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El espíritu de la ciencia-ficción, de Roberto Bolaño

El espíritu de la ciencia-ficción

El espíritu de la ciencia-ficciónSeguro que muchos estáis de acuerdo conmigo si os digo que se hace extraño el ver la publicación de un libro inédito hasta el momento de algún escritor de renombre fallecido hace ya unos años. Y se hace extraño porque esto nos deja dos hipótesis: o la editorial está buscando aprovechar el tirón que tiene ese escritor o el libro no tiene la calidad suficiente como para haber sido publicado anteriormente – obviando, claro está, los libros que el autor en cuestión pueda haber dejado acabados a propósito tras su muerte –. A mí se me hizo extraño ver que Alfaguara publicaba una obra inédita de Roberto Bolaño, y no pude evitar tener que leerlo. El libro del que estoy hablando es El espíritu de la ciencia-ficción.

Hablando de extrañezas, también debo confesar que lo fue para mí el hecho de abrir un libro con la firma de Bolaño y que este no llevase el sello de Anagrama. Pero bueno, eso ya es otro tema. En este caso, Alfaguara se ha lanzado a publicar un libro que Roberto Bolaño escribió en sus primeros pasos dentro del mundo de la literatura juntamente con algunas copias del manuscrito original al final de este. Es posible que muchos os estéis preguntando cómo puede ser que este libro no se publicase antes. Incluso podéis llegar a pensar que no merece leerse porque si lo mereciera ya se habría publicado. Os doy la razón, básicamente porque yo pensé lo mismo. Pero es que no es así. El espíritu de la ciencia-ficción nos ofrece el germen de la prosa “bolañiana”, nos descubre al chileno, nos muestra el gateo de Bolaño, la chispa de su narrativa, el estilo tan característico que le llevará unos años después a escribir obras tan completas – o “totales” – como 2666 o Los detectives salvajes.

Quien se lance a la lectura de este libro, algo que recomiendo fervientemente, ya verá al Bolaño de otros libros como Amuleto. Ese narrador que nunca es fiable y que aparece dentro de la narración como si fuera una historia que él mismo nos está contando en un bar, esa fragmentación tan característica de la sintaxis, del lenguaje, del pensamiento tanto de los personajes como del propio autor; esos guiños irónicos literarios como el hecho de introducirse a sí mismo como alias de uno de sus personajes, etc. El espíritu de la ciencia-ficción es Bolaño en estado puro, es la piedra primera que nació en Chile, empezó a pulirse en México y acabó de hacerlo durante muchos años a caballo entre Blanes y el número 45 del carrer Tallers de Barcelona.

Dos chavales viviendo una vida bohemia en una buhardilla mexicana con anhelo de escritores, las cartas que uno de ellos envía continuamente a sus escritores favoritos de ciencia ficción, la entrevista a un escritor; todo ello intercalado de una manera que puede verse luego estudiada en las copias de la libreta en las que Bolaño hacía el borrador y tomaba apuntes. El espíritu de la ciencia-ficción es un libro de iniciación pero, además de serlo para el autor, lo es para los personajes. Estos, todos ligados a la escritura en una voluntad por parte de Bolaño de sistematizar el entorno literario de ese momento, se inician en la vida, en amores, en sexo o en amistad. Recorremos narrativamente el crecimiento de los personajes al igual que lo hacemos de la escritura del autor chileno.

Leer a Bolaño siempre es un soplo de aire fresco dentro de la densidad que puede provocar en ocasiones el mundo literario. Leer a Bolaño es ser un poco niños otra vez, aunque los temas tratados no sean para nada infantiles; volver a la infancia, a la felicidad primera. Leer a Bolaño es disfrutar de algo a lo que muchos, equivocadamente, tildan todavía hoy de pesados y aburridos: los libros. Leer a Bolaño es leer, en el mejor de sus sentidos.

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Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

Robinson Crusoe

Robinson CrusoeSiento debilidad por los clásicos. Me atrae conocer de primera mano esas historias y esos personajes que han sobrevivido al paso de las décadas e incluso de los siglos, convirtiéndose en iconos de la cultura popular. Por eso tengo una larga lista de clásicos que quiero leer y cada año saldo la cuenta con unos cuantos títulos. Durante 2016, por fin he tachado de la lista de pendientes el Quijote, de Cervantes (bueno, solo la primera parte), El idiota, de Dostoievski, Rojo y negro, de Stendhal o El príncipe y el mendigo, de Mark Twain. Y cuando descubrí la preciosa edición ilustrada que Alfaguara ha hecho de la historia de supervivencia del náufrago más famoso de todos los tiempos, supe que había llegado el momento de atreverme con la primera novela moderna de la literatura inglesa: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Robinson Kreutznaer, conocido por todos como Robinson Crusoe, nace en 1632, en York, dentro de una acaudalada y honorable familia. Pero el jovencito Crusoe, lejos de querer dedicarse el resto de sus días a la abogacía, tal y como le aconseja su anciano padre, está deseoso de conocer mundo surcando los mares. Desobedeciendo a sus sensatos progenitores, se hace a la mar con diecinueve años y, desde el primer momento, parece destinado a que lo persiga la desgracia. Así dan comienzo las aventuras de este hombre, que acabará sobreviviendo veintiocho años en una isla desierta.

Narrada como si de una autobiografía se tratara, Defoe escribió un ficticio diario de supervivencia que, a pesar de ser publicado por primera vez 1719, no ha envejecido nada mal. Al fin y al cabo, por muchos avances tecnológicos que tengamos hoy en día, si naufragáramos en solitario en una remota isla deshabitada, nuestros únicos medios para sobrevivir serían nuestras fuerzas y nuestro ingenio, tal y como le sucedió a Crusoe. Sin embargo, la personalidad de su protagonista sí que chirría vista con los ojos y valores del siglo XXI, o al menos a mí me ha parecido así. La normalidad con la que ejerce el tráfico de personas y ese sentimiento de superioridad racial y moral que manifiesta en sus acciones ha hecho que este personaje no me cayera del todo bien. Sobre todo desde que entabla relación con el indígena, al que bautiza como Viernes porque sí y al que nunca se digna a preguntarle su verdadero nombre, ni siquiera cuando ya se comunican con soltura, además de creerse con el deber de cristianizarlo y alejarlo de sus costumbres «bárbaras».

Este es uno de los riesgos de leer a los clásicos: son el reflejo de una época que puede distar mucho de la actual y con la que no tenemos por qué estar de acuerdo. Es inevitable ver en este célebre personaje literario el ensalzamiento de la supremacía blanca y las virtudes del colonialismo, y eso me ha llegado a irritar como lectora. Pero también plasma valores universales, esos que han hecho que se convierta en una obra atemporal, como el afán de supervivencia del ser humano hasta en las condiciones más adversas y su necesidad de sociabilizar.

Eché en falta un Robinson Crusoe más humano, más emocional, que aparte del miedo o la soledad, sintiera añoranza de los seres queridos, disfrutara de la naturaleza —más allá de proveerse de ella— y demostrase, aunque fuera sutilmente, apetencia sexual. Pero es que este manual de supervivencia tan detallado es, sobre todo, un relato de aventuras y hay que leerlo como tal. Que logre entretener tanto a los lectores actuales como a los de hace tres siglos, tiene mucho mérito. Por eso, tras leer Robinson Crusoe, ya puedo decir con conocimiento de causa que comprendo que esta historia se haya convertido en un clásico y que este luchador náufrago marcara un antes y un después en la literatura inglesa y universal.

Un clásico menos en mi lista de pendientes y un personaje literario más para el recuerdo, tanto por sus virtudes como por sus defectos.

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Puerca tierra, de John Berger

Puerca tierra

Puerca tierra

No hacen falta raíces para que la tierra sujete tus pies anclados a la tierra como pequeños árboles nacidos de un útero de arcilla, como niños paridos cuando se ha partido el fruto del nogal, como niñas alimentadas de las ubres de las vacas, como vacas alimentadas, cada mañana a la misma hora en el mismo minuto, por todas las manos de hombres y mujeres que habitan sobre la tierra, con sus ojos legañosos llenos del polvo de la hierba seca recogida en verano, o llenos de barro de las botas que salpican el rocío matinal de los pastos donde se alimentaron todas las ovejas y todos los campesinos, todas las vaqueras y todos los bueyes que en el mundo han existido; y no hacen falta aquellas raíces que amarren tus pies, porque la tierra te atrapa, y no te suelta, con historias, con el recuerdo de todos los pasados y antepasados de cada una de las familias que han existido en las tierras de labranza, en las tierras de pasto, entre montañas de piedra y bancales, o entre llanuras de cereal y frutas; no te suelta de todo aquello que quedó enganchado como en telarañas de recuerdos que se aparecen en todos los rincones de los caminos, en cada cruce, en las piedras, en cada herida, en los muertos, en cada viaje, en los sucesos, en las alegrías, en las tristezas, en cada campana que toca a muerto o a fuego, o a inundación, en las manzana con sabor a sidra, en cada sidra con sabor a manzanas y a manos llenas de cieno y cielo. “Puerca tierra” son las historias de un estrecho pedazo de mundo, cerrado y cercado de montañas, pasados los años 50 del siglo XX en una Francia rural y campesina. Son personas y animales, sucesos y aspiraciones, ruegos y pérdidas, ganancias y maldiciones atrapadas entre esas montañas y pastos, entre esas casas colgadas del precipicio, y agarradas a las faldas de las montañas, entre aquellas hierbas y piedras llenas de musgo, llenas de los fantasmas de generaciones que pasaron por allí pisando las mismas rocas, saltando por los mismos atajos, viviendo en las mismas casas. Son las historias de un instante de sus viajes por la vida, pero que no pueden haber sucedido, ni sucederán, en aquellas tierras sin el recuerdo y la mirada olvidada de todos los antepasados que habitaron entre esos aires con olor de hierba cortada, estiércol y nieve.

Puerca tierra” son relatos sobre gentes que habitan un paisaje entre montañas, un pequeño universo en el que sufren, sudan, pelan, gritan, soportan duramente…y lo hacen porque es el suyo; fuera de él solo sabrán vivir las nuevas generaciones que no han sido absorbidas por la tierra, por sus querencias y por sus deseos de preñada con antojos; jóvenes que se fueron, y pocos volvieron. Así van apareciendo unos relatos sobre la realidad de personas, presentes y pasadas, que viven, y vivieron, de la agricultura y el pastoreo; y todos aparecen y se adivinan presos a las tradiciones, a las miradas exigentes de sus antepasados, a esas tierras propias, a los muros de los “chalets” en los que viven. Sus costumbres, sus apegos, sus odios, sus amores, sus recias personalidades están pegadas, y plegadas, a la dureza de las piedras, a su acerbo de generaciones que no quieren cambiar, que no quieren descubrir que debe haber algo nuevo, y hoy todo parece llevarlos hacia un fin lánguido, como la muerte dulce en la cama caliente, o en la bañera del agua cargada de vapores; muerte desde la que caerán los muros de sus casas, de sus bancales, de sus frutales, porque nadie seguirá cuidándolos; las generaciones pasadas acabarán junto a ellos, y lejos de sus hijos allá en la ciudad, allá en París,.

John Berger, cuenta, e interpreta, las historias que le contaron durante una época en la que vivía en la montaña francesa, y lo hace sobre las cosas que por allí habían sucedido, o suceden, pero también las impresiones que le deja todo aquel material humano, aquella tierra llena de heridas, sangre, sudor y estiércol; todo aquel aire impregnado de palabras cortas y frenéticas que sirven para parar el tiempo o para llamar a los animales o al buen tiempo desde las cumbres de las montañas; o sirve para mostrar recios odios y alabanzas, y para anunciar que la vida es ayuda y lucha, y para hablar de  viejas historias de las guerras mundiales, o para recordar a padres o madres que enseñaron cómo debe ser al vida, pero no enseñaron a vivirla, solo a trabajar; trabajar y sudar desde que se va la luna hasta que aparece de nuevo, cuando ya comienza a salir la escarcha. Pero Berger no solo habla de lo que sabe y le contaron, -y habla con su voz o con las del viajero que ha vuelto y encuentra el pueblo otra vez, o del niño ya viejo con recuerdos inolvidables o … -; también habla de sus sensaciones, de esa impronta que solo pueden aparecer desde la poesía. Con ella muestra el lado oculto de la personalidad del pueblo, esa que solo puede explicarse con los silencios entre las estrofas, y los gritos en los versos

Y los relatos que cuenta son sobre una pequeña mujer que tiene tres vidas y que parece pelear con el mundo desde su pequeña estatura; y hablan de vacas y de perdidas y de cerdos y matanzas y  de viajes a la nada; y hablan de padres  e hijos que no se comprenden; y de pelear por subir todos los días una cuesta con la fuerza de sus brazos y un viejo caballo; y hablan de campesinos que solo quieren defender lo justo, su justicia propia, su saber de siglos que no es el que rige ahora el mundo; y hablan de la ayuda entre todo el pueblo para la matanza del cerdo, o para construir casas, o para cavar en la nieve en búsqueda de cualquier cosa: tuberías, topos, comidas, tesón, fuerza…todo eso que une y todo lo que dispersa. Todas las historias de las que habla el libro son sobre campesinos que aman más su forma de vida que a la propia tierra: y la aman porque saben de ella, saben como será, saben que nada debe o puede cambiar para que intenten sobrevivir, saben que tras las lluvias siempre escampa, que las nieves traen silencio y prosperidad, saben que deben seguir los pasos de sus padres, y de los padres de sus padres, y la de los padres de estos, porque ellos supieron vivir y asentarse en aquellas tierras, y con aquellos animales, que no siendo los mismos, son las crías de las crías de las crías que aquellas que acompañaron y alimentaron  a su vieja familia, y así deberá seguir siendo. Los relatos y poemas que hablan de la vida en esas tierras duras y fecundas, son relatos de vida y de muerte, de crecimiento y caída, de lo viejo que se quiere y lo nuevo a lo que se deben acostumbrar, son relatos de nacimientos y de pensamientos de huida pocas veces cumplidos, porque la tierra se agarra a su piel.

La última historia que cuenta John Berger, que no lo es, es un ensayo sobre la vida del campesinado a lo largo del tiempo, es posible, que con los cambios que se han introducido desde que escribió este libro , haya cosa que no encajen, pero sin duda es un análisis lúcido sobre un mundo que comenzaba a cambiar, pero que seguía siendo tan feroz y tan difícil como la de hacía cien o mil años.

Es un libro bello en sus pensamientos, bello en su lenguaje, triste en sus palabras profundas, profundo en sus palabras tristes; es un libro para sentarse y mirar el horizonte capado por las montañas que rodean pueblos, que rodean casas, que rodean animales, que rodean hombres y mujeres que rodean montañas…

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Prosa del observatorio, de Julio Cortázar

Prosa del observatorio

Prosa del observatorioAl ver que una editorial se lanza con un libro desconocido para muchos de un autor célebre es inevitable pensar en que se está usando su nombre para vender sus libros sin centrarse en la calidad de estos. Probablemente por ese motivo quise leerme este. Como amante de la escritura de Cortázar, quería ver si esto no era una mera herramienta para seguir usándolo como causa de grandes ventas. Si habéis seguido mi camino en la web, seguro que ya os habéis fijado en que muchas veces – la mayoría – me equivoco en mis predicciones. Aquí no iba a ser distinto.

Prosa del observatorio, libro que mezcla la prosa cortazariana con fotografías tomadas por el propio escritor en su visita al observatorio de Jaipur (India), es un reflejo breve – pero extenso en el recuerdo que deja – de todo lo que contiene la escritura del escritor argentino nacido accidentalmente en Bruselas. Como digo, encontramos fotografías en blanco y negro impresas en papel grueso e intercaladas en el texto del observatorio estelar que construyó el sultán Jai Singh en el siglo XVIII para ver lo que Cortázar llama la «interminable lluvia de abejas de medianoche». A partir de ellas, Cortázar da inicio a una cascada de palabras con su sello más característico impreso. Esa prosa poética que a tantos lectores – que luego algunos han sido grandes escritores – enamoró y que sigue enamorando. De las estrellas y su configuración en el cielo para pasar al mundo de las anguilas y su evolución, su cambio de hábitat, su devenir vital. Todo ello cohesionado por la figura central del sultán Jai Singh, ese «hombre que de pie dialoga con los astros» atento al alba, a la «noche pelirroja».

Cortázar entona en este libro un grito que pide huir de la hiperdefinición, de un mundo donde la etiqueta, el número y el dogma es esencial para vivir. Él se dirige a la Dama Ciencia para quejarse, para expresar el desagrado que le produce sentir que nada puede sentirse ya, que todo parece estar estudiado, tratado, encuadrado en una visión cerrada y conclusa. Cortázar busca romper esa solidez de la cosmovisión humana, busca reivindicar la porosidad de la vida, el carácter rizomático del saber, del comprender, del vivir. Sí, Prosa del observatorio es también una queja a la sociedad en la que él se encuentra, es una queja a científicos concretos, al mundo en general; es una oda a la Naturaleza y su configuración azarosa, inaccesible a un entendimiento humano que busca, desde siempre y para siempre, abarcarlo todo.

Pero la queja, como todo en el universo cortazariano, tiene su visión positiva. Y es que para el escritor argentino hay salida, hay esperanza de apertura de brazos y mentalidad ante algo que nos rodea día a día, que es parte imprescindible de nosotros. El entorno, esa diana para el ojo de Cortázar, es un mar en el que bañarse y disfrutar de todo lo que nos ofrece; es, como piensa el escritor si decidimos hundirnos en ese mar de belleza infinita «algo así como un golpe de ala, un descorrerse, un quejido de amor y entonces ya, entonces tal vez, entonces por eso sí».

Si todavía no lo habéis hecho – cosa que envidio porque será una novedad total que yo ya no voy a poder vivir nunca más –, leed a Cortázar, de verdad. Y no es una obligación, es la invitación a la mayor fiesta literaria que no ha habido jamás.

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Kit de supervivencia para mi futura yo, de Lara Avery

Kit de supervivencia para mi futura yo

Kit de supervivencia para mi futura yoSi hoy me dijeran que dentro de muy poco dejaré de recordar, no sé cómo reaccionaría. Sammie decidió crear una especie de diario para que su yo del futuro no olvidara cosas imprescindibles. Ella se lo tomó bien, asumió que eran cosas que podían pasar. Unos nacían con estrella y otros, estrellados. Antes de saber que padecía NP-C, una enfermedad neurodegenerativa, a Sammie únicamente le importaban sus estudios y su futuro profesional. Acudía a todos los concursos de debate organizados por su instituto, estudiaba sin descanso durante horas, sin perder de vista su objetivo: estudiar en la Universidad de Nueva York y convertirse en la mejor abogada de Derechos Humanos de todo Estados Unidos.

Pero todo eso se fue al garete el día que le dijeron que su memoria no podría retener más recuerdos ni más datos. Que sus músculos se irían atrofiando poco a poco, que tendría que ir en una silla de ruedas y que llegaría un momento en el que sus órganos dejaran de responder. Lo que más le dolía a Sammie no era perder todas sus capacidades físicas, sino que su yo del futuro no tuviera identidad, que no supera siquiera quién era, quién había sido. Por eso decidió invertir el poco tiempo que le quedaba en escribir un libro donde dejara constancia a su yo futura de las comidas que le gustaban, la música que le ponía los pelos de punta, o todos los datos relevantes sobre su familia.

Lara Avery nos cuenta a través de los diarios de Sammie cómo se siente una persona cuando es diagnosticada de una enfermedad como la NP-C. Es como si todo se derrumbara, como si ya nada tuviera sentido, como si la luz se hubiera ido para siempre. Pero no os penséis que este es un libro dramático, lleno de escenas que hacen que se nos salten las lágrimas —aunque es cierto que hay alguna que otra—. Sammie es una chica que tiene un humor muy negro y para ella NP-C no es sinónimo de derrota. Le queda poco tiempo, así que lo mejor es no gastarlo en lamentarse y deprimirse. Tomará la medicación que haga falta y seguirá viendo el mundo desde esa perspectiva tan cínica que a ella le caracteriza. Irá a fiestas, seguirá preparándose para los concursos de debates e intentará ser una chica normal. Aunque no es tarea fácil. Sabe de sobra que pronto va a dejar de reconocer a sus hermanos y que no sabrá ni lo que ha desayunado, así que tendrá que hacer un esfuerzo increíble para que la luz venza a la oscuridad.

Voy a confesar que he llorado —bastante— al finalizar el libro. Es como una jarra de agua fría que te tiran por la cabeza. Pero también me he reído muchísimo con Sammie y con Cooper, su mejor amigo de la infancia, que es el único (quitando a su familia) que desde un principio sabe de la existencia de la enfermedad y que hará todo lo posible por mantener a Sammie animada y consciente. Porque últimamente nuestra protagonista tiene momentos de crisis en los que no sabe ni dónde está, ni qué está haciendo.

Kit de supervivencia para mi futura yo es una oda a la esperanza y al buen humor. Nos enseña que, por muy difíciles que nos quiera poner las cosas el destino, hay que ser fuerte y afrontar las tormentas que nos vengan con un buen paraguas y sin miedo a mojarnos. Porque en esta vida, nada es perfecto. Nos caemos, nos levantamos, nos herimos, nos sanamos, nos derrumbamos, volvemos a renacer y también nos mojamos. Nos mojamos con las lágrimas que se derraman al saber que una enfermedad como la NP-C nos acecha; con las que salen de nuestros ojos al enterarnos de que no podremos ver jamás a un ser querido; o con las que brotan sin querer al darnos cuenta de que este mundo no es justo. Pero siempre hay que hacer como Sammie, mirar adelante y avisar a nuestro futuro yo de que, pase lo que pase, confiamos en su fortaleza y en su capacidad de salir impune de cualquier tormenta.

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Cuentos extraños para niños peculiares, de Ransom Riggs

Cuentos extraños para niños peculiares

Cuentos extraños para niños peculiaresSi soy afortunada por algo es por la familia que tengo. Aunque pasamos por momentos difíciles, al final en mis recuerdos siempre quedan esas historias que hacen que me nazca una sonrisa de oreja a oreja. Eso es exactamente lo que me pasa cuando recuerdo a mi madre leyéndome por las noches antes de irme a dormir. Me leía cuentos de todo tipo, incluso había veces que cogía el libro que estaba devorando ella en esos momentos y me narraba algún capítulo que otro. Eso estaba bien, excepto por el hecho de que mi madre era y es fan incondicional de Stephen King.

Hace poco descubrí El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Sinceramente no supe de la existencia de este libro hasta que no vi que Tim Burton se había basado en él para crear su nueva película. He de decir que adoro a Tim Burton (casi al mismo nivel que mi madre adora a Stephen King) y no me perdono que todavía no haya visto su última película. Así que cuando vi el libro en el que se había basado, me lo compré y lo devoré. Al poco tiempo, ya impaciente por leer las siguientes entregas de esta saga, descubrí que Ramson Riggs había publicado con Alfaguara Cuentos extraños para niños peculiares. Ya solo por el nombre, decidí que tenía que pedirlo. Pero es que cuando vi la portada y las ilustraciones que contenía, terminé de convencerme. Me daba la sensación de que iba a pasar un rato genial sumergida en sus páginas.

Y parece que no me equivoqué. Este libro está compuesto por varios cuentos cortos dedicados a los niños peculiares. Pongámonos en situación. El hogar de Miss Peregrine es una especie de orfanato donde conviven niños que no tienen familia. Pero no es esa la una característica que los une: todos ellos tienen algún tipo de poder especial, algo que les hace peculiares. Mis Peregrine, la directora del orfanato, se encargó de ellos para que no les faltara de nada y que se sintieran como en un hogar. Y, por supuesto, no podían faltarles cuentos. Porque ¿qué sería de nuestras vidas sin historias? Así que estos cuentos, narrados de generación en generación, un buen día fueron recopilados y plasmados en papel. Así fue cómo surgió Cuentos extraños para niños peculiares. Os decía que las expectativas que tenía sobre el libro se vieron satisfechas y os voy a explicar por qué. El primero de los relatos cuenta la historia de una tribu caníbal que se topa con un pueblo de peculiares. Estos peculiares tienen la grandiosa ventaja de que su carne se puede regenerar. No les importa perder un brazo o una pierna, pues estos volverán a crecer sin problemas en un tiempo. Imaginaos lo contentos que se pusieron los caníbales cuando descubrieron a los peculiares. No os voy a desmembrar más la historia, pero digamos que los caníbales no tuvieron ese reparo respecto a los pueblerinos. De primeras, esta historia impresiona. Yo pensé “vaya, creo que si leo esto a mis primos pequeños les traumatizo de por vida”. Con este inicio me esperaba que el libro siguiera en ese registro gore, por decirlo de alguna manera, pero lo cierto es que después las historias no son tan macabras como esperaba. Lo que, por otra parte, he agradecido, ya que no soy muy dada a las historias de caníbales o zombies.

Ransom Riggs nos narra este libro haciéndonos creer que ha sido un importante historiador el que ha recopilado todos los cuentos. Serían como las fábulas que hoy en día se transmiten de padres a hijos, pero —por primera vez en la historia— transcritas al papel. Es tal la ambientación, que Riggs nos propone diferentes finales para alguna de las historias. Ya sabemos que los cuentos populares son narrados de una forma o de otra dependiendo de quién los cuenten o la zona donde vivamos (os pongo un ejemplo: a mi Caperucita la salvaba el leñador, pero a la de mi mejor amiga la rescataba la abuelita). Por eso Riggs, hablando como si fuera el historiador, propone distintos finales. Esto me ha gustado, pues si bien ya no hay más historias gore del tipo caníbales, sí que las hay con finales muy muy tristes y espeluznantes. Así que no está mal que el propio cuento nos proponga un final más halagüeño.

Qué voy a decir de este libro. Me ha encantado, me ha sacado sonrisas pero también ha hecho que me recorrieran escalofríos por todo el cuerpo. No sé todavía si voy a dejar que mis primos pequeños lo lean, aunque lo cierto es que se pasan el día jugando a que son zombies… así que igual con esos cuentos se sienten en su salsa.

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Falcó, Arturo Pérez-Reverte

Falcó

FalcóArturo Pérez-Reverte se ha marcado una novela de espías. Falcó se sitúa en la España de 1936, en los primeros meses de la Guerra Civil y, como ya ha dicho su propio autor, será una saga.

Parece ser que Pérez-Reverte ha encontrado un nuevo personaje con el que se lo pasa tan bien escribiendo que incluso ha interrumpido otra novela –una sobre ajedrez– para dedicarle su plena atención. En una entrevista dijo que el personaje de Lorenzo Falcó surgió de una frase de Gloria Swanson en la película de 1931 Esta noche o nunca. Después de pasar la noche –estamos en el Hollywood anterior a la censura– con Melvyn Douglas, Swanson le dice a una amiga que el señor en cuestión “es un caballero, pero no es un caballero”. Y en la mente del padre de Alatriste prendió la mecha. ¿Por qué no crear a ese personaje?

Lorenzo Falcó es un jerezano de buena familia que se desvió del camino que habían marcado para él y, tras ser expulsado de la Academia Naval, empezó una vida errante que le llevó a convertirse en contrabandista de armas y, finalmente, en espía.

Tengo que adelantaros que Falcó no está hecho para caer bien. Hablando en plata, es un h…. Y, de hecho, eso es algo que le dice un personaje de la novela y a lo que él responde dándole la razón. Al menos en ese sentido es honesto. Falcó es un tipo al que solo le importa él mismo y pasa por encima de quien haga falta para conseguir lo que quiere. Es un oportunista, un torturador, un canalla, un hombre sin escrúpulos. Y, sí, semejante joya es el protagonista de la novela. Me sorprendió que, en un momento en el que lo está pasando bastante mal, llegué a pensar “mira, chaval, te lo mereces y, si la palmas, casi mejor”. Aunque eso dice más de mí que del personaje, por supuesto.

Pero, si Lorenzo Falcó fuera totalmente negativo, no tendría gracia. El mundo está lleno de malas personas sin carisma, solo tenemos que levantar la vista para comprobarlo. Por eso también hay momentos en los que Falcó sabe ser encantador. Consigue que te olvides de que vendería a su madre si se le presentara la oportunidad y que te rías con él, incluso que le desees una muerte rápida. Pero son solo momentos. Lee un par de páginas más y verás que el tipo se encarga de demostrarte que se merece lo que le toque y que, quien las da, las toma.  Esa contradicción es, en gran parte, la gracia de la novela, y del personaje de Falcó.

Falcó me ha recordado a La máscara de Dimitrios de Eric Ambler. En esta novela de 1939, el escritor Charles Latimer conoce en Estambul la historia de Dimitrios Makropoulos, un contrabandista, criminal y espía internacional, cuando encuentran su cadáver flotando en el puerto. Latimer siente una curiosidad, fascinación, diría yo, por Dimitrios que le lleva a investigar su pasado y las causas de su muerte. Así descubre que el personaje es incluso peor de lo que esperaba, pero al mismo tiempo no puede sustraerse de la atracción que le provoca su mundo. La máscara de Dimitrios es una novela que he releído varias veces y en muchas ocasiones me he preguntado, ¿qué pasaría si viéramos la historia desde la perspectiva de Dimitrios? Pues que tendríamos algo similar a Falcó. Y nos libraríamos de Latimer, que a ojos del lector actual es un poco mojigato.

La trama de la primera entrega de esta saga es aparentemente sencilla. Lorenzo Falcó trabaja para el SNIO, el Servicio Nacional de Información y Operaciones, uno de los muchos servicios de inteligencia de la España de la época. Estos se han pasado a los golpistas y el Almirante, su jefe directo, le encarga una misión de suma importancia: liberar a un preso de la cárcel en la que lo tienen retenido, en la parte republicana. Y Falcó, sin despeinarse, se dispone a hacer su trabajo. A partir de ahí, como podéis imaginar, las cosas se tuercen, surgen imprevistos, intereses cruzados, aparecen mujeres con secretos, ejecuciones, asaltos nocturnos, bombardeos, masacres, torturas, persecuciones… Vamos, la cosa se anima.

No quería irme sin deciros que lo que más me ha gustado de esta novela han sido los diálogos. Muchos de ellos son como los de las películas antiguas, esas en las que Orson Welles se marca un discurso sobre los relojes de cuco o Lauren Bacall le pregunta a Humphrey Bogart si sabe silbar. Diálogos que, por supuesto, no suceden en la vida real, y por eso tenemos que recurrir a las novelas y al cine para vivirlos.

En otra entrevista, Pérez-Reverte dijo que ha creado a Falcó con la idea de que los hombres quieran irse de copas con él y las mujeres llevárselo a la cama. Después de ver al tipo en acción, puedo aseguraros que acostarme con Lorenzo Falcó es lo último que se me pasaría por la cabeza. Pero tal vez una copa, apuntándole con una Luger por debajo del abrigo, me la tomaría.

Laura Gomara @lauraromea

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Piscinas vacías, de Laura Ferrero

Piscinas vacías

Piscinas vacíasPiscinas vacías ha aterrizado en mi mesa durante el fin de semana más lluvioso en Madrid en meses, después de la semana más encapotada, mientras escuchaba en bucle Carrie & Lowell de Sufjan Stevens, un disco que se mueve entre susurros más que entre acordes. Vaya eso por delante, porque siempre he sido de los que piensan que el ambiente influye en las lecturas. Y así la lluvia, las canciones melancólicas y los ruidos de cañerías viejas han ido empapando la lectura del primer volumen de esta barcelonesa (o eso dice su biografía) y al llegar el domingo y el final del libro no he podido evitar un pequeño escalofrío y cierta desazón que sé que me acompañará durante un tiempo.
También es verdad que Piscinas vacías destila tristeza, de principio a fin. Y eso que es un libro de relatos, con sus altos y sus bajos, sus sorpresas, sus picos y sus valles. Pero amanece triste y cuando se cierra la última página la tristeza sigue ahí, como aquel dinosaurio. Entre medias, una melodía monocorde compuesta principalmente por un puñado de encuentros y desencuentros alrededor de la familia: en casi todos los relatos hay una, y se rompe por alguno de sus lados, o se desgasta o, simplemente, se constata que ya no está allí. Padres con madres, padres con hijas, madres con hijos, abuelos y demás especies familiares. Relaciones que resisten en condiciones paupérrimas junto a aquellas que se hacen trizas, la mayoría de las veces para no dar paso a nada mejor. La vida, tal cual, en un lienzo de sentimientos complejos envueltos en situaciones cotidianas, o viceversa. Tiene mérito que cualquiera que avance suficiente en el libro vaya a darse de bruces tarde o temprano con algo que ha vivido en primera persona, descrito casi al detalle.
Más allá de la tristeza como elemento común y de la familia como eje, el gran protagonista de Piscinas vacías es el amor, la sempiterna falta de un manual de instrucciones para afrontarlo y la práctica imposibilidad de evitar su obsolescencia. También transitan por las escenas de Ferrero la comunicación (o su ausencia, no precisamente por falta de palabras), el miedo a la muerte, la melancolía e incluso la enfermedad mental. Los temas pueden repetirse un poco, pero, ojo, nadie dijo que hubiera que meterse un libro de relatos entre pecho y espalda en cuarenta y ocho horas, como yo he hecho. Con tiempo y espacio, con aire, como el vino, las cualidades del conjunto mejoran.
En cuanto al estilo, hay mucho de Carver, de Ford, en todos los textos, especialmente en la manera de manosear situaciones cotidianas hasta sacar de ellas lo que se esconde bajo la superficie, sin tener que recurrir a dinamitar las escenas. Ambientación correcta, sin estridencias, personajes en consonancia con el texto. Todo ello nos deja unos relatos formalmente redondos a los que quizá les falta una pizca de desarrollo, algo de movimiento, un poco de variedad en el registro narrativo.
Dice la cuarta de cubierta de esta edición (y creo que la faja también, pero la tiré antes de hacer esta reseña) que Laura Ferrero irrumpe con fuerza en la literatura en español. No estoy de acuerdo. Me parece, más bien, que entra con delicadeza en la habitación, como los fantasmas de otras navidades, para mostrarnos nuestra propia vida reflejada en las de otros. Incluso diría que más que irrumpir abre la puerta con sigilo y entra de puntillas con los zapatos en la mano.
Sin embargo, nadie dijo que eso tenga que ser algo malo precisamente.

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El cuaderno de Bento, de John Berger

El cuaderno de Bento

El cuaderno de Bento

Y si fuera el silencio que debe acompañar a las lecturas de Spinoza lo que desprendiera este libro, sería un silencio arrugado, un silencio doblado por las esquinas, en esas donde se señalan lo que debes releer, a lo que debes estar atento, aquello con lo que o te identificas o te sorprende. La calma que rodea el texto te sorprende. Nada alrededor de la lectura parece tener importancia, solo te centras en el papel, en los símbolos -dibujos y letras- que te impresionan la mente. En ese collage que resulta ser el libro, en el que Baruch Spinoza -Bento-, los dibujos y esa liturgia de señuelos, ideas, murmullos y miradas que siempre recrean los textos de John Berger; todo parece ser creado para ser observado, tanteado, acariciado o pensado; para ser asumido en tu mente, ser argamasa entre las neuronas, sin que ninguna sensación acuciante te recorte la percepción de algo diferente.

El cuaderno de Bento” es el improbable diario, la imposible copia, del libro de apuntes que siempre, dicen y decían, acompañaba a Spinoza. John Berger tienta a la suerte, apuesta por una forma, por su versión, por lo que él hubiera hecho si hubiera sido Bento, si este hubiera vivido el siglo XX. Y no pretende asomarse al cerebro del filósofo, no pretende provocar su comportamiento, ni alterar sus ideas. No; esas ideas aparecen, ilustres, por todo el libro, enmarcados entre ropas de niños regaladas, entre las bolsas de una pequeña guía de museo, entre muertos por las estúpidas diferencias religiosas, entre olvidadas princesas que nadan en una piscina pública, entre supermercados españoles y poderosos hombres de negocios desnudos. Por entre esos resquicios, Berger ha expuesto algunos de los pensamientos de Spinoza, a la vez enigmáticos y cortantes, al mismo tiempo sorprendentes y oscuros. Sobre ellos sobrevuela esa sensación que pretende mostrar que sobre lo práctico, sobre lo racional o empírico, está ese lado del mundo que se apoya en lo etéreo, en el que prevalece lo espiritual de la vida, lo que no es contable, y, a veces, ni siquiera demostrable. Mundo, este, que en el libro está poblado de dibujos que no quieren mostrar más que una cara del pasado, una flor, un crucifijo, una mano, un pequeño paisaje, o unos ojos como collares dibujados por una niña; cosas sin aparente importancia, pero que son cimientos de una forma de ver la vida; ese mundo que,  a veces, se distingue desde una mirada amistosa a las cosas más simples , y en otras se advierte la posición crítica contra los poderosos, esa acerada palabra que siempre acompaña a Berger; esa con la que aplasta a base de sustantivos, adjetivos y verbos, no ya a los poderosos de dinero y poder bárbaro, sino también a los momentos injustos, los estados que deberían ser ilícitos de amor hasta la pobreza, los lugares de violencias irracionales, de muertos sin culpa; y muestra esa angustia que ofende cuando existen personas que no nacieron en el lado iluminado de la justicia.

“El cuaderno de Bento” es un canto a las pequeñas cosas, a las maneras suaves y dignas de entender la vida, de luchar por ella, de amarla y de protestar y ofenderse y rabiar con ella. El libro es una conversación al oído, sorteando la música abrasadora que ahora suena en el mundo, que te cuenta sobre la belleza de los dibujos -aunque no sean los mejores, aunque, una vez, sea el dibujo titubeante de una niña pequeña-, que te habla del orgullo por los dibujados, te habla de “Los hermanos Karamazov” y de otros libros; te cuenta sobre la mirada hacia un cuadro, hacia los que miran el cuadro, hasta la mirada de la que te hace mirar el cuadro; que te susurra sobre lo que es saborear los pequeños detalles que se nos escapan entre esa música y los sonidos de los teléfonos que parecen ser el diapasón que mueve el mundo ahora; es observar, también, a una persona cualquiera y agradecerle un buen gesto; es mirar al bufón que dibujaba Velazquez que no a sus reyes; es contemplar al antiguo dirigente de cultura de la Alemania comunista  expurgado por defender su arte; es descubrir, cara a cara sin cerrar los ojos, los horrores que nos ocultan o queremos que nos oculten; es observar la vida de los emigrantes en país ajeno, y la no diferencia entre los mundos que nos hacen creer que existen; es atisbar el simple descubrimiento de la alegría que parece iluminar un día cualquiera. Esas cosas, y muchas más, son las que aparecen en las páginas del libro que quiere mostrarme el mundo de debajo de las piedras, allá donde dormitan las salamanquesas, las ranas y parecen vivir los humanos del mundo que no salen en los periódicos si no es para contar que no volverán.

Bento, Spinoza, no escribió este libro, ni siquiera se parecerá en nada a lo que pudo escribir, excepto esas sentencias, esas “proposiciones”, que muestran que el mundo que no se puede contar en monedas o valores existe, y que es tan valioso como el mayor de los bancos del mundo, en ese donde no se sientan ni los pintores de caras tristes, ni ancianas que regalan chaquetitas a bebes, ni cariñosos guardaespaldas de ancianas que lo serán siempre, ni los bufones, ni los emigrantes, ni Ossip Mandelstam, ni verbos con sabor a ternura, ni sustantivos sobre la injusticia del mundo. No, no existieron esas cosas en los diarios de Spinoza; pero sí parece que un mundo, su mundo, resbala por las hojas del libro; igual solo es la tinta de lo dibujos que él no pintó, pero que si pudo hacerlo porque la pintura, y la literatura, y lo no palpable, se va moviendo en el mundo y cae, siglo en siglo como un fuerza que no desaparece y que se trasforma, en ciertas manos, y acaso son las mismas las de Berger y la suyas.

Este libro, debo decir, no es con el que empezaría a leer a John Berger, creo que debes, primero, tomarle el paso, acompasar la zancada de su literatura, de su mirada del mundo y de la sociedad, para luego saber sumergirte en ese escrito, personal, fuerte, minucioso y espiritual; hasta empaparte en el cauce de su torrente que ya te volverá trasparente. Merecerá mucho la pena que recorras el camino, sin adentrarte por el atajo, y leer este libro en toda su agudeza. Te lo aseguro.

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Nerve: un juego sin reglas, de Jeanne Ryan

Nerve: un juego sin reglas

Nerve: un juego sin reglasTenía muchísimas ganas de leer Nerve: un juego sin reglas. Cada día, desde que lo pedí, cuando llamaban al timbre de mi casa, corría hacia la mirilla para ver si era el mensajero trayéndomelo. Y, por fin, llegó. ¡Un día y medio me ha durado! ¡Un día y medio! Vale, puede ser que no lo haya soltado ni para comer —literalmente—, pero es que me tenía atrapada. Cuando dejaba el libro para hacer algo que me impedía seguir leyendo, no podía parar de pensar en cómo seguiría la historia. Y, al fin, la terminé y ya vuelvo a ser un poquito más libre.

Dicho esto, os voy a contar un poco de qué va, para que entendáis por qué durante un día y medio he sido abducida por esta historia: en una época en la que la tecnología manda y los móviles son una extensión de nuestro cuerpo, la aplicación Nerve es la nueva sensación. A caballo entre una red social y un juego de rol, consiste en una especie de “verdad o atrevimiento”, en el que una serie de desconocidos proponen retos a los jugadores a cambio de regalos más que suculentos. Nerve lo sabe todo; sabe qué vestido está en tu lista de deseos, a qué sitio desearías viajar, a qué universidad carísima te gustaría ir si tuvieras el dinero suficiente… y, lo más importante, sabe que harás todo lo posible por conseguir esos regalos.

Vee es una chica normal, estudiante de instituto que pronto irá a la universidad y que dedica sus ratos libres al teatro. Pero no es una de las actrices; aunque siempre lo ha querido, nunca se ha atrevido a presentarse a una audición. Para eso ya está su mejor amiga, Sydney, igual de guapa que talentosa. Vee prefiere quedarse entre bambalinas, encargándose de que todo vaya bien, preparando el vestuario y el maquillaje y haciendo que todo sea perfecto. Por supuesto, como cualquier chica o chico de su edad, conoce ese juego del que todo el mundo habla.

En Nerve puedes optar por dos roles: jugador o seguidor. Si le hubieran preguntado a Vee hace unos meses por qué papel optaría, habría respondido que ella era una seguidora, obviamente. Pero ahora, con ese chico que tanto le gusta pero que no le hace caso y esa mejor amiga que se lleva toda la popularidad… no lo tiene tan claro. ¿Qué tal si, por una vez, ella es la protagonista? No pasará nada por jugar un rato. Tendrá que hacer algún reto tonto y conseguirá fama instantánea y un montón de premios que, de otra manera, jamás conseguiría. Lo que Vee no sabe es que esos juegos son de todo menos “tontos” y que Nerve hará lo imposible para que la partida no se acabe.

Con este planteamiento, original cuanto menos, Jeanne Ryan nos ofrece una novela young adult muy entretenida y, como decía al principio, demasiado absorbente. Me ha gustado que no tuviera como escenario una América posapocalíptica, sino que todo sucediese en la época actual y tomando como hilo conductor la omnipresencia de las redes sociales en nuestras vidas. Nerve, ese ente que no se sabe muy bien dónde radica y, por lo tanto, complica las cosas a quien quiere acabar con él, se aprovecha de este afán de compartir todos nuestros deseos e intimidades en ese gigante llamado Internet para tener a los jugadores y seguidores como marionetas, haciendo todo lo que él quiere. Y digo acabar con él, porque Nerve no solo se nutre de juegos estúpidos y apuestas ridículas, sino que llega a poner en peligro la vida de sus concursantes con tal de tener más seguidores. La protagonista se irá dando cuenta, poco a poco, de que sus sospechas paranoicas sobre que existen conspiraciones por todas partes no son tan descabelladas y que absolutamente todo lo que ha compartido con sus supuestos amigos, ahora le va a servir a Nerve para tenerla atrapada como si fuera una mosca en una tela de araña.

Estaba tan emocionada con este libro que, en cuanto lo terminé, corrí al cine a ver la película. Llevaba todo el verano anunciada, pero no quería verla sin haber leído el libro antes. Se me hacía difícil terminar la reseña sin hacer alusión a este hecho, pues merece una advertencia: cualquier parecido entre el libro y la película es mera coincidencia. Tienen la misma trama, pero ¡es que ni un solo reto es igual que en la historia original! Solo quería avisar, por si acaso habéis visto la película y pensáis que está todo dicho. En fin, después de este pequeño comentario con tono indignado, no puedo hacer más que recomendar este libro, muy sinceramente, si lo que estáis buscando es una historia diferente y que os tenga en vilo durante horas. Y, mientras tanto, cuidado con lo que subís a las redes sociales; ahora ya sabéis que Nerve lo ve absolutamente todo.

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La carne, de Rosa Montero

la carne

la carneEs posible que Rosa Montero sea la mejor creadora de arranques de libros. En concreto el mejor primer párrafo, ese en el que tanto se juega un escritor. Supongo que por el hecho de ser periodista ya sabe de la importancia que tiene un buen titular, y eso puede equivaler a las primeras palabras a las que uno se enfrenta al abrir un nuevo libro:

vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.”

Así es como empieza su nuevo libro, La carne, diciéndonos que soñamos unas cosas y dejamos de soñar con aquellas que ya vemos imposibles; cuanto menos nos queda por vivir, más se unen esas dos líneas o nostalgias, y en lo que vivimos al día no hay apenas reflexión porque antes de darnos cuenta ya ha pasado.

Una historia en la que no nos sorprenderá encontrarnos con la Rosa Montero que todos esperamos, la que habla del paso del tiempo, de la muerte, de la maternidad frustrada, del deseo, del sexo… Esos temas a los que nos lleva desde diferentes perspectivas y que la convierten en una especie de Woody Allen a la española. Y es que yo tengo claro que por la Montero pasan los años, ¡claro!, pero hay algo que nunca desaparece de sus obras: Sus temas, la sorpresa y el sentido del humor.

Siempre he ido leyendo a Rosa Montero un poco a remolque, así que cuando leí La hija del caníbal, comprobé, con una sonrisa dibujada en mi cara, que mi neceser de viaje estaba empezando a crecer escandalosamente 😉 Ni les cuento la cara que se me ha quedado al leer en este libro el hueco que aun deberé hacer no tardando demasiado.

Y es que esta escritora es como es, generosa en la vida y en la literatura, siempre dando segundas oportunidades a sus personajes, siempre mostrándose un poco a través de ellos, y en este caso apareciendo en la obra de forma literal, para que Soledad, la protagonista de La carne, pueda darle un pequeño repaso a su forma de ser, de vestir y de actuar,… ¿Es posible que aparezca para que nadie la relacione con Soledad ni se la vea como un alter ego?

Y es que en La carne, Rosa Montero, nos presenta a Soledad, una mujer que inicia su entrada en los 60, y como regalo la vida le acaba de privar de su joven amante, que la ha abandonado para continuar su relación con una mujer con la que va a tener un hijo. En unos días van a coincidir en la representación de Tristán e Isolda en el Teatro Real, y ella, ante la desesperación de que la vea como está, sola y abatida, contrata a un estupendo gigoló de poco más de 30 años para hacerlo pasar por su pareja actual.

Sobre la trama nada más les contaré, porque nunca lo hago y porque quiero que todos ustedes disfruten de esos giros “Monterianos” que tanto le agradecemos a la autora cuando nos aleja de las lágrimas y de la lluvia.

Pero sí quiero hablarles de Soledad, la protagonista. Soledad es una mujer de su tiempo, y nunca mejor dicho, es una mujer activa, una profesional competente, un ejemplo, también, de quien vive esclavo de su cuerpo y de su estética, porque así es la sociedad en la que vivimos, este es nuestro tiempo, lo que no es joven y terso pasa a un segundo plano. Y Soledad, como Rosa, o como yo misma, queremos seguir estando en el mundo, aportando, siendo felices con aquello que nos da felicidad, y en el fondo somos todas buenas mujeres, somos las mujeres que nos ha tocado vivir, cada una con su estilo, cada una en sus propios zapatos, una de tacón, otra con botas de extravagante diseño y otras, como yo, con unos simples zapatos planos de gamuza azul.

Pero Rosa Montero no monta una novela como esta para su mayor gloria, que no, que no; que si quieren que les diga la verdad esta novela está escrita para ganar lectores, sí, porque quien habla de autores y autoras malditos, y nos habla de sus vidas y sus obras con tanta concreción y con tanta pasión, ya sabe lo que eso despierta en el lector. Pasión. Pasión por la lectura. Y por la escritura. Todos sabemos que no hay mejor terapia que escribir, ya ven, aquí sigo yo, escribiendo y escribiendo, y así sigue ella escribiendo y escribiendo, y sorprendiendo una vez más a los lectores, incluso a sus incondicionales, y es posible que incluso a ella misma.

Como les recordaba, Rosa Montero es una estupenda lectora, y se nota, se nota en todo lo que escribe; pero en esta novela especialmente, yo he notado esa pasión que ella tiene por su novela fetiche: Lolita, una lectura que ha dejado un poso en ella, y que se refleja en parte de su obra, pero sobre todo en esta historia, en esta Soledad…

¿Y la música? ¿Han hecho alguna vez el amor escuchando música? Imagino que sí, claro, como todos, pero … ¿Con Wagner? Ufff ahora ya les veo torciendo el gesto… Y a mí se me escapa una sonrisa porque he recordado que “cada vez que escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia”… Y con esta frase de Woody Allen se cierra el círculo de esta reseña.

No me queda más remedio que decirles que lean, lean, lean, lean este último libro de Rosa Montero.

Lé-An-Lo.

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Una virgen imprudente, de Ida Simons

Una virgen imprudente

Una virgen imprudenteVendida como la Stoner holandesa, esta novela atrajo mi atención desde el primer momento. No sé si conocéis Stoner, de John Williams. Es un libro que leí hace un par de años y que me gustó bastante. En Stoner no ocurre nada y ocurre todo a la vez: el paso del tiempo, el devenir de una vida más o menos simple, el amor, las decepciones. Todo ocurre a un ritmo acompasado con el de la vida del protagonista. Y sin tener nada en especial es una novela que atrapa. Es cierto que Una virgen imprudente tiene muchas similitudes con Stoner: ambas son novelas cuyo equilibro baila al compás de la existencia del protagonista, una existencia que se nos presenta tal cual es, sin grandes ni arriesgados artificios literarios. Sin embargo, en Una virgen imprudente, la protagonista es una niña de once años y dejaremos la novela cuando ésta tan sólo tenga trece años. No la acompañaremos a lo largo de su vida, pero viviremos unos años, quizás cruciales, de su adolescencia.

Gittel es el nombre de esta niña judía a través de cuyos ojos conoceremos la vida, más o menos tranquila, de unos años próximos a la Segunda Guerra Mundial. Antes de adentrarme más en la trama, creo que es muy necesario que os hable de la autora para que entendáis las semejanzas entre realidad y ficción. Ida Simons fue una escritora belga nacida en 1911. Debido a los agitados años que le tocó vivir, no tuvo una residencia fija y anduvo por varios países de Europa aprendiendo a tocar el piano. Tal fue su éxito como pianista, que formó parte de varias orquestas importantes hasta que llegó la invasión nazi. Ida Simons sobrevivió a dos campos de concentración, aunque su salud sí se vio afectada y tuvo que renunciar a su sueño de ser una pianista de fama internacional. Tuvo un relativo éxito literario, pero fue, como muchos otros, injustamente olvidada. Menos mal que el tiempo a veces es justo y podemos disfrutar de esta autora, cuya vida bien podría ser una propia novela.

Para los escritores de hoy en día, que tenemos una vida relativamente cómoda y aun así tenemos la santa manía de quejarnos, debería existir una mano divina que apareciera de la nada  y nos diera una colleja cuando nos atrevemos a lamentarnos de lo más mínimo. Deberíamos aprender de escritoras como Ida Simons, carajo.

Ahora que conocéis a la autora, podréis entender los parecidos razonables entre personaje y autor. Además de la época escogida por Ida Simons para narrar la historia de Gittel, su personaje también es una gran amante del piano y llevará su pasión consigo allá donde viaje. Y es que la vida de esta niña es un tanto agitada. Su padre es un hombre algo desgraciado con poco olfato para los negocios y su madre, una mujer inquieta que en cuanto discute con su marido sale huyendo con su hija a casa de la abuela y su leal criada, a casa de la baronesa o quien sea que les dé cobijo en ese momento en Amberes. Y entre el trajín de ir y venir a La Haya, Berlín y Amberes, Gittel descubre algunos sentimientos que hasta entonces no conocía. Será en Amberes donde conozca a la familia Mardell y sobre todo, a Lucie, una mujer soltera de veintinueve años con la que Gittel descubrirá qué es la amistad (un amistad ciega, casi devota) y la traición.

Los personajes de esta novela están maravillosamente desarrollados. Me recuerdan a aquellos que creaba Dostoievski, como en El jugador. Aparentemente sencillos, pero muy complejos.  He disfrutado mucho con los personajes de Una virgen imprudente: la inocente e irónica Gittel, el genial tío Wally, la sorna de la madre, lo impecable de Lucie y la extravagante abuela. De verdad, una galería de personajes geniales, de los cuales da pena despedirse cuando acaba la novela.

Y aunque, como os decía al principio, este libro no tiene una gran trama, realmente no la necesita. Porque Gittel y el resto de personajes son suficientes. Porque es la vida misma, lectores, lo que transcurre entre sus páginas. ¿Hay algo más sincero?

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