroes rentable a nivel económico”. Por este motivo, no todo depende de lo que haga la inmortal Galatea, Boss y su pinta de ser el primo cuerdo de Rorschach, o cualquiera de los otros componentes del grupo, sino que el equipo de producción que hay tras ellos, en ocasiones, juega un papel mucho más relevante.

Tras esta original propuesta, que primeramente fue un webcómic y que ahora de la mano de la editorial Fandogamia da el salto al papel, encontramos como guionista a Sergio Morán, autor de El dios asesinado en el servicio de caballeros, novela que mezclaba urban fantasy, investigación y cachondeo patrio. En esta ocasión deja a un lado vampiros, dioses y otros seres de naturaleza paranormal para brindarnos una historia de superhéroes en donde la acción y el humor se dan de la mano. El cómic está dividido en tres actos en los que los protagonistas irán desarrollando y jugueteando con sus poderes mientras se enfrentan a un grupo de soldados con muy mala baba, a una asociación secreta de científicos empeñados en destruir todo aquello que no comprenden y a unos piratas que, mediante barco volador, se plantarán en medio de la ciudad para hacerse con uno de los tesoros más codiciados por los de su calaña. Acción desenfrenada, pitorreo, ciencia ficción y mucho amor por lo absurdo asegurado.

A los lápices encontramos a Rata. Tras este seudónimo no se esconde un roedor (¡sorpresa!) sino un humano llamado Ulises Lafuente que lleva más de tres años enfrascado en un titánico proyecto: el webcómic de corte cyberpunk titulado ART88/46. Su estilo podría definirse como una singular mezcla entre manga e indie con sutiles pinceladas de cómic americano. El trazo utilizado en JusticeTV es muy cambiante: desde el suavísimo y extremadamente nítido empleado en los primeros compases de la aventura hasta ese más áspero, inquieto, incluso cercano al boceto, del cual se vale cuando los superhéroes se enfrentan a los piratas capaces de viajar a través del tiempo. El uso dispar del color (con viñetas en blanco y negro, otras en azul y blanco, algunas en amarillo y azul…) es quizá una forma de acentuar todavía más la anárquica y bizarra locura que embarga cada página de Justice TV.

“¡Justice TV! Preparados para salvar el día en directo”.

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