
Pese a estar ya en edad de jubilación, Javier Reverte sigue regalándonos su cita anual con la literatura de viajes. Este viajero infatigable sigue con el espíritu joven y las ganas intactas de narrar cada una de sus aventuras. Cierto es que ya no está para grandes viajes por la sabana africana, el Amazonas o el Ártico, pero como buen trotamundos, el escritor madrileño sabe sacarle el jugo a cada país o ciudad que visita.
En esta ocasión llega el turno de conocer, a ritmo de Frank Sinatra, la Capital del Mundo, la ciudad de los rascacielos, la ciudad que nunca duerme… ¡La Gran Manzana! Tras ganar un premio literario en 2010, Javier Reverte decidió darse un capricho, alquilarse con el dinero del premio un estudio en Manhattan y dedicar tres meses de su vida a pasear y contemplar la ciudad, sin más ánimo que escribir e impregnarse del frenético ritmo de vida neoyorquino. Y al igual que hiciera con su libro de viajes por Roma, elige el otoño como estación perfecta para narrar sus experiencias (“Si me dejaran escoger una vida entera para vivirla a lomos de una sola estación, elegiría el otoño sin dudarlo”).
New York, New York… no es un libro típico para los que conocemos la trayectoria de Javier Reverte. No es la narración de un viaje que tiene como objetivo un destino final. Digamos que esta vez Reverte no quiere ser viajero, quiere mimetizarse con la gente y convertirse en un vecino más de la imponente isla de Manhattan. Por eso su libro se convierte en una especie de diario en el que anota sus idas y venidas, sus citas, los bares y museos visitados… y es que Nueva York es tan grande y siempre tiene tanto que ver que da la sensación que uno podría estar años allí sin repetir ningún día el mismo plan.
Escribir un diario y no un relato de viajes tiene sus pros y sus contras. Es cierto que las mejores páginas del autor están escritas en África, y eso ya, a su edad, es muy difícil de superar. La parte más auténtica del autor sale a relucir en las cataratas Victoria, el río Congo o las reservas naturales de Kenia y Tanzania. Pero por otro lado, este diario nos permite conocer el otro lado del autor, su parte más personal. Tres meses en Nueva York dan son suficientes para conocer a una persona y saber sus gustos culinarios, musicales o deportivos. La gran urbe ejerce una influencia positiva en el autor, que se muestra exultante por la experiencia vivida. Cada esquina neoyorquina rezuma vida. Desde el Harlem hasta el puente de Brooklyn, en la isla de Manhattan (y sus alrededores) huele a hot-dog, suenan acordes de jazz y la gente vibra con los Knicks, los Rangers o los púgiles de sus famosas veladas en el Madison Square Garden. Pero Nueva York es tan grande que la literatura también tiene cabida en ella, como era de esperar. Y por eso Reverte, en su repaso histórico por los hechos más importantes de la ciudad también tiene tiempo para hablar de los grandes literatos que vivieron en sus calles o hablaron de ella. Hay hueco en New York, New York… para Whitman, Twain, Poe, Stevenson o Melville, pero también para dos escritores patrios que dejaron impronta en la ciudad, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez.
Y con esta mezcla de música, deporte, literatura e historia, Javier Reverte nos regala un relato amable, desenfadado y cercano de esta gigantesca ciudad, la ciudad mundial por antonomasia, capaz de encarnar lo mejor y lo peor de los Estados Unidos de América.
“Esta ciudad no ha temido nunca al futuro ni lo teme todavía, porque de alguna manera es futuro.”
César Malagón @malagonc



Todavía es un poco pronto para que haya una posición común en torno al tema y más en un mundo en el que todo es tan intenso como fugaz, pero confío en que dentro de unos años habrá unanimidad acerca del daño que Paulo Coelho ha hecho a la humanidad. Está claro que antes de que él y su Alquimista se posasen sobre las manos de todo hijo de vecino ya existía un importante número de orgullosos defensores del ejército del buenrrollismo y del ‘serás lo que quieras ser’, pero él fue el artífice de que mucha gente, en apariencia cabal, se llegase a creer que era posible hacer desaparecer todos sus males simplemente a base de estirar la sonrisa hasta límites dañinos para la salud y de que sus tazas, agendas y estuches dijeran por ellos lo convencidos que estaban de que podían convertir el mundo en un lugar maravilloso.




La Segunda Guerra Mundial ha dado para un montón de libros, películas, novelas gráficas y un largo etcétera. Supongo que el que ya existieran las cámaras y el cine, ha ayudado a que “viéramos” la guerra desde más cerca. Los que sobrevivieron pudieron además, contar sus vivencias al que las quisiera oír gracias a este mundo globalizado y conectado. Diferentes puntos de vista, claro, aunque siempre prima el norteamericano, por esto de que ellos tienen la industria cinematográfica más potente y porque acogieron a muchos de los que huyeron de una Europa devastada.
Hay un concepto dentro de los diferentes géneros literarios que me fascina. La metaliteratura. Detrás de este rimbombante nombre, no hay más misterio que libros que hablan de literatura. Libros que hablan de libros. Del arte de escribir, del proceso de lectura o , como nos dice 
Aunque la situación actual de la mujer trabajadora no es ni comparable a la que existía hace unos treinta años, las mujeres todavía tenemos que luchar para demostrar que valemos lo mismo que los hombres. Podemos trabajar, podemos conducir, mantener económicamente a la familia, viajar o pedir comida en un restaurante sin necesidad de que un hombre interceda por nosotras. Pero todavía hay mucho trabajo por hacer. En España, más o menos el veinticinco por ciento de los puestos directivos son ostentados por mujeres. Todavía cobramos menos que los hombres, por hacer el mismo trabajo. Y todavía se tienen prejuicios en cuanto a nuestro físico a la hora de seleccionarnos para un puesto laboral.






