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Cómeme, de Agnès Desarthe

Cómeme

CómemeNo sabía nada de este libro, tampoco conocía a la escritora francesa Agnès  Desarthe. Digamos que el hecho de que este libro haya llegado a mis manos ha sido pura casualidad. Esas cosas raras que tiene el destino de unir a veces libros con lectores como le viene en gana. ¿Arriesgado? Claro que sí, pero como no nos arriesguemos de vez en cuando mal vamos. Así que, si este libro había venido a mí sin yo esperarlo, tenía que leerlo sí o sí. Quién soy yo para jugar con el destino.

Cómeme es un título sugerente. Parece el título de una película porno. Pensé que quizá fuese un libro erótico: “un relato sobre sexo y comida alejado de toda corrección política”. Esto es lo que aparece en la portada. Normal que me hubiese montado yo mi propia película (porno o no) en mi cabeza. Pero, seré sincera: ni tanto sexo, ni tanta incorreción política. Eso sí, comida mucha. La comida ocupa un papel más en esta novela. Creo que he engordado un par de kilos mientras la leía. O quizá los haya perdido en forma de baba, no lo tengo claro. El caso es que la comida es protagonista indiscutible de esta novela.

Myriam es la otra protagonista del libro. Su idea es abrir un restaurante en París sin tener ninguna experiencia en el mundo empresarial y sin tener ni un duro. Eso sí, le sobra la experiencia en los fogones, el amor a los alimentos y también, la cara dura.

El restaurante se llama Mi casa y es el nombre más sincero que podría tener. En el mismo local donde Myriam monta su negocio vive y duerme todos los días en un saco de dormir. Ya os he dicho que no tiene un duro, pero no creáis que le importa demasiado ducharse en el fregadero o tener su ropa en una maleta tras la barra. Ni se queja, ni aspira a más. Simplemente se contenta con vivir.

Por Mi casa, pensado como un negocio atípico donde ni siquiera hay carta, donde pueden comer tanto adultos como niños, donde todo siempre está buenísimo, comienza a desfilar una variopinta clientela. Tan variopinta como la propia Myriam. Vincent, quien regenta una floristería junto a su restaurante, se convierte en amigo, consejero y cliente habitual. También dos estudiantes a las que Myriam les coge cariño y que acuden a comer entre clases y clases a su restaurante por un precio ridículo. Serán ellas quienes envíen a Ben, el mejor camarero, al negocio de Myriam para echarle una mano. Y como Ben es el mejor camarero y Myriam un pequeño desastre, éste acaba siendo quien prácticamente dirija el negocio. Porque realmente lo hace bien y porque a Myriam no le importa. Se deja llevar, como se ha dejado llevar durante toda su vida.

Cuando un personaje está bien elaborado se nota y Agnès Desarthe ha sabido dotar de alma a todos los personajes que se pasean por esta novela. Inevitablemente, se les acaba cogiendo cariño. Y eso que Myriam es rara, una mujer rota por el pasado, una madre incapaz de sentirse como tal. Un pequeño desastre que no encaja demasiado bien en lo convencional. Y entonces descubres que la novela no se llama así porque quiera parecerse al título de una película porno. Cómeme es un guiño a Alicia en el país de las maravillas. ¿Recordáis cuando ha de menguar y crecer para cruzar una puerta, para coger una llave? Bébeme. Cómeme. Son las premisas que encuentra Alicia para poder cambiar su estatura y poder seguir adelante. Eso es lo que le ocurre a Myriam. Ella desearía encontrar esa galleta con la que poder cambiar, esa galleta que le hiciese adaptarse a todas las situaciones que ella es incapaz de digerir por sí sola.

El destino es extraño, no os voy a engañar. Tampoco tengo muy claro que exista, pero sí agradezco haberme topado con esta novela llena de humor, llena de imposibles y de personajes excéntricos. Tal y como me gusta.

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Mil dolores pequeños, de Pablo Escudero Abenza

Mil dolores pequeños

Mil dolores pequeños¿Qué somos? ¿Un conjunto de recuerdos o aquello que olvidamos? Hablamos durante infinidad de tiempo, convertimos en historias grandes pequeños detalles que parecen no tener importancia, insignificancias que, al final del día, son las que se clavan en nuestra memoria, en la retina del tiempo, en la cuenca vacía de un ojo que permanece imperturbable, rígido, observante de aquellos silencios que producimos y de otras palabras que se atascan. Pero, ¿qué narices somos? ¿Aquello que podemos describir como si lo estuviéramos viviendo o, por el contrario, la capacidad de olvidar todo lo que nos duele? Mil dolores pequeños podría convertirse en una respuesta, puede que sumada a otras preguntas, sobre lo que somos o dejamos de ser en un mundo que es tan complicado como asesino. Porque no hay que olvidarlo: matamos nuestras ilusiones, rebanamos su pescuezo con cuchillos imaginarios, mientras la realidad se mezcla a la perfección con lo imaginado, con lo que fue y no fue, con las diferentes versiones de aquellos que nos quisieron y que nos odiaron, a los que amamos y los que hoy nos producen una – fingida – indiferencia, de ser y no ser, de estar y no estar, de vivir y morir. Parece como si nosotros nos moviéramos en un continuo intentando tocar, siempre, los extremos. Y lo hacemos, aunque ese acercamiento suponga que estalle, como a mí me gusta decir, la bomba que todos llevamos dentro.

¿Puede decirse de qué trata Mil dolores pequeños sin parecer que estás destripando todo el argumento? Es una pregunta trampa, yo lo sé, pero Pablo Escudero Abenza ha creado una obra de muy difícil explicación. En la forma no deja de ser un recordar lo que otros han olvidado, una imposibilidad – como le sucede al protagonista de esta historia – de eliminar los recuerdos que se agolpan en su cerebro sin poder evadirse de ellos. Pero en realidad, en ese fondo que puede descubrirse mientras vamos levantando las capas que están envueltas con las letras, nos damos cuenta de todo aquello que no nos cuenta y que pone el lector de su propia cosecha. Porque esta obra nos discute, nos grita, nos despereza y no zarandea, nos golpea como una piedra tirada con puntería a la cabeza, nos aprieta el corazón y nos rompe cierta coraza, nos agarrota en algunos capítulos ese sentimiento hacia nuestros padres, hacia el pasado que nunca debe volver y que, si lo hace, es simplemente para rematarnos. Porque los recuerdos no son sólo benévolos, también pueden ser malvados, como el villano de un cuento que no deja de perseguirnos. Una obra dramática, sí, pero también llena del cariño que, al aparecer, nos entumece. Pequeños fragmentos de recuerdos y viajes a ninguna parte, a ese país inventado donde quizás todos los escritores se mueven y nosotros no podemos verlo.

Mil dolores pequeños ha sido una sorpresa. Y vuelvo a ser consciente de que esto parece una trampa, una frase manida para que la gente se acerque al libro, pero no dejará por ello de ser más verdad. Fue una sorpresa porque no me esperaba la dureza, fue una sorpresa porque no estaba preparado para el dolor, fue una sorpresa porque no quería saber y al hacerlo me vi envuelto en una pátina de desesperación. No quiero decir con esto que lo que ha hecho Pablo Escudero Abenza nos deje un mal sabor de boca o nos deje para el arrastre. ¿Es dura su obra? Lo es por lo que contiene, por lo que nos dice y sobre todo por lo que no nos dice, por eso que permanece invisible y que es lo que más escuece. Y debo decir que no estaba preparado porque quizá me esperaba otra cosa, porque mi vida lectora necesitaba otro tipo de lecturas más livianas. Pero me alegra haberlo encontrado, haberlo disfrutado, haberme visto despedazado por todo lo que hice y dejé de hacer. Porque a veces, junto a las preguntas, están las respuestas que uno no busca pero que encuentra aunque tengan el dolor incrustado.

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En el nombre de los árboles, de Karin Boye

En el nombre de los árboles

En el nombre de los árbolesMe apetecía leer un poco de poesía, por eso busqué en el catálogo de la editorial Baile del sol algún libro que me llamase la atención. Ya sabéis, guiándome por mi sexto sentido literario. Y apareció En el nombre de los árboles. Me gustó la portada, minimalista y delicada, me gustó el título. ¿A quién no le gustan los árboles? Así que pese a no conocer a su autora, me decidí por él.

A lo mejor es una ofensa no conocer a Karin Boye. Si es así me arrodillo y pido perdón. Soy una poeta muy simple, pero me gusta mucho aprender. En la contraportada del libro se dice que en este poemario aparece su poema más conocido Sí, es verdad que duele “y del cual la gran mayoría de los suecos saben, como mínimo, recitar los primeros versos.” Reconozco que esta afirmación también me atrajo. Quería conocer ese poema tan famoso en Suecia y confieso que fue el primero que leí. Luego me dio por pensar cuál sería el poema más conocido en España, cuál sería capaz de recitar más gente. Y no lo tengo nada claro. He pensado que podría ser “verde, que te quiero verde, verde viento, verdes ramas”, de Lorca. ¿Vosotros qué pensáis? Abro el debate.

Después de leer el famoso poema, que me ha parecido precioso:

“Sí, es verdad que duele cuando los brotes se abren.

¿Qué otro motivo hay para que la primavera dude?

¿Por qué tiene que estar atada toda nuestra ardiente espera al pálido helor amargado? (…)”

me dispuse a leer la introducción del poemario. Qué desorden el mío. Me ha gustado tanto conocer a esta autora que os tengo que hablar de ella. Karin Boye nació en 1900 y murió en 1941, ya podéis haceros una idea de lo efímero de su vida. Escribió poesía y novela y es una autora bastante conocida en Suecia, aunque ella siempre se quejó de la poca repercusión que tenían sus obras. Con veintidós años publicó ya su primer poemario. Casada en 1929 y divorciada en 1932, decide irse a Berlín a vivir libremente su homosexualidad con Margot Hanel. Una mujer valiente, como podéis leer, pues en aquellos años treinta la homosexualidad era poco menos que pecado. Karin siempre estuvo enamorada de Anita Nathorst, pero fue un amor no correspondido. Sin embargo, cuando su amor platónico es ingresada en un sanatorio para tratar su cáncer, Karin se traslada allí para estar con ella. En el bosque cercano al sanatorio será donde Karin decida suicidarse. Su pareja, Margot Hanel, hará lo mismo un mes más tarde. Por su parte, Anita, muere al año. Terrible final el de este triángulo amoroso. Desolador y terrible, por eso tenía que contároslo, porque todo esto, cómo no, se refleja en la poesía de Karin Boye.

En el nombre de los árboles es un poemario liberador, vinculado a la naturaleza desde el título hasta el último verso. Un poemario que canta al amor, que canta a la vida, al mar y a la tierra, ésa a la que debemos nuestras raíces y nuestra razón de ser.

“Se han trazado tus límites.

Tú también estarás quieta

entre los fieles expectantes.

Tú también has de echar raíces,

convertirte en árbol y madurar.”

Hay versos fantásticos dedicados al amor y al desamor:

“Mientras nuestro amor tenga una sola condición vigente

aunque solo sea una,

será nuestro amor una mano cerrada

y nos lo merecemos”.

Me ha encantado descubrir a Karin Boye y su voz llena de lirismo y sensualidad. Lo mejor de los buenos poetas es que nunca hay demasiados. Nunca nos van a sobrar versos para curarnos. Qué alivio que exista la poesía.

 

 

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Manotazos al aire, de Yolanda Ortiz Padilla

Manotazos al aire

Manotazos al aire

Me gusta disfrutar de casi todo tipo de géneros en mis lecturas, pero hay uno que siempre está presente: la poesía. Vuelvo una y otra vez a ella porque la poesía es necesaria, es vida, es agitación y descubrimiento. La poesía bien hecha, claro está. Tengo una teoría sobre la poesía joven actual. Bueno, ni siquiera sé si es una teoría y como es mía y no pretendo sentar cátedra, ahí va.

Tenemos, por una parte, a un sector de jóvenes “poetas” que escriben muchos libros, que tienen muchos seguidores (que no es lo mismo que lectores, ojo) y cuyo fin es, precisamente, buscar a ese seguidor contándoles lo que quieren leer. Cuando entro en una librería y veo todos sus libros juntos en la sección de poesía se me revuelve el estómago. Creo que a Miguel Hernández también le pasaría. Me parece genial que los jóvenes lean, que se intercambien libros y hablen sobre ellos. Pero no lo llaméis poesía, por favor.

Por otra parte, hay un sector de jóvenes poetas enamorados de las vísceras. Sus poemas son tan crípticos y tan de intestinos, tripas y demás que al leerlos tengo la sensación de estar en un quirófano. No entiendo nada.

Por último, hay jóvenes poetas que hacen auténtica poesía, que la mantienen viva y la cuidan. Por eso, cuando quiero leer a buenos poetas actuales, recurro, entre otras, a la editorial Baile del Sol, porque sé que ellos también miman a la poesía. Sigue leyendo Manotazos al aire, de Yolanda Ortiz Padilla

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Los restos de la derrota

Los restos de la derrota

Los restos de la derrota, de Roberto Moro

“TODOS LOS POEMAS SIRVEN PARA ALGO.
Los restos de la derrotaQue es más de lo que puedes decir de muchas personas.
El problema es encontrar
para qué
antes de pegarles un tiro”.

Esos días en que todo cae. Como si se hubiera detenido la gravedad que todos llevamos dentro de nosotros mismos y los restos, o todo lo demás, se precipitara en bloque sobre nuestros estómagos. Esa sensación. La de la derrota. Y el sabor de la sangre entre los dientes, aunque uno no sepa muy bien si se trata de la propia o de la ajena. Esos otros días imposibles de levantar. Escritos sobre fondos en mate y pequeñas ironías colgadas justo en ese momento en que todo se precipita y lo que viene es un punto final.

Después, alguien, Roberto Moro, llega y te empieza a hablar en este pequeño libro de poesía, Los restos de la derrota, de primeros y segundos tiempos, de la importancia del factor campo, del valor de los goles como visitante y de las dichosas prórrogas de tres o más minutos. Y aunque no hable de ti, sabes perfectamente a qué se refiere. Que es más de lo que puedes decir de muchas personas que sí te conocen. Así que no, por supuesto que no vas a pegarle un tiro.

Aunque estemos aquí para perder. Sigue leyendo Los restos de la derrota

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Especial “Los mejores libros de 2012 según el equipo de Libros y Literatura”

Cartas del verano de 1926

Especial “Los mejores libros de 2012 según el equipo de Libros y Literatura”

Si este fin de semana os ofrecíamos la lista con los mejores libros de 2012 y los de 2013 según las editoriales, el equipo de redactores de Libros y Literatura no ha querido ser menos y ha decidido elaborar su propia lista de libros imprescindibles publicados durante este año. Pensaréis que nos hemos vuelto locos con tanta lista. No, amigos: estamos locos, ¡pero por los libros! No ha sido tarea fácil para cada uno de nosotros escoger su mejor lectura, entre tantas reseñas interesantes que os hemos presentado a lo largo de 2012, de modo que esperamos que disfrutéis de estos libros tanto como nosotros. Una selección variada y personal, que refleja la diversidad de nuestro equipo. Libros para todos los gustos: ¡prohibido no leer!

Sigue leyendo Especial “Los mejores libros de 2012 según el equipo de Libros y Literatura”

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Stoner

Stoner

Stoner, de John Williams

Stoner“Stoner” es magia. Empezar a leer esta novela es ser cómplices de un hechizo maravilloso: el que nos permite, como lo hace la literatura de verdad, ser testigos y, a la vez, partícipes de una vida, la del protagonista, que deja de ser ficción para pasar a ser una persona real, quizá más real y más querida para nosotros que mucha de la gente de carne y hueso con la que nos cruzaremos a lo largo de los días de nuestra vida. El escritor, John Edward Williams (no usaba su segundo nombre, pero es útil saberlo para quienes, como me pasó a mí, quieran saber algo más sobre este genial autor y lo busquen en Google), nos hace la crónica de toda la vida de su protagonista, William Stoner, desde que nace en 1891, en una deprimida granja de Missouri, hasta que fallece en 1956. Ya en la primera página nos advierte el autor: Stoner jamás pasó de ser profesor adjunto, y nadie, ni colegas ni estudiantes o exestudiantes, lo recuerda de manera especial. En otras palabras, ha sido un hombre que parece haber pasado por la vida sin pena ni gloria.

Muchos críticos, estudiosos y lectores de “Stoner” coinciden en afirmar que el tema de esta novela es la futilidad última de la vida, pues William Stoner habrá de pasar por innumerables pequeños y grandes calvarios vitales, y no porque en su vida acontezca nada fuera de lo común: es precisamente por lo corriente y común de lo que le pasa por lo que resulta tanto más descorazonador presenciar esas derrotas vitales. La impresión de futilidad radica en que toda su lucha vital no produce ningún logro memorable.

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