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El extranjero

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El extranjero, de Albert Camus

el extranjeroVivir lo cambia todo. Tan pronto como caminas, algo te detiene. En un solo instante estás perdido. Tu rumbo cambia. Ya no eres el mismo. O quizá sí lo eres. Puede que en realidad fueras así siempre. Sólo que la vida te amansó el carácter. La fuerza. Las ganas de combatir. Y caminas por las calles un día tras otro. Sin pensar. Aplicando la máxima de que un día es sólo eso, un día más. Pero algo te cambia. De la noche a la mañana. Como si no pudieras hacer nada por evitarlo. Como si no quisieras hacer nada por evitarlo. Que no es lo mismo. Que todo termina y vuelve a empezar. Convirtiéndote en un extraño. En una imagen que te devuelve un espejo cóncavo. Otra forma de mirar, de vernos, de observarnos. El reflejo de lo que no te imaginaste. Pero en tu casa eres el dueño, y en la calle un simple desconocido. Cambiamos, lo hacemos todo el tiempo. Y contribuimos a crear pequeñas leyendas. Acontecimientos que contaremos más adelante. Cuando ya haya terminado todo, cuando en realidad no merezca demasiado la pena. El tiempo que pasa, las agujas que siguen su curso, el mundo que no espera a nadie. El extranjero que contiene a un hombre, que cambia, que ya no es el mismo, que vaga por las calles, y que es encerrado. La luz y la cierta oscuridad que nos anega, la visión de un cambio, de dos personas dentro de una misma. Un cuerpo dividido, escindido, que nos lleva de la mano a una historia que ya es un clásico. Así es la vida. El cambio, el seguir adelante, el no encontrar el consuelo, o encontrarlo pero rechazarlo.

Un hombre en apariencia normal y corriente comete un crimen. Su proceso judicial nos dará cuenta de lo absurdo de su vida, del sinsentido que la cotidianidad ha gobernado en su existencia.

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Un millón de gotas

un millon de gotas

Un millón de gotas, de Víctor del Árbol

un millon de gotasLa primera gota, que cae del árbol centenario que ha sido testigo de la desgracia. La segunda gota, que acompaña en su baile – frenético, diabólico, enfermo – a la soledad de la primera, convirtiéndose poco a poco en río. La tercera gota que como en un trío macabro lo convierte todo en Historia. La cuarta, que hace resbalar a las anteriores, como una pista de hielo que ha conseguido congelar nuestros propios huesos. La quinta, que junto a la sexta y a la séptima, quiebran la tierra agrietándola para siempre, llegando a la décima, que no alimenta sino que quita el sustento, lo esquilma, lo deja seco, mientras nuestras bocas imploran por beber. Y así, tras el paso lento del tiempo, llegamos a Un millón de gotas que es una novela, que es la novela, que transforma los sueños en ojos abiertos, que inflige su puñal y llega hasta el tuétano, hasta el hueso más duro, arañándolo y convirtiéndolo en el polvo que se llevará un viento huracanado. La mirada que se cierra ante los secretos que aquellas gotas convirtieron en reales, en viles tesoros que salvaguardábamos, o lo intentábamos, creyéndonos seres omnipotentes. Un disparo, en plena noche, que hace girar el mundo. La rueda en la que estamos inmersos, como pequeños roedores asediados por la mano invisible, por el títere que mueve los hilos, por el agua que ya no da la vida sino que la quita. Todo lo que una gota tras otra ha conseguido: contar las vidas que, unidas por un hilo invisible, se vieron sacudidas por el terremoto de lo que no se dijo y de lo que, desgraciadamente, nunca se dirá.

Laura se suicida tras descubrir que la persona que mató a su hijo ha sido asesinado. Su hermano, Gonzalo, empezará entonces a investigar qué fue lo que llevó a su hermana a actuar de esa manera, destapando por el camino una caja mucho peor que la de Pandora, porque junto a sus problemas se unen los de su hermana, sus secretos, la información que nunca debió descubrir y que convertirá su vida en un océano de gotas que, perdidas en los pliegues de la memoria, pugnan por inundar y arrasarlo todo.

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Los cansados

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Los cansados, de Michele Serra

los cansadosLa nueva generación. Que nace, crece y se reproduce. Como todas, como ninguna. Y un nuevo sentimiento, que parece indisoluble. La apatía. Ese cansancio que sabe a derrota, o a simple dejadez, que construye el abismo que existe entre unos y otros, entre los llamados viejos y los jóvenes, entre dos generaciones que están destinadas a no entenderse. Ellos se miran, pero no se reconocen. Se observan, se analizan, pero no logran encontrar un punto en común. La juventud frente a la vejez. La generación perdida frente a las generaciones luchadoras. El “tenerlo todo” frente a “tener por lo que luchar”. Una sensación que parece una tormenta a punto de estallar. Y un desencuentro, una mirada lejana que separa y nunca une. La forma de ver, de escuchar, de tocar. O la falta de ello, que de todo hay. Los cansados puede ser una novela, pero en el fondo va por otros derroteros. Por caminos que son más una radiografía, un estudio pormenorizado de lo que son los jóvenes hoy en día, no todos, afortunadamente, pero sí en general, que es lo que preocupa. Un cansancio que llena los ojos, la piel, y que hace que permanezcan sentado en el sofá, abducidos por la televisión y la música, que amansa y no violenta, que deja los instintos dormidos. Dos imágenes diferentes: la de un padre que lo intenta todo, la de un joven que no intenta nada. Y así una carretera, dos coches en sentido contrario, que en un momento determinado se cruzarán, pero no podrán verse. Porque sólo hay una opción para juntar los destinos: chocar a lo kamikaze. Dos edades que se estudian, pero que no acaban de aprehender los contenidos. Y un sólo presente que se mezcla con un futuro que, no hay que olvidarlo, resulta bastante oscuro.

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El hereje

el hereje

El hereje, de Miguel Delibes

el herejeEsta es la historia de un hombre que se enamoró. Que abrió un libro y se encontró a sí mismo, que intuyó cómo una lágrima era posible que cayera y resbalara por su mejilla, limpiando el hollín del paso del tiempo, y acariciando su boca mientras el sabor salado la llenaba. Esta es, pues, la vida de un hombre que soy yo, pero que no siempre fui, porque antes, cuando El hereje no había llegado a mi vida, los ojos no habían visto lo que hay detrás de esa oscuridad que proporciona la ignorancia, el no conocer los detalles, el no vivir con el placer necesario las vivencias que un libro puede darte. La narración de un caso aparte que abrigó las esperanzas de un final diferente, de una salvación perpetua, de un punto que concluía, pero que te dejaba marcado. Y en aquellos tiempos, cuando la mirada del joven que fui repasó las líneas que componían esta obra, los minutos se detuvieron, las agujas del reloj no hacían su labor, parándose, convirtiéndose en arena que se escurre entre los dedos, como la madera que ahogada por las llamas se desintegra entre el crepitar que anuncia un desastre. Y es que hay libros que están destinados a no morir porque resucitan, devolviendo a la vida a los lectores que los sujetan con la caricia de un amante a punto de enamorarse de alguien que no le corresponderá nunca. Porque los libros son seres libres, que anidan en diferentes personas, pero que tocan la piel de cualquiera. Serán ellos y no yo, ya sea en adulto o en joven, los que nos hagan entender que de una sola palabra, de un solo caracter, es posible morir y vivir, resucitar o permanecer callado, cuando lo más importante que dejan es el silencio que, invariablemente, lo dice todo.

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Tierra

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Tierra, de David Vann

Tierra

“Un hombre que no vive con su familia no puede ser un hombre”. Son palabras de Vito Corleone. Claro que eso depende siempre de la familia. Que es mero azar. Que es otra forma de decir aquello de que “no se puede elegir”. Así que toca lo que toca. Y a veces ocurre que siempre hay algo, siempre alguien, siempre, un tiempo, en que las cosas no encajan como deberían. No sé si sucede en todas las familias, o solo pasa en algunas. Pero lo cierto es que si las piezas no se amoldan, a uno le queda después esa sensación inevitable de andar por el mundo como si estuviera un poco defectuoso. Como si tuviera la necesidad constante de estar explicándose a sí mismo. Porque hacia atrás no hay forma de reconocerse.

Así las cosas, si Don Vito Corleone hubiera leído a David Vann probablemente le hubieran entrado ganas de matarle. Vann no solo es de la opinión de que la familia no es sagrada sino que además considera que es necesario, imprescindible de hecho, abandonarla. Y cuanto más lejos mejor. Claro que el autor norteamericano proviene de un lugar atípico. Cinco suicidios, uno de ellos el de su padre, un asesinato y malos tratos. Material suficiente para escribir una trilogía, compuesta por los ya reseñados, Sukkwan Island y Caribou Island, y para la que Tierra aparentemente pone broche final. Tres títulos que funcionan como novelas independientes unas de otras, que se construyen a base de las diferentes relaciones familiares, todas ellas tortuosas y complejas y de las que es la primera la mejor, probablemente porque acude al centro del dolor, la difícil relación del autor con su progenitor. Sigue leyendo Tierra

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En tiempo de prodigios

en tiempo de prodigios

En tiempo de prodigios, de Marta Rivera de la Cruz

en tiempo de prodigios¿Cuánto necesitamos para rompernos por dentro? Como si fuéramos balsas en un mar de tormenta, nos enfrentamos al día a día, a los pequeños sinsabores, a las desgracias más grandes, con una dosis de valentía que requerirían novelas grandiosas. Pero a veces, cuando el mar azota demasiado, cuando nos zarandea como si fuéramos un trapo viejo, cuando no vemos la salida, nuestro cuerpo se quiebra, se rompe, se hace añicos y las numerosas piezas que saltan, que se convierten en pequeñas miguitas de pan que tener que ir encontrando, se quedan estancadas en el tiempo. En tiempo de prodigios es una vida, una vida que se convierte en libro, o dos vidas que se cruzan y que se salvan una a otra, que se ligan como las salsas caseras, las de una madre a la que guardamos el recuerdo, la voz, todo lo que ella conllevaba. Somos seres afincados en las imágenes, en lo que recordamos y no recordamos, en los vacíos que llenamos con palabras, en un sillón con mantas que nos abriga del frío que hace allí fuera, en la realidad, tan tranquilos nosotros en el mundo del hogar, en la lumbre que calienta pero no ahoga, porque ya lo hace demasiado la vida real, la que se escapa siempre entre los dedos cuando queremos apresarla. Será que vivimos en tiempos revueltos, tanto que, sin pretenderlo, nos vemos hablando, conversando, llenando espacios. Necesitamos parar, observar, contemplar el mundo, y después ser parte de él, de sus elementos, para que no nos convirtamos en nadie. Esa conversación, ese llenar la vida con historias, esas palabras nacidas para ser contadas, son la vida de la que se nutre esta novela, que guardo en el recuerdo, que viaja conmigo desde hace años, a la que visito en numerosas ocasiones para perderme en su texto.

Cecilia se encuentra en un momento de crisis. Su madre ha muerto y ha roto con su pareja. Pero ella, a su vez, es la única que visita a Silvio, el abuelo de su mejor amiga, un hombre con sus luces y sombras y que guarda en su interior una historia que, Cecilia, está a punto de descubrir.

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La casa de los amores imposibles

la casa de los amores imposibles

La casa de los amores imposibles, de Cristina López Barrio

la casa de los amores imposiblesQuise vivir, sentir, siempre lo quise y, en ocasiones, lo conseguí. Así fue como la vida me fue enseñando que mi camino, el que llevaba a algún país imaginario, estaría rodeado de ciertas espinas. Dolores, marcas de la batalla, miedo, y estupor. Y la sorpresa pegada en los labios cuando algo me desestabilizaba, cuando algo conseguía infligirme una pequeña marca, las cicatrices que recorren no el cuerpo, sino el alma. La casa de los amores imposibles fue parte de ese viaje, de esas manchas que a veces no salen, que se quedan en nuestro cuerpo para siempre, como si las tuviéramos de nacimiento, desde siempre, contribuyendo a hacernos como somos realmente, por dentro, nunca por fuera, y zarandeándonos como si fuéramos un avispero. Enumerar la vida, contarla, narrarla, sobrevivir a ello y después hacernos más fuertes, más completos, es una labor que todos debemos provocarnos, que debemos sufrir, sí, sufrir, porque el final, ese camino, recorrido por maldiciones contra las que no tenemos poder alguno, nos llevarán a una meta, a un objetivo, que desconocemos pero que se perfila allá, en el horizonte, como esas montañas escarpadas que parecen inexpugnables, dispuestas a hacernos desfallecer. No sé por qué vivo lo que vivo, ni por qué siento lo que siento, lo que sí sé es que me encuentro en un precipicio, del que salto cada día, y que a mi lado, como los camaradas en las batallas que intentamos ganar a toda costa, se encuentra este libro como fiel consejero de un mundo que, por descontado, no queremos que sea tan real como lo es. Y así yo sigo caminando, acariciando sus páginas, queriendo que no se escape nunca, que no se olvide, hablando de él en aquellos momentos en los que mi cuerpo, derrotado por los avatares del tiempo, me permite hacerlo.

Las Laguna están condenadas a sufrir por el desamor. Así, con esas palabras, es como Clara da a luz a su hija después de que su enamorado la abandone. El desamor será el encargado de unir las vidas en un burdel, mientras la maldición de las Laguna hace mella en los cuerpos que se horadan con el paso de las manecillas del reloj.

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Historia de amor sin título

historia de amor sin titulo

Historia de amor sin título, de Rubén Ochandiano

historia de amor sin tituloImagina. Imagina estar en un pasillo, en uno lo suficientemente largo como para que no aprecies bien el final. Tú quieto, en medio, y la gente pasando a tu lado, caminando desde la entrada a la salida, y así sucesivamente. En esa quietud tú cierras los ojos, y puedes verlo, lo sientes. Observas a la persona que fuiste, a la que no quisiste ser, a la que te dijeron que tenías que ser. Y la gente sigue su curso, pero tú estás parado, como anclado al suelo, a esas baldosas que ahora son la tierra por donde pisas. Abres los ojos y ya no estás en la realidad, es otra cosa, es algo distinto, como una pequeña historia de amor a la que no sabes ponerle nombre ni lugar. Vuelves a cerrar los ojos, fuerte, casi te haces daño, y vuelves a ver a esa persona, al amor que todo lo puede, que te da la vida, que te la quita en un segundo, y al abrir los ojos te das cuenta, lo notas. Nada ha sido real, pero tú lo has vivido como tal. Historia de amor sin título es ese pasillo, es ese recodo donde los sueños corren a esconderse y donde la vida, con todo el puñetazo que puede dar, se muestra tal como es, con sus mentiras y sus verdades, con las palabras que se prestan al silencio, con las puertas abiertas y cerradas de los armarios que guardan los secretos que nunca dijimos. Es una historia de amor, que en realidad no lo es, o que lo es porque nosotros la hemos creado, la hemos pensado, la hemos sentido. Después, cuando abramos los ojos de nuevo, nos daremos cuenta. Lo que vivimos es lo que sentimos. Las emociones son nuestras dueñas y, las palabras, no servirán de nada en un mundo lleno de silencios que lo significan todo.

Mario está ingresado en un psiquiátrico. Berta recibe el encargo de contar su historia. Así, sumando toda la información junto con las entrevistas a los implicados, se irá desgranando una historia de amor que se creó en un cuerpo y que explotó influyendo en todos. ¿Qué es el amor, sino una bomba a punto de estallar?

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Un monstruo viene a verme

un monstruo viene a verme

Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness

un monstruo viene a vermeLos monstruos. Esos eres que se escondían en los armarios y que no te dejaban dormir cuando eras pequeño. Ellos, que con el cuerpo deforme y una voz cavernosa, conseguían hacernos temblar y revisar, cada noche, que todas las puertas estuvieran bien cerradas. Para después, taparnos bien con el edredón pensando que con él nada podría hacernos daño. Ellos y nuestra imaginación, que volaba creando criaturas donde no las había para luchar contra otros monstruos, contra otros miedos, contra otros dolores que, con suaves pinchazos, recorrían nuestra espina dorsal. Así se creaba la infancia, entre esa mezcla de miedo y frenesí que creaban los monstruos. Los adultos tenemos miedo a otro tipo de criaturas, otras que se crean por numerosas razones y que nos paralizan en alguna ocasión. Un monstruo viene a verme es la historia de un niño, pero no es una historia para niños. Paradojas de la literatura que envuelve siempre al lector en una especie de manta refugio, como esas sábanas que nos abrigaban de pequeño cuando un grito sonaba al otro lado de la puerta o cuando alguien se iba, para no volver. Son los miedos los que creaban esos monstruos indecisos, que se acercaban a nuestra cama de puntillas, que creíamos que nos rozaban con las garras que tenían por dedos, pero todo era una ilusión, una especie de sueño, una pesadilla que se acababa al levantarnos. Pero, ¿qué sucede cuando la pesadilla no termina? ¿Qué hacer cuando, al levantarnos, la pesadilla continúa y tenemos que hacerle frente de nuevo? Esa, y no otra, es la pregunta que hoy os hago.

Conor tiene un secreto. Y el monstruo que viene a visitarle cada noche, a las 0:07, lo sabe. Pero hasta que Conor pueda decirlo en voz alta, el monstruo le contará tres historias, tres cuentos que mucho tienen que ver con él. Porque la realidad y la ficción se mezclan, muchas veces, para crear monstruos que somos nosotros mismos.

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Una madre

Una madre

Una madre, de Alejandro Palomas

Una madreQué bien Una madre, Alejandro, qué bien.

Vivimos tiempos que se mueven como serpientes, que se esconden y saltan a la yugular cuando no nos damos cuenta. Y son los golpes, los que retumban en el cuerpo y desmenuzan las partes que nos forman los que nos hacen aprender, los que valoramos pasado el tiempo, los que nos persiguen, en esa carrera contra las manecillas del reloj, como si fuéramos fugitivos escapando, intentando salvarnos a través de las sombras, sin dejar que los claros alberguen un sitio llamado hogar. Nos callamos, en esos silencios eternos, las cosas que tanto importan. Pero qué bien tu libro, Alejandro Palomas, qué bien. Porque es un suspiro, porque es ese susurro que no se lleva el viento, que se queda, permanece, pegado al oído sin abandonarnos, sin dejarnos huérfanos, acompañándonos en un camino lleno de baldosas quebradas, que no llevan a parajes fantásticos, que sólo nos muestran la cruda realidad. Y es ahí, en esas voces bajas, en ese aliento casi respirado en el cuello, que lo roza, donde tu libro se enmarca como una de esas obras de arte que admirados en los pasillos de un museo. Es un descanso, la liberación de una atadura que nos tenía presos del miedo. Es un sonido que nos lleva de la mano por una familia, la familia, que siempre son más que la suma de sus partes, que se convierte en el mundo dentro de otro mucho más grande, en un universo en colisión perpetua, que gira como los planetas, que ejerce su atracción como el sol y que mueve las mareas como la luna. Es, con todo, una novela destinada a cautivar. Qué bien Una madre, Alejandro, qué bien.

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Hijo de Jesús

Hijo de Jesús

Hijo de Jesús, de Denis Johnson

Hijo de Jesús

A veces tengo la sensación de que la vida, mi vida, está siempre en otra parte. Como si las cosas estuvieran sucediendo del otro lado de la ventana, o de la tinta, y yo no les prestara suficiente atención. Suelo ser muy despistada. Me ocurrió también cuando comencé a leer Hijo de Jesús. Yo viajaba en un autobús y afuera, en la carretera, todo parecía una película en blanco y negro. Íbamos todo lo rápido que se podía ir, pero no era lo necesario.

Subí a un avión y más tarde a un tren. Fue una especie de fusión entre letras, tiempo y espacio. Como si ninguna de aquellas cosas existiera. O ninguno de nosotros, al menos, tuviera realmente un sitio al que llegar. Ni las palabras de Denis Johnson ni yo. Como si estuviéramos en medio de la nada. Perdidos. Con todos aquellos lugares y personas extrañas, ficticias y reales, alrededor. En realidad, ahora que lo pienso, dudo que siguiéramos siendo nosotros mismos cuando llegamos. El libro había terminado pero de alguna manera continuaba ahí, en aquel rincón de mi cabeza donde ocurren las cosas que todavía no han pasado.

Tardé un tiempo en entenderlo. No era que sus relatos no fueran a ninguna parte. Era yo, incapaz de alcanzar el lugar a dónde me llevaban. Más rápido o más despacio, pero a otra velocidad. Once historias que contaban las vidas o muertes de los que estuvieron allí, adictos y miserables, de aquel otro lado del mundo donde el suelo es una débil capa de hielo, que se rompe y que resbala, y de la que algunos, los menos, son capaces de volver. Relatos sobre seres defectuosos, alcohólicos, drogadictos y fracasados, que se relacionan entre ellos y nos hablan de la suerte, o del contacto, mientras tratan de encajar y encontrar un hueco o un pozo del que salir. Sigue leyendo Hijo de Jesús

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Libros y Novedades 183

Regreso a tu piel

Boletín de novedades. Abril 2014 – 14

Regreso a tu pielUna madreLaura y el misterio de la isla de las gaviotas
Regreso a tu piel,
de Luz Gabás
Una madre,
de Alejandro Palomas
Laura y el misterio de la isla de las gaviotas,
de J. Holgado y C. Vila

Que disfrutéis de las novedades.

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