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Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño

Llamadas telefónicas

Llamadas telefónicasRoberto Bolaño es uno de mis escritores preferidos. No solo por sus libros, que también. Lo que me pasa con Bolaño es que me produce una empatía tremenda. Me cae bien, tan bien que me tomaría con él una copa en una charla infinita. Algo que, por desgracia, ya es imposible. Pero es uno de esos escritores de los que es difícil separar persona de escritor, no sé si me entendéis. Hay algunos libros que me fascinan, pero la persona que se esconde tras él ya no tanto. Aun así, como ya sabéis, no se puede juzgar un libro solo por su escritor y sería estúpido que un libro no te gustara porque quien lo ha escrito no te caiga demasiado bien. La imparcialidad es muy necesaria en el ejercicio literario. En fin, todo esto para deciros que Bolaño me parece uno de los personajes más interesantes de la literatura.

He leído bastante de él y sobre él, pero hasta hoy no había reseñado a este autor en LyL. Mis compañeros sí que lo han hecho en reseñas como Putas asesinas, El gaucho insufrible, El espíritu de la ciencia ficción, Los sinsabores del verdadero policía, Estrella distante, El tercer Reich, o Amuleto. Parece que no soy la única a la que le encanta este escritor chileno por aquí.

Para conocer más sobre él, os recomiendo que veáis este documental emitido en la 2 de TVE, que me recomendó el otro día un amigo. Efectivamente, es imprescindible.

Llamadas telefónicas es el último libro que he leído de Bolaño y del que me toca hablaros. Se trata del primer libro de relatos del autor, que fue publicado por primera vez en 1997. Recibió el Premio Ámbito Literario de narrativa y el Premio Municipal de Santiago de Chile. Con este primer libro de relatos, Bolaño ya consiguió consolidarse como uno de los mejores escritores de narrativa corta.

Dividido en tres apartados, Llamadas telefónicas, Detectives y Vida de Anne Moore, el libro cuenta con un total de catorce relatos. Lo que más llama la atención, sin duda, es la facilidad con la que el autor nos presenta a los personajes que se pasean por el libro. O al menos, la aparente facilidad. Es obvio que Bolaño tiene un don en cuanto a la elaboración de personajes, algo que consigue que el lector en seguida se familiarice con ellos. Imaginad que hay autores que necesitan páginas y páginas para presentarnos a sus personajes. Bolaño, en un par de páginas, ya nos ha atrapado en su universo y nos ha hecho, de alguna manera, cómplices de sus personajes. Brillante, ¿verdad?

No sé si podría elegir mis relatos favoritos de Llamadas telefónicas. Lo cierto es que todos me han gustado y en todos he encontrado el sello del autor. Dicen que Sensini, el relato que abre el libro, es una de sus obras maestras. Puede que lo sea, pero creo que todo el libro merece la pena, que cada uno de los relatos que en él aparecen atrapan por igual, que la magia Bolaño está presente en cada uno de ellos. No sé si ya sois fans de Bolaño, si no, este libro me parece una maravillosa forma de iniciarse en su extraordinario universo.

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El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño

el gaucho insufrible

el gaucho insufribleLos que han leído a Roberto Bolaño se dividen en dos grupos: aquellos que lo consideran uno de los mejores escritores contemporáneos y recomiendan sus libros encarecidamente y aquellos que, por más que lo han intentado, no pueden con él. Yo siempre quiero leer a escritores que han marcado la historia de la literatura, por eso pensaba probar con 2666 o Los detectives salvajes, dos de sus obras más emblemáticas. Pero tras escuchar varias opiniones desalentadoras, no me atrevía a descubrir al autor chileno a través de esas extensas novelas. Entonces apareció el libro perfecto para un primer acercamiento: una colección de relatos de ciento cuarenta y cinco páginas; y el título no podía ser más oportuno: El gaucho insufrible. ¿Lo sería Bolaño para mí? La lectura de estos siete relatos me lo diría.

El primero, «Jim», de apenas tres páginas, ya me hizo entrever la facilidad de Bolaño para mostrar la carga existencial de un personaje solo describiendo sus gestos, además de dejar varios ejemplos de frases reveladoras, que dicen tanto sin aparentemente decir nada:

¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar.

En «El gaucho insufrible», relato que da título a la antología, encontré la decepción por el declive de Argentina y Latinoamérica en general. A través de «El policía de las ratas», inspirado en Josefina la Cantora, de Kafka, conocí el manejo de Bolaño del relato policiaco. Fue uno de mis relatos favoritos del libro e, inevitablemente, me hizo ver al ser humano como una rata, o peor aún, pues les llevamos bastante ventaja en ciertas conductas que no nos dejan en buen lugar como especie. En «El viaje de Álvaro Rousselot» aparecía uno de los temas que, según tengo entendido, son habituales en sus obras: la literatura como argumento, y en «Dos cuentos católicos» vi su lado más experimental. En «Literatura + enfermedad= enfermedad» y «Los mitos de Cthulhu», los dos textos discursivos que cierran esta colección y que estaban destinados a ser conferencias, de nuevo la literatura es el eje, pero esta vez para mostrar al Bolaño más reflexivo, en el primero, y al más divertido, en el segundo.

En este libro, el último que Roberto Bolaño dejó preparado para su publicación, he encontrado los elementos por los que unos lectores lo idolatran y otros lo abandonan. Por un lado, esa ironía, esa capacidad de decir lo complejo con palabras sencillas. Pero, por otro lado, esas historias que muchas veces parece que no van a ningún lado y se convierten en una larga digresión. Y es que Bolaño no buscaba ser claro ni ameno, sino que, para él, escribir era una forma de encontrar lo nuevo, único antídoto para su permanente insatisfacción. Presiento que para disfrutar de Bolaño hay que leer entre líneas, pues ahí es donde reside su grandeza, esa que le ha alzado al olimpo de los mejores escritores, dentro de ese limitado grupo de los que revolucionaron la literatura.

¿Ha sido Bolaño para mí un gaucho insufrible?

Qué va.

Entonces ¿me apunto al lado de los lectores que lo idolatran?

No lo he decidido aún.

Creo que leeré 2666 o Los detectives salvajes para decidirme. Tras la lectura de El gaucho insufrible, me han entrado las ganas.

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Putas asesinas, de Roberto Bolaño

Putas asesinas

Putas asesinasRecuerdo leer la contraportada del libro con ese «el mejor Bolaño» entre otras frases de promoción y pensar que era solamente esto, pura promoción de un libro que ya se conoce del autor, que ha sido reeditado por otro sello y que busca volver a venderse. Y me da rabia tener que decirlo – no sé por qué me la da pero me la da – pero es que es cierto, es Bolaño en estado puro. Si en la reseña de El espíritu de la ciencia-ficción dije que se empezaban a ver los rasgos de lo que sería Bolaño poco tiempo en adelante, aquí no puedo más que decir que nos lo encontramos en todo su esplendor, sin olvidar que fue este su último libro de cuentos publicado en vida. En Putas asesinas los dedos de Bolaño siguen riéndose de todos nosotros. Los dedos, él no, él nunca rio.

Cuando leo a Bolaño me es inevitable compararlo con lo que yo veo que es la vida: algo así como una película en la que te han hecho spoiler pero que de todas formas en cada uno de sus giros te sorprende y siempre, siempre, pero siempre, te da la sensación de que oculta algo. Sobre todo esto último. Leer a Bolaño es saber que habrá cosas inalcanzables, para ti, para mí, para todos, cosas inalcanzables que te golpean mientras lees, que te estiran de la camiseta, que te dan pellizcos y que se burlan de ti porque saben, porque están seguras de que nunca llegarás a descifrarlas. Acabas de leer, pasas la página, vas al siguiente relato y ves cómo esas cosas se van quedando en el relato anterior mientras te dan un último adiós burlón. No sé cómo lo hace pero lo consigue en cada uno de sus libros. Y tú te enganchas.

Hablo de relatos, sí, porque es lo que contiene este libro. Putas asesinas son doce relatos con título cogido del séptimo de ellos. Vamos a encontrar putas, claro, probablemente como él las veía al salir de su casa en el Carrer Tallers de Barcelona. Pero este es un punto anecdótico. Porque detrás del hijo que acompaña a su padre de vacaciones, detrás de B, detrás de Arturo Belano, detrás de Buba, detrás de los niños castrados, detrás de las propias putas está ese algo más que es lo que te lleva a seguir leyendo a Bolaño. Te olvidas de que te hace gracia que use iniciales en sus personajes a lo Kafka, te olvidas de que muy probablemente haya mucho de autobiográfico en lo que te está contando, incluso llegaría a decir que te olvidas de ese narrador socarrón que se burla incluso de su propia narración y duda de ella y te hace dudar a ti, y juega contigo. No importa tanto lo que cuenta sino cómo lo cuenta o mejor dicho, cómo cuenta lo que no cuenta.

Coger Putas asesinas es como coger un caleidoscopio y poner el ojo en él: vas viendo toda una heterogeneidad de figuras o incluso, si te pones romántico e ingenioso, de historias pero siempre desde un mismo objeto que es el que tienes entre manos. Iba a decir que cada libro de cuentos de Bolaño es un caleidoscopio distinto que ofrece figuras distintas que convergen siempre en un mismo punto, un punto desconocido, alephiano, imposible. Pero no, hagámoslo más grande: todo libro de Bolaño es un caleidoscopio, da igual que sea de relatos o no. Porque al igual que en sus relatos, en sus novelas Bolaño también sabe cambiar el terreno, sorprenderte, dejarte – como diríamos – en bragas.

Yo siempre recomiendo leer a Bolaño y parece que ahora Alfaguara se pone de mi parte llegando con fuertes pisadas a las librerías, para que lo veas, para que te intereses en su nombre y quizás te digas, ¿pero este no era el que publicaba con Anagrama? Y quizás solo por eso cojas su libro, lo hojees y, de repente, te des cuenta de que tu vida ha cambiado. Bolaño es capaz de eso y de mucho más, pero yo, perdonadme, aún no he sabido descifrar ese “mucho más”. Lo reconozco, soy un simple títere de Roberto Bolaño.

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Memorias de África, de Isak Dinesen

Memorias de África

Memorias de ÁfricaLlevo delante del ordenador más de una hora. Pensé que me resultaría muy fácil escribir esta reseña. Pero no. Llevo más de sesenta minutos mirando la barrita intermitente del procesador de textos. Como si estuviera esperando a que mis dedos comenzaran a deslizarse por el teclado y escribieran algo con sentido. Llevo más de un mes pensando en esta reseña, a pesar de que no fue sino hasta ayer que terminé el libro. Desde que empezara el año pasado, he escrito unas cuantas reseñas ya, pero esta es especial. Esta tiene que ser perfecta. En esta me tengo que dejar el alma.

El otro día me preguntaron que si en mis reseñas decía la verdad o si usaba mi imaginación para hilar algunas de las historias de los libros. Os puedo decir que, más o menos, el noventa por ciento de lo que escribo es totalmente cierto. Todas las reseñas las baso en mis experiencias personales, aunque a veces la imaginación que surge al estar delante de un papel en blanco hace que experimente con otras técnicas. Pero hoy os vengo a contar la verdad. Pura y llanamente.

La semana pasada volví de un viaje inolvidable. Pasé unos días en Kenia, viviendo experiencias que ni siquiera podría haber soñado. Con la ocasión del viaje, decidí leer Memorias de África. Era el momento, ya que tampoco había visto la película. Mi intención era leerlo antes del viaje, pero por unos motivos u otros, no pude. Así que lo leí en España, al regreso, con los sentimientos todavía a flor de piel. Y es la mejor decisión que podría haber tomado.

Isak Dinensen es el seudónimo tras el que se esconde la baronesa Karen Blixen —Meryl Streep en la adaptación cinematográfica—. En el libro nos cuenta la aventura que vivió al buscar su futuro en África, una tierra lejana y desconocida que aportaba tantas oportunidades como desgracias. Allí, todo lo vivido y aprendido en Dinamarca de poco serviría para sobrevivir entre las costumbres de las tribus de Kenia. Tendría que aprender a adaptarse y a entender aquella maravillosa tierra que tanto le prometía.

Después de una semana en España, todavía cierro los ojos y puedo ver la sabana de Masai Mara, con Serengeti como lejano horizonte. Puedo sentir la lluvia densa y tropical que limpió el cielo de una Kenia que rezaba por ver el agua de nuevo. Puedo oír los cánticos de bienvenida que los masáis nos regalaron cuando nos acogieron en su poblado durante unas horas. Puedo revivir el miedo que sentí al atravesar en barca el lago Naivasha, donde viven decenas de hipopótamos. Puedo ver de nuevo la puesta de sol a través de las acacias y la inmensidad infinita del territorio Kikuyu.

Y lo mejor de todo es que al leer Memorias de África volví a experimentar todas esas sensaciones de nuevo. Karen Blixen es una magnífica narradora, que parece tener una facilidad enorme para ponernos en su piel y enseñarnos a través de su pluma lo que sus ojos veían. Mujer blanca y cazadora en un territorio de hombres negros, supo agradecer todo lo que Kenia le dio. Luego aparecería Denys Finch-Hatton —ya sabéis, Robert Redford—, un cazador profesional, que sería un pilar imprescindible en la historia de Karen.

No sé si es el libro ideal para aquellas personas que estén buscando una historia de amor como las de antes. Aquí, la protagonista, es la ambientación. Karen nos describe Kenia con profundidad, tanto que es capaz de transportarnos allí. Hace un trabajo que bien podría ser considerado de investigación, mediante el que nos hace cómplices de la vida en la tribu. Nos explica con asombrosa exactitud las diferencias entre la tribu Kikuyu y la Masai. También entre las tribus del norte, las de Somalia. Tribus tan cercanas y a la vez tan distintas. Religión, costumbres, aprendizaje, cultura… todo diferente.

Si no conoces Kenia, es una oportunidad maravillosa para dejarte cautivar por sus paisajes de la mano de Karen. Si has tenido la suerte de pisar sus tierras y descubrir sus sabanas, leer este trocito de literatura contemporánea te ayudará a revivir todas aquellas sensaciones que seguro se quedaron grabadas en tu piel. Yo todavía necesito bajar de la nube. Asumir dónde he estado, qué he visto y qué he hecho. Aunque en mi mapa ya he puesto una banderita en este país tan increíble, todavía no he asimilado el hecho de que yo haya estado allí. Me imagino que, cuando viajas a un sitio tan mágico, al final parece que todo ha sido un sueño. No sé si he cumplido mi objetivo de dejarme el alma en esta reseña, pero os aseguro que la he escrito con los pelos de punta, reviviendo cada segundo que respiré en aquella lejana tierra y teniendo la esperanza de que, si esto ha sido un sueño, todos los que vengan sean así.

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No más miedo, de Erica Jong

No más miedo

No más miedoMe gusta mucho la portada de este libro. Esa cremallera desde el ombligo me parece muy sugerente. Leí además que Erica Jong tuvo mucho éxito con otra novela del mismo estilo, escrita hace bastantes años (1973), Miedo a volar, que es un clásico del erotismo. Me suelen gustar este tipo de novela que trata de las mujeres, que nos analiza desde dentro, en primera persona, tipo autobiografía. Yo era un renacuajo en 1973, pero estoy segura de que la mayoría de lo que cuenta se puede trasladar a nuestros días sin problema, porque aunque la vida pasa, nos modernizamos y la luna nos parece casi una parada de metro, hay cosas que no cambian, nunca. La relación que las mujeres establecemos con nuestros cuerpos, aunque nos influya el entorno y las modas, más o menos es igual siempre, así como la forma de interactuar en el sexo.

En No más miedo, Erica Jong nos cuenta las aventuras y desventuras de una mujer madura, por la sesentena. La verdad es que cuando empecé a leerlo me pareció que no iba a poder identificarme con el personaje, que me parecía muy diferente a mí. ¿Qué tengo yo que ver con una mujer que pasa de los sesenta, rica, que vive en Nueva York, que parece preocuparle mucho su aspecto y ha declarado la guerra a las arrugas, que tiene perro, que lleva ya el tercer o cuarto marido, judía, actriz y no sé cuantas cosas más? Así, a bote pronto, para mí, igual que un marciano. Pero… es una mujer y la sororidad existe y se siente, hermanas. Así que vas avanzando y empiezas a sentirte en su piel y la entiendes muy bien. Tiene unos padres ancianos, que necesitan cuidados 24 horas, por los que siente un gran cariño, a los que recuerda llenos de vida y a los que no le gusta ver así, con el cuerpo marchito y el cerebro nublado. Reconoce el sentimiento contradictorio de desear que descansen en paz y la pena de que se marchen para siempre; creo que esto es universal. Tienes dos hermanas con las que hay mucho tira y afloja, como en todas las relaciones fraternales.

Está casada con un hombre mayor, y la edad y la rutina han hecho que su vida sexual esté muy reducida, por no decir que no la tiene; esto la mata. Ha sido una mujer muy activa en todos los aspectos. Se lanza a la aventura de buscar pareja sexual esporádica por internet y es muy gracioso con lo que se encuentra. Durante la novela, evoluciona hasta ese sentimiento, otra vez contradictorio, de que necesita un desahogo físico, seguir sintiéndose atractiva y deseable y el cariño que siente por su marido. Acaba dándose cuenta de que el sexo, sin sentimiento, llegados a este punto, es un ejercicio físico que no lleva a ninguna parte y no es placentero, para nada.

Es muy importante la relación con su hija, también universal, de querer protegerla y a la vez, dejarla vivir su vida. La relación con su amiga Isadora Wing (protagonista de Miedo a volar) es entrañable y sincera. Las dos mujeres tienen unas conversaciones muy interesantes, llenas de sabiduría. Son mujeres fuertes, que llevan las riendas de su vida, aunque se les pongan zancadillas y sientan el peso del paso del tiempo. La edad no perdona, da igual la condición social que tengas.

El libro está contado de forma bastante simpática, aunque me cuesta pillar algunas bromas, usa muchas palabras en yidis, pero la esencia la entiendes y sobre todo el sentimiento. Está lleno de diálogos aunque sea un libro muy reflexivo, no es pesado ni filosófico. Es sincero y directo, casi íntimo en muchas ocasiones. Me ha recordado a Come, reza, ama, de Elisabeth Gilbert, aunque el estilo de escritura no tenga nada que ver.

En la solapa, hay una foto de la escritora que rezuma alegría, tiene una sonrisa enorme y brillante. Me ha recordado a Barbra Streisand y a Bette Midler, ese tipo de mujeres con mucho carácter, talento y una vis cómica. Yo le he puesto esa cara a la protagonista de la novela.

 

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Pájaro de medianoche, de Alice Hoffman

pájaro de medianoche

pájaro de medianocheCorre el rumor de que en el pequeño pueblo de Sidwell vive una misteriosa criatura alada. ¿Y qué hacen los vecinos? Echarle la culpa cada vez que algo desaparece y vender merchandising de ella para aprovechar el tirón turístico. Sin duda, los tiempos han cambiado: los lugareños ya no parecen interesados en adentrarse en el bosque, armados con antorchas, para dar caza al monstruo. Aunque para la familia de Twig Fowler, una niña de once años, todo sigue igual que dos siglos atrás, cuando una bruja llamada Agnes Early les maldijo por un desengaño amoroso. Aún hoy acarrean las consecuencias de aquel hechizo, por lo que no se dejan ver demasiado por el pueblo y dedican su tiempo a cultivar su huerto, donde crecen unas insólitas manzanas rosas, y a cocinar con ellas deliciosas tartas que venden a vecinos y forasteros. Pero con la llegada de unos descendientes de la bruja Agnes a la casa de al lado, la maldición se cernirá sobre las Fowler con renovada fuerza. Esta familia y sus secretos son el eje de Pájaro de medianoche, de Alice Hoffman, autora de otras novelas como Prácticamente magia (1995), que fue llevada al cine por Griffin Dunne y protagonizada por Sandra Bullock y Nicole Kidman, con la que comparte la premisa de maldición familiar que hay que romper.

La portada y la sinopsis de esta novela llamaron mi atención y cuando la tuve entre mis manos, me atrapó desde la primera página. Siempre me ha atraído el realismo mágico, esas historias que incorporan uno o varios rasgos fantásticos en las personalidades de los personajes para trastocar la cotidianidad de todo su entorno y donde los acontecimientos se repiten en bucle, como si el destino fuera inquebrantable. Pájaro de medianoche juega con estos elementos y, a través de la narración de la pequeña Twig, conocemos a su peculiar familia y a ese pueblo que, aparentemente, convive con las supersticiones con total normalidad. Sin embargo, en el último tramo, la novela me decepcionó un poco porque la resolución me resultó excesivamente sencilla y arbitraria. No sé si peca de inocencia por estar destinada al público infantil-juvenil, pero yo he echado en falta ese toque oscuro al que daba pie la premisa y que novelas como La temporada de los accidentes, también de realismo mágico y destinada a lectores de similar edad, sí supo explotar, cautivándome de principio a fin.

Pese a esos puntos flacos, no negaré que esta novela se lee con gusto. Es una historia de amistad, amor y magia tan dulce como las tartas de manzana rosa que hace la madre de Twig, de la que comes un bocado tras otro sin darte apenas cuenta, hasta que no queda nada en el plato. Sí, lo reconozco: yo devoré Pájaro de medianoche en día y medio, y me quedé con ganas de algún trocito más, literaria y literalmente hablando. Alice Hoffman, que imaginó el poder de su receta, nos detalla en las páginas finales del libro los ingredientes y los pasos que debemos seguir para preparar el pastel de manzana rosa, sin necesidad de tener las extraordinarias manzanas que solo crecen en el huerto de las protagonistas; así que probaré a hacerla, a ver si me quito el antojo. Pero no os contaré cómo me ha quedado, me lo reservo. ¡No solo las Fowler van a tener secretos!

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Cinco Esquinas, de Mario Vargas Llosa

Cinco Esquinas

Cinco EsquinasAl periodismo, también conocido como el Cuarto Poder, tal vez se lo debería rebautizar. En este mundo híper conectado, el poder de los medios de comunicación es tal que para bien o para mal, con buenas o malas intenciones, tumba gobiernos, desprestigia personas, sube y baja la bolsa de valores y, sobre todo, crea opinión y le da un producto listo para ser consumido y repetido a todos aquellos que toman la decisión de no pensar por propia cuenta. Más que Cuarto Poder, en muchas ocasiones el periodismo es El Poder.

El mismo autor de Cinco Esquinas, Mario Vargas Llosa, debió sufrir la persecución de la versión más pobre del periodismo (que tiene versiones muy dignas), la denominada prensa amarilla o del corazón, en relación con su nueva relación con Isabel Preysler, tras su separación. Y justamente el Premio Nobel de Literatura acabó de escribir su libro mientras la prensa se regocijaba con todas las historias personales relacionadas con su nueva situación sentimental.

Es que, en Cinco Esquinas, la prensa amarilla peruana de los años en los que la Dictadura de Alberto Fujimori gobernaba, juega un papel principal; y no porque Vargas Llosa haya querido crear una novela de color para evitar hablar de la Dictadura, sino todo lo contrario, porque la misma Dictadura fue original al utilizar a la prensa de sociales como arma para atacar, desprestigiar y hundir en los abismos a aquellas personas que no se mostraban afines al Poder impuesto.

Rolando Garro, periodista del semanario Destapes, aparece como uno de los principales personajes y a través de él podremos ver la influencia que genera en la sociedad el desprestigio (real o inventado) hacia diversas personas y cómo la prensa se deja sobornar por el poder en una relación sucia en las que ambos sectores salen beneficiados; uno porque vende más y el otro porque aísla a los adversarios políticos o a aquellos que aparecen como una piedra en el zapato de, en este caso, la Dictadura reinante.

Alberto Fujimori, presidente de Perú en aquél entonces, aparece como uno de los protagonistas secundarios, aunque el que más presencia tiene es el que por aquél entonces era su asesor del Servicio de Inteligencia Nacional, Vladimiro Montesinos Torres, quien insólitamente, era la sombra detrás del poder y el que marcaba hasta los titulares de las exclusivas de “destapes” y quien dirigía y financiaba la edición, además de, por supuesto, marcar a dedo a quién o quienes debía desprestigiar la prensa. Y lo más increíble de todo, es que ocurrió de verdad.

Cinco Esquinas no es una novela compleja, sino todo lo contrario; sus 22 capítulos cortos se leen de forma amena y no requieren del esfuerzo mental que sí requerían sus novelas más famosas; es, hay que decirlo, una novela divertida, fácil y que nos mantendrá divertidos, pero no es ni de lejos una de sus obras maestras. Pero, como siempre ocurre con el escritor peruano, la estructura es sólida y hace que el resultado final sea el de una novela que cumple con su cometido. La historia de la Retaquita, una de las periodistas del semanario “Destapes” y la relación erótica entre dos mujeres (Marisa y Chabela), junto con el abanico de historias que demuestran las diferencias entre las clases sociales y los sufrimientos por los que deben pasar ambos sectores, son alicientes que, junto a la historia principal, hacen de cinco Esquinas una novela interesante.

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El paciente inglés, de Michael Ondaatje

El paciente inglés

El paciente inglésUna vez oí a una mujer africana decir que no se podía describir África, que África solo se entiende si se ha vivido allí. Hace años ya de aquel momento y, sin embargo, esas palabras se me han quedado grabadas y las recuerdo con frecuencia. Por ejemplo, me han venido a la memoria al leer El paciente inglés, de Michael Ondaatje, y no solo porque hable de lo que supone atravesar el desierto de Libia, algo inimaginable para nuestras cabezas acostumbradas a vidas sencillas, sino porque además transmite el peso de la guerra, un hecho también inconcebible para los que siempre hemos vivido en paz.

Un paciente quemado que no recuerda quién es y una enfermera de veinte años llamada Hana conviven en un hospital de campaña de Florencia, abandonado meses atrás. Sin electricidad, noticias del exterior ni seguridad —aunque es 1945 y la guerra ha pasado de largo, el terreno aún está plagado de minas—, parece que les basta su mutua compañía, un pequeño huerto y una biblioteca bien surtida para seguir adelante y recomponerse del trance vivido. Hasta allí llega Caravaggio, un ladrón amigo del padre de Hana, y Kip, un zapador indio que se dedica a desactivar las bombas fallidas. Y, en torno a estos personajes y sus vivencias, Michael Ondaatje crea un pequeño universo donde el tiempo se detiene.

El paciente inglés relata la estrecha y peculiar unión de esos cuatro desconocidos. La única defensa de la que disponen para enfrentarse a la vida que les ha tocado vivir es buscar la verdad de los otros, puesto que no son capaces de encontrar la de sí mismos: ya no saben quiénes son ni de dónde vienen; se han convertido en otras personas, muy a su pesar, y han dejado de reconocerse en la tierra que los vio nacer. Todos necesitan cuidar a ese enigmático paciente inglés, quizá porque ese hombre de rostro quemado, sin nombre ni pasado, es un reflejo de cómo se sienten en ese momento.

La lectura de esta obra es lenta y, por momentos, enrevesada, tanto por la alternancia del presente y pasado de los personajes como por el constante cambio de primera a tercera persona en la narración. Y para mí, más que ser una historia o un cruce de varias, ha sido una sensación permanente de vacío y búsqueda, como la de los propios personajes, que rememoran lo que un día amaron y perdieron, lo que un día fueron y ya no volverán a ser. Y pese a ello, al acabar la lectura de El paciente inglés, ha renacido en mí la esperanza en la humanidad, en el amor, en el perdón.

Quizá este sentimiento final tan positivo solo sea porque no es lo mismo leer sobre la guerra que vivirla, tal y como dejó entrever aquella mujer africana de la que os hablé al comienzo. O quizá sea gracias a la maestría de un escritor como Ondaatje, que se sirve de uno de los peores episodios de la Historia para que redescubramos la verdadera esencia de los seres humanos, esa que aflora solo cuando todo lo demás se ha destruido.

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La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

la biblioteca de los libros rechazados

la biblioteca de los libros rechazadosImaginad una biblioteca que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales, un lugar donde los autores fracasados los abandonan, cansados ya de tantos desengaños. Pues esa biblioteca existe en Vancouver (Washington) y fue creada por el escritor Richard Brautigan. Ese refugio en el que los libros esperan a que algún lector les dé una oportunidad y el autor de esa idea tan inusual han inspirado a David Foenkinos para escribir La biblioteca de los libros rechazados.

Me sentí irresistiblemente atraída por este libro en cuanto lo vi. La palabra «biblioteca» atrajo la atención de mi parte lectora y «libros rechazados» la de mi parte de escritora inédita. Que su autor fuera Foenkinos me pareció una garantía de acierto, puesto que guardo un recuerdo agradable de La delicadeza, el único libro suyo que había leído hasta el momento. Todo ello me llevó a abrir su nueva novela con altas expectativas y estas se han visto más que cumplidas.

En esta comedia satírica Foenkinos nos envuelve en literatura, para bien y para mal. Las continuas referencias a otros libros o autores me dieron ganas de descubrirlos o releerlos, según el caso, y los dardos al mundo editorial me hicieron chocarme de nuevo con la realidad de hoy en día, en la que la forma prima sobre el fondo. La clave del éxito no está en la historia o la calidad del texto, sino en la campaña de marketing que haya detrás. Y como bien demuestra David Foenkinos en esta historia, de eso tienen culpa los editores, los lectores, los medios de comunicación e, incluso, los propios escritores.

Una joven editora en busca de nuevos talentos. Un escritor recién publicado que creía su sueño cumplido, pero que se ha dado cuenta de que nadie quiere comprar su libro. Un crítico literario endiosado que se ha quedado en paro. Un pizzero de pueblo convertido en escritor superventas tras su muerte. Y su viuda y su hija, que ven como sus vidas se trastocan de la noche a la mañana por esa faceta desconocida de su ser querido. Todos estos personajes componen el puzle de La biblioteca de los libros rechazados, que habla con sencillez y belleza del amor: tanto del que se da entre personas, como del que se siente por los libros. Y del silencio. El silencio juega un papel importante, siempre presente en los diálogos y tanto o más expresivo que las palabras. Con solo tres puntos, Foenkinos me ha hecho reír y pensar. ¿Tal vez sean una metáfora del rechazo, del anonimato, del libro cerrado? No sé, pero nunca había visto sacar tanto jugo a este recurso.

¿Qué parte de mí se ha enamorado más de este libro? La de escritora, sin duda. Es más, recomendaría este libro a cualquier escritor frustrado, ya sea por seguir inédito o por haber comprobado que el cuento no era tan bonito como se lo había imaginado. A mí me ha sido imposible no verme reflejada en las pequeñas reflexiones del narrador, en las ilusiones y decepciones de los protagonistas. La biblioteca de los libros rechazados es una de esas novelas que he leído con una sonrisa permanente, deseando que no se acabara, porque me sentía comprendida, arropada, como en casa.

¿Llevaría yo mi libro a este rincón de homenaje (y olvido)? Creo que no, pero quizá solo sea porque aún no he recibido los rechazos editoriales necesarios para merecer tal honor (o desgracia). Preferiría que acabara en mi propia estantería, entre mis libros adorados, y ofrecerlo a quien lo quisiera leer. Porque soy de la romántica opinión de que un libro, mientras sea leído (y disfrutado), nunca podrá considerarse un fracaso.

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Mi nombre era Eileen, de Ottessa Moshfegh

Mi nombre era Eileen

Mi nombre era EileenLa infancia marca el resto de nuestra existencia. Eso es indiscutible. Luego cada uno recompondrá lo vivido, mezclándolo con su forma de ser (la que viene de serie) y con lo que se nos irá presentando e irá capeando el temporal, como buenamente pueda. Si los cimientos son sólidos, cómodos y positivos, todo será más llevadero; tendremos armas y artes para sobrevivir sin sufrir demasiado. Si la infancia fue un desastre, normalmente, quedan secuelas y algunas no hay terapia que las arregle. En mi nombre era Eileen se muestran infancias destrozadas, aniquiladas. Como consecuencia tenemos adultos con muchos problemas. Es que yo creo que no se salva ni el apuntador. Sigo preguntándome cómo Ottessa Moshfegh ha podido escribir esto sin que tengas ganas de llorar.

Estamos en 1964, en un pueblo X de Nueva Inglaterra, durante la semana antes de Navidad. Eileen tiene 24 años, vive con su padre alcohólico en su casa de siempre, sucia y descuidada. Nunca estuvo radiante, ni preciosa, pero desde que murió su madre hacía unos tres años, la mugre y la basura acumulada formaban parte del mobiliario. Tiene una hermana que ya no vive en casa, de la que habla con algo parecido al cariño, pero con la que no mantiene prácticamente relación. Eileen nos cuenta esta semana desde el hoy, siendo una mujer mayor. Esa semana es especial porque fue la que cambió su vida, o sea, que nos da una perspectiva bastante razonada y elaborada de lo que ocurrió, porque lo ha reflexionado durante muchos años.

La vida de Eileen en aquel tiempo es triste, oscura y solitaria.  Trabaja en la oficina de un reformatorio o cárcel de menores, que tampoco ayuda a que su vida sea una fiesta. Nadie parece hacerle caso o tomarla en cuenta. Parece casi invisible. No tiene amigas ni vida social. Ella misma fomenta esa invisibilidad, ya que prefiere pasar inadvertida. No quiere crecer o, más bien, desarrollarse, es prácticamente anoréxica; no quiere tener formas de mujer, le da pánico. No se alimenta: come cosas extrañas que le apetecen, sin orden ni concierto, solo para sobrevivir. También bebe. Su mundo hiede a vómito y a tubo de escape. Utiliza la ropa de su madre, que le queda grande, y eso le gusta. Su autoestima está en números rojos, aunque ha aprendido a poner una máscara mortuoria aceptable para pasar por alguien normal. Su sueño es escapar de X-ville.

Su vida da un giro cuando aparece Rebecca a trabajar en el reformatorio como educadora. Rebecca encarna todo lo que Eileen piensa que tiene que ser una mujer feliz: guapa, elegante, alegre, inteligente, independiente, culta y de familia bien. Eileen se queda prendada, no solo por Rebecca en sí misma, sino porque le hace caso. Eileen siente que por fin tiene a alguien que la quiere, una amiga y encima es maravillosa.

Y hasta aquí puedo leer. La novela tiene unos giros y toma unos derroteros que mejor no os cuento. Es brillante, de verdad, la forma de contar la historia es asombrosa. Hay que tener mucho talento para escribir algo así y conseguir que los lectores quieran seguir leyendo hasta el final. Vas superando lo incómodo, que es mucho, y necesitas saber más, acabar el libro. Es radical, bastante macabra en ocasiones. Sorprendente. Está escrito casi en forma de diario, en primera persona, con pocos diálogos. Es descriptiva y reflexiva. Yo no he podido cogerle cariño a la protagonista, no he llegado a sentir empatía por ella, solo en algunos pequeños momentos. Aunque Eileen sea el resultado de una familia difícil y unas circunstancias duras, no se la puede ver como una víctima del todo. Es ingenua, pero también es bastante insensible. Es ignorante muchas veces porque no quiere saber, vive mejor sin profundizar en algunos asuntos.

Mi nombre era Eileen tiene que ser una novela negra porque no tiene otro remedio. Es uno de esos libros que se te quedan grabados en la cabeza. De esos que se mete contigo, que te da un par de tortas y se va; “toma, ahí tienes, ahora tú te lo administras”. Estableces una relación íntima con Eileen, pero íntima de intimidad de cuarto de baño, de caca y pis. Tanto, que incomoda en muchas ocasiones. Me he sorprendido a mí misma con cara de asco, porque en algunos momentos es escatológica. Hasta ese punto llega, sí. Pero aún así, no podéis dejar de leerla.

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Microcuentos de amor, lluvia y dinosaurios, de VV.AA.

microcuentos

microcuentosYa hice en su momento (Todos estaban vivos) una encarnizada defensa del microrrelato. Del arte que exige la capacidad de concretar en pocas, poquísimas palabras, una historia que tenga desarrollo, nudo y desenlace (o al menos dos de ellos) y que en muchos casos parece llevarte por un camino cuando en realidad te está dirigiendo justo al contrario, porque es el lector el que va llenando las lagunas que el texto no deja claro de manera intencionada. Y eso es algo que me encanta y que, aunque lo parezca, no es nada fácil. Una palabra mal empleada o colocada al principio o al final de una frase puede cambiar por completo el sentido del microrrelato. Es una labor de orfebrería. El detalle y la precisión son algo vital para un microrrelatista. Siempre está puliendo y dando brillo a las piezas, asegurándose de querer decir lo que quiere decir y de hacerse entender (o malentender).

¿Había vida en la microliteratura antes de Monterroso (de quien erróneamente se cree que es el autor del microrrelato más breve de la literatura universal)? Por supuesto, pero ahora mismo hay mucha más, posiblemente por los tiempos que nos tocan y las tecnologías con las que vivimos/disfrutamos/sufrimos.

Microcuentos de amor, lluvia y dinosaurios es, precisamente, fruto de una de esas tecnologías modernas, Twitter, y de una cuenta, @microcuentos, que expone, una vez al día, lo mejor de este género literario.

Son cien textos con el límite de los 140 caracteres, escritos tanto por profesionales como por entusiastas de lo micro de todo el mundo, que van desde la anécdota hasta el aforismo pasando por el chiste, la parábola, el terror y las frases lapidarias.

–¿Me olvidarás?

–Todos los días.

Lo bueno, lo buenísimo, es que pueden leerse en cualquier orden, en cualquier momento, a sorbitos y, sobre todo, sin prisas, aunque nos tiente pasar de uno a otro sin freno. Parece una contradicción, pero estas pequeñas obritas, deben paladearse y, como si de una cata de vinos se tratara, sacar no ya el gusto, sino el retrogusto. Leer, pararte a pensar qué has leído, volver a leerlo y entonces ya, una vez entendido el posible doble sentido, pasar al siguiente.

Además, los textos tienen unas ilustraciones preciosas, salidas de la mano de Elizabeth Builes, que completan el significado del relato hiperbreve al que acompañan.

La ignorancia del pueblo hizo que la bruja fuese lanzada a la higuera. No le pasó nada.

Como indica el subtítulo, Microcuentos de amor, lluvia y dinosaurios está dividida en tres partes: historias de amor, nanorrelatos de melancolía y tristeza y, la última de ellas, en claro homenaje a Monterroso, es campo abonado para el terreno de los cuentos y las fantasías pero, en las tres partes nuestra imaginación lectora tendrá trabajo que hacer, creedme. Es esencial en cualquier buen microrrelato, es parte de su ser y, aquí, obviamente, se cumple.

Por otra parte, el libro en sí es precioso; una joyita en tapa dura, cuidadosamente editado y muy atractivo a vista y tacto, y su interior está repleto de cuentos que pueden leerse una y otra vez cada cierto tiempo, con la frecuencia que queramos, porque cada vez será como enfrentarse de cero a ellos.

En serio, si eres de los que te gusta leer microrrelatos o escribirlos, de entre todos los libros que puedas tener del tema, este no puede faltar en tu biblioteca. Y si eres de los que tiene prejuicios contra este género, dale una oportunidad.

Es, como diría Tarantino sobre un buen café, una jodida delicia. Y Tarantino no tiene mal gusto, ¿no?

No lo dudéis. Hacéos con él.

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La Bella y la Bestia, de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont

La Bella y la Bestia y otros cuentos

La Bella y la Bestia y otros cuentos“Érase una vez, en un país lejano, un joven príncipe que vivía en un resplandeciente castillo. A pesar de tener todo lo que podía desear, el príncipe era egoísta, déspota y consentido…”

Seguro que para vosotros es tan inevitable como para mí amar el comienzo de una película tan especial como La Bella y la Bestia, de Disney. Esa maravillosa historia de una bestia que, aunque al principio nos transmitió rechazo y maldad, terminó haciéndose un hueco en cada uno de nuestros corazones. Es inevitable, también, no reconocer que soy una gran apasionada de esta película. Es una de mis favoritas de la factoría Disney, que ha enamorado a niños y también a adultos desde hace más de cuarenta años. Por ello, no podía dejar pasar la oportunidad de leer el cuento original en el que está basada.

La Bella y la Bestia y otros cuentos comienza con este maravilloso cuento que le da nombre, con una verdadera historia de amor entre una bella mujer y un monstruo. Pero esta historia no es tan simple como parece y este es justo uno de los mensajes que nos quiere transmitir esta historia: las apariencias engañan. ¿Por qué las princesas y los príncipes deben ser siempre los héroes de los cuentos? ¿Por qué los monstruos siempre son los malos?

Jeanne-Marie Leprince Beaumont, ya en su época (siglo XVIII) supo que había que dar una vuelta de tuerca a esta “verdad universal”. En la vida real nada ni nadie es lo que parece y esta historia me gusta por eso, porque logra sorprender a todos aquellos que la conocen. El amor siempre surge tras conocer el interior de una persona. Tras conocer todo lo que esconde en su corazón, sus motivaciones, sus sueños, sus capacidades y su espíritu de lucha y ayuda a los demás.

 Pero no es este el único cuento que se encuentra en este libro, aunque sea el único que se ha hecho famoso de esta autora. Este libro continúa con otras fábulas similares en las que Mme de Beaumont, por medio de varias historias de reyes, príncipes, brujas, hadas y otros personajes de los típicos cuentos de hadas, nos quiere hacer llegar el mensaje de la bondad, la virtud, el amor y la generosidad. No dejarnos llevar por las apariencias ni por las tentaciones que nos encontramos todos los días en nuestro camino, sino que aprendamos de nuestros errores y que siempre intentemos mejorarnos a nosotros mismos.

Esto puede parecer un mensaje demasiado utópico, por eso creo que este libro me ha devuelto a la infancia, a esos años en los que la inocencia, la bondad y la virtud de compartir todo lo que tenía con los demás estaba en mi día a día. Ojalá todos cambiáramos nuestra forma de pensar y esto no fuera un simple ideal o una utopía a conseguir. Ojalá dejáramos de juzgarnos a nosotros mismos y a los demás solo por sus apariencias.

Hay libros y LIBROS. Y, La Bella y la Bestia y otros cuentos, está en este último grupo para mí. Aunque esté considerado como un libro infantil, creo que es un libro que debería leer todo el mundo. Con un vocabulario sencillo, poco más de cien páginas y unas ilustraciones en blanco y negro maravillosas, me ha trasladado a mi infancia y, después de leerlo, me ha dejado con una sonrisa en la boca. No todos los libros tienen ese poder, por eso me ha resultado tan especial y espero que lo sea para todos vosotros.

“No hay mayor verdad, la belleza está en el interior.”

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