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La casa de las bellas durmientes

la casa de las bellas durmientes

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata

la casa de las bellas durmientesTítulo: La casa de las bellas durmientes
Autor: Yasunari Kawabata
Editorial: emecé
Páginas: 112
ISBN: 9788496580794

Que el japonés, y Premio Nobel de Literatura, Yasunari Kawabata, fuera un insomne perpetuo, como cuentan de él, podría haber tenido mucha influencia en esta historia que tan turbadora me ha resultado. Porque si hay temas en la literatura que realmente me generen una gran inquietud son la vejez y la muerte.

Nada había leído de este autor, así que me decido por el que dicen que puede ser su mejor obra pero sobre todo la que constituye el mejor ejemplo de cómo es su conjunto literario.

Aprovecho y tras la lectura del libro me centro un poco en la historia de Yasunari Kawabata que me resulta realmente triste. Nació en Osaka, Japón, el 11 de junio de 1899, pero tras su nacimiento parece que pocas alegrías le deparó la infancia que quedó marcada profundamente por la muerte y la soledad.

Su padre, que era médico, murió de tuberculosis cuando Yasunari tan sólo contaba con dos años. Un año más tarde fallece su madre, poco después su abuela, también falleció su única hermana y finalmente pierde a su abuelo con el que convivía. Es lógico, pues, que todos estos sucesos hicieran del escritor un hombre solitario y melancólico.

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Libros y Novedades 197

monasterio

Boletín de novedades. Julio 2014 – 28

monasterioMañana a las seisLas gafas de la felicidad
Monasterio,
de Eduardo Halfon
Mañana, a las seis,
de Raquel Sánchez Silva
Las gafas de la felicidad,
de Rafael Santandreu

¡Felices lecturas!

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La trabajadora

la trabajadora

La trabajadora, de Elvira Navarro

la trabajadoraLa ciudad fabrica los trastornos. Los amasa, convirtiéndolos en personas de carne y hueso, para después vomitarlos en sus aceras. Son ellos y no otros los que pasan la vida a través de unas gafas contaminadas, a través de un pensamiento fragmentario, de alucinaciones convertidas en monólogos internos y batallas contra enemigos imaginarios. Las ciudades, con sus edificios y su calor asfixiante, crean sudor donde debiera haber tranquilidad, desconfianza donde el sexo debiera ser infinito placer, o simple negación cuando la realidad es tan jodida que es imposible abarcarla con las manos. Y ahí, en un pequeño resquicio entre los pliegues del cuerpo, se esconde La trabajadora para recordarnos que lo que hablamos, lo que hacemos real, puede no serlo pero al menos lo sentimos, como propio, como un incesante lluvia que moja los inviernos y sofoca los veranos, que convierte los trabajos en suicidios colectivos, el arte en un mero pasatiempo para esquizofrénicos, o la vida tras la ventana en una especie de película de terror en la que el resguardo de una habitación sólo permite seguir con el cautiverio. Será la ciudad, o los trastornos, o ambas cosas a la vez, los que conmuevan un corazón que late a otro ritmo, a otra onda, mientras la medicación fluye entre la sangre o llega al cerebro para apagarlo o encenderlo. Será pues, en un simple minuto, una historia de nuestros días que simplemente, y ahí está lo importante de todo esto, se convierte en un disparo que traspasa la sien y nos deja sin el último aliento.

Elisa corrige libros para el mundo editorial. A falta de unos ingresos que le permitan sobrevivir, decide alquilar una habitación en su casa a Susana, a iniciativa de su colega Germán, que la acabará arrastrando por su propio trastorno, haciendo que se difumine la delgada línea que separa la locura de la realidad, si es que alguna vez hubo separación.

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Ciudades de papel

ciudades de papel

Ciudades de papel, de John Green

ciudades de papelCierras los ojos. El mundo pasa a tu alrededor, pero tú no eres consciente. Sientes que los cuerpos van de un lado a otro, pero tus ojos siguen cerrados, sin movimiento, esperando el instante justo en el que abrirlos. Estás quieto, la vida sigue sucediéndose, los ruidos se agolpan en tus oídos, y decides que ya es la hora, que tus ojos deben abrirse y conocer dónde estás, en qué lugar cambió todo, en qué preciso momento cambiaste de piel y ya no eras tú sino otra persona completamente distinta. Y das un paso. Avanzas por un camino que desconoces, que no es el tuyo, rompiendo los lazos que te unían a una cadena demasiado prieta. Das otro paso, tus ojos ya se han acostumbrado a la luz que se cuela por ellos, y te das cuenta de lo que has perdido, pero también de lo que has ganado. Ya no hay retroceso, ya no hay marcha atrás, lo único importante ha sido, es, y será, seguir adelante. Ciudades de papel es ese paso adelante que hace que cambiemos de camino, que variemos nuestro recorrido por las cosas que nos importan, que abramos la puerta – gastada por el tiempo – y salgamos a que la realidad nos golpee de lleno, hasta el mismísimo fondo, mientras los minutos van pasando, mientras los segundos se acumulan y el reloj de arena de nuestra existencia ya no es tiempo perdido sino tiempo ganado, que guardamos en nuestros bolsillos, en las manos, en los pies que caminan y que convierten el paso, por fin, en algo más grande, en una historia de amor, en un momento de búsqueda. Porque lo difícil no es encontrarnos, lo difícil es empezar a buscarnos.

Quentin nunca ha sido el más popular de su instituto, ni siquiera ha conseguido conquistar ningún corazón. Pero el día que Margo Roth Spiegelman entra en su cuarto una noche y le propone un plan que no puede rechazar comenzará a cambiar su vida. Todo se disparará cuando, al día siguiente, Margo desaparezca sin dejar más que un rastro de pista para que, quizás, pueda encontrarla.

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Freddie y yo

freddie y yo

Freddie y yo

freddie y yo

Este cómic, o debería decir este pedazo de cómic (300 paginacas), me ha traído recuerdos e identificarme con algunas de sus viñetas. Aunque su título es Freddie y yo, habría sido más apropiado que fuera Queen y yo.

Como el protagonista del cómic, Queen fue el primer grupo de música de mi vida. Fue en BUP cuando me los descubrieron. Creo que hay, o había, un momento en cualquier persona en el que pasa de no tener preocupación ninguna por la música, a tener una fiebre devoradora de música. Por lo menos ese fue mi caso, a los quince años o así. Como decía, antes de Queen no hubo nada en mi vida. Un buen día me pasaron una cinta, no había aún cedés, y me gustó tanto que pedí más. La putada fue que me hice fan de un grupo cuyo cantante había fallecido recientemente. Aún así seguí acumulando material y recuerdo como una feliz coincidencia que en una clase de inglés nos pusieron de listening The show must go on

No recuerdo cuanto duró mi fiebre Queen, pero fue larga. Después vinieron más grupos, pero Queen siempre tendrá un hueco en la minicadena.  Ahora huyo de los temas más conocidos, que ya me cansan, y disfruto de los primeros discos, de temas como Death on two legs (dedicada a un manager cabrón que tuvieron), ´39, Bring back that Leroy Brown, Tie your mother down, The lap of the gods, Killer Queen, Love of my life… Vamos, lo dicho, los primeros discos, sobre todo el A night at the opera.

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Tempus

Tempus

“Tempus”, de Nerea Riesco

Tempus

El tiempo: ese gran desconocido… De siempre, es más, de toda la vida de Dios, el hombre ha especulado con la posibilidad de viajar en el tiempo. Ya sea al pasado o al futuro tanto escritores como cineastas, científicos, gobiernos…incluso tú mismo que estás leyéndome ahora, lo has pensado. No mientas. Lo has hecho y punto. Y no pasa nada, es lo más normal del mundo (pensarlo, no viajar en el tiempo).

La máquina del tiempo, Regreso a futuro, El experimento Filadelfia (película basada en un hecho real, como se explica en el libro que nos ocupa), Terminator, 12 monos, Los cronocrímenes (estupenda peli española de Vigalondo, por cierto), Peggy Sue se casó, X-Men: días de futuro pasado… y tantas y tantas películas y libros dejan claro que es un tema que siempre da mucho juego. Va en nuestros genes, es algo recurrente con un montón de interrogantes y paradojas y pocas respuestas.

En mi vida he cambiado mucho de opinión al respecto después de pensar en unas y otras opciones (como si yo mismo fuera un físico cuántico), pero es que son interrogantes/curiosidades  que no dejan de ser asombrosos, como la paradoja del abuelo, que os voy a explicar por si no la conocíais y que es muy…paradójica:

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La hierba de las noches

la hierba de las noches

La hierba de las noches, de Patrick Modiano

la hierba de las nochesLa ciudad es un espectro. Las sombras, sus calles empedradas, las luces que al anochecer se abandonan a su suerte, las risas que se encajonan en las gargantas, los callejones – sin salida o con ella – que cortan de raíz la simetría, el cuadrado perfecto, como si fueran cuchillos donde esconder las pasiones, los secretos, los susurros que durante la noche, antes de romper el alba toda la magia, se proclaman acariciando la piel de los mortales que caminamos por ellas, por las calles, por la terrible infamia que supura como una herida que no se ha curado del todo. Y los recuerdos, amables y tiranos, que vagabundean por las orillas del río, por los campanarios de personajes casi mitológicos, son parte de la historia que nos forma, que nos crea por dentro – y por fuera – construyendo edificios, arquitecturas del mal, y palabras que se quedarán en simples silencios años después de haber sido pronunciadas. La hierba de las noches es un misterio, una sombra que se hace más grande a medida que el tiempo pasa y los relojes ya no pueden adueñarse de él. Pero también es una oda, a una ciudad que posee luz pero que inclina sus sombras en los cuerpos de los hombres y mujeres que, buscando su particular nido, consiguen formar novelas propias, cuentos de delirio y amor, intrigas y muertes arrimadas a los árboles que, con sus ramas, parecen abrazar las extremidades ateridas de frío que, en París, en invierno, no consuelan a los amores perdidos, ni siquiera cuando éstos han sido sólo un espejismo. Un espejo del alma, o quizá simplemente el reflejo de nosotros en el que se ve la oscuridad, el negro que guardamos todos, en las vísceras, y que guardamos por miedo a que alguien lo descubra. Una ciudad que abruma y contiene lo peor y lo mejor de aquello que somos.

Jean recuerda su juventud, en la que conoció a Dannie, de la que poco tiempo después supo que no sólo no se llamaba así sino que ni siquiera la conoció. A través de sus notas en su libreta negra como compañía, seremos testigos de esta relación, de los secretos y de cómo París, a pesar de ser la ciudad de la luz, contiene en su interior sombras que nos tragarán por entero.

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Goat Mountain

Goat Mountain

Goat Mountain, de David Vann

Goat Mountain

Ha pasado casi un año desde que leyera por primera vez a David Vann. Por el camino sus tres novelas, Caribou Island, Sukkwan Island y Tierra, en el orden en que las reseñé. Once meses y un broche final en forma de montaña, Goat Mountain. Una especie de anexo a su trilogía, sobre la que el propio autor afirma que “es la novela que quema los restos de lo que le empujó a escribir en primera instancia las historias de su violenta familia“, tema central de todas sus publicaciones.

Sepa el lector que a David Vann no es fácil leerlo. No solo por la forma, la búsqueda en exceso del detalle en esas infinitas, casi siempre poéticas, descripciones de la naturaleza y de los acontecimientos, que hacen su ritmo un tanto pausado, o por sus personajes, con los que no busca su autor que uno empatice, sino también por su contenido, oscuro, retorcido y, en ocasiones, desagradable. Así es Vann. Incómodo y perturbador. A medio camino entre el drama y el terror, en cuanto a capacidad de crear inquietud. Pero además profundamente literario, hermoso en el lenguaje y honesto, de los que se abren las tripas, las sacan y las escriben después sobre un papel. Quizás porque precisamente se encuentre en ese punto de entender que escribir literatura es un acto generoso que a veces tiene que doler. Sigue leyendo Goat Mountain

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Dextrocardíaco

dextrocardiaco

Dextrocardíaco, de Juan Arcones

dextrocardiacoFue una noche como otra cualquiera. De ese tipo en el que todo permanece en su sitio, como parado por el tiempo, y donde nada hace presagiar lo que ocurrirá después. Fueron cinco palabras que surgieron de una garganta que llevaba mucho tiempo en silencio y una mente que llevaba otro tanto pensando. “Creo que tenemos que dejarlo”. Y así se acabó todo. Con unas palabras, que en realidad no significaban nada, y que llevaron a una persona como yo a llorar escondido en un baño, mientras la madrugada hacía acto de presencia y las gotas del rocío empezaban a aparecer allá afuera, tras la ventana, diciéndome al oído que otro día iba a llegar, que nada iba a cambiar, cuando en realidad todo lo había hecho y yo ya no era la persona que había sido cinco minutos antes. El amor, cuando sale por la puerta despavorido, es como una de esas agujas que se clavan rápido, casi sin darte cuenta, pero que llegan al fondo produciéndote el mayor daño que pueden causarte. Y sí, la persona que pronunció esas palabras se llamaba E. – la necesidad del anonimato, de no ahondar en la herida, de no hacer real algo que lo fue demasiado – y, aunque muchos años después, Dextrocardíaco lleva de la mano a este lector por esos derroteros en los que el alma tiembla, el corazón se para, la vida se quiebra, y el amor es una búsqueda constante por las calles de una ciudad que muere de calor y de frío, unas aceras que resquebrajan las plantas de los pies y unos edificios que tapan, con su sombra, las buenas intenciones. Y todo eso en nombre del amor. Qué jodido este invento en el que todos caemos y del que somos incapaces de desentendernos.

Marc conoce a Lucas. Y se enamora. ¿Cómo no hacerlo? Pero Lucas es una persona difícil, tanto como puede serlo la vida. Y así, entre noches alcoholizadas, sexo duro y suave, y mensajes a destiempo, iremos conociendo esta historia de dos que pretenden caminar juntos en un mundo tan revuelto como lo están sus emociones.

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El animal moribundo

el animal moribundo

El animal moribundo, de Philip Roth

el animal moribundoLos argumentos a favor y en contra son lo que componen la historia. O bien impones tus ideas o bien te las imponen. Nos guste o no, esa es la disyuntiva. Siempre hay fuerzas enfrentadas y, por ello, a menos que se tenga un gusto desmesurado por la subordinación, uno siempre está en guerra. 

Así, son esa frase que resume tantas cosas, empecé mi andadura por la obra de Philip Roth. Y puede que no sea lo más interesante que ha escrito este hombre – este gran hombre, me atrevería a decir – pero al fin y al cabo es lo que a mí me motivó en aquel momento subrayar, las pocas veces que lo hago, ese texto y meterme de lleno en la historia. Así que, para un aficionado, para un casi neonato en este tipo de literatura, imaginaos la decepción que fue enterarme de su decisión de dejar de escribir, de no redactar más novelas nacidas desde las vísceras más profundas, llegando incluso a crearnos un malestar que puede sentirse en la garganta y en el paladar. Elegí El animal moribundo por muchos motivos que, siendo sincero, no recuerdo demasiado bien, pero hace poco, en una cena entre amigos, una persona a la que considero especial – por otros motivos – me habló del libro y estuvimos recordándolo, contemplando al abrigo de una copa de vino blanco cómo este autor había cambiado la vida de muchos lectores y se había arrimado la suerte de ser uno de esos escritores que uno espera que saquen otro libro, que nos haga tragarnos las palabras y nos deje mudos, en ese silencio que sólo pueden dejar los que convierten historias en vidas propias, en auténticos lujos en el momento en que libro y lector se hermanan y convierten su relación en única, casi diría que en fiel, uniendo las palabras a la piel de quien las sostiene en sus brazos. El tiempo dijo que este libro significaría algo más. No se equivocó del todo.

Kepesh, reputado crítico cultural, empieza a ver cómo su vida se desmorona cuando Consuelo hace acto de presencia. Una joven de veinticuatro años que le hará descubrir el insondable mundo de los celos y el miedo a perderla. Una caída que verá cómo su mundo no volverá a ser el que era.

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Dexter

Dexter

“Dexter”, de Jeff Lindsay

Dexter

“Esta noche es la noche”. Creo que esa es la frase con la que se abre Dexter, la famosa y ya terminada serie de Showtime. Una frase que se repetirá algunas cuantas veces y que marca el destino de las víctimas de este forense experto en manchas de sangre y asesino en serie a la vez.

No hice mucho caso en el momento de su estreno; por aquel entonces las series no gozaban de tanto prestigio como actualmente ni abundaban tanto ni tenían el nivel de ahora, o a mí no me lo parecía. Y además la política de emisión de series de las cadenas es de autentico asquito… Así que, si no llega a ser porque mi hermano me la recomendó puede que nunca me hubiera tragado, y no lo digo peyorativamente, todas las temporadas ( ocho, que sí, que no deberían haberse alargado tanto, que la última sobraba , pero había que verlas todas, ¿no?). Y se lo agradezco (aunque el final, pufff, no sé yo…) Pero bueno, que en líneas generales no dejó de ser una buena serie.

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La mujer del viajero en el tiempo

la mujer del viajero en el tiempo

La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger

la mujer del viajero en el tiempo¿Es el tiempo nuestro peor enemigo? ¿Son sus agujas las temibles espadas que nos harán pleno en el corazón? ¿Será, por azares del destino, un viaje en el tiempo el indicado para llevarnos a páginas no escritas de nuestra relación? Desde siempre, cuando el amor entra en escena en alguna historia, es como si nos detuviéramos, como si no entendiéramos qué sucede o cómo es posible que nuestro cuerpo siga su camino, reconozcamos al otro, que éste nos reconozca a nosotros, y se forme una historia, la de amor, que trasciende mucho más allá del tiempo y el espacio. Y es, por tanto, mucho más raro encontrar una historia que mezcle amor y ciencia ficción de la forma en la que lo hace La mujer del viajero en el tiempo que, tras años de incertidumbre a la hora de hacer frente a la reseña, hoy me he decidido a traer aquí. No seré yo, por tanto, el que hable desde una objetividad – nunca lo hago – extrema, ya que si este libro ha estado en mi cabeza desde hace tanto tiempo ya os podéis imaginar que algo tuvo que, a años luz de lo que me hizo sentir, sigue perdurando como un poso que no acaba de irse nunca. El tiempo. Ese es el verdadero protagonista de esta historia que, como uno de esos hallazgos que hacemos al abrir un cajón que llevaba cerrado mucho tiempo, nos descubre un amor demasiado grande, tan grande que es casi imposible describirlo, casi ponerlo en palabras, o si quiera plantearlo. ¿Es el tiempo nuestro mayor enemigo?, me preguntaba al principio de esta introducción. En realidad, el tiempo no es nuestro némesis. Los verdaderos enemigos somos nosotros mismos. Eso es lo que he descubierto, eso es lo que he hallado en este camino de saltos temporales.

Henry es bibliotecario y tiene una disfunción genética que le hace viajar involuntariamente en el tiempo. Claire, su mujer, vive su relación como un desafío. Entre ellos se forma esta historia en la que el tiempo, como las brújulas que no funcionan, nos hacen plantearnos dónde estará nuestro norte y cómo es posible que permanezca a nuestro lado.

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