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El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

El secreto de Marrowbone

El secreto de MarrowboneEn el recurrente debate de si es mejor el libro o la película, se suele argumentar que son dos lenguajes distintos y, por tanto, incomparables. Sin embargo, hay libros que nacen destinados a ser película o, como en este caso, a la vez que la película. El secreto de Marrowbone es la primera novela de Sergio G. Sánchez y también su primera película como director, además de único guionista.

Entre los anteriores trabajos del autor destacan los guiones de Lo imposible, Palmeras en la nieve y, sobre todo, El Orfanato, la que fue su primera incursión en el mundo del largometraje, junto al también debutante —y ahora, internacionalmente conocido— J. A. Bayona. ¿Y por qué destaco El Orfanato entre sus guiones? Aparte de porque es la única que he visto de las películas mencionadas (las demás, no sé por qué, me dan mucha pereza), es la que más puntos tiene en común con su ópera prima como director. La infancia y sus miedos y la importancia de los lazos familiares son también los temas en torno a los que gira El secreto de Marrowbone.

No puede negar Sergio G. Sánchez que es guionista. La narración en El secreto de Marrowbone tiene mucho de lenguaje cinematográfico. Su forma de describir los gestos de los personajes y sus posiciones en el espacio en cada momento nos hace visualizarlo todo como una escena de cine. A ello ayudan las bonitas ilustraciones que acompañan al texto, que también recuerdan a un storyboard. Y, sin embargo, no cae en el error de presentarnos un guion adornado para hacerlo pasar por novela, sino que la historia funciona perfectamente a nivel literario.

«La memoria es pura creación. Ningún recuerdo es real. Cada día podemos reescribir nuestra historia», dice una de mis frases favoritas del libro. Y de eso va, al fin y al cabo, El secreto de Marrowbone: de los recuerdos como losa y como tabla de salvación; de la capacidad de reinvención del ser humano —y, sobre todo, de los niños— para sobrevivir a los terrores, ya sean los que provoca su fantasía o los que acechan al otro lado de la puerta, en el mundo real.

Sergio G. Sánchez nos cuenta la historia de cuatro hermanos, Billy, Jane, Jack y Sam, que han huido de un pasado lleno de horror y de secretos inconfesables y que ahora viven prácticamente recluidos en su vieja casa familiar, por miedo a que alguien descubra que su madre ha fallecido y los servicios sociales los separen para siempre. Y aderezándola con ternura, suspense, fantasía y terror, Sergio G. Sánchez nos lleva a dónde quiere y cómo quiere, para que el giro final nos deje del revés.

Quizá en esta ocasión, más que nunca, sea inútil preguntarse si el libro es mejor que la película, porque Sergio G. Sánchez ha imaginado la historia de estos cuatro hermanos y él mismo la ha adaptado a la gran pantalla y al papel. Tampoco merece la pena preguntarse si es mejor guionista, director o novelista. Dejémoslo en que es un gran contador de historias y disfrutemos de sus creaciones, sean en el formato que sean.

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Eva, de Arturo Pérez-Reverte

Eva

EvaEn las primeras diez páginas de la novela, Lorenzo Falcó se las apaña para matar a un espía republicano, dejar K.O. a otro y acostarse con una vedette portuguesa. A eso se le llama no andarse con chiquitas y abrir una novela sacando la artillería pesada. Y la cosa no queda ahí, porque este es el ritmo que lleva Eva, la segunda aventura de la serie del hijo de puta de Falcó, escrita por Arturo Pérez-Reverte.

Sí, han leído bien. El mismo Pérez-Reverte admite que Falcó es un hijo de puta y que quiso hacerlo así. Incluso hay un momento en esta entrega en la que el Almirante (lo admito, mi personaje preferido de las dos novelas de la serie) le llama “psicópata”. Y sí, para el lector, al menos para el de hoy en día, está claro que el tipo tiene un problema: lo vemos cuando mata y cuando está a punto de morir por pura diversión, lo vemos cuando viola, simplemente porque tiene la oportunidad, cuando caza y cuando se debate, cuando están a punto de partirle los dientes y cuando es él quien los parte.

Ya lo hemos dicho (y lo dejé claro en la anterior reseña), Falcó es un hijo de puta, pero, y aquí llega el matiz, un hijo de puta con clase. Es un tipo al que desprecias en muchos momentos, pero con quien te ríes. Porque, cuando quiere, tiene mucho, mucho encanto. Lo dice el tópico: cuando un escritor se lo pasa bien escribiendo, el lector se lo pasa bien leyendo. Y esto es justo lo que pasa con muchos de los diálogos de Falcó. Casi puedes oír a Pérez-Reverte partiéndose de risa delante del ordenador y, entonces, se te olvida lo que el personaje ha hecho hace dos escenas y te ríes con él. Y precisamente eso es lo que el autor quiere que pase. Jugar contigo, con tu sistema moral.

Pero, al mismo tiempo, y esto también lo ha tenido en cuenta el autor, Lorenzo Falcó da bastante pena. En seguida ves que es un yonqui de la adrenalina, que siempre quiere ir un paso más allá, le encanta su trabajo, el peligro mucho más que el glamour, y al mismo tiempo se le nota cierto hastío por todo. Tienes la sensación de que está interpretando un papel incluso para sí mismo, de que es un caballero o un asesino de cara al patio de butacas, pero que, en realidad, todo le importa un carajo. Hay momentos en los que lo ves tan vacío que deseas que el autor tenga compasión y lo mate pronto, que no le deje hacerse viejo como hizo, por ejemplo, con Max.

No sé si os acordáis de Max, el protagonista de El tango de la guardia vieja. En esa novela vemos a Max joven y también lo vemos pasados los sesenta, veteado de canas y con el cuerpo cansado, pero llevando su fracaso (un fracaso mayúsculo, vital) con cierta dignidad. En cambio, el lector intuye, casi desea, que Lorenzo Falcó muera relativamente joven. No debe sobrevivir a la guerra porque, como dice el Almirante, es un personaje útil en esos tiempos, pero un auténtico monstruo en tiempos de paz. Y el problema no es lo que pueda hacer a los demás, no, para nada, el problema es él mismo. Le deseas una muerte temprana porque como sesentón no mantendría ese encanto que hace que, pese a su hijoputismo, te rías con él. Solo sobreviviría el monstruo. En ese sentido es como el Pijoaparte de Marsé, al que es duro ver envejecer (y no en Teresa, sino mucho más tarde, pero lo vemos). También, como Corto Maltés o Lord Jim es un personaje que pertenece a una época muy concreta, al mundo de ayer o justamente al momento en el que el mundo de ayer está cayendo como un castillo de naipes y, de entre sus escombros, aparecen tipos como Falcó, el Dimitrios de Ambler o el Harry Lime de Greene.

Pero vamos a la novela porque sé que en esta reseña os estoy hinchando la cabeza con mis opiniones en vez de hablaros de lo que realmente queréis oír: de Eva (y para los que habéis leído la novela anterior, Falcó: de Eva).

En esta nueva entrega de la serie, tras un par de aventurillas –nada, rajar cuellos, explotar coches, estar con un par de señoras–, Lorenzo Falcó es enviado a Tánger con la misión de robar (o recuperar, depende del bando en el que estés) el cargamento de un mercante de la República: nada más y nada menos que varias toneladas de oro que van derechitas a una Rusia entorno a la cual Stalin está cerrando las zarpas.

La aventura de Eva se centra en los días en los que Falcó está en la ciudad y en sus maniobras para hacerse con el oro, algunas muy burocráticas y otras bastante menos. En Tánger, como os podéis imaginar por el título de la novela, se reencontrará con Eva Neretva, espía rusa a la que, y perdonad el spoiler si no habéis leído la anterior, salvó la vida al final de la primera entrega de la serie. Y ya os podéis imaginar lo que pasa cuando dos monstruos letales y enemigos se enamoran, o eso creen. Vuelan más navajazos, balas y hostias que besos, pero de eso también hay. Un poco, al menos.

Eva es una novela plagada de escenas de acción muy bien manejadas, realistas y crudas, brutales, con unas descripciones de Tánger que logran hacer que te sientas allí, aunque nunca hayas puesto un pie en la ciudad, y que, en sus 400 páginas, cuenta varias historias (no tengo espacio aquí para hablaros de los dos capitanes, pero no tiene pérdida) y tiene diversas lecturas. Es una novela hecha de gestos –dos dedos en la gorra, ofrecer un cigarrillo, servirse o no un dedo de whiskey…– de ritos y códigos. También es una novela visual, leyéndola sientes que estás viendo una película de los años 30 o 40 (con más sexo y violencia, pero ese es el espíritu de nuestros tiempos), rápida, con espíritu de folletín, que al mismo tiempo habla de más cosas de las que me da tiempo a apuntar aquí.

Antes de irme, quería hablaros de Eva, pero no puedo hacerlo sin spoilers. Así que solo os diré que me recuerda mucho a la Tánger Soto de La carta esférica, mi novela preferida del autor. Si estáis de acuerdo conmigo, cuando salga la siguiente, hablamos.

Laura Gomara

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Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

nocturno de chile

nocturno de chileEn menos de tres meses, he vuelto a caer en un libro de Roberto Bolaño. La culpa la tiene la editorial Alfaguara, que no deja de colocar sus obras en la sección de novedades. Pero no me quejaré, porque a mí me sirve para profundizar en este peculiar escritor, que siempre me había provocado curiosidad. Así que he pasado de El gaucho insufrible, la colección de siete relatos de la que ya os hablé, a esta novela corta, Nocturno de Chile, para ver si me decido a unirme a su legión de admiradores o no.

Nocturno de Chile es el monólogo interior de Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote chileno vinculado al Opus Deis, crítico literario y poeta ignorado, durante su última noche en este mundo. Después de una vida entera mudo —y, por eso mismo, en paz— ante todo lo que sucedía a su alrededor y en su propio interior, la cercanía de la muerte le hace replantearse sus equívocos. Es su intento de justificarse ante ese joven envejecido que lo ha estado difamando durante años y del que no sabremos la verdadera identidad hasta el final de la novela.

En este monólogo de ciento cuarenta y un páginas, en el que no hay ni un solo punto y aparte, la literatura y Chile son las piedras angulares de los recuerdos de Sebastián Urrutia Lacroix. En ellos aparecen personas tan dispares como Neruda o Pinochet, con los que vivió episodios de lo más rocambolescos años atrás. Precisamente, la parte dedicada a las clases sobre comunismo que el sacerdote imparte al dictador chileno y a otros miembros destacados de su gobierno, como el general Leigh, el almirante Merino y el general Mendoza, es de lo mejor de la novela, ya que en ella Roberto Bolaño desata su sentido del humor —hasta entonces, más comedido— sin dejar de lado su crítica soslayada a la aciaga situación de su país y de América en general en aquel momento.

A pesar de ese torrente de recuerdos, hay silencios obstinados que Sebastián Urrutia Lacroix no llega a romper del todo. Y es en esos silencios donde está la clave del relato de su vida. Porque una cosa son la sucesión de anécdotas que nos cuenta y otra muy distinta lo que realmente quiere confesar. Será el lector el que tendrá que rellenar los huecos que deja por el camino, reordenar algunos episodios y reinterpretar algunos otros. Bolaño en estado puro, diría yo, que ya lo voy conociendo.

Reconozco que el primer tramo de Nocturno de Chile me cautivó por completo. Sin embargo, en algunas partes, la narración sin (aparente) rumbo se me hizo cuesta arriba. Y eso, a una novela tan corta, le resta muchos puntos. Así que sigo sin saber si me uno al club de fans de Roberto Bolaño. Tendré que esperar a ver qué otras obras reedita Alfaguara o probar con alguna de las que ya han recomendado mis compañeros . Algo me dice que el libro que me hará rendirme a los pies de Bolaño me está esperando. Y yo estoy deseando dar con él.

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Todos nuestros presentes equivocados, de Elan Mastai

Todos nuestros presentes equivocados

Todos nuestros presentes equivocadosSeguro que alguna vez ha rondado por tu cabeza la idea de que escribir sirve para ordenar, organizar e incluso entender o comprender mejor. Pero yo a veces me pregunto: ordenar, organizar, entender, comprender, ¿qué? En Todos nuestros presentes equivocados, Tom Barren, protagonista y narrador, escribe para intentar comprender su pasado, o sus pasados. Ya lo entenderás. Escribe para intentar comprenderse, para poner sobre la mesa todas las cartas que llevan dibujada su cara, su apellido y su historia. Dice la faja del libro que estamos delante de «una novela como nunca has leído ninguna». También dice que ya está en traducción en 24 países. Y yo digo: es verdad y es normal.

Todos nuestros presentes equivocados, publicado recientemente por Alfaguara y traducido por Mariano Peyrou, es la narración de muchas de las capas que tiene una vida. Me explico: todo empieza con un telón de fondo futurista pero fechado en 2016 con ciudades idénticas a lo que nosotros imaginaríamos si nos dijeran que pensásemos en una ciudad futurista. El mundo ha cambiado por un hecho ocurrido en 1965. Los habitantes del 2016 tienen la oportunidad de viajar a ese momento por primera vez y conocer en vivo al personaje más importante de la historia, el impulsor del cambio: Lionel Goettreider. Tom Barren, por casualidades de la vida que el libro nos enseña que no lo son tanto, acaba siendo el primero en viajar a ese instante. A partir de ahí cambiará todo. Creo que incluso tú.

Imagina que vuelves al pasado, que cualquier cosa que hagas puede cambiar tu presente y que no eres especialmente hábil en la vida. La lías y todo se trastoca. Y entonces, ya no eres Tom Barren y nada es igual. Pero tú sigues pensándote de la misma forma. Eres tú en la mente y el cuerpo de otro, que se parece mucho a ti. Y no sabes si volverás a tener la oportunidad de recuperar tu primer presente o si tendrás que quedarte en ese nuevo segundo presente. ¿Y si hay tres? ¿Y si hay más?

Elan Mastai consigue plantear preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez y que siempre son los buenos libros los que las recuperan. ¿Quién soy? ¿Qué es lo que veo? ¿Qué es todo? Preguntas sin respuesta que se alimentan de no tenerla. Tom Barren, con conciencia de autor, escribe lo que para él son unas memorias, las suyas, con el fin de comprender qué ha pasado, quiénes y cuántos han pasado por su mente, quién ha logrado quedarse a vivir en ella, quién se ha marchado, quién sigue con él, quién es él. Con gran cantidad de juegos narrador – autor y un profundo dominio del manejo oscilante entre lo técnico y lo coloquial, Mastai consigue hilvanar, con capítulos cortísimos cargados de cliffhangers, algo que dará mucho que hablar. Y más sabiendo que habrá película de ello.

Me gustan los libros que te hacen pensar y más todavía aquellos que te sacan del sitio, que te suben o te bajan y te hacen mirar las cosas desde la distancia, que es donde todo se ve mejor. Me gusta que un libro me despeine, que me cargue la cabeza, que me diga que todavía hay cosas nuevas, mundos por explorar, caminos por recorrer, historias por contar. Me gusta que haya libros que me enganchen y sobre todo me gusta que haya libros que se atrevan a decirme que estoy equivocado. Como este, que se levanta a tu altura, te mira a los ojos y te dice que no estés tan relajado en el presente que vives, que quizás hay otro como tú buscándote, que quizás, dentro, a oscuras, hay otros como tú esperándote. Eso sí, aunque los libros ayuden al empujón, solo tú serás quien decida si encender la luz. Yo la he encendido, y de momento no la quiero apagar. Esto marea pero mola. Elan Mastai mola. Mucho.

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Un grito de amor desde el centro del mundo, de Kyoichi Katayama

Un grito de amor desde el centro del mundo

PUn grito de amor desde el centro del mundoublicada por primera vez en España en 2008, Un grito de amor desde el centro del mundo llega de nuevo a nuestras librerías de la mano de Alfaguara con un mensaje en su faja que seguro que conseguirá que muchos la compren: «La novela japonesa más leída de todos los tiempos». Kyoichi Katayama, que ha superado en ventas a Haruki Murakami, ha conseguido ocupar los dedos de toda una generación de jóvenes japoneses en pasar sus páginas con la historia que nos cuenta directamente Sakutaro Matsumoto, alguien que clama al cielo vivir en un país donde no exista la enfermedad.

Un grito de amor desde el centro del mundo es la narración de una ruptura obligada, una ruptura que llega porque tiene que llegar pero que deja un poso infinito y eterno en quien la narra. Este es Sakutaro – a quien Aki, su amada, llama cariñosamente Saku-chan –, un joven que roza la mayoría de edad y que conoce por primera vez el amor, ese amor que se descubre al cerrar tu taquilla del instituto y encontrarte con unos ojos que por primera vez desprenden hacia ti una red, una red cordial, que deja marca, huella. La historia se nos cuenta en cuatro tiempos que se van mezclando: el inicio de todo, el durante, el después reciente y el un poco más después. La relación entre Sakutaro y Aki crece en paseos, clases y besos furtivos. Y termina, como todos los grandes amores. Todo termina. Pero en este caso el final es excepcional y, a diferencia de su abuelo, quien perdió también, aunque de manera distinta, a su primer amor, Sakutaro deberá decir adiós a Aki para siempre, o por lo menos para ese siempre que nos ofrece la conciencia del presente sin poder imaginar, pensar o creer en que hay un reencuentro posterior, un beso de nuevo, un amor – ese sí – para siempre.

Toda una generación de jóvenes en Japón ha quedado prendada de la historia que narra este libro, un libro que se lee en un día, que pasa rápido y que se olvida lento; un libro que duele pero que a la vez consigue que, por lo menos por un rato, cuando lo cierres mires a la persona que hay a tu lado y sientas la fortuna de seguir teniéndola ahí. Aunque esa persona seas tú. No siempre se está y no siempre se va a estar, es por eso que el mejor camino a tomar es el de exprimir el instante, beber hasta la última gota de una copa que siempre acaba rota.

Un grito de amor desde el centro del mundo está bien, aunque sigo prefiriendo a Murakami. Pero eso sí, había un pensamiento que me asaltaba mientras lo leía y que no puedo evitar dejar aquí escrito: ojalá me hubieran dado a leer este libro en secundaria, una época en la que la lectura se enquista en la parte cerebral del odio como algo aburrido – ¿quién diablos escoge esos libros? –, obligado y olvidable. Este sí vale la pena, aunque haya veces que las bromas, los chistes, las referencias culturales o geográficas nos puedan quedar un poco lejos – y suerte de Lourdes Porta, la traductora, que ofrece pinceladas a pie de página sobre lo más complicado de entender –. Pero aunque está escrito a miles de kilómetros de aquí, lo que se cuenta es algo universal, común a todos los mortales; ¿o acaso tú nunca has perdido a nadie a quien amabas?

El primer amor, el primer desamor, la primera pérdida y la primera superación de esta – si es posible alguna vez superarla -. Todos hemos sido jóvenes, todos hemos dicho adiós, todos nos hemos visto gritando en silencio al amor perdido desde el centro del mundo, de nuestro mundo. A veces un libro ayuda, ¿será este?

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El soñador desconocido, de Laini Taylor

El soñador desconocido¿Cuándo ha impedido algo que un soñador sueñe? Aunque sea algo imposible… Los sueños son el único lugar del mundo en el que todo es posible. El único lugar en el que los únicos límites los pone nuestra imaginación. Se dice habitualmente que los soñadores están tan perdidos en sus ensoñaciones que no saben vivir en el mundo real. Pero, ¿es esto cierto?

Sobre este tema reflexiona Laini Taylor en su nueva novela, El soñador desconocido. Un libro cuyo protagonista es precisamente un soñador. Y quizás uno de los soñadores más especiales que he tenido la suerte de encontrarme. ¿Nunca os ha pasado que hayáis encontrado un libro con el que conectarais tanto que no podíais dejar de leer? ¿Cuyos personajes os hayan tenido tan entregados a sus historias que ha sido imposible despegarse de ellos aún habiendo terminado con la lectura? Esto es exactamente lo que me ha pasado con Lazlo Strange y su historia.

Es muy difícil encontrar un personaje lleno de excentricidades, pero a la vez complejo y lleno de bondad y empatía. Lazlo es de esos personajes que se ganan un hueco en tu corazón lector desde las primeras páginas y de los que te vas enamorando aún más a medida que avanzas con la historia. Pero no solo este protagonista, los personajes secundarios de esta novela tienen una gran importancia en la historia y la autora profundiza en ellos y nos muestra sus verdaderas personalidades.

Aunque esta es una historia de personajes, la ambientación que esta autora recrea en este libro es espectacular. Todo lo que puedas soñar de una ciudad, toda la magia y el esplendor, es lo que describe Laini Taylor en el caso de Llanto. Un lugar del que solo quedan historias, recuerdos y una batalla contra los dioses de la que muy pocos conocen sus circunstancias. Ahí empieza el verdadero misterio, ¿qué ocurrió allí? ¿Cómo volver a hacer de Llanto el lugar que era en tiempos pasados?

Aventuras, sueños, amor y amistad; pero también venganza, misterio y ambición se unen en esta historia para mostrarnos que nada es lo que parece. Que hasta nuestros sueños más oscuros se hacen realidad, que la oscuridad puede habitar dentro de nosotros, aunque ni nosotros mismos nos demos cuenta. Esto es lo que más me ha gustado de este libro.

Parece que en el género de la fantasía siempre nos encontramos con mundos irreales y personajes sacados de cuentos y leyendas, unas cuantas aventuras, y nada más. Solo entretenimiento. En este caso, se ve que realmente este tipo de novelas no solo aguardan eso. Siento que me ha hecho reflexionar, sobre el sentido de la vida, el miedo a la muerte, el poder de nuestros sueños y la lucha por nuestros ideales. Todo esto ha aportado un toque muy real a la historia que se relata y a todos sus personajes, volviéndoles más humanos y cercanos a los lectores.

A pesar de que me he encontrado con un principio de bilogía demasiado introductorio, El soñador desconocido me ha sorprendido por completo. No sé por qué pasa siempre que cuando no tenemos especiales expectativas en cuanto a una lectura, esta nos sorprende y, a veces, se convierte en una de nuestras mejores lecturas del año. Para mí, esta, ha ido directa a esa lista. Y, es que, algún día, los soñadores dominaremos el mundo y demostraremos que una mente con una imaginación desbordante puede dar lugar a las mejores ideas. Pero, ¿no todos los lectores somos eso? Soñadores. En busca de las mejores historias, esas que solo ocurran en nuestra imaginación, que sean solo nuestras durante unas horas para luego dejar ese hueco a otra nueva historia. Es algo sobre lo que me ha gustado reflexionar.

 

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El libro de Aurora, Textos conversaciones y notas de Aurora Bernárdez

El libro de Aurora

El libro de AuroraNo sé si os habéis enterado de la polémica que ha habido hace poco entre Joaquín Sabina y Susana Rivera, viuda del enorme poeta Ángel González. Podéis leerla aquí,  pero de todas formas os hago un resumen. Resulta que en una entrevista, le preguntaron a Joaquín Sabina sobre la fundación Ángel González que él siempre había querido fundar. Él contestó, palabras textuales: “Sí, claro que me duele… Hay un cáncer ahí que se llama cáncer de las viudas de los escritores. En fin, me dicen que me calle. No merece la pena.”. Haciendo clara alusión a Susana Rivera, quien al leer la entrevista, tuvo su momento de réplica con palabras como éstas: “Las viudas ni somos ignorantes ni analfabetas, somos las herederas del legado de nuestros cónyuges, no hay más. Es todo una farsa. ¿Interminables noches en casa de Sabina? Le conocimos en el 2001, por Dios, hasta 2004 no paramos por su casa, solo veníamos los veranos y Ángel murió en 2008. Es absurdo. Lo de Sabina es como sus discos: más de cien mentiras, y lo niego todo, incluso la verdad. Da risa”.

Más allá de si se conocían hace más o menos años y del grado de relación que pudiera existir, lo que más me llama la atención son las poco agraciadas palabras de Sabina hablando sobre el cáncer de las viudas de los escritores. Me parece que le hace flaco favor a estas mujeres y a la literatura en general. Un comentario misógino y desafortunado y que por desgracia aún sigue teniendo cabida, no porque sea verdad, si no porque hay gente que aún lo cree así.

En fin, yo quería contaros todo esto en la introducción porque El libro de Aurora, Textos conversaciones y notas de Aurora Bernárdez tiene mucho que ver. Aurora Bernárdez es viuda del escritor Julio Cortázar y me temo que ella misma ha sufrido de alguna u otra forma algo parecido a lo que os contaba en la introducción. Además, en este caso, Aurora Bernárdez, también era escritora. Eso sí, una escritora que se vio relegada de forma voluntaria, a escribir para ella misma. Lo explica muy bien Mario Vargas Llosa: “Era difícil descubrir quién era más inteligente y más culto, cual de los dos había leído más, mejor y con más provecho (…) Yo estuve siempre seguro que Aurora no solo traducía – lo hacía maravillosamente – sino también escribía, pero se abstenía de publicar por una decisión heroica: para que hubiera un solo escritor en la familia”.

No sé, a mí me parece triste que la propia Aurora decidiese esconder sus escritos por esos motivos. ¿No creeis?  Así que celebro con gran alegría este libro, que es un canto a esa vocación de oscuridad y secreto que la propia Aurora decía tener.

En El libro de Aurora, Textos conversaciones y notas de Aurora Bernárdez se recogen los poemas, relatos y notas de esta mujer brillante, que dedicó parte de su vida a la traducción literaria de autores como Albert Camus, Italo Calvino, Ray Bradbury o William Faulkner. Además, encontramos también la transcripción de la única entrevista que concedió. Una entrevista esclarecedora, en la que habla de su vida, su relación con Cortázar y la literatura, sus escritos y mucho más. Una forma maravillosa de conocer a la auténtica Aurora Bernárdez, esa mujer desconocida para casi todos.

Un libro para darle ese papel que se merece Aurora. No sólo el de la mujer y confidente de Julio Cortázar durante muchos, sino el de una mujer auténtica, brillante y fascinante.

 

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La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

La posibilidad de una isla

La posibilidad de una islaEnfrentarse a una novela de Michel Houellebecq siempre conlleva enfrentarse a uno mismo. Este eterno candidato a premio Nobel, díscolo, impredecible, visionario, insoportable para algunos e idolatrado por el resto, tiene esa indudable habilidad. Si algo hace perfectamente Houellebecq con su literatura es estamparnos contra un espejo, golpearnos la cabeza contra su cristal hasta hacernos sangrar y luego levantarnos el rostro por la barbilla para que miremos, para que contemplemos nuestro reflejo sangrante y comprobemos si lo que había dentro de nosotros, en efecto, era lo que pensábamos. Casi nunca lo es.
La posibilidad de una isla es una indagación completa en lo que llamamos amor. Su vertiente romántica, su lado carnal, su nacimiento, desarrollo y, cómo no, muerte. Con un profundo toque autobiográfico, como en todas sus novelas, Houellebecq también hace un acercamiento a las sectas religiosas y a la búsqueda científica de la vida eterna, para terminar estableciendo un sorprendente paralelismo entre las intenciones de unos y los logros de otros.
El relato en sí se estructura a través de la lectura que hacen Daniel 24 y Daniel 25, clones futuros, del relato de la vida de Daniel 1, el ser humano original a imagen del cual han sido creados. Los Daniel futuros, un par de siglos más adelante en el tiempo, habitan un mundo sintético, evolución del actual, en el que se ha sustituido la reproducción por la clonación, y el contacto directo por el digital. Aquellos seres humanos, pocos, que todavía permanecen en un estado “salvaje” han retrocedido en la escala animal y han sido exiliados fuera de las fronteras de los clones, separados de ellos por vallas electrificadas.
Por su parte, Daniel 1, monologuista francés en un tiempo contemporáneo al nuestro, triunfa a nivel internacional con un humor corrosivo y cínico. En la cima de su carrera se enamora de Isabelle, que dirige con éxito una revista para adolescentes, de las que todavía pueblan los quioscos. Daniel, narrador en primera persona, hace un recuento sincero de lo bueno, lo malo y lo pésimo del amor. Es descarnado siempre, brutal en ocasiones, pero también deja lugar para la ternura y el ensimismamiento. Como frente al espejo del que hablaba en el primer párrafo, el autor no sale en ningún momento de los límites que cualquiera con una vida amorosa ha podido experimentar, y sus reflexiones sobre lo cotidiano del amor se convierten en dardos envenenados de realidad que sirven una y otra vez para comparar su situación, ficcional, con la nuestra, de carne débil y duro hueso.
El paso del tiempo hará mella en la unión entre Daniel e Isabelle, en la que permanece el cariño pero va quedando olvidado por completo el sexo. La separación será inevitable, y Daniel partirá poco después a la búsqueda de otras aventuras con las que, por el contrario, nunca olvide el sexo para dar paso al cariño. Al mismo tiempo, se introducirá casi por casualidad en la dinámica de una secta, los elohiminitas, que proclama como tantas otras que provenimos de una cultura extraterrestre, pero que a la vez busca en el avance científico la salvación de sus acólitos.
La posibilidad de una isla se reedita ahora en el catálogo de Alfaguara (el único de los libros del francés que permanece fuera de Anagrama, si no me equivoco) y devuelve a las mesas de novedades una novela de prosa compleja (que no difícil) y estructura bastante original. Menos rica en subtramas que “Las partículas elementales”, comparte con ella el desarrollo de un personaje arrollador y con “Sumisión” una impecable capacidad para proyectarse hacia adelante en el tiempo. El tiempo ha tratado bien este último aspecto, y doce años después de su publicación original en castellano, “La posibilidad de una isla” sigue sin parecer anacrónica y desfasada, al contrario. El futuro que plantea, si bien en ocasiones resulta desolador, parece ahora más cercano y más posible.
Los que hayan disfrutado con las obras más celebradas de la primera época de Houellebecq no deberían dejar pasar la oportunidad para completar sus lecturas con esta. Para quienes no lo conozcan quizá no sea la mejor presentación, y sobre todo deberían abstenerse de leerla aquellos que no quieran apagar la última luz del día con el desasosiego de saber que no van a poder conciliar el sueño hasta que su cabeza termine de ordenar las miradas a su propia vida que Michel Houellebecq lanza casi en cada página.

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Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa

Travesuras de la niña mala

Travesuras de la niña malaDesde hace más o menos un año y medio sigo un grupo de lectura de Facebook llamado “Club de lectura literatura +1”. Está compuesto por más de veinte mil miembros venidos de todos los países hispanohablantes del mundo. Cada mes, el búho lector (el jefe del grupo) abre la veda para que los miembros propongan libros. Se escogen las treinta primeras propuestas y luego se votan durante unos días. Así, cada mes sale un libro diferente que todos debemos leer y comentar. Pues bien, yo empecé en este club leyendo El psicoanalista, al que le siguieron obras como El Aleph, Drácula o Lolita. Este club me ha dado la oportunidad de encontrar títulos que de otra forma nunca hubiera leído y me ha enseñado que en la variedad está el gusto y que se debe leer de todo para poder opinar sobre ello como es debido.

Pero la verdad es que no todos los meses he seguido las lecturas —sobre todo, últimamente, porque estoy leyendo otras cosas y no me da tiempo a seguir el ritmo del club—, así que, armándome de paciencia, papel y boli en mano, copié en una hoja todos los títulos que se habían leído en el club desde el inicio de los tiempos (quizás unos cinco años antes de que yo entrara) y me propuse leer todos y cada uno de ellos. Esto es motivador pero también muy frustrante, porque hay que tener en cuenta que cada mes hay que sumar el libro elegido y la lista crece y crece incesantemente…

El caso es que uno de estos libros que se me habían quedado en el tintero y que no leí en su día —por pereza, básicamente— era Travesuras de la niña mala. La verdad es que la historia me atraía bastante y tuve en mis manos el libro varias veces, a punto de ser comprado y enviado a mi biblioteca, pero al final veía otro título que llamaba más mi atención y acababa procrastinando. Y es que yo tengo un problema con los escritores sudamericanos. Me cuestan y mucho. He leído a Márquez, a Borges, a Allende… y puf. Para mí, son demasiado descriptivos y demasiado intensos. Tanto que siento que coartan mi imaginación a la hora de leer un libro. Yo necesito una descripción, pero que permita a mi mente imaginar todo lo demás. Y eso, sobre todo con Márquez, me resulta imposible. Así que tenía un miedo terrible de enfrentarme a Vargas Llosa, porque no quería tener que dejar un libro suyo a medias y olvidado en el rincón donde abandoné hace ya tiempo a Márquez (sinceramente, me encantaría que esto cambiara y que algún día me descubra leyendo un libro de él con ojos fascinados). Pero el otro día lo decidí, tenía que leerlo. Y es que si se quiere opinar de algo, hay que saber de lo que se habla. Así que lo pedí y, unas semanas después, aquí estoy, intentando trasmitiros lo que me ha hecho sentir este libro.

Travesuras de la niña mala habla de Ricardo y Lily que, movidos por las rebeliones acontecidas en Perú, tienen que partir hacia Europa. Ricardo entonces era un chico inocente que no sabía de qué iba el mundo. Y en cambio Lily, por toda la vida que llevó y los asuntos donde estuvo entrometida (hasta aquí puedo leer), aprendió las lecciones que Ricardo hubo de aprender más tarde. Él, enamorado de ella hasta las trancas. Ella, sabiendo que su futuro debía estar en manos de otros hombres. Un amor imposible que se ve impulsado cada vez que se encuentran. Primero París, luego Londres, Japón, incluso en Madrid. Lily aparecía cada vez de la mano de un hombre, dentro de un matrimonio infructuoso y torturador. Y se dejaba llevar por las caricias de Ricardo cada vez que se veían en un hotel de la ciudad. La “niña mala”, la llamaba él, a sabiendas de que nunca podrían compartir eso que él llamaba amor.

Mario Vargas Llosa nos trae una novela a caballo entre lo erótico y lo sentimental. Sin cortarse un pelo en las escenas más calientes, nos transporta a diferentes ciudades perfectamente ambientadas. En cada capítulo viajaremos a un lugar distinto, con personajes nuevos y con un “mini-clima” creado exclusivamente para ese capítulo. Así, encontraremos varias historias dentro de una misma y sentiremos la frustración que siente Ricardo cada vez que ve a Lily marchar.

En cuanto a la descripción, que tanto miedo me daba, no ha sido para tanto. Vargas Llosa deja más a la imaginación que otros autores del estilo que había leído y no se me ha hecho tan pesado como otros. Incluso me ha enganchado, cosa que no esperaba en absoluto. En cada capítulo, Vargas Llosa nos deja con ganas de más; con ganas de saber qué habrá sido de la niña mala y si la pasión que vive cada vez que ve a Ricardo sigue en pie como el primer día.

Me daba miedo leer este libro. Me daba miedo tener que decirle al mundo que no me gusta Vargas Llosa. Me daba miedo tener que dejar el libro a medias y no poder recomendároslo. Pero ya veis que no ha sido así. Que lo he leído de principio a fin sin poder parar. Que he dejado la lectura que me tocaba este mes (El idiota) para poder terminar este libro a tiempo y recomendároslo a todos y cada uno de vosotros. Tanto si os gustan los escritores latinos, como si no. Tanto si os gusta la novela romántica, como si no. Tanto si os cae bien Vargas Llosa, como si no (por suerte o por desgracia, la gente juzga mucho por lo que ve a través de los televisores y a la literatura eso le importa poco). Porque es una novela que se deja leer por todos los públicos. Tiene conflictos, guerras, sentimientos, romanticismo, erotismo y más conflictos. Y un personaje principal que se deja identificar fácilmente por el lector.

Pocas palabras me quedan ya para describir esta obra de la literatura contemporánea. Sin duda, una pena no haberla leído en su día para poder comentarla con mis compañeros del club de lectura. Así que ahora vengo aquí para poder comentarla con vosotros. Ya sabéis, nunca es tarde.

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Escribe con Rosa Montero, de Rosa Montero y Paula Bonet

escribe con rosa montero

escribe con rosa monteroSi quieres ser escritor para ser rico y famoso, no te molestes en leer esta reseña, porque Escribe con Rosa Montero no es el libro que buscas. En él no encontrarás la receta mágica para crear una novela superventas, ni siquiera para escribir cómo Rosa Montero, pues no se resumen en un puñado de páginas los años de esfuerzo y trabajo que le han costado a ella ser quien es.

Pero sigue leyendo esta reseña si lo que buscas son razones para continuar escribiendo, olvidarte de las mil excusas que te pones para no sentarte a hacerlo, perder el miedo a la hoja en blanco, hallar tu propia voz y que, por fin, lo que plasmes en el papel sea tu esencia, con esa mirada tan tuya que haga que lo que escribas sea diferente a todo lo demás.

Que su título no te confunda. En Escribe con Rosa Montero, las palabras de la prestigiosa escritora madrileña no serán las protagonistas, sino las tuyas. Y es que este libro es en realidad un cuaderno de escritura, con recomendaciones y ejercicios de Rosa Montero y las palpitantes ilustraciones de Paula Bonet para despertar tu creatividad.

Rosa Montero te tomará de la mano y te animará a emprender ese camino solitario que es la escritura. Te dará los consejos de quien tiene las suelas desgastadas por la larga andadura y no ve otra forma de aprender a escribir que escribiendo. Te dirá que poco importa el talento si no tienes tenacidad; que la labor de escribir es en gran parte saber cuándo borrar y que lo que crearás nunca será lo suficientemente bueno si con ello has pretendido enseñar algo a los demás en vez de aprender tú mismo de tus luces y tus sombras. Y Paula Bonet reflejará en sus dibujos ese bullicio de emociones que hay en ti deseando salir convertidas en literatura, y ese vacío que te parece inexpugnable cuando no fluyen las palabras.

Al principio, Escribe con Rosa Montero será ese cuaderno que metas en el bolso cada día para llenarlo con tus inquietudes o que dejes en la mesita de noche para cuando te asalten las mejores ideas en plena madrugada. Y después se convertirá en ese recodo al que regresar cuando te sientas perdido en el tantas veces infructuoso camino de la narrativa, porque no solo estarán allí las palabras de Rosa Montero para volver a motivarte, sino también las tuyas: escenas cotidianas, reflexiones obsesivas, esbozos de relatos; decenas de frases como semillas que esperan germinar.

Ya sé que es una preciosidad y que temerás que tus palabras no estén a la altura del talento de Rosa Montero y Paula Bonet, pero este cuaderno ha nacido destinado a transformarse a tu imagen y semejanza, y el mayor ultraje que le harás a él, a ellas, a ti mismo, será dejarlo vacío.

Si de verdad quieres escribir, escribe. Tan sencillo como eso. Y tan difícil.

P. D.: Si los consejos de Escribe con Rosa Montero cumplen su cometido y, tras acabarlo, sigues sintiendo la imperiosa necesidad de escribir, escribir y escribir, pero todavía no te atreves a caminar en solitario, recuerda que ella está dispuesta a guiarte en su curso de Escritura Creativa en Escuela Cursiva.

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Borges Esencial, de Jorge Luis Borges

Borges esencial

Borges esencialAquellos que me conocen  me habrán escuchado decir en cientos de ocasiones que los poetas nunca mueren, con motivo del treinta aniversario de la desaparición de Jorge Luis Borges, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, han querido rendirle un sentido homenaje al gran maestro, poeta y escritor, con esta edición titulada Borges esencial, que publicado por la editorial Alfaguara no ha de defraudar a ninguno que, como yo, tuviese ganas de tener una buena obra recopilatoria que en este caso ha preparado, como no podía ser de otra manera,  José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de las Letras.

Yo no soy una gran estudiosa de Borges, les diré que he leído fundamentalmente su poesía, y muchos de sus  cuentos, casi nada  de ensayo, cosa a la que que gracias a esta obra estoy poniendo remedio, y bien que lo estoy agradeciendo porque no es lo de menos conocer su opinión sobre Schopenhauer, o Nietzsche que  “…Sabía que el Eterno Recurso  es de las fábulas o miedos  o diversiones que recurren eternamente, pero también sabía que la más eficaz de las personas gramaticales es la primera. Para un profeta, cabe asegurar que es la única…”, ya ven, descubrir que Borges pensase lo mismo que  Nietzsche, y ellos lo mismo que yo al plantear la duda entre la inspiración y el recuerdo, no tiene precio…  Estoy disfrutando mucho, como pueden ver  y aprendiendo de aquel que aprendió de otros, y otro s que aprendieron de otros mucho antes.

¿Cuántas carencias tengo sobre los clásicos? Muchas, tantas que no caben en diez libros de milloneses de páginas, pero ello  no es motivo de amargura para mí, porque así me acerco a libros y son libros que me hablan y casi siempre salgo satisfecha. Gracias a ellos luego voy a los autores recientes y veo de donde vienen las novelas, unas de la lectura, otras de la pura creatividad, otras de la pura ignorancia como la mía, pero todas hacen falta en el arco literario jajaja

Fíjense, este volumen va precedido de una pequeña introducción  realizada por la RAE que está encabezada por su conocido símbolo con la frase “Limpia, fixa y da esplendor” en la que nos presentan la obra que tenemos entre las manos y sobre todo su importancia y contenido. Inmediatamente después nos encontramos con una introducción a Borges y su obra  realizada por el profesor Teodosio Fernández, que no hace mucho, por cierto, descubrí que no tiene entrada en Wikipedia, cosa que me ha extrañado sobremanera, pues hasta yo, que bien poco se de casi todo, sabía que es un conocido hispanista que da conferencias sobre Borges (para lo que aquí nos interesa, naturalmente). Ya ven, así nos va…

Para hablarnos precisamente del Borges ensayista está Alberto Giordano (y no, no lo busquen tampoco en wikipedia que se llevarán un disgusto), y miren que divinamente nos introduce en el tema:

“En la breve nota que precede y da título a la compilación de sus ensayos literarios, Virginia Woolf esbozó la figura de un lector capaz de decidir  sobre la grandeza poética de las obras que lo conmueven sin recurrir más que a su “instinto” y sin pretensiones de sabiduría perdurable ni de objetividad. …”

Y cómo no quedarme enganchada de las palabras  de Giordano que darán paso después a las de Dario González que nos hablará de El tiempo y la lógica del asombro, o lo que es lo mismo, nos introduce a la filosofía de Borges. Noé Jitrik, que desde 1997 es director del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires (y si está en la Wikipedia), nos habla de el inmenso trabajo realizado por nuestro autor, su continuidad en el tiempo, y de ahí a su poesía de mano de Santiago Silvester y ya que él nos habla de ella yo les voy a dejar también este poema titulado La fama (1981), en el que “enumera veintidós circunstancias (más que  razones) que según él, sumadas, le depararon una celebridad que no podía comprender”.

borges

 

“Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar.

Recordar el patio de tierra y la parra, el zaguán y el aljibe.

Haber heredado el inglés, haber interrogado el sajón.

Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.

Haber conversado en Palermo con un viejo asesino.

Agradecer el ajedrez  y el jazmín, los tigres y el hexámetro.

Leer a Macedonio Fernández con la voz que fue suya.

Conocer las ilustres incertidumbres que son la metafísica.

Haber honrado espadas y razonablemente querer la paz.

No ser codicioso de islas.

No haber salido de mi biblioteca.

Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote.

Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo.

Agradecer los dones de la luna y de Paul Verlaine.

Haber urdido algún endecasílabo.

Haber vuelto a contar antiguas historias.

Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.

Haber eludido sobornos.

Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma.

Ser devoto de Conrad.

Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino.

Ser ciego.

Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender”.

 

Finalmente, esa otra porción de Borges que tanto admiramos, “Su opción por la brevedad”, presentada por Graciela Tomassini. Hoy diríamos que fue un adelantado a su tiempo, si comprimía un mundo en un puñado de frases, ¿lo pueden imaginar jugando en twiter con esas palabras ajustadas que tan bien dominaba?

Toda esta introducción me ha resultado impresionante, ahora la obra de Jorge Luis Borges la leeré y releeré en muchos casos con más cariño, acercándome a él de otra manera, es un reencuentro, es un volver a Borges desde mi experiencia de vida, y desde el conocimiento que me han aportado los expertos.

Está claro que no puede haber mejor homenaje para este inmenso autor que “sólo quería ser poeta”, que hacer un trabajo como este, esta recopilación en la que seguro que dentro de poco ya tendré frases subrayadas, poemas pintados de amarillo, rosa o verde, y volveré a adentrarme con él por Quevedo y El Quijote, volaré hasta Kafka y Joyce, y como bien habrán imaginado me inundaré de nuevo de El Alepf, y en esta ocasión el baño será completo.

¿A qué ya están deseando tener esta obra en su biblioteca?

Merece la pena.

No lo duden.

 

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Rendición, de Ray Loriga

Rendición

Rendición“Loriga se ha unido al selecto grupo de escritores que – como Houellebecq y Murakami – están redefiniendo la ficción del siglo XXI”. Esta frase, que firma Wayne Burrows para The Big Issue, aparece en la faja de Rendición, la última novela de Ray Loriga, premio Alfaguara 2017. Aunque no está fechada, creo que pertenece a la época en la que Loriga publicó “Tokio ya no nos quiere”, es decir, hace ya unos catorce años. Y lo que Burrows escribió en inglés fue “is set to join”, que en realidad se podría traducir como “está listo para unirse”, más que como un hecho consumado.
Antes de empezar con la lectura, pues, uno puede preguntarse: ¿lo ha hecho Loriga? ¿Se ha unido a ese selecto grupo? La verdad es que no lo parece. En la última década, justo antes de llegar a la cincuentena, ha transitado por diversos géneros, incluida la novela juvenil, sin recuperar el pulso que le había hecho ganarse un puesto por derecho entre los más grandes.
Después de un cierto silencio reciente, este Rendición se saluda como la vuelta del mejor Loriga, “una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”. Esto último lo he cogido también de la faja, me van a perdonar que no haya abierto ni siquiera el libro y ya me haya pasado el primer tercio de la reseña. Para responder a la segunda pregunta nos vale con las primeras veinte o treinta páginas, y la respuesta también es “no”. Ah, y la pregunta sería ¿regresa el mejor Loriga?
El mejor no. Regresa otro. Un buen Ray, si bien muy distinto del Loriga al que se refería Wayne Burrows. Rendición no tiene nada que ver con nada anterior a “El hombre que inventó Manhattan”, ni por el tono ni por la temática. Donde antes había narrativa urbana llena de drogas, sexo y rock’n’roll, ahora encontramos una fábula distópica, en la que el autor reflexiona a golpe de metáfora sobre la pretendida transparencia de la sociedad actual y la necesidad de aparentar la felicidad, más que de conseguirla.
Loriga nunca ha andado mal de imaginación así que sale con cierto éxito del paso de inventarse una sociedad de la nada. El planteamiento es interesante: una familia se ve obligada por la guerra, un conflicto intuido más que real, a quemar sus pertenencias y a dejar su hogar en el campo. El gobierno, al que deben obediencia pero al que no tienen acceso, los desplaza junto a sus vecinos a un lugar seguro, que resulta ser una ciudad de cristal, donde todo está a la vista de todo el mundo y sus necesidades se encuentran cubiertas por completo. Después de haber pasado años de penalidades y de llegar al borde de la hambruna, el protagonista, su mujer y su hijo (en realidad un huérfano al que encontraron antes de partir) reciben en esta urbe transparente todo lo que pueden desear. Pronto olvidan la guerra de la que venían, a los dos hijos que tienen en el frente y se entregan a una existencia anestesiada en la que no hay dolor pero tampoco pasión.
Se despliega todo esto ante nuestros ojos, en primera persona, de la mano del pater familias, un hombre de campo, un tanto inculto y consciente de sus limitaciones, que no aspira a más que a comprender un poco su propia existencia. El padre cuenta con profusión sus días en la ciudad de cristal, cómo cada problema queda resuelto por la comunidad sin la intervención de una autoridad superior y cada jornada es igual que la anterior.
Quizá el problema de Rendición como historia estriba en que termina convirtiéndose, durante su mayor parte, en un “paseo por el zoo”, como decía Kim Stanley Robinson de algunas novelas utópicas en una entrevista reciente. De las poco más de doscientas páginas del libro, la mayoría se aprovechan para describir el contexto. El campo primero, la guerra, la ciudad después, todo es retratado de manera estática, como algo que está allí, un escenario. Los conflictos son escasos y, sobre todo en la ciudad, resueltos rápidamente.
Al final nos queda “una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva” (esto es de la cuarta de cubierta). Kafkiana sí, aunque hay que llegar hasta el final para comprenderlo plenamente. Orwelliana, no tanto. Del Orwell de 1984 puede ser, pero no creo que orwelliano se pueda aplicar tan a la ligera cuando hablamos de un tipo que también escribió Homenaje a Cataluña. Rendición está más relacionada con el Huxley de “Un mundo feliz”, dado que la enseñanza subyacente es similar.
En resumen, una apuesta valiente por parte de Loriga por salir de su zona de confort con un resultado que no desmerece, pero que tampoco creo que lo vuelva a catapultar a los altares de la ficción internacional.

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