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Contra la lectura, de Mikita Brottman

Contra la lectura

Contra la lecturaTengo un pequeño problema con ciertos libros, sobre todo novelas, que crece a lo largo de los años y las lecturas de una manera uniformemente acelerada. En principio debería gustarme un libro que me hace disfrutar, que me distrae, que me lleva de la mano por un camino tranquilo, llano, de andar fácil, disfrutón. Pero ya digo, hay algo ahí dentro, como una solitaria que estuviera alimentándose de mis lecturas y fuera creciendo poco a poco y fuera consumiéndome poco a poco, que me avisa de que libros de ese tipo en realidad no me acaban de gustar. Pienso mucho en esto y cada vez estoy más convencido de que lo que me pasa es que necesito que algo desentone en el libro, que algo me haga pensar, debatir con el autor o autora aunque sepa que no me contestará más que con las palabra escritas previamente en el papel (que muchas veces ya es suficiente). Creo que necesito que el libro que esté leyendo me haga parar un momento y ponerme a pensar en qué le diría al autor o autora (en este caso autora) sobre lo que ha escrito, qué puntos le rebatiría, en qué no estoy de acuerdo. Eso puede provocar a cualquier lector un sentimiento de pesar hacia su lectura, no sé, pero a mí no. Cada vez estoy más convencido de que si me pasa eso significa que el libro me ha gustado. ¿Y por qué suelto este rollo? Pues porque es lo que me ha pasado con Contra la lectura, de Mikita Brottman, publicado por Blackie Books.

Contra la lectura es un desenfadado ensayo que, a pesar de lo que dice el título, desprende por todos lados amor hacia los libros. Mikita Brottman lo escribe desde su faceta como lectora obsesiva en la infancia, adolescencia y posterior adultez. Con una vida dedicada al libro, Brottman se imprime en poco más de 150 páginas para defender lo que te cambia un libro. Pero eso sí, con avisos, con pequeños peajes que siente que debe explicar.

Siempre he sido de la idea futbolística de que una buena defensa empieza en el ataque y por eso creo que entiendo tan bien lo que ha querido hacer Brottman aquí. También he tenido siempre la condición de poco mesiánico, de poco sacralizar lo que no tiene por qué ser sagrado. Los libros tampoco. Tengo claro que sin ellos no sería lo que ahora soy, pero también que sin tantas cosas que me rodean tampoco lo sería. Defiende la autora que uno de los problemas de leer obsesivamente cuando eres muy joven es que te sobrevuela el peligro de que te enamores de la realidad que te ofrece el libro y que esto te haga querer apartarte de la realidad de fuera. Cree Brottman que por eso debería haber un control sobre los libros que leen los más pequeños. Aunque ella no lo tuvo. Este es un punto que yo le rebatiría.

Pero también habla de muchas otras cosas: de cuánto se parece la lectura a la masturbación, de cómo alguien puede perder la cabeza por los libros (casos concretos), de cómo leer puede convertirse en moda, en tendencia, en marketing. De por qué leer no te convierte intrínsicamente en buena persona (Hitler era un gran lector), de cuánto duele involucrarte tanto en la vida del personaje que acabas creyéndote él y al terminar el libro no eres nadie, de todos los tipos de lectores y lecturas que hay.

En definitiva, Contra la lectura es un libro bastante recomendable, sobre todo si te gusta/encanta leer. Porque te sentirás identificado, porque serás esa persona de la que ella se ríe, alaba o entiende, porque verás que eres el motivo de que alguien esté escribiendo un libro para ti. Si en tu infancia estabas pegado a un libro y te molestaba que te llamarán para la cena, si has pensado más de una vez en el ojalá de irte a vivir a determinado libro, si te has sentido alguna vez personaje de tu novela favorita, creo que deberías darle una oportunidad a este libro. «No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”. Hacedlo simplemente porque no podéis evitarlo».

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Isbrük, de David Vicente

Isbrük

IsbrükNo hace mucho, os hablé de El arte de escribir, el manual de escritura creativa de David Vicente, en el que resume las enseñanzas que imparte en sus talleres de La Posada de Hojalata. Después de publicar aquella reseña, me enteré de que su novela Isbrük había sido galardonada con el XLVIII Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro en 2017 y, por supuesto, quise leerla. Sí, lo reconozco: quería comprobar si aplicaba esas recomendaciones que daba, si él conseguía escribir buena literatura, tal y como animaba a hacer a sus alumnos, en sus clases, y a los lectores, en su manual.

Con ese pensamiento me adentré en Isbrük. No tenía ni idea de qué iba, no me había molestado en leer la sinopsis. Y me alegro de ello, porque esta novela es la clase de historia que hay que descubrir página a página. Una vez dicho esto, si ahora os explico la premisa principal, os presento a sus protagonistas y os comento los giros de la trama más destacables, estaría contradiciéndome. Así que no lo haré, por mucho que eso me dificulte la redacción de esta reseña.

Me limitaré a incidir en que Isbrük es uno de esos libros que no se pueden leer en cualquier momento, porque encarar esta lectura con un estado de ánimo bajo puede demolernos aún más. Y eso es porque David Vicente logra transmitir el vacío, la soledad y el desarraigo de sus protagonistas, esos que se sienten personajes secundarios de su propia historia y cuya anodina existencia los aboca hacia la propia autodestrucción.

Isbrük es frío, un frío que se instala en los huesos para no irse nunca más.

Isbrük es la nada más absoluta, esa que lo engulle todo.

Isbrük, más que leerse, se siente. Y lo que nos hace sentir duele, y mucho.

No me extraña que haya sido galardonada con el Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro, porque calar tanto en tan pocas páginas merece ese y muchos más reconocimientos. Ya no me cabe duda de que David Vicente predica con el ejemplo y que sus alumnos tienen mucha suerte de que un maestro así oriente sus pasos, porque esta novela es prueba de que sabe manejar los tiempos, las distintas voces narrativas y demás aspectos técnicos de la literatura. Pero, sobre todo, lo que domina David Vicente es ese algo intangible que hace que la historia conecte con los lectores y hasta se apodere de ellos, independientemente del lugar en el que vivan, de la época en la que hayan nacido. Aunque me temo que ese aspecto, la clave de la buena literatura, no le será tan fácil de explicar en sus talleres de escritura creativa.

Aunque no os aconseje leer Isbrük en momentos delicados, os recomiendo que no la dejéis escapar y la leáis alguna vez. Porque esta novela corta, que nos absorbe para leerla de un tirón, araña por dentro, deja poso, nos hunde y nos resucita. Porque, a fin de cuentas, siempre merece la pena encontrarle un hueco a la buena literatura.

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La ley de la violencia y la ley del amor, de Lev Tolstói

La ley de la violencia y la ley del amor

La ley de la violencia y la ley del amorLeer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
La ley de la violencia y la ley del amor también tienen una enseñanza política, cada vez menos utópica, qué quieren que les diga, porque su mensaje contra la violencia organizada y la opresión de los estados está lejos de caducar.
Llegados a este punto, tal vez sea mejor que le ceda la palabra:
La liberación del mal que atormenta ay corrompe a los hombres se alcanzará no mediante el fortalecimiento o sostenimiento del régimen existente -monarquía, república o el que fuere-, no mediante su destrucción y la instauración de uno mejor -socialista o comunista-, ni tampoco mediante la implementación violenta de un determinado orden social que algunos hombres consideran mejor, sino sólo gracias a que cada hombre (la mayoría de ellos), sin pensar en las consecuencias que sus actos tienen para sí mismo y para los demás, y sin preocuparse por ellas, guiará su conducta no por tal o cual orden social, sino de la observancia de la ley que considera suprema, la ley del amor, que no admite la violencia bajo ninguna circunstancia.
Yo leo un párrafo como este con cierta amargura, tal vez porque la clave, ese “la mayoría de ellos” que se encierra entre paréntesis, deja claro que si el desarrollo de nuestra sociedad occidental no ha evolucionado en clave de no violencia no ha sido por una imposibilidad metafísica o una circunstancia sobrevenida e inevitable, sino porque no ha habido una mayoría de personas que así lo hayamos decidido.
Yo detesto los panfletos, me molesta que traten de adoctrinarme de ninguna manera, sin embargo disfruto con la exposición brillante de las ideas, sean las que fueran, y La ley de la violencia y la ley del amor la he disfrutado, porque aunque es cierto que Tolstói trata de convencer al lector de sus tesis, no es menos cierto que lo hace desde el respeto, que sea él quien llegue a las conclusiones que le parezcan oportunas. Aunque el camino de los razonamientos de Tolstói no desemboca en muchas conclusiones diferentes de las suyas.
En lo que sí que la obra es esclava de su tiempo es en el enfoque religioso que le da a su pensamiento. Esa bondad, esa confesión de no violencia en aquella época parece claro que tenía raíces cristianas, pero hoy día bien podría ser diferente. Sospecho que a Tolstói no le disgustaría que sus posiciones morales surgiesen no de una matriz espiritual sino de la propia conciencia, que a fin de cuentas es algo muy parecido al Dios de Tolstói.
La edición es pródiga en citas y en argumentaciones, leerla es verdaderamente placentero y les recomiendo que lo hagan aunque sea para discutirla. Las ideas de Tolstói pueden no haber triunfado en el plano de la realidad social, pero son indiscutibles desde un punto de vista moral, y siempre queda algo de su lectura. Será mucho o será poco, pero, como él, será bueno.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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La última mentira, de Kimberly Belle

La última mentira

La última mentiraTengo una amiga que estaba muy enamorada. Conoció a un chico en una discoteca, una noche cualquiera. Entre copa y copa empezaron a descubrir un poco más el uno del otro; se gustaron. Volvieron a quedar, una y otra vez. Hasta convertirse en pareja y llegar a vivir juntos. Él era el chico perfecto: con una carrera envidiable, un trabajo que le encantaba y por el que le pagaban un muy buen sueldo. Además, era guapísimo, tenía un físico espectacular y unos genes que eran la envidia de todas las futuras mamás. Lo tenía absolutamente todo.

Lo que mi amiga no sabía es que ese chico no era quien decía ser. Ni tenía una carrera, ni trabaja en una multinacional, ni tenía únicamente ojos para ella. Este chico llevaba una doble vida y, mientras estaba con mi amiga, mantenía una relación con otra persona. No había estudiado jamás y su empleo, tan bien pagado y que le permitía comprarle a mi amiga las últimas tendencias en bolsos, era en realidad un negocio cuya legalidad era más que cuestionable.

Mi amiga se enteró porque la hermana de él, harta de la doble vida que estaba llevando el caradura de su hermano, se lo acabó contando. Mi amiga entró en una depresión, sintiéndose engañada y desolada. Él era el chico perfecto, ¡lo era! Todo el mundo lo sabía (a mí me convenció tanto como a ella). No sabía qué había podido pasar para acabar así. No volvería a confiar en nadie jamás.

Ojalá esta historia fuera ficción. Ojalá. Pero os aseguro que no lo es. Así que al leer la última novela de Kimberly Belle, La última mentira, ha sido inevitable que me acordara de la buena de mi amiga.

Iris, la protagonista del libro, tiene el matrimonio perfecto. Está casada con Will y juntos hacen un buen equipo. Tan buen equipo que están pensando en tener su primer hijo. Pero todo se trunca cuando un día recibe una llamada. La voz del otro lado del teléfono le dice que su querido Will acaba de fallecer en un accidente de avión. Un avión que tenía como destino Seattle. Iris no se lo puede creer, no entiende nada. Si Will le dijo que tenía que viajar a Orlando, que está en dirección opuesta, al otro lado del país. ¿Qué hacía su marido en un vuelo dirección Seattle? No puede ser, se tiene que tratar de un error.

Solo que no lo era. A partir de ahí, Iris descubrirá a marchas forzadas quién era realmente su marido, el perfecto e inigualable Will. Por suerte, no estará sola, ya que su familia la apoyará en todo momento, intentado averiguar junto a ella qué está pasando.

La última mentira es un thriller que tiene muy buen ritmo. La intriga que produce no saber nada absolutamente sobre Will hace que las páginas pasen muy deprisa. Además, la narración en primera persona que nos ofrece Kimberly Belle hace que nos metamos mucho en el papel de Iris. La protagonista se muestra a nosotros en carne y alma desde el primer momento, haciendo que empaticemos enseguida con ella y que sintamos lo que siente en cada momento. Eso nos llenará todavía más de angustia, ya que sentimos como si Will estuviera traicionando también al lector, así que las páginas pasarán volando hasta llegar al final.

Pero también es cierto que hay momentos en los que el lector duda. Hay muchos giros argumentales que hacen que ya no se sepa quién es bueno y quién es malo. La autora juega a eso de darnos las pistas con cuentagotas para que nosotros saquemos nuestras propias conclusiones, haciendo que nos metamos mucho en la historia y que haya momentos en los que ya no sabemos ni qué pensar.

Me ha recordado un tanto a La mentira, de Nora Roberts, que leí hace un par de meses o tres, donde la protagonista también tiene que descubrir cuál es la identidad de su marido una vez que este ha fallecido. Por lo visto, nunca nada es lo que parece. Y, a pesar de que son libros con una trama muy similar, no he podido evitar meterme en la historia como si fuera la primera vez.

Hubiera deseado que la historia de mi amiga fuera solo una novela más. Una trama inventada por alguien que tiene mucha imaginación y que lo quiere plasmar en el papel, como bien ha hecho esta escritora. Pero lo cierto que hay veces que la realidad supera a la ficción. Así que sé perfectamente cómo se ha sentido Iris. Y las cosas que la gente puede llegar a hacer por ocultar quiénes son realmente.

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Una habitación propia, de Virginia Woolf

Una habitación propia

Una habitación propiaElla entra. Sobre fondo negro, un foco ilumina un piano situado a la derecha; en el lado opuesto, un robusto escritorio de madera, y sobre él, una lámpara de estudio con su bombilla encendida, varias hojas llenas de anotaciones y algunos viejos libros con la encuadernación desgastada. Ella, apoyada en la silla junto al escritorio, mira al público. Lleva un vestido verde y camisa blanca y sostiene un bolso de piel en su mano derecha. Habla:

«Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela me puse a pensar qué significarían esas palabras. […] quizá significaba las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas».

Virginia Woolf se plantea estas cuestiones en una conferencia que ofrece a estudiantes de colegios femeninos de Cambridge. Es 1928, han pasado tan solo nueve años desde que se le ha concedido el voto a la mujer y decide escribir un manifiesto feminista y obra capital para entender algunas cuestiones que atañen a la historia literaria: Una habitación propia.

Tengo muy presente la sensacional adaptación teatral que se ha hecho sobre esta obra con dramaturgia y dirección de María Ruiz y una sublime interpretación de Clara Sanchís en la piel de Virginia Woolf. El respeto máximo por el texto original y aún más, la asombrosa capacidad para captar el sagaz humor y sarcasmo de la escritora inglesa por parte de la actriz, hacen que releer Una habitación propia haya sido una experiencia más placentera si cabe. Deleitar y enseñar, conceptos tan grecolatinos, es lo que permite una lectura más profunda de este libro. Rasgar más allá de su superficie y encontrar en ella, ya no solo el libro escrito por una mujer, sino la necesidad de saber por qué no escribieron más mujeres; por qué no es posible encontrar más literatura escrita por mujeres. Robando parte del embrujo de Walt Whitman cuando define su Hojas de hierba, diré que esto no es un libro; quien toca esto, toca a muchas mujeres.

En efecto, a través de este libro serán muchas las referencias a otras obras de mujeres que irán saliendo. El texto de Virginia Woolf se desarrolla mediante una simulada conferencia basada en las charlas que ofreció en los colleges femeninos ingleses. En Una habitación propia va a intentar ofrecer una conclusión real de por qué las mujeres no figuran como autoras en los lomos de los libros antes del siglo XVIII. Hace un alegato feminista del todo necesario cuando reclama covencida que lo que la mujer necesita es independencia económica y un cuarto propio. Algo impensable para el género al que tan solo nueve años antes de este libro ni siquiera se le permitía votar. Virginia Woolf lo tiene muy claro: «Entre el voto y el dinero, yo prefiero el dinero». Y no le falta razón. La independencia económica permite a la mujer no depender de su marido para poder subsistir y poder así elegir libremente sus ocupaciones.

Una novela que permite apreciar diversos modelos de mujeres representadas en las cuatro hermanas y en la madre es la escrita por Louisa May Alcott. Se trata de Mujercitas y en ella, el personaje de la hermana mayor, Meg, cita una frase que incomoda por la verdad que soporta: «Para ganar dinero un hombre tiene que trabajar y una mujer tiene que casarse». Hasta entrado el siglo XVIII, este parecía el único modo de que una mujer pudiera disponer de algo de dinero y, como denunciará Virginia Woolf, ni tan siquiera podrá tener control sobre ello, ya que será su marido quien administrará la economía.

Un capítulo muy destacable de Una habitación propia es en el que su autora, harta de leer manuscritos, ensayos y demás libros académicos escritos por hombres en los que se asegura que ninguna mujer podría jamás tener el talento de Shakespeare, juega y nos hace partícipes de una posible realidad en la que el escritor inglés tuviera una hermana, una tal Judith, por ejemplo. Ella comparte con su hermano el mismo fuego creador, la misma pasión por el teatro y la poesía. ¿Creéis que podría demostrar su talento en la época de William Shakespeare?

En su ensayo, Virginia Woolf sigue buscando los motivos de por qué no hay apenas información del estilo de vida de las mujeres, de sus pensamientos, testimonios suyos propios. Todo cuanto encuentra son escritos realizados por hombres: lo que opina fulano, lo que critica mengano, las ideas sobre el comportamiento femenino de otro tal X y así una larga lista de libros que pocas dudas le esclarecen. Siglo tras siglo de historia en la que la mujer es ninguneada o mal reflejada por el otro sexo. Tendrá que esperar, mejor dicho, todos debemos esperar hasta el siglo XVIII para encontrar mujeres escritoras de un modo más constante. Fue durante el Siglo de la Razón cuando surgieron los Salones Ilustrados, lugares donde se juzgaban y criticaban las obras literarias. Una figura muy importante de estos salones fue Madame de Staël, cuya obra Alemania supuso la ruptura romántica con el neoclasicismo francés. Otras mujeres destacables de esta época serán Fanny Burney, que con Camilla abrirá el camino a las grandes novelistas del XVIII: Jane Austen, las hermanas Brönte y George Elliot.

¿Por qué novelas y no teatro o poesía? Una sencilla razón que subyace en la intención de este libro: porque la novela permite mayor distracción cuando son interrumpidas. Ninguna de estas mujeres tuvo un cuarto propio donde poder escribir a solas. El estilo de vida social y de cuidar el decoro las obligaba a escribir en las salas de estar, lo que suponía continuas interrupciones y distracciones. Un texto muy interesante que también destacaré en este repaso que ofrece el libro de Virginia Woolf es Mujeres y libros, de Stefan Bollman, en cuyo capítulo “La declaración de independencia de la lectora: Jane Austen” se esboza un fiel reflejo de las inclinaciones de la genial autora de Sentido y sensibilidad por la novela y los hábitos de lectura que se impuso en su época y que tanto éxito causó entre las mujeres.

Las distracciones; las interrupciones; las críticas por parte de los hombres asustados y enfurecidos al ver que las mujeres pudieran tener talento;  leer citas como: “Una mujer que compone es como un perro que anda sobre dos patas: no lo hace bien, pero ya sorprende que pueda hacerlo”. Creo que era necesario el libro que escribió Virginia Woolf.

Al piano, Clara Sanchís, mimetizada en la escritora inglesa, toca un fragmento de una pieza de Bach. Las manos golpean con furia las teclas que llenan de música embravecida la sala. Las notas se van volviendo más lentas y melódicas hasta que la música se apaga. Se supone que debe dar una perorata final que resuene por siempre en los cimientos del patriarcado y recuerde la memoria de tantas mujeres ninguneadas a lo largo de la historia. La solución, insiste, pasa por la independencia económica y la posibilidad de disponer de una habitación propia para escribir y pensar, porque sus pensamientos son los que nunca le podrán arrebatar. Cierro el libro; en el escenario la luz se apaga. Y ella sale.

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Día 8 de Marzo

Emily Dickinson

Emily DickinsonEl otro día les contaba cómo me gustan las canciones de Rozalén porque me resulta una mujer inspiradora, también hablaba de lo mucho me gusta reseñar libros de mujeres inspiradoras, ya saben, mujeres que hablan de la vida de otras mujeres que a la vez son el reflejo de esta sociedad. Las mujeres necesitamos esos referentes que siempre se nos han hurtado en la historia en general y en el mundo de las artes en particular, que al final, son los referentes emocionales de los que se nutre el alma del ser humano.

Nací a la conciencia feminista con unos doce años a través un curioso libro titulado Cartas a una idiota española, de la que fuera histórica representante feminista española Lidia Falcón, y de ella salté a otras lecturas, a mujeres como Rosa Montero, Almudena Grandes o Maruja Torres… Y creces y vas llegando a otras autoras como Simone de Beauvoir, Virginia Woolf o Emily Dickinson cuya imagen, de la ilustradora Paula Bonet, preside mis palabras.

Empiezas a mirar la literatura de otra forma: Libros y personajes como mi querida Emma de Madame Bovary, Ana Karenina o Lolita, los analizas de otra manera… Ya ven, tres libros que adoro escritos por tres hombres, así de necesaria es la igualdad. Pero luego llegan amigas que te descubren joyas como La ciudad de las damas, de Cristina de Pizzan, Mi hermana Frida, de Bárbara Mújica, El cuaderno dorado, de Doris Lessing…

Y la vida sigue y tú sigues por la vida pero ya vas caminando de otra manera, compartiendo, debatiendo, y sobre todo observando cómo se vive la igualdad a nuestro alrededor.

Siempre que llega el 8 de Marzo vuelvo a pensar que todo está en los libros, que la literatura nos acerca, nos enseña el mundo y nos hace más iguales y más libres.

Es bueno tener una casa como Libros y Literatura donde descansan todos los libros, donde vivimos, leemos y escribimos en completa libertad, donde siempre encuentras un libro para celebrar un Día especial como este y como todos los 8 de Marzo, fecha en que  ya hace NUEVE AÑOS nació esta gran casa literaria. Y es por eso que hoy celebramos a las mujeres y es por eso que hoy celebramos la igualdad y la  literatura… y nuestro nacimiento en la red.

Día Internacional de la Mujer,
y yo sigo sin saberlo todo,
pero algo sé.
Mira, me encanta leer a Jelinek,
porque ella sabe algo
que yo no sé,
y a la Woolf
y a Duras,
y si nos acercamos a Lesissing
o a Gordimer
y hablamos con ellas
de mujer a mujer,
no seremos más felices
pero tendremos más sed
y no habrá sueño ni deseo
del que queramos volver.

Susana Hernández

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Cuídate de mí, de María Frisa

cuidate de mi

cuidate de miTodos los libros tienen una historia. Estoy segura de que este libró también se inició por algún motivo concreto. Sé que la autora, María Frisa, lo empezó hace muchos años y que ha invertido en él muchas horas de trabajo. Imagino que la novela negra es un género que le interesaba por la aplicación de la psicología, que es un terreno que ella conoce y domina. Pero también es posible que un día, mientras se atascaba con alguno de los personajes o subtramas de este libro, surgiera Sara, la niña de su famosísima saga “75 Consejos”.

La vida nos lleva por extraños caminos, algo así les pasa a las protagonistas de Cuídate de mí, que acaban juntas porque la vida es complicada. Y si no lo fuera no habría novelas como esta, historias que te cuentan cosas capaces de conmoverte, emocionarte, enfadarte…, y entretenerte, que para eso está la literatura.

La violencia contra la mujer, la violencia ejercida en el ámbito doméstico, los delitos sexuales, la presión ejercida desde la Redes Sociales, ya saben, injuria y difama que algo queda. En lo relativo a este asunto, imagino que esta parte del libro estará reescrita tras el terrible ciberataque y persecución que sufrió la propia autora por parte de esas hordas cobardes que se esconden tras nombres ficticios en internet con el único afán de imponer una visión trastornada y única de la vida.

Hay otros temas también muy interesantes que se tocan tangencialmente y de los que no les hablaré para que puedan acceder a la novela desprovistos de referentes, temas que resultan inevitablemente trascendentes para la forma en que cada una de estas mujeres ha forjado su carácter.

Ya les he dicho que es una novela negra pero no les he contado que la historia trata de dos mujeres policías integradas en una unidad especial de Familia, Mujer, y delitos sexuales; nuestras protagonistas serán la Inspectora Lara Samper y la Subispectora Berta Guallar. Y como pueden imaginar no le quedaba otra que hacer que fueran dos mujeres fuertes, muy fuertes, pero ambas muy diferentes, se complementan, y eso es fundamental para su trabajo. No son amigas, son compañeras.

Cuídate de mí está contada en capítulos cortos que se nos van relatando desde la visión de una y otra de forma alterna, algo que, como bien saben los escritores, le da muchísima agilidad a la lectura y hace que los lectores nos metamos en la trama principal desde la primera página, cosa que naturalmente ha conseguido María Frisa. Me ha sorprendido mucho, y gratamente, la habilidad que ha tenido para introducir las tramas secundarias, algunas, de hecho, enganchan tanto que dan la impresión de que pueden sobrepasar a la principal y eso es bueno para el lector de este tipo de novelas que siempre espera un in crescendo en la obra.

Me han gustado Samper y Guallar, los personajes están bien construidos y se mantienen sólidos durante toda la novela, también merece la pena prestar atención al resto de los compañeros policías, así como todos los personajes principales y secundarios de las subtramas… Entiendo que algunos, como el jefe de ambas o el marido de Berta, podrán ir desarrollándose más en posteriores entregas. Que no dudo que las habrá.

Y ahora viene lo malo: Y lo malo es que yo no sé reseñar este tipo de novelas, que a mí lo que me gustaría sería tener cerca a María Frisa para preguntarle mil cosas, como hacemos con los autores que vienen a los clubs de lectura. Preguntarle por esos detalles de los que es imposible hablar en una reseña que nada debe desentrañar de la trama, porque sin eso me es muy difícil contarles cómo me ha emocionado cierto capítulo y porqué. También me gustaría poder decirle qué es difícil y hay que tener la mano muy fina para tocar ciertos temas sin que se te revuelva el estómago, y lograr, a su vez, la justa empatía con determinados personajes que son durante toda su vida tan vulnerables.

Y eso es lo malo, que tenemos una estupenda novela negra de la que querría contar todo pero no puedo decirles casi nada, quizá comentarles que el libro lo leí en tres noches, la tercera se fue la luz a falta de las últimas cuarenta páginas, y me subí hasta la escalera superior de mi casa en las que hay una luz de emergencia, y así poder terminarlo… Nadie se va a la cama dejando este libro pendiente del desenlace final, imposible dejarlo, imposible.

Iniciar “Cuídate de mí” con un poema de Alejandra Pizarnik, tenía, por necesidad, que darle la fuerza que luego desarrolla la autora. Sin duda una buena elección

Solo la sed
el silencio
ningún encuentro.

Cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra.

Al final no les voy a poner ningún fragmento de la novela, para qué, si ya ha dicho Aramburu que tiene una prosa directa, clara y precisa, y yo no puedo hacer otra cosa que suscribirlo.

Tampoco les he dicho que la novela se desarrolla en Zaragoza y que ya la portada nos da una pista de este detalle. No es la primera novela negra que veo que se desarrolla en esta ciudad, creo que, quienes conocen Zaragoza compartirán conmigo que da juego para este tipo de tramas.

Cada vez me gusta más reseñar libros de mujeres inspiradoras, ya saben, mujeres que hablan de la vida de otras mujeres que a la vez son el reflejo de la sociedad cambiante. Porque necesitamos esos referentes que siempre se nos han hurtado en general en la historia y en particular en el mundo de las artes, que al final, son los referentes emocionales de los que se nutre el ser humano.

Pues nada María Frisa, que por la parte que te toca, ¡gracias!

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Al otro lado, de Álvaro Maqueda

“Hora de despertar, Adam. Supongo que te preguntarás dónde estás. Te diré dónde puede ser. Quizás estés en la habitación en la que vas a morir”. Estas NO son frases que leeremos en este libro. Estas son las primeras frases que John Kramer pronunciará en la primera entrega de la famosa saga de películas de goreterror, (si es que existe esa denominación para el género) Saw, que, digan lo que digan a mí me siguen divirtiendo aunque creo que me he perdido alguna.

Recuerdo que esa primera película, el germen de la franquicia, era fantástica por lo novedoso de su planteamiento, por su trama original y por ese giro final.

Pues bien. Decía que esas frases no las leeremos aquí pero le irían como picha al culo. Al otro lado me ha llevado de cabeza a esa película. Imposible no hacerlo. Dos hombres que se despiertan en una habitación con escasísima luz, uno de ellos aprisionado a la pared por una cadena, sin conocerse ni de la pelu ninguno de ellos, y la única puerta por la que poder salir tiene dos candados. Dos candados por dentro, sí, y uno de los hombres no está encadenado. La desconfianza en seguida aparecerá, intentarán hallar explicaciones, salir de ahí…

Sin embargo, después de leer el libro bien podría decir que no sólo me ha transportado a Saw, sino que también se puede atisbar alguna referencia a una oscura película de exorcismos, o tal vez un poco a la muy recomendable y olvidada El corazón del ángel.

“Buenas noches, hijo de puta –gritó con sarcasmo mirando al objetivo–. Me encantaría seguir jugando a tu juego, pero se me ha agotado la paciencia…”

¡Pues cojonudo! ¡Una mezcla cojonuda! No puedo haber gozado más de este libro. Me ha tenido intrigado desde el principio, quería saber más de esos pobres desgraciados, ¡quería saberlo todo! Y al final lo he sabido. Y he sentido. Un batiburrillo de sentimientos que han ido variando conforme avanzaba en la lectura.

Pero una buena trama no basta. El fondo debe acompañarse de la forma y aquí van de la mano. Un vocabulario sencillo (que no simple), y unas frases fluidas engrasan hábilmente una acción que cabalga entre el presente y unos trabajados flashbacks que logran que más que leer (o devorar) la novela la estés visualizando, te estés deslizando por ella dejándote llevar dondequiera que al autor le venga en gana. Porque, aunque no es que haya mucha descripción, cosa que agradezco ya que lo que me gusta es que vaya al grano, las que hay son las justas y necesarias para poder ponerte en situación en cero coma y activar el modo cine en tu cabeza.

Y esa es otra, porque en seguida te coloca en tu lugar y bien. La trama atrapa desde el comienzo. Y es que, en palabras del autor: “he abandonado la lectura de muchos libros que no me han conquistado desde el inicio, por lo cual intento siempre que el lector se enganche desde el primer párrafo hasta el final de la obra; incluso si ello implica reducir la duración de la misma”. Eso es lo malo. Que es algo breve y te lo zampas en nada sin darte cuenta. Pero, por el contrario, escribir lo que te gustaría leer es primordial, y se nota que en este caso el escritor ha disfrutado.

Poco a poco iremos adentrándonos en la historia de cada uno y averiguando las razones de su encierro. Hay cosas que intuimos desde el principio por ser muy obvias, pero la principal virtud de esta novela es la creación de una atmósfera asfixiante y opresiva, casi como si las paredes de esa habitación/celda fueran estrechándose, en la que Maqueda, en su primera incursión en la novela, se mueve como pez en el agua y logra involucrarnos hasta el punto de agobiarnos.

¿Por qué están ahí esos dos seres? ¿Realmente lo merecen? ¿Qué retorcida mente les ha colocado en esa situación? Y, lo más importante: ¿serán capaces de salir de ahí?

Al otro lado es un breve libro de suspense. Un thriller ejecutado con destreza que nos llevará a un estado de angustia permanente hasta el brillante final (y no me refiero solo a un sorprendente giro final de guion, sino a todo lo que nos conduce hasta él) en el que todas las piezas ocupan su lugar. Un libro claustrofóbico que demuestra que la mayoría de las veces, los demonios no están ahí afuera, sino en nuestro interior más escondido, esperando la mínima oportunidad para salir.

Muy recomendable.

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Máquinas mortales, de Philip Reeve

Máquinas mortales

Máquinas mortalesA veces me pasa. Veo un libro y sé que tengo que leerlo. No sé muy bien por qué. Ni siquiera me importa leer la sinopsis o saber de qué trata. Simplemente, es como si el libro me llamara a mí directamente y lo tuviera que leer, sin elección. No me pasa normalmente, claro. Soy bastante rigurosa con mis lecturas y escojo muy a fondo lo que quiero leer en cada momento. Tengo una lista repleta de lecturas pendientes que acaban ahí por recomendaciones o porque la sinopsis me ha llamado muchísimo. También tengo autores predilectos que hacen que lea cualquier cosa que escriban o editoriales que sé que son una apuesta segura. Pero hay ciertos momentos en los que, sin motivo alguno, se me antoja un libro porque sí.

Y este ha sido el caso. Mi Instagram se llenó de repente de gente que había comprado Máquinas mortales. Yo no quise saber de qué trataba: quería descubrirlo por mí misma al sumergirme en sus páginas. Y eso fue exactamente lo que hice.

Así que, cuando lo empecé, no sabía que en ese mundo creado por Philip Reeve las ciudades se habían alzado para ir sobre ruedas. Ni que las ciudades más grandes se dedicaban a ir a la caza de las más pequeñas para apoderarse de sus bienes. Tampoco sabía que, después de una horrible guerra los humanos se habían puesto al servicio de la tecnología siendo esta la única religión que profesar. Y muchísimo menos sabía que Tom, el protagonista de este libro, tendría que huir de Londres (una de las ciudades más peligrosas e importantes del mundo) para acabar junto a una chica llamada Hester en la tierra, también conocido como “terreno de caza”. Así que ya os podéis ir haciendo una idea de la sorpresa que me llevé cuando empecé a leer este libro. Si hubiera sabido todo esto antes de empezar con él, igual no me hubiera sorprendido tanto.

Me parece una idea genial que me recuerda muchísimo a la saga Star Wars. Y eso es lo que ha hecho que me gustara tanto el libro, porque adoro Star Wars. Este punto hay que aclararlo: no me recuerda porque haya naves espaciales y cosas así, sino por lo de las alianzas entre ciudades que vagan por el cielo intentando no encontrarse con una que pudiera parecer un peligro. No sé, quizás esta conexión solo la encuentre yo, puede ser. Pero, sin duda, es algo que me ha gustado.

Máquinas mortales es la primera parte de una saga que se compondrá de cuatro libros. Y una de las cosas más importantes que debes saber sobre ella es que Peter Jackson —quien dirigiera El señor de los anillos y El hobbit— ya está preparando la adaptación para llevarla al cine. De hecho, en España podremos ver la primera parte muy pronto. Y no os lo voy a negar, esto va a ser un reclamo increíble para el libro, porque serán muchos fans de este director los que quieran saber de antemano qué se podrán encontrar cuando vean la película.

Contiene una historia que atrapa y que es muy original. En ella se puede ver perfectamente ese mundo distópico y futurista que está ambientado en un marco un tanto steampunk. El escritor, Philip Reeve, se toma muchas molestias en adentrarnos en ese contexto y en describirnos todo para que podamos imaginárnoslo perfectamente.

En cuanto a los personajes, quizás ahí se quede un poco atrás este libro. No he conseguido establecer una conexión profunda con ellos, ya que me han parecido a veces planos. Sobre todo, Tom. En ese aspecto, a Hester la podemos llegar a conocer mejor, ya que es una chica que por sus características particulares, es más trasparente que Tom. Quizás en las siguientes partes de la saga el autor dedique más tiempo a mejorar este aspecto. Puede ser que, al tratarse de una primera parte, el autor haya querido dar solamente unas pinceladas para después desarrollar la personalidad de los personajes con más profundidad a medida que avanza la historia.

Aun así, ha sido un libro que me ha gustado mucho. Está muy bien que yo tenga esa lista interminable de libros por leer y que me rija por su contenido cuando quiero empezar una lectura nueva. Pero también está muy bien tener ese sexto sentido que me dice que tengo que leer un libro porque sí. Sin ninguna razón. Porque ese sexto sentido que hoy me está haciendo escribir estas líneas, me está demostrando que muy pocas veces se equivoca.

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Malaz 3: Memorias de Hielo, de Steven Erikson

malaz 3 memorias de hielo

malaz 3 memorias de hieloLa antropología es esa ciencia que pone al ser humano bajo una lupa para estudiarlo de forma completa. No solo analiza su origen a nivel biológico, sino que también investiga minuciosamente su desarrollo como especie. Indagar en la cultura, en la lengua o en las diferentes conductas sociales nos ayuda a entender mejor por qué estamos donde estamos y por qué otras sociedades se quedaron por el camino.

La arqueología, disciplina que está íntimamente ligada con la antropología, es la ciencia que estudia la evolución de nuestras sociedades a través de nuestros restos materiales. Construcciones como castillos medievales, murallas o acueductos y objetos como vasijas, puntas de flecha o monedas sirven para trazar un camino hasta nuestros días y observar todos los cambios que se han dado desde entonces.

Si he empezado hablando de estas dos ciencias especializadas en estudiar las diferentes facetas del ser humano es porque Steven Erikson, autor de la decalogía malazana, tiene formación en ambas, y es en su tercera novela donde más hace uso de ellas. Sabedor quizá de que en Los jardines de la Luna y Las puertas de la Casa de la Muerte el contexto para pillar el hilo de la historia era demasiado vago (todavía duele el esfuerzo, ¿verdad?) se valió de sus conocimientos en antropología y arqueología para, esta vez sí, lanzarnos un fino sedal al cual aferrarnos.

El ejemplo más representativo de ello acaece nada más empezar Memorias de Hielo. ¿Qué sabíamos de los Jaghut? ¿Y de esa raza de cadáveres errantes conocidos como los T’lan Imass? ¿Y de la guerra que mantiene a ambas razas enfrentadas? Once páginas servirán para mostrarnos un inicio; no de un conflicto pero sí de un juramento. Un juramento que se convertirá en una maldición que arrastrarán durante milenios. Una mirada al pasado para entender el presente, mostrándonos así algunas de las facetas más representativas de algunas de las razas que pueblan Malaz. Porque los Rhivi también tienen que contarnos algo al respecto; poco, por el momento, aunque más que los Tiste andii. Incluso los K’chain che’malle, raza ancestral que se creía extinta y que tiene el aspecto de un dinosaurio cruzado con un ninja, gozan de un lugar muy específico en esta historia de 1167 páginas que de nuevo nos trae la editorial Nova.

Pero empecemos por el principio. Y nunca mejor dicho, pues Memorias de Hielo continua justo donde terminó Los jardines de la Luna, poniendo de manifiesto que por el momento vamos a tener que lidiar con dos hilos argumentales que se mueven en paralelo. Así pues, si teníais pensado reencontraros con Violín, Kalam o Felisin, o queríais ser testigos del desarrollo de la rebelión bautizada como El Torbellino, os tocará esperar un poquito. Pero oye, que vuelven los Abrasapuentes, Caladan Brood y Anomander Rake. Y regresan unidos en un solo ejército. La Hueste de Unbrazo luchando hombro con hombro con la de Brood. Ya conocéis el proverbio: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero es evidente que a pesar de luchar juntos por una causa en más de una ocasión saltarán las chispas y se desenvainarán las espadas. Tensión asegurada. ¿Pero quién es ese enemigo que los ha unido? El Domino Painita es un ejército invasor que lo asola todo. Al mando: el Vidente Painita, del que apenas se sabe nada.

Steven Erikson vuelve a mandarnos al campo de batalla de una soberana patada en el culo. Ya tuvimos páginas de sobras con los volúmenes anteriores para aclimatarnos a su vertiginosa forma de narrar. Esa narración que es una alocada montaña rusa de emociones y que nos hace alcanzar el súmmum cuando el autor desarrolla multitudinarias batallas que acontecen a lo largo de muchas páginas. Nada como un buen chute de épica para que fluya la adrenalina. Y mientras tanto los mitos que envuelven el mundo creado por Erikson siguen creciendo. Empezaremos a dilucidar cómo funcionan realmente las sendas por las que transcurre la magia. Se aclararán algunos de los hechos que envuelven a la enigmática figura de Ben el Rápido. Y la sorpresa nos sobrevendrá al conocer qué diablos significa realmente El Sueño de Ascua. Revelaciones que siempre andan rodeadas de esa ligera sospecha que te obliga a cuestionarte sobre si Erikson inventa sobre la marcha o si lo tiene todo planeado al milímetro.

Pero volvamos a las batallas, pues en Memorias de Hielo asistiremos a una de las luchas más cruentas y macabras que jamás se haya narrado. Será en Capustan donde los muertos se convertirán en murallas por las que escalar, alimento para el hambriento o simples objetos sexuales de los que extraer la semilla que da la vida. Truculenta, horripilante, perturbadora. Una batalla narrada sin tapujos de una forma vívida y visceral. Steven Erikson nos brinda las imágenes más despiadadas y sangrientas hasta el momento en esta saga de diez volúmenes.

Pero Memorias de Hielo no solo vive de batallas épicas. De hecho las relaciones entre los personajes son realmente la piedra angular que motivará todos y cada uno de los acontecimientos que ocurren en la novela de fantasía. Relaciones como la de la Rhivi que envejece prematuramente debido a una hija que absorbe su fuerza vital. Una historia de amor, odio y supervivencia. “¿Es que no he de ser nada más que alimento para la vida floreciente de mi hija?”. Amores imposibles que en ocasiones surgen entre diferentes razas o incluso entre dioses y humanos. Y si de sentimientos hablamos no podemos menospreciar el de la tristeza que nos embargará unas páginas antes de finalizar el libro. De nuevo una batalla. De nuevo los Abrasapuentes en primera línea dejándose la piel. “Los primeros en entrar, los últimos en salir”. Y al final esa agridulce sensación de nostalgia que te embarga tras disfrutar de un buen libro.

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Las desventuras de Sophie, de Valérie Dayre

Las desventuras de Sophie

Las desventuras de Sophie“¿Puedes contarme algo que te haya hecho crecer?”.

No sé, yo no soy madre, pero imagino que si un hijo te hace esta pregunta debes quedarte un poco de piedra. ¿Qué diríais vosotros?, ¿os acordáis de algún suceso que os ocurriera y os hiciera madurar en su momento? Lo cierto es que, después de mucho pensarlo, no se me ocurre nada. Supongo que esa es una buena señal. Quiere decir que el paso de mi infancia a la adolescencia fue normal, son grandes sobresaltos ni situaciones que me hicieran abrir de golpe los ojos.

Sophie, la madre a la que le llega esta pregunta por sorpresa en Las desventuras de Sophie, también se queda paralizada. Su primer pensamiento tiene que ver con su hijo: ¿por qué me hace esta pregunta?, ¿es que le estará ocurriendo algo a él? Y aunque consigue eludir la pregunta, acaba por volver a ella, más tarde, para hablarle de su propia infancia y de aquel verano que pasó en casa de sus tíos en el sur de Francia.

Sophie y su madre Rosemonde fueron a pasar las vacaciones de Semana Santa con Cora, la hermana de esta. Allí vivían sus tíos con sus dos primos Grégoire y Violaine.

Sophie se sentía fascinada por la casa tan lujosa donde vive su familia. Jamás había visto nada igual y todo cuanto veía le parecía maravilloso: su tía Cora y su elegancia, sus educados primos, la criada italiana que prepara deliciosos platos de pasta… ¡todo es tan perfecto! Solo un pequeño detalle parece estropear el ambiente. Félix, ese niño invitado por sus primos que también pasa con ellos las vacaciones, pero que no juega con ellos y apenas sale de suhabitación. Eso sí que es raro. Pero Sophie está tan pletórica que apenas le da importancia. Será su madre, Rosemonde, quien se pregunte por el niño y decida, en cierto modo, ocuparse de él.

Cuando las vacaciones de Semana Santa acaban, Sophie y su madre deben volver a casa con el resto de hermanos. Cora decide entonces invitar a Sophie a pasar el verano con ellos y la niña, encantada, acepta. La madre, algo más reticente, acepta que su hija vuelva, esta vez sola, a casa de su hermana en verano.

Pero ese verano todo va a ser distinto. La pequeña Sophie aprenderá que las apariencias engañan y todo lo que en Semana Santa le pareció tan bien o intentó justificar, ahora empieza a sufrirlo en primera persona. ¿Cómo pueden ser sus primos tan crueles?, ¿cómo puede justificarse su comportamiento? Sophie no entiende nada, pero menos mal que siempre hay un poquito de luz.

Las desventuras de Sophie es una novela para niños a partir de once años. Puede parecer cruel y directa, pero es también muy necesaria. Una novela que habla del abuso y del acoso, de las apariencias y la maldad injustificada. Y al mismo tiempo nos habla de la esperanza, del amor y de los vínculos tan únicos que se crean entre padres e hijos. Como os decía, uno de esos libros que son necesarios.

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Un final para Benjamin Walter, de Álex Chico

Un final para Benjamin Walter

Un final para Benjamin WalterLa tierra tira, ¿no os pasa? Sin ser yo nada patriota ni tener mis raíces demasiado ancladas en ninguna parte, es cierto que, de algún modo, una se siente de aquí. Y cuando digo aquí me refiero a Extremadura. Por algo he pasado la mayor parte de mi vida en esta preciosa tierra y por algo tengo un montón de sentimientos encontrados para con ella. Es normal. En las relaciones largas pasan estas cosas: uno pasa del amor al odio sin apenas darse cuenta. Pero también es cierto que en ese odio hay cariño. ¿Vosotros me entendéis? Porque creo que ya me estoy yendo por las ramas, discúlpenme.

Os cuento todo esto porque Álex Chico es extremeño como yo y supongo que él sabrá entenderme. Aunque él es de Plasencia y yo de Cáceres, no tenemos el gusto de conocernos. Ya os he dicho en alguna que otra ocasión que, como escritora, soy un poco outsider y que no me va mucho el prodigarme por presentaciones y encuentros literarios, así que puede que esa sea la causa de que nunca hayamos coincidido personalmente, aunque me consta que en papel sí. (Bendita poesía).

Resumiendo, que como la tierra tira, también tiran la lecturas de mis compañeros, así que por eso me decanté por leer Un final para Benjamin Walter, para leer la voz de mi paisano que, aunque exiliado, sigue siendo de aquí.

No podría haber elegido una peor introducción para este libro, pero así soy yo. Un libro que está a medio camino entre el ensayo y la novela y que habla del exilio. Y yo aquí intentando hablar de raíces, ¿qué os parece? Pero bueno, en el fondo todo exilio es una prolongación de nuestras raíces, un saberse ajeno a dos tierras, pero al mismo tiempo saber que formas parte del pasado, presente y futuro de ambas.

Algo así es lo que le debió ocurrir a Benjamin Walter, quien en 1940, abandonó Francia por un paso clandestino en los Pirineos. Su objetivo era atravesar España y seguir hasta América, dejando atrás todo lo horrible que estaba ocurriendo en Europa en aquella época. Pero no todos los exiliados lo logran. Benjamin Walter morirá en Portbou, un pueblo fronterizo. Álex Chico se pregunta qué pudo ocurrirle en esas últimas horas de su vida y para ello viaja hasta Portbou, para enfrentarse cara a cara con el pasado y el presente de un pueblo que tiene mucho que contar.

Todas esas indagaciones conducen al autor a tratar de tirar de un hilo que pertenece a una maraña bastante más compleja de lo que cabría esperar. Y así, tirando y tirando, entre silencios y lugares abandonados, entre personajes presentes y ya desaparecidos, entre lugares que algún día supieron demasiado y que hoy permanecen mudos, el autor nos sumerge en este viaje de reflexión y supervivencia.

Un viaje difícil, porque enfrentarse al pasado siempre lo es, pero hermoso, porque Álex Chico, poeta, sabe cómo manejar las palabras en Un final para Benjamin Walter, para envolvernos y transportarnos con él hasta Portbou. Yo me he dejado llevar y, aunque a veces la nostalgia me haya invadido, también ha sido reconfortante sentir las palabras de Álex Chico como un abrazo.

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