
La rata en llamas, George V. Higgins
Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez
Francisco de Quevedo
Un año tiene 365 días, sin contar los años bisiestos, y esos mismos días tienen 24 horas. De cada día, supongamos, que aprovechamos unas tres horas a la lectura. Y de esas lecturas, podemos hablar durante varios días seguidos si nos ha calado lo suficientemente como para poder recomendarla a todo aquel que se acerque a escucharnos. Un año puede ser muy largo si no encontramos ese tipo de lecturas. Pero un año puede parecer muy corto si aparece algo como La rata en llamas y nosotros, yo en concreto, tenemos la suerte de poder hablar de ella tranquilamente, con nuestras palabras, sin que nadie nos ponga una barrera para ello. Uno se pregunta, demasiadas veces a lo largo de sus días, cómo es posible que algunas editoriales tengan tanto acierto en algunas de sus ediciones, y la única respuesta posible es que la combinación entre autores y editores lleva unos años de gracia y satisfacción para los lectores que ríanse ustedes de cualquier premio multitudinario en cualquier otra disciplina. Será entonces deber de uno mismo contar los aciertos de una historia como ésta que no sólo se agradece sino que además se disfruta, y en la que no queda títere con cabeza. Porque como si estuviéramos en un edificio en llamas, aquí todos quieren salir corriendo, pero lo único que consiguen es tropezarse con su propia mierda. Para que luego digan que la raza humana es racional e inteligente.
Jerry Fein es propietario de unos pisos en los que sus habitantes no pagan el alquiler por el estado lamentable en el que se encuentra el edificio. ¿Cuál es la mejor manera de hacer desaparecer el problema? Prenderle fuego. Para ello contrata a dos patanes que tendrán que convencer a un inspector de incendios de que haga la vista gorda, mientras el fiscal intenta terminar por todos los medios con los casos de acoso inmobiliario. ¿Qué puede salir mal? En realidad, todo.






