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Bravura, de Emmanuel Carrère

Bravura

BravuraLa sinopsis de esta novela –una de esas sinopsis eternas de Anagrama– nos informa de que un morceau de bravoure es una expresión francesa que “designa aquel fragmento de una obra en la que el creador despliega todo su virtuosismo”. No se me ocurre un título más adecuado para esta novela. Bravura es un juego literario y un ejercicio formal de Emmanuel Carrère en el que nos sorprende con una charada espectacular, pirotécnica y muy bien documentada.

Escrita en 1984, Bravura es la primera novela del autor y, si esta es una primera obra, me he quedado con ganas de saber cómo escribirá este hombre hoy (vosotros podéis comprobarlo aquí) porque Bravura es ya una novela madura, y al mismo tiempo experimental, de la que, como escritor, se puede aprender mucho.

Porque Bravura no es una novela, sino varias, integradas en un juego de cajas chinas. En ella encontramos ciencia ficción, romance, misterio y mucha novela gótica. Es impresionante como Carrère juega con los géneros para crear su particular Frankenstein, porque la novela, además de serlo, va de eso, de Frankenstein.

Comienza con Polidori, el médico inglés y secretario de Lord Byron que escribió El vampiro. Polidori, con apenas veinticinco años pero consumido por su frustración, miedos e inseguridades, vive en la indigencia en el Londres de la Regencia. Adicto al opio, el médico fluctúa entre la paranoia y la rabia y le echa la culpa de su suerte a Mary Shelley y, en menor grado, a Lord Byron. Después de acompañar los enloquecidos pensamientos de Polidori al menos setenta páginas, el lector pasa a la mente del capitán Walton, personaje por partida triple (es el capitán que cuenta la historia de Frankenstein en la novela de Mary Shelley, un personaje de Polidori y también cobra vida propia en la novela de Carrère), a la de Ann, una escritora de novela rosa que se encuentra metida de lleno en una historia de ciencia ficción, o, finalmente, a la de la mismísima Mary Shelley.

A lo largo de la novela Carrère analiza, recrea y reescribe desde diversos ángulos la historia de Frankestein pero también la de su creación, aquel verano de 1816 en la villa Diodati en el que Lord Byron retó a Percy Shelley, Mary Wollstonecraft Shelley y Polidori a escribir un relato de fantasmas. Tanto Percy como Lord Byron, ambos poetas, abandonaron pronto el proyecto. Pero no fue así en el caso de Polidori, que escribió el cuento de El vampiro del que hablábamos al principio, ni Mary Shelley quien, con diecinueve años en aquel momento, moldeó al inolvidable Frankestein.

No podía ser de otra manera, Bravura ha sido una lectura extraña. Es un libro de inicio lento, del que cuesta pillar el ritmo porque no sabes por dónde va a salir, pero las últimas ciento cincuenta páginas se leen de un tirón. Una vez has entrado en su juego, Carrère te arrastra hasta los límites de la novela. Y además hay que tener en cuenta que escribe muy bien, tan bien que a veces da hasta rabia.

Bravura es una novela torrencial, a veces densa, sin apenas diálogos, que cambia radicalmente de estilo a medida que articula las diversas historias que la conforman. Si en la primera parte, en la que estamos en la cabeza de un Polidori, pensamos que vamos a acabar contagiados de su locura y ansiedad, en la parte en la que seguimos a Ann, la novela es mucho más ágil, rápida y fresca. Bravura está muy bien trabada, pero al mismo tiempo, sus partes están tan diferenciadas que tienes la sensación de estar leyendo libros distintos. Su autor juega con la metaliteratura, inserta textos dentro de textos, mezcla datos históricos con invenciones descabelladas y te lo hace pasar realmente bien. No os diré cómo acaba, pero Carrère es capaz de cerrar el círculo y desentrañar el magnífico laberinto que ha creado y, cómo no, con virtuosismo.

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El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

El gigante enterrado

El gigante enterradoHan pasado diez años desde que Kazuo Ishiguro escribió Nunca me abandones. Entre medias, un libro de relatos: Nocturnos: cinco historias de música y noche. Atrás quedan, Cuando fuimos huérfanos y Los restos del día, también traducida por Lo que queda del día, y protagonizada en el cine por Anthony Hopkins y Emma Thompson. Ahora el escritor británico de origen japonés regresa a la Inglaterra medieval en su última novela publicada por Anagrama, El gigante enterrado, en una fábula sobre la necesidad del olvido, las heridas y la vida, donde se dan cita ogros, dragones y duendes. También hay una princesa, aunque anciana, el último caballero vivo del rey Arturo (su sobrino Sir Gawain), un guerrero sajón, un chaval maldito y un hechizo, en forma de niebla, que les ha robado a todos los habitantes de la región la memoria.

Con las leyendas de Camelot como telón de fondo, El gigante enterrado tiene algo además de La princesa prometida. A saber: “Esgrima, lucha, torturas, venenos, amor verdadero, venganza, gigantes, cazadores, hombres malos, hombres buenos, dolor, muerte, persecuciones, fugas, mentiras y verdades”. Y un monasterio en las montañas, muy a lo El nombre de la rosa, detrás de cuyos muros se ocultan oscuros rituales.

Atrás quedan, también, la ciencia ficción de Nunca me abandones o la novela detectivesca de Cuando fuimos huérfanos. El género siempre es un pretexto para este autor que ahora construye una fábula de aventuras, entre épica y fantástica, a ratos perturbadora e inquietante, pero también conmovedora, donde subyace el debate, tan en boga en nuestro país, sobre la necesidad o no de la memoria colectiva y de la memoria individual.

Bien es cierto que el escritor, para ello, huye de los arquetipos propios del género. Sus protagonistas, de hecho, son Axl y Beatrice, una pareja entrañable de ancianos, atípicamente vulnerables, que un día deciden abandonar su aldea y emprender la búsqueda de su hijo, quien se encuentra en paradero desconocido. Un viaje iniciático que les conducirá por un terreno oscuro y pantanoso, a ratos resbaladizo, donde por momentos se abona, aún en tiempos de paz, el germen de las guerras, las rivalidades y las traiciones.

En este contexto, Ishiguro investiga, es cierto, sobre la memoria, el pasado y el recuerdo a partir de la reconstrucción de un presente nebuloso, en esencia casi puro, mientras de fondo divaga sobre el paso del tiempo, el perdón, el amor, aquello que algunos etiquetan como el amor verdadero, las heridas profundas, el destino y la muerte.

Traducido al español por Mauricio Bach, la belleza de El gigante enterrado reside en la prosa de Ishiguro. Sus palabras, como en una suerte de hechizo, te sumergen en un mundo maravilloso e hipnótico de criaturas extrañas donde no hay otra opción que avanzar hacia adelante para poder dejarlas atrás. Si es lo que se desea. Una lectura fascinante y hermosa que empieza al ritmo lento de sus dos protagonistas, pero que poco a poco se acelera y nos arrastra hacia una profunda reflexión sobre la vida y el género humano. Es allí donde la fábula deja de ser fábula. Ya sabéis. Y las lecturas esconden otras lecturas.

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Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal

Reparar a los vivos

Reparar a los vivosSimon Limbres tiene un accidente de tráfico. Muy grave. Se lleva la peor parte en un choque frontal cuando vuelve de hacer surf con unos amigos y queda en estado crítico. Este hecho, tan común como trágico, es el desencadenante de todo lo que ocurre en Reparar a los vivos, la excelente novela que lanzó a Maylis de Kerangal más allá de las fronteras francesas y que ahora incluye Anagrama en su catálogo de Compactos.
Reparar a los vivos explora con éxito la última frontera de la vida, la que la separa de la muerte. La vida que se tambalea encima de la cuerda del funambulista, a punto de caer al abismo, y las muertes de aquellos que la contemplan sin poder hacer nada, por muy unidos que estén a aquel que se la está jugando en el alambre. Entre ellos, los jóvenes padres del veinteañero Simon, sobre cuya separación aprendemos en las largas horas de sala de espera, Cordelia, la novata insegura que pasa una guardia entera pendiente de una llamada, Thomas Rémige, el enfermero que se gasta tres mil euros en un jilguero…
Ya adelanto que el argumento va más allá de la existencia incluso, y que aborda cuestiones de calado moral y científico relativas a los alrededores de la defunción. La sacralización del cuerpo, el vínculo entre el corazón y el espíritu y, sobre todo, la borrosa y discutida línea a partir de la cual se considera que todo ha terminado. Todo ello en salas de operaciones, entre cirugías, bisturís y electrocardiogramas, pero sin olvidar que detrás de siglos de evolución médica siempre se encuentran latiendo los corazones de hombres y mujeres que ríen, lloran y sufren como el resto. Y que se terminan convirtiendo, más allá de Simon Limbres, en los verdaderos protagonistas del relato.
El envoltorio técnico de Reparar a los vivos resulta abrumador, impresionante. Los procesos que discurren en el hospital son descritos de manera tan poética como precisa por Maylis de Kerangal, adicta al detalle, nunca corta de sustantivos y adjetivos para definir cada instrumento, cada sensación, cada movimiento. La obra no pierde tensión por ello, porque flota en el ambiente la sospecha de que puede girar y transformarse a la vuelta de la siguiente página. Sin embargo, sí es cierto que para los lectores más puntillosos habrá un cierto exceso barroco en la manera de expresarse de la autora, una tendencia a dar más explicaciones de las debidas y más vueltas de las razonables.
Por mi parte, me quedo con la impresión de que, como ocurre con la propia narración, este es un libro de digestión lenta. El lector que se enfrenta a él necesita tiempo para paladearlo, para disfrutarlo completamente, y su complejidad (sintáctica, gramatical) hace que no sea adecuado para el metro, los aeropuertos o los cafés concurridos, en los que cualquier distracción interrumpe la lectura. Es necesario poner todos los sentidos en él para disfrutar Reparar a los vivos, aunque les prometo que, cuando se consigue, se disfruta de manera tremenda.
En resumen, Reparar a los vivos es una de las novelas que más me han impresionado este año y uno de esos libros que, quizá, se vayan filtrando poco a poco en el inconsciente colectivo hasta quedar en el recuerdo como una obra importante. Por ahora ya tiene película, ha pasado por la SEMINCI de 2016 y cruzo los dedos para que tarde o temprano llegue al cine de mi barrio o (de manera legal) a la pantalla de mi ordenador. Será mejor el libro, seguramente, pero eso, en este caso, será lo de menos.

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La Esposa joven, de Alessandro Baricco

la esposa joven

la esposa jovenAlessandro Baricco.

¿He de decir algo más para que desees leer La Esposa joven?

¿¡Sí!?

Eso es porque no has leído antes a Baricco. Quien lee Seda queda fascinado para siempre, leyendo un libro tras otro, a la espera de hallar en otros autores la belleza y la lucidez que irradia Alessandro Baricco en cada frase. Y no es que yo sucumba con tanta facilidad a las artes de un diestro escritor, es que con Tierras de cristal me cautivó más si cabe. La conexión fue total. ¿Has sentido alguna vez que un escritor había escrito exactamente la historia que querías leer? ¿Has sentido alguna vez que esa era la historia que tú hubieras deseado escribir? Pues eso es lo que me pasa con Baricco.

Cuando vi La Esposa joven ni siquiera leí la sinopsis, algo impropio de mí. ¿Qué más me da de qué fuera? ¿Una joven de dieciocho años, la Esposa joven, llega a la casa de sus futuros suegros y se queda a vivir allí, a la espera de que regrese de su viaje el Hijo, con el que se casará? Pues bien, esa es la premisa, la excusa. No importa lo que pase desde ese momento hasta el final, solo quiero disfrutar de Baricco, palabra por palabra, de su humor desbordado de melancolía.

Los mundos de Baricco son inescrutables, con sus propias y extravagantes reglas. Aquí se teme a la noche, la infelicidad no es bienvenida porque es una pérdida de tiempo y tampoco se puede leer, pues es un paliativo de la vida innecesario. Los desayunos son actos ceremoniosos que duran horas, el Tío se pasa el día durmiendo, sin que eso le impida realizar sus labores e intervenir en las conversaciones cuando es necesaria su excepcional lucidez, y Modesto, el mayordomo, ha perfeccionado la tos como sutil código de comunicación y advertencia. Personajes que recuerdan a la literatura sudamericana, otra de mis grandes debilidades, donde los puntuales actos fuera de lo común se convierten en formas de vida.

El Padre, la Madre, la Hija; aquí nadie de la Familia tiene nombre, igual que hiciera Saramago en Ensayo sobre la ceguera. Y esa no es la única similitud que he encontrado con mi otro autor fetiche, pues los diálogos se suceden sin raya que los señalen, ni acotación que aclare quién parlamenta, aunque sin llegar al extremo de unirlos en una línea continua, recurso característico del nobel portugués. Y es que cuando la narración está en manos de genios, como lo son Baricco y Saramago, no se precisan etiquetas que concreten y limiten (los suyos son arquetipos universales) ni de líneas que guíen al lector (sus voces son siempre inconfundibles).

Por si esto fuera poco, Baricco también se permite un juego metaliterario, donde el narrador tiene su propia historia y se entromete en la acción de los protagonistas siempre que quiere, alterando las voces narrativas a su antojo, y reconociéndolo abiertamente, a sabiendas de que provoca quebraderos de cabeza al lector. Y tanto en la trama como en la subtrama: sexo, recurrente y obsesivo. Porque en La Esposa joven todo pasa a través de los cuerpos: conocer o desconocer el mundo y a las personas; amarrarse a la vida o abstraerse de ella.

La Esposa joven ha sido mi regreso a Baricco. En este libro he reconocido sus habituales personajes —extrañamente iguales, totalmente distintos—, esos que viven atados a sus pasiones y habitan un mundo entre lo real y lo onírico. Quizá sea porque todas las historias no son más que una, a fin de cuentas, y este escritor italiano sabe que el único gesto exacto es la repetición.

Seda, Tierras de Cristal o La Esposa joven.

Pero Baricco.

Siempre Alessando Baricco.

¿Hace falta algo más?

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Trainspotting, de Irvine Welsh

Trainspotting

TrainspottingTodos tenemos un amigo pesado que nos ha dicho como unas veinte veces que tenemos que ver Trainspotting. Si no lo tienes, quizá seas tú el susodicho. En mi caso, tenía una amiga que, en absolutamente todas las conversaciones, acababa recomendándote algún libro/película. Y en el cincuenta por ciento de esas veces, la recomendación era básicamente la película de la que vengo hablando. Así que un día, con el simple fin de que me dejara un poco tranquila, la vi. No voy a entrar en el debate de si es o no una obra maestra, ya que de cine entiendo lo mismo que de tiburones blancos, es decir, nada. Pero sí que puedo decir que ha sido una de las películas con las que peor lo he pasado de todas las que he visto. Durante todo el largometraje sentí una angustia que hizo que me planteara apagar el televisor y no seguir con aquella tortura. Pero a la vez, tenía la necesidad de seguir viéndola, de no apartar los ojos de la pantalla y de saber qué iba a pasar con Mark Renton. Me removió por dentro emociones que no sabía que ni existían y lo pasé realmente mal al ver el sufrimiento de sus personajes. Incluso llegué a pensar que la vida real de Ewan McGregor era como la de Mark Renton, por lo bien que interpretó su papel.

Para el que no lo sepa, Trainspotting es una historia de drogas. Irvine Welsh nos retrata con crudeza el día a día de un grupo de colegas escoceses que se dedican a más que tontear con las drogas. Aunque el protagonista es Mark Renton, en la obra interactúan decenas de personajes que irán dando juego al desarrollo de la historia. En este libro, nos encontramos a un grupo de yonkis que están metidos hasta el cuello en el mundo de la heroína. Todas las vidas de estos chicos giran alrededor del caballo. Se despiertan y no pueden pensar más que en prepararse la primera jeringuilla del día. Y en el momento en que no la tienen a mano, los sudores fríos y los temblores hacen acto de presencia.

Welsh nos demuestra que hay libros que no están hechos para todos. Todo el mundo puede leer a Dan Brown, o tal vez a Stieg Larsson. Pero no todos pueden leer a Welsh. Es así de simple. Welsh es irónico, rudo, directo, poco político, cortante, sarcástico y —no sé si esto os dará una pista sobre su manera de escribir—, escocés. Reconozco que a mucha gente no le gustará su manera de relatar y yo partía de esa premisa cuando empecé con esta obra. Pero yo, que soy muy dada a apreciar el valor de los escritores de expresarse libremente y sin miedo a reprimendas, me adentré en el mundo de los Skagboys con curiosidad y un poco de prudencia, recordándome que si no era capaz de continuar con la lectura, no me iba a quedar más remedio que dejarla y ponerme a leer algo más agradable. Pero por suerte para mí —y para ti, que has venido hasta aquí para encontrar una pequeña reseña de esta obra—, saqué fuerzas de flaqueza y la terminé. No sin esfuerzo, sinceramente. Es un libro que requiere tiempo y paciencia. También mucha energía y fuerza de voluntad. Porque es una historia muy difícil, muy ardua, muy desgarradora.

La verdad es que no sé si con esto te estoy animando a leer a Welsh o no… eso ya es decisión tuya. Pero quiero que, si decides adentrarte en este mundo, lo hagas con todas las consecuencias. Sintiendo cada arrebato de Mark Renton como si estuvieras en su piel. Sudando igual que él suda cuando no tiene la excarcelación corriendo por sus venas. Liberándote a su vez cuando él consigue elevarse durante unos efímeros minutos. Te aseguro que si lo haces, sentirás la necesidad irrefrenable de seguir con sus otras dos obras, Porno y Skagboys. La primera nos habla de lo que ocurre diez años después de Trainspotting y la segunda es una precuela, donde entenderemos el porqué de la perdición de estos chicos. Y sí al final te animas a compartir las desgracias de Renton, te darás cuenta de que no hace falta ningún caballo para trotar por otros mundos. Que para eso, basta con un buen libro.

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Mujeres, de Charles Bukoski

Mujeres

MujeresDespués de haber leído algún libro que otro sobre la vida de Henri Chinaski, por fin he llegado a esa obra en la que narra su vida como escritor. Si sois asiduos de Bukowski, sabréis que la mayoría de sus libros están basados en la frustración que sufrió antes de convertirse en escritor. Su obra se puede ver clarísimamente diferenciada en dos etapas: el antes y el después. El antes: cuando tenía que aceptar trabajos precarios y odiosos para mantenerse vivo un día más. El después: igual, pero siendo escritor.

El último libro de Bukowski que leí fue Cartero. En él, Chinaski, el alter ego del escritor y protagonista mayoritario de sus obras, trabajaba en Correos mientras veía cómo pasaba la vida. Chinaski vive en la miseria, con la compañía de las borracheras, las resacas y algún que otro cuerpo de mujer. Con esos tres elementos y una máquina de escribir, Chinaski podría alcanzar el nirvana. Para qué más. Pero, ¿a quién no le gusta que se le reconozcan sus méritos? Imagina que dedicas toda tu vida a escribir pero que jamás ves tu obra publicada. Imagina que te pasas los días amando a las mujeres y contemplándolas como seres extraordinarios y que jamás encuentres a una que te corresponda. Así es su día a día.

En Mujeres por fin Chinaski ve sus sueños hechos realidad. Escribe asiduamente (y cobrando por ello) y ha conseguido casarse con alguna mujer. Pero nuestro protagonista es el claro ejemplo de cómo un hombre puede tropezar con la misma piedra dos veces (o veinte). Y cómo, a pesar de tenerlo todo, consigue tirar todo el esfuerzo por la borda.

Chinaski no sabe escribir si no es estando borracho. Bebe una botella de whisky noche sí, noche también. Se acuesta con todas las mujeres que le permiten entrometerse entre sus piernas. Tiene algún que otro hijo, pero no sabe ni cómo se llama. Sigue siendo rematadamente odioso e imbécil y eso es lo que hace que no podamos dejar de leer. Lo mío con Chinaski es como una relación de amor-odio. Me encantan las historias que cuenta, me atrapan sus reacciones, su arremolinada vida y quiero que por fin el destino se porte bien con él. Pero después me doy cuenta de que es un idiota (incluso llegando a ser mala persona) y de que todo lo malo que le pasa, le pasa con razón. Y en el fondo —muy en el fondo, no os vayáis a pensar que me alegro por las desgracias ajenas— no termina de decepcionarme el que su vida sea un auténtico desastre. Ya sabes, por el karma y esas cosas.

En la reseña de Cartero comentaba que las historias de Bukowski empiezan mal, pero acaban peor. El que lee a este autor, ya sabe lo que esperar. Historias crudas, escritas desde las entrañas de una mente extraña y enrevesada. A Bukoswki hay que saberle entender. Pasa lo mismo que con su personaje: o le amas o le odias. Y con razón, pues su narrativa no está hecha para todos los gustos. Y eso, en mi opinión, es de lo mejor que se puede decir de un escritor. Hacer algo que le guste a todo el mundo es difícil, pero asequible a la larga, ya que si tienes éxito, el esfuerzo se verá recompensado. En cambio, escribir a sabiendas de que tu libro le va a gustar a muy poca gente, me parece de un mérito inconmesurable. Y a Bukoswki le da exactamente lo mismo si a mí me gusta su libro o no. Le importa una mierda, hablando claro. Y eso, aunque me cueste reconocerlo, es lo que más me gusta de él.

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La triunfante, de Teresa Cremisi

La triunfante

La triunfanteCuando era pequeña le dijeron que mencionara tres animales al azar. Y ella dijo: un delfín, un tigre de bengala y un erizo de mar. El primer animal la representaba a ella. El segundo, era lo que ella querría ser en un futuro. Y el tercero, lo que realmente llegaría a ser.

Esta es la historia de una mujer que cruzó fronteras para poder encontrarse a sí misma. La historia de una niña nacida en Alejandría que tendrá que apañárselas para sobrevivir en un mundo de hombres en el que a las mujeres no se les permite triunfar.

No sé por qué me decidí a leer La triunfante. Quizá fue porque me apetecía alejarme un poco de las novelas de fantasía que tanto me gustan. Tal vez porque cuando veo alguna publicación nueva de Anagrama no puedo evitar dar saltos de alegría. O podría ser porque necesitaba leer una historia donde la mujer saliera vencedora de su propia vida.

Teresa Cremisi ha sido editora durante toda su vida. Por sus manos han pasado obras brillantes que, gracias a ella, se han visto expuestas en las estanterías de las mejores librerías del mundo. Tiene que ser frustrante tener alma de escritor y dedicarte únicamente a editar los textos de otros. Por eso un día Teresa decidió que ya era hora de dar el salto. Y así fue cómo nació La triunfante. Cremisi nos presenta una obra semi-biográfica, que nos deja ver un poquito de su vida, aunque sin abandonar la ficción. Es una novela BELLA. Nunca se me había ocurrido utilizar este calificativo con ningún libro, pero esa es la palabra que se me ha estado viniendo a la mente mientras leía las escasas doscientas hojas que tiene esta obra. Es un libro lleno de belleza, de sensibilidad, de ternura. Y eso es muy difícil de encontrar hoy en día. Tal vez sea porque en esta obra los diálogos brillan por su ausencia y todo nos lo cuenta la protagonista en primera persona, dejando que nos adentremos en sus pensamientos más profundos y viviendo la historia desde el punto de vista más sincero posible. O puede ser también por todos los lugares que recorre la protagonista, todos bellos a su manera. O por la época en la que lo hace —mediados del siglo XX— en la que, después de haber superado una guerra mundial, hasta la flor más mediocre debe ser contemplada con admiración.

Como decía, la protagonista nace en Alejandría. Allí vive con su familia, con la que tiene una relación envidiable. A ella le queda el recuerdo de ir a comer erizos de mar junto a su padre. Pero cuando una gran crisis asola su país, su familia se ve obligada a emigrar a Milán. Cuando llega a Europa, descubre que los hombres de aquí no son tan diferentes a los que la rodeaban cuando vivía en Alejandría. En Milán las mujeres solo tenían la meta de estar hermosas, de lucir a la moda y de ir del brazo de algún hombre aparente. Milán le gustó mucho, le encandiló esa pasión por la belleza, pero lo cierto es que ella quería destacar como escritora, no por ser la mujer de alguien. Ella no quería ataduras, ni hombres a su lado que la constriñan, no quería ser esclava de nadie. No quería dueños. Gracias a las grandes obras de la Literatura universal, descubrió que ella también podía tener voz y voto en este mundo. Podía pensar por sí misma y lo iba a demostrar.

En París alcanzará ese éxito profesional que tanto anhelaba y conocerá el amor. Y se acordará de aquello que le dijeron cuando era pequeña: había sido un delfín, libre, apasionado; su meta de llegar a ser un tigre de bengala no le dejaría apreciar lo bueno de la vida, le llenaría de frustración. Pero algún día aprendería a ser un erizo de mar. A vivir sin complicaciones, disfrutando del placer de existir.

La triunfante es un libro que te deja con un muy buen sabor de boca, que terminas con una sonrisa. Es un libro lleno de optimismo y, como decía antes, que habla sobre la belleza. Nos enseña que la capacidad de superación es algo que siempre está presente, aunque pase desapercibido. Y nos enseña que no hay mayor suerte que la de haber nacido con una mente inquieta y con alma aventurera.

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Cuentos, de Roald Dahl

Cuentos

CuentosRoald Dahl es sobre todo un contador de historias. Historias ingeniosas, divertidas, crueles, inmorales, siniestras o hermosas, pero siempre historias impactantes con finales sorprendentes, inesperados y extraordinarios.  La marca de la casa es dejar al lector con la cabeza del revés.
Encontrar una buena historia es difícil, pero tantas como las que él escribió es rarísimo. No es de extrañar que necesitara un cuaderno para recoger todo lo que producía su fábrica de ideas. Estamos frente a una persona enormemente creativa, con una cabeza que debía estar siempre bullendo mientras devoraba todo lo que pasaba a su alrededor. Atento a cualquier chispazo que se produjera en sus circuitos para apuntarlo en su cuaderno y más tarde, convertirlo en una narración. El cuento La subida al cielo procede de una macabra vuelta de tuerca a la idea de ascensor. Solo escribió esa palabra en su cuaderno y para darle forma, produjo una historia con una idea mucho más potente aún (y que no debo contar para no destripar el final).

Es una suerte empezar con Dahl cuando eres niño. Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, Las brujas, o Danny Campeón del mundo son mundos más variados y plurales que los que, incluso de niño, eres capaz de imaginar. Leer a Dahl cuando eres niño es un anzuelo para futuros lectores. Y cuando de adulto descubres que también escribe para este nuevo y menos ingenuo tú y vas a ver qué se cuece, te encuentras con un Roald Dahl que reconoces por imaginativo y macabro, pero que tiene un toque más gamberro e inmoral. Es verdad que cuida a los desvalidos, niños y animales particularmente, pero lo hace sin sentimentalismos. Nada de ñoñeces, mano dura con los timadores y los estafadores a los que, por astutos que sean, todo les sale mal. Mano dura también con los matrimonios torcidos, con las esposas desleales, con los maridos que gozan martirizando a sus mujeres (quizás con nimiedades, pero sistematizadas). Los rencores acumulados de años se resuelven con la venganza, las opresiones de toda una vida acaban encontrando su castigo.

Alfaguara había publicado un volumen de Cuentos Completos de Dahl. Esta nueva selección de Cuentos, de la colección Compendium de Anagrama, se publica un día después de cumplirse el centenario de su nacimiento. Contiene los relatos recogidos en Historias extraordinarias, Relatos de lo inesperado, El gran cambiazo y Dos fábulas. Niños que son acosados por abusones, mujeres soportando a maridos crueles, maridos engañados, utilizados y acobardados por sus mujeres, amantes que no soportan el rechazo, tramposos que pagan con su vida, ladrones oportunos, paranoias sobre traumas de la infancia, sexo con mujeres poco recomendables, padres que se defienden de sus hijas, niños que adoran los animales o incluso que se convierten en ellos. Este libro de Cuentos tiene mucho de lo mejor de Dahl. Dos fábulas, con sus inquietantes ilustraciones, es la primera vez que cae en mis manos. El resto los había leído hace tiempo y al releerlos ahora, me he dado cuenta de que me acordaba de todos los finales, pero de muchos había olvidado la puesta en escena. Y me ha sorprendido que el desarrollo fuera tan bueno: la tensión que se siente con los retrasos del malvado marido de La subida al cielo, el humor negro de La patrona (¡qué maravilla!), o la descripción del labio de abajo y sus implicaciones según las formas de El gran cambiazo.

Roald Dahl domina la narración y te sitúa en la acción ágilmente, usa los recursos apropiados para que el aterrizaje sea rápido y una vez allí, cierra el relato con una bomba que él sabe que va a seguir escuchándose en tu cabeza mucho tiempo. Un cuentacuentos alrededor de una hoguera en una noche de acampada, un publicista, un guionista. Este es uno de los motivos por el que sus obras se han utilizado muchas veces en el cine. En principio sería un cine basado en el guion, en el que el lenguaje está al servicio de la historia, mucho más Billy Wilder que Malick. Pero, sin embargo, sobre todo es Hitchcock, uno de los maestros en el uso del lenguaje cinematográfico. Hitchcock y Dahl comparten la importancia que le dan al poder de una buena historia, y además gastan el mismo humor (“-No voy a retirar mi oferta, amigo mío. Lo que pasa es que usted no tiene una hija para sustituir a la mía, en caso de que pierda, y aunque la tuviera, yo no me casaría con ella. -Me alegro de oírte decir eso, querido- intervino su esposa.” Gastrónomos). Pero no es solo por sus eficaces historias por lo que Dahl es muy cinematográfico, es también porque muchos de sus cuentos describen escenas muy visuales, párrafos que con trazos precisos dibujan imágenes muy poderosas (el gato y las llamas en Edward el conquistador, Lady Turton encajada en la escultura de Henry Moore, Mary fumándole al cerebro de su marido William, en William y Mary).

Un contador de historias gigante con sentido del humor. Y un aventurero culto, interesado por la ciencia, el arte y la música. Me lo imagino siempre activo, con hambre de novedades, eternamente estimulado, exprimiendo cada experiencia que vivía y luego encerrándose en su despacho para dar forma a lo mucho que pasaba por su cabeza. No siempre combinan bien esas ganas de vivir con la escritura. Tuvimos suerte de que entre toda esa vida también le apeteciese escribir.

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El amor del revés, de Luisgé Martín

el amor del reves

el amor del revesNo somos normales. Ninguno de nosotros. Afrontamos la vida como podemos, como nos enseñan, con unas cartas que no elegimos y que, si lo hacemos, pueden estar equivocadas. Y en ese ir y venir de ideas, de vivencias, de conocerse y reconocerse, está el dolor de lo vivido, de lo que nos deja agotados, exhaustos, sin aliento. No somos normales, ¿pero para qué queremos serlo? La normalidad está sobrevalorada. Creerse normal, pretender serlo, no es más que una batalla perdida de antemano, un error de cálculo, un defecto en nuestra sociedad. Oigo la palabra “normal” y no puedo evitar dibujar una sonrisa ingenua, como de niño pequeño, porque aquel que pronuncia esa palabra crea en ella. Porque al final la normalidad no deja de ser sólo un concepto que se aleja de lo que realmente queremos ser. No seres únicos e irrepetibles, sino imperfectos y con dudas. Porque si de algo trata El amor del revés es de las dudas, de la existencia interrogándose, del dolor de esa incertidumbre – bien sea aprendida bien vivenciada de improviso – que deja a un chico sin entender por qué le gustan los hombres, a un hombre que no consigue hallar la respuesta de qué ha hecho él para merecer esos sentimientos, de unos sentimientos que vuelven a ser tan actuales. Porque no hay que olvidar, nunca, bajo ninguna circunstancia, que ser homosexual en este país era visto poco menos que como una aberración. Y en el fondo, en ese fondo del vaso donde Luisgé Martín parece ahogarse en ocasiones, es donde se encuentra el grito que desde hace tiempo nadie ha dado y por fin se convierte en realidad.

No suelo centrarme en un libro que trate sobre las memorias de alguien. No suelo porque siempre he pensado que hay algo de falso en lo que estoy leyendo. Como si el autor no fuera honesto, como si le faltara la libertad suficiente para arriesgarse y contar las cosas tal y como son. Por eso, intrigado por el nuevo libro de Luisgé Martín, decidí leerlo con cierta perspectiva. No pude hacerlo. Desde la primera página uno se ve envuelto en un viaje empático por el dolor y encuentra escenarios que le resultan conocidos. Quizás tenga que ver con el hecho de que yo también sea homosexual; con que yo, en otra época distinta, pero muy cercana al mismo tiempo, me interrogara sobre las mismas cuestiones y observara a mi alrededor como el mundo cambiaba pero no veía cambios sobre lo que éramos o dejábamos de ser; o quizás es simplemente porque El amor del revés es tan sincero que en ocasiones duele, que por momentos te desgarra la garganta y lo único que deseas hacer sea gritar aunque no puedas porque lo que has leído te ha dejado mudo, sin poder reaccionar. Este es un libro sobre la homosexualidad, eso es cierto, pero no es menos cierto que lo que aquí se cuenta es una historia necesaria y una especie de puñetazo en la mesa para las conciencias de los que se presuponen con la autoridad suficiente como para criticarnos a todos y vilipendiarnos como si no fuéramos más que, en palabras del propio autor, una cucaracha convertida en hombre.

No tiendo a hablar de mi vida personal en las reseñas, y mucho menos a abrirme al público sobre lo que me gusta o me deja de gustar. Pero El amor del revés ha abierto una puerta que había permanecido cerrada durante demasiado tiempo. No sé las razones por las que Luisgé Martín ha escrito este libro. No sé si es un ajuste de cuentas interno, una manera de quedarse tranquilo con lo pasado para poder vivir con más liviandad el presente, pero lo que sí sé es que todo aquel que crea que las voces están para poner en evidencia aquello que no suele contarse, deben leer este libro. Porque no es una obra al uso, porque es innegable que observar cómo el dolor, la pasión, el amor, el sexo, la ingenuidad, la inocencia, y un sin fin más de conceptos se interrelacionan construyendo toda una vida, pero también toda una época en la que un país, una sociedad, un colectivo, tuvo que enfrentarse a todo y, prácticamente, a todos para llegar a lo que hoy tenemos en nuestras calles. Una voz, aunque ya lo he dicho, necesaria para todos los que no creen en los estereotipos sobre normalidad. ¿Normal? ¿Qué es ser normal en los tiempos que corren? Si alguien lo adivina que me lo hagan saber. Yo, de momento, volveré a sumergirme en el dolor por llegar a ser uno mismo sin tener que pedir cuentas a nadie.

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Las chicas, de Emma Cline

Las chicas

Las chicasHay momentos en los que el reloj se para. Se detiene para empezar a contar desde cero. Uno de estos momentos ocurrió el día 8 de agosto de 1969. Por un día, California dejó de respirar. Sintió el dolor de la pérdida, de la brutalidad, de la matanza. Fue el día en que algunos de los miembros del séquito de Charles Manson, asesinaron brutalmente a varias personas en la casa de Roman Polanski. California se estremeció, al igual que Evie cuando se enteró de lo que habían hecho las que consideraba sus amigas.

Evie era una chica de apenas catorce años. Como todas las adolescentes, no estaba a gusto con su vida. Odiaba a su madre y pensaba que todo lo que la rodeaba no estaba a su altura. Un día conoció a Suzanne, un alma libre, que vivía en la comuna hippie de un tal Russell. Se alimentaba de lo que encontraba en los contenedores y tenía la seria impresión de que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera. Evie, sin remedio y sin frenos, empezó a idolatrar a esta chica. La admiraba como se admira a las famosas que salen en las revistas; con ese deseo de ser algún día como ellas. Suzanne formaba parte de una comunidad que se regía por sus propias reglas, impuestas por Russell. En aquella había más chicas de no más de dieciséis años, aunque, a pesar de la tierna edad, alguna ya sabía lo que era ser madre. Las drogas y el desenfreno marcaban los horarios. Evie pronto se acostumbró a vivir así; a robarle dinero a su madre a escondidas, a comer alimentos casi putrefactos, a drogarse hasta alcanzar el cielo. Pero todo tenía su precio. Russell usaba a las chicas a su antojo. Él les permitía vivir en esa comunidad si obedecían religiosamente todas sus exigencias. Os podéis imaginar.

Estoy segura de que Evie sabía que aquello no podía terminar bien. Aunque se autoengañaba y se convencía de que ese modo de vida era el correcto, creo que en el fondo era consciente de que algún día la bomba de relojería que era aquella comuna estallaría esparciendo restos de metralla por toda California. Y ese día no se hizo esperar. Russell (o, Charles Manson, como prefiráis) puso en marcha su plan. Las chicas, entre ellas Suzanne, se encargarían de la matanza en la casa de Polanski. Menos mal que Evie no formaba parte de este séquito. Menos mal que Russell pensó que no sería capaz de empuñar un cuchillo. Porque si no, a día de hoy, seguiría encerrada en una prisión como todos los demás.

Emma Cline, californiana de tan solo veintisiete años, se ha lucido con su primera novela. Se ha lanzado a la piscina y ha cogido uno de los crímenes más famosos de la historia y lo ha transformado en una novela que, sorprendentemente, no tiene como móvil dichos asesinatos. Las chicas está narrada por Evie, que es completamente ajena a los planes de Russell. Es ajena al delirio de su mente y de las cosas que pasan por su cabeza cada segundo, atormentándole. Desde el principio el lector sabe cómo termina la historia, pero en esta novela lo importante no es el final; sino el antes y el después. Encontraremos la narración de una Evie adolescente, pero también la de una Evie madura que se enfrenta día a día con los demonios de su pasado.

Evie tendrá que acostumbrase a ser perseguida por el fantasma de Manson. Y también por el de Suzanne. No sé si algún día lo conseguirá, pero estoy segura de que en esa época en que los setenta ya se dejaban oler, Evie aprendió una gran lección: no es oro todo lo que reluce.

Está claro que aquí, contra todo pronóstico, el protagonista no es Manson. Los medios de comunicación se cebaron con él, hemos oído su historia hasta la saciedad. Pero, ¿qué pasó con Las chicas que lo perdieron todo por seguirle, que abandonaron su sensatez y su futuro por tener contento a un hombre al que se le llenaba la boca al hablar de libertad? Emma Cline analiza la adolescencia desde un punto de vista diferente al que estamos acostumbrados. Estudia cómo la opresión de la sociedad hace que hagas todo lo posible por encajar, llegando a tomar malas decisiones que te lleven a estar muerto en vida.

Hablando de Emma Cline, al principio su forma de escribir me chocó un poco. Con frases cortas como telón de fondo y escasos diálogos, tuve que acostumbrarme a su manera de describir las cosas. Pero cuando me familiaricé con su prosa, aquello fue como un tren sin frenos. Empezó a coger carrerilla e hizo que no pudiera separarme del libro.

No sé cómo terminar esta reseña. Todavía estoy asimilando la historia. Me ha dejado hecha trizas, sinceramente. Me ha ido destrozando poquito a poquito, casi al mismo paso que lo hacía Evie. He leído que pronto será llevada a la gran pantalla y tengo unas ganas tremendas de ver si la actriz que represente a nuestra protagonista es capaz de transmitir todo lo que transmite Evie en unas pocas páginas. Está difícil. Mientras llega, os aconsejo que os dejéis llevar a los misteriosos años sesenta, cuando parecía que todo estaba permitido. Cuando las reglas las marcaba cada uno. Cuando sucedió un crimen que hizo que todos los relojes se pusieran a cero.

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Cartero, de Charles Bukowski

Cartero

CarteroHablar de Charles Bukowski es hablar de realismo. Realismo sucio, que podría definirse como el movimiento literario estadounidense surgido en la década de los 70 y que se caracteriza por representar fielmente la realidad —sobre todo en contextos urbanos—, y por no escatimar en las descripciones de los aspectos humanos más sórdidos. Así es la literatura de Bukowski, realista y sucia. Siempre he pensado que es la decadencia hecha palabra. Sus historias empiezan mal, pero acaban peor.

Cartero cuenta la historia de Henry Chinaski, el álter ego del escritor al que suele recurrir para hacer de sus historias obras semi-biográficas. A Chinaski le conocemos de otros libros, como Factotum o Hollywood. No creo que Bukowski tenga miedo de contar una historia biográfica, en la que él sea protagonista. Pero elegir un álter ego que permita ver claramente que es el propio escritor el que está dentro de esas páginas, es un recurso muy inteligente a mi entender. Sinceramente, no sé si compraría un libro autobiográfico de Bukowski, en cambio, me basta con leer el resumen de las historias de Chinaski para decidirme a tenerlas en mi estantería.

Chinaski es un montón de vicios personificado. Bebe incluso más de lo que admite, fuma como si no hubiera mañana, cosifica a las mujeres a través del sexo y le gusta demasiado apostar el dinero que no tiene en el hipódromo. Es una persona desgraciada y la encarnación de los sueños frustrados. Chinaski nunca ha querido ser cartero, sabe que va a ser un empleo temporal, pero ahora necesita el dinero y se conforma con lo que sea. Pronto dejará a ese jefe que le manda a los peores barrios de la ciudad; dejará las calles llenas de perros rabiosos, de vecinos locos que le miran a través de la mirilla y le chillan improperios. Todo eso será pasajero. Ahorrará un poco de dinero y se dedicará a otra cosa; a escribir, por ejemplo. Pero sus borracheras encadenadas, sus apuestas y sus idas y venidas con las peores mujeres de la ciudad, harán que el poco dinero que va ganando acabe en el bolsillo de otro. Sin darse ni cuenta, dedicará más de once años de su vida a ese trabajo que odia y que le hace tan infeliz.

Cartero habla de los sueños frustrados. Del círculo vicioso que se forma cuando tu vida es depresiva y no puedes salir de ella para perseguir tus metas. Habla del conformismo, de la inseguridad de un personaje que podría aspirar a mucho, pero que al final no llega a nada. Habla de lo fácil que es vivir con los vicios como únicos amigos, de lo bonita que se ve la vida detrás de una copa de vino y de lo amarga que sabe cuando la resaca llama a la puerta.

Chinaski siempre me ha recordado un poco al niño de El guardián entre el centeno, pero ya crecidito. Cuando lo leí también tuve esa sensación de angustia; lo pasé mal al ver cómo un personaje con una mente excepcional estaba echando su vida a perder por culpa de sus vicios. Como decía al principio: la imagen de la decadencia. Bukowski te plantea una historia que comienza mal, te presenta a un personaje desgraciado, hundido y, más que sin futuro, sin presente. Cuando empieza a desarrollarse el libro, esperas que al pobre protagonista le empiecen a ir mejor las cosas. Piensas “ya es hora, a ver si consigue dejar ese trabajo de mierda y hacer algo con su vida” (Ojo, no estoy diciendo que el ser cartero sea un trabajo horrible. Eso lo piensa Chinaski. Él te hace creer que ser cartero es una de las peores cosas a las que podría aspirar una persona estadounidense). Pero las páginas se suceden y ves que la vida del protagonista no va a mejor, que empieza a caer en picado y sin remedio. Y llega un momento del libro en el que te das cuenta de que Chinaski está destinado a ser un fracasado toda su vida. Y no puedes hacer más que apenarte por esa mente brillante tirada a la basura.

Lo admito: me encanta Bukowski. Me gusta que sus historias no sean perfectas, que muestre la vida de personas que todos conocemos, pero de puertas para afuera. Que enseñe lo fácil que es dejarse llevar por los vicios y las consecuencias desastrosas que suelen llevar aparejados. Me gusta ser cómplice de la sensación que tiene una persona cuando sabe que lo ha perdido todo. Me conmueve entenderle y a la vez me enfada verme a mí misma pensando que él se lo ha buscado. Como decía un buen amigo mío, “Bukowski tiene la extraordinaria habilidad de convertir la resaca en un arte”.

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La nueva lucha de clases, de Slavoj Zizek

La nueva lucha de clases

La nueva lucha de clasesEstamos viviendo el resurgir de los panfletos, no cabe duda. Y entiéndase “panfleto” sin una connotación negativa, sino como un tipo de libro corto, explosivo, no tan elaborado, que invita desde el género ensayístico no solo la reflexión sino a la acción. Stéphane Hessel ganó la batalla de las mesas de novedades para ellos en 2011 con ¡Indignaos!, y después de aquello los principales pensadores contemporáneos (y las editoriales) se han lanzado con mayor o menor suerte a estas digresiones mínimas, siempre livianas en cuanto a páginas pero normalmente muy cargadas de contenido.

Uno de los últimos panfletos, o de los más llamativos entre los más recientes, es La nueva lucha de clases, de Slavoj Zizek, filósofo y sociólogo esloveno. Con el subtítulo de “Los refugiados y el terror”, Zizek aborda desde un pensamiento de izquierda bastante crítico la actual crisis de los refugiados. O más bien la toma como referencia, porque rápidamente uno entiende que los refugiados le sirven a Zizek más bien como excusa para tratar temas variados: la crisis de legitimidad europea, el avance descontrolado de las corporaciones frente a los estados, la violencia fundamentalista o incluso el peligro ecológico. Y quizá por encima de todos ellos, dos. La “nueva lucha de clases” entre los incluidos y los excluidos en el capitalismo, y la construcción en este entorno de un pensamiento de izquierda desacomplejado y firme, libre de sus tabúes actuales.

La nueva lucha de clases invita a discutir con Zizek, en algo que me parece uno de los mayores logros del libro. Por ejemplo, cuando habla de las actuaciones que se pueden llevar a cabo ante la crisis de los refugiados (ante la inmigración en general), el autor critica fuertemente la izquierda “buenista” y utópica. Argumenta que, sin caer en la soberbia, debemos ser capaces de mostrar una respuesta unificada que no es, precisamente, abrir las fronteras por completo.

Alto ahí, ¿no lo es?

No, dice Zizek, y arremete contra los que lo piensan. Y uno se siente aludido, claro. Momentos como ese hay varios en el transcurso de las páginas. Al lector mínimamente interesado le entrarán entonces ganas de echarse al filósofo a la cara y debatir con él. Eso sí, que se abstengan los que buscan una refriega de barra del bar, porque el nivel está donde está y para meterse con este barbudo centroeuropeo hace falta estar a su altura, como se va comprobando cuando se avanza en la lectura.

En resumen, La nueva lucha de clases es un grito, alto y claro. Se lee en un suspiro y me parece un buen punto de entrada a los principales temas mencionados más arriba, sobre los que además recomienda otras lecturas de mayor peso con las que se poder completar un pensamiento crítico. Tendencioso, sí, pero el propio Zizek no lo esconde en ningún momento. Una obra crítica, ácida, pero constructiva, rica en matices. Rápida y concisa, el autor no pierde el tiempo y salta de uno a otro de los temas principales sin solución de continuidad, sin previo aviso al lector. Pierde un poco de profundidad con ello, es cierto, porque en ocasiones simplemente se limita a rayar la superficie. Pero a cambio ofrece un texto sin relleno, en el que cada argumento está expuesto de manera simple y comprensible, en el que cada párrafo, cada capítulo, es un aguijón que va directo al grano.

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