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Berlín, 1936, de Oliver Hilmes

Berlín, 1936

Berlín, 1936El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
Leyendo Berlín, 1936, de Oliver Hilmes, una de las cosas que se comprenden a primera vista es cómo los Juegos Olímpicos berlineses no fueron los primeros de la era moderna, pero sí marcarían la entrada en época contemporánea de la competición, a pesar de su posterior interrupción por la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en cuanto a repercusión y a imagen. El poderoso aparato promocional del Tercer Reich se preocupó de que así fuera, dando una difusión al evento hasta entonces desconocida. Los mejores medios técnicos, los últimos avances en equipos de filmación y de retransmisión, todo con la intención de contar cada detalle, incluso aquello que no cuadraba especialmente con la política del nazismo, como los cuatro oros de Jesse Owens.
Diplomáticos y atletas se cruzan con artistas y con los más renombrados personajes del régimen en las páginas de Oliver Hilmes. Berlín, 1936 reconstruye la historia de aquellos Juegos pero sobre todo el sinfín de historias alrededor, la mayoría de las cuales tenían solamente una relación tangencial con las olimpiadas. Los celos de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, hacia Leni Riefenstahl, la cineasta encargada de la magna película oficial del evento que contaba con carta blanca incluso por encima del propio Goebbels; el desprecio de Hitler hacia los miembros del COI, a quienes llamaba directores de “un circo de pulgas”; y una en la que se detiene especialmente el autor, la de Thomas Wolfe, el novelista, que pasa aquellos días en la ciudad invitado por Rowohlt, su editor, y al que leemos reflexionar (a través de citas literales de sus diarios) sobre las diferencias que encuentra entre la aparentemente próspera nación germana y sus decadentes Estados Unidos. En el recorrido de Wolfe encontramos un resumen bastante acertado de este texto, la fascinación inicial del escritor ante la grandeza del nazismo y de los Juegos termina en desencanto final, al darse de bruces con la realidad escondida detrás de aquel decorado olímpico.
Porque frente al oropel de las medallas y de la vida nocturna, Hilmes va intercalando los informes policiales sobre los judíos represaliados y los exiliados, las notas internas de los servicios secretos destinadas al control de la población durante los Juegos, los numerosos suicidios (casi nunca consignados como tales de manera oficial) y, como punto culminante de toda aquella contradicción, los trabajos para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen.
Dieciséis capítulos, uno por cada día de los Juegos, conforman este libro, abrumador por momentos, con una cantidad infinita de fuentes, siempre de primera mano. Se diría que Oliver Hilmes anota en él hasta el más mínimo vuelo de una mosca sobre el Berlín de aquellos días. El pronóstico del tiempo de cada jornada, cada detención policial, las identificaciones, hasta la más insignificante multa. Quizá ello mismo pueda llevar a un poco de cansancio al lector y provocar hastío en algunas páginas. Más allá de eso, y sin caer en la simpleza de decir que “se lee como una novela”, Berlín, 1936 es un relato fiel, equilibrado y tremendamente bien documentado de los Juegos Olímpicos del nazismo, una guía con bastantes claves para comprender tanto lo que vendría después como, sobre todo, su contraste con lo que se dejaba atrás en aquel momento.

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Sabias, la cara oculta de la ciencia, de Adela Muñoz Páez

Sabias La cara oculta de la ciencia

Sabias La cara oculta de la cienciaEl cerebro de la mujeres es de menor tamaño que el de los hombres. Por naturaleza son más frías y débiles. ¡Ah, y tienen un diente menos! No lo digo yo, lo decía Aristóteles, el sabio más célebre de la Antigüedad. Pero no tenemos que remontarnos tan atrás en el tiempo: a los largo del siglo XVIII, reputados médicos afirmaron que a las mujeres estudiosas se le atrofian los ovarios y en el siglo XIX, que un gran esfuerzo intelectual pone en peligro su salud ¡y hasta su belleza! Como es lógico, esto ha hecho que las mujeres se hayan mantenido alejadas del saber; porque serán tontas, sí, pero no estaban tan locas como para arriesgarse a volverse feas, infértiles y, encima, morirse.

Aunque, como siempre hay inconscientes —¡ay, pobrecillas!, ¿no veis que no dan para más?—, hubo algunas a las que le dio por estudiar, descubrir los enigmas del universo, adentrarse en las matemáticas, filosofar sobre la existencia, contribuir al nacimiento de la química o descifrar la estructura del ADN o la penicilina… sin casi medios, sin cobrar y sin que su trabajo se reconociera en ninguna parte. ¿A que eran tontas? Ahí, dándolo todo por amor al arte. Por supuesto, muchas de ellas enfermaron y, obviamente, todas murieron. ¿Qué esperaban?

Una tal Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, dijo: «Estoy convencida de que la mayoría de las mujeres o ignoran sus talentos por defecto de educación, o los entierran por prejuicio o falta de coraje. Lo que yo he experimentado en mí me confirma esta opinión. El azar me hizo conocer gente de letras que se hizo amiga mía. Vi con sorpresa que me prestaba atención. Empecé entonces a creer que era una criatura pensante». Y hubo mujeres que se lo creyeron y, lo que es peor, ¡hombres! Es necesario aclarar que muchos de ellos —Pitágoras, Pericles, Lavoisier— estuvieron emparejados con las mujeres insurrectas, lo que debió trastocarles el raciocinio. Y no sé ya quién tuvo más culpa: si ellas, por pensarse que eran iguales que los hombres, o ellos, por animarlas a hacer lo que quisieran, a pesar de lo que dijeran los demás.

La cuestión es que este pensamiento ha ido calando a lo largo de los años, de ahí que cada vez haya más mujeres científicas y que se publiquen libros como Sabias. La cara oculta de la ciencia, escrito por Adela Muñoz Páez, en el que se hace un recorrido desde tiempos remotos hasta la actualidad, para hablar de sacerdotisas sumerias, oradoras griegas, matemáticas alejandrinas, monjas en la época de las Cruzadas, súbditas del rey Felipe II, artesanas de los gremios alemanes del siglo XVII, salonnières en la época de la Revolución francesa, astrónomas alemanas e inglesas del siglo XVIII, físicas polacas del finales del siglo XIX, químicas españolas de antes de la guerra civil, cristalógrafas inglesas y bioquímicas italianas; mujeres que se empeñaron en utilizar su minúsculo cerebro a pesar de la oposición social y de las infinitas trabas de la comunidad científica, y que consiguieron salirse con la suya, las muy puñeteras. Eso sí, la historia de la ciencia se ha encargado de borrar su rastro, poniendo a buen recaudo sus descubrimientos, claro está.

Actualmente, este tipo de mujeres cada vez proliferan más. Las del denominado Primer Mundo batallan en todas las esferas académicas y sociales, y todo apunta a que las del Tercer Mundo pronto seguirán su ejemplo. A la comunidad científica, y a la sociedad en general, se le complica la tarea de acallar sus voces, de relegarlas al anonimato y al olvido. Así que, a esas mujeres que todavía les quede algo de juicio, les recomiendo no leer Sabias. La cara oculta de la ciencia, que pone al descubierto aquellas historias silenciadas por largo tiempo, no vaya a ser que se contagien de la osadía de sus protagonistas. Y, por supuesto, los hombres tampoco deberían leerlo bajo ningún concepto. Si ellos se tragan eso de que «todos somos iguales», ¿quién se encargará de poner las limitaciones a las mujeres?

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Así era Lev Tolstói (I), de Selma Ancira

Así era Lev Tolstói (I)

Así era Lev Tolstói (I)Cuando tuve noticia de la publicación de un libro titulado Así era Lev Tolstói, en Acantilado y de Selma Ancira, por supuesto lo pedí inmediatamente pero me hice una idea equivocada. Por alguna razón, probablemente la ilusión que me hacía pensarlo, supuse que era la propia Selma Ancira la que por una vez iba a regalarnos su propia voz en lugar de aplicar su sensibilidad y su talento a traducir la de otros. La idea que leer a aquella a través de cuyos ojos he disfrutado de una parte muy importante de mis libros de cabecera se me antojaba el mayor de los acontecimientos literarios posibles. Y lo es, pero no como imaginaba. Quiero decir que no se trata de Selma Ancira hablando de Lev Tolstói sino que traduce textos de personas que lo conocieron y plasmaron por escrito y de primera mano sus impresiones. Igualmente es un acontecimiento y un verdadero regalo para los tolstoianos del mundo, pero lo magnífico de la lectura no logra que se me vaya de la cabeza esa idea inicial equivocada pero ilusionante. Ojalá algún día podamos disfrutar de un libro como ese por ahora imaginado. Una vez lanzado el guante, mientras tanto es una fortuna poder disfrutar de este pequeño tesoro y de ese “(I)” del título que permite soñar nuevas entregas.
Esta primera entrega de Así era Lev Tolstói permite conocer las impresiones que causó el escritor en tres personas bien diferentes, Serguei Petróvich Arbúzov, un sirviente de Yásnaia Poliana que acompañó a Tolstói en su viaje al monasterio de Óptina Pustyn, Piotr Ilich Chaikovski, quien en una breve entrada en su diario plasmó sus impresiones de una entrevista con el escritor, y George Kennan, escritor estadounidense que lo visitó en Yásnaia Poliana tras pasar una temporada conociendo las condiciones de vida de los presos en los campos de trabajo zaristas de Siberia.
Probablemente, dada la dimensión que tuvo Tolstói en vida, haya cientos o miles de documentos por el estilo. Su casa familiar, de la que su familia se quejaba de que era “una casa de cristal”, según las memorias de su hija Tatiana, dada la falta de intimidad que suponía que el conde recibiera a todo aquel que tuviera a bien acercarse hasta allí para conocerlo y la máxima que el cabeza de familia imponía a todos ellos: “que nadie abandone este lugar sin consuelo”. La presente selección se me antoja sabia, porque combina tres visiones extraordinariamente diferentes (un ruso humilde, otro de clase alta y un extranjero) pero los tres igualmente rendidos a la personalidad y la mística del personaje. Aun desde la discrepancia ideológica como en el caso del escritor estadounidense.
El primero de los textos, un relato de la peregrinación de Tolstói a Óptina Pustyn que bien podría leerse como un cuento, es una verdadera delicia. Nos permite encontrarnos con el Tolstói que imaginamos, nos permite acompañarle en su viaje y recorrer verstas, beber té de un samovar y alojarnos en isbas, algo que tantas y tantas veces hemos hecho en las letras del propio Tolstói y de tantos otros, sólo que en una compañía francamente inmejorable. Nos permite además ver al escritor con los ojos de un humilde sirviente que bien podría haber sido uno de sus personajes. En pocas palabras, como experiencia literaria este texto de apertura de Así era Lev Tolstói es un regalo que se mantiene abierto cuando el libro que lo contiene se cierra.
La breve reseña de Chaikovski es muy ilustrativa de la dimensión que alcanzó la figura de Tolstói en la sociedad de su época, su capacidad para hacerse un hueco en tantas las conciencias como corazones, además de suponer un documento histórico de indudable relevancia por tratarse de la confluencia de dos talentos intemporales.
Y ahora viene la parte difícil de explicar. El texto de George Kennan es muy poco ruso en lo que al estilo se refiere, su mirada es diferente y por ello enriquecedora especialmente en tanto que discrepante. Sin embargo obliga a un esfuerzo inesperado, aunque sin duda beneficioso, ya que sus profundas discrepancias se expresan de un modo un tanto irritante. Entiéndanme bien, sus discrepancias están justificadas y aunque la figura de Tolstói tenga una relevancia en la literatura y el pensamiento infinitamente superiores a la de Kennan, es indudable que el tiempo se empeña en darle la razón al segundo en tanto a la inaplicabilidad de las ideas del primero. Por mucho que uno simpatice con las ideas de no violencia y de no resistencia violenta al mal que tan brillantemente expuso Tolstói, es indudable que el mundo no se mueve hoy día por ellas como tampoco lo hizo en vida del escritor. El punto de vista de Kennan es eminentemente práctico, muy estadounidense, y el relato de su conversación es muy extenso y detallado. Profundamente interesante. Pero obliga al lector, y aunque parezca lo contrario lo asumo como un acierto, a hacer el esfuerzo intelectual de reflexionar sobre lo que dice en lugar de irritarse porque califique a Tolstói de infantil, aunque lo haga desde el más profundo respeto. Uno podría discutir, podría acusarle de paternalismo o incluso de arrogante, pero sería absurdo por dos motivos, uno que lo que dice es difícilmente discutible (aunque no necesariamente por ello le quite razón a los argumentos de Tolstói) y otro porque sería profundamente contradictorio: defender a Tolstói desde la irritación es discutirle en la práctica.
Por otro lado, incluso desde su reparo a la aplicabilidad de las ideas de Tolstói, Kennan expresa no sólo su respeto sino también su admiración ante la sinceridad de sus ideas y la bondad de su interlocutor. Como les decía es un texto sumamente enriquecedor y a poco interesados que estén en la figura de Tolstói les recomendaría que no se lo perdieran.
Así era Lev Tolstói no es sólo un retrato de uno de los mejores escritores de la historia ni de un relevante pensador, la sabia combinación de puntos de vista logra que además de eso sea un acercamiento a la persona que había detrás del personaje y por eso, por todo ello, es un documento intelectual y emocionalmente imprescindible para quienes nos interesamos por su figura.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor GuevaraEl periodista Jon Lee Anderson y el caricaturista José Hernández regresan con la segunda entrega de la biografía del Che Guevara en forma de novela gráfica. Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara es en realidad la primera parte de su trilogía, aunque sea la segunda en publicarse –después de Los años de Cuba–. En esta ocasión, volvemos al Che más idealista y joven que, después de licenciarse en medicina, se embarca en largas travesías a través de América del Sur y Centroamérica, en un periodo de tiempo que abarca desde 1952 a 1956. Estamos, por tanto, ante sus primeros años como revolucionario y su primera toma de contacto con Fidel Castro. Los años de las inquietudes políticas juveniles. El inicio estratégico de la revolución cubana.

Basada en la novela homónima de Jon Lee Anderson, El doctor Guevara, como ya lo hiciera su anterior publicación, funciona muy bien como primera aproximación a la vida del comandante. La adaptación corre a cuenta del mexicano José Hernández. Ya insistí en Los años de Cuba, y reitero mi insistencia en esta ocasión, es precisamente esto, la calidad gráfica de la novela, uno de sus grandes puntos fuertes. Rica en matices, sus viñetas abren y cierran planos, de lo general al detalle, sombras y luces, con una precisión absoluta. Como si fuera fácil convertir un folio en blanco en una película, entre sus páginas se desprende la esencia de los años 50 y el ambiente revolucionario instalado entre los países que acogieron a Guevara, tras su salida de Argentina.

El otro punto fuerte es su documentación. Y eso a pesar de que, en algunos momentos dé la impresión de que todo quede demasiado condensado, algo superficial, como si ocurrieran demasiadas cosas, o demasiados viajes, en poco espacio para asimilar. En este sentido, además, uno tiene la sensación de que la segunda parte es algo más contundente que esta primera. Tal vez solo sea una cuestión de efectos especiales. Faltan la lluvia, que ya empieza a asomarse al final, y más balas.

Así las cosas, con un marcado trasfondo social y político de la época, el cómic pasa de puntillas por la vida más personal del Che, cuyas inquietudes ideológicas, a veces, le muestran algo frío y distante. Algo más pragmático y resolutivo, ya nos lo advierte en su comienzo: “Costará vidas inocentes”. Su lado más humano lo encontramos en sus cartas y testimonios, sus momentos con su hija y su vertiente más poética. Al menos, uno de mis pasajes favoritos está relacionado con la poesía. Especialmente, con el poema que el propio Ernesto Guevara le dirige a María, la anciana moribunda que está bajo sus cuidados médicos. Como si realmente las palabras de su protagonista cobraran tono, su voz suena de fondo, mientras se intercalan con el resto de viñetas.

Después, Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara termina con el principio de Los años en Cuba. Dos novelas gráficas, cada una con sus matices, que se completarán con un tercer tomo, su viaje al Congo y su regreso a Cuba y a Bolivia. Lo bonito de esta historia es que, aunque todos sepamos ya cómo termina, realmente tengo curiosidad por ver cómo nos la cuentan. Hasta entonces, de momento, habrá que esperar un poco.

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El rey Pelé. El hombre y la leyenda, de Eddy Simon y Vincent Brascaglia

El Rey Pelé. El hombre y la leyenda

El Rey Pelé. El hombre y la leyendaLa primera imagen que se me viene a la mente de Pelé no es precisamente halagadora hacia el ídolo brasileño. Como tantos y tantos jóvenes me he criado viendo dos capítulos de los Simpson diarios durante años, así que es inevitable que venga a mi memoria el episodio en el que la familia amarilla va a ver un partido de soccer y antes de que éste dé comienzo aparece Pelé para saludar al respetable y ya de paso promocionar una marca de papel para el horno, tras lo cual un hombre trajeado le entrega una bolsa cargada de dinero. Por suerte también he tenido la oportunidad, a partir de algunos vídeos recopilatorios, de comprender la magnitud de su figura; si hoy en día alucinamos con lo que son capaces de hacer Leo Messi o Cristiano Ronaldo —dos jugadores que están, aún hoy, a mucha distancia del resto de los mortales—, no quiero ni imaginar lo que suponían aquellas gambetas, esos cambios de ritmo explosivos y esa calidad para definir de cara a puerta en una época en la que este deporte era tan distinto al actual.

El rey Pelé. El hombre y la leyenda hace honor a su nombre, ya que escarba en las dos magnitudes del bautizado como Edson Arantes do Nascimiento. Así, además de hacer un repaso por su carrera futbolística desde sus primeras pachangas en Três Corações hasta su (última) retirada en el Cosmos de Nueva York, este cómic profundiza bastante más de lo que esperaba en su vida fuera de las canchas. Siempre he creído que una biografía no es tal si sólo se centra en el ámbito laboral del protagonista, por muy interesante y apasionante que éste haya sido; si no nos aporta una visión de la persona, con sus luces y sus sombras, sus buenas y sus malas decisiones, no deja de ser una caricatura. Y en este cómic, para mi sorpresa, se atreven a bajar al ídolo al barro, tocando aspectos tan peliagudos como sus frecuentes infidelidades o sus momentos de depresión. También creo que es muy oportuna la decisión de los autores de combinar la narración de la vida de O Rei con la evolución política y social de Brasil, ya que ayuda a meterte en el ambiente y a comprender algunas de las decisiones del futbolista, especialmente durante la etapa de la dictadura militar.

Con todo, a nivel general este es un libro en el que predomina lo positivo, con muchos colores cálidos y unos dibujos que priorizan ser agradables antes que ser realistas. En los recuadros superiores que acompañan a la mayoría de las viñetas se van dando datos biográficos, mientras que las ilustraciones y los bocadillos están dotados de mucha mayor libertad, por lo que juegan con el humor en no pocas ocasiones. No sé hasta qué punto todos los datos que se aportan están contrastados —como los que se refieren a los primeros amores del delantero— pero los autores consiguen construir un relato muy completo y ameno.

Por todo esto, creo que pese a estar elaborada en formato cómic, El rey Pelé. El hombre y la leyenda es una biografía con todas las letras, ya que su nivel de detallismo y de profundidad es lo suficientemente alto como para que el lector pueda conocer mejor a uno de los jugadores más destacados de la historia del deporte rey.

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Leonard Cohen, La biografía, de Alberto Manzano

Leonard Cohen, la biografía

Leonard Cohen, la biografía“Oh, let me see your beauty when the witnesses are gone
Let me feel you moving like they do in Babylon
Show me slowly what I only know the limits of
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love.”

Hace un par de días leía unas palabras del enormísimo cronopio Julio Cortázar con las que estoy muy de acuerdo. Os copio:

“(…) que si la poesía del hombre de hoy puede darse como se da en un Octavio Paz o en un Drummond de Andrade, también se da cada día más en el lenguaje de las tizas en los muros, de las canciones de Léo Ferre, de Atahualpa Yupanqui, de Caetano Veloso, de Bob Dylan, de Raimon y de Leonard Cohen (…)”.

Para mí, igual que opina Cortázar, Leonard Cohen es poesía y el Premio Nobel 2016 de literatura se lo ha llevado un poeta, con todas las letras, como lo es Bob Dylan. Y no pienso entrar en más discusiones sobre este tema, porque como Oliverio Girondo, soy irreductible. Si no sois capaces de ver que la poesía tiene muchas más formas que las habituales, que la poesía está en las calles y en las canciones, peor para vosotros. Y ahora, después de este alegato exaltado contra el puritanismo poético, procedo a hablar del libro en cuestión.

Leonard Cohen, la biografía no es un libro más sobre este músico canadiense, o al menos a mí no me lo ha parecido. Escrito por Alberto Manzano, amigo del autor desde 1980 y traductor de la mayor parte de su obra literaria, esta biografía es auténtica y sincera. Quién mejor para hablar del músico que alguien que lo conoce bien, ¿no?

A mí me ha gustado Leonard Cohen desde pequeña y muchas de sus canciones forman parte de la banda sonora de mi vida. Recuerdo que mi madre tenía un vinilo suyo que sonaba de vez en cuando en el antiguo tocadiscos de casa. Hoy día, sus canciones siguen acompañándome y tengo la impresión de que siempre estarán ahí. Aunque hace poco que nos dejó (en noviembre de 2016), Leonard Cohen siempre será eterno.

Nacido en el seno de una familia judía de clase alta, Leonard destacó desde pequeño. ¿Sabéis qué poeta es el culpable de que el músico comenzase a disfrutar la poesía? Nada más y nada menos que nuestro Federico García Lorca. Cuando el poeta encontró una edición traducida de Lorca, siendo adolescente, descubrió que existía una poesía desconocida para él hasta entonces que avivó su consciencia poética. Tanta era su fascinación por el poeta granadino que una de sus hijas se llama Lorca Cohen. Gracias a un guitarrista español, que le enseñó unos pocos acordes, Leonard comenzó a interesarte también por la creación musical y el resto, lectores, es historia.

Amigo de grandes poetas de su generación, Leonard vivió la vida que quiso. Frecuentaba los cafés y los bares, acudía a recitales y se entregaba a los excesos como la mayoría de sus coetáneos. Etapas que alternaba con otras de retiro y mayor espiritualidad (debido, quizá, a su tendencia a la depresión).

Decepcionado con su carrera como escritor, Leonard puso rumbo a Nueva York para entregarse a los brazos de la música y la jugada le salió muy bien. Consiguió ser poeta y músico a la vez, algo al alcance de muy pocos.

Leonard Cohen, la biografía, es un libro íntimo, reflexivo y muy sincero en el que Leonard Cohen aparece reflejado como el gran poeta del rock que fue y que siempre será. Las viejas glorias nunca mueren y Leonard Cohen ocupa un lugar privilegiado en el Olimpo de los genios de las letras y la música.

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El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán

El pianista

El pianistaEsta es mi primera lectura de Manuel Vázquez Montalbán. Aparte de ser el creador del detective Pepe Carvalho, no sabía nada más de este autor y, tras haber leído El pianista, me da hasta vergüenza confesarlo. Porque ahora tengo claro que es un intelectual indispensable para entender la sociedad española del último siglo.

El pianista, publicada por primera vez en los años ochenta, es la primera de la trilogía que Vázquez Montalbán denominó «ética de la resistencia», que se completa con las obras Galíndez (1990) y Autobiografía del general Franco (1992), y que gira en torno a la memoria y el olvido, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, mucho antes de que este tema cobrara protagonismo en las esferas públicas y políticas.

Vázquez Montalbán pasa de la historia de unos jóvenes desencantados en los primeros tiempos de la transición española a la de unos vecinos que tratan de sobrevivir a las carencias de los años cuarenta, para hablarnos de aquellos que fueron vencidos y callados por la historia. Estas dos primeras partes transcurren en el barrio del Raval, en Barcelona, en el que el propio autor se crió, mientras que la tercera parte sucede en el París de 1936, el paraíso prometido de la vanguardia española. Todas ellas tienen una potente carga autobiográfica y son el homenaje que Vázquez Montalbán hace a la generación de sus padres, republicanos de izquierdas que defendieron sus valores por encima del beneficio personal. Pero El pianista es mucho más que unas historias de tres épocas distintas unidas por el personaje de Rosell, cuya profesión da nombre a la novela; es el retrato del vínculo existente entre esas tres etapas, ya que el presente siempre nace de un pasado que se rememora o se intenta olvidar, y fantasea con un futuro, a veces con el deseo de que sea mejor y, otras veces, ni siquiera con esa esperanza.

«Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria». Esta es mi frase favorita de la novela y su esencia misma, pues El pianista es un collage de personajes de diferentes clases sociales y aspiraciones; anécdotas reales confundidas entre las ficticias; canciones populares, tanto de España como de Francia; párrafos de artículos de revistas, anuncios y periódicos; reflexiones sociales, políticas e históricas; conformismos y luchas interiores. No cabe duda de que el calificativo de «escritor enciclopedista», con el que se denomina a Vázquez Montalbán en el extenso prólogo de la edición de Cátedra, es más que adecuado.

En definitiva, tres momentos de nuestra historia contados desde la perspectiva de aquellos que nunca pudieron hablar o a los que nunca se les escuchó. Vázquez Montalbán es el cronista que merecía el Raval y tantos otros barrios olvidados, y El pianista es una mirada certera y crítica de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos, gracias a la memoria y a pesar del olvido.

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Diarios completos, de Sylvia Plath

Diarios completos

Diarios completosEl destino, tan caprichoso él, me ha llevado a escribir esta reseña un sábado como hoy, justo el día en el que se cumplen cincuenta y cuatro años desde que Sylvia Plath decidiera quitarse la vida a la edad de treinta y un años, justo la que tengo yo ahora. No sé qué quieren decir todas estas coincidencias, pero me han hecho reflexionar bastante sobre por qué una persona tan talentosa e inteligente decide acabar su vida así. Es algo realmente complejo de entender, así que hoy, en lugar de acordarme de esa fecha (aunque sea inevitable), voy a decidir celebrar su vida, la vida de una mujer y escritora maravillosa. Brindo por ella.

Sylvia Plath es bastante conocida, así que creo que sobran las presentaciones. Quien no haya leído alguno de sus libros como La campana de cristal o alguno de sus maravillosos poemarios, puede que haya visto la película biográfica de 2003 de título Sylvia o simplemente reconozca su nombre como una de las grandes poetas de todos los tiempos. Algunos simplemente conocen su final (hay gente muy macabra). En cualquier caso, Sylvia Plath se ha ganado, justamente, su propio lugar en la literatura universal y una de las mejores formas de conocerla es gracias a sus Diarios completos.

Debo matizar que aunque conocer a alguien a través de sus diarios es una de las mejores formas posibles, éste es un libro que recomiendo especialmente a los amantes de Sylvia Plath. Quizá si nunca has leído a Plath y no sabes demasiado sobre ella sus más de ochocientas páginas de confesiones íntimas pueden que te abrumen, aunque no tiene por qué. Eso sí, a los lectores que ya hayan caído rendidos ante los encantos de esta gran poeta, se lo recomiendo sin dudarlo un momento. La figura de Sylvia siempre me ha atraído, tanto literalmente como personalmente, así que cuando descubrí que Alba sacaba esta edición enseguida quise tenerlo. Me lo he tomado con calma, pues es un libro que he estado leyendo durante más de dos meses (algo muy raro en mí). Quise saborearlo despacio e ir leyendo cada día unas pocas páginas de sus diarios.

Diarios completos de Sylvia Plath es una nueva edición que incluye más material del que aparecía en la antigua edición de 1996. Entre ellos, dos cuadernos que su viudo, Ted Hughes había prohibido publicar hasta 2013. Estos diarios están fechados desde sus años de estudiante universitaria hasta 1962, justo un año antes de quitarse la vida.

Hablar de estos diarios es algo difícil, porque sería hablar de la vida de esta poeta durante todos estos años y de sus sentimientos e intimidad. Lo grandioso de estos escritos es que no solo se trata de un diario íntimo, sino que entre sus páginas encontramos inestimables reflexiones sobre la escritura o el arte. Reflexiones propias de una mujer tan lúcida como Plath que ayudan a abrir nuestras mentes y que, a su vez, nos hacen reflexionar y cuestionarnos a nosotros mismos.

Aunque quizá esa faceta suya de mujer con tendencia a la depresión (hoy día se cree que padecía un transtorno bipolar) y que intentó acabar con su vida varias veces sea una de las más conocidas, hay mucha Plath por conocer y creo que descubrirlar a través de sus propios diarios es la mejor manera posible. En su Diarios completos, Sylvia logra atrapar al lector, hacerlo cómplice y participe de sus experiencias y reflexiones. Qué experiencia tan bonita la de dejarse llevar de la mano de esta escritora a su propio universo. Un paseo maravilloso junto a una escritora excepcional. Recomendado, amantes de Sylvia Plath y amantes de las emociones y la literatura.

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Biografía canalla de Emilia Pardo Bazán, de Ana Martos

Biografía canalla de Emilia Pardo Bazán

Biografía canalla de Emilia Pardo BazánMe gusta mucho leer biografías y autobiografías de personajes célebres. Supongo que mi lado cotilla, en vez de hacerme ver Sálvame, me lleva de vez en cuando a leer sobre personas que me interesan. Confieso que la escritora Emilia Pardo Bazán no está entre mis personas favoritas, pero como leí la palabra canalla en el título del libro y como, precisamente, no sabía demasiado sobre esta autora gallega, pensé que esta biografía podría resultarme interesante. Lo cierto es que así ha sido: lo he pasado bien leyéndola y descubriendo a doña Emilia.

Si estuviera en el concurso Un, dos, tres y me dijeran “Por cinco mil euros (puestos a soñar), dígame datos relacionados con Emilia Pardo Bazán” antes de leer la biografía hubiera dicho: escritora, gallega, novelista, naturalismo y poco más. Os preguntaréis para qué sirve leer la biografía de alguien que ni siquiera te gustaba. Ay, insensatos. Pues para este tipo de cosas, en primer lugar. No sabéis la de dinero que hubiera ganado ahora. Fuera de bromas, queridos lectores, el saber no ocupa lugar. Además, he de deciros que he descubierto que Emilia Pardo Bazán fue una mujer muy interesante.

Para empezar, os diré que fue la primer mujer española que consiguió una cátedra universitaria, la primera mujer que obtuvo el nombramiento de Consejera de Instrucción Pública, la primera mujer periodista profesional (fundó su propio periódico y fue corresponsal en el extranjero de un periódico español), la primera española ateneísta, la primera que se atrevió a hablar del Naturalismo y la primera que publicó su autobiografía sin tapujos. ¿Qué os parece? Alguien que logró todos estos méritos tuvo que ser, obviamente, interesante.

Ana Martos, la autora de Biografía canalla de Emilia Pardo Bazán, nos introduce de manera muy acertada en el contexto histórico en el que vivió la escritora. El siglo XIX fue una época de cambios y revueltas que influyeron en la vida de la autora. Pardo Bazán procedía de una familia de rancio abolengo y su padre José María Pardo-Bazán, liberal y feminista, proporcionó a su hija la mejor educación posible. Este consejo que le dio el padre a la pequeña Emilia nos hace entender mejor a la mujer en la que se convirtió:

“Mira, hija mía, los hombres somos muy egoístas y si te dicen alguna vez  que hay cosas que los hombres pueden hacer y las mujeres no, di que es mentira porque no puede haber dos morales para dos sexos”.

Emilia supo desde muy temprana edad que no habría nada que ella no pudiese hacer, así que convencida de ello, se dejó llevar por su propio instinto. Y a pesar de la época en la que le tocó vivir, a pesar de las revueltas y del latente machismo, Emilia Pardo Bazán logró hacerse a sí misma, convirtiéndose en una de las intelectuales más importantes de su época. Algo, sin duda, admirable.

Empezando por su infancia, en la que muy pronto se dio cuenta de que las muñecas no eran para ella y que prefería devorar todos los libros que tenía a su alcance, hasta las decisiones y el carácter firme que fue demostrando a lo largo de su vida. No dudó en enfrentarse a quien tuviera que hacerlo, perdiendo amistades si era el caso (e incluso su matrimonio), pero conservando intactos sus ideales y creencias.

Biografía canalla de Emilia Pardo Bazán no es una biografía al uso, claro, es una biografía algo más canalla y muy bien documentada. Además de situarnos en el contexto histórico en el que la autora vivió, Ana Martos demuestra pasión en su escritura y ha logrado crear una biografía divertida y fuerte que nos muestra a una Emilia Pardo Bazán que, a pesar de la época tan retrógrada y sumamente machista que le tocó vivir, supo vivir su propia vida sin pedir explicaciones a nadie. Bravo por ella.

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Fairyland, de Alysia Abbott

Fairyland

Fairyland“Un poeta homosexual y su hija en el San Francisco de los setenta”.

No sé si estas palabras que aparecen en la portada del libro son las que me engancharon para elegir esta lectura, ya no lo recuerdo. Yo no sabía nada del poeta Steve Abbott y no había oído hablar de este libro. El título solo lo entendería al haberlo acabado y la portada, sin saber nada, es rara de narices, para qué engañaros. Sin embargo, llamadlo intuición, llamadlo azar, el haber leído este libro ha sido una de las mejores decisiones literarias que he tomado en los últimos meses. Me ha gustado tanto que me ha dado una pena terrible tener que despedirme de ese universo que Alysia ha creado y recreado en las  casi cuatrocientas páginas de esta novela. ¿No os apetece a veces quedaros por más tiempo en el mundo que los escritores crean para el lector? Es esa sensación de “a ver qué hago yo ahora si no puedo seguir atrapada en esta historia”. Una sensación de vacío, sin duda.

En fin, desamparada y al mismo tiempo esperanzada, the show must go on, así que voy a hablaros de Fairyland.

El protagonista de esta novela en torno a quien gira toda la historia es Steve Abbott. Steve fue un poeta norteamericano que, tras un accidente de tráfico en el que fallece su mujer, decide irse a vivir con su hija a San Francisco. Estamos hablando del año 1973, época en la que la ciudad de San Francisco es un centro cultural, hippie y de liberación sexual bastante importante en la escena norteamericana. Steve, abiertamente homosexual, encuentra en esta ciudad todo lo que necesitaba en aquel entonces para sentirse identificado con el resto de gais que comienzan a vivir sin cadenas. Aunque él, además, deba criar a una niña pequeña como padre viudo. Una tarea realmente difícil.

La niña en cuestión es Alysia Abbott, la autora del libro. Quién mejor que ella para hablar de la vida de su padre y la de ella desde que se mudaron a San Francisco. Por aquel entonces, cuando Alysia aún era una niña, la vida junto a su padre era para ella el país de las hadas. Compartía con su padre risas, complicidad y un profundo amor mutuo. Y aunque, lógicamente, echaba de menos a su madre, el vínculo que había formado con su padre era sólido y nadie podría entrometerse entre ellos. Steve, sin embargo, tenía más dudas. No en cuanto al amor indiscutible hacia su hija, pero sí en cuanto a las condiciones en las que se estaba criando. Vivían en pisos compartidos con gente de lo más dispar porque su padre no podía enfrentarse solo a todos los gastos. Steve, además, estaba descubriendo la ciudad, descubriéndose a sí mismo y soltando lastre, así que los amantes entraban y salían de los pisos y las vidas de padre e hija. Pero aunque a Alysia no le importaba, el vínculo paterno-filial comienza a debilitarse en algunos sentidos al llegar la adolescencia. Todos sabemos lo puñeteros que pueden ser los adolescentes, todos esos sentimientos mezclados en un cuerpo y una mente que empiezan a desarrollarse y formarse. A Alysia comenzaron a avergonzarle determinados aspectos de su padre. Empezó a preguntarse por qué ella no tenía una familia y una vida normal. Entendió la adicción de su padre a las drogas, la frustración, y las terapias para desengancharse. Es entonces cuando Alysia se plantea que necesita un respiro y decide irse a estudiar a Nueva York y más tarde a París.

A pesar de todo, el vínculo especial entre padre e hija nunca se romperá. El amor incondicional supera etapas y distancias. Mientras estén alejados, padre e hija hablarán casi a diario por teléfono y, sobre todo, se escribirán cartas. Algunos fragmentos de esas cartas podemos leerlos en esta novela y son una muestra de amor exquisita.

Alysia solo regresará a San Francisco cuando su padre, muy enfermo de sida, le pida que venga a cuidarle. Aunque aún era una chica de veintipocos años y seguía teniendo numerosos conflictos internos, Alysia sabe que debía estar allí y eso es lo que hace. Darle a su padre todo el amor que se merece en los últimos días de su vida.

Fairyland es una novela preciosa y muy emotiva. Alguna lagrimilla he derramado al leerla. La relación padre-hija es admirable, como también lo son el homenaje a las familias atípicas, a los homosexuales que por fin empezaron a vivir la vida como ellos querían y a la libertad. Las palabras finales del epílogo son muy emotivas. En ellas la autora explica que aunque es heterosexual y hace más de veinte años que no tiene un padre gay vivo, todavía se siente parte de esa comunidad queer en la que se crio. Qué bien que la intuición o el azar me hayan llevado a este libro que, sin duda, no voy a olvidar.

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Shakespeare, de Paul Edmondson

Shakespeare

ShakespeareLa primera lectura de un nuevo año es muy importante, al menos para los lectores chiflados como yo. Tenía unos cuantos libros pendientes en la estantería haciéndome ojitos, pero al final me he decantado por Shakespeare. Tengo varios motivos, no os vayáis a pensar. El primero de todo es que empezar el año leyendo sobre un grande tan grande como Shakespeare sólo puede ser bueno. He pensado que a ver si se me pega algo (por qué no, ¿eh?). El segundo motivo es más evidente: conocer más sobre el mayor escritor de las letras inglesas. Algunas obras he leído de Shakespeare, pero no sé demasiado sobre el propio autor y creo que esta publicación de la editorial Turner es una buena oportunidad para adentrarse más en el mundillo shakesperiano. Así  que me dije: “there we go!” y aquí estamos.

Lo primero que quiero aclarar es que este libro no es una biografía al uso sobre Shakespeare. Supongo que habrá miles de ella escritas y que el lector que busque ese tipo de libro lo encontrará sin problemas, pero éste no es uno de ellos. Precisamente eso fue lo que me atrajo en primer lugar. Shakespeare se desarrolla en torno a una pregunta: ¿Por qué Shakespeare? Paul Edmondson, autor de este libro, es un gran estudioso de esta célebre figura de las letras. Esa pregunta, la de por qué Shakespeare, es la que Edmondson lleva planteándose durante toda su vida, la misma que lleva dedicada a estudiar al brillante autor. Así pues, este libro es un libro-respuesta. Entre sus páginas encontraremos respuestas sí, pero también más interrogaciones. No iba a ser todo tan fácil. No creo que Shakespeare lo permitiera.

La primera pregunta que se nos plantea es: ¿Cómo era su vida? Y en este capítulo el autor nos cuenta sobre la época en la que nació el escritor, su vida en Stratford-upon-Avon, sus padres, su matrimonio con Anne Hathaway e hijos. Descubrimos cómo comenzó el autor a ganarse la vida (colaborando en negocios familiares y dando clases a parientes y vecinos) y sus primeras menciones como dramaturgo, allá por 1592. Dos años más tarde, Shakespeare fue uno de los cofundadores de los Lord Chamberlain’s Men, una brillante compañía teatral que representó muchas de las obras escritas por el autor y que viajaría de acá para allá representando las obras teatrales.

La segunda pregunta es: ¿Cómo escribía? Es difícil responder a esta pregunta, máxime si estamos hablando de uno de los autores más originales de todos los tiempos. Shakespeare era una especie de alquimista, lo que hacía era empaparse de lecturas (sobre todo la Biblia y la literatura medieval), recurría a su experiencia personal y con un poco de imaginación creaba sus obras. En algunas ocasiones, Shakespeare también escribía en colaboración con otros autores. Es un capitulo interesante, porque la respuesta de esta pregunta se nos plantea con bastante originalidad. El autor nos habla de los libros que deberíamos leer para poder escribir como Shakespeare, así como de la importancia de los actores en las obras teatrales de Shakespeare. Hay incluso algunas obras impresas, como la edición de 1600 de Mucho ruido y pocas nueces, en la que el autor, en lugar de escribir el nombre de los personajes, escribe directamente el de los actores (Will Kemp y Richard Cowley). Esto es una muestra de la importancia que tenían para Shakespeare sus actores, para quienes escribía los papeles ya asignados.

¿Qué escribía Shakespeare? Pues sobre todo obras entretenidas, desafiantes e innovadoras. La clasificación de género para él no tenía demasiada importancia. Paul Edmondson nos plantea entonces un paseo por alguna de las obras más emblemáticas del autor, mostrándonos fragmentos y comentándolos. Un paseo muy interesante de la mano de uno de los más importantes estudiosos del escritor inglés.

El último capítulo es el que se abre con la pregunta más interesante: ¿Por qué Shakespeare? Esta cuestión es muy personal y lo que se busca, obviamente, es que cada lector dé con su propia respuesta. Yo creo que tengo la mía. Allá voy: Shakespeare porque es un grande. Porque una persona que se dirigió a nosotros en el siglo XVI aún es capaz de dejarnos atónitos con su atemporalidad. Porque después de tantos años sus obras siguen teniendo la misma fuerza y el mismo valor. Porque es Shakespeare, lectores. Porque hay que leerlo y conocerlo.

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Mary Shelley: la muerte del monstruo, de Raquel Lagartos y Julio César Iglesias

mary shelley la muerte del monstruo

mary shelley la muerte del monstruoEn aquel verano sin verano de 1816, la mansión Villa Diodati acogió la reunión literaria más famosa de todos los tiempos, en la que surgieron los dos monstruos que han marcado la literatura para siempre: la figura del vampiro romántico, creada por John Polidori, y la criatura de Frankenstein, creada por Mary Shelley. Doscientos años después, Raquel Lagartos y Julio César Iglesias publican Mary Shelley: la muerte del monstruo, una biografía especulativa en la que, a través de la introspección psicológica de Mary Shelley, plantean dónde comienza la mente de la creadora y dónde termina la del monstruo.

¿Cómo pudo una mujer de tan solo diecinueve años escribir sobre la vida y la inmortalidad, la decencia y el mal, la soledad y el amor, del modo en el que lo hizo Mary Shelley? No fue solo gracias a su talento, sino fruto de una vida que estuvo marcada por la muerte desde el principio. Esta novela gráfica —con ilustraciones en blanco y negro en las que aparece el color rojo cuando la pasión o la muerte hacen acto de presencia— destila ese romanticismo del que Mary Shelley y su monstruo son un referente, creando una atmósfera pesimista que traspasa la página para que el lector sienta el dolor de uno y otro. ¿Quién traicionó a quién: la criatura eclipsando a su creadora o la creadora desvirtuando su obra, al sucumbir finalmente a los preceptos de la sociedad?

Para quienes no hayan leído Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary Shelley: la muerte del monstruo es una oportunidad ideal para descubrir la grandeza de este clásico de la literatura y de su personaje que, pese a ser conocidos mundialmente, el tiempo ha simplificado hasta vaciarlos de contenido. Frankenstein o el moderno Prometeo plasmó los temores de la época victoriana: una ciencia que parecía capaz de todo sin tener que responder ante Dios, el empoderamiento de las mujeres y la rebelión de los humildes. El monstruo, una criatura que nada tiene que ver con el ser torpe y estúpido que el teatro y el cine se han encargado de popularizar, ni siquiera tiene nombre —aunque se le haya adjudicado el apellido de su creador, Víctor Frankenstein, lo que no deja de ser representativo de la relación de Mary Shelley con su obra—, y no es más que un bebé abandonado que solo ha conocido la maldad del ser humano, pero que llega a ser inteligente y cultivado gracias a la lectura. Pero, ante todo, Mary Shelley: la muerte del monstruo es un merecido reconocimiento a una mujer que, aun teniendo una excepcional sensibilidad y lucidez, siempre estuvo a la sombra de los demás: primero, a la de sus padres (el librepensador William Godwin y la escritora feminista Mary Wollstonecraft); después, a la de su pareja, el poeta Percy Shelley y, finalmente, a la de su obra, el monstruo más famoso de la literatura. Mary Shelley, la mujer que pudo cambiar el pensamiento de su época, acabó enferma y derrotada, traicionando a su monstruo y, en consecuencia, a sí misma. Mary Shelley: la muerte del monstruo plasma cómo la difícil disociación entre obra y autora marcó el resto de su existencia y consigue un libro tan triste y conmovedor como las fuentes a las que hace referencia.

Frankenstein o el moderno Prometeo fue el retrato de una sociedad inmisericorde y Mary Shelley: la muerte del monstruo es el homenaje a la mujer que lo escribió y a su trágica vida, origen y consecuencia de su obra. Solo quienes lean ambos libros descubrirán quién es el verdadero monstruo de la historia, de nuestra historia; y, quizá, tras doscientos años de incomprensión, amen a la criatura de Frankenstein tanto como Mary Shelley lo hizo.

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