
Satírica, brillante, polémica, ácida, escandalosa, caótica, irónica, irreverente. Son solo algunos de los adjetivos que me surgen para clasificar una novela como El hombre de los dados, escrita por George Cockcroft bajo el pseudónimo de Luke Rhinehart, que a su vez hace de protagonista de la historia, contada como si de una autobiografía se tratase. Un libro que ahora rescata Malpaso y que cuenta con grandes detractores, pero también con defensores a ultranza. Solo un libro tan bipolar se puede colar en dos exclusivas listas de libros tan diferentes entre sí. Por un lado, tiene el privilegio de ser uno de los 50 libros más influyentes de los últimos 50 años (según la BBC) y el deshonor de ser uno de los 10 libros que no hay que leer antes de morir (según The Times).
La historia, aunque complicada, tiene un inicio sencillo. Luke es un psiquiatra aburrido de su vida monótona y académica, hasta que un día, tras un encuentro fortuito con un dado tirado en el suelo, decide convertirse en un hombre aleatorio cuyo destino quede regido siempre por lo que dicten las tiradas de los dados. Qué mejor experimento para un psiquiatra que experimentar con uno mismo. Despojado de personalidad, el “hombre del dado” se convierte en un ser dirigido siempre por la tiranía del dado, un ser aleatorio capaz de adoptar miles de personajes y de realizar diversidad de actos deleznables sin el menor atisbo de culpa en su comportamiento. Con la frase No mi voluntad, dado, más hágase la tuya repetida como un mantra, Luke decide ir más allá e introducir en esta religión de las seis caras a muy diversos personajes, chalados en su mayoría, que empiezan a venerarle como si de un Dios se tratase.


















