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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers

el largo viaje a un pequeño planeta iracundo

el largo viaje a un pequeño planeta iracundoCada noche, antes de irme a dormir, miro durante unos minutos el cielo. Un hábito que surge como resultado de mi naturaleza curiosa, principal instigadora de una desbordante imaginación. Así que empiezo con la simple contemplación de un cielo preñado de estrellas y termino imaginando todos esos planetas que TESS podría hallar. Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito (TESS por sus siglas en inglés) es el último satélite que la NASA ha puesto en órbita. La misión de este pequeñajo será monitorizar todos esos planetas fuera de nuestro Sistema Solar proclives a albergar vida. Hallar los más mínimos indicios de vida microbiana ya sería todo un éxito.

Pero ya que imaginamos hagámoslo a lo grande. Encontremos planetas extraños repletos de vida inteligente. Contactemos con seres de morfología imposible que hablan lenguas insólitas. Viajemos a mundos tornasolados, grises, desérticos, frondosos… Así pues, dejemos a TESS, producto de la motivación intrínseca que surge de la curiosidad, buscando vida, y subamos a la Peregrina, hija de la más fructífera imaginación, que nos llevará a los lugares más recónditos del espacio profundo.

En El largo viaje a un pequeño planeta iracundo Rosemary Harper será nuestro ticket de embarque para formar parte de la tripulación de la Peregrina. A través de los ojos de la recién llegada iremos descubriendo a los curiosos compañeros con los que deberá compartir espacio. Pronto se pondrá de manifiesto que la tripulación de la Peregrina se dedica a un trabajo vital para hacer más accesibles las vastas distancias del espacio: abren agujeros de gusano. Pero los trabajos que están acostumbrados a hacer siempre son pequeños y sencillos hasta que reciben un difícil encargo que pondrá a prueba sus habilidades profesionales además de la convivencia en el interior de la Peregrina.

Becky Chambers es la autora de esta novela que autopublicó en 2014, pero que, tras convertirse en todo un éxito en tiempo record, la llevaría a publicar con una editorial y a ser finalista en el premio Arthur C. Clarke al mejor libro de ciencia ficción de 2016. Su éxito no radica en las batallas estelares. De hecho, y para ser honestos, solo hay dos escenas de acción. Tampoco se hace un gran uso del anzuelo que muchos morderán (entre los que yo me incluyo) de una nave capaz de crear atajos a través del espacio. Dos únicos, aunque impresionantes, viajes. Pero una space opera es mucho más que viajes a la velocidad de la luz, batallas espaciales y cachivaches de alta tecnología. Las buenas historias pertenecientes a este subgénero de la ciencia ficción siempre gozan de unos personajes que se relacionan con seres de otras razas creando vínculos a priori imposibles, que viven apasionantes romances y que, para bien o para mal, toman contacto con civilizaciones extrañas. En definitiva, personajes de los que resulta imposible no enamorarse. La tripulación de la Peregrina cumple con creces con esta característica.

Por la novela El largo viaje a un pequeño planeta iracundo se pasean algunos seres que bien podrían ser confundidos con los lagartos come ratones de la serie V, también hay anfibios cruzados con adorables peluches, veneradores de agresivos virus capaces de ver el tejido del que está conformado el espacio-tiempo, risueñas, además de extravagantes, muchachas humanas que parecen sacadas de un concurso de cosplayers, inteligencias artificiales con más empatía que la mayoría de seres pensantes… y más, y mucho más. Ashby, Rosemary, Doctor Chef, Ohan, Sissix, Jenks, Kizzy, Lovey, incluso Corbin, ese hombre mitad Data, mitad Sheldon en sus momentos más toca pelotas, se ganarán un rincón en vuestro corazoncito. Porque la autora consigue crear en un espacio pequeño, en ocasiones incluso asfixiante y con pocos personajes, un sinfín de interacciones y de situaciones en las que cada uno de nosotros se verá representado. Situaciones que tratarán temas como la identidad de género, la capacidad del amor para traspasar fronteras construidas por tabús absurdos, el concepto de familia, la amistad o la xenofobia. “No juzgues a otras especies por tus propias normal sociales”.

La tripulación de la Peregrina afrontará los asuntos anteriormente mencionados no solamente a bordo de la nave tuneladora sino también a lo largo y ancho del espacio. Enfrentándose, siempre con un predominante optimismo, a cada una de sus historias personales. Historias que se convierten en pequeños relatos que van conformando poco a poco la personalidad de cada uno. Becky Chambers, designada guía de este viaje, nos orientará a lo largo de puertos espaciales que ella describe de forma minuciosa. Olores, colores, sonidos, sensaciones, todo perfectamente conjugado para hacernos vivir una maravillosa experiencia sensorial. De igual forma ocurre con los manjares, pues la autora parece empeñada en hacernos salivar con platos que jamás podremos catar: sabrosas raíces colmillo, bichos de la costa roja de aroma embriagador o panecillos cocinados por Doctor Chef que, irremediablemente, conseguirán que tu estómago ruja. Y todo ello mientras página a página, nosotros como lectores, acabamos también formando parte de esa familia de la cual, ya casi al final y con alguna que otra lagrimilla de acompañamiento, nos será imposible separarnos.

En definitiva, El largo viaje a un pequeño planeta iracundo publicado por Insólita Editorial es una atrevida space opera que nos atrae con la promesa de explorar lugares increíbles y al final, gracias a unos personajes construidos de forma delicada y de notable sensibilidad, nos hace viajar al interior de nosotros mismos a través de unas acertadas reflexiones.

“El universo es lo que nosotros hacemos que sea”.

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Habla memoria, de Vladimir Nabokov

Habla memoria

Habla memoriaPara mí Nabokov es uno de los grandes. Su prosa me parece exquisita y creo que es, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Os recomiendo mucho que leáis Lolita y Pálido fuego si es que aún no lo habéis hecho. Sin duda, el escritor ruso sentó las bases de la literatura posterior y ha sido una gran influencia literaria para muchos otros autores. Lolita, esa novela tan libre y casi impensable en nuestros días, es desde hace tiempo uno de los clásicos de la literatura universal y todo se lo debemos a este peculiar escritor.

No se me habría ocurrido pensar que Nabokov hubiera escrito una típica autobiografía. Habla memoria le pega mucho más. Empezando por el título, que junto con el de Neruda (aunque me tenga muy mosqueada últimamente) de Confieso que he vivido me parece uno de los mejores títulos posibles para una autobiografía, ¿a vosotros no? Habla memoria, publicado por Anagrama, es, huelga decirlo, el libro más personal del autor. Es curioso que fuese concebido por capítulos que iban siendo publicados en revistas sin un orden preestablecido. O al menos no el orden que acabó por tener este libro y que él ya tenía pensado en su “casillero mental”. El mismo Nabokov cuenta en el prólogo que en las reuniones familiares, sus memorias eran sometidas a juicio: “hubo comprobaciones de detalles, fechas y circunstancias, y averiguamos que en muchos casos había errado, o no había examinado con la suficiente profundidad algún recuerdo oscuro pero no insondable”.

La autobiografía se centra en el periodo comprendido entre 1903 y 1940. Treinta y siete años de Nabokov condensados en casi cuatrocientas páginas, que se me antojan pocas. Muy centrada en la infancia del escritor, sus vacaciones en la finca familiar, sus primores amores en San Petersburgo y sus peculiares reflexiones. Todo ello cargado de historia, de nostalgia y ternura. El cariñoso retrato que hace de sus padres y de sus hermanas, la delicadeza con la que se dirige a Vera, su esposa, en algunos de los capítulos y esa inteligencia y brillante sentido del humor que caracterizan al escritor están presentes en estas apasionantes memorias.

Habla memoria se lee como una gran novela, por lo radiante de su prosa. Desde luego, como os decía al principio, Nabokov no podía haber escrito unas típicas memorias: su ingenio iba mucho más allá y la prueba está en esta maravilla de libro que, sin lugar a dudas, tengo que recomendaros.

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El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre

el último sueño de lord scriven

el último sueño de lord scriven«Banerjee es el detective más peculiar que existe. Se sumerge en sueños para descubrir los misterios, pero su método tiene una contraprestación: jamás puede exceder los veintiséis minutos».

No sé vosotros, pero yo, al leer esas líneas en la contraportada de El último sueño de Lord Scriven, de Eric Senabre, pensé inmediatamente en Origen, la película protagonizada por Leonardo Di Caprio y dirigida por Christopher Nolan. Sin embargo, en cuanto comencé la lectura y vi que la historia se situaba en el Londres de 1906, el film estadounidense se borró de mi mente y en su lugar apareció el detective por antonomasia: Sherlock Holmes.

Los paralelismos entre El último sueño de Lord Scriven y las novelas de Sherlock Holmes son evidentes y no dudo que intencionados, ya que el autor reconoce su predilección por la literatura del siglo XIX. No se trata de una copia, sino de un homenaje continuo, y pese a las múltiples similitudes, la novela de Eric Senabre tiene los elementos suficientes para ganarse el corazón de los lectores por sí sola. Muestra de ello son los premios con los que ya ha sido galardonada: Premio Saint-Exupéry, Premio de las Bibliotecas de París, Premio Literario de Hérault y Selección 2016-2017 (Le jury littéraire du Giennois).

En El último sueño de Lord Scriven tenemos a un detective excéntrico, Arjuna Banerjee, y a su fiel compañero, Christopher Carandini, un periodista que no pasa por su mejor momento y que, cómo no, es el narrador de esta historia. Al igual que en las novelas de Sherlock Holmes, el carácter de Arjuna Banerjee es uno de los grandes atractivos de la novela, así como sus deducciones, que se basan en descifrar los simbolismos de sus sueños inducidos. Pero su relación con Carandini también es un pilar relevante, ya que comienza como una simple colaboración para salir del paso y acaba siendo una amistad sincera. Carandini es un personaje mucho más divertido que el famoso Watson y su narración de los hechos, la gran responsable de que no podamos despegarnos de esta novela.

El sentido del humor es una constante, pero el misterio es el hilo conductor, como no podía ser de otra manera en un libro de este género. Un hombre adinerado, Lord Scriven, muere solo en su despacho, aparentemente de un ataque al corazón. Y será él mismo el que contrate los servicios de Banerjee, porque está convencido de que ha sido asesinado. ¿Cómo es posible que el finado sea el denunciante? No pienso decíroslo, porque Carandini os lo explicará con mucha más gracia que yo. Y esa será la primera de las incógnitas que se irán sucediendo en El último sueño de Lord Scriven.

Me pregunto si a los paralelismos entre la obra de Arthur Conan Doyle y la de Eric Senabre se sumará el que El último sueño de Lord Scriven sea el primer episodio de las muchas aventuras de este detective de los sueños y su irónico compañero. Banerjee y Carandini demuestran que tienen carisma de sobra para ser los nuevos Sherlock y Watson, ahora dependerá de Senabre que se consoliden como el tándem de referencia para los amantes de las novelas de misterio del siglo XIX y, sobre todo, para una nueva generación de lectores. Pero para saberlo, habrá que esperar a leer sus próximos casos. Ojalá sean tan adictivos como este.

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El coleccionista de atardeceres, de Óscar Guerrero

El coleccionista de atardeceres

 

El coleccionista de atardeceresYa saben que me suelo dejar llevar por cosas muy variadas para seleccionar mis lecturas. En esta ocasión ha sido definitivamente el título del libro, ni tan siquiera miré la contraportada; y en cuanto a la portada puede parecer poco llamativa para los que no son amantes de la fotografía, pero interesante para quienes se fijan en los pequeños detalles que marcan la diferencia entre una imagen y una obra de arte.

El coleccionista de atardeceres es, así, de entrada, una brillante novela, una historia en la que Óscar Guerrero nos lleva desde el Madrid de hoy hasta el París ocupado de la Segunda Guerra Mundial. También viajamos por otras ciudades como Barcelona y Hamburgo…  Incluso es posible que cambiemos de continente ¡Pero no les voy a contar todo!

Es una novela negra, donde la intriga nos acompaña por todas y cada una de sus páginas, una historia en la que reconocemos la Europa de hoy pero también aquella oscura Europa de los años cuarenta.

Cuando hablamos de París hablamos de pintura, de dibujo, fotografía, de moda, cine, literatura, de luz, hablamos de arte en general; y si hablamos del París ocupado, seguimos hablando de todo eso pero sin luz, porque a nadie se le escapa que también debemos hablar de lo peor que rodea en general al mundo del arte, y fundamentalmente del expolio que sufrieron las familias judías de sus colecciones de arte por parte de los nazis, con el silencio y el mirar para otro lado de la mayoría de los que con ello se lucraban, fueran o no de ideología nazi. El arte, como el dinero, mueve las más bajas pasiones.

Andrea, a la muerte de su tío Jürgen, en 2007, y ya como mayor accionista y heredera, debe ponerse al frente del gran imperio empresarial de su familia con sede en Hamburgo. Entre los legados recibidos en el testamento de su tío se encuentran, además de las acciones de la empresa, una impresionante colección de obras de arte. Para replantear el cambio que va a tener que dar su vida necesita rodearse de personas de suma confianza entre los que encontraremos a Hans, Marc y Topo, que formarán con ella el sólido equipo que deberá desentrañar un gran misterio. A través de ellos llegaremos a conocer a los más curiosos y oscuros personajes del pasado: Andrew Preston y Ángela Bonafonte.

La amistad de Andrea y Marc viene de una antigua relación amorosa entre ambos, pero como con el resto de su equipo lo que prevalece es la relación de amistad y confianza. Es difícil decidir a lo largo de la vida quiénes son las personas en las que podemos confiar y apoyarnos, pero yo creo que todos hemos tenido o tenemos amigos con los que nos vemos dos o tres veces al año pero que sabemos que allí estarán para lo que haga falta, y los reencuentros siempre son momentos felices.

El inicio de El coleccionista de atardeceres, como pueden ver, nos mete directamente en faena, así será a lo largo de toda la obra, un narrador entretenido y directo que va dirigiendo nuestra mirada y nuestros pasos:

“Madrid, febrero de 2008

Si todo cuadro es un enigma, el que tenía Sara López sobre su caballete lo era por partida doble. La restauradora remojó el pincel en el pequeño cuenco con agua y, tras escurrirlo, lo dejó con delicadeza en la tabla de madera sobre la que descansaban en aparente desorden alcoholes, bastoncillos de algodón, pinceles y otros utensilios de restauración. Después, con calma, se quitó los guantes mientras repasaba por última vez la zona del cuadro en la que había estado trabajando los últimos días…”

Pinturas y fotografías, presente y pasado, misterios y enigmas… Y personajes, muchos y muy variados, y todos interesantes y bien perfilados, teniendo profundidad aquellos sobre los que más peso literario recae. El autor sabe mantener durante las casi quinientas páginas que tiene el libro la intensidad de la trama y el interés activo, e incluso podríamos decir adictivo, del devenir de la historia, por lo menos en mi caso, y sin descuidar en ningún momento la calidad literaria de la obra.

Óscar Guerrero va desenvolviéndonos este regalo literario, desentrañando la historia sin prisa, porque estamos ante un libro que se lee con placer, yo me he dejado arrastrar por distintos tiempos y lugares siendo observadora privilegiada de diversos actos del pasado que han trascendido a la actualidad. Y eso es lo bueno, fiarte del autor y dejarte llevar.

En El coleccionista de atardeceres lo que pesa es el misterio de la historia que nos van desentrañando, cuando parece que ya está desvelada siempre queda un fleco abierto con el que debemos continuar hasta dejarlo perfectamente cerrado. Finalmente al lector queda con la sensación de que ya está todo dicho, de que todo cuadra y puede cerrar el libro… Y pensar.

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Matamoscas, de Dashiell Hammett y Hans Hillmann

Matamoscas

MatamoscasOlor a pólvora, asfalto y al perfume de una mujer para una historia de detectives de la vieja escuela. Música de jazz, bourbon en la barra del local de Vassos y una metralleta Thompson oculta bajo un mantel de cuadros. Está Sue y está Babe y está Vassos. Y a Babe le gusta Sue. A Vassos le gusta Sue. A Sue le gusta Babe. Y eso no agrada a Vassos. Las cartas de este trío están sobre la mesa y las armas cargadas. Pero hay un arma aún más peligrosa que no se carga con pólvora, aunque quema: el amor por una mujer.

Esto es Matamoscas, la novela gráfica creada por Hans Hillmann basada en la novela de Dashiell Hammett. Como si en la butaca del cine estuvieras, al abrir esta novela gráfica se sucederán en secuencia una serie de planos de los bajos fondos del San Francisco de 1927. Las ilustraciones de Hillmann —valga la portada como ejemplo— están dibujadas a ras de suelo, mostrando una paleta de grises de diversos planos cinematográficos de las escenas: primeros planos, a doble página, unos fundidos neblinosos que sugieren una silueta, apenas el percutor del arma o el ala de un sombrero. Acompañados de escuetos textos narrativos y diálogos, las escenas se suceden con el pulso propio del cine. El ambiente de Hollywood se palpa en cada plano urbano de la ciudad, como si tras esa neblina calurosa que forma el cielo en los fondos de las inmensas cuestas o tras las azoteas de los edificios se escondieran los estudios de Los Ángeles, espectadores de la acción que se desarrolla.

Y si es que de cine se trata, las historias de Dashiell Hammett han sido llevadas al cine con Humphrey Bogart interpretando al protagonista de El halcón maltés (1930). No es de extrañar que, para esta obra, el dibujante, aclamado ilustrador de carteles de cine, se encargara de unir dos artes, el séptimo y noveno arte, en uno solo.

Alineación de lujo en esta obra: Dashiell Hammett y Hans Hillmann, una delantera mítica. En cuanto a Hammett, los amantes de las historias detectivescas le conocen bien. De joven se incorporó a la Agencia de Detectives Pinkerton y tras la Primera Guerra Mundial se dedicó a la escritura. Sus relatos aparecían en la revista Black Mask, icono del pulp, donde también escribían autores de la talla de Ray Bradbury o H. P. Lovecraft. Se le considera el padre del detective solitario e infalible bebedor empedernido.

Por su parte, Hans Hillmann es considerado uno de los referentes de la ilustración del Nuevo Cine Alemán. Entre sus obras, destacan los años que trabajó para diversas producciones cinematográficas con encargos para películas de Fellini, Buñuel o Kurosawa, entre otros. Su lenguaje visual, pictórico, metafórico y ambiental, conseguía captar la esencia del cine negro. Junto a Will Eisner, se le atribuye el ser precursor de la novela gráfica contemporánea.

Lejos de las historias de gánsteres ambientadas comúnmente en Chicago, en Matamoscas será la ciudad de San Francisco quien compartirá protagonismo con los personajes. El gris de los dibujos, junto a los planos escogidos para representar el paisaje urbano, alentarán al lector a sentir el peligro y el ambiente suburbial de esas zonas. Con movimientos “de cámara” que ofrecen las ilustraciones de Hillmann, seguiremos por toda la ciudad al detective de la agencia Continental encargada de descubrir el paradero de Sue Hambleton.

Sue era hija de una familia adinerada. Su destino, casarse con un hombre honrado y de buena posición. Y eso a Sue no le gustaba. A ella le gustaban los maleantes como Hymie el Remachador, un estafador de Filadelfia que no tardaría en aparecer con un agujero de entrada y otro de salida en la cabeza. También le gustaba Babe, un matón de metro ochenta al que unos cuantos se la tenían jugada. A Sue le gustaba el peligro y por eso huyó con Babe. El detective consiguió dar con la pensión donde se alojaban. Babe no estaba en la habitación, pero Sue, sí. Muerta. Ahora, le tocaba al detective descubrir al asesino.

En cuanto a la edición de Libros del zorro rojo, uno no puede más que quitarse el sombrero. Estas ilustraciones, más de doscientas, estaban pidiendo a gritos un tamaño de impresión acorde con la calidad del contenido.

Con el buen sabor de boca que dejan las historias noir, Matamoscas destaca por un buen giro final y por permitir deleitarse con las ilustraciones. En cada página que pasas, contemplas la escena una y otra vez descubriendo detalles nuevos: una mujer asomada en el lejano vecindario, un hombre que cruza la calle, una mano enfundando una pistola a través de la ventanilla del coche… Una buena novela gráfica para contemplar y disfrutar, vaso de alcohol en mano, discos de jazz de fondo.

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Donde fuimos invencibles, de María Oruña

Donde fuimos invencibles

Donde fuimos invenciblesUna de las novelas que más ganas tenía de leer este año es esta que hoy os reseño, la nueva novela de María Oruña. Y tenía ganas de leer Donde fuimos invencibles por dos razones. La primera de ellas, por ver como seguía desarrollándose la historia entre la teniente Valentina Redondo y Oliver. Y la segunda, por ver cómo se ponía el broche a esta trilogía creada por la autora viguesa. ¿Trilogía? ¿Estás seguro, César? No sé qué razones me habían llevado a pensar que estas novelas tendrían forma de trilogía, pero en la presentación del libro pude hablar con la autora, que me sacó del error diciendo que nunca había pensado en cerrar la historia en una tercera entrega y que esta novela, junto a las anteriores (Puerto escondido y Un lugar a donde ir) forman parte de una saga de novelas que ya ha quedado bautizada como “Los libros del Puerto Escondido”.

Una vez subsanado mi error y mi despiste, toca volver a viajar a Suances, esa villa marinera que tan bien aparece representada en los libros de María Oruña. El periodo estival termina en la ciudad y la calma se ve rota por la muerte del jardinero de una de las casonas más reconocibles del pueblo, el antiguo Palacio del Amo, que ahora regenta el último de sus herederos. Hablamos del joven americano Carlos Green, que ha viajado a España con la intención de vender la casa y rememorar los buenos veranos pasados aquí en su juventud. Todo apunta a que la muerte del jardinero es una muerte natural, pero los testimonios de Carlos y algún que otro vecino pondrán en alerta a la Guardia Civil por una posible presencia de fenómenos paranormales en dicha casa. Valentina Redondo, pese a su escepticismo, se pondrá a investigar lo sucedido, dejando a un lado su metódico proceder para adentrarse en mundo poco ortodoxo.

En esta ocasión, María Oruña abandona temporalmente la novela negra para escribir una historia donde el misterio es el elemento principal de la trama. Y es cierto que hay un muerto que lo desencadena todo, pero los focos parecen centrarse más en la aparición de los fantasmas que en resolver si el pobre jardinero fue asesinado o tuvo una muerte natural. Este giro al misterio se nota también en las continuas referencias (Henry James, Agatha Christie…) que aparecen de este género literario en la novela, para regocijo de todo lector.

Los libros de esta autora tienen varios puntos fuertes, como ya he comentado en las dos reseñas anteriores de sus libros. Uno de ellos es lo bien definidos que están los personajes que ayudan a la teniente Valentina Redondo en sus investigaciones. María crea en la comandancia de la Guardia Civil un ecosistema especial en el que cada personaje tiene su papel asignado. Tenemos al bocachanclas de Sabadelle, al aplicado Rivero o la siempre eficaz Clara Múgica. Otro de sus puntos fuertes es la documentación que adorna la trama y la surte de contenido. Si en el último de sus libros conocíamos de primera mano las investigaciones de un grupo de arqueólogos, en esta ocasión veremos las dos caras de la investigación de los fenómenos paranormales. Esta labor de documentación nos lleva incluso a seguir los pasos de una antigua actriz de Hollywood con lazos familiares fuertemente arraigados en Suances.

El último de sus puntos fuertes, y para mí el más importante, es la brillantez con la que la autora es capaz de jugar con varias tramas distintas entre sí e ir uniéndolas poco a poco tanto en el tiempo como en el espacio. En esta ocasión, Donde fuimos invencibles son tres historias que convergen en un final común. Por un lado, tenemos la historia troncal, el Suances presente que viven Oliver, Valentina y los habitantes del Palacio del Amo. Por otro lado, tenemos el borrador del libro El ladrón de olas, donde Carlos Green vierte sus experiencias a modo de memorias. Y, por último, las clases del profesor Álvaro Machín a las que asiste Christian Valle, un experto en fenómenos paranormales.

Es en esta última parte donde se nota la ingente y laboriosa labor de documentación que elabora María Oruña para sus novelas. En mi caso, quizá por eso de ser documentalista de profesión y gustar de recopilar datos e imágenes, disfruto muchísimo con esta parte, y por eso disfruté tanto de su anterior libro, Un lugar a donde ir, el mejor de los tres de la saga hasta el momento, en mi modesta opinión. Aunque hay que destacar esta vez las virtudes como personaje del profesor Machín, todo un descubrimiento, pues pese a ser un personaje de ciencia lleno de sabiduría se muestra abierto a conocer otros mundos, si es que en realidad existen.

María Oruña vuelve a mostrarse como una magnífica tejedora de historias, mezclando siempre de forma notable presente, pasado, elementos históricos y misterio para hacer de sus libros una experiencia lectora única. Eso sí, he de reconocer que, puestos a elegir, prefiero una novela genuinamente noir. Pero volviendo al inicio de mi reseña, doy gracias a la autora por seguir alargando esta saga. Pese a que en esta ocasión casi no hay tiempo de entrar y profundizar en la historia de amor de Valentina y Oliver, no hay duda que la misma irá desarrollándose en entregas posteriores.

Lo que sí que tengo claro tras leer Donde fuimos invencibles es que ya va siendo hora de visitar Suances. El amor con el que María Oruña describe esa tierra y sus gentes ha podido conmigo, y este verano aprovecharé para visitar esta villa marinera, el Palacio del Amo (o lo que quede de él), la Playa de los Locos, Villa Marina o cualquiera de los bellos parajes de “Los libros del Puerto Escondido”.

César Malagón @malagonc

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Slam!, de Pamela Ribon y Veronica Fish

slam!

slam!Si hablamos de deportes de contacto seguramente te vengan a la mente el rugby, la lucha libre, el boxeo… Y seguidamente imagines a hombretones grandes y sudorosos dándose mamporros a diestro y siniestro mientras intentan alcanzar un objetivo determinado, a pesar de que sabes que en las disciplinas anteriormente mencionadas también hay mujeres dejándose la piel y recibiendo golpes tremendos. Esto es así porque patrocinadores, televisiones, programas de deportes y sobretodo espectadores damos, de forma injustificada, más importancia a una categoría que a otra. Triste pero cierto. Por suerte (más que suerte, tras mucho esfuerzo) existe un deporte de contacto en el que ellas acaparan toda la atención: el roller derby.

El roller derby, que inició su andadura en la década de los años 30, es un deporte brutal que aúna velocidad, estrategia y hostias como panes. No es de extrañar que al final de cada partido las jugadoras acaben con moretones, rasguños y en algunos casos hasta con lesiones de más gravedad. Algo que ya explicaría de manera fidedigna la película Whip It, dirigida por Dew Barrymore y protagonizada por una jovencísima Ellen Page. Ahora de la mano de la guionista Pamela Ribon y la artista Veronica Fish nos llega Slam! un cómic que no solo nos habla del roller derby, sino también de esas amistades que deben enfrentarse a todo tipo de contratiempos para salir victoriosas.

Así, a bote pronto, el nombre de Pamela Ribon seguramente no os suene de mucho, y no es de extrañar ya que en el mundo del cómic es todavía una novata. Pero si hablamos de cine la cosa cambia pues ha trabajado de guionista en películas como Vaiana, la live action de Los Pitufos o la secuela de la exitosa Rompe Ralph. Como novelista también goza de cierto éxito, así como de guionista en programas para la tv norteamericana o escribiendo obras de teatro. Esta artista tan polifacética además, en un pasado no muy lejano, fue jugadora de roller derby en Los Angeles Derby Doll. Aquí es cuando todas las piezas encajan. Y es que la autora natural de Pensilvania se inspiró en sus propias experiencias en este duro deporte a la hora de crear Slam! Por ello, no es de extrañar ese tono en la narración que en ocasiones recuerda a un diario personal y en otras a un manual para aprender a jugar roller derby. ”Si tu vida estaba acabada, el derby la arreglará”. Debido a esto, Pamela nos cuenta en escenas cortas e intensas, y que en ocasiones van a salto de mata y pueden provocar cierta confusión, la íntima relación entre Jennifer y Maisie. Una relación que sufrirá altibajos debido al deporte que las enfrenta y que de rebote acabará afectando a sus vidas personales.

A los lápices, y como perfecta partenaire de la guionista, tenemos a Veronica Fish, artista a la que últimamente podemos encontrar trabajando en Spider-Woman o en el reborn del clásico norteamericano Archie. Fish realiza una curiosa mezcla de dibujo coqueto, e incluso naif, que contrasta con una ilustración más severa cuando llega la hora de ponerse los patines y repartir mamporros. “¡Matar, matar, matar! ¡Ganar, ganar, ganar!”. De ir con el noviete al cine para ver La Cosa de John Carpenter (con todo ese nostálgico aire ochentero) a intentar que las contrincantes no te hundan, de forma brutal, el codo en las costillas. De disfrutar de una apacible tarde en el hogar (con gato en el regazo incluido) a patinar a toda pastilla, sabiendo que ante el más mínimo error te dejarás los dientes en la pista. De la tranquilidad a la acción. De la calma al follón.

Sí, tal vez el dibujo de Veronica Fish no goce de una gran espectacularidad, pero cumple con creces si hablamos del diseño de personajes. Rostros que oscilan entre la belleza de las princesas Disney y la dureza de Charlize Theron interpretando a Imperator Furiosa en Mad Max: Furia en la carretera. A esto hay que añadirle el cuidado a la hora de seleccionar un determinado vestuario para cada personaje (el de calle y el de “batalla”), detalle que en muchos cómics no se le da la importancia necesaria pero que siempre dota de mayor profundidad a las diferentes personalidades.

En resumen, Slam!, publicado por la editorial Fandogamia, es un cómic que nos muestra los entresijos del roller derby a través de los ojos de dos amigas que hallarán en este deporte de contacto un brutal método para sanar la soledad o el desamor.

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Meditar en 3 minutos, de Christophe André

Meditar en 3 minutos

Meditar en 3 minutosEsto no es una reseña, es más bien un experimento. Siempre he sido muy escéptico en lo relativo a la meditación, ya que soy un tipo muy terrenal y me cuesta creer en todo aquello que no puedo controlar completamente. Pero después de haber escuchado en varias ocasiones a amigos y conocidos hablar sobre las virtudes de esta práctica, me decidí a intentarlo; por otro lado, también soy de los que piensa que criticar algo sin conocerlo es de auténticos cuñados. Y así llegó a mis manos Meditar en 3 minutos, un libro que me atrajo precisamente por su propuesta de dedicar un tiempo tan escaso al día para adentrarse en el mindfulness o meditación de plena consciencia.

Los cuarenta ejercicios que contiene este libro parten desde lo más sencillo, al menos en apariencia. Así, lo primero a lo que se nos invita es a intentar concentrarnos completamente en la respiración y a tratar de no pensar en ninguna otra cosa. Suena fácil, pero intentadlo. Estoy seguro de que, salvo que tengáis algo de experiencia, al poco rato de cerrar los ojos os empezarán a venir pensamientos tan transcendentales como el título del documento que tienes que entregar mañana a primera hora o si deberían hacer una nueva categoría de bebida para referirse a la Cruzcampo. Por suerte, la concentración es algo en lo que se va mejorando poco a poco, ya que la mayor parte de las prácticas recomendadas por el autor, Christophe André, comienzan a partir de esta práctica: fijar nuestra atención en la respiración para, poco a poco, ir tomando consciencia de lo que estamos haciendo.

Con esta lectura he eliminado muchos de los prejuicios que tenía en torno al mundo del mindfulness; el principal y el que más me tiraba para atrás es el relativo a todo el protocolo/postureo que creía inherente a esta práctica. Bien es cierto que el autor recomienda mantener una postura concreta para realizar muchos de los ejercicios, pero su fin último (al menos, eso es lo que he acabado deduciendo) es que incorporemos esta práctica a nuestro día a día: a la hora de comer, en una quedada con amigos, antes de tomar una decisión complicada en el trabajo… Y es cierto que ese esfuerzo en concentrarse, en dejar a un lado lo que nos pide el cuerpo en favor de conseguir una respuesta más reflexionada y trabajada, es costoso, pero, en frío, cualquiera sabe lo ventajosa que puede llegar a ser esta forma de encarar los problemas.

Unido a ello, otros aspectos que me ha gustado especialmente han sido los valores que el autor trata de inculcar como parte del aprendizaje. Así, se nos anima a recuperar el contacto con la naturaleza, a prestar más atención a las personas que nos rodean y menos a los aparatos electrónicos, a centrarnos en los buenos pensamientos, a prestar más importancia al momento presente… En este sentido, esta lectura tiene bastante de autoayuda, pero de la de verdad: en lugar de basarse en mensajes vacíos se nos invita a probar a cambiar nuestra actitud en situaciones habituales y a ver si el resultado nos convence. Y con pasos tan pequeños como dejar el móvil a una distancia prudencial cuando vas a comer acompañado, uno percibe claramente cómo mejora el ambiente.

No sé cuánto tiempo continuaré dedicando una pequeña parte de mi tiempo a practicar ejercicios de meditación, ya que la constancia no ha sido nunca una de mis virtudes. De lo que sí que estoy seguro es que gracias a esta lectura he descubierto una práctica útil, relajante y que anima a prestar la mayor atención posible a lo que pasa delante de nuestros ojos. Algo tan lógico como difícil de cumplir. Y si no me creéis, haced la prueba.

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La venganza de las palabras bonitas, de Víctor Mengual

La venganza de las palabras bonitas

La venganza de las palabras bonitasLas palabras pueden doler como puñales. Pero también pueden sanar, abrir los ojos de aquellos que los tienen cerrados, hacer recordar algo que creíamos olvidado, hacer que nos enamoremos de alguien o que lleguemos a odiarle. Las palabras son un arma para aquellas personas que saben utilizarlas y una salvación para aquellos que nos necesitamos refugiarnos en ellas cuando la vida real nos pesa demasiado. Para mí, son mi vida.

Así que no es de extrañar que al ver el título de este libro (La venganza de las palabras bonitas) mis ojos se abrieran como si hubieran visto algo asombroso. Ese título hizo que este libro cayera en mis manos, sin importarme nada más que eso. Pocas veces me ha pasado esto, la verdad sea dicha, ya que el título de una obra suele importarme entre poco y nada. Pero esta vez… esta vez ha sido diferente.

Tengo que decir que hasta la fecha no tenía la menor idea de quién era Víctor Mengual, su autor —o, como se hace llamar en las redes sociales, @bordelicado—. No sabía que era un chico que se había hecho famoso en Instagram gracias a todos los escritos que en esa red social publicada día sí y día también. No sabía que tenía miles de seguidores ansiosos por leer un día más las palabras que salían de su teclado y de su necesidad por compartirlas. No sabía que tenía un alma inquieta con la que tanta gente se identificaba. Pero no os preocupéis si no sabíais nada de esto tampoco, ya he hecho yo la labor de investigación necesaria para poneros al día y contaros un poco más de dónde viene este libro.

Como vemos, este libro viene de las redes sociales, de esa necesidad que tenemos las personas hoy en día (entre las que me incluyo) de compartir absolutamente todo a través de una plataforma. Y hay veces en las que este contenido se convierte en algo más, como es el caso. Se convierte en un libro de poemas que es un grito a viva voz; en una conversación hacia uno mismo tal vez para recordarse cosas en un futuro o quizás para compartirlas con personas que puedan sentirse identificadas con esas palabras. Sea como sea, eso que en un principio era un mero diario virtual, por llamarlo de alguna manera, se convirtió en el segundo libro de Víctor Mengual y que ya ha enganchado a una cantidad innumerable de personas.

No puedo no hablar de las ilustraciones de La venganza de las palabras bonitas. No se me ocurriría y, si lo hiciera, no me merecería continuar haciendo reseñas de libros. Estas ilustraciones, de Ricard López (más conocido como Ricardilus) son absolutamente perfectas. Crean una sintonía maravillosa al juntarse con los poemas y consiguen atravesar el papel y llegar directamente a ese rinconcito donde guardamos los sentimientos. En especial hay una ilustración que me ha impactado más que las demás: una en la que se puede observar un corazón arrancado y metido en un bote hermético cerrado con un candado. Más descriptivo, imposible.

Sí es cierto que no todo son cosas buenas: no es uno de mis poemarios favoritos, ya que no he conseguido llegar a tener una conexión general con los poemas. Los que me han gustado, me han gustado muchísimo, pero en su conjunto se me ha quedado un poco frío. Soy consciente de que esto es únicamente por mi culpa, ya que los poemas o te llegan o no te llegan. No hay más. Y es una pena que esta vez no haya sido así. También es extremadamente importante el momento en el que lees un libro, así que puede ser que mi situación personal actual no me haya dejado disfrutar de estos versos como lo podría haber hecho en otro momento de mi vida.

Aun así, quedo agradecida por haber pasado un rato entre los pensamientos de Víctor Mengual, siendo más consciente que nunca de que las palabras son un arma pero también un chaleco salvavidas.

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El alienista, de Caleb Carr

El alienista

El alienistaDurante una semana, tiempo más que prudente para dedicarle una lectura atenta a cualquier libro, no he hecho otra cosa más que vivir por y para esta novela. Cierto, tenía mis obligaciones que implican, en mi caso, dedicarme a otras lecturas, pero esta vez no. Me planté. No quise introducir en mi mente nada más aparte de lo que este libro me estaba proponiendo. Me dediqué a disfrutar en exclusiva del contenido y argumento de esta sublime novela: El alienista.

Enganchado, viciado, obsesionado y poseído por esta novela. La leía en mi habitación, la leía en los descansos de mi trabajo; me quitaba horas de sueño por la noche para leer esta novela, incluso celaba de aquellos que levantaban la mirada para robarme palabras impresas en las páginas cuando la leía en el metro. No. La novela y yo éramos uno solo.

Qué tardes más dolorosamente gozosas he pasado.

La novela de Caleb Carr —autor y obra me eran del todo desconocidos— comienza con esta cita: «Antes del siglo XX, a las personas que padecían una enfermedad mental se las consideraba “alienadas”, apartadas no solo del resto de la sociedad, sino de su auténtica naturaleza. Por tanto, a los expertos que estudiaban las patologías mentales se les denominaba “alienistas”.»

El doctor Laszlo Kreizler, un famoso alienista muy criticado por la opinión pública, escéptica a sus métodos, ayuda a clarificar los motivos que llevan a los asesinos a cometer sus actos. Se introduce en la mente de cada uno de ellos para extraer cuanta información pueda obtener. Cualquier resquicio le vale para ahondar en ello: ausencia de afecto familiar, traumas infantiles, vejaciones o humillaciones sufridas en el pasado, todo, absolutamente todo le vale para crear un perfil psicológico que explique su conducta. Hasta el momento ha tenido éxito con sus pacientes, pero se va a encontrar con el caso más difícil de todos: un sádico asesino que descuartiza niños.

Su compañero y amigo John Moore, reportero del Times, será quien narre la terrible historia que sucedió en el Nueva York de 1896 y que comenzó con el hallazgo del cuerpo mutilado de un joven que se dedicaba a la prostitución disfrazado de mujer. Con una excelente recreación y ambientación de la época puedes casi sentir el sonido de los cascos de los caballos y las ruedas de las calesas al doblar las empedradas y pútridas calles de Nueva York. Sus bajos fondos, llenos de burdeles, donde niños de apenas doce y trece años ofrecen servicios sexuales vestidos de mujeres a hombres de la alta clase, será el escenario de fondo de esta impactante historia. Con una exquisita narración, nos introduce en los locales y tabernas de baja ralea para, después, conducirnos a la elegancia y ampulosidad de restaurantes de lujo o disfrutar de la obra Don Giovanni en uno de los palcos de la Ópera.

Si tan fantástica es la ambientación, no menos lo son sus personajes. Al doctor Kreizler y a John Moore les acompañará la joven Sara Howard, secretaria del Departamento de Policía de Nueva York y la primera mujer en desempeñar labores de investigación policial en la historia de Estados Unidos. Su desparpajo, valentía e inteligencia se sumarán a las aptitudes de una mujer adelantada a su tiempo, además de realizar un trabajo eficaz e imprescindible en la investigación.

Los crímenes se siguen sucediendo. La brutalidad del asesino y el modo en cómo aparecían los cuerpos, siempre de niños inmigrantes, comienza a crear crispación en las comunidades extranjeras de la ciudad. La policía, incapaz de obtener pistas sobre el paradero del criminal, se negará en rotundo a aceptar que un alienista y su grupo de compañeros consigan saber más que ellos en la investigación, así que no se lo pondrán nada fácil. Con este panorama de corrupción policial y política entre las grandes esferas de Nueva York, el grupo de Kreizler deberá luchar en la sombra y contrarreloj para evitar más asesinatos, a la par de enfrentarse a determinados miembros del cuerpo policial.

Durante la novela se tiene muy presente los asesinatos de Jack el Destripador, sumados al inquietante análisis psicológico del criminal que recuerda a El silencio de los corderos. Por supuesto, también se encontrarán cómodos los lectores amantes de la obra de Poe Los crímenes de la Rue Morgue. Es decir, El alienista va a reunir lo mejor del thriller y las historias de investigación en una obra muy completa, que ya supuso, la primera vez que se publicó en 1995, consagrar a Caleb Carr como uno de los mejores autores del género.

Esta obsesión enfermizamente sana (¿es posible esta contradicción? No lo sé, pero me gusta) a la que me estaba conduciendo la novela de Caleb Carr no podía terminar en la última página del libro. Debía continuar y así fue: primero con la serie de recién estreno en España, de cuyo prólogo para la novela se encarga su creador, Paco Plaza, y con protagonismo de Daniel Brühl, Dakota Fanning y Luke Evans, y después con una página web creada por y para fans de la novela con curiosidades muy interesantes:  17thstreet.net. El nombre hace referencia a la calle donde Kreizler y compañía montan su base de operaciones. Está en inglés y resultará deliciosa para aquellos que os acabéis enganchando a esta genial novela.

Ahora que ya he terminado con ella me queda una sensación de abstinencia por volver a su lectura, por encontrar capítulos sueltos que hayan quedado aún sin encuadernar en este libro y estén por ahí perdidos. Queda ese buen sabor de boca que dejan las buenas historias.

Qué tardes tan dolorosamente gozosas he pasado.

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Mottainai. Diario de un hombre roto, de Javier Olasagarre

Mottainai.

Mottainai.Dicen Los Chikos del Maíz en una de sus canciones más conocidas que “la rutina es un suicidio diario”. Y no les falta razón. Porque, a priori, aceptar que un tercio de tu vida lo vas a pasar durmiendo y otro repitiendo las mismas tareas una y otra vez para, con suerte, sobrevivir y, con mucha más suerte, poder disfrutar de una porción del tercio restante es, cuanto menos, angustioso.  Hay quien logra encontrar la belleza en el trabajo repetitivo y falto de excitaciones, más allá de si has guardado el documento antes de ese apagón tan inoportuno. Pero todos hemos visto también la otra cara de la moneda: la de aquellos que acaban absorbidos y deshumanizados por su oficio. Este resultado funesto no creo que vaya necesariamente ligado a la personalidad; muchos de ellos tal vez fueron, como el protagonista de Mottanai. Diario de un hombre roto, personas con inquietudes y vocaciones palpables, pero acabaron derrotados por un escenario laboral en el que ni siquiera el fin de la jornada constituye algo apetecible. En el que hace tiempo que dejaste de ser una persona para convertirte en un mero recurso.

En este pequeño libro nos encontramos ante la crónica de un hombre destrozado, alguien que, pese a su juventud, no encuentra ya sentido alguno a su existencia. No hay planes, ni objetivos, ni motivaciones más allá de levantarse al día siguiente a la misma hora, para afrontar ese jueves que tan poco se diferencia con el resto de días de la semana. De hecho, todo el relato está narrado a modo de monólogo interior y se desarrolla en un solo día. Porque poco o nada iba a cambiar la trama con el paso de una hoja más del calendario.

Javier Olasagarre, su autor, transmite con gran realismo el aislamiento que se impone el protagonista. La técnica de colocarse los auriculares para no ser molestado en el trabajo o el simular estar hablando por el móvil para no tener que enfrentarte al contacto con conocidos son actitudes de las que muchos hemos sido testigos y autores, pero que se llenan de significado bajo la piel de un tipo que se ha cansado de ponerle buena cara a la vida y que prefiere permanecer dentro de sí mismo el máximo tiempo posible.

Bajo la percepción del protagonista, del que nunca conocemos el nombre, todo es accesorio; en nada se diferencia el becario de su ordenador de sobremesa, ni su teléfono móvil de su escasa cuadrilla de amigos. Todos son meros instrumentos con los que hay que lidiar para poder volver a ese bendito encierro de cuatro paredes en el que no tiene que demostrar nada a nadie. Hace tiempo que dejó darle vueltas a lo que podría haber sido su vida de haber tomado otro camino, porque él es lo primero que parece irrecuperable.

Mottanai es un concepto japonés que se refiere al despilfarro o la mala utilización de un recurso. También es el título de un libro potente y amargo, un prometedor debut tan cargado de pesimismo que por momentos se hace trabajoso de leer, pero que no deja de ser un realista reflejo de la jaula de cuarenta horas en la que muchos viven encerrados semana tras semana.

 

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Imagina que eres Dios, de Guillermo V. Estiballes

Imagina que eres Dios

Imagina que eres DiosImagina que tienes dieciséis años. Imagina pasear por las aceras mojadas de Bilbao en una época de noches en las calles escuchando a grupos de punk y bebiendo hasta caer al suelo. Imagina que, al llegar a casa, dejando atrás el frío, te esperan tu padre y tu abuela. No está mal, ¿no? Ahora, imagina que a quien llamas abuela apenas se mueve en su silla de ruedas y aquel a quien llamas padre se convierte cada noche en Satán. Imagina tu casa como el lugar de sus fantasías donde nadie puede saber lo que hace contigo. Vuelve a imaginar que tienes dieciséis años y que a él no le importa que seas su hija, que a él no le importa que te duela. ¿No desearías poder hacer algo más que rezar a Dios? ¿Quizá, incluso, ser el mismo Dios?

Imagina que eres Dios es un título esplendoroso, lleno de posibilidades. Desde mi punto de vista, por lo que sucede durante la novela, del todo necesario. Poder imaginar que se es Dios ofrece una esperanza final y esa es la premisa con la que debes enfrentarte a una obra cruda de una realidad ficticia aterradora.

Guillermo V. Estiballes, escritor vasco, creó esta novela a través de un ejercicio práctico propuesto por la sensacional Elia Barceló en un taller literario. La temática del relato debía tratar la juventud, desarrollar un conflicto y cómo resolverlo. Pocas semanas después, aquel relato se convirtió en novela. Eso sí, con la ligereza y el ritmo de lectura de una pieza breve. Para el argumento, se valió de una canción del grupo de rock Parabellum, del que toma el título.

En Imagina que eres Dios se van a cruzar las difíciles vidas de dos generaciones: la de la abuela, cuya equivocación fue juntarse con un marido infame y agresivo, y la de Laura, una joven de dieciséis años; por su parte, el delito fue ser engendrada por el mismo diablo. Cada episodio es una canción de rock y, como tal, desgarra el alma. Los llantos de Laura serán electrizantes riff de guitarra; los golpes recibidos, los machacones ritmos de batería. No hay tiempo para el reposo en esta novela de aterrador suspense —¿cuándo lo hay en el rock?—, en la que, en voz de la abuela unas veces, del narrador otras, recorreremos las calles del Bilbao de la década de 1990. Los bares y las callejuelas suburbiales serán el hábitat natural de la juventud perdida en canciones punk y vasos de calimotxo. Esa juventud reflejará un nuevo modo de comunicación que empezaba a instalarse entre los de su generación a través de mensajes instantáneos que, ya en su momento, atisbaba el poder controlador que con ello se ejercía sobre el otro.

Una generación difícil que se enfrentaba a problemas de mayor calado, por desgracia, muy actuales. Me refiero al maltrato a la mujer ya desde jóvenes. Un tema delicado en el que, tanto en literatura como en cine, se deja caer fácilmente en la gratuidad de la violencia. Estiballes ha conseguido en su novela alejarse de incendiar demasiado sus páginas con detalles escabrosos que no harían ningún bien a su lectura. Con buenos momentos durante parte de la trama, a veces se acusa una narración algo ingenua en cuanto a diálogos o situaciones, pero que no consiguen distraerte y hacer que pierdas el interés de la obra hasta que te acabes el libro.

La novela bien podría ser alegoría de la situación que muchas mujeres sufren a diario ante una sociedad predominantemente machista. La invalidez de la abuela representa la imposibilidad de acción de muchas mujeres en la sociedad española, relegadas a un papel inferior en la familia y siendo el hombre quien controla la situación. Por otro lado, Laura será el reflejo de las voces femeninas silenciadas, representado en su minoría de edad, donde no existe el voto y, por ende, parecen excluidas de cualquier reconocimiento válido y legal para alarmar sobre su situación.

No es fácil decidir qué tipo de público podría leer esta novela. En principio, sería un muy buen ejercicio de compromiso social para los jóvenes de entre dieciséis y veinte años, pero el contenido de terror y violencia implícita hace obligatorio marcar unos límites. Por otro lado, un público adulto, sobre todo aquel que vivió la explosión del sonido punk de grupos vascos, podría sentirse atraído por una historia tensa y de lectura rápida. Sea quien sea el lector que coja un ejemplar de Imagina que eres Dios muy seguro tendrá en mente la esperanza y justicia poética que promete el título, algo que, por desgracia, a muchas mujeres no les basta para escapar del infierno en el que viven.

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