
Pobre, pero honrado, se decía antaño. Pues bien, como vimos en la primera parte de El carterista, nuestro héroe Ankuro es ladrón, carterista, para más señas. Pero honrado. Y como servidor también lo es, os advierto de que, para hablar de la segunda parte de este clásico del manga, tendré que desvelaros algo de la primera. ¿Trato hecho? Bien, pues más os vale respetarlo, si no queréis que os parta los dedos uno a uno, u os obligue a saltar al río con una lápida a los pies y las manos atadas con tallos secos de boniato.
La imagen que tenemos de los japoneses es la de un pueblo trabajador, eficiente y perfectamente organizado. También así sus carteristas, cuyos jefes, por lo menos en el Japón del s. XIX, llevan un escrupuloso registro de todos los miembros de su banda. Veíamos cómo en la primera parte, Ankuro, preparando su venganza, conseguía hacerse con los nombres de aquéllos que destrozaron su vida y se ponía manos a la obra. Sute el Tambaleante era el primero en caer, y el lector da por supuesto que la segunda parte le mostrará el destino del resto de la banda, entre los que se encuentran Kichi el Mojacamas, Tadasu el Dormilón y Bankaku el Ciego. Y así lo hace, pero no sin antes deleitarnos con pequeñas digresiones en forma de historias y aventuras. Una de ellas es, sin duda, la del diamante, que, por su estructura y su divertido y escatológico final, nos hace pensar en El Decamerón o Los cuentos de Canterbury. Sin embargo, si queremos buscar obras que pudieran estar relacionadas con El carterista 2, habría que pensar en el cine, y más concretamente, en ese subgénero que podríamos denominar “películas de venganza”. Y pensad que, aunque los primeros títulos que os vengan a la cabeza puedan indicaros lo contrario, lo cierto es que el cine de venganza al que nos remite esta obra es el gran cine, el de Sin perdón o Malditos bastardos.
Ankuro, decíamos más arriba, es carterista pero honrado. Su código de honor le impide robar vidas (venganzas aparte), y siempre da a su rival la oportunidad de derrotarlo y ganarse su perdón en relativamente noble lid. Su confianza en su propia agilidad, ingenio y habilidades prestidigitadoras le llevan a asumir riesgos que le ponen al borde de la muerte o, en una ocasión, al borde de la castración.
Y ya que hablamos de las regiones bajas, ¿qué me decís de la lectura de vaginas? En uno de sus geniales y genitales golpes de astucia, Ankuro se presenta como un itinerante rasurador púbico, que hay que decir que era una profesión tan respetable como necesaria, por razones higiénicas, en aquel mundo de hampa y prostitución. Así, aparte de mostrar una rara habilidad para dejarles el monte de Fuji suave como el culo de un bebé, nuestro héroe deja pasmados a mujeres y sus cornudos maridos con su capacidad de leer toda su vida pasada y futura en el rincón más recóndito de su anatomía. Estamos, como veis, ante otro episodio que parece sacado de las descaradas aventuras recogidas por Bocaccio.
El carterista 2, pues, pese a inscribirse en la tradición de la literatura de samuráis y ronins, bebe, como tantos otros mangas quintaesencialmente japoneses, de numerosas fuentes tanto orientales como occidentales, tanto clásicas como contemporáneas, y nos brinda una historia sobre honor, justicia y destino, repleta de acción, violencia, y refinada crueldad, con toques de erotismo y humor. Vamos, que lo tiene todo. Manga.

No puedo imaginarlo. No puedo saber qué se siente. Debe de ser una tragedia. Una grandísima tragedia. ¿Qué es un héroe sin sus poderes? ¿Un humano más (o un alienígena más en el caso de Supes)? ¿O el heroísmo es algo más que una suma de habilidades por encima de lo normal, algo más profundo e inherente a la persona? Sea como sea la filosofía al respecto, siempre es una putada tener algo tuyo y perderlo. Ahí, en el recuerdo de lo perdido, es cuando más se valora eso que antes dabas por supuesto que era tuyo para siempre porque siempre había sido así y siempre seguiría siéndolo y que ya casi ni notabas que estaba contigo. Poder volar, ser más rápido que el rayo, materializar a placer tu voluntad, gozar de una fuerza asombrosa, poseer visión calorífica…
Bueno… Pues parece que ahora sí que sí. Este es el fin, amigos. La, como dice la contra, “épica conclusión” de una etapa fantástica orquestada por 
Ya han pasado milenios desde que el Abuelo Lobo traspasó los marfiles del poder a cuatro niños: Reka, Dyo, Aker y Erlin. Convertidos en arcontes inmortales, sus enfrentamientos y luchas por el poder han dirigido el destino de la Humanidad a lo largo del tiempo. En 
El Multiverso DC empezó a dar sus tímidos pasitos en la Edad de Oro, pero no fue hasta la Edad de Plata cuando realmente emergió como un concepto para dar sentido a la existencia de diferentes versiones de los personajes de la editorial. Entonces el multiverso creció y creció, se expandió tornándose algo complejo y confuso que traería, a partes iguales, quebraderos de cabeza e hitos en la historia del cómic.


Si tienes hijos o sobrinos seguramente estarás hasta el moño de ver los dibujitos animados que ponen en las nuevas cadenas infantiles. Dibujitos, en su mayoría, que pasan de demasiado infantiles a estridentes y raritos. Bob Esponja fue el comienzo de dibujitos psicodélicos. Ahora hay unos cuantos que he de decir que me han sorprendido gratamente. Se llaman Gumball o algo así, y fue junto a otras series tipo Sanjai y Craig, los canallas dibujos de un chaval y su mascota serpiente, los que más me han llamado la atención. Quizá por su irreverente carácter rebelde. Si puedes, ponte un capítulo que trataba sobre los personajes extra en la serie de Gumball, de lo mejorcito que he visto desde los antiguos Simpson, los buenos, los que molaban. Bueno, a lo que iba, desde que tengo sobrino veo muchos dibujitos nuevos en la tele. Y también leo algunas cosas más infantiles. Cosas tan tronchantes y divertidas como Teen Titans Go! 1, la nueva serie de cómics relacionada con los Jóvenes Titanes del Universo DC. También tiene su versión televisiva y mantiene el mismo estilo.
¡Scooby-Doo! ¿Dónde estás? Sí, así comenzaban los capítulos de los dibujos animados. Así que rescataré siempre este grito de guerra de Shaggy hacia su perruno compañero Scooby para reseñar la serie de cómics. Si se trata de rescatar detalles del programa de televisión ya lo hizo Sheldon Cooper de The Big Bang Theory y fan incondicional de Scooby en una divertidísima escena en la que, escondido en el asiento trasero del coche de Leonard le sorprende mientras este cantaba una canción de los Black Eyed Peas. En esa escena Sheldon, obligado a tomarse unas vacaciones, se niega a quedarse en casa y quiere asistir de incógnito a la universidad. Surge entre ellos un tronchante diálogo en el que se hace alusión a la serie Scooby-Doo. «Si alguien pregunta algo, di que llevas trampas para langostas», dice Sheldon escondido bajo una manta. «¿Trampas para langostas?» responde Leonard. «Sí. Así es como Vilma y Scooby escondieron a Shaggy en el viejo faro».
¡Scooby-Doo! ¿Dónde estás? Grita esto entonando la adolescente voz de Shaggy y ponle música surfera —los Beach Boys siempre son un acierto— y de golpe retrocedemos en el tiempo a esas fabulosas tardes cuando pasaban por televisión los episodios de Scooby-Doo. La serie de Hanna-Barbera se estrenó en la televisión americana CBS allá por 1969. Su estética hippie y cortinillas psicodélicas sugieren que surgió fruto del verano del amor. La serie de dibujos animados trataba de las aventuras de un grupo de adolescentes, Fred, Daphne, Vilma, Shaggy y su glotón y asustadizo perro Scooby que, a bordo de su furgoneta hippie, la Máquina del misterio, recorrían diversos lugares desenmascarando misterios relacionados con fantasmas y fenómenos paranormales. La serie fue la leche. No sé muy bien cuándo llegó a España, pero sí recuerdo la de tardes que pasaba mientras comía, justo antes de tener que volver al cole para dar las pesadas y últimas horas de clase, viéndola con mi hermano pequeño. El tono era más bien ingenuo y ligero, pero molaba mogollón. Las ocurrencias que tenían para resolver los misterios eran muy entretenidas y divertidas aunque los desenlaces se resolvían todos del mismo modo; los malos se ocultaban tras un disfraz cuya careta les quitaban al final.
Imaginad que la nave que transportaba a Superman hubiera aterrizado en el Reino Unido en vez de en Estados Unidos, logrando, con este mero hecho, que su vida se convirtiera en una comedia de los Monty Phyton; o que lo hubiera hecho en la Unión Soviética, transformando al Hombre de Acero en una especie de arma con la que meter el miedo en el cuerpo a los americanos en plena Guerra Fría. Raro, ¿verdad? ¿Y qué me decís de 
En buena hora se me ocurrió meterme en el mundo manga, pues resulta que no es tal mundo, sino una galaxia, y lo que se presentaba como un viajecito a un género diferente lleva así camino de convertirse en un exilio definitivo. Parece que he caído en un agujero negro, el del manga, y nadie va a poder sacarme de allí. Y la verdad es que 
Hace un par de meses os hablé del