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De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver

De qué hablamos cuando hablamos de amor

De qué hablamos cuando hablamos de amorVoy a empezar esta reseña con una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo definirías tú el amor?

Desde que leí este libro estoy intentando encontrar una canción o un poema que resuelva esa incógnita, ya que creo que por mí misma no voy a ser capaz de hacerlo. Pensé en “Every breath you take”, pero desde que Sting confesó que era una canción que hablaba sobre el acoso, la tuve que tachar de mi lista de canciones románticas. Luego pensé en “November rain” y su asfixiante solo de guitarra… pero al escuchar con detenimiento la letra me di cuenta de que en realidad es una historia de desamor —y tremendamente triste, por cierto—. Así que ya solo me quedaba “Can’t help falling in love with you”, de mi idolatrado Elvis. Quizá es la que más se acerca a lo que yo estoy buscando. Para mí, el amor es eso: algo que llega sin ser buscado, que fluye desde dentro como un río que busca su inevitable conclusión, su muerte en el mar. Es buscar un sentido a algo que ni si quiera sé que existe. Conducir a doscientos por hora directa hacia un muro, aun sabiendo el desenlace. Respirar a otra persona hasta que dos se convierten en uno.

En De qué hablamos cuando hablamos de amor vemos que lo que se puede sentir por un amante, también es amor. Que el sentimiento de un chico por una chica que le podría llevar a cometer locuras atroces con tal de tenerla, también es amor. Y que el marido que pega a su esposa, se resguarda en la excusa de que la ama. Raymond Carver analiza en diecisiete breves relatos los diferentes tipos de amor que existen, arrebatándonos a la fuerza la idea de que solo existe una manera de querer. ¿Por qué un tipo es más válido que otro? ¿Por qué algunos están mejor vistos que los demás? Y, lo más importante, ¿DÓNDE NARICES ESTÁ EL LÍMITE DEL AMOR?

Pero, ¿qué hay de la canción de Sting o la de los Guns? ¿No son otro tipo de amor? Igual de válido podríamos decir que es el amor no correspondido, el idílico sin final feliz, el que te rompe en pedazos. Igual de válido es el que te hace perseguir a una persona hasta la asfixia, a sabiendas de que esa persona quiere, necesita, respirar. Porque desde luego, la mujer infiel te dirá que quiere a su amante y el hombre maltratador te dirá que pega a su mujer porque la ama. Entonces, ¿es cierto lo que dicen? ¿eso de que en el amor y en la guerra todo vale? Obviamente, la respuesta es NO. Pero Carver nos muestra varios ejemplos que nos harán pensar en ello y darle unas cuantas vueltas en nuestra cabeza. Nos cuela en la vida de parejas que se aman, que se odian, que son infieles, que matan, que desearían estar con la pareja de su mejor amigo, que no se arrepienten de despertarse a diario al lado de la misma persona, que harían cualquier cosa por amor.

Ahora bien, volviendo al principio de la reseña, ¿podrías definir en este momento el amor? ¿podrías hacerlo después de haber leído estas palabras? Sin dudar ni un solo segundo de tu inteligencia, estoy convencida de que no serías capaz de hacerlo incluso habiendo leído este magnífico libro. Carver, como era de esperar, no nos va a dar la respuesta, pero será bonito que lo intentes.

Yo, desde luego, no soy capaz de encontrar una definición. Pero sí sé reconocer el amor: para mí es un momento. Un flechazo determinado. Puedo sentir decenas de tipos de amor al mismo tiempo y creo que, en mi caso, todos serían válidos. Siento amor por mi pareja, por mi familia, por mi perra, por mi profesión, por mis libros, por la manera en la que me siento cuando escribo, por cómo soy cuando soy feliz, al notar cómo entra el aire en mis pulmones cuando estoy en mitad de un bosque, o al sentir la falta ardiente de oxígeno cuando estoy en la inmensidad del océano buceando.

Amor. En sus cuatro letras caben infinidad de momentos. No sé si habrás sido capaz de definirlo (si es así, me encantaría que lo compartieras con todos), pero de lo que sí estoy segura es de que, leyendo estas palabras, te has imaginado a ti mismo pensando en qué hablamos cuando hablamos de amor.

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En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Este mes de agosto se ha cumplido un año de la muerte del escritor Rafael Chirbes. El autor valenciano murió a los 66 años a causa de un cáncer de pulmón fulminante y nos dejó a todos un poquito más huérfanos. Digo un poquito porque todavía nos acompañan muchos referentes –que cada uno piense en los suyos– de esta gran familia que es la literatura.

Chirbes dejó escritas diez novelas y diversos libros de ensayos. Entre las primeras se encuentra el libro que nos ocupa hoy, En la orilla. Esta fue la última novela publicada en vida del escritor y ha sido bautizada por la crítica como “la gran novela de la crisis”, esa caída en picado que se inició en 2008 y en la que seguimos todavía hoy. Aunque a Chirbes no le apasionaba esa calificación, En la orilla encaja muy bien en la etiqueta. La novela fue escrita durante los primeros años de crisis y vio la luz en 2013 y, por lo tanto, refleja el gran choque y el inicio del hundimiento de la vida de muchas personas en España. También el grado de mercantilismo caníbal de los que acumularon capital a costa de otros y, cuando vinieron mal dadas, huyeron con todo lo que pudieron reunir. Durante la lectura me he preguntado varias veces qué habría escrito Chirbes sobre lo que pasó después, durante 2013, 2014 o 2015.

Como podéis imaginar por el tema que trata, En la orilla es una novela dura, incómoda, escrita con mucha lucidez y un poco de mala leche. Todos esos ingredientes son básicos para tratar la historia con realismo, para hacer que el lector –y esto es algo que seguro que os sucederá si la leéis– vea su mundo, su barrio o su casa reflejados en muchas de las situaciones que cuenta Chirbes.

La novela se sitúa en diciembre del año 2010. La burbuja inmobiliaria ha estallado. Todas las obras del país están paralizadas y las sombras de las grúas y los esqueletos de hormigón de miles de construcciones amenazan a una población con más del 20% de paro. El retrato de esta crisis se cuenta desde el punto de vista de Esteban, un carpintero arruinado por culpa de una estafa, pero que tampoco es ningún santo. Es un pobre infeliz que da voz a toda una generación. Esteban es cordial, paternal, ruin, está resentido. Ha tenido una vida triste en la carpintería de su padre, un antiguo republicano que se arrepintió de no morir en la Guerra Civil y que ha sobrevivido a toda su familia. Esteban, con más de setenta años, cuida de su padre dependiente y se arrepiente de todo lo que no llegó a hacer. De las vidas que no tuvo y de todo lo que le ha tocado tragar en los últimos años que le quedan de vida. Porque Esteban lo ha perdido todo: la carpintería, la casa, los terrenos, el coche, los platos en los que come. Y piensa que está viejo para estas cosas, para un desahucio, para que le arranquen las migajas que le quedan de vida.

Pero la novela no se queda ahí, en los ojos de Esteban. Aunque su historia es la que predomina sobre las demás, presenciamos otras voces, otras narraciones. La de los trabajadores que el propio Esteban ha dejado en la estacada, la de sus familias y finalmente la del constructor que les ha traicionado y ha huido con todo el dinero que ha podido arramblar. En gran parte, el dinero del viejo Esteban y de su padre, todavía más viejo.

En la orilla entreteje voces y personajes, pero nunca se mueve de la costa valenciana, de Olba y Misent. Esos son los puntos fijos, concretamente el pantano de Olba, que engarzan toda la novela y también otras obras de Chirbes, como Crematorio. En la orilla, como Cien años de soledad de García-Márquez o Santuario de Faulkner, presenta una geografía propia, compuesta por esos dos lugares: Olba, el pequeño pueblo de las marismas, y Misent, el pueblo de éxito, costero, más sofisticado, más turístico, más caro. Ninguna de esas dos localidades existe sobre el mapa, pero sí en la cabeza de todos los que vivimos en la costa mediterránea, que no podremos evitar identificar Olba o Misent –o ambos– con decenas de localidades que conocemos bien.

En la orilla es una novela dura y fascinante al mismo tiempo. Como cuando pasas junto a un accidente en la carretera, no puedes dejar de mirar, de leer, sabiendo que, si no te tocó a ti pasar por las situaciones más duras que se entrevén en la obra, fue por pura suerte, porque naciste en otro lugar, porque tomaste, siempre a tientas, un camino que te mantuvo algo más resguardado de la tormenta.

También es un retrato de un país de caraduras, trileros y personajes sin escrúpulos. Tipos que cogieron el dinero y corrieron hasta perder el aliento –aunque para entonces ya estaban en Suiza— y que, además, querían hacer sentir culpable de su gran estafa a todos los demás.

Quiero cerrar esta reseña pidiéndoos que no dejéis de leer a Chirbes. Aunque sea duro, aunque haga que sea un poquito más difícil levantarse por las mañanas e incluso mirarse al espejo. Porque es bien sabido que la verdad duele.

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Skagboys, de Irvine Welsh

Skagboys

SkagboysHace poco leí un reportaje en El País que hablaba sobre un tenue pero peligroso repunte del consumo de heroína en España. En EEUU, la muerte del actor Philip Seymour Hoffman por sobredosis hizo visible que la droga que tanto daño había causado décadas atrás y que parecía haber quedado en la marginalidad mantiene aún hoy una fuerza considerable y toda su capacidad destructiva. Por eso creo que no es mal momento para leer al escritor que mejor ha descrito el ciclo vital de la adicción a la heroína; si en Trainspotting Irvine Welsh nos narraba los intentos de Mark Renton de desengancharse de la droga y de todo lo pernicioso que le rodeaba, Skagboys, es el viaje a los orígenes de sus males, cuando él y su inseparable cuadrilla del norte de Edimburgo prueban por primera vez el jaco y comienzan a dejar a un lado sus aspiraciones, sus creencias, sus sentimientos afectivos y todo aquello que no les ayuda a conseguir un nuevo chute.

 Creo que es oportuno avisar de que no es una novela fácil de leer, ya que el bueno de Irvine no es muy dado a lo ortodoxo. En este trabajo, como en los anteriores, no faltan las palabrotas cada dos o tres frases, el argot escocés, los juegos de palabras, las referencias a personajes sólo conocidos en el país del Brexit… Por suerte, las notas del traductor a pie de página solucionan muchas de las papeletas. La escritura de Welsh también puede resultar algo cruda para según qué lectores, dado que es explícito en todos los sentidos y en todos los ámbitos: con las drogas, con el sexo, con la violencia, con lo escatológico…impregnándolo todo de una ironía muy particular y de un sentido del humor que muchas veces tiene un color más oscuro que el negro.

Me gusta especialmente la forma en la que el autor relata los inicios de los protagonistas con las drogas duras, dado que lo expone de una forma honesta, sin apelar al victimismo o al desconocimiento de las consecuencias. Renton explica poco antes de inyectarse su primera jeringuilla que es consciente de lo que ello conlleva y de cuál es el futuro que le espera a partir de entonces. Las descripciones de los efectos y de las sensaciones que tienen los protagonistas al consumir también son muy realistas. Welsh, ex adicto, sabe pasar sus vivencias a papel como muy pocos.

Renton, al principio de esta precuela, es muy distinto a como lo conocimos una década después. Es mucho más inocente e idealista, un joven con unos fuertes intereses intelectuales, de notas brillantes y con fuertes valores de clase obrera. Y es que hay mucho de lucha de clases en Skagboys, un aspecto que se percibe no sólo en las reivindicaciones laborales y en las huelgas, sino también en momentos más sutiles, como en las conversaciones de los trabajadores sobre sus jefes o en los odios de los chicos de barrio humilde hacia los snobs.

No es necesario haber leído las dos novelas anteriores, Trainspotting y Porno, para disfrutar con este libro, pero los fans de la saga podrán apreciar la evolución de ciertos rasgos de la personalidad de los protagonistas. Así, Renton ya empieza perder empatía por los demás, Begbie saca a relucir sus puños a la primera de cambio, Tommy es el más sano y deportista, Sick Boy muestra ya ser todo un sociópata y Spud es un pobre tontorrón al que nada le sale bien, especialmente en lo laboral y en lo sentimental.

La estructura del libro es endiablada y alterna narraciones en primera persona de distintos personajes con fragmentos contados en tercera persona, al tiempo que intercala informes históricos o trozos del diario de Renton. Es una novela coral en la que, además de los ya citados protagonistas, intervienen una gran cantidad de personajes, por lo que en ocasiones se vuelve algo complicado seguir el hilo del relato o saber quién es el narrador hasta pasados unos párrafos. Pero es lo que tiene leer a Welsh, al fin y al cabo: nunca puedes esperar de él nada al uso.

Skagboys, que podría traducirse como “Los chicos del jaco” (Welsh explicó en su día que skag es su forma favorita de referirse a la heroína) es la crónica de una autodestrucción anunciada, el relato de la caída en desgracia de unos jóvenes en los que el autor escocés refleja a aquella generación perdida por la heroína. Una catástrofe que también sufrió nuestro país y que convendría no olvidar para no volver a tropezar con la misma piedra.

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En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Cuando agitas un árbol frutal, digamos un naranjo del este mediterráneo, caen los frutos, caen las hojas, cae el nido de algún pájaro, caen ramas débiles; solo sobreviven las ramas que se han desarrollado sobre otras, quedan los hongos parasitarios que viven de la savia del árbol. En 2008 un Rolls Royce chocó contra el naranjo, derribó todos sus elementos débiles, y el dueño del naranjo pagó los desperfectos del coche con la venta de las naranjas que habían caído. Y desde entonces, acobardados y confundidos, corremos a salvarnos de esos coches que vuelven a querer atropellarnos y nos aferramos, en lo alto, a las ramas que podemos alcanzar; a veces, confieso, a costa de otros frutos, otras veces, a costa de nuestro orgullo, de nuestra capacidad de resistencia. “En la orilla” es la memoria de una caída, de esa caída; es la foto del cruel descenso a los infiernos, pero no ya solo desde esa fecha crítica de 2008 cuando comenzó la crisis que se llevó por delante esperanzas, vidas, sueños, creencias, seguridades, orgullos, sonrisas; también el libro es la constatación de que el paso, implacable, de los años -el abismo por el que caen las hojas del calendario- solo nos hace alcanzar la confirmación de que nos han traicionado, pero, también, que hemos traicionado; que no entendemos, que nos nos entienden; que ese suceder de días solo nos lleva a la convicción de que si miras la vida desde la vejez, solo ves un camino bacheado donde has ido dejando pedazos de tu vida, y que has llegado con los restos de todo aquello con lo que empezaste, con los jirones de esperanza y sueños que te ha dejado el camino. Así, que no llegues desnudo no es cuestión solo de actitud o aptitud, sino de suerte y de ceguera

En la orilla del pantano de Olba crecen las pocas plantas que pueden sobrevivir a años de contaminación, se posan las pocas aves que todavía subsisten al agua corrompida, allí, entre las cañas, unos perros apaleados se pelean por unos restos humanos. Todo lo que sucede en ese pantano contagia, con el mismo ritmo de las ondas concéntricas que se crean cuando arrojas una piedra a su oscura agua, esa contaminación, esa corrupción, esa pelea de perros apaleados por un pedazo de subsistencia; al pueblo -al mismo Olba- y a los bares de la carretera y a los clubes de alterne que nunca cierran.

En la orilla” es, ante todo, el monólogo de Esteban, un anciano de 70 años, que debe cuidar a su padre en estado vegetal y moribundo, y que ve que su modo de vida se ha destruido. Su intento de subir a la enorme ola de “ganacias para todos” que ha habido, le ha ahogado entre las arenas movedizas de la crisis. Pero sus recuerdos nacen mucho más allá de estos aciagos días, su mente va y viene del presente al pasado lejano o al reciente: su madre, su padre joven y activo políticamente, su padre preso tras al crisis, su padre que no puede olvidar, su tío que lo educó, sus amigos, sus amores; son el pasado lejano que lo golpea porque ha caído el muro de contención y. por ello,  las ondas, las mareas, lo derriban, y se levanta, pero lo vuelven a tirar. Las elecciones que hizo, las decisiones que no tomó, parecen ser el ariete, el frente de ola, que derrumba sus defensas. Cuando se es mayor, y se mira hacia atrás , hay veces que parece que todo salió al revés de lo planeado, al contrario de las esperanzas que pensaste, del diseño del camino que creaste. Cuando piensa en el pasado reciente, este lo lleva por las partidas de dominó o por los bares de putas, con sus amigos, aquellos que la crisis no ha golpeado, porque han medrado con los poderosos o porque han sido parte y herederos de aquellos franquistas que hicieron dinero en la dictadura. Todos han sabido anclarse en la ubicación recibida de sus padres, agazaparse en su puesto de caza, subirse al helicóptero que lo aleja de la riada. Junto con ellos aparece la figura de la cuidadora de su padre, una colombiana que le enseña, apenas con algunas palabras, con algunas comidas diferentes, con unas sonrisas que ya no disfruta gratis; un mundo diferente al de Obla; ese pueblo que no supo, ni quiso, abandonar.

Paralelos al monólogo de Esteban, aparecen otros escritos que son casi fotos, casi confesiones, casi grabaciones hechas a escondidas, de otros personajes de las historias de Esteban, Siempre actores a los que la vida ha golpeado, a los que la crisis no ha perdonado; siempre comediantes secundarios e involuntarios de un obra de teatro, de una película con final poco feliz de Hollywood, en la que ellos no quisieron participar.

El mundo que recrea Chirbes a través de estas páginas, en las que nos muestra la visión triste y oscura de Esteban, pero, también, activa como una bomba sin explotar, acertada como un disparo en el corazón, afilada como un estilete; es, a la vez, la historia de una familia derrotada en la guerra y en la posguerra, y es el relato de un hombre vencido en el presente. Las derrotas siempre llevan consigo nuevas derrotas, llevan dolor, llevan esperanzas truncadas; solo los hijos detienen o propagan esas perdidas, pero en el caso de Esteban las lleva a su espalda, como una cruz en la que está sujeto su padre y todos los que lo empujaron o acompañaron en su estrepitosa decadencia.

Contar historias reales, ser el médico que muestra el mal, ser el microscopio o el catalejo que muestra más cercanas las cosas; es oficio de los que miran el mundo sin complejos, sin medias tintas, sin reparo. Chirbes hace un sangrante análisis sobre la sociedad actual, sobre un modo de vida centrado en el propio interés, en la que todo vale, en el que la ética es un estudio en declive y la moral se perdió en la entrada, principal, de algún banco. Pisar los pies, hacer un corte de mangas, patear traseros, hacer cuadros de los personajes más temiblemente indeseados; es la función de los pocos elegidos a los que la estúpida, y tupida, red de lo políticamente correcto, de la cobardía a lomos de cerebros bajo cero, de ojos tras gafas de sol recorriendo la noche; ha creído dejar de lado. En sustitución ellos han creado sus personajes a imitar, y, así, verse sacudidos por el reclamo de una oferta de fama rápida y dinero fácil, por ser el primero de los últimos, por portadas en alguna revista, por el poder de lo impersonal, por ser diferentes a costa de ser iguales… , por no tener opinión puesto que compromete…

 

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El Hambre, de Martín Caparrós

El Hambre

El HambreHay libros que cambian la manera de entender el mundo. Libros que abren los ojos, o que, si uno los tenía ya abiertos, hacen que se enfoque la mirada. Sobre todo en determinadas etapas de la vida. En mi caso fue Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, durante la universidad. Me impresionó, me deslumbró, se colaba en mis conversaciones y tuvo un hueco en mis sueños. Con el tiempo he terminado admitiendo sus fallos, que los tiene, pero nunca se ha borrado de mí la huella que dejó.

El Hambre, de Martín Caparrós, quizá pueda ser uno de esos libros. No me ha alcanzado en esa época en la que, como si la mente fuera papel fotográfico, uno es tan sensible a la luz que un relámpago así lo deja marcado para siempre. Pero al menos he salido de él arañado, y sé que con otros hará lo que conmigo hizo el de Galeano. Y lo celebro, para qué engañarnos. El Hambre es un libro tendencioso, en el que es fácil ver a un Caparrós muy escorado a la izquierda, radical, peleando a la contra todo el rato. Pero también me parece un documento fundamental, lleno de verdades irrefutables en forma de números y, sobre todo, lleno de las vidas que hay detrás de esos números.

Solamente dos para que quede constancia: en su estado actual, la agricultura mundial podría alimentar a 12.000 millones de seres humanos. Y, sin embargo, cada cinco segundos muere por causas relacionadas con el hambre un chico de menos de diez años. Eso es el Hambre, con mayúsculas.

El Hambre como libro es el recorrido personal, personalísimo, de Martín Caparrós por una palabra tan grande y a la vez tan ignorada. Se estructura en torno a las historias de aquellos que se asoman al abismo de la falta de alimento. Que uno aprende con las páginas que no es no tener qué comer, estrictamente hablando. Que es más bien no saber si se va a comer mañana, y pasado mañana. Imaginen cómo resulta la vida si uno se la pasa pensando si va a tener algo que echarse al estómago al día siguiente.

Caparrós deambula por el día a día de los hambrientos en diversos lugares del planeta y les hace preguntas, se hace preguntas a sí mismo y se las hace a los lectores. El libro se abre en Níger, con una mujer que carga a la espalda con el cadáver de su niño. Una imagen fortísima, que no hará más que repetirse aunque el escenario cambie por la India, Sudán, Madagascar o Argentina. Entre destino y destino vamos descubriendo una historia del Hambre, una política del Hambre, una sociología del Hambre. Y mientras el autor nos va contando todo ello, la gente sigue muriendo de hambre. El resultado tiene un punto innegable de Jordi Évole, de Michael Moore, y puede ser al ensayo escrito lo que estos documentales son a la televisión que nos tragamos día a día. Vamos, una buena bofetada.

A pesar, como digo, de llevar consigo una carga ideológica (anti-capitalista, anti-mercado) que no esconde, Martín Caparrós dibuja una realidad poliédrica y huye de las explicaciones únicas. En la mayoría de los casos ofrece, pero no impone, su manera de ver cada problema, algo que se agradece. Porque el hambre es un problema y son muchos problemas. Es la escasez de tierra cultivable en Níger y a la vez la mala gestión de una cantidad enorme de cultivo en la India. Caparrós carga contra los organismos internacionales, responsables de la exposición obligada a los mercados, pero tiene su pluma dispuesta también para atizar a las propias comunidades locales. Trata en profundidad, por ejemplo, el tema de las semillas transgénicas, y el control que de ellas hacen corporaciones como Monsanto, con el perjuicio que supone para las comunidades campesinas. Pero a la vez se enfrenta a los activistas “ecololós”, como él los llama, y argumenta que no podemos darle la espalda a los avances tecnológicos, porque ellos han estado durante siglos presentes en la agricultura.

En resumen, El Hambre es un libro que asalta todas las certezas, que leído con atención hace que uno se plantee muy seriamente qué estamos haciendo aquí, hasta dónde hemos llegado para que unos pocos tengan tanto y otros tantos tengan tan poco que ni siquiera les alcance para comer. Martín Caparrós habla del hambre en setecientas páginas de libro de bolsillo y parece que no termina, que no concluye. Yo me siento incapaz también de resumirlo en setecientas palabras y acabar con la sensación de haberle hecho un poco de justicia.

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Anna, de Niccolò Ammaniti

Anna

Anna

Imagina qué pasaría si todo acabara. Si un día te despertaras y vieras que todo lo que hay a tu alrededor ya no es como era antes. Si estuvieras en un mundo en el que solo rige la ley del más fuerte. Si casi toda tu familia hubiera muerto. Si tuvieras trece años y no supieras qué hacer para sobrevivir.

Eso es exactamente lo que le pasa a Anna, una niña siciliana que tiene que ver cómo todos los adultos de su alrededor mueren lentamente a causa de un virus atroz. Todas las personas mayores de catorce años son aniquiladas por él; entre ellas, sus padres. Este virus la deja huérfana y con la obligación de hacerse cargo de su hermano pequeño, que no es demasiado consciente de lo que está pasando. Anna se ve obligada a madurar de golpe, a convertirse en adulta y a sobrevivir. Aunque, por otra parte, sabe de sobra que cuando cumpla los catorce años ella también morirá. Entonces, ¿para qué esforzarse si todo se va a acabar dentro de poco?

Al leer el libro me he topado con sentimientos que, sinceramente, no esperaba encontrarme. Niccolò Ammaniti nos describe la historia desde el punto de vista más crudo posible. Nos la cuenta tal y como sería, sin adornos ni florituras. Las descripciones hacen que sientas dolor, asco, miedo, impresión y ansiedad a la vez. A medida que iba pasando las páginas, era capaz de vivir la angustia que Anna sufría, de ponerme en su piel y sentir las cosas al mismo tiempo que ella. Había momentos en los que la dureza de las palabras de Ammaniti me hacía plantearme si sería capaz de seguir leyendo. No demuestra ningún miramiento a la hora de describirte un cadáver putrefacto o contarte cómo Anna pasa por encima de cuerpos de niños sin inmutarse apenas. Pero es eso precisamente lo que hace que no puedas parar de leer. Sus descripciones son como telarañas, que te enredan y hacen que quieras saber más detalles sobre la historia.

Es un libro que ha hecho que me pregunte qué haría yo si estuviera en una situación como la de Anna. No sé si sería capaz de tener la entereza que ella demuestra a lo largo de la historia o si me daría por vencida ante la primera dificultad. Tener que buscar comida, sin luz ni agua corriente, cuidando de un niño tan pequeño y al que dentro de poco voy a dejar solo, con alimañas rodeando mi casa y con el resto de humanos que seguramente se hayan convertido en seres peores que esas alimañas…

No sé, quizá el instinto de supervivencia sea mucho más fuerte de lo que pienso, quizá fuera capaz de encontrar una última esperanza a la que aferrarme, como le pasa a muchos de los personajes de esta historia. Ya se sabe, ante estas situaciones falta tiempo para que salgan a la luz los más supersticiosos. En este caso, hay algunos que creen que todavía existe un adulto con vida y que si le encuentran y hacen una serie de ritos, podrán vencer al virus. Anna incluso llega a toparse con un chico que cree que existen unas playeras que si te las pones hacen que no te contagies jamás. Ante esto, Anna se demuestra bastante escéptica, no cree que exista ese adulto milagroso y mucho menos que una playeras vayan a hacerla inmune al virus. Pero sin un objetivo no puede vivir, debe desafiar a la muerte como sea; es entonces cuando se le ocurre la idea de que fuera de la isla en la que vive puedan existir todavía adultos. Y así comienza su viaje junto con su hermano, hacia la Península italiana, buscando un motivo por el que seguir con vida.

De lo que estoy segura es que después de leer este libro va a costarme mucho recomponerme de toda la explosión de sentimientos que he sufrido. Anna es un personaje que llega muy adentro, que se queda con uno cuando termina el libro. Lo demás pasará a un segundo plano, pero Anna se hará inmortal dentro de nosotros, sea cual sea el futuro que nos depara.

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Jambalaya, de Albert Forns

Jambalaya

Jambalaya

Jambalaya es un plato de origen criollo típico de Nueva Orleans cuya base es el arroz y que contiene ingredientes como el pollo, langostinos, jamón crudo y pimienta. Yo de esto no tenía ni idea, me lo dijo una buena amiga, que es muy guapa y muy lista, mientras tomábamos café y después lo corroboré leyendo la novela. Porque Jambalaya es también la nueva novela de Albert Forns.

A Albert Forns tampoco lo conocía, así que confieso ya que leí el libro atraída por ese nombre que parece que si lo dices en alto tres veces frente al espejo se te va a aparecer algo así como una divinidad. Jambalaya. Jambalaya. Jambalaya. ¿No os parece? Será cosa mía. También leí algún apunte sobre el libro antes de decidirme por él. De todas formas, os contaré un secreto: he desarrollado un sexto sentido literario. Es decir: en ocasiones veo libros que me gustan. A veces con el título, la portada y leer por encima la sinopsis sé si el libro me va a gustar o no. Pocas veces me equivoco. Bueno, a lo mejor no os parece tan sorprendente, pero suelo ahorrarme algún que otro tostón.

La primera novela de Albert Forns (Granollers, 1982), titulada Albert Serra, ganó el premio Documenta de narrativa. He leído críticas muy buenas y me han hablado bien sobre ella, así que la leeré en cuanto tenga ocasión. Con Jambalaya, Forns también logró el primer premio Anagrama de Novela en catalán. Dos libros publicados y dos premios literarios es una buena media. Y encima es también poeta. (Un partidazo para las suegras).

Estaréis ansiosos por saber si mi sexto sentido literario funcionó esta vez o si al final se me apareció una divinidad en el baño mientras me duchaba. No a lo segundo (oh) y sí a lo primero. Jambalaya me ha gustado, me ha gustado mucho. He descubierto en Albert Forns a un escritor con un humor muy fino. También he descubierto a un escritor que, aunque hable de lo mismo (ah, los tópicos literarios) lo hace de manera totalmente diferente y genuina. Su voz es firme.

Jambalaya es un metalibro. Si os digo que el autor recibió una beca para ir a una escuela de escritores en Estados Unidos para escribir su segunda novela y que esta novela trata sobre lo mismo podréis pensar que es autobiográfica. Y quizá tengáis razón. O no. También podréis pensar que es autoficción. Sí y no. En palabras del propio autor (o del personaje de esta novela): “¿Es posible escribir una novela sobre la escritura? En esencia no, porque escribir, lo que es poner una palabra detrás de otra, es una actividad profundamente antiatractiva, monótona, superaburrida”. En fin, sea lo que sea este libro, autobiografía, autoficción o cualquier otro auto que se os ocurra, Jambalaya se deja leer con el ritmo adecuado de cualquier buena novela.

Ya sabemos que el libro trata sobre un autor catalán que va a una granja de escritores en Estados Unidos para escribir su segunda novela. Concretamente, el escritor va a una granja situada en Montauk, regentada por el dramaturgo Edward Albee, autor de ¿Quién teme a Virginia Woolf. Toc, toc. Otra vez realidad y ficción. Montauk es un pueblecito costero de pescadores que se ha visto poco a poco invadido por hordas de hípsters y modernos.

La novela no sólo explora la experiencia de este autor en la granja de escritores, sino que va más allá. Forns nos habla de la frustración ante el papel en blanco, de ese reto que supone escribir una segunda novela con la que consolidarse como un buen escritor o ser uno más que escribe sobre lo mismo una y otra vez. Hay momentos de tanta frustración y hastío que dan ganas de pegarle una colleja al protagonista y al mismo tiempo decirle que escriba, que todo va a salir bien.

Además de toda esta metaliteratura y metaficción, Jambalaya es una oda al onanismo. Ese placer que nace un poco del fracaso y del aburrimiento. Es también una crítica a los queridos Estados Unidos de América y ese afán consumista, capitalista y nacionalista que forma parte de su seña de identidad y en el que los europeos caemos como chinches. Larga vida a Walmart. Larga vida a Starbucks. Larga vida a las cadenas de restaurantes de comida rápida. God bless America y todas su americanadas.

Muy recomendable Forns y su Jambalaya, de verdad que sí.

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La hermandad de la Uva, de John Fante

La hermandad de la uva

La hermandad de la uvaLa hermandad de la Uva es un libro ideal para momentos de baja concentración. Cuando andas nervioso o agitado y sabes que necesitas algo fuerte que desde el principio se haga contigo y te deje sin posibilidad de decidir si seguir o no con el libro. Un libro que consiga que te pierdas en él, que en el fondo es lo que quieres, aunque no pares de dar vueltas por la casa o de mirar el móvil.
Y eso el libro lo hace desde el primer momento. En cuanto abres La hermandad de la Uva, los personajes se incorporan del libro, primero en 2D, miran a su alrededor a ver si van a ser bien recibidos y después pasan a 3D y colonizan todo tu espacio. Están vivos y los vas a escuchar.
Los Molise son una familia de origen italiano que vive en Estados Unidos. Cuando Nick y María Molise se instalaron en San Elmo se llevaron Italia a vivir con ellos. Criaron a sus cuatro hijos al calor del catolicismo, la mozzarella y de una estructura patriarcal perfectamente establecida y jerarquizada. Sus hijos, aunque han estado expuestos al estilo de vida americano en la calle y en la escuela, en casa han mamado perlas más y menos dulces de la cultura italiana. Ya en su cincuentena tienen que hacer convivir la imagen que tienen los americanos de la familia (más desdibujada) con la que les han trasmitido sus padres durante años. Sigue leyendo La hermandad de la Uva, de John Fante

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Librerías, de Jorge Carrión

Librerías

LibreríasSiempre me han gustado las librerías. Desde que era muy pequeña me gustaba entrar en librerías y tener la sensación de que todas las estanterías estaban llenas de promesas de ratos especiales, de historias entretenidas, interesantes, divertidas o útiles que me harían conocer otros mundos que, de otra manera, ni imaginaría [como otra sucursal de “El universo (que otros llaman la Biblioteca)” que dice Borges].
Tengo recuerdos borrosos de las librerías infantiles, recuerdo las caras sonrientes de los libreros, recuerdo colores brillantes, recuerdo un cuadro en una pared en el que dos parejas de abuelos estaban tumbadas frente a frente en una cama, viendo cómo su nieto abría una chocolatina de Willie Wonka, recuerdo un niño estirándose hasta la caja registradora con un libro que en la portada mostraba a un niño, Konrad, saliendo de una lata de conservas.
Según he ido haciéndome mayor, eligiendo libros y pasando por distintas etapas lectoras, las librerías se fueron convirtiendo en templos sagrados (perdón por el lugar común) cuyas promesas eran aún más excitantes. Todas las librerías me ofrecían propuestas llamativas, daba igual que fueran cadenas gigantescas en las que encontrabas de todo, que librerías pequeñas con el sello propio del librero. Las inmensas, las titánicas, me daban sorpresas agradables (por ejemplo, hace muchos años en una estantería de un Barnes&Noble de Columbus, Ohio, encontré nada más y nada menos que Dioses y héroes de la antigua Grecia de Gustav Schwab) pero a veces, también profundas decepciones (en la misma librería no tenían y, lo que es peor, no conocían a Simone de Beauvoir. Esto no pretende ser una generalización, muchos de los dependientes de grandes cadenas son grandes lectores). Sigue leyendo Librerías, de Jorge Carrión

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Peste & Cólera, de Patrick Deville

Peste & cólera

Peste & cóleraUn barrendero barre las últimas hojas del parque, el otoño ha acabado, y probablemente sean las últimas que recoja este año. Nada parece querer hacernos recordar el esplendor de la primavera, ni el sosiego del verano, ni siquiera, tristemente, la escasez y la decadencia del otoño. Nada, tampoco, parece que nos evoca la grandeza de un hombre, al que la furiosa ceguera del siglo XX se llevó como una aspiradora que recoge recuerdos, o ese cepillo que raspa pasados. Ceguera que hace de lo instantáneo una religión a la que adorar: hombres, y mujeres, del pasado, parecen ser devorados por la inercia, por lo importante de un segundo en la cámara de MTV, o en la insolencia de un vídeo en alguna web de recuerdos pasmosos. Aquel hombre solo es recordado -por una exigua minoría- por la denominación de algo que la mayoría no queremos, ni siquiera, invocar: “Yersinia pestis”, que es el nombre del bacilo de la peste negra. Recuerdo a desechar, infame mención a un pasado muy muy lejano… Tan lejano como apenas un siglo… Alexandre Yersin es el descubridor de dicha bacteria y del primer suero para combatirla. Pero no es este libro un panegírico sobre el microbiólogo y médico atento y dedicado, hasta la locura, al servicio de la humanidad. No, no es eso. “Peste & cólera” no es como aquellos libros pegajosos de mediados del siglo pasado que se dedicaban a papas, generales, santos o abnegados médicos; al contrario, es una narración sobre un hombre incorrecto, aventurero, inconsciente, insistente, inteligente, inoportuno, valiente, sagaz, diferente, fatuo, pero sobre todo curioso, inmensamente curioso. El invierno del olvido le llegó a Yersin conscientemente perdido en las selvas de Indochina, absorto en alguna de las muchas facetas que hicieron de su vida un tiempo para aprender, sin descanso.

No es, Alexandre Yersin, una persona al que se le pueda hacer una biografía al uso con su lógica existencia, con sus caídas y ascensos, sus pérdidas y sus victorias. ¿Por qué? Porque es un médico de la escuela de Pasteur, sí, pero también es un explorador, de aquellos que, durante el final del siglo XIX, todavía tenían algo que descubrir; es un bacteriólogo, pero también es un cultivador de flores y plantador de árboles; es un rico hacendado, pero no se enriquece registrando sus patentes; adora la quietud, pero posee rápidos coches, motocicletas, barcos…; su trabajo consistió en descubrir los más antiguos elementos de la vida, las bacterias, pero él era un perseguidor de eso que reconocemos como el progreso, lo nuevo, lo último…Su paso por el mundo se movió por intereses, en apariencia, contrarios: pasó de tener curiosidad por lo científico y por la medicina, a pasar a acomodar toda su curiosidad por el agua, el mar; luego por la tierra dura y fecunda, a la que le llevaban los descubrimientos de nuevas tierras; pasará por lo que está en el aire, por lo nuevo, en los avances del mundo, en la creación; y seguirá hasta nunca acabar, siempre habrá un camino que recorrer, por el que investigar, hasta para contradecirse… Sigue leyendo Peste & Cólera, de Patrick Deville

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Joyce y las gallinas, de Anna Ballbona

Joyce y las gallinas

Joyce y las gallinasLas gallinas pueden volar. Su vuelo es corto y tiene un aire torpe, errático, siempre con pinta de terminar mal, como el recorrido en bicicleta de un borracho o de alguien que no ha montado en una larga temporada. Sin embargo, aunque a veces nos cueste darnos cuenta, las gallinas logran elevarse del suelo y permanecer suspendidas por sus propios medios durante bastante más tiempo (relativamente) que los humanos. Cosa que tiene bastante mérito, no me lo negarán.

Aunque a veces nos cueste darnos cuenta, ahí está la clave. Algo así me ha pasado con este Joyce y las gallinas, el debut en la novela de Anna Ballbona, que publica Anagrama. He ido observando con escepticismo los saltitos de Dora, la protagonista, sus intentos sucesivos por coger vuelo durante la primera mitad de la novela, y solamente en el tramo final he sido capaz de ver más allá de estos cortos despegues, de apreciar que detrás de la serie de anécdotas que en principio conforman la obra hay un esfuerzo narrativo apreciable. Sigue leyendo Joyce y las gallinas, de Anna Ballbona

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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez

las cosas que perdimos en el fuego

las cosas que perdimos en el fuegoDolor. Y después el silencio. El que se queda pegado a la garganta, a la frontera entre nuestra necesidad de seguir leyendo o dejarlo para otro momento. Y un dolor sordo que vuelve, que no se sabe traducir, pero que al final encuentra cualquier recoveco para salir por cualquiera de nuestros poros. Una especie de tiniebla que se cierne sobre el cuerpo, que lo anega, o que simplemente es el resultado de rozar la locura de los personajes, el reverso tenebroso de todos nosotros, de una ciudad que guarda en su interior la parte más oscura, esa que guardan las sombras, que no queremos mirar, pero que Mariana Enríquez nos enseña. Dolor. Eso se siente, se padece, se encuentra, en Las cosas que perdimos en el fuego, en ese fuego que nos abrasa, o que simplemente nos calienta cuando el frío ya ha calado tan hondo en nuestros huesos que es imposible separarlo de nosotros. Y ahí, agazapado intentando salir a la luz, como sucede siempre, el dolor o el simple entumecimiento de la piel, del alma, que se presta a abrazarse a la locura, o a la realidad que no deja de ser otra forma de lo mismo, de esa mentalidad perturbada que nos habla a veces. Porque ¿quién de todos nosotros es el más loco de este entramado de pasiones y casas derruidas? ¿Quién tiene la potestad de decir que, al leer, uno no puede encontrarse reconocido en aquello que no queremos nombrar? ¿Qué tiene la realidad que, de tan insana, nos acaba hipnotizando como lo hacen estos cuentos?

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