

Confesémonos: ¿quién no guarda una camiseta vieja porque le recuerda a una de las mejores etapas de su vida?, ¿quién no se retrotrae a su infancia cada vez que huele el aroma de una comida en concreto?, ¿quién no recuerda la primera vez que le hicieron daño?, ¿quién no se ha avergonzado durante la adolescencia de ciertas atenciones de su madre y después las ha echado de menos al llegar a la edad adulta? De esas nostalgias se compone Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano, el primer álbum en español de Yani Hu, recién publicado por Ponent Mon, una editorial que siempre me enamora con sus ediciones.
Este libro con dibujos de estética manga recopila cinco relatos escritos e ilustrados por Yani Hu. En «Sopa de udon», que da nombre al conjunto e inaugura la obra, nos habla de esas promesas infantiles que afortunadamente se acaban cumpliendo. En «Los jerséis de mamá», nos relata cómo cambia la forma de relacionarnos con nuestros padres a medida que nos hacemos adultos. En «El cepillo de dientes y el amor», simboliza toda una historia de amor en un objeto tan anodino como es un cepillo de dientes. En «Pinocho y el conejo Ping-pong», nos muestra uno de esos primeros gestos de amor durante la infancia, pero también el dolor de las primeras traiciones. Y en «La camiseta de Ulises», nos cuenta cómo algunos amores idealizados llegan a causar ceguera a largo plazo.
Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano está compuesto por estas cinco historias que nacen de la cotidianidad, como su propio título indica, y en todas ellas la inocencia (y la pérdida de esta) es una de las protagonistas. Son relatos extremadamente sencillos, con pocos personajes y sin pretensiones de sorprender con un giro de última hora. Su único propósito, en mi opinión, es conectar con los lectores a través de esas emociones que todos hemos sentido en algún momento y, sobre todo, en determinadas etapas de nuestra vida que ya nos quedan bastante lejos. Y en cada relato, esas emociones se representan en un objeto ordinario —ya sea una comida, un regalo, una prenda de ropa o un utensilio de aseo— por el que los personajes, al igual que nosotros en nuestra vida, sienten un apego o un rechazo inconsciente.
No hay mejor forma de definir Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano que la frase dicha por la protagonista de uno de los relatos: «Sencillo y nada exagerado. Pero su calor constante me había acompañado en el camino». Al menos, esa fue mi sensación al leer el cómic de Yani Hu. Una obra que más que leerse, se siente, pues nos hace evocar esos recuerdos que creíamos olvidados, admitir esas nostalgias que nos empeñamos en negar, sonreír al reconocer lo que fuimos y todavía somos, aunque no nos demos cuenta. Y es que, como la autora demuestra en este libro, cuando echamos la vista atrás, muchos detalles que en su día nos parecieron irrelevantes se se acaban convirtiendo en los momentos más apreciados de nuestra vida.

Hace unos días, mi hijo de trece años vino a casa muy contento porque había sacado un 8,5 en un examen de mates. ¡Eureka!, exclamé lo más apropiadamente que pude. Desde aquellos felices y tempranos años de primaria el crío no conseguía una nota tan alta, y de hecho llevaba unos meses de aprobados raspados. Me dijo que en realidad consideraba que había sacado un 10, pero que había tenido un par de despistes que le restaron puntos. Parece que no percibió la contradicción en términos que supone decir que un 8,5 en matemáticas es lo mismo que un 10. En todo caso, me alegré enormemente al ver que, después de mucho esfuerzo por su parte y mucha insistencia por la mía, al fin había dado ese gran paso tan necesario al enfrentarse a binomios, trinomios y ecuaciones: entender.
Pese al innegable interés histórico de Entre hienas, debo reconocer que lo que me llamó la atención de esta novela fue básicamente literario, o tal vez no, pero desde luego sí que sentí un gran interés por descubrir la manera en la que la autora podría gestionar el equilibrio entre la parte histórica, la literaria y la personal. Me explico, vean lo que dice la propia autora al protagonista:
Ya he demostrado por aquí en varias ocasiones que me llama la atención todo lo que tenga que ver con seres fantásticos (
Puedo decir con orgullo que yo he tenido suerte en la vida. Desde bien pequeña mis padres me enseñaron que todo lo que me rodea es superfluo menos una cosa: la felicidad. Todo lo demás no importa, todo lo demás cambia, se va, vuelve, es innecesario, es indiferente. Lo único que tengo que perseguir en mi vida es la felicidad.
Siendo un chaval leía
Un proyecto genial es el duodécimo libro protagonizado por Tom Gates, y pensarán ustedes que es un poco tarde para acercarse a él, quiero decir que a estas alturas no es que sea un perfecto desconocido. Sin embargo tengo una excusa, no suelo leer libros infantiles pero a este (y podría decir lo mismo del Diario de Greg) le tengo cariño, más que nada porque los once anteriores los ha leído mi hijo de ocho años, él solo, a razón de un libro cada dos o tres días. Y son libros de unas 250 páginas. El espectáculo que supone semejante despliegue literario para un padre de hoy día es francamente emocionante, al menos para mí lo es ver a mi hijo leyendo y contemplar cómo construye su propio universo con algo más que televisión y videojuegos, así que leer este Tom Gates tiene tanto de homenaje como de curiosidad por comprender qué es lo que se lo hace tan atractivo.
La vida me ha enseñado a creer en historias de amor. Todo empezó cuando, de pequeña, veía en modo bucle las películas de Disney. No vayáis a pensar, yo no era de la Cenicienta o Blancanieves, no. Yo era de Dumbo (debía gustarme sufrir). Esa película me enseñó que el amor es lo que mueve el mundo. En ese caso, el amor de una madre por su hijo y a la inversa. ¿Y eso no es amor? Es el más honesto y verdadero del mundo. Y después la vida se ha encargado de demostrarme que el amor es lo que mueve todo y, que sin él, estaríamos perdidos.
Allá por 2013 reseñé una obra que me pareció magnífica de una autora que no conocía, 


Tengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
