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Lou Reed era español, de Manuel Vilas

Lou Reed era español

Lou Reed era españolManuel, Manolo (no sé si alguien te llama Manolo, Lolo quizá, algún antiguo amigo del colegio al que encuentras por Barbastro, alguien a quien retiraste la palabra hace tiempo pero que todavía te saluda por la calle), Manolo, querido, el día que escribas una autobiografía, una de verdad, a calzón quitado, quizá nos encontremos ante uno de los momentos más gloriosos de la literatura española del siglo XXI. Dicen que la autoficción está llegando a sus últimas horas, que estirará la pata en el próximo lustro, década quizá. Ven y clava el último clavo de su tumba, Manolo, que será un clavo de oro de cien quilates, si es que eso es posible. Échale tierra encima con el relato de tu vida, aunque sea en seis volúmenes, como Knausgard, o en no sé cuántos, como Trapiello, y luego orina sobre ella para que la tierra se compacte sobre el túmulo. Te lo pido por favor.
Porque me has dejado con las ganas después de terminar Lou Reed era español. Qué primeras cien páginas, y mira que partes de un argumento bastante simple: un adolescente de provincias recorre la España de finales de los setenta en pos de Lou Reed. En pos de sus discos, de sus conciertos, una tarea casi imposible en el país de Julio Iglesias y Raphael. Compras en pesetas, viajes eternos en automóvil por carreteras secundarias y una torpe pero bonita pérdida de la virginidad. Franco, la Guardia Civil, los obispos. Mientras tanto, Lou descubre la cuajada, y el Prado, se entera de que el mar que baña Barcelona no es el mismo que acaricia Nueva York, toca en lugares tan alejados del Madison Square Garden como el estadio del Moscardó (y la monta). Toda la discografía de Lou está ahí, bien, su manía con Bowie y los Stones, su manera de mirar por encima del hombro a John Cale. Pero sobre todo está una parte bien contada de la Verdadera Historia de España, con mayúsculas, resumida en la mirada tierna del chico, que en mi cabeza eres tú, y en tu ojo sarcástico, en tu maestría para la reducción al absurdo y para dejarnos con una sonrisa agridulce en los labios. Porque no hay nadie que hable tan bien de las cosas serias como los payasos, y a ti siempre te ha gustado que parezca que lo tomas todo a la ligera.
Sin embargo, luego echas el freno. Viene la segunda parte de este objeto-literario-no-identificado y se va perdiendo por el camino parte de esa ilusión inicial. El chico desaparece, o casi. Se hace mayor y deja de contarnos qué le parece nuestra entrada en la OTAN, lo que estaba haciendo durante el primer mandato de Aznar, dónde compró su último disco de La Voz. A cambio, el propio Lou toma la palabra y, entre reprimendas a sus esposas y a su mánager, comienza a hablar con la propia España, nada más y nada menos, y con un grupúsculo de españoles que encuentra en el cielo. Ahí me has perdido, Manolo. Yo quería acompañar de la mano a ese joven (a ti) en los duros años de la crisis de la mediana edad, quería ver crecer a sus hijos o a los hijos de tus amigos, deseaba fervientemente que arribara al momento en el que ganamos el Mundial. Yo quería poner este libro de cara en la estantería, porque me encanta la portada y porque así se vería el dorso de sus páginas, de un amarillo muy chic y las visitas pensarían que soy un tío guay. Lo quería poner ahí, ocupando el mismo espacio que los dos lomos del Quijote, te quería poner pasándole la mano por la cara a Cervantes, y poder decir ahí está la Verdadera Historia de España contada por este hombre, que viene a sustituir a la que contó el que estaba detrás, un poco anticuada ya después de tantos siglos.
No va a poder ser, y no porque el libro no sea bueno, sino porque todavía creo que lo puedes hacer mejor. Un poco solamente, una pizca. Así que no eres tú, soy yo, Manolo.
A fin de cuentas Lou Reed, lo dices en el libro, tampoco sonaba nunca tan bien en concierto como lo hacía en los discos y en la cabeza del protagonista.

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La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf

La invención de la naturaleza

La invención de la naturaleza¿Inventó Humboldt la naturaleza? La respuesta es sencilla: no. Incluso se podría ampliar: no, obviamente. ¿Es entonces inapropiado el título de esta obra? La respuesta es igualmente sencilla: no. El título es no sólo pertinente sino brillante porque Alexander von Humboldt inventó nuestra forma de mirar a la naturaleza, y sólo por eso ya deberíamos estarle agradecidos. Esa gratitud bien podría ser motivo suficiente para leer este libro, pero si no lo fuera, aquí va otro: es apasionante. Si el acercamiento a su figura en lo que se refiere al mundo científico difícilmente podría ser más interesante, el relato de su vida que también es La invención de la naturaleza, supone una novela de aventuras tan entretenida como emocionante. Sin embargo poco queda hoy en nuestro imaginario colectivo de la figura de quien fue calificado en su tiempo y sin ditirambos como el hombre más importante del mundo, pero el catálogo de lo que de sus ideas pervive en nosotros es interminable. Y resulta interesante una reflexión al respecto de Andrea Wulf, la autora, en el sentido de que además de por las circunstancias históricas obvias poco propicias para la imagen de un alemán, su memoria murió de éxito, logró que sus ideas arraigaran hasta tal punto en las nuestras que nos resultan naturales, innatas y por tanto nos cuesta reconocerles una paternidad más allá de nuestra propia conciencia.
La invención de la naturaleza es un relato dinámico, ágil pero tremendamente documentado y exhaustivo. El trabajo de Andrea Wulf es, en ambos sentidos, admirable. Un relato de divulgación con parámetros científicos de exigencia académica que se puede leer como un relato de aventuras de Emilio Salgari, si se desea, es una rareza francamente destacable.
Humboldt es además uno de los últimos científicos con vocación de entenderlo todo, con ánimo, energías y voluntad de abarcar cuantas disciplinas excitaran su curiosidad, que fueron básicamente todas. Y de realizar aportaciones valiosas en prácticamente todas ellas. Hoy día una figura así es irrepetible en parte porque la ciencia ha avanzado por un camino de especialización que hace imposible esa vocación renacentista y cuanto más en profundidad se conozcan las cosas más imposible será recorrer un camino diferente del de la hiperespecialización. Pero en parte también por una concepción diferente de la ciencia, por una mirada romántica que la convertía en una aventura y por una preocupación no sólo ética y científica, sino también estética, que hoy se ha perdido prácticamente del todo. Humboldt se preocupaba del lenguaje, de la dimensión poética de la forma en que expresaba sus teorías, y basta acercarse a cualquier ensayo científico de hoy día para comprobar que eso ya no ocurre. Y es probable que se deba también a la especialización y la profundización técnica en el conocimiento y que por tanto sea inevitable, pero a mí al menos es algo que me entristece.
El hecho de que La invención de la naturaleza presente a Humboldt como el gigante que fue y el que debería seguir siendo, no significa que Andrea Wulf haya escrito un panegírico. Su objetividad no se pierde cuando enfrenta las contradicciones o los aspectos negativos del personaje pero eso, si me lo permiten, lo agiganta aun más. Gigante, sí, pero humano.
La nómina de personajes en los que influyó o con los que tuvo trato, que vienen a ser la misma cosa, es francamente apabullante. Cualquiera de los grandes científicos que uno ha conocido como padres de sus disciplinas en la historia de la ciencia moderna que se estudia del instituto en adelante se reconoció influido por Humboldt, pero además otros personajes como Pushkin, Thomas Jefferson, Thoreau o Simón Bolivar, por ejemplo (la relación sería larga, créanme) se declararon deudores de su pensamiento.
Resulta imposible leer hoy día La invención de la naturaleza sin un asomo de incredulidad, un personaje tan inabarcable es hoy día inconcebible, pero créanme, ese asombro les vendrá muy bien a la hora de perderse con él por las selvas de Latinoamérica, Australia o Rusia, les pondrá en situación porque probablemente al principio a sus contemporáneos les ocurriera lo mismo. Sólo les piso una cosa: cuando cierren el libro déjense puestos esos ojos de asombro y miren al mundo en general y a la naturaleza en particular con ellos. Sospecho que si se lograra eso aunque se olvide nuevamente la figura de Humboldt, él se daría por satisfecho.

 

Andrés Barrero
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Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero

historia oficial del amor

historia oficial del amorExisten los flechazos, incluso con la literatura. A mí me bastaron unas líneas para enamorarme de Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero: «Voy a contar hacia atrás la historia de mi familia. Voy a narrar al revés su destino, su karma y su suerte. Porque ha sido al revés, desde hoy hasta el principio, como he ido enterándome de nuestra trama».

La primera página me hizo creer que esta novela sería especial, que había llegado a mi vida para hacerse hueco en mi corazón lector. Ya sabéis cómo son los amores a primera vista: llenos de expectativas. Pero avancé con cautela, porque ya estoy curtida en estas lides y sé lo fácil que es pasar de la ilusión incipiente a la decepción inolvidable. Y no quería que lo nuestro acabara así, porque Historia oficial del amor tenía todo lo que busco en un libro: una estructura original (en orden cronológico inverso) perfectamente hilvanada, una prosa cuidada y honesta y una reflexión constante sobre el ser humano, las relaciones familiares, la sociedad y la historia. Pasados unos cuantos capítulos, no pude negarlo más: me había conquistado y me dejaría llevar hasta el final, pasara lo que pasara. Esto era amor, amor del bueno.

Historia oficial del amor es una historia real: la de los Silva y los Romero a lo largo de los siglos XX y XXI, protagonistas y testigos —voluntarios e involuntarios— del devenir de Colombia, ese país que ha vivido más guerras civiles que cualquier otro lugar del mundo y en el que ya nadie sabe quién empezó a matar a quién. Ricardo Silva Romero ha dejado la ficción de lado para atreverse a contar la realidad de su familia y de su tierra. Para ello, ha hecho decenas de entrevistas, leído aquellos libros que confirman los hechos que le han contado, recopilado fotografías familiares, rescatado los periódicos que relatan sus victorias y tragedias e, incluso, recurrido al tarot para que le corrobore su interpretación de los acontecimientos. El resultado es un libro extremadamente sincero, en el que Ricardo Silva Romero se adentra en las sombras y las desgracias de su familia y de Colombia, tan íntimamente relacionadas, para homenajear a Eduardo y Marcela, sus padres, dos seres humanos excepcionales que han conseguido romper la maldición familiar de acabar en política y que han sido un remanso de felicidad dentro de la espiral de barbarie.

Esta novela es la historia del amor no correspondido que la familia Silva Romero siente hacia su país, ese lugar donde el fanatismo deja a todo el mundo huérfano y, sin embargo, la gente es amable, incluso aquel hombre que va a mandar que te maten. Pero, ante todo, es el retrato del amor incondicional entre los miembros de esta familia, que ha permanecido inquebrantable ante los asesinatos, las amenazas y las brujerías. Y es que nunca unos padres quisieron tanto a unos hijos y nunca unos hijos quisieron tanto a unos padres. Ricardo Silva Romero ha tenido la generosidad de compartir su historia con nosotros, los lectores, y yo no puedo hacer otra cosa que admirarle por la honradez de sus actos y la maestría de sus palabras.

Existen los amores para toda la vida, incluso en el mundo real. Y el de Eduardo Silva y Marcela Romero es uno de los más sinceros que he leído. Por eso merecían el homenaje que su hijo les ha hecho en estas páginas. Ojalá que su lucha por una Colombia mejor tenga pronto su recompensa más allá de la ficción.

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Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer

Hacia rutas salvajes

Hacia rutas salvajes«No eches raíces, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada… No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente».

¿Algo que discutir a semejante declaración de independencia? Estas fueron las palabras que Chris McCandless, de veinticuatro años, le dedicó en una carta a un amigo que conoció en su viaje en soledad por las montañas de Alaska. Su propia odisea que le llevaría a encontrarse consigo mismo en un entorno salvaje y natural. El viaje que emprendió cansado de convencionalismos, normas y obligaciones; cansado de la falta de pureza en el alma de las personas, de pensamientos vacíos y adoctrinados por parte de una sociedad movida por el egoísmo, la desconfianza y los bienes materiales; un viaje que supondría la mayor aventura a la que el hombre pueda enfrentarse: la conexión directa y genuina con la naturaleza. Una aventura, por desgracia, que acabó con su vida.

La llamada de lo salvaje, la llamada del corazón helado de las tierras salvajes del Norte, en palabras de Jack London, fue lo que despertó un sentimiento tan fuerte y veraz en Chris que no tenía otra cosa en mente que llevar a cabo su aventura. Una aventura que quedó grabada en pequeños retazos sobre una guía de frutos silvestres a modo de diario, en fotografías reveladas de su propia cámara y en testimonios de personas que se cruzaron en el camino de un chico de Virginia que recorrió un largo viaje desde su tierra natal hasta la vastedad de los bosques de Alaska. Del trabajo de recopilación de información sobre su odisea se encargó el periodista Jon Krakauer. Todo cuanto sucedió viene reflejado en este libro, Hacia rutas salvajes.

Con motivo del 20º aniversario de la primera edición de este libro, la editorial Ediciones B lanza al mercado español en tapa dura una nueva edición de la historia que cuenta la aventura en la que se adentró Chris McCandless. Una historia que inspiraría a Sean Penn para dirigir una película premiada con un Oscar y acompañada de una sensacional banda sonora compuesta por Eddie Vedder.

En septiembre de 1992, cuatro cazadores de Alaska encontraron dentro de un autobús abandonado en mitad del bosque el cuerpo sin vida de un joven. La noticia se extendió por todo el país y supuso un cúmulo de especulaciones sobre los motivos que llevaron a un chico de veinticuatro años a adentrarse en las tierras salvajes del norte sin apenas provisiones y sin haber avisado a nadie. El periodista Jon Krakauer decidió realizar una ardua investigación sobre el caso. Para ello se valió de los restos que hallaron alrededor del cuerpo del joven: libros y anotaciones al margen en cada uno de ellos, fotografías y testimonios de personas que aseguraron haber conocido al chico. Comenzaba así la aventura del autor de este libro. Un viaje que desandaría los pasos que dio Chris McCandless desde que fue encontrado muerto hasta que decidió emprender su viaje.

Ha sido, sin duda, una gran lectura. Una lectura necesaria. Por su belleza en cada una de sus páginas con gran riqueza de detalles sobre los paisajes y el entorno; por su enorme trabajo de documentación y la estructura elegida para relatar los hechos; por el cuidado y respeto con el que ha tratado su autor tanto la vida de Chris McCandless como a cada uno de los testigos de esta gran aventura. Un libro que es a la vez una guía de viajes, una trepidante historia de aventuras y un documental narrado con la más absoluta veracidad. Y también, pese al trágico desenlace de la historia, un manifiesto y ensalzamiento a la libertad de pensamiento, a la independencia y al amor y encuentro con uno mismo en consonancia con la naturaleza.

La vida de Chris, o más bien, su largo y duro viaje, supuso una luz de guía para muchos otros soñadores que anhelaban enriquecerse a través de lo que la vida, en su estado más natural, podía ofrecerles. Personas perdidas en un mundo egoísta al que creen ya no pertenecen. Personas que huyen del desengaño o la súbita pérdida del sentido de su existencia. Todos vieron en Chris, al igual que él mismo vio en las lecturas de Jack London o Thoreau, un camino por el que transitar sin miedo y sin mirar atrás. Una larga aventura para espíritus soñadores que a veces tropiezan con su propia fantasía:

«Alaska ejerce una atracción magnética sobre los soñadores e inadaptados que creen que los enormes espacios inmaculados de la Última Frontera llenarán el vacío de su existencia. Sin embargo, la naturaleza es un lugar despiadado, al que le traen sin cuidado las esperanzas y anhelos de los viajeros».

Hacia rutas salvajes me ha resultado impactante. En cuanto a contenido y narrativa no tiene ni un párrafo que le sobre. Las aportaciones de cada uno de los testigos que formaron parte del viaje de Chris, entre ellos su propia familia, como los recortes anotados de los libros que sirvieron de inspiración y compañía en las duras noches en pleno bosque al joven soñador, han dejado una fuerte impronta en mí. No tengo el espíritu aventurero de este chico, pero algo ha despertado en mí al saber sobre su vida y su modo de sentirla. Ojalá consiga hacer lo mismo contigo. Al fin y al cabo, puede que algunos estemos esperando la llamada de lo salvaje.

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Porcelain, de Moby

Porcelain

PorcelainAntes de leer este libro mis suposiciones sobre los orígenes de Moby eran tan erróneos como prejuiciosos. Creía, por su forma de vestir pulcra y elegante, por las gafas de pasta que tantos años llevan acompañándole así como por su cara de no haber roto nunca un plato que sería un ejemplo más del niño pijo al que le sobraba el tiempo y el dinero para probar suerte en el mundo de la música electrónica, con la seguridad de que papá le reservaba un puesto en su empresa en caso de que su talento no hubiese sido suficiente para ganarse la vida holgadamente. Porcelain, la que presumiblemente será la primera parte de las memorias del artista neoyorquino, apenas tardó un par de líneas en dejarme claro que estaba completamente equivocado.

Moby comienza el repaso de sus orígenes en el mundo de la música con una de esas anécdotas que marcan un antes y un después en la vida de toda persona. Cuenta como escuchar Love Hangover, de Diana Ross, le dio esperanzas de que había un futuro para él más allá de los suburbios de Harlem en los que le había tocado nacer. Pese a ello, aunque introduce alguna otra anécdota de su infancia, este libro se centra en las vivencias del descendiente de Herman Melville —autor de Moby Dick entre los años 1989 y 1999, una época en la que pasó de tocar en salas con veinte personas o en fiestas swinggers a llenar estadios y raves multitudinarias, con diversos altibajos. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó el éxito global con Play, trabajo con el que vendió más de diez millones de discos y que le consolidó como uno de los referentes del techno.

Muchos músicos, al menos dentro de lo que he podido leer hasta la fecha, tienden a caricaturizarse en sus autobiografías, consciente o inconscientemente. Así, es frecuente ver destacadas anécdotas en las que, ya sea para bien o para mal, proyectan la imagen que la gente ya tiene en sus cabezas antes de la lectura. Porcelain no se encuentra dentro de este tipo de trabajos, dado que Moby no se esfuerza por dar una imagen estereotipada de sí mismo, sino que se limita a relatar distintos momentos de su vida y son éstos, sin colorantes ni edulcorantes, los que ayudan a construir a la persona. Así, el chico nacido entre adictos al crack y botellas de vidrio es capaz de desnudar su alma al completo, sin dejar de lado ninguna de sus contradicciones: “Un cristiano abstemio que trabajaba en clubes animados por las drogas”, resume. Moby no sólo no evita hablar de sus malos momentos, tanto a nivel personal como profesional, sino que se reboza en ellos, sin maquillar ni justificar algunos actos que podrían considerarse reprochables. Tampoco tapa sus fiascos amorosos, sus malos pensamientos o sus peores decisiones, como sus idas y venidas con el alcohol. Me ha parecido que hay mucho de redención en este trabajo, aunque puede que sólo haya sido una muestra más de la voluntad del artista por ser lo más trasparente posible en su relato.

También toca, aunque con menos detallismo que otros compositores, el proceso de creación de sus temas. Es un aspecto que me ha parecido especialmente interesante, ya que en la música electrónica tiende a subestimarse mucho más que en otros géneros este aspecto y, a través de algunos fragmentos puntuales, se puede conocer mejor la complejidad de este trabajo y sus similitudes con el que desarrollan otros compañeros de profesión.

Porcelain, más que una autobiografía musical al uso es un fragmento de una vida, un texto tan natural y sincero que merece la pena leer independientemente del interés que se tenga por el autor y su música. Porque al igual que uno se lleva decepciones —y muchas— con los libros que sacan algunos de sus artistas favoritos y que no se acercan ni de lejos a las expectativas creadas, estas memorias aportan mucho más que un simple repaso a una carrera con luces y sombras: ofrecen, parafraseando a Calamaro, honestidad brutal. Y muy pocos son capaces de poner eso sobre la mesa.

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Pistol: la increíble historia de Pete Maravich, de Mark Kriegel

Pistol: la increíble historia de Pete Maravich

Pistol: la increíble historia de Pete MaravichA diferencia de otros países, algunos de ellos cercanos (Reino Unido), España nunca ha sido un buen mercado para los libros de deporte en general, ni para las biografías de deportistas en particular. Tradicionalmente han sido pocos los libros de este tipo que han vendido grandes cifras, y además hemos perdido para nuestra lengua auténticos clásicos en la materia, que nunca vieron la luz en español.
Ese paradigma parece estar cambiando de la mano de algunas editoriales tradicionales (Planeta, Roca) y de otras, independientes, que están apostando de manera obstinada por el combo literatura y deporte. JC, siempre en la brecha con el baloncesto, Libros del K.O., Malpaso o Contra, de quienes ya reseñamos Gregario, son ejemplos de ello. En lo que se podría calificar casi como un salto mortal sin red con los ojos cerrados, estos últimos se han atrevido con una figura poco conocida en España pero decisiva en la evolución del deporte de la canasta en Estados Unidos: “Pistol” Pete Maravich.
Cuesta imaginar que hordas de fans ansiosos se vayan a abalanzar sobre pilas gigantescas de esta obra en la FNAC, así que de inicio no cabe más que quitarse el sombrero. Edición de calidad y llamativa, traducción acertada (alguna errata, eso sí), maravilloso cuadernillo de fotos. Más allá del trabajo editorial, lo primero a destacar sobre el texto es que se lee prácticamente como una novela, aunque de un género difícil de definir. Puede considerarse una saga familiar, que comienza en los años veinte con Press Maravich, el padre de Pete, y llega hasta el umbral de nuestros tiempos con su hijo; es un bildungsroman en el que seguimos los tortuosos años de formación de Pete, a la sombra del autoritario Press, y su consagración como un baloncestista mítico; cumple los patrones, por último, del viaje del héroe, dado que también nos hace testigos de la caída al abismo del mito y su expiación posterior.
La historia de los Maravich es la de un amor obsesivo por el baloncesto, excesivo, enfermizo. Press Maravich, el padre, de origen serbio, ve en el juego creado poco antes por Naismith la manera de escapar al cielo anaranjado y al infierno de la industria del acero de Aliquippa, su ciudad natal. No lo consigue él mismo, aunque se convierte en un jugador notable en la segunda parte de la década de los cuarenta. Pero pasa a la historia por su empeño, en parte cumplido, por crear al mejor jugador de todos los tiempos, el primero en llegar a firmar un contrato de un millón de dólares: “Pistol” Pete Maravich.
El joven Pete navega deportivamente en un tiempo en el que el juego se estaba todavía soltando, donde aún se conservaba la noción de “show” al estilo de los Globetrotters y sus ligas profesionales (ABA y NBA) estaban en pañales en comparación con otros grandes deportes, como el béisbol o el football. Sin embargo, de su mano y con la inestimable ayuda de la televisión, la NBA establecería los cimientos del espectáculo que vería el siguiente escalón en su desarrollo exponencial con la llegada del Showtime a principio de los ochenta. Maravich, nada excepcional desde el punto de vista físico, el último malabarista y a la vez, casi sin ser consciente de ello, el primer practicante del run and gun.
En lo social, los quince años de carrera de Maravich hijo abarcan una de las épocas más turbulentas de la problemática racial en Estados Unidos. Algo que hace mella en un deporte en el que los jugadores negros comenzaban a imponerse, y donde el papel destacado de Pete como la gran “esperanza blanca” le depararía problemas constantes. Aunque no se convertiría en su mayor quebradero de cabeza. La bebida lo sería en unas épocas, en otras los problemas familiares, las lesiones y sobre todo la depresión provocada por su frustración constante. Fuera del baloncesto, todo parecía ser un desastre para Maravich; dentro, nada resultaba suficiente, siempre había un pase fallado que lo atormentaba, un tiro errado que se convertía en una noche sin dormir o en una borrachera impresionante.
Mark Kriegel, periodista y escritor, es quien convierte todo este material en algo más de trescientas cincuenta páginas de texto. Una ventaja, ya que no se trata de un encargo o una autobiografía disfrazada y se evita el sesgo hagiográfico. Kriegel no duda en criticar a Press y Pete Maravich, siempre siguiendo los testimonios de aquellos que se encontraban más cerca en cada momento. Porque su documentación es apabullante. No sería exagerado decir que cita varios centenares de fuentes, entre testimonios directos, prensa de la época y declaraciones de expertos. Quizá en este sentido cabría ponerle ciertos reparos a Kriegel, que agranda el texto con algunas citas que aportan poco o nada, y que hace desfilar a tantos personajes que uno acaba, en ocasiones, por perder de vista quién está diciendo qué y su importancia en el relato.
Más allá de esto, el libro es absorbente, completo y fácil de leer sin resultar simple. No cruzará la línea que separa las buenas obras del género de las grandes obras de la Literatura, en mayúsculas, pero es bastante recomendable para fans del baloncesto, obviamente, y también para aquellos que quieran leer sobre segregación racial o los que adoren las historias de ídolos con pies de barro.

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Las mujeres de la Luna, de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros

Las mujeres de la luna

Las mujeres de la lunaDe los 1586 cráteres lunares que reciben el nombre de una persona como homenaje a sus logros científicos, filosóficos o ambos, sólo 28 son mujeres (y dos de ellas son mecenas y una probablemente ficticia). Una proporción aún más ridícula que la de las 48 de 907 premios Nobel. Sí, ya sé, al ser nombres de toda la historia y dada la relativamente juventud de la noción de igualdad de género puede resultar excusable. Pues no. El relato de la vida de estas 28 mujeres deja claro hasta qué punto tuvieron que luchar no ya para lograr su homenaje lunar, sino para conseguir un mínimo reconocimiento. O un sueldo. Este libro resulta interesantísimo por muchos motivos pero que me perdonen los autores, cuyo trabajo es magnífico, dicho sea de paso, si digo que el libro que realmente me apetece leer ahora es el de las mujeres que, mereciéndolo, no engrosan este catálogo. Las mujeres de la luna despiertan en el lector un profunda admiración, pero mentiría si dijese que no va acompañada en muchos momentos de una profunda indignación. Tampoco es especialmente edificante que para cualquier ciudadano de cultura científica media el listado de los nombres sea tan poco pródigo en nombres conocidos.
El trabajo de documentación de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros es brillante, pero el que han hecho haciéndolo no sólo comprensible sino incluso ameno es francamente digno de admiración. Las mujeres de la luna no es sólo un estudio biográfico de unas mujeres de biografía elocuente, es también una destacable obra de divulgación científica.
Hay algo de belleza poética que los cráteres de la luna constituyan, nomenclatura mediante, un reflejo de nuestra propia historia. En ese sentido no debe sorprendernos que sea injusta y desigual, pero tampoco debe hacerlo que el desarrollo de esas historias resulte en ocasiones profundamente emotivo y no incluya sólo conocimiento científico, talento o superación de las adversidades sino también alguna historia de amor terriblemente hermosa.
Las mujeres de la luna, como ven, es un libro francamente especial y como suele suceder en estos casos la edición está a la altura de la historia que se cuenta. Es un libro hermoso, lleno de detalles y sin duda una honrosa incorporación a una biblioteca. Un libro que consigue algo complicado de lograr: cambiar la mirada del lector. Uno mira a la luna de otra manera cuando ha leído este libro, créanme.
Hay además historias paralelas que son francamente interesantes, como sin duda podría ser la de la llegada de la hortensia a Europa. Sí, la flor. Y sí, tiene que ver con una mujer de la luna y con un científico no sé si gafe pero desde luego notablemente desdichado. Pero las protagonistas son sin duda las mujeres que protagonizan este libro y permítanme que acabe esta reseña como es de justicia, con sus nombres:
– Hipatia de Alejandría
– Catalina de Alejandría
– Nicole-Reine Etable de la Brière Lepaute
– Caroline Lucretia Herschel
– Mary Fairfax Greig Somerville
– Anne Sheepshanks
– Catherine Wolfe Bruce
– María Mitchell
– Agnes Mary Clerke
– Sofía Vasiíievna Kovalévskaya
– Annie Scott Dill Russell Maunder
– Williamina Paton Stevens Fleming
– Annie Jump Cannon
– Antonia Caetana Maury
– Henrietta Swan Leavitt
– Mary Adela Blagg
– Mary E. Proctor
– Marie Sklodowska-Curie
– Lise Meitner
– Amalie Emmy Noether
– Louise Freeland Jenkins
– Priscilla Fairfield Bok
– Gerty Theresa Radnitz Cori
– Judith Arlene Resnik
– Sharon Christa McAuliffe
– Kalpana Chawla
– Laurel Blair Salton Clark
– Valentina Vladimirovna Nikolayeva Tereshkova

Andrés Barrero
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Diarios del Sáhara, de Sanmao

Diarios del Sáhara

Diarios del SáharaSi cuando uno revisa las emociones sentidas tras leer un libro cualquiera puede resultar difícil separar lo leído de lo sentido, en este caso la dificultad de hacerlo es tal que conviene rendirse y asumir que el libro es su protagonista y su protagonista es su autora. Así, cuando un piensa que en Diarios del Sáhara ha leído a Sanmao y lo ha hecho como si la hubiera conocido, qué se yo, sentado junto a una hoguera en el desierto, puede sentirse lo suficientemente reconfortado como para afrontar la tarea de reseñarlo como quien habla de una amiga. El magnetismo de Sanmao es tal que no hay otra opción, pero si la hubiera, si pudieran leerse los Diarios del Sáhara fríamente, analizándolos como el testimonio histórico que sin duda también es, sería tan triste, supondría una traición tan manifiesta al sentimiento con el que el libro fue escrito y a la vez se perdería uno tanta cosas que es mejor ni pensar en ello.
Pónganse por un momento en situación. Imaginen a una joven taiwanesa en la España de los setenta, una mujer de buena familia, de cierto nivel cultural y poseída por un espíritu de aventura tan irrefrenable que traducido en kilómetros resulta asombroso para su época. Y si esa imagen de una joven urbanita sola que probablemente fuera la primera persona de rasgos orientales que viera en su vida una amplia mayoría de las personas con las que se cruzara por la calle en Madrid no les parece lo suficientemente evocadora, trasládenla al Sáhara en sus últimos momentos como colonia española y entenderán cómo debe sentirse un marciano en Bollullos, por poner un ejemplo. El paso siguiente para entrar en situación es sencillo, lean y quieran al marciano.
El escenario es terriblemente atractivo para cualquier lector español actual mínimamente interesado en el Sáhara, que somos legión, pero no esperen encontrarse un retrato bucólico lleno de estampas románticas de los buenos y nobles beduinos del desierto. El retrato del ambiente y de las gentes que se encontró Sanmao es el único aceptable para alguien con una relación con la literatura tan sincera como ella, descarnado pero hermoso. Y la belleza no nace en el paisaje, que podría, sino de la mirada limpia de la autora. Fíjense que sencillo y piensen en lo infrecuente que es: simplemente cuenta lo que ve.
Dicen de Sanmao que fue un alma errante y puede que lo fuera, pero antes y después del Sáhara. Mientras estuvo allí su alma soñadora estuvo en su casa, y no creo que después de leer los Diarios del Sáhara tengan dudas al respecto. Quien ama un lugar siendo consciente de sus defectos, que existían y eran múltiples, es porque es su lugar. Ella no estuvo sola en el Sáhara, estuvo con su marido, otro personaje entrañable que Sanmao hace grande no idealizándolo, sino describiéndolo con total sinceridad, incluso riéndose de él en ocasiones. Esos pasajes en los que se burla de su marido (al que quería profundamente) son, si lo piensan bien, muy españoles, su sentido del humor cuando se divierte ante el desconocimiento de José de las tradiciones, especialmente las gastronómicas, de su país natal es muy nuestro, aunque no sea especialmente edificante.
Hay pasajes duros, la vida era difícil y a las adversidades propias del medio y la situación política se suman las que provocan las diferencias culturales con sus vecinos, porque no vivían en la zona de los españoles, sino en la de los saharauis. Los hay, especialmente el último, que no se pueden leer sin una gran tristeza. En otros sin embargo es imposible refrenar la sonrisa o incluso la risa, una sonrisa tan abierta como los ojos. Ella no escribía por perseguir la posteridad, la fama ni el dinero, lo hacía por necesidad. Simplemente no podría no haber escrito impostadamente como no podría no haber vivido el desierto y contentarse con una urbanización de relativo lujo equiparable a la de la colonia. No sé si me creerá pero lo digo con total sinceridad: empiece el libro por curiosidad, compromiso, coincidencia o cualquier motivo que le lleve a él, pasadas pocas páginas el espíritu de Sanmao logrará que continúe leyendo por necesidad. Al final puede que tenga que frotarse los ojos para enjugarse las lágrimas y los granos de arena, en todo caso tendrá una amiga más. Sólo le pido una cosa, dele recuerdos de mi parte. Se lo agradeceré.

Andrés Barrero
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José Saramago, en sus palabras, de Fernando Gómez Aguilera

José Saramago en sus palabras

José Saramago en sus palabrasEl paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.

José Saramago en sus palabras es una recopilación de centenares de frases, pensamientos y declaraciones en la prensa que el Nobel de Literatura hizo desde la segunda mitad de los años setenta hasta comienzos de 2009. De esta manera, no solo podremos ir recorriendo su pensamiento a lo largo del tiempo, sino sobre todo confirmando algo que los que lo conocemos no necesitamos ratificar: su capacidad crítica, inteligencia, lucidez y libertad a la hora de decir lo que sentía, sin censuras y poniendo siempre el eje en la defensa de los excluidos y la reivindicación de los derechos humanos.

Fernando Gómez Aguilera, poeta, ensayista y filólogo, fue el encargado de recolectar las palabras del genio portugués y es digno de destacar su trabajo, que, a lo largo de más de 500 páginas, nos ofrece un panorama completo acerca de los valores éticos de Saramago. El libro en sí, está estructurado en tres grandes capítulos (Quien se llama Saramago, Por el hecho de ser escritor y El ciudadano que soy) que a su vez se dividen en decenas de temas que abarcan todo el mundo opinable del autor, entre los que podemos destacar los dedicados a Dios, el pesimismo, la muerte, la literatura, la historia, el comunismo, Europa o Sudamérica.

Particularmente, no pude despegarme del libro en el apartado “novela” en el que se recopilan todas las declaraciones de Saramago sobre los diferentes libros que fue publicando y que me permitieron descubrir muchos datos no conocidos sobre el “detrás de escena” de la creación de sus publicaciones. “Lanzarote”, donde cuenta su relación con esa isla española en la que residió hasta el final de sus días, es también muy interesante, porque narran el dolor que le causó tener que dejar su país, pero al mismo tiempo el hecho de, a una edad avanzada, encontrar un lugar en el mundo y volver, de alguna manera, a comenzar.

Disfruté del libro tanto como sus mejores novelas y a medida que iba leyéndolo, reconocía una vez más que la línea entre escritor y ciudadano, en Saramago, no existió nunca, ya que en la vida no ficcionada mantenía los mismos valores y el mismo compromiso con el mundo que, en forma de parábolas, mostraba en sus grandes éxitos literarios.

Recomiendo Saramago en sus palabras a todos aquellos lectores del mundo que, al menos, haya leído cinco o seis de sus novelas, ya que este libro actuará como un excelente complemento para su obra literaria y al mismo tiempo como un buen compendio de su enorme y eterna sabiduría.

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Plinius 1, de Mari Yamazaki y Tori Miki

Plinius 1

Plinius 1Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por  vivir en esta época, ¿verdad?

No cabe duda de que, a lo largo de los siglos y hasta hace apenas cuatro días, nuestro mundo ha sido el mundo de la magia, la oscuridad, la superstición y el miedo, pero también un jardín de las maravillas donde bajo cada piedra se abría un universo por explorar. La reacción natural del ser humano ante un cielo que se les venía encima con su espantosa carga de rayos y centellas era implorar piedad a los dioses e intentar aplacar su furia. Pero siempre hubo unos pocos, muy pocos, que eran capaces de salir de la cueva que los protegía y mirar al cielo cara a cara, desafiando a esa presunta furia divina, para intentar hallar la verdadera explicación del fenómeno o, sencillamente, deleitarse con su belleza. Plinio el Viejo fue uno de ellos.

De esta guisa, precisamente, se abre Plinius 1, esta interesantísima y sorprendente novela gráfica de Mari Yamazaki y Tori Miki. Estamos en Pompeya, que está a punto de ser destruida por la erupción del Vesuvio. Tiembla la tierra, un pestilente gas se infiltra por cada rincón de la residencia de Plinio y empiezan a caer cascotes y piedras  del techo. El pánico se apodera de toda la corte de colaboradores, subalternos, familiares y esclavos que acompaña a nuestro héroe, quien, sin embargo, no se deja apresurar y se niega a abandonar la zona sin antes darse un baño y cenar tranquilamente. Su escribiente, Eukles, que lo acompaña desde los 18 años anotando cada una de las observaciones y reflexiones de su señor, se asombra de la sangre fría de su señor, y recuerda las circunstancias, muy parecidas, en que lo conoció, años atrás.

El flashback nos lleva al paisaje después de otro desastre, la erupción del Etna, en Sicilia, que destruyó la casa familiar de Eukles. Mientras intenta rescatar alguna de sus posesiones, el joven ve interrumpida su búsqueda por la aparición de un excéntrico romano que habla un griego perfecto y muestra un conocimiento ilimitado. El romano le pide a Eukles que le preste la tablilla de cera, el único recuerdo de su padre, pues necesita”dejar escritas unas cosas”. De este modo se inicia su colaboración. Plinio habla, fantasea, imagina y, probablemente, bromea. Eukles apunta frenéticamente y se admira de la curiosidad omnívora e insaciable y la sapiencia de Plinio.

No cabe duda de que a los cínicos nos cuesta tomarnos en serio algunas, si no muchas, de las teorías e historias de Plinio. ¿Un hombre que muere devorado por los piojos? ¿Rayos que se generan en el planeta Júpiter? Pero no os engañéis: Plinio se adelantó a su época. ¿Cuánto? Unos veinte siglos, aproximadamente.

Y mientras nuestro héroe y Eukles emprenden, dando un largo y lento rodeo, el regreso a Roma, entreteniéndose con historias de orcas y, en una escena genial, el testimonio de un niño que ha visto un monstruo marino, llegan órdenes del emperador Nerón. Plinio debe regresar inmediatamente a Roma. Seis veces lo ha hecho llamar para que acuda a su recital de cítara, y seis veces se ha negado el audaz naturalista. Nerón empieza a impacientarse, pero claro, si a Plinio no lo amedrenta la lava hirviendo, tampoco lo hará un vulgar emperador, por muy parricida que sea. En cualquier caso, se masca la tensión.

En el libro tenemos, pues, dos historias. Por una parte, la que nos muestra al genial naturalista, y por otra, un brillante retrato de Roma, de Nerón y de su intrigante amante Popea. Al mismo tiempo, Ponent Mon ha intercalado a lo largo del libro diversos fragmentos de una interesante entrevista con los autores, Miki Tori y Mari Yamazaki, esta última, auténtica apasionada de la Antigua Roma y autora de otro clásico del manga situado en la época: Thermae Romae.

En fin, queridos amantes del manga, de la biografía o de la Roma clásica: no os perdáis este Plinius 1, destinado a convertirse en un pequeño clásico del manga biográfico. Y todavía no hemos llegado al segundo volumen.

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Diarios, de Kurt Cobain

Diarios

DiariosMe han dicho que un artista necesita la tragedia constante para expresar plenamente su trabajo, pero yo no soy un artista, y cuando en una canción hablo en primera persona, no significa necesariamente que dicha persona sea yo ni tampoco significa que yo sea un mero narrador. Significa cualquiera o lo que uno quiera, porque cada cual tiene su propia definición de una palabra en concreto y cuando se habla en el contexto de la música no se puede esperar que las palabras tengan el mismo significado que en su uso cotidiano, porque yo personalmente considero la música arte y cuando digo “Esa canción es arte” no pretendo equipararla con un cuadro, porque pienso que las artes visuales no son ni con mucho tan sagradas como la comunicación oral o escrita, pero no deja de ser arte y pienso que esta sociedad ha perdido de algún modo el sentido de lo que es el arte. El arte es expresión, y para expresarse uno necesita el 100% de libertad y la libertad que tenemos para expresar nuestro arte se encuentra en una situación muy jodida”.

Subrayé esa frase a los quince años. Mi madre me regaló Diarios, de Kurt Cobain cuando mi obsesión por Nirvana hacía que no pudiera parar de escucharlos. Lo leí con afán, casi sin aliento. Sintiendo escalofríos cada vez que Kurt abría su alma en esos trozos de papel arrugados.

Yo no conocía su música hasta que un amigo de aquel entonces me pasó por Messenger su canción más famosa: Smell like teen spirit. Yo no sabía si quiera qué quería decir Kurt en esa canción. Quizá ni él lo sabía. Y digo esto porque el título está basado en un desodorante que se llamaba Teen spirit. Imaginaos la situación: acabas de crear el himno grunge por excelencia, ese que va a hacer que tu carrera y la de los otros dos que te acompañan dé un giro de ciento ochenta grados. Tienes que ponerle un nombre y no se te ocurre cómo diantres llamarla… así que coges lo que tienes más a mano, que es un desodorante y decides ponerle su nombre a uno de los himnos de la década de los noventa. Pero era Cobain y él podía hacer lo que le diera la gana. Incluso componer una canción que se titulara Rape me que, para los que no saben inglés, significa “viólame”.

Así era Kurt, desquiciado y un tanto paranoico. O al menos eso deja ver en sus diarios. Este libro, publicado por Reservoir Books, es una recopilación de los diarios del famoso cantante de Seattle. Contiene las copias de sus manuscritos en los que se pueden ver desde dibujos —algunos demasiado perturbadores para mi gusto—, hasta las letras de sus canciones más conocidas. Entre ellas se puede encontrar la de Come as you are, que junto con Lithium, es una de mis favoritas. También hay alguna carta dirigida a su padre en la que le dice que ahora siente lo que es amar a un hijo y también hay otras cuyo destinatario no es ni más ni menos que Courtney Love. ¿A alguien se le ocurre algo más morboso que esto? Ya sabéis que se ha especulado muchísimo sobre la muerte de Kurt. Suicidio o asesinato. Diarios dan para teorizar bastante sobre estas dos posibilidades y los fans de la hipótesis de que fue Courtney quien mandó asesinar a su marido estarán más que contentos cuando lean estas páginas. Confieso que hace años me ubicaba en este segundo grupo y tenía la certeza de que la rubia era en realidad una viuda negra y que era culpable de haber privado al mundo de un artista de la talla de Cobain. Luego ese espíritu hambriento de conspiraciones fue dando paso a la idea de que Kurt era un pobre hombre que se había metido en un traje que no era de su talla. Entre eso, sus devaneos con las drogas, sus depresiones constantes y su mala vida no es de extrañar que un día viera una salida en la escopeta con la que se disparó. Para los morbosos, diré que el año pasado, veinte años después de su muerte, se filtraron las fotos de la escena. En ellas se puede ver una bolsa llena de cartuchos para la escopeta, la carta de suicidio dirigida a su mujer y a su hija, el brazalete que le pusieron cuando dejó el centro de rehabilitación por su adicción a las drogas y una caja en el que llevaba su kit de heroína. Eran más o menos las once de la mañana cuando decidió terminar con su vida.

Diarios son un imprescindible para todas aquellas personas que algún día se dejaron llevar por las letras atormentadas del de Seattle. Creo que es necesario leerlos para intentar entenderle. Yo no lo conseguí del todo, aunque me acerqué un poco más a su alma. Y eso, para un fan, es el mayor regalo que puede existir.

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En mi cuarto, de Guillaume Dustan

En mi cuarto

En mi cuartoNo soy homosexual. Y si lo fuera no sé si tendría el valor de gritarlo a los cuatro vientos. Por una sencilla razón: vivimos en una sociedad en la que lo diferente es malo. No se acepta que alguien se desvíe de la línea, que decida emprender su propio camino. Hay que seguir los patrones establecidos. Por suerte, cuando yo era muy pequeña, mi madre me explicó que el amor no consistía únicamente en querer a un hombre si eras mujer o a una mujer si eras un hombre. Te podía gustar cualquiera de las dos cosas, las dos a la vez, o incluso ninguna. Podía ser que decidieras que tu sexo no era el adecuado para ti. Podías cambiarlo. Agradezco enormemente que mi madre me explicara todas esas cosas cuando yo era tan pequeña, porque así crecí viéndolo como la cosa más natural del mundo. Tengo amigas lesbianas, amigos gays, bisexuales, también conozco a algún asexual y en mi familia hay una persona transexual de la que me siento más que orgullosa. Porque tener el valor de admitir que ya no quieres seguir siendo Pablo, sino que ahora quieres ser Paula es algo que no está al alcance de todos.

Ojalá todos tuviéramos ese valor. No solo me refiero al hecho de tenerlo para admitir nuestra condición sexual. Sino para acabar con todas esas cosas que nos aprietan en la vida y que nos ahogan poco a poco hasta hacernos pequeños y dejarnos sin voz. Un jefe al que odiamos, unos estudios que nos atormentan, una pareja a la que ya no queremos, un hobby que ha terminado por ser una tortura… Hay que tener valor. Y eso también me lo dejó bien claro mi madre cuando yo era pequeña.

Y de valor va este libro. Para escribir En mi cuarto hay que tenerlo. La historia la escribe Guillaume Dustan, sinónimo bajo el que se presenta un alto cargo de la Justicia francesa y que nos trae una obra autobiográfica. En este libro, Guillaume nos narra sus aventuras sexuales con decenas de hombres y sus idas y venidas con las drogas. Es un libro directo, duro, pervertido y muy pero que muy explícito. En sus escasas páginas no sé cuántas veces ha podido leer las palabras polla, culo, fisting o semen. Todo muy explícito, como os decía. Además, Guillaume es seropositivo. Tiene VIH. Pero en la época en la que él tenía todos esos devaneos (no dice exactamente cuál es pero yo me imagino que serían los ochenta), la mayoría de los chicos con los que se encontraba en los cuartos oscuros también lo padecían. Guillaume se pone hasta arriba de drogas. Le da igual qué meterse. Coca, heroína, poppers, éxtasis, maría… el caso es ponerse ciego para poder tener el sexo más alucinante de su vida con cualquiera que se le ponga por delante. Tiene una pareja que es más o menos como él, aunque en una versión más light. Y cuando vas pasando las páginas vas notando cómo todo se va a ir al garete en cuestión de minutos. Guillaume solo necesita amor, sentirse querido. Y parece que su pareja no lo consigue. No deja de pensar en su exnovio. Nada más que quiere sensaciones fuertes. Ponerse hasta el culo y dejarse hacer.

¿Ahora entendéis lo que decía del valor? En mi cuarto se basa en tabúes: sexo, drogas, homosexualidad, VIH, infidelidades… Yo iba pasando las páginas y no sabía qué era lo siguiente que me iba a encontrar. A mí me ha resultado un poco duro de leer, por la crudeza con la que está escrito. Confieso que al principio me propuse dejarlo, ya que tanto escarceo sexual no me estaba aportando nada y me estaba resultando un poco tedioso. Pero decidí continuar con él, darle una segunda oportunidad. Y me encontré devorando lo que me quedaba de libro en una sola tarde. Porque necesitaba saber qué le iba a pasar a Guillaume. Quería asegurarme de que él entendía que el amor a veces es más importante que cualquier sensación que puedas encontrar en un baño de una discoteca. Quería saber si por fin podría ser más fuerte que la coca que viajaba directa a su cerebro. Quería tener la certeza de que todo le iba bien. Porque qué difícil tuvo que ser su vida… No os voy a destripar el final, eso sería cruel por mi parte. Así que solo me queda decir que, tanto si tenéis una mente abierta como si no, este libro os hará replantearos todo lo que pensáis sobre el mundo homosexual. Yo creo que voy a tardar unos días en digerirlo y en quitarme esa sensación de angustia del cuerpo.

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