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El fiel Ruslán

El fiel Ruslán, de Gueorgui Vladímov

Ruslán trabaja como guardián en un campo de prisioneros en el gulag estalinista. Es un trabajador ejemplar, eficiente como ninguno y fiel a sus superiores hasta la muerte. Ruslán es un perro.

Un buen día, el campo amanece más tranquilo que de costumbre. De hecho, para su espanto, Ruslán observa que las puertas principales del campo están abiertas de par en par. ¿Qué ha ocurrido? Eso quiere decir que los prisioneros no están durmiendo, sino que ¡se han ido! ¿Qué ocurre? Y su amo, metralleta al cinto, ¿a dónde lo lleva?

¿Cómo le explicas a un perro, por inteligente que sea, que Stalin ha muerto, que todos los presos han sido liberados, y que nadie necesita ya de sus servicios?

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La promesa de Kamil Modrácek

La promesa de Kamil Modrácek, de Jirí Kratochvil

Bajo tierra están las mazmorras y las catacumbas, el infierno y la salvación. Ahí donde los avestruces esconden la cabeza cuando se sienten en peligro, mandamos nosotros a nuestros muertos a ver si consiguen un billete para arriba o se hunden más abajo, y situaban los clásicos el inframundo, donde, si se seguían las instrucciones correctamente, podía el héroe resucitar y traer de vuelta a su amada. La carga simbólica de la estancia bajo tierra es, posiblemente, inherente al ser humano y no ha perdido fuerza a lo largo de lo siglos, sino más bien al contrario.

Hace unos años el cineasta serbio Emir Kusturica deslumbró a sus seguidores, entre los que me cuento, con una apabullante película titulada Underground, en la que una familia se refugia en su sótano para huir de los nazis. En La promesa de Kamil Modrácek, estos elementos, guerra, nazis y sótano se combinan de una forma completamente diferente, pero igualmente poderosa, en una obra original, divertida y absolutamente deslumbrante.

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Thoreau. La vida sublime

Thoreau. La vida sublime, de Maximilien Le Roy y A. Dan

¿La vida sublime?
Sí. Eso es. La vida sublime.
¿Qué significa eso?
No es difícil. Basta con navegar por la vida como un pasajero curioso, no como un marinero corto de miras. Por modesta que sea una vida, honrarla abrazándola por completo, elevándola como mejor sepamos.

En marzo de 1845, en Concord, Massachussets, un hombre le compra un hacha a un herrero y se retira a vivir al bosque, donde se construirá una cabaña y vivirá la vida sublime. Así empieza esta excelente novela gráfica.

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Bajo una estrella cruel

Bajo una estrella cruel, de Heda Margolius Kovály

Nunca se podrá contar demasiadas veces la misma historia. Heda Margolius es prisionera en Auschwitz, donde ha visto a su madre caminar hacia la muerte. El final de la guerra está cerca, y los prisioneros de los campos pueden oír los cañonazos del ejército ruso cada vez más cerca. Los nazis se niegan a dejar testigos de sus crímenes y, en su retirada, evacúan los campos. Los que son incapaces de caminar, son asesinados en el acto. Entre la confusión, Heda consigue escapar con unas amigas y milagrosamente llega a Praga, donde encuentra una ciudad que el miedo de los habitantes ha convertido en ratonera. Como judía, Margolius es una prófuga, y nadie quiere ser visto hablando con ella. Por ello, Heda es capaz de comprender que nadie quiera jugarse la vida ni arriesgar las de sus familias, entiende que las solemnes promesas que antiguas amistades le hicieron antes de la deportación queden en nada, que el amigo noble y sincero sea hoy un patético cobarde. Lo que no podrá comprender es la repetición de la pesadilla, y ver cómo sus liberadores se convierten en sus verdugos.

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El caballo negro

El caballo negro, de Borís Sávinkov

Borís Sávinkov era un terrorista encantador. El responsable de los asesinatos del ministro de interior Plehve y del Gran Duque Sergio Aleksándrovich fue descrito por quienes lo conocieron personalmente como “un ser extrañamente bello y tierno” (Anna Ajmátova), “el hombre más extraordinario que jamás haya conocido” (Somerset Maugham), o “nuestro amigo, el asesino” (Picasso, Apollinaire y compañía). ¿Qué les dabas, Borís?

Sávinkov, nacido en el seno de una familia más que acomodada, se vio bien pronto arrastrado por el espíritu de aquellos días y a los 20 años fue expulsado de la universidad por organizar algaradas estudiantiles. Se afilió a diversas organizaciones socialistas, hasta que fue arrestado y exiliado. Luego se dio cuenta de que eso del marxismo no le llenaba, y decidió probar con el terrorismo. Huyó del país y entró a formar parte del Partido Social-Revolucionario (es importante notar que, en ocasiones, las diversas facciones del socialismo sentían un odio mutuo igual o mayor que el que sentían por el zarismo). Fue condenado a muerte, consiguió escapar, participó en la I Guerra Mundial, volvió a Rusia, llegó a ser viceministro de guerra en el gobierno de Kerenski, y tuvo un final que ya os contaré más tarde. En fin, como veis, tuvo una vida un tanto ajetreada.

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Las hermanas Makioka

Las hermanas Makioka, de Junichiro Tanizaki

Uno de mis directores de cine preferidos es el japonés Yasujiro Ozu. En mis buenos tiempos de filmotequero, pude disfrutar de muchas de sus películas, la mayoría de las cuales giran alrededor de la familia. El cine de Ozu se caracteriza por su ritmo lento, su frecuente tono nostálgico, sus planos sosegados, y por el drama contenido que se adivina entre las escenas.

Al leer Las hermanas Makioka no pude evitar acordarme de aquellas tardes de filmoteca, e incluso recordé una película titulada Las hermanas algo, así que me remití a san wikipedia. No, las hermanas eran dos y se llamaban Munekata, y, a pesar de las grandes similitudes entre Ozu y Tanizaki, no tenían nada que ver con las que nos ocupan, que eran cuatro y que… pero empecemos por el principio.

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Cuerpos extraños

Cuerpos extraños, de Cynthia Ozick

¿Qué tienen en común los desplazados judíos en el París de los años 50, unos sobrinos desmadrados que tenemos que rescatar y a los que apenas conocemos, y unas tijeras metidas en el esófago? Pues todos ellos son cuerpos extraños, que según el diccionario son cuerpos o partículas de origen biológico o inerte, introducidos voluntaria o involuntariamente en un lugar del organismo que no les corresponde.

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De repente llaman a la puerta

De repente llaman a la puerta, de Etgar Keret

Aturdido, taquicárdico, y sufriendo de alucinaciones, necesito urgentemente contrarrestar la sobredosis de imaginación que me ha producido este libro, así que, con vuestro permiso, me voy a inyectar 10g de topicazos: leer es ver el mundo a través de los ojos del autor.

Ahhhhhhh.

Ahora lo veo todo más claro. Veo que algunos escritores tienen una visión más o menos panorámica, otros cogen la lupa y estudian centímetro a centímetro el pequeño mundo que nos presentan, otros se ponen unas lentes que disorsionan la visión, mientras los de más allá hacen un poquito de todo eso. Pero Etgar Keret es un escritor un tanto más ecléctico en su visión, y para sus historias tan pronto utiliza la lupa como un telescopio solar, pasando por el microscopio, los rayos X o incluso el colonoscopio. Y lo hace tan bien que hay que advertir al lector: si lees este libro es probable que no vuelvas a ver la vida del mismo modo. La realidad se meterá enmedio.

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La vida para principiantes

La vida para principiantes, de Slawomir Mrozek

No hay nada más subversivo que el humor. Cualquier tiranuelo tolerará la oposición, la protesta, la sedición, el insulto, e incluso el atentado con bombas, antes que el pitorreo. Y esto, que es válido para la política, lo es también, y quizá en mayor medida, para la literatura. Todos sabemos que un buen escritor ha de ser, ante todo, serio. Digámoslo claro: SERIO. Y solemne. Y trascendental. Sí, claro que nos gusta reír, y nos lo pasamos muy bien con los libros divertidos, pero en el fondo de nuestra conciencia, sabemos que, si es divertido, no puede ser “gran” literatura. Porque, claro, lo divertido no es serio. ¿Cómo? ¿Que El Quijote (o el que prefiráis) es divertido? Sí, pero probablemente hayáis notado que cuando la gente lo lee, exclama con gran sorpresa “¡pero si es divertido!”, y se guardan para sí la apostilla “¿cómo es posible?”

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Darwin. La evolución de la teoría

Darwin. La evolución de la teoría, de Jordi Bayarri

Hace un año, mi hijo pasó una fiebre evolutiva. Se trataba de una colección de cromos llamada Invizimals Evolution, y aunque él ya estaba interesado por los dinosaurios, aquella colección hizo que desde entonces el término “evolución” ejerza sobre él una poderosísima atracción. Luego, un par de visitas al museo de la ciencia han bastado para que un libro con las palabras Darwin y evolución en el título sea recibido con más entusiasmo incluso que un cromo de invizimals.

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El sombrero del cura

El sombrero del cura, de Emilio de Marchi

Cualquiera que haya cometido un asesinato sabe que tanto o más difícil que eludir la justicia es soportar el acoso de la conciencia, el remordimiento, y la asfixiante sensación de que nos hemos dejado un cabo suelto. Por lo menos la primera vez… Quiero decir que eso es lo que dicen. ¿Por qué me miran así? No irán a pensar… ¡No! ¡Es un malentendido! ¡Me han hecho decirlo! ¡Esto es una trampa!

(tres horas más tarde) No puedo más. ¡No puedo más! ¡Confesaré! ¡Se lo diré todo!

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Ismene

Ismene, de Yannis Ritsos

Aunque no estemos muy familiarizados con la mitología griega, a todos nos suenan los nombres de sus actores principales. Apolo, Zeus, Eros, Poseidón, Atenas, Afrodita, Aquiles o Edipo son nombres que todos hemos oído en alguna ocasión, sea en una película con Brad Pitt, en el teatro al aire libre de Mérida o en una serie de dibujos animados. Naturalmente la cosa ya cambia cuando se trata de los actores secundarios, y ante los nombres de Alcestis, Orestes, Alcmena, Ifigenia o Belerofonte, todos los que no conozcamos bien la mitología nos encogeremos de hombros o esbozaremos una expresión de estar muy concentrados unos segundos, para al final decir “me rindo”.

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