Publicado el

Nankin

Nankin

Nankin, de Zong Kai y Nicolas Meylaender

NankinEn la siniestra historia del siglo XX, hubo un tiempo y un lugar en el que la esvástica nazi se convirtió en la única esperanza de salvación para las víctimas del genocidio. Esto, lejos de ser una broma y sin dejar de ser una cruel ironía, es ante todo absolutamente cierto. El símbolo de la locura desatada en Europa tuvo así su contrapunto al otro lado del globo.

Sigue leyendo Nankin

Publicado el

Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero

Vida y opiniones de Tristram Shandy caballero

Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero, de Martin Rowson

Vida y opiniones de Tristram Shandy caballeroDe vez en cuando, a algún autor se le ocurre meterse dentro de la novela que nos está contando. Otras veces, se dirige directamente al lector y le dice algo así como “sigue tú por mí, que tengo que ir al lavabo”. En ocasiones, el autor no sabe cómo acabar su obra, y le deja al lector un par de posibilidades para que éste escoja la que más le convenga. Y todo ello, nos decimos, es sumamente original.

La originalidad está considerada un valor literario en sí. Ser original es siempre una virtud, y por ello nunca oiremos a nadie decir “este autor no me gusta porque es muy original”. Se me ocurre ahora que quizá alguien debería hacerlo y reivindicar así la originalidad como una virtud del lector. Pero no hagamos como el señor Sterne y volvamos al asunto que nos ocupa, a saber la originalidad.

Sigue leyendo Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero

Publicado el

La vampira de la calle de Poniente

La vampira de la calle de Poniente

La vampira de la calle de Poniente, de Luis Antón del Olmet y otros

La vampira de la calle de PonienteTodo país que se precie debe preservar la memoria de sus asesinos en serie más sangrientos. Los ingleses tienen a su Jack el Destripador; los alemanes, a Peter Kürten; los húngaros, a Elizabeth Báthory; los americanos, a su carnicero de Milwaukee; y así podríamos seguir hasta completar una macabra vuelta al mundo. Resulta, por tanto, inexplicable que en España la historia de Enriqueta Martí no haya permanecido en la memoria colectiva, y se haya convertido en una especie de antigua y olvidada leyenda donde las tramas ocultas de la alta sociedad se mezclan con las portadas de El Caso en un ambiente que algunos han querido teñir de paranormal.

Sigue leyendo La vampira de la calle de Poniente

Publicado el

Como un guante de seda forjado en hierro

Como un guante de seda forjado en hierro

Como un guante de seda forjado en hierro, de Daniel Clowes

Como un guante de seda forjado en hierroCuando alguien me dice que la noche anterior tuvo un sueño rarísimo, me pongo a temblar, resoplar, gruñir, mirar la hora, poner los ojos en blanco, guardar silencio, apretar los puños… Fffffff. Y ahora me lo vas a contar, supongo, ¿no? Pues mira, déjame que te cuente yo antes el mío. Yo anoche tuve un sueño la mar de normal. Soñé que un pelma quería contarme un sueño rarísimo, pero no pudo, porque le metí el puño en la boca y se lo dejé ahí hasta que salió el sol.

Sigue leyendo Como un guante de seda forjado en hierro

Publicado el

Bajo el techo que se desmorona

Bajo el techo que se desmorona

Bajo el techo que se desmorona, de Goran Petrovic

Bajo el techo que se desmorona¿Qué estaba haciendo usted cuando se enteró de la muerte de Franco? Sólo aquéllos que ronden los 50 podrán contestar esta pregunta con cierta precisión. Servidor, que no llega a tanto, sí recuerda ese funeral en blanco y negro, las largas colas, y algún comentario al día siguiente en la escuela: “¡Hala, el niño vampiro ha cantado lo de Franco Franco que tiene el culo blanco! ¡Como se entere la seño!”

Sigue leyendo Bajo el techo que se desmorona

Publicado el

El monóculo melancólico

El monóculo melancólico

El monóculo melancólico, de Guido Ceronetti

El monóculo melancólicoTodos sabemos para qué sirve la melancolía, a saber, para hacer poses interesantes y suicidarse. Pero, ¿un monóculo? ¿Quién se atreve hoy en día a llevar un monóculo? ¿Quién quiere parecerse a Fritz Lang, a la caricatura de un capitalista de XIX, o al Pingüino de Batman? No cabe duda de que, al igual que las crestas punks y los calcetines de rombos, lucir un monóculo en el siglo XXI equivale a toda una declaración de principios. ¿Y cuáles son los principios de Guido Ceronetti?

Sigue leyendo El monóculo melancólico

Publicado el

Las bellas extranjeras

Las bellas extranjeras

Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu

Las bellas extranjerasRumanía existe. Por lo menos eso pienso yo. He oído que de allí vienen Drácula y Ceauscescu, aunque me parece que uno de los dos, no sé muy bien cuál, es un personaje de ficción. He preguntado al del bar, a mi vecino y a los compañeros del trabajo, y me han dicho que también están casi convencidos de la existencia de Rumanía, aunque no tanto de su situación en el mapa. Unos la sitúan más allá de Turquía y otros piensan que se trata de un territorio nómada que va rodando entre antiguas repúblicas soviéticas. ¿Y qué más sabéis del país?, les pregunto. Lobos, me dice uno. Ladrones de cobre, apunta otro. Vlad el Empalador, un tercero. Carros llenos de chatarra. Osos bailarines. Transiberiano, añade el primero. Transilvania, le corrigen.

Sigue leyendo Las bellas extranjeras

Publicado el

Un viaje nada sentimental

un viaje nada sentimental

Un viaje nada sentimental, de Albert Drach

un viaje nada sentimentalEste viaje comienza en un tren de deportados que se dirige a un campo de internamiento. Estamos en la Francia de Vichy, y los judíos que habían huido de Austria, Alemania y otros lugares pensando que allí estarían protegidos se han dado de bruces con la realidad. La colaboración de las autoridades francesas con la Alemania nazi se ha traducido en una cada vez más insoportable presión sobre la población judía, que se ve obligada a refugiarse o a hacer malabarismos con documentos y certificados que demuestren que no tienen sangre judía.

 Nuestro protagonista despierta en un vagón de esos trenes, y no sabe cómo ha llegado allí. Su nombre es Peter Kuckuck, y muchos lo llamarán Coucou, es decir, “cuco”, ese pájaro que deja su huevo en el nido de otras aves para que lo críen. Y éste no es un dato irrelevante.

 En los campos de internamiento de Rivesaltes o Les Milles las autoridades francesas ayudaban a la Gestapo a decidir quiénes merecían ser transportados a campos de exterminio en vagones de ganado, que eran la mayoría, y quiénes tenían la suerte de seguir arañando unos meses más de vida hasta que el próximo oficial nazi los volviera a arrestar por su aspecto sospechosamente semita. Peter Kuckuck será uno de esos elegidos, pero de poco le servirá, puesto que nuestro protagonista está muerto en vida.

Sigue leyendo Un viaje nada sentimental

Publicado el

De padres e hijos

De padres e hijos

De padres e hijos, de Jeffrey Brown

De padres e hijos

Un niño con su padre contemplando un esqueleto de dinosaurio. Probablemente Jeffrey Brown no sepa lo pertinente y aguda que resulta para mí la portada de su libro. Y es que a nadie se le escapa la idea que representa un dinosaurio en un libro que habla, entre otras cosas, de la ausencia de Dios.

 Como todos los veranos, el pasado agosto mi mujer, mis niños y yo pasamos unos días con una parte de la familia que tiene profundas convicciones religiosas. Un día, mi hijo, de ocho años, a la típica pregunta de tú que quieres ser de mayor, les respondió que paleontólogo, algo que le hace verdadera ilusión y que tiene muy claro desde los cuatro años. Pues bien, por mucho que yo quiera a mi familia, tengo que confesar que me sentí algo decepcionado al ver cómo intentaron disuadirle de esa idea, aduciendo que no vale la pena ocuparse de huesos y cosas tan antiguas, y que hay que mirar hacia delante. Miro la portada de esta novela gráfica y me veo en ella, orgulloso de tener un hijo de convicciones tan inquebrantables como la misma fe.

Sigue leyendo De padres e hijos

Publicado el

Los forajidos del Misisipí

Los forajidos del Misisipí, de Allan Pinkerton

los forajidos del misisipiParte el tren de mercancías. El lector corre a su lado, lanza su hatillo al vagón y se agarra del brazo que le tiende Pinkerton. Sube. Sólo faltan treinta millas. Cuando cruce la frontera del estado, estará por fin fuera de peligro. Pinkerton le ofrece la petaca. El lector echa un largo trago de bourbon, se seca los labios con la manga, se coloca el sombrero sobre los ojos, y se dispone a dormir mientras su compañero de aventuras entona una triste melodía con la armónica. Vemos alejarse el tren hacia el horizonte, allá donde se pone el sol, donde los bandoleros se gastan los cuartos y los hombres sueñan con encontrar oro. Pero en realidad su destino es aún mejor: una sesión de cine de verano al aire libre.

Porque a primera vista, Los forajidos del Misisipí podría parecernos un spaguetti western al que no le faltan ni un solo ingrediente: asaltos a trenes, tiroteos desde una casa rodeada, linchamientos, arenas movedizas, forajidos que consiguen escapar y ocultarse durante días entre los maizales, barcos de vapor que surcan el Misisipí y cuatreros que mueren atrapados entre las palas de sus ruedas. Sin embargo, nos encontramos más bien en un mundo donde los duelos de pistoleros al sol de mediodía en la calle mayor empiezan ya a ser cosa del pasado. La conquista del oeste hace tiempo que puede darse por concluida y los crímenes ya no los resuelve el sheriff del condado. Más que un remedo de western, esta obra, como las muchas que escribió Pinkerton, marca el inicio de la novela negra o la de detectives. Hablamos, por ejemplo, de Conan Doyle o de Dashiell Hammet.

Sigue leyendo Los forajidos del Misisipí

Publicado el

Nuestro pan de cada día

Nuestro pan de cada día, de Predrag Matvejevic

Nuestro-pan-de-cada-día_cubiertaHay quien dice que lo que nos diferencia de los animales es la capacidad de hablar. Otros se inclinan por la risa, aduciendo que los animales, a su manera, se comunican, mientras que sólo los seres humanos se ríen. Los hay que, por su parte, señalan que el hombre es el único animal consciente de su propia mortalidad, mientras que los de más allá hablan del sentimiento ético. Pero todos se equivocan: es el pan lo que nos hace humanos. Ésa es por lo menos la idea que me ha venido a la cabeza en más de una ocasión leyendo este extraordinario Nuestro pan de cada día.

Coincidiréis conmigo en que el pan que hoy comemos no tiene nada que ver con el de nuestra infancia. Hace unos años, uno podía decir “este pan está un poco duro, ¿es de ayer?”. Hoy es más probable oír una frase del tipo “este pan es incomible, ¿a qué hora lo has comprado?”. Sin embargo, la añoranza por un pan como el de antes no es algo que se deba exclusivamente a la industrialización del sistema de elaboración. Así, al descubrir que Virgilio lamentaba que el pan hecho para la gran ciudad no fuera como el que él recordaba de su Mantua natal, se pregunta uno si esa nostalgia por una especie de pan primigenio no tendrá unas raíces más profundas.

Sigue leyendo Nuestro pan de cada día

Publicado el

Limónov

Limónov, de Emmanuel Carrère

En lo alto de una de las colinas que rodean la ciudad de Sarajevo, Eduard Limónov se codea con el líder bosnio Radovan Karadzic. Estamos en plena guerra de Bosnia. Karadzic, alto, con su inconfundible flequillo al viento, se dirige al pequeñajo, delgado y fibroso Limónov. Le explica las maldades de los musulmanes bosnios y la justicia de su asedio a la ciudad, mientras le muestra orgulloso un mortero “pagado con dinero bosnio”. Juguetean con un perro. Karadzic se aparta un momento para hablar por teléfono con su mujer, y Limónov aprovecha para pedir a los soldados que le dejen probar la ametralladora. Con sus ojos miopes, mira por la mirilla telescópica, parece apuntar, sonríe como un niño entusiasmado con su juguete, y finalmente descarga dos ráfagas sobre la ciudad.

Sigue leyendo Limónov