
Tengo un pequeño problema con ciertos libros, sobre todo novelas, que crece a lo largo de los años y las lecturas de una manera uniformemente acelerada. En principio debería gustarme un libro que me hace disfrutar, que me distrae, que me lleva de la mano por un camino tranquilo, llano, de andar fácil, disfrutón. Pero ya digo, hay algo ahí dentro, como una solitaria que estuviera alimentándose de mis lecturas y fuera creciendo poco a poco y fuera consumiéndome poco a poco, que me avisa de que libros de ese tipo en realidad no me acaban de gustar. Pienso mucho en esto y cada vez estoy más convencido de que lo que me pasa es que necesito que algo desentone en el libro, que algo me haga pensar, debatir con el autor o autora aunque sepa que no me contestará más que con las palabra escritas previamente en el papel (que muchas veces ya es suficiente). Creo que necesito que el libro que esté leyendo me haga parar un momento y ponerme a pensar en qué le diría al autor o autora (en este caso autora) sobre lo que ha escrito, qué puntos le rebatiría, en qué no estoy de acuerdo. Eso puede provocar a cualquier lector un sentimiento de pesar hacia su lectura, no sé, pero a mí no. Cada vez estoy más convencido de que si me pasa eso significa que el libro me ha gustado. ¿Y por qué suelto este rollo? Pues porque es lo que me ha pasado con Contra la lectura, de Mikita Brottman, publicado por Blackie Books.
Contra la lectura es un desenfadado ensayo que, a pesar de lo que dice el título, desprende por todos lados amor hacia los libros. Mikita Brottman lo escribe desde su faceta como lectora obsesiva en la infancia, adolescencia y posterior adultez. Con una vida dedicada al libro, Brottman se imprime en poco más de 150 páginas para defender lo que te cambia un libro. Pero eso sí, con avisos, con pequeños peajes que siente que debe explicar.
Siempre he sido de la idea futbolística de que una buena defensa empieza en el ataque y por eso creo que entiendo tan bien lo que ha querido hacer Brottman aquí. También he tenido siempre la condición de poco mesiánico, de poco sacralizar lo que no tiene por qué ser sagrado. Los libros tampoco. Tengo claro que sin ellos no sería lo que ahora soy, pero también que sin tantas cosas que me rodean tampoco lo sería. Defiende la autora que uno de los problemas de leer obsesivamente cuando eres muy joven es que te sobrevuela el peligro de que te enamores de la realidad que te ofrece el libro y que esto te haga querer apartarte de la realidad de fuera. Cree Brottman que por eso debería haber un control sobre los libros que leen los más pequeños. Aunque ella no lo tuvo. Este es un punto que yo le rebatiría.
Pero también habla de muchas otras cosas: de cuánto se parece la lectura a la masturbación, de cómo alguien puede perder la cabeza por los libros (casos concretos), de cómo leer puede convertirse en moda, en tendencia, en marketing. De por qué leer no te convierte intrínsicamente en buena persona (Hitler era un gran lector), de cuánto duele involucrarte tanto en la vida del personaje que acabas creyéndote él y al terminar el libro no eres nadie, de todos los tipos de lectores y lecturas que hay.
En definitiva, Contra la lectura es un libro bastante recomendable, sobre todo si te gusta/encanta leer. Porque te sentirás identificado, porque serás esa persona de la que ella se ríe, alaba o entiende, porque verás que eres el motivo de que alguien esté escribiendo un libro para ti. Si en tu infancia estabas pegado a un libro y te molestaba que te llamarán para la cena, si has pensado más de una vez en el ojalá de irte a vivir a determinado libro, si te has sentido alguna vez personaje de tu novela favorita, creo que deberías darle una oportunidad a este libro. «No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”. Hacedlo simplemente porque no podéis evitarlo».

No hace mucho, os hablé de 
Leer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
Tengo una amiga que estaba muy enamorada. Conoció a un chico en una discoteca, una noche cualquiera. Entre copa y copa empezaron a descubrir un poco más el uno del otro; se gustaron. Volvieron a quedar, una y otra vez. Hasta convertirse en pareja y llegar a vivir juntos. Él era el chico perfecto: con una carrera envidiable, un trabajo que le encantaba y por el que le pagaban un muy buen sueldo. Además, era guapísimo, tenía un físico espectacular y unos genes que eran la envidia de todas las futuras mamás. Lo tenía absolutamente todo.
Ella entra. Sobre fondo negro, un foco ilumina un piano situado a la derecha; en el lado opuesto, un robusto escritorio de madera, y sobre él, una lámpara de estudio con su bombilla encendida, varias hojas llenas de anotaciones y algunos viejos libros con la encuadernación desgastada. Ella, apoyada en la silla junto al escritorio, mira al público. Lleva un vestido verde y camisa blanca y sostiene un bolso de piel en su mano derecha. Habla:




“Hora de despertar, Adam. Supongo que te preguntarás dónde estás. Te diré dónde puede ser. Quizás estés en la habitación en la que vas a morir”. Estas NO son frases que leeremos en este libro. Estas son las primeras frases que John Kramer pronunciará en la primera entrega de la famosa saga de películas de goreterror, (si es que existe esa denominación para el género) Saw, que, digan lo que digan a mí me siguen divirtiendo aunque creo que me he perdido alguna.
A veces me pasa. Veo un libro y sé que tengo que leerlo. No sé muy bien por qué. Ni siquiera me importa leer la sinopsis o saber de qué trata. Simplemente, es como si el libro me llamara a mí directamente y lo tuviera que leer, sin elección. No me pasa normalmente, claro. Soy bastante rigurosa con mis lecturas y escojo muy a fondo lo que quiero leer en cada momento. Tengo una lista repleta de lecturas pendientes que acaban ahí por recomendaciones o porque la sinopsis me ha llamado muchísimo. También tengo autores predilectos que hacen que lea cualquier cosa que escriban o editoriales que sé que son una apuesta segura. Pero hay ciertos momentos en los que, sin motivo alguno, se me antoja un libro porque sí.
La antropología es esa ciencia que pone al ser humano bajo una lupa para estudiarlo de forma completa. No solo analiza su origen a nivel biológico, sino que también investiga minuciosamente su desarrollo como especie. Indagar en la cultura, en la lengua o en las diferentes conductas sociales nos ayuda a entender mejor por qué estamos donde estamos y por qué otras sociedades se quedaron por el camino.
“¿Puedes contarme algo que te haya hecho crecer?”.
La tierra tira, ¿no os pasa? Sin ser yo nada patriota ni tener mis raíces demasiado ancladas en ninguna parte, es cierto que, de algún modo, una se siente de aquí. Y cuando digo aquí me refiero a Extremadura. Por algo he pasado la mayor parte de mi vida en esta preciosa tierra y por algo tengo un montón de sentimientos encontrados para con ella. Es normal. En las relaciones largas pasan estas cosas: uno pasa del amor al odio sin apenas darse cuenta. Pero también es cierto que en ese odio hay cariño. ¿Vosotros me entendéis? Porque creo que ya me estoy yendo por las ramas, discúlpenme.