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Cuarentón, de Joe Ollmann

Cuarentón

CuarentónAntes de que todos supiéramos inglés, en España se traducían los títulos de las películas. Los traductores se lo pasaban pipa compitiendo por ver quién se alejaba más del original o, sencillamente, quién era capaz de desvirtuarlo por completo.  Existen incontables ejemplos de ello, pero hoy me basta con citar sólo uno. ¿Os acordáis de aquella gran comedia de Billy Wilder, que inmortalizó la imagen de Marilyn Monroe sobre la salida de ventilación del metro? En español se tituló La tentación vive arriba, porque el personaje de Marilyn vivía encima del señor que se la mira en la famosa foto, y porque además ella era una chica muy tentadora. Todo muy sutil, como veis. Pues bien, en inglés el título era The seven-year itch, que hace referencia a ese picorcillo que, a decir de algunos psicólogos, les entra a los miembros de una pareja tras siete años de relación y que los lleva a tontear fuera de ella.

En lo que a mí respecta, llevo bastante más de siete años casado, y, si alguna vez he sentido ese picorcillo, ya ni me acuerdo. Pero es que tampoco he pasado por esa temida etapa en la que se nos viene encima, como un alud, toda nuestra insignificancia, nuestra flacidez, nuestra alopecia, nuestros cartuchos mojados y nuestras frustraciones. Me refiero, naturalmente, a la crisis de los cuarenta.

No puede decirse lo mismo de John, el amargado protagonista de esta estupenda y cruelmente divertida Cuarentón, de Joe Ollmann. John, casado con una mujer mucho más joven que él, padre, con su primera mujer, de dos hijas mayores de edad y, con la segunda, de un bebé, y encargado oficial de limpiar la mierda de los gatos que sus hijas dejaron al emanciparse, está hasta los mismísimos. Pero a diferencia de otras historias sobre víctimas de esta crisis, las causas de la amargura de John hay que buscarlas dentro de él mismo, y no en quienes le rodean. Su caso, pues, se parece más al de Sherman, el vecino de Marilyn, que al de Lester, de American beauty. Su matrimonio es feliz, como el mismo John reconoce, y su mujer es tan comprensiva con él que probablemente le perdonaría… pero no revelemos demasiado.

La otra parte de la historia es la que nos cuenta las desventuras de Sherri, una aspirante a rockera a quien la industria musical no le permite más que dedicarse a las canciones infantiles. A través de las canciones de Sherri, que encandilan al bebé de nuestro héroe, John conoce y se encapricha de la cantante hasta la obsesión. Y empieza entonces la operación Sherri, a la que John se lanza con esa sensación en el estómago que sólo un cuarentón puede tener: estoy a punto de cometer una locura, soy consciente de ello y me lanzo sin paracaídas.

El personaje de Sherri es una gran creación que introduce en la novela el elemento redentor. Sherri emana bondad y comprensión, y a veces su sola presencia basta para ayudar a quienes la rodean, que, por supuesto, no dudan en aprovecharse de ella. La aparición de Sherri en la vida de John promete sacarlo de esa rutina de pañales y oficina, que lo tiene encerrado en esas nueve viñetas tan regulares y constantes como las barras de una celda.

Las vidas de John y Sherri continúan cada una por su lado, una, cuesta abajo, otra, atascada, hasta que al final se produce el encuentro. Naturalmente, no os voy a contar qué sucede a continuación, pero, comparando el comportamiento de John en ese momento con el de servidor hace treinta años, se me ocurre que quizá el cuarentonismo no sea una cuestión de edad, sino una característica personal más.

En definitiva, grandes perdedores en una gran novela, divertida y amarga, que algunos leerán con la sonrisa congelada.

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Cuentos de Navidad para todo el año, de Luis del Val y Tíndaro del Val

cuentos de navidad para todo el año

cuentos de navidad para todo el añoNo le hagáis caso al título de la sobrecubierta de este libro. Bueno, solo a medias. Quedaos con eso de «Cuentos… para todo el año» y olvidaos de la «Navidad». Y no es porque yo sea una aguafiestas con espíritu navideño cero, ni porque solo dos de las veinticinco historias estén centradas en esta, la época más mágica del año. Lo digo, simplemente, porque en la tapa dura, esa que se esconde bajo la sobrecubierta, pone Cuentos, nada más. Así se llama el libro, y supongo que rebautizarlo como Cuentos de Navidad para todo el año y colarle unas guirnaldas al lado es una mera cuestión de márquetin, que no estoy segura de si le viene bien. Al menos yo no me hubiera interesado en este libro por culpa de ese título. Si me dispuse a leerlo fue porque su sinopsis me llamó la atención: «… este libro nos lleva por historias tan asombrosas como un atraco protagonizado por ladrones de tiempo, un individuo que decide hacer su vida en el cuarto de baño, un profesor universitario que pierde una palabra en una conferencia y no es capaz de encontrarla o la historia de una pareja absolutamente feliz». Descabelladas premisas en las que los elementos fantásticos o surrealistas trastocan la cotidianidad, y finales que les dan un giro de tuerca más: a veces, conmovedores; otras, cíclicos; casi siempre, irónicos.

Lo que más me ha gustado de estas pequeñas historias ha sido su capacidad sorpresiva. Tras los primeros cuentos y sus giros argumentales imprevistos, me puse en alerta, en busca del nuevo requiebro de los autores que me dejara con una sonrisa al acabar el cuento. Es cierto que en algunas ocasiones los vi venir, ya nos íbamos conociendo, pero aun así disfrute de sus planteamientos originales y de su formidable equilibrio entre fantasía y realidad.

Ni siquiera se nota que la mayoría de estos cuentos están escritos a cuatro manos, tal es la simbiosis entre padre e hijo: Tíndaro y Luis del Val. La pequeña plumilla que indica en el texto el salto de un autor a otro es la única evidencia del cambio de autoría. Si fuera yo quien dictaminara el vencedor de este particular reto literario, quedarían en tablas, ya que me es imposible decidirme por padre o hijo. Lo que tengo claro es que somos los lectores los que ganamos al disfrutar de sus mutuos desafíos para alcanzar el «más difícil todavía» literario. No dudo que ambos se lo habrán pasado en grande escribiendo estos cuentos, y eso traspasa la página.

A Tíndaro y Luis del Val les gusta jugar con las palabras, convertir la cotidianidad en sucesos extraordinarios. Crean universos paralelos, en los que la realidad permanece agazapada, rendida ante lo absurdo de los acontecimientos; pero que, cuando decide manifestarse, nos deja sin palabras. Veinticinco historias donde nada es seguro hasta la última línea. Cuentos para leer en Navidad o, mejor, todo el año. Porque no solo en diciembre deberíamos estar dispuestos a creer que todo es posible.

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Cómo explicar física cuántica con un gato zombi, de Big Van, científicos sobre ruedas

como explicar fisica cuantica con un gato zombi

como explicar fisica cuantica con un gato zombi¿Sabrías explicarme física cuántica con un gato zombi? ¿No? Ya, es que la física cuántica en muy complicada. ¡Ah! ¿Que lo dices porque no tienes un gato zombi? Yo tampoco, la verdad. Tendremos que recurrir entonces a Big van, científicos sobre ruedas, un grupo de monologuistas científicos, casi todos ellos doctores e investigadores en activo de diferentes áreas del conocimiento, como matemáticas, química, física o biología. Acaban de publicar un libro para demostrar que hasta la ciencia más compleja se puede explicar de manera sencilla ¡y divertida! Solo necesitan dos adolescentes curiosos, un científico loco y, por supuesto, un gato zombi o, al menos, uno que lo parezca.

Cuando Ada y Max llegan a casa de su abuela para pasar las vacaciones, conocen a su nueva mascota: una gata con una cicatriz sobre el ojo derecho y un bocao en la oreja izquierda, llamada Mórtimer. Un día, la gata se cuela en la casa del vecino científico, en mitad de uno de sus experimentos. Ada sospecha que Mórtimer se ha convertido en una gata zombi y cuántica y, a partir de ahí, empieza a leer sobre esta rama de la física para respaldar su loca teoría. Max también se interesa por esta ciencia —para tener argumentos con los que llevar la contraria a su prima, básicamente— y Sigma está encantado de explicar todos sus conocimientos cuánticos y aclararles las dudas.

Con esta historia como hilo conductor, los chicos de Big Van explican, de forma didáctica y desenfadada, conceptos tan complejos como el principio de incertidumbre, el efecto túnel, la acción fantasmal a distancia o la paradoja del gato de Schrödinger. Lo mismo te retransmiten un partido de fútbol entre continuistas y atomistas, que te hacen unos test para saber si sufres de superposición o de entrelazamiento. Todo ello aderezado con curiosidades sobre científicos, sus teorías y los últimos descubrimientos en física cuántica, con alusiones a la cultura popular de los adolescentes para conectar con ellos. Por eso, Cómo explicar física cuántica con un gato zombi es un libro ideal para motivar a los más jóvenes a interesarse por la ciencia y, sobre todo, por esta rama que causa tanto respeto por ser el súmmum de lo incomprensible.

La física cuántica estudia fenómenos a escalas atómicas, donde las leyes de la mecánica clásica dejan de cumplirse, de ahí que sus posibilidades nos parezcan ciencia ficción: ¿el teletransporte es real?; ¿el hierro se puede convertir en oro?; la antimateria, esa partícula con un poder destructivo mil veces mayor que la más potente bomba nuclear, ¿puede salvarnos la vida? Gracias a las conversaciones de Ada, Max y Sigma encontraremos respuestas a estas cuestiones y, lo más importante, descubriremos si realmente Mórtimer es dual, se superpone y se teletransporta. O quizá acabemos con más dudas que antes. Y es que con la física cuántica nunca se sabe. Lo único que está fuera de toda duda es que Cómo explicar física cuántica con un gato zombi es una lectura divertida e instructiva, que demuestra que la física cuántica es apasionante.

Quedan muchas cosas por explicar de nuestro universo, así que espero que Big van, científicos sobre ruedas, sigan viajando por España y publicando libros como este para hacernos reír con la ciencia. Parecía imposible, como explicar física cuántica con un gato zombi, pero ellos lo han conseguido.

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Assassination Classroom 15, de Yusei Matsui

assassination classroom 15

assassination classroom 15«¡El sonido de los disparos retumba en el aula a primera hora de la mañana! La clase de 3º-E de la escuela secundaria Kunugigaoka es un aula de asesinato en la que todos los alumnos intentan matar a su profesor. ¡Empieza una peculiar dinámica diaria entre profesor y alumnos, que son víctima y asesinos en potencia respectivamente!».

Las premisas de los mangas suelen plantear dilemas morales muy atrayentes. Por eso, cuando leí la sinopsis de Assassination Classroom, de Yusei Matsui, no me fijé en nada más y me lancé a leerlo. Entonces me percaté del número 15 que acompaña al título y me di cuenta de que me había perdido demasiados capítulos de esta historia. Obviamente, me temí lo peor. Pero la presentación de personajes, el breve resumen inicial y los continuos recordatorios de acontecimientos anteriores han hecho posible que me ubicara en la trama y disfrutara de este volumen en solitario, aunque haya comenzado la lectura en un punto avanzado de la historia. Queda claro que, un tiempo atrás, un monstruo destrozó la Luna y, después de anunciar que dentro de un año haría lo mismo con la Tierra, se convirtió en el tutor de la clase 3º-E, donde acaban todos los alumnos que se portan mal, despreciados por el resto de la escuela. En el volumen 15 están a mitad de curso y este peculiar profesor ya ha salido airoso de más de una tentativa de asesinato. Los alumnos, muy aplicados, no dejan de intentarlo, por supuesto.

Es inquietante que tu tutor sea un monstruo que amenaza con destruir el mundo. Que el objetivo de la asignatura sea matarlo, también, y más aún cuando su nombre, Korosensei, significa «profesor imposible de matar». Pero el colmo es su ¿simpático? aspecto, su amabilidad y su perenne sonrisa.

korosensei

«Uno: Tratad de matarme de modo que os puedan mirar con orgullo y una sonrisa en el rostro.
Dos: Aceptaré cualquier intento de asesinato en cualquier momento, siempre y cuando eso no suponga un obstáculo a vuestros estudios.
Tres: No haré ningún daño a los alumnos que traten de matarme. Más bien me encargaré de que no se oxiden los cuchillos».

Según Korosensei, no los está enseñando a matar, sino a vivir. Tanto él como el director y los alumnos dejan algunas reflexiones sobre los ideales educativos y la muerte, y ahondan en esa dualidad de la moral de la que hablaba al principio. Su lectura, al igual que la de otros títulos manga, te deja con la sensación de no saber diferenciar el bien del mal.

En el volumen número 15 de Assassination Classroom se desvelan algunos secretos que sorprenderán a los que siguen este manga desde el principio, y estarán un poco más cerca de saber el verdadero motivo por el que hay que matar al encantador Korosensei antes de que finalice el plazo de un año. A los lectores despistados como yo, les plantea las suficientes preguntas para que se interesen por esta colección y quieran descubrirla desde el principio. Son 21 volúmenes (si no me equivoco) y además hay película, anime y videojuego inspirados en ellos. Así que, después de todo, no he llegado tarde: me queda mucho por descubrir de Assassination Classroom y su desconcertante protagonista.

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El tiempo entre suturas, de Enfermera Saturada

El tiempo entre suturas

El tiempo entre suturasTengo que decir que, aunque soy joven todavía, he pasado más tiempo del que me gustaría en un hospital. Recuerdo cuando tenía unos trece años y me tuve que enfrentar a mi primera resonancia. Ya de por sí, los hospitales nunca me habían hecho gracia, pero pensar que iba a tener que introducirme dentro de una urna durante un largo rato, ya era el colmo. Pero tenía que hacerlo, sí o sí. Llegué al hospital —aunque con lo que me temblaban las piernas, aún no sé cómo— y una enfermera me dio un montón de papeles que tenía que firmar antes de meterme en aquel cacharro. Empecé a echarle un ojo a los papeles por encima y casi me da un patatús allí mismo. Dentro de esa cosa podía pasarme de todo. ¡Podía morir! Y esa señora con bata impecable pretendía que yo firmara para que, en caso de ocurrirme algo, la responsabilidad únicamente fuera mía. Mi madre, que ya había pasado por unas cuantas operaciones en su vida (incluyendo una muy seria cuando le dio un derrame cerebral con apenas dieciocho años), me dijo que era mejor que no siguiera leyendo. Había que hacerse esa prueba de todas todas, así que leer aquel tocho solo iba a servirme para martirizarme y ponerme más nerviosa. Le eché valor, firmé y me dirigí a aquella urna que más parecía un aparato salido de Expediente X. Y la enfermera que iba a supervisar que todo saliera correctamente (sin muertes de por medio), me dio un consejo: tú piensa en Chase, el médico buenorro que sale en House. Uno de los consejos más sabios que me han dado en la vida.

Y es que ser enfermera tiene que ser muy difícil. Yo me la imagino mirándome y pensando “será tonta, si es una prueba de nada. Anda que si le tocara pisar un quirófano…” Pero es que ellas tienen que entender que los pacientes no estamos hechos de la misma pasta que las enfermeras. Hablando por mí, yo soy una cagona. Me da miedo que me pinchen, que me exploren, que me hagan pruebas, que comprueben si algo me duele cuando ya les he dicho mil veces que me duele horrores. Y tener que lidiar con eso a todas horas, tiene que ser agotador. Por eso no me extraña que Satu, o Enfermera Saturada si queremos usar su nombre completo, se haya dedicado a compartir con el resto de humanos las peripecias por las que tiene que pasar una enfermera a diario.

Primero vio la luz La vida es suero, donde conocimos a Satu, una enfermera de pueblo que había decido mudarse a Madrid y que tendría que descubrir cómo sobrevivir lejos de la familia y cerca del metro y sus peligrosas puertas que se cierran sin más. La vida siguió y Satu sacó su segundo libro, El tiempo entre suturas y, por último, recientemente ha publicado una nueva historia, Las uvis de la ira. Podría haber empezado por el primero, siguiendo un orden lógico, pero a veces no soy mucho de seguir las reglas y me decanté por el segundo libro para conocer a Satu. Ahora, que ya me he adentrado en su mundo, creo que tendré que leer sus otras dos historias para terminar de conocerla.

El tiempo entre suturas es un libro divertido, no solo dirigido a las personas que comparten el gremio de la enfermería, sino que también lo puede leer cualquiera que haya sufrido en un hospital. Sí es cierto que usa un lenguaje bastante técnico con el que yo —que vengo de la rama jurídica— no estoy muy familiarizada; aunque he de decir que gracias a Anatomía de Grey sé lo que es un desfibrilador, aunque en toda las series de médicos lo usen siempre mal. Aun así, yo me he divertido muchísimo leyendo este libro, que está compuesto de pequeños capítulos que hacen que se lea en una tarde. Además, el prólogo de Luis Piedrahita ya nos adelanta lo que nos podemos esperar al leer las aventuras de Satu. Es un libro donde el humor negro se deja ver en cada frase. Si no eres amigo de la ironía y del sarcasmo, este no es tu libro. Pero en mi caso, que soy fan incondicional del humor negro, he disfrutado como una enana. Ahora, cuando vaya a un hospital no podré evitar clasificar a las enfermeras según el baremo que Satu nos ofrece en su libro. Y desearé con todas mis fuerzas que no me toque la pirolítica, esa que está quemadísima por los recortes o por el inútil del médico de guardia que le ha tocado. Aunque no sé, quizá siga el consejo que me dio aquella enfermera y, en vez de clasificarlas y amargarme pensando en que me van a pinchar y a dejarme como un colador, me dedique a soñar con Chase.

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Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), de Liz Pichon

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)Tengo un morro que me lo piso. Si queréis saber por qué, seguid leyendo. De momento, para empezar, quiero expresar la envidia que me dan mis hijos, que tienen a su alcance lecturas tan divertidas como toda la serie de Tom Gates, un pequeño fenómeno editorial que lleva años arrasando en el Reino Unido, tanto en ventas como en crítica, y que aquí también está conquistando a todo lectorcito que se le acerca.

Será que la memoria me traiciona, o que mis padres no tenían buen ojo, pero yo juraría que, cuando era niño, no había libros como éste, al que, creedme, pocos chavales de entre 7 a 12 años se pueden resistir. Servidor era más que feliz con sus Astérix, sus Mortadelo y sus Clásicos ilustrados, pero las lecturas más densas (entiéndase, sin viñetas) acababan irremisiblemente acumulando polvo en las estanterías. Eran esos libros que me regalaban y que, decían, me iban a encantar, esos clásicos que encandilaron a papás y abuelos. Lo hubieran hecho, sin duda, eso de encandilarme, pero para ello antes debería haberme aficionado a la palabra desviñetada con un personaje como este pillo llamado Tom Gates, que nos habla de algo tan sencillo como la vida normal de un niño normal en un colegio normal. No hay fantasmas, piratas, misterios ni magia. Sólo las trastadas de un niño que se pasa las clases dibujando garabatos; sus horas libres, intentando que su grupo de música no desafine hasta niveles insoportables, y que, los lunes, de vuelta al cole sin los deberes hechos, se ve obligado a inventar las más fantásticas excusas.

Algo parecido a lo que he hecho yo (de ahí lo del morro que decía al principio), que he pedido a mis hijos, de 10 y 12 años, que me escriban la reseña. Yo estaba demasiado ocupado haciendo… No, sí que la había escrito, pero vino un alien, me ató las manos, me torturó haciéndome cosquillas y se llevó el ordenador. De verdad. Así que he tenido que pedir ayuda.

Dice mi hija:

“El señor Fullerman da regalitos el último día del trimestre, y Tom consigue… ¡un taco enorme de adhesivos! Pensaréis que es el peor regalo del mundo, pero Tom ha descubierto una cosa muy interesante que puede hacer con ellos.

“Tom se va a un campamento con sus padres, su hermana Delia (por desgracia), y también viene un personaje nuevo: Avril, la amiga de Delia. Tom se encuentra con Amy (compañera del cole) y espera que ella no le diga a nadie lo que ha visto hacer a Tom. En el campamento está lloviendo toooodo el rato y Tom se inventa muchos juegos interesantes para hacer.

“La mejor parte es cuando Tom, su padre, su madre, Delia y Avril se creen que están en el campamento de verdad, pero no, están en un campamento abandonado, por eso caen gotas del techo todo el rato”.

Todo ello, y esto lo digo yo, acompañado de unas ilustraciones  sencillísimas, casi de palo, pero al mismo tiempo sutiles (la autora, Liz Pichon, es ilustradora profesional) y francamente divertidas. De hecho, el diseño y las ilustraciones han sido lo que mi hijo mayor ha encontrado absolutamente irresistible. En sus propias palabras:

“En este libro, Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), hay muchísimas páginas para hacer dibujos y garabatos como Tom, por ejemplo:

Aprender a dibujar a Marcus (el nene repelente).

Tus propias excusas parano hacer los deberes.

Garabatofrutas.

Garabatopajitas

Lo que puedes ver por un catalejo…

En fin, creo que ni yo mismo lo hubiera dicho mejor. Mis hijos, incluida la pequeña, de 7 años, son fanáticos de la serie, y este volumen, me dicen, está a la altura de los mejores. Yo lo he leído, de verdad, pero el alien que me robó el ordenador también me borró la memoria.

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La Esposa joven, de Alessandro Baricco

la esposa joven

la esposa jovenAlessandro Baricco.

¿He de decir algo más para que desees leer La Esposa joven?

¿¡Sí!?

Eso es porque no has leído antes a Baricco. Quien lee Seda queda fascinado para siempre, leyendo un libro tras otro, a la espera de hallar en otros autores la belleza y la lucidez que irradia Alessandro Baricco en cada frase. Y no es que yo sucumba con tanta facilidad a las artes de un diestro escritor, es que con Tierras de cristal me cautivó más si cabe. La conexión fue total. ¿Has sentido alguna vez que un escritor había escrito exactamente la historia que querías leer? ¿Has sentido alguna vez que esa era la historia que tú hubieras deseado escribir? Pues eso es lo que me pasa con Baricco.

Cuando vi La Esposa joven ni siquiera leí la sinopsis, algo impropio de mí. ¿Qué más me da de qué fuera? ¿Una joven de dieciocho años, la Esposa joven, llega a la casa de sus futuros suegros y se queda a vivir allí, a la espera de que regrese de su viaje el Hijo, con el que se casará? Pues bien, esa es la premisa, la excusa. No importa lo que pase desde ese momento hasta el final, solo quiero disfrutar de Baricco, palabra por palabra, de su humor desbordado de melancolía.

Los mundos de Baricco son inescrutables, con sus propias y extravagantes reglas. Aquí se teme a la noche, la infelicidad no es bienvenida porque es una pérdida de tiempo y tampoco se puede leer, pues es un paliativo de la vida innecesario. Los desayunos son actos ceremoniosos que duran horas, el Tío se pasa el día durmiendo, sin que eso le impida realizar sus labores e intervenir en las conversaciones cuando es necesaria su excepcional lucidez, y Modesto, el mayordomo, ha perfeccionado la tos como sutil código de comunicación y advertencia. Personajes que recuerdan a la literatura sudamericana, otra de mis grandes debilidades, donde los puntuales actos fuera de lo común se convierten en formas de vida.

El Padre, la Madre, la Hija; aquí nadie de la Familia tiene nombre, igual que hiciera Saramago en Ensayo sobre la ceguera. Y esa no es la única similitud que he encontrado con mi otro autor fetiche, pues los diálogos se suceden sin raya que los señalen, ni acotación que aclare quién parlamenta, aunque sin llegar al extremo de unirlos en una línea continua, recurso característico del nobel portugués. Y es que cuando la narración está en manos de genios, como lo son Baricco y Saramago, no se precisan etiquetas que concreten y limiten (los suyos son arquetipos universales) ni de líneas que guíen al lector (sus voces son siempre inconfundibles).

Por si esto fuera poco, Baricco también se permite un juego metaliterario, donde el narrador tiene su propia historia y se entromete en la acción de los protagonistas siempre que quiere, alterando las voces narrativas a su antojo, y reconociéndolo abiertamente, a sabiendas de que provoca quebraderos de cabeza al lector. Y tanto en la trama como en la subtrama: sexo, recurrente y obsesivo. Porque en La Esposa joven todo pasa a través de los cuerpos: conocer o desconocer el mundo y a las personas; amarrarse a la vida o abstraerse de ella.

La Esposa joven ha sido mi regreso a Baricco. En este libro he reconocido sus habituales personajes —extrañamente iguales, totalmente distintos—, esos que viven atados a sus pasiones y habitan un mundo entre lo real y lo onírico. Quizá sea porque todas las historias no son más que una, a fin de cuentas, y este escritor italiano sabe que el único gesto exacto es la repetición.

Seda, Tierras de Cristal o La Esposa joven.

Pero Baricco.

Siempre Alessando Baricco.

¿Hace falta algo más?

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Idiocracia, de Ramón de España

Idiocracia

IdiocraciaNunca te fíes de Filmaffinity cuando te apetezca ver una película de humor. Este consejo no os salvará la vida, pero puede que os permita descubrir más de una gran película de un género en el que más de uno sólo se atreve a puntuar del siete para abajo. Si me hubiese fiado de la valoración media que los usuarios de esta página le daban a Idiocracia, seguramente nunca la hubiese visto. Pero su argumento, sencillo y directo, hizo que me animase a ver por primera vez la que hoy es una de mis películas favoritas. Y su coincidencia en el título —de ninguna manera casual— fue lo que hizo que me atreviera a leer este ensayo de Ramón de España.

Si la película americana es una distopía que profetiza que dentro de quinientos años el mundo se habrá vuelto un lugar poblado de estúpidos y en el que reine el caos, el autor barcelonés parte de una premisa mucho más cercana y empírica: que en los últimos treinta años el proceso de idiotización que ha sufrido la sociedad española ha sido mayúsculo.

A partir de esa hipótesis, Ramón de España hace un repaso de la historia más reciente del país, desde la transición hasta la actualidad, en el que no deja títere con cabeza. Más que un ensayo, este libro constituye un desahogo monumental, en el que el autor parece haber obviado cualquier filtro de lo políticamente correcto en favor de soltar todo el rencor que había ido guardando en su interior a causa, fundamentalmente, de cómo se ha construido España ya con un sistema democrático de por medio.

De España es especialmente crítico y agresivo con el independentismo catalán, al que ya dedicó dos libros en su día, bajo los títulos de El manicomio catalán y El derecho a delirar —creo que no es necesario explicar su posición ante este fenómeno—. Pero lo cierto es que fustiga a granel, sin importarle demasiado las ideas o los orígenes de cada uno. Bien es cierto que muestra algo más de manga ancha con la derecha, aunque argumenta que es porque de ésta nunca ha esperado nada, motivo por el cuál vacía su cargador de mala frente a los partidos y las personalidades considerados progresistas.

No es un trabajo excesivamente intelectual ni lo pretende; el lenguaje bascula entre lo coloquial y lo vulgar y la mayoría de las ideas que se exponen ya están bastante trilladas, sobre todo si eres una persona interesada en la actualidad política nacional. Eso no evita que muchas de esas reflexiones sean muy dignas de tener en cuenta; destacaría su oposición al exceso de corrección al que se ha llevado en los últimos años al lenguaje, así como la defensa a ultranza que hace de la cultura. Pero para mí, sin duda, la mayor de las virtudes de Idiocracia es la forma en que su autor consigue que, independientemente de tu posición con respecto a sus opiniones, desees seguir leyéndolas. Las comparaciones son odiosas, pero me ha ocurrido algo parecido, salvando las distancias, a lo que me pasa con Jiménez Losantos: no me gusta lo que dice, pero no puedo evitar que me apasione cómo lo dice.

Da igual cuales sean tus ideas políticas, religiosas, morales o sexuales: es casi seguro que Ramón de España se ha metido contigo en su último libro. Eso sí, también es muy probable que disfrutes leyendo la forma en la que carga contra todo bicho viviente en sus páginas, aparentemente con el propósito de advertir hacia donde cree que se dirige nuestra sociedad. Y si el futuro se parece al de la película, sólo espero que no me pase como al protagonista y que no me congelen para verlo.

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El libro de Mr. Wonderfuck, de Pedro Ample

El libro de Mr. Wonderfuck

El libro de Mr. WonderfuckTodavía es un poco pronto para que haya una posición común en torno al tema y más en un mundo en el que todo es tan intenso como fugaz, pero confío en que dentro de unos años habrá unanimidad acerca del daño que Paulo Coelho ha hecho a la humanidad. Está claro que antes de que él y su Alquimista se posasen sobre las manos de todo hijo de vecino ya existía un importante número de orgullosos defensores del ejército del buenrrollismo y del ‘serás lo que quieras ser’, pero él fue el artífice de que mucha gente, en apariencia cabal, se llegase a creer que era posible hacer desaparecer todos sus males simplemente a base de estirar la sonrisa hasta límites dañinos para la salud y de que sus tazas, agendas y estuches dijeran por ellos lo convencidos que estaban de que podían convertir el mundo en un lugar maravilloso.

Por eso muchos recibimos con especial entusiasmo la creación de Mr. Wonderfuck, una página de Facebook que utilizó las mismas armas que sus enemigos, los dibujos simplones y coloridos, para contraatacar con mensajes corrosivos e incluso dolorosos para el orgullo, pero mucho más reales. El libro de Mr. Wonderfuck, publicado por Plaza & Janés, es una recopilación de buena parte de estas ilustraciones; ordenadas en ocho capítulos, cada uno bajo un título más motivador que el anterior, constituyen en su conjunto un auténtico manual de antiayuda.

El desprecio de Pedro Ample, director creativo de profesión, por los mensajes vacíos y atontadores que pueblan las redes sociales desde casi sus orígenes se palpa en cada uno de sus dibujos. Fue eso lo que le llevó a comienzos de 2013 a dibujar la icónica caca rosa de la marca en una servilleta y publicarla en Facebook bajo el texto «2013 va a ser una gran mierda». Y es que la escatología es uno de los platos fuertes del humor que podemos encontrar en sus páginas, así como los juegos de palabras efectistas y, sobre todo, la facilidad para poner al descubierto esa cutrez tan inherente al ser humano que tantos otros tratan de ocultar bajo filtros de Instagram y fragmentos de novelas de Federico Moccia.

A la hora de recomendar este libro se abre un interesante debate que llevo manteniendo desde hace bastante tiempo, tanto interna como socialmente, en torno a la forma en la que uno se enfrenta al día a día. Hay gente que de verdad necesita que algo o alguien, desde su novio a la canción más empalagosa de Alex Ubago, esté a su lado en los malos momentos, que le apoye y que no le deje caer en una nueva sobredosis de Häagen-Dazs. Otros, entre los cuales me incluyo, preferimos enfrentarnos a los problemas cuando vienen, no tanto por valentía como por ir haciendo callo para que las siguientes veces el golpe sea menos doloroso. Si estas entre los últimos estoy seguro de que vas a disfrutar con las decenas de situaciones cotidianas que Ample ha recogido con toda la mala baba del mundo. Si, en cambio, eres más de los primeros, estate tranquilo: el universo está conspirando para ayudarte a conseguir un cerebro pronto.

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Johnny Roqueta: 1982-1985, de Rafael Vaquer y Joan Tharrats

johnny roqueta: 1982-1985

johnny roqueta: 1982-1985Si mi memoria no me engaña fue durante un verano, cuando yo todavía no había alcanzado la adolescencia, cuando los cómics de corte adulto abordaron, de forma arrolladora, mi vida de lector. Mis primos tenían un puñado de revistas antiguas y amablemente me invitaron a meter la nariz entre sus páginas. Me sentí como si estuviera en un buffet libre destinado al entretenimiento. Creepy, una revista especializada en reunir lo mejor en historietas de terror, fue una de ellas. La otra, que aún hoy en día sigue publicándose, fue: El Jueves. Mientras que con Creepy hice un espeluznante recorrido que me llevó del terror más visceral al más sutil y clásico, con El Jueves descubrí el humor irónico, la sátira política y los chistes subiditos de tono. Creo que he salido bastante bien después de todo. Pero me centraré en ésta última revista, pues aquel revelador verano, tras hojear varios números, enseguida quedé prendado de tres historietas: Pedro Pico y Pico Vena, Makinavaja y, por supuesto, Johnny Roqueta.

Johnny Roqueta lo tenía todo para que llamara mi atención: un tío más chulo que un ocho que hablaba siempre vacilándole a la gente (jerga de rockero, ¿okay?), con un tupé de construcción impecable que coronaba su cabeza y con la exagerada elegancia de vestir siempre (incluso en verano y con cuarenta grados a la sombra) una chaqueta de cuero que le sentaba como un guante y unas camperas que lograban que pareciera un cowboy de ciudad. Por si esto fuera poco Johnny Roqueta, y como buen rockero, se paseaba por las viñetas tarareando o escuchando lo mejores temas de rock; música que justamente hacía poco que, en forma de cassettes, había empezado a ocupar gran parte de mis estanterías. La única pega de las historias de Johnny Roqueta era que se acababan. ¡Nos ha jodío! Apenas dos páginas, tres a lo sumo, sobre las aventuras de un rockero que ocupaba su tiempo fumando porros, trabajando un poco (cachondeo asegurado con Johnny ejerciendo de canguro), escuchando buena música y metiéndose en tánganas en las que estaban involucrados heavys , punks o cualquiera que hiciera un comentario negativo sobre Elvis Presley. Si es que se lo buscaban. Pero la época de esperar una semana para disfrutar de unas páginas más de mi cómic favorito ya pasó, de hecho, y durante lo que me pareció una eternidad, Johnny desapareció dejando el panorama comiquero español falto de música, buenas motos y birras… Hasta ahora, pues Johnny ha vuelto para rocanrolear y enseñarnos dónde empezó todo.

Y vuelve gracias a Dolmen Editorial que, dentro de su colección ¡Por fin es viernes!, ha publicado en una edición muy cuidada, el álbum Johnny Roqueta: 1982-1985. En dicha recopilación, y como bien puede deducirse del título, se recoge todo y de forma cronológica lo que, primero en solitario Rafael Vaquer y luego junto a Joan Tharrats, se publicó durante esos años sobre el personaje. El álbum abre con una introducción del propio Vaquer en el que además de explicarnos los entresijos del personaje, rememora alguna que otra anécdota. Y de aquí hasta la página 160 encontraremos Johnny Roqueta en estado puro. Desde los inicios del personaje (difícilmente reconocible y con un dibujo más elemental) hasta, tras pasar por una visible evolución, llegar al Johnny que siempre lleva gafas Ray-Ban Aviator (probablemente de imitación o robadas), jeans ajustados, pulsera de pinchos y espesas patillas de rockabilly. Sin duda rasgos distintivos que lo hacen inimitable. ¡Ojo! Toda historieta tiene además un pequeño anunciado a pie de página en el que se nos hace saber el año y el número de la revista El Jueves en la que apareció la historieta. Todo muy bien ordenadito, como debe ser. Por cierto, el álbum además recoge un inédito, alguna curiosidad, una caricatura de los autores realizada por Vizcarra y un puñado de páginas a todo color.

Con este Johnny Roqueta: 1982-1985, los que tuvimos la oportunidad de conocer al personaje tendremos la sensación de reencontrarnos con un viejo amigo, los que no lo conocen descubrirán al rockero más gamberro, carismático y divertido que ha parido el cómic patrio. Aun así, he de reconocer que al principio tenía un poco de miedo. ¿Estoy viviendo de nostalgia? ¿He encumbrado un personaje que ahora no estará a la altura? No sería la primera vez que me pasa. Ni de coña. Johnny Roqueta sigue (y a falta de un calificativo más culto) molando. Su pandilla sigue siendo esa que nos gustaría tener a todos. Y sus peripecias, de dudosa moralidad y de clara ilegalidad, siguen consiguiendo arrancar sonoras carcajadas, además de hacerte soltar algún que otro: “¡qué bruto!”, “¡están colgaos!” o “¡coño, eso también lo he hecho yo!”. Porque, seamos sinceros, aunque lo relatado en Johnny Roqueta podría haber pasado de moda, no lo ha hecho. Las pintas no son las mismas, pero el contexto sigue encajando: chavales intentando sacar rendimiento a un trabajo basura, ahorrando unas pelillas al colarse en el tren, robando saleros (o media cubertería) en el bar o pasando el tiempo haciendo lo que más les gusta, como escuchar música, presumir de sus cacharros, ligarse a todo lo que se mueve o bailar hasta que el cuerpo aguante.

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Copygirl, de Anna Mitchael y Michelle Sassa

Copygirl

CopygirlHay dos tipos de personas: las que siguen al rebaño y las que crean sus propias normas. Kay lo ha tenido siempre muy claro y sabe que ella pertenece al grupo número dos. Aunque eso, en Nueva York, ciudad de los estereotipos y de los rebaños por excelencia, donde la gente se muere por ser como la persona que tiene al lado, intentar crear tus propias normas es bastante traumático y agotador. Kay es publicista. Bueno, casi. Es una copygirl, una especie de becaria que tiene que hacer malabares con su tiempo para poder cumplir con todo lo que su jefe le pide. Para colmo, está enamorada de su compañero de trabajo. Aunque sabe de sobra que este parece sentirse más atraído por las infinitas piernas de otra publicista. Una publicista de verdad. No como ella. Ella se tiene que quedar por las noches intentando crear un logo adecuado para una comida de gatos. Mientras que la de las piernas infinitas recorre todos los bares de Manhattan recopilando contactos para la empresa.

Me imagino que será una cuestión de publicidad el hecho de que este libro se venda como una fusión entre Mad men y El diablo se viste de Prada. Comparar una historia con la famosísima comedia protagonizada por Anne Hathaway es muy peligroso. Para mí, Miranda Priestly, a la que da vida Meryl Streep (aquí introduzco una grandísima reverencia) es la peor jefa con la que uno se podía topar. ¿Tu jefe es odioso? PUES MIRANDA LO ES EL DOBLE. Por eso al leer Copygirl, lo he hecho con pies de plomo, intentando en la medida de lo posible no comparar ambas historias. Está claro que El diablo viste de Prada fue una gran novedad en nuestras vidas y que, llevada a la gran pantalla, se ha convertido en la obra de referencia cuando pensamos en un becario. Por eso mi consejo es el siguiente: no busques una Miranda en esta historia, pues no la vas a encontrar. No las compares. Piensa únicamente en Kay y en su desastrosa vida. Así disfrutarás el triple de este libro de Anna Mitchael y Michelle Sassa.

Dejando de lado las comparaciones y concluyendo con que estas son tremendamente odiosas, tengo que decir que con Copygirl me he desternillado de risa. Kay es una chica con la que me he identificado mucho: una veinteañera que parece no encajar en ningún sitio. Pero si algo bueno tenemos las dos es que somos conscientes de ello y nos encanta. A Kay le gusta ser diferente, tener aficiones que parece que su entorno no comparte, ir al trabajo a trabajar y no a lucir sus Jimmy Choo de último modelo con los que se podrían pagar varias letras de una hipoteca. Le gusta quedarse en casa. Y le gusta hacer muñecas de cera (vale, esa es una afición que se sale de mis gustos. Aunque todavía no sé qué me parece, si fascinante o aterradora). Esas muñecas de cera van a ser testigos de su nueva vida, ya que un día, borracha y muy cabreada, decide grabar un video a una de sus ellas. En ese video se desahoga de todas esas preocupaciones que le han estado persiguiendo durante semanas. Se libera poniendo a caldo a su jefe, a su compañera la de las piernas infinitas a la que parece hacerle gracia el chico de sus sueños, a sus padres que tanto se alegran por los logros de sus hermanos pero no por los de ella… en fin, dice todo lo que nunca se atreve a decir. Os podéis imaginar el lío que se monta cuando su mejor amiga, con la que comparte este video, decide subirlo a las redes sociales…

Habréis podido comprobar por mis otras reseñas que me gustan los libros en los que la protagonista es un poco descarriada y que aboga por defender sus ideales. Creo que eso es lo que ahora necesitamos: que nos enseñen a que lo más valioso que tenemos es nuestra personalidad y que es algo que debemos mantener pase lo que pase. No podemos dejar de ser nosotros mismos para intentar “encajar”. No podemos ir con una máscara para, simplemente, agradar a alguien que no es como nosotros. No sé, quizá sea porque a mí siempre me han enseñado a que da igual si a alguien no le gusto como soy. Ya encontraré a alguien que sí que lo sepa apreciar. Por eso, os animo a que dejéis las máscaras en casa y que aprendáis a no seguir al rebaño. Y si es de la mano de Kay, muchísimo mejor.

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Las uvis de la ira, de Enfermera Saturada

las uvis de la ira

las uvis de la iraPrimero fue La vida es suero y después llegó El tiempo entre suturas. Yo no sé a vosotros, pero a mí con esos títulos ya me tienen ganada. Por eso, cuando he visto que se publicaba Las uvis de la ira no he podido resistirme a conocer las aventuras de Enfermera Saturada.

¿Y quién es Enfermera Saturada? Pues Satu, una gallega treintañera que trabaja como eventual en el sistema sanitario público, a la que también conocen como «la mujer de la bolsa de empleo» y que, de tanto saltar de oposición en oposición y de planta en planta, ha desarrollado personalidad múltiple y muchísimo sentido del humor. Aunque, en realidad, es el álter ego de Héctor Castiñeira, un enfermero que se ha servido de este personaje de ficción para narrar su día a día en el hospital y sus reflexiones sobre la precariedad de su situación y de su ámbito laboral, así como sus pensamientos sobre la vida misma. Comenzó autopublicando La vida es suero en 2013, que llegó a ser el libro más vendido de aquellas navidades, para un año después fichar por Plaza & Janés. Las uvis de la ira es su tercer libro, y es evidente que habrá muchos más. Enfermera Saturada tiene algo especial que conecta con la gente, sean del gremio sanitario o no, porque es real, como esa amiga que te cuenta sus avatares diarios, riéndose por no llorar.

Porque ¿quién no tiene un familiar o un amigo que trabaja (o intenta trabajar) en el ámbito sanitario? Yo tengo algunas amigas y conocidos enfermeros y, al leer las anécdotas de Enfermera Saturada, ha sido irremediable que los tuviera presentes todo el tiempo, recordando las historias que me han contado, algunas totalmente surrealistas que no desentonarían en absoluto en estos libros. Y es que los hospitales son microuniversos que dan muchísimo de sí.

Las uvis de la ira es un libro de humor, El club de la comedia edición sanitaria, que a simple vista parecen anécdotas bien hilvanadas sobre pacientes, supervisoras, compañeras, médicos y monitores que se rebelan, con las que es fácil conectar y echarse unas risas, pero que a la vez son una reflexión y crítica sobre el estado actual de la sanidad pública española, las condiciones laborales (igualmente malas) de los profesionales de enfermería que emigran a otros países o la menoscabada atención primaria.

Es evidente que si se pertenece al gremio sanitario se disfruta más de la lectura, porque mientras a mí los chistes sobre amoxicilina y el ácido clavulánico me dejan con cara de lela, a mis amigas enfermeras les provocan carcajadas. Pero, incluso así, recomiendo los libros de Enfermera Saturada a cualquier persona que quiera pasar un buen rato, ya que además le servirán para descubrir la complicada situación de este gremio y para aprender cosas, como que ese palito de madera con el que el pediatra nos miraba la garganta se llama depresor de lengua (hay que ver qué nombre tan complicado para algo tan sencillo).

Héctor Castiñeira nos demuestra que la mejor forma de afrontar el dolor es con una sonrisa. Y como me temo que vamos a necesitar una buena dosis de sonrisas para hacer frente a la sanidad de los próximos años, os animo a leer Las uvis de la ira. Quizá así, la próxima vez que tengáis que visitar un hospital, entendáis por qué hay tanta enfermera saturada.

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