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Agua dura

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Agua dura, de Sergi Bellver

agua duraEl paisaje. Que nos abarca y a la vez nos elimina. Nos aprieta con sus montañas y nos empequeñece con sus desiertos. Y las personas. Las que viajamos por sus carreteras, por los silencios que dejan las sombras de un cuadro perfecto, de una fotografía que hacía tiempo no veíamos, que guardábamos en el cajón de los recuerdos como si jugáramos al escondite. Pero somos mayores para ello. Para esconder(nos), para cerrar la caja y tirar la llave, para caminar sin narrarnos a nosotros mismos. Ese el poder de Agua dura o, al menos, el poder que yo le veo. El de la radiografía, el del poder de las palabras cuando son más fuertes que un cuchillo que ahonda en la carne, el de la irónica risa que sobrevive en nuestros labios, el de amasar los párrafos y construir relatos, los fuertes relatos que aquí acontecen, que se cuelan por los poros de la piel y no se mueren, no desaparecen, no caen en un olvido cercano a la amnesia. Son ellos, los cuentos, los relatos que anidan en esta edición, los que nos desgarran, los que acaban haciéndonos exhalar el suspiro de alivio, al ver un final, al ver que toda la intensidad, que todo el dolor, que todo aquello que se dice – y que no se dice y se imagina – ha terminado. Pero en realidad no lo ha hecho. Porque perduran, se quedan ahí, agazapados, esperando un instante de sombra entre la luz que inunda la habitación, o las aceras, o el trabajo que nos llena las horas pero no la ilusión. Son ellos, y el autor, siempre el autor, el que nos dispara los dardos que, envenenados o no – eso corre de vuestra cuenta -, llegarán al torrente sanguíneo, lo convertirán en otra cosa, ya no en sangre ni en líquido vital. Porque hay un antes, un durante y un después. Hay tres vidas que, bien dirigidas, nos harán disfrutar de estos relatos que, al igual que si fuéramos niños de nuevo, nos traen fantasmas y los encadenan a nuestro cuerpo.

Doce relatos que son doce vidas diferentes. Doce narraciones que, como la mitad de un día, amanecen con nosotros y nos persiguen, después, en el sueño nocturno donde nuestra imaginación será la protagonista y nuestra voluntad se verá mermada. Doce, en realidad, regalos.

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Un paso al frente

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Un paso al frente, de Luis Gonzalo Segura de Oro – Pulido

un paso al frenteEspaña, con todo lo democrático y actual que parece, tiene en su interior dos temas fundamentales que, de ser tocados, provocan que un terremoto de los altos en la escala Richter haga su labor y desestabilice aquello que había permanecido estancado: la iglesia y el ejército. No se hace raro, por tanto, que en este país que se declara democrático, Un paso al frente haya generado tanta polémica a su alrededor y se haya pretendido “secuestrar” y callar las palabras de un autor que, además de escritor, también es militar. No seré yo quien, simple reseñista, intente avivar el fuego que ya está caldeado sobre este libro, pero sí diré que estas cosas no las entenderé nunca. Pero como no pretendo polemizar – o, quizás, el simple hecho de escribir esta reseña sea ya polemizar, no lo sé – hablaré aquí del libro, de su autor, de lo que cuenta y de lo que hace sentir el libro, porque al fin y al cabo uno lee y acaba cambiado, es la consecuencia lógica a la hora de abrir un libro y llegar al final. Es así como funciona esto de la relación lector – libro, una relación tan simple como complicada a la vez y que puede reventarnos por dentro – como es el caso – o al menos removernos en algún sentido, sin saber muy bien cuál, pero que nos acompaña cuando salimos de casa, incluso días después de haber terminado dicho libro y haber vivido la historia en primera persona. No se trata, pues, de polémicas o de todo lo que lleve aparejado un libro. De lo que se trata, y de eso hablaré, es de lo que un libro puede llegar a conseguir tanto dentro como fuera de nosotros mismos. Esa es la magia, y a esa es a la que hay que poner nombre.

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La gente feliz lee y toma café

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La gente feliz lee y toma café, de Agnès Martin – Lugand

la gente feliz lee y toma café¿Cómo se empieza a reseñar una historia de amor sin caer en el absurdo? Cuando una historia de este tipo llega a nuestras manos tenemos la tendencia – yo entre ellos – de empezar a enumerar la cantidad de veces que el amor ha sido objeto protagonista de las novelas, de la historia de literatura, de argumentos que, con más o menos acierto, han llenado las páginas de esos momentos que hemos pasado al abrigo de un libro. Y me propuse, al escribir esta reseña, no caer en esos lugares comunes que al final llegan a ser lugares aburridos, de tan usados y conocidos. Por eso, pese a que La gente feliz lee y toma café tiene en sus páginas el amor pegado a las plantas de los pies y a cada una de las fibras del cuerpo, me pareció interesante no abrigarme del frío a través de ese tema, sino que hablaría, quizás más o menos, de una sensación que recorre el libro en cada una de las páginas: seguir adelante cuando todo se te pone en contra. La vida está llena de supervivientes. Y no me refiero a esos héroes que hacen grandes hazañas, que con actos heroicos convierten su existencia en grandes hombres y mujeres a los que todo el mundo conoce. A lo largo de las aceras, de los jardines que exploramos cuando necesitamos paz entre tanto ruido, de las habitaciones que van tiñéndose de negro cuando las luces de apagan, existen esas personas anónimas, que pueden ser como tú o como yo, y que deciden un buen día que la realidad no podrá con ellos, que serán sus propios protagonistas de una vida que, infame a veces o caótica otras, ha intentado darles la patada, arruinarles los minutos que ven pasar, acurrucados bajo las sábanas, mientras su cuerpo no tiene fuerzas suficientes para seguir, para caminar, para avanzar entre las arenas movedizas de un mundo que – y esto es importante – desconocemos los motivos que tiene con nosotros.

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Imre: una memoria íntima

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Imre: una memoria íntima, de Edward Prime – Stevenson

imreHablar. Hacerlo desde el corazón, no desde la razón. Nunca. Sacar lo que llevamos dentro y, de alguna manera, exorcizar los fantasmas, los espíritus que como invitados no deseados se fijan en nuestro cuerpo, lo llenan de surcos y anhelos, de deseos y rabia, de pasión y desesperación. El amor, que cuando tiene que ser callado, es una caja que al abrirla hará explotar el mundo. Un sentimiento, dos cuerpos, enamorarse del otro y vivirlo como si fuéramos uno, como si no estuviéramos preparados para lo que está por llegar, con las indecisiones, con el miedo, con la primera vez que conocemos algo semejante. Y el calor, en una mirada, en un gesto de caricia, en un simple abrazo que no encierra sólo camaradería, sino también obsesión. Renacer, cuando ya creíamos que nada importaba, con la vista fija en un punto determinado, en un lunar, quizás en una marca de nacimiento, puede que en todas esas imperfecciones que a nuestros ojos parecen perfectas. Será que amamos, los que creemos que cuando la chispa, el pequeño resorte, lo cambia todo. Será ese placer, el de sentirnos reconocidos, frente a lo que no se dice, frente a la invisibilidad en una sociedad marcada por las etiquetas que surcan las aceras, las carreteras, en las otras épocas en las que los diagnósticos los realizaban personas que no pensaban, que sólo escribían basados en errores, en fuegos fatuos que poco tenían de vida, pero que arruinaban las de aquellos que se veían estigmatizados. Un amor, quizá el más grande, el que se cuela entre los pliegues de la realidad y nos comunica, nos exhorta, nos vuelve valientes para gritar a un mundo que no entiende que, a pesar de todo, la igualdad, el respeto, la necesidad de sentirnos uno cuando somos dos, es algo global, y no sólo territorio de unos pocos.

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Robar en American Apparel

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Robar en American Apparel, de Tao Lin

robar en american apparelCrecer en una generación, vamos a llamarla perdida, tiene sus ventajas aunque yo todavía no he sabido muy bien cuáles son. Si algún día las descubren, llámenme y me lo comentan. El verdadero milagro de esta, nuestra generación, nacida al arrimo de las nuevas tecnologías, es no haberse pegado un tiro mucho antes de lo que parece que viene a ser la realidad más absoluta. Uno se para a ver – y yo lo hago demasiado – lo que el mundo te ofrece y parece como si nadie de los que, siendo hijos y crecidos en una nueva era, esa que se suponía que iban a ser todo facilidades, hayan podido encontrar su sitio o al menos hayan creado para ellos un mundo mucho mejor de la mierda con la que se encontraron allá por los años noventa, cuando todo estaba creciendo, pero en realidad lo único que hacía era crearse más y más porquería. Robar en American Apparel bebe, en cierta forma, de esas fuentes en las que el nihilismo, la apatía y la abulia más exacerbada hizo acto de presencia cuando vimos que todo lo que nos habían vendido no servía para nada. Será que yo, hijo de padres trabajadores y que se tienen que levantar a altas horas de la madrugada para poder llegar a fin de mes, lo veo todo demasiado negro, pero el caso es que la novela de Tao Lin convierte el escenario tan oscuro de la juventud en una novela propia de los tiempos que corren, en una especie de camino empedrado donde las ilusiones no lo son tanto, pero a la vez, el grito que se aloja en la garganta es posible que salga, en un momento determinado, para empezar a abarcarlo todo.

Sam es detenido por robar en American Apparel. Pero esa no es su vida, porque lo que realmente le rodea son un grupo de jóvenes como él que, por desgracia, no encuentran su sitio en ninguna parte.

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Lo que no tiene nombre

lo que no tiene nombre

Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett

lo que no tiene nombre¿Cómo nombrar aquellas cosas que no tienen nombre? ¿Cómo decir, explicar, aquello que te quita el aliento, que te lo corta, que te atraviesa como un puñal pinchando en el hueso? ¿Es posible, con el lenguaje, traspasar el telón del miedo y hacerlo realidad, darle ese halo de verdad, que nunca se ha conseguido? La muerte de un hijo. Lo que no tiene nombre. Las marcas de una vida que se paran, se estancan, pero que siguen con las palabras de una madre que recuerda, que observa las imágenes que su mente va creando, va pasando como diapositivas de un cine antiguo, ya mudo, que no volverá y que no debe permanecer en el olvido. Hablamos, lo hacemos para desahogarnos, para quitarnos la espina que se ha clavado tan hondo, en ese hueco, en el alma que se agarra a nosotros aunque queramos desaparecer. ¿Cómo decir que él, nuestro hijo, ya no está con nosotros? ¿Cómo pensar, en un solo instante, que ese cuerpo que veíamos moverse, que crecía, al que nosotros dimos vida, ha dejado un hueco demasiado hondo como para poder volver a llenarse? No se puede del todo, pero se intenta. Así se hace. Por supervivencia, por puro instinto, por todas esas veces en los que la sombra con guadaña ha venido a hacernos la visita de rigor. Vivir y morir. Dos puntos de una misma línea, uno el que empieza, otro el que termina, o el que deja ese remanente, ese poso que se pierde entre los resquicios del recuerdo. La memoria que no se acaba nunca. El horror de algo que no podemos nombrar, al que todavía hoy, la sociedad, no ha conseguido poner nombre. La historia de un hijo contada por su madre, por ella, no por él, porque hace tiempo que se fue.

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Libros y Novedades 191

Transatlantico

Boletín de novedades. Junio 2014 – 22

La noche soñadaTransatlanticoSeraphim
La noche soñada,
de Màxim Huerta
Transatlántico,
de Colum McCann
Seraphim,
de Mamoru Oshi y Satoshi Kon

Esta semana en Libros y Literatura os traemos tres libros que os harán soñar, que desperatarán vuestras ganas de aventura. Nos os perdáis la selección de novedades editoriales que os hemos preparado.

¡Disfrutad de la lectura!

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Un hombre llamado Ove

un hombre llamado ove

Un hombre llamado Ove, de Fredrik Backman

un hombre llamado ove¿Qué se esconde tras una mirada? ¿Y tras una vida? ¿Conocemos realmente a las personas que nos rodean, a aquellas que juzgamos ya desde la primera impresión? Contemplamos, durante mucho tiempo, a la gente que pasa por nuestra vida pero aun así, me temo, no les conocemos en su totalidad. Un gesto, una palabra, unos ojos tristes, pueden guardar en su interior tantos significados como personas hay en el mundo. El detalle, lo íntimo, es donde se encuentra el verdadero propósito, donde se esconde uno cuando tiene miedo, o cuando, simplemente, se encuentra solo. Todos acabamos influyéndonos los unos a los otros, sólo hay que saber apreciarlo. Esa es la labor, eso es conocer a las personas, eso, entre otras cosas es Un hombre llamado Ove. Cuando cerramos los ojos y pensamos en toda la gente que conocemos, que se cruzan en nuestro camino, es muy difícil que nos paremos a pensar en todo aquello que nos han aportado. Es como si se necesitara su falta para poder comprenderlo. Pero ellos nos tocan, de alguna forma, y convierten la vida en lo que debe ser: un entramado de relaciones, satisfactorias e insatifactorias, en el que perdernos, en el que sentir, en el que, definitivamente, vivir. Porque no hay mayor verdad que el dicho “más vale tarde que nunca” y abrir los ojos, descubrir lo que tenemos enfrente, lo que de verdad es importante, es lo que a la larga nos hace humanos, de otra especie, una en la que una palabra puede significar un mundo, y el mejor de los regalos pueda ser, simplemente, reconocernos en la mirada del otro y saber que, con su falta, habrá un espacio que se quede vacío para siempre.

Ove es un vecino con el que no te gustaría relacionarte. Es gruñón, se queja por todo, y cree firmemente en la disciplina. Pero algo en la vida de Ove está a punto de cambiar y permitirá a todos los que le rodean darse cuenta que sin él, la vida no sería lo mismo.

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Sala de espera

sala de espera

“Sala de espera”, de José Luis Sampedro

sala de espera

Leí La sonrisa etrusca hace bastante ya, pero guardo de ese libro un buen recuerdo. La forma de narrar, la historia que se nos cuenta, los personajes… y, al fin y al cabo,  la vida misma y el paso del tiempo era lo que se nos contaba en él.

No es de extrañar que me quedara con el nombre de Sampedro apuntado en la memoria para seguir leyendo su obra. Tampoco es de extrañar que, con la de lectura atrasada que acumulo, por desgracia no haya sido hasta ahora cuando haya podido volver a encontrarme con este autor en su obra póstuma.

Últimamente le conocí (televisivamente) en su faceta de economista (no en vano, esta era otra de sus ocupaciones y llegó a ser uno de los más respetados de España; prologó el famoso Indignaos así como publicó una decena de libros sobre economía) y se notaba que hablaba con mucho dominio y conocimiento sobre la crisis, el poder, los imbéciles que nos gobiernan, los recortes… Y es más: se le veía sensato, cabal, con la cabeza en su sitio, paciente y desbordante de vitalidad a pesar de su avanzada edad. Sigue leyendo Sala de espera

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La luz de Candela

la luz de candela

La luz de Candela, de Mónica Carrillo

la luz de candelaFui feliz. Lo fui. Como los niños que hacen travesuras. La sonrisa idiota en la boca. La lágrima de felicidad que no quiere salir, que se queda agolpada en la cuenca de los ojos, sonriente también ella, juguetona. Moviéndome por las calles sin verlas, sólo mirando a quien era la persona que yo quería, que incluso adoraba, a la que veneraba olvidándome de mí, sin existir, sin una identidad fijada, sin ser yo porque dejé demasiado espacio para que entrara, para que se convirtiera en esa especie de fantasma que invade los sueños. Hasta de eso se adueñó. De la imaginación que por las noches nos visita. Pero fui feliz, sería absurdo decir lo contrario. Y aquella tarde, cuando el cielo plomizo amenazaba con descargar sobre nosotros, me dijo “creo que lo mejor es dejarlo”, mi tiempo se detuvo en una milésima de segundo, esa milésima de segundo que necesité para que todo se cayera, para que el jarrón se rompiera, para que el agua se filtrase por cada una de las grietas y yo me convirtiera, en una casa londinense, en un niño pequeño que no paraba de llorar. Esa fue mi historia, la que guardo y a veces sigue quemando, poco, pero aun hoy sigo sintiendo que algo queda de aquella brasa que intentó abrasarme vivo. Y he recordado, durante las páginas de La luz de Candela que mirar atrás de poco sirve si no tienes un presente al que anclarte. Yo lo tengo, ya no hay rencores, no hay palabras que decir ni silencios que tragarse. Lo importante sucedió, en ese viaje, en esa casa de ventanas amarillas que, años después, volví a visitar y ante la que no sentí absolutamente nada. Pero la lectura nos hace viajar, a veces a lugares que creías cerrados, y eso no significa que te duela, simplemente te hace darte cuenta de lo vivo que has estado, aunque creyeras que no ibas a superarlo.

Candela ama a Manuel, pero él termina la relación. Será entonces cuando ella desgrane todo lo que él supuso en su vida, las decepciones que la visitaban cada día y cómo un amor tan grande se puede convertir, con el tiempo, en algo tan pequeño. Porque no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.

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Del color de la leche

Del color de la leche

Del color de la leche, de Nell Leyshon

Del color de la lecheLa vida, si se disfruta a sorbos, puede reparar las heridas del pasado. Pero si la disfrutamos de golpe, bebiendo de su jugo como si nos encontráramos en un desierto, sufriremos el colapso que nuestros órganos no están preparados para soportar. A pequeños pasos, mientras crecemos, aprendemos esto a base de golpes, a base de darnos contra paredes imaginarias – otras ya más reales – que construyen un muro a nuestro alrededor que nos protege de lo que viene de fuera, pero también nos impide sacar lo bueno que tenemos. Es la paradoja ante la que nos enfrentamos muchas veces. Salimos y vivimos, o nos aseguramos en nuestro pequeño blindaje. Del color de la leche puede que no sea un muro, pero lo parece, cuando vamos viendo cómo Mary, la joven protagonista, nos narra su vida hasta el final, hasta ese punto que hace que la novela termine, pero que deja el poso necesario para que sepamos que en nuestro pequeño refugio seremos seres inviolables. La realidad, empecinada en entrar por las grietas, hace que los sueños sean sólo eso, sueños, de una forma un tanto gris, casi diría que negra entera, mientras el muro cae, mientras ya todo nos atrapa y nos remueve. Así es como el tiempo, con sus agujas como cuchillos, va pasando y nos damos cuenta de lo perdidos que estamos en un entramado de sensaciones que, al no ser dueños reales de ellas, nos convierte en pequeños títeres, en marionetas manejadas por hilos invisibles, en muñecos de trapo al que ponen voz y dejan en silencio, después, cuando ya han cumplido su papel. Seremos libres, alguna vez, aunque nosotros no seamos conscientes ni tengamos la edad suficiente para verlo. Como Mary, como todos.

Mary es enviada a trabajar a una casa a trabajar como criada, cuidando a la mujer del vicario. Ella tiene el pelo del color de la leche, y es diferente. Aprenderá allí todo lo que le habían impedido: a leer, a escapar de las sombras, a ser alguien importante, aunque junto con las luces venga otro tipo de muerte, que sólo podrá salvarla a través de la escritura.

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Libros y Novedades 189

La sonata del silencio

Boletín de novedades. Mayo 2014 – 20

La sonata del silencioCronica de un vendedor de sangreVivir es facil con los ojos cerrados
La sonata del silencio,
de Paloma Sánchez-Garnica
Crónica de un vendedor de sangre,
de Yu Hua
Vivir es fácil con los ojos cerrados,
de David Trueba

Una semana más, en Libros y Literatura tenemos el gusto de presentaros una selección variada de las novedades del panorama editorial. Esperamos que estos libros despierten vuestra curiosidad.

¡Felices lecturas!

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