
Ya lo cantaba Marlo Brando en ese éxito chanante convertido con justicia en un clásico y en múltiples versiones de tonos de llamada para el móvil. No podemos permitir que determinados insultos desaparezcan de la calle, de nuestras vidas…: “Mequetrefe, payasa, botarate, tontaca, gilipipas… No, no, no. ¡Hay que decir hijo de puta, niños, hijo de puta! ¡Hay que decirlo más! ¡Siempre hijo de puta! Por su sonoridad, por ser el alfa y el omega de la vulgaridad. Gilipollas es más coloquial y cabronazo no está nada mal, pero hijo de puta es un concepto mucho más global. Para saludar, cuando te devuelven el cambio mal y para faltar”.
Y es que insultar es fácil y todo el mundo puede hacerlo, pero si hablamos de insultar bien, con clase, con ingenio la cosa cambia bastante. Pero, ¿realmente hace falta insultar bien? Según la cita de Sánchez Ferlosio con la que se abre Insultario sí, ya que el insulto es una forma de la diplomacia que puede resolver por la palabra lo que podría llevar a guerras. Y además, conviene recordar que el insulto debe cultivarse con el mismo cuidado con el que se trabajan las enemistades.
Insultar bien o mal, lo cierto es que todos lo hemos hecho, lo hacemos y seguiremos haciéndolo bien verbalmente, bien pensando y guardando para nosotros en nuestra cabeza, sin dejar que salga a la luz por evitar males mayores, aquello que tan bien quedaría en los oídos del destinatario de turno.
Pues lo que tenemos aquí es una colección bastante abultada, a pesar del reducido tamaño del libro, aunque en un formato preciosista, de ultrajes y vituperios varios que podríamos usar en nuestro día a día con aquellos seres que lo merezcan.
Y como lo mejor en estos casos es poner ejemplos, ahí van unos pocos:
Eres una persona encantadora, pero te fallan dos cosas: el cuerpo y la personalidad.
No aguanto un minuto calentando la leche en el microondas y te voy a aguantar a ti, subnormal. Anda, tira, bébete dos chupitos más y di adiós a tu dignidad.
No obstante, no todo son insultos y ya. Hay también una larga serie de amorosos deseos al prójimo:
Te daría de hostias de dos en dos hasta que fueran impares
Felicitarte la Navidad no, pero una corona de espinas sí te ponía
No digo que sea precisamente hoy, pero en cuanto puedas vete a la mierda.
Ojalá te salga un pene en la uña
Ojalá te levantes a las cinco a coger olivas, trabajes sin descanso hasta las once y cuando abras el almuerzo sea tofu.
A ver cuándo quedamos para que me surja algo de última hora y no poder ir.
También alguna cita bíblica que no llegó a nosotros hasta hoy y que se han podido recuperar:
–Entonces Jesús, viendo como soltaban a Barrabás, dijo: “Me vais a comer la polla, hijos de puta. Apúntame eso, Lucas” (Lucas, “Borradores”).
Y algunas cuantas afirmaciones filosóficas:
Una cosa te digo, se puede tener razón y ser gilipollas a la vez.
Es lo que tiene la droga, empiezas a coger la bicicleta para ir a pillar y te metes en el mundo del ciclismo.
Como decía, todo esto no es más que una muestra breve de lo que podemos encontrar en esta suerte de “manual de autodefensa ante las ofensas cotidianas”. Porque ya está bien de tragar. Que ningún improperio que se nos haga quede sin respuesta y mejor si nuestra respuesta es de esas en las que quien nos ha ofendido tiene que pensar dos veces lo que le decimos.
Insultario es un libro que debería permanecer en nuestra mesilla como un libro de consulta en el que marcar los insultos que más nos hayan gustado, para acudir a ellos cuando los necesitemos y hacerlos nuestros poco a poco, con el uso y el día a día. Su lectura nos sacará más de una sonrisa y estaremos deseando tener la oportunidad de que nos insulten para contraatacar con lo aprendido.
Pepitas de calabaza ha editado un libro ameno, revisable y divertido, con una edición cuidada en todos sus detalles e ilustrado por Carmelo Bayo.
Se rumorea que lo próximo de estos dos autores riojanos, uno albañil y otro no, será un “Piropario”. Habrá que estar al tanto.

Pero, ¿otra novela de vampiros? ¿Otra más? Pues no, cabronazos, no es otra novela de vampiros. Es otra BUENA novela de vampiros, que no es lo mismo, que ya hay pocas y es algo cada vez más difícil de conseguir en un género en el que todo parece ya trillado, regurgitado y defecado y eso sin hablar de esos otros productos, por llamarlos de alguna forma, en los que se trata a tan ilustre y longeva criatura como a un ser fosforescente románticoñoñesco y sensible solo apto para ser consumido por adolescentes mojabragas. ¡Ea!
Es difícil, al menos para mí, pensar en el papel de la mujer en España a principios del siglo XX. Meternos por un momento en sus cabezas, para saber lo que tenían que sentir cuando les enseñaban desde su niñez que su único objetivo en la vida sería casarse. Vivir únicamente para cuidar a su marido y hacerle feliz, sin poder trabajar ni realizarse profesionalmente. Pero me pregunto si ellas mismas se preguntaban acerca de su propia felicidad. Me imagino que sí, ¿pero creéis que lo expresaban abiertamente? ¿Pensáis que la sociedad les permitía opinar por sí mismas y elegir quiénes querían ser?
Tengo muchos recuerdos de mi infancia. Quizás demasiados. Recuerdo detalles, conversaciones, incluso olores de algún momento que me marcó. Pero lo que más retengo en mi memoria son las sensaciones. Una de las más bonitas era llegar a mi pueblo, en Cantabria, cada uno de agosto. Después de haber pasado todo el año en Madrid y un mes en Castellón con mi abuela paterna, llegaba mi mes favorito del año.
Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Van Gogh, Rembrandt, Monet, Picasso… Los nombres propios de la Historia del Arte se escriben en género masculino. Si le preguntamos a cualquier persona de a pie el nombre de alguna pintora famosa, lo más probable es que no sepa decir ninguno. Y es que, parece que las mujeres empezaron a pintar hace dos días. ¿Antes? Su papel se limitaba al de musas o modelos en las obras de los grandes pintores masculinos que todos conocemos. Las mujeres no empiezan a formar parte y ser reconocidas de manera oficial en el mundo del arte hasta el siglo XIX, en el que algunos autores como Monet o Manet, las aceptan como pupilas en sus talleres de arte, y empiezan a sonar nombres como el de Berthe Morisot. Anteriormente, las autoras dependían del beneplácito de los hombres para darse a conocer y su única opción era ser hijas o esposas de un pintor o un académico. No obstante, aún hoy, las mujeres siguen siendo las grandes ausentes de los libros de texto de la Historia del Arte y, si salen, es en un capítulo que agrupa los nombres más importantes, pero no figuran como nombres propios al igual que los hombres en los capítulos dedicados a cada siglo o movimiento artístico.
Hace unos días recibí un correo a través de Change.org de Juan Carlos Quer, padre de una joven que fue asesinada hace poco más de un año. En él me pedía mi firma para que no se derogase la prisión permanente revisable. Sentí no poder apoyarle con esta causa, pero esta pena me ha parecido muy peligrosa desde un principio, ya que abre un precedente en nuestro país para negar la posibilidad de reinserción. Sin embargo, hay casos en los que, por la crueldad e inhumanidad con la que están ejecutados, resulta muy difícil creer que el ser que está detrás de ellos es recuperable. Y después de leer Mindhunter, uno pierde la esperanza más aún.
Si alguien nos preguntara cuál fue el mayor desastre del siglo XX, la mayoría pensaríamos en la Segunda Guerra Mundial, por el número de muertes, o en el 
Conectar con un libro desde la primera página es una experiencia que pocas veces se da. Y a mí me ha pasado con Las madres negras, de 
Si comenzase la reseña haciéndoles un esbozo del contenido del libro probablemente no le haría justicia, incluso es posible que les resultase una idea un tanto macabra. Así que antes de hacerlo les transmitiré mis sensaciones con Refugio, que le hacen más. Es un libro profundamente conmovedor, sincero, desgarrador y valiente. Se trata de un diario, el que escribe la autora en un momento de su vida en que siente que su mundo se desmorona y lo siente porque efectivamente es así. Su vida familiar sufre serios reveses en forma de enfermedad: su madre, sus abuelas y seis de sus tías se han sometido a mastectomías y siete de ellas han fallecido por el cáncer. Constituyen lo que ella llama el clan de las mujeres con un solo pecho. Pero el diario se centra fundamentalmente en la enfermedad de su madre, o por ser preciso se centra en su madre, que es mucho más que su enfermedad. Y debo decir que si el libro es tan deslumbrante como es se debe a que se trata de una mujer sencillamente extraordinaria, al igual que su abuela.


Hace unos días fui a ver la exposición sobre Austwitch que se ha instalado temporalmente en Madrid. Salí, como casi todos los que la visitan, profundamente tocado de la sala de exposiciones unas cuantas horas más tarde. Posiblemente sea una de las experiencias que más me han impresionado en meses y, sin embargo, no se debió a los objetos que se exponían en el recinto; fueron los testimonios de aquellos que sobrevivieron