
Dicen que el verano es para las bicicletas. Sí, las bicicletas me gustan mucho; de hecho varios días (en los que la lluvia no lo inunda todo) bajo al trabajo dando un paseo con una bici que me regaló mi tío hace años. Pero… a pesar de que es maravilloso sentir la brisa matutina en mi cara (y algún que otro mosquito despistado) y de que todos recordemos la típica frase de Verano azul, en mi opinión, el verano, es para los libros.
Llega el buen tiempo. El jardín, la terraza, la piscina, la playa, la montaña, los picnics… y da igual el escenario, pero en mi bolso siempre se puede encontrar un libro a la espera de ser devorado. Y qué mejor sensación que la de estar en el jardín, con un café con hielo aguardando, las flores rebosando colorido (y polen, mucho polen), una hamaca, una sombrilla, los pies al aire… y un libro en las manos.
Escribir esto (lunes, diez de la mañana, legaña que no se quiere despegar de mis pestañas, depresión post fin de semana) me está dando ganas de dejar mi trabajo y darme a la vida idílica del verano. Después recuerdo que vivo en Cantabria y que aquí el verano dura una o dos semanas como mucho y luego lleva el duro invierno y también que necesito un trabajo del que vivir, y se me quita la idea de la cabeza.
No sé si es buena opción rememorar lo que estuve haciendo ayer (recuerdo: lunes, diez de la mañana…) pero he venido aquí precisamente para eso. Ayer terminé Te estoy viendo. Lo terminé mientras mis pies chapoteaban en la piscina y el jolgorio de niños chillando y corriendo era mi banda sonora. Lo terminé aguantando la respiración, como cuando intento nadar más y más profundo, intentando tocar el lecho de algas de un mar cristalino, a sabiendas de que la subida a la superficie será agonizante y tremendamente dura.
Clare Mackintosh es ya conocida por el thriller Te dejé ir. En él demostró que es una verdadera reina del suspense y que saber cómo hacer para que los lectores se enganchen página a página. Te estoy viendo cuenta dos historias paralelas. Por una parte nos habla de Zoe, una mujer trabajadora, divorciada y con dos hijos que un día ve una foto suya en la sección de clasificados de un periódico local. Debajo de su foto viene un número de teléfono y una página web y no sabe ni cómo ni por qué aparece ella en esa sección. Y, por otra parte, nos habla de Kelly, un agente de policía que descubrirá, igual que Zoe, que la foto que aparece en el periódico, así como otras muchas que surgieron con anterioridad, guardan relación con oscuros secretos que llevan asolando la ciudad de Londres durante un tiempo.
Cuando eres asiduo de las novelas de misterio, en las que los asesinatos y las investigaciones policiacas te persiguen hasta en sueños, crees que ya lo has visto todo. Llega un momento en el que, al enfrentarte a un nuevo thriller, piensas: “bueno, no me pueden dar nada nuevo. Habrá un asesinato, un poli frustrado, una loca que quiere resolver el crimen ella sola y un criminal del que sospeché en la primera página”. Pues bien, si eres de los que piensan así, déjame decirte que tienes que leer Te estoy viendo. Clare Mackintosh nos regala una trama muy original en la que no tenemos ni idea de cuál va a ser el siguiente paso. Todos parecen sospechosos y todos parecen inocentes. Es un quebradero de cabeza, inteligente y divertido. Por eso os decía que lo terminé aguantando la respiración, porque os prometo que no me esperaba en absoluto el final que me encontré.
Sin duda, es un libro para el verano. Para disfrutarlo saboreando un café helado. Dejándose llevar por las historias de Zoe y Kelly, sin prisa y sin tener remordimientos por haber pasado una tarde entera sin poder soltar el libro. Y respirando. No se os olvide como a mí y vayamos a tener un disgusto.

Mi vida seguro que es muy distinta a la tuya. Seguro que las cosas que haces en tu tiempo libre son muy diferentes a las mías. Seguro que la música que escuchas no se parece en nada a la que canto por las mañanas cuando voy a trabajar. Seguro que usas un champú que yo jamás compraría. Seguro que el libro que recomiendas a todos tus amigos yo ni siquiera lo he leído. Y tu plato de comida favorito no tendrá nada que ver con el que yo pediría si estuviera en un restaurante.
Qué difícil tiene que ser alguien que no deseas. Qué difícil tiene que ser nacer de una manera y sentirte de otra completamente distinta. Ver lo que el espejo te muestra y no estar en absoluto de acuerdo. Saber que jamás podrás ser quien realmente quieres ser.
Hoy es doce de junio de dos mil diecisiete. Hoy hace exactamente un año que me subí a un avión dirección Méjico. En ese vuelo me acompañó 
Hacer una fotografía es congelar el tiempo. Es robar un momento al mundo que te pertenecerá para siempre. Es captar la belleza en las cosas más insospechadas. Es adueñarte de los instantes, sin pedir permiso.
Mia pensaba que el chelo era un instrumento solitario. Pensaba que la vida que había elegido era el motivo irremediable de que se apartara de toda la gente de su edad. Sus padres habían demostrado siempre ser unos rockeros de pura cepa. Su hermano adoraba a Iggy Pop. Y ella solo era capaz de escuchar a Beethoven o a Schubert. Era como la oveja negra de la familia, pero al revés. Aunque al fin y al cabo, el resultado es el mismo: no encajaba. Ni en su familia, ni en su clase, ni siquiera en su generación.
Desde que tengo memoria, tengo la necesidad de apuntar las frases de películas/canciones/libros que significan algo para mí. Tampoco sé muy bien por qué, porque después esas notas suelen quedarse en el olvido y no son leídas por nadie. Quizá sea porque tengo la necesidad de saber que si, algún día, no me salen las palabras, podré recurrir a esas notas que una yo del pasado apuntó pensando en que la yo del futuro las necesitaría.
Llevo delante del ordenador más de una hora. Pensé que me resultaría muy fácil escribir esta reseña. Pero no. Llevo más de sesenta minutos mirando la barrita intermitente del procesador de textos. Como si estuviera esperando a que mis dedos comenzaran a deslizarse por el teclado y escribieran algo con sentido. Llevo más de un mes pensando en esta reseña, a pesar de que no fue sino hasta ayer que terminé el libro. Desde que empezara el año pasado, he escrito unas cuantas reseñas ya, pero esta es especial. Esta tiene que ser perfecta. En esta me tengo que dejar el alma.
Se dice que el bullying es un tema reciente, que antes eso no existía. Cuando un niño se metía con otro, se le quitaba hierro al asunto diciendo que “eso es cosa de críos”. Incluso he llegado a escuchar la frase “los que se pelean, se desean”, como modo de exculpar cualquier comportamiento agresivo que un niño pudiera tener contra otro.
Vamos a partir de la base de que no tengo hijos. Ni siquiera hermanos. Pero he sido adolescente y es una época que recuerdo muy bien. Yo nunca fui una chica conflictiva. En mi Madrid natal, solo salía por el barrio los fines de semana y como mucho iba a alguna discoteca con horario light. Nunca he tonteado con las drogas y los estudios siempre han sido mi prioridad. Mi madre era como mi mejor amiga y siempre le contaba todo lo que hacía o las dudas que tenía sobre algo. Así que ella podía dormir relativamente tranquila, sabiendo que podía confiar en mí. Por suerte mis amigas eran más o menos como yo, todas con sus más y sus menos, aunque ninguna tenía esa relación tan especial que tengo yo con mi madre. Pero al fin y al cabo todas iban a clase, hacían los deberes, iban pasando de curso y tenían metas en la vida.
Cuando tenía catorce años me encantaba leer los poemas escritos por 
Mi película favorita de Disney cuando era pequeña era, sin duda, Dumbo. Me encantaban las canciones y los colores que invadían cada secuencia. Aunque la escena de las alucinaciones del pequeño elefante después de caerse dentro de un barril de cerveza (creo recordar que era así) me producían un poco de angustia. Hace poco la vi de nuevo, después de años y años sin acordarme de ella. Y aluciné. ¿Cómo era yo capaz de estar deseando llegar a casa y ver esa película? Cuando la volví a ver, lloré como una magdalena y, más que disfrutar, sufrí muchísimo. Qué drama. Pobre madre de Dumbo. Pobre elefantito. Y es que si analizamos un poco por encima —tampoco hace falta un análisis exhaustivo digno de la Universidad de Cambridge— podemos ver que todas las historias de Disney se basan en alguna trama trágica y que bien podrían formar parte del cuaderno de un psicoanalista. Y la historia de La bella y la bestia no se queda atrás. Hace unas semanas fui al cine a ver la nueva versión “en carne y hueso” y salí muy mosqueada de la sesión. Si eres muy fan de la historia, será mejor que dejes de leer, porque no tengo palabras bonitas para ella. Sencillamente no me gustan los valores que propugna. Que en un principio podemos pensar que es una historia de superación, en la que la chica consigue ver más allá de lo superficial y enamorarse de una bestia. Pero yo no veo eso. Yo veo una chica que se enamora a la fuerza de un hombre porque si no lo hace jamás se convertirá en humano. Y ella no puede cargar con eso el resto de su vida. Un hombre que secuestró a su padre. Y luego a ella. Y que la deja encerrada dentro de un castillo privándola de su bien más preciado: la libertad. Por eso, no. No me gusta este cuento de Disney.