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Retratos de mujeres, de Sainte-Beuve

Retratos de mujeres

Retratos de mujeres

He de reconocer que cuando este libro llegó a mis manos, no tenía ni idea de quién era Sainte-Beuve ni de sobre quién trataban esos retratos. Había elegido este libro por una sola frase de la contraportada: “…en esta selección se han reunido los catorce [retratos] que ilustran la evolución e influencia del salón literario… Todas ellas, cultas, refinadas e inteligentes, son insignes representantes de la civilidad universal”. Y no me arrepiento de tal decisión.

Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869) fue un crítico literario y escritor francés que había perdido la fe en su propia capacidad creativa, al fracasar en su intento de ser novelista, cuando decidió centrar toda su atención en producción ajena. Llegó a convertirse en uno de los mejores críticos del siglo XIX, cuyo método se basaba en la certeza de que una obra era el reflejo de la vida del escritor, y que ésta podía ser explicada a través de aquella.

Retrato de mujeres es una especie de reivindicación -y homenaje- del papel de la mujer en la creación del acervo literario francés del Antiguo Régimen. Esta selección de catorce retratos son el perfil de mujeres que destacaron por su “fuerza moral, su inteligencia, su gusto, su talento literario, transmitiéndose la antorcha de una cultura bajo el distintivo de la gracia y de la delicadeza”. Perfecto resumen que hace la prologuista Benedetta Cravari -especialista en literatura y cultura francesa de los siglos XVII y XVIII- de lo que fueron estas mujeres.

Con su método, Sainte-Beuve nos descubre el interior íntimo de estas damas, cubierto con un amplio velo de admiración y pasión hacia ellas; y a través de un lenguaje delicado y poético -aunque creo que esto también es debido a la magnífica traducción de José Ramón Monreal, persona que también ha sido el encargado de hacer la selección. Casi todas estas damas fueron escritoras, sin embargo fueron pocas las que vieron sus escritos publicados, pues la mayoría serían póstumos. Algunas destacaron como epistológrafas (Madame de Sévigné o la Marquesa du Deffand), otras como articulistas (Madame Roland) y otras como novelistas (Madame Duras o Madame de la Fayette). Pero todas, señoras de alta alcurnia con gracia y encanto innatos, tienen un nexo común que las une en esta colección: organizaron un salón literario. Promotoras de la cultura de su tiempo, desde estos salones -en las propias alcobas en la mayor parte del tiempo- difundieron un ideal ético y estético y promovieron las buenas maneras, el gusto y las diversiones. Todo a través de un eje central: sus ingeniosas y encantadoras conversaciones.

Asimismo, la ordenación de los retratos se nos presentan cronológicamente según las fechas de vida de nuestras protagonistas, que abarca desde 1626 hasta 1849, y no por orden de publicación original del autor. Gracias a esta organización, y conforme van pasando los retratos, se percibe una evolución en el papel de la mujer en la sociedad francesa, puesto que las últimas mujeres tienen un papel muy activo en la vida de la ciudad, y no solo cultural sino también político (periodo revolucionario y post-napoleónico). Por otro lado, la última retratada (Madame Récamier) vivió en época del autor. Su retrato, sin embargo, fue publicado en el año de la muerte de ésta. Y este hecho -la poca distancia temporal- marca una pequeña diferencia. En los últimos relatos se nota la cercanía del autor a los hechos que relata (en este caso a las mujeres que retrata) lo que le hace perder un poco de “análisis histórico”. Con las primeras, cuando el autor escribe sobre ellas han pasado varios siglos, y el alejamiento temporal permite una mayor rigurosidad de la crítica. Pero en cualquier caso, en todas las descripciones prevalece por encima de todo el encandilamiento que estas señoras provocaron en el crítico francés.

Finalmente, como nota un poco menos favorable -aunque no para mi-, habría que destacar que todo el relato esta salpicado de referencias históricas (periodos de gobierno, personajes y fechas) que si el lector no esta familiarizado con la historia de Francia durante los siglos XVII y XVIII puede perderse solo un poco del contexto. Pero esto en ningún momento desluce ni al libro ni a los relatos, y mucho menos impide ni la comprensión ni el disfrute de la lectura de los bellos retratos que hace Sainte-Beuve de estas damas de la alta sociedad francesa pre y post revolucionaria.

Me gustaría terminar esta reseña con una frase de Madame de Sévigné: “… esos hermosos días cristalinos del otoño, que no son cálidos ni todavía fríos”. De esta forma, podemos esperar la llegada del frío con esta magnífica obra entre las manos, sumergirnos en ella y dejarnos transportar a cualquier salón literario del Paris moderno.

 

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Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell

Mi familia y otros animales

Mi familia y otros animalesHace algunos años leí en un periódico un reportaje en el que varios escritores famosos compartían con los lectores un listado de diez libros que les habían cambiado la vida. La mayoría de las selecciones incluían En busca del tiempo perdido, Don Quijote de la Mancha, o Ulises, libros que, indudablemente, han debido cambiar muchas vidas. Pero quizás el objetivo del reportaje no era recopilar las obras maestras de la literatura universal, sino más bien conocer un poco mejor a esos escritores a través de una lista más personal. En ella esperaríamos encontrar libros de aventuras que les iniciaron en la lectura, libros que supusieron una revelación para entender aspectos esenciales de su identidad, libros que compartieron con algún enamorado, libros que sustentaron sus ideas políticas, o incluso libros que les ayudaron a elegir su profesión.
Hacer listas es siempre difícil, pero algunas más que otras. Me costaría mucho tratar de hacer un listado jerarquizado de los diez mejores libros de la historia, incluso de mi historia, pero encontrar diez títulos que hayan cambiado mi vida me parece más sencillo.  Entiendo que no tienen que ser joyas de la literatura sino libros cuya lectura haya supuesto un punto de inflexión en mi trayectoria. Mi familia y otros animales sería uno de esos diez libros ya que fue el culpable de que decidiese estudiar Biología. Y por lo que he sabido después a través de compañeros que también lo leyeron, las aventuras de Gerald Durrell y su familia en la isla griega de Corfú son responsables de crear un buen puñado de biólogos.

Mi familia y otros animales, es la versión adulta de Gerald Durrell del tiempo pasado en Corfú. Los muy británicos Durrell deciden dejar atrás los fríos inviernos londinenses y volar hacia otros parajes más cálidos y apropiados para sus respectivos desarrollos personales. Mamá Durrell explora la jardinería y la gastronomía en la villa color fresa, en la villa color narciso, y en la villa blanca; su hermano mayor Larry, el futuro escritor de El cuarteto de Alejandría, llena baúles de libros, se calza la máquina de escribir y consagra su tiempo a la creación de obras inmortales de la literatura; Leslie, el hermano mediano dedica su tiempo a la caza de tórtolas y a ejercitar su cuerpo; Margo, su hermana, muy atenta a su aspecto externo, se especializa en citas y enamoramientos con distintos personajes de la isla; y por último, nuestro narrador Gerald Durrell, entonces Gerry, recorre la isla con un hambre voraz de naturaleza, acompañado de su perro Robert, igual de atraído que su dueño (aunque por distintos motivos) por la fauna de la isla.
En Mi familia y otros animales Gerald Durrell disecciona con espíritu observador, divertido y cariñoso el comportamiento de los animales de su casa y de la isla.  Es difícil no reírse a carcajadas con las alocadas historietas del día a día de esta familia integrándose en el universo hospitalario y ruidoso de Corfú y sus gentes (con Spiro, taxista y auto-proclamado protector de la familia, a la cabeza de secundarios inolvidables).
Pero además de disfrutar con la ironía pulida y constante del narrador para con los animales humanos de su libro, hay capítulos preciosos que transmiten la belleza natural de la isla y de sus bichos. Nidos de arañas perfectamente diseñados para atrapar incautos de la manera más eficiente; tortugas que establecen lazos emocionales con sus dueños y los siguen como si fueran perros; palomos orgullosos y viriles que, para sorpresa de todos, acaban poniendo huevos; peleas a vida o muerte entre Gerónimo (salamanquesa llamada así en honor a su homónimo apache, por las astutas estrategias que desarrollaba contra sus presas) y una gigantesca mantis; Urracas que, adorables en su infancia, se convierten en auténticos vándalos que atacan, como no, el cuarto de Larry (“Esos buitres tiñosos me asaltan esto como un par de críticos, me destrozan y empuercan el manuscrito cuando ni siquiera estaba aún terminado, ¿y te parece que estoy disgustado?”).

Creo que es la mezcla de los dos mundos, su familia y la fauna de Corfú, la que consigue que este libro sea un generador de vocaciones naturalistas. Por un lado, Gerald Durrell nos desvela rutinas fascinantes de los animales que normalmente quedan escondidas. La naturaleza a pesar de ser una fuente infinita de agradables sorpresas, no concede tan fácilmente sus grandes momentos, se necesita mucho tiempo de observación y un poco de suerte. Gerry los tiene y luego Gerald selecciona los momentos estelares, les pone un lazo rojo y nos los regala, como si se tratara de un buen documental de David Attemborough. Llena de contenido los nombres carraleja, cetonias, mígalas, cíclopes. Y con ello conecta con nuestra inquietud por nombrar y aprehender lo que nos rodea. Basta con conocer sus nombres para que el paisaje verde y natural de un simple paseo se pueble de robles, de eucaliptos, de dedaleras, de ombligos de venus, de calas, de dalias, de gardenias, de agallas, de erizos de castaña.
Además, la forma en la que Gerald Durrell nos retrata a su familia también potencia el interés por los naturalistas, ya que desmitifica una imagen que está muy extendida en el imaginario global y nos propone otra más atractiva. Me explico. Una imagen muy frecuente de los naturalistas es la de un señor con cazamariposas, pantalones cortos y una mochila llena de tarros en los que guarda cada ejemplar que se encuentra a su paso. Nos parece que debe tener una alta capacidad de concentración y de observación sobre temas concretos (los seres vivos) que, sin embargo, puede interferir con su atención sobre el resto de la realidad: es decir, de tan concentrados que están con su objeto de interés, no se enteran de lo demás y se pierden lo que pasa fuera. En este libro Gerald Durrell nos sugiere lo contrario, la capacidad afilada de observación hacia la naturaleza se puede aplicar a cualquier motivo. La mirada del naturalista es igual de lúcida para comprender el mecanismo de reproducción de los escorpiones como para entender las reacciones de su familia. El naturalista no solo está en el mundo, sino que tiene herramientas muy útiles para vivir en él. Gerald Durrell parece sugerir que, si optas por estudiar o investigar sobre la naturaleza no vas a vivir de espaldas al mundo en tu pequeño baldosín. Además de pasártelo muy bien con tu objeto de estudio, no vas a ser un bicho raro que no se entera de nada más.

Por último, este libro conecta con otro de nuestros deseos más recurrentes, las vacaciones infinitas. Vivir en un clima cálido, escaparnos a una isla con nuestros seres queridos, una isla llena de variaciones de azules y amarillos, de gente sencilla que echa siestas sin culpabilidad y de todo el tiempo del mundo para dedicárselo a lo que de verdad nos interesa: los bichos, los libros, las armas, la jardinería o a terminar la lista de los diez libros que te hayan cambiado la vida.

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Nunca tires la toalla, de Donald Trump

Nunca tires la toalla

Nunca tires la toallaEn esos años que transitan entre el final de la infancia y el principio de la adolescencia me hice aficionado al Wrestling, la lucha libre profesional, que por aquel entonces emitían de madrugada. Cuento esto porque unas navidades mis padres tuvieron a bien regalarme un DVD con uno de estos espectáculos, y en él aparecía un señor trajeado, ya entrado en años, que se atrevía a apostarse su prominente cabellera con el promotor del evento (y que acabó conservando). Si alguien me hubiese dicho, allá por las navidades del año 2007, que ese tipo iba a ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos…seguramente hubiese pensado que, al igual que en aquellas peleas, todo lo que estaba viendo por televisión no era más que mero artificio, puro entretenimiento.

Sin embargo, todos sabemos que Donald John Trump está sólo a un paso de pisar el despacho oval y si eso es así es en buena parte por la imagen de hombre de negocios exitoso que ha conseguido crear en torno a él. Nunca tires la toalla es un repaso a algunos de los momentos clave a nivel empresarial de la 121 mayor fortuna de América según la revista Forbes, recubierto con mensajes motivacionales y consejos para los lectores que quieran conocer (y puede que hasta seguir) la forma en la que ha forjado su imperio el de Queens.

Trump defiende el pensamiento positivo como forma de encarar las adversidades en la vida. Un planteamiento a priori simplista, pero que va desgranando con el paso de los capítulos a través de distintos ejemplos en los cuales la moraleja común es Never give up! (¡Nunca tires la toalla!), frase que se repite decenas de veces a lo largo del texto, a modo de mantra. Hay muy poco de autocrítica y mucho de oda a su personalidad y a sus dotes para los negocios. Es algo que no me ha convencido demasiado, ya que cuando el empresario habla de inversiones que le han resultado muy provechosas el mérito siempre viene de él y de su prodigiosa visión de futuro, pero cuando comenta algún negocio que no prosperó en su día lo achaca a motivos como que “las fuerzas externas en contra eran demasiado fuertes”. Su personalidad egocéntrica también queda patente, por ejemplo, cuando al hablar de los atentados del 11-S recalca que él predijo meses atrás la cercanía de un ataque terrorista. También es duro en este texto con sus detractores, a los que señala y critica duramente, mientras que se muestra amable y complaciente con aquellos que le han tratado bien públicamente.

Lo que sí que me ha resultado interesante de este trabajo ha sido la forma en la que el magnate estadounidense explica el proceso que siguió en su día para alcanzar algunos de sus logros más importantes. Trump no se ahorra detalles burocráticos ni nombres para exponer cómo consiguió levantar varios de sus edificios más emblemáticos, como el Trump International Hotel & Tower de Chicago o la Trump Tower de Nueva York. Y por supuesto, Trump destaca su papel como showman, el que sin duda le ha dado a conocer entre el gran público y que, desgraciadamente, explica buena parte de su éxito electoral, al menos dentro de su partido. Por encima de sus participaciones en eventos puntuales, como en Saturday Night Live o en el ya citado de lucha libre, a nivel televisivo fue el reality show El aprendiz el que le granjeó buena parte de su fama. Estrenado en enero de 2004, el programa en el que los aspirantes competían por un contrato en la Trump Corporation, se mantuvo en antena durante 12 temporadas y en la actualidad se sigue emitiendo, en una versión con personajes famosos. Precisamente la próxima será la primera temporada sin la presencia del candidato a la Presidencia, ya que la NBC decidió no contar con él para el futuro por sus comentarios racistas contra los inmigrantes mexicanos.

Como libro de autoayuda no creo que Nunca tires la toalla tenga un gran valor, ya que la mayoría de los consejos que ofrece Trump los hemos podido leer y escuchar centenares de veces a distintas personas. Pero como lectura para conocer la forma en la que ha forjado su imperio y cómo ha ido encarando las distintas amenazas y oportunidades que ha ido encontrando a lo largo de su vida me parece bastante más interesante, ya que Donald Trump es, lo queramos o no, una de las personas más influyentes del mundo.

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La jugada de mi vida, de Andrés Iniesta

La jugada de mi vida

La jugada de mi vidaSoy un fanático del fútbol, lo reconozco; y sobre todo de la liga española. Por eso se me hacen tan cuesta arriba los veranos cuando la liga desaparece y solo queda conformarse con algún que otro partido de pretemporada donde las piernas pesan más que el fútbol o, si hay suerte y ese año toca, torneos internacionales. Cuando la liga vuelve ya es otra cosa: esos inicios de temporada con nuevos jugadores, nuevos entrenadores y con ellos nuevas tácticas, jóvenes promesas, grandes fichajes, etc. Y en el centro de todo ello – quizás por eso me gusta tanto este deporte – el planeta sobre el que gira todo lo demás: el planeta Iniesta. Si queréis conocerlo futbolísticamente, por fuera, encended la televisión y poned un partido en el que juegue, disfrutaréis mucho; si queréis conocerlo personalmente, por dentro, abrid este libro, disfrutaréis más: La jugada de mi vida, de Andrés Iniesta, con la colaboración de los periodistas Ramon Besa y Marcos López.

Antes de nada me gustaría avisar de que no es el típico libro donde el futbolista del que se trata parece uno de aquellos héroes que protagonizaban los cantares de gesta de nuestra época medieval. Ya me sorprendió Malpaso cuando leí Torneo, de Miguel Pardeza, que era más un recorrido metafísico de infancia perdida que las memorias de una estrella del fútbol. Por eso, estaba convencido de que este libro también me sorprendería. Y así ha sido. Desde el principio te das cuenta de lo involucrado que Andrés ha estado en la confección de estas memorias – más de cuatro años de notas –. Y digo Andrés, porque este no es el libro de Iniesta, este es el libro de Andrés: único, personal e íntimo.

A través de testimonios, recorremos la vida de este manchego nacido en Fuentealbilla en el seno de una familia humilde que vio, con lágrimas en los ojos, cómo su pequeño partía a Barcelona con solo doce años para quedarse en la Masía – fábrica de jóvenes talentos del Fútbol Club Barcelona –. Con más penas que alegrías y madurando a marchas forzadas, Andrés consiguió hacerse valer en campos donde todos le superaban en físico pero no en calidad. Callado y reservado fuera del campo y el centro de toda acción dentro, Andrés siempre ha sido – y sigue siéndolo – el punto en el que se clavan las miradas de todo aficionado al fútbol y al buen gusto. Recorremos en este libro su infancia a través de las voces de sus maestros, familia, amigos, compañeros, etc.; para pasar al estrellato: la llegada y la permanencia en el primer equipo del Fútbol Club Barcelona y de la Selección Nacional. Pero no todo son éxitos como ya hemos dicho, esto no es una oda a Iniesta. Andrés ha querido que salga todo en este libro, buscando cerrar un círculo vicioso que incluso le ha llevado a épocas de mucho sufrimiento: depresión en 2010 – cuando todos pensábamos que lo único que le sucedía era que tenía mala suerte con las lesiones –, fallecimiento de su amigo y rival Dani Jarque, pérdida de un hijo, …

En La jugada de mi vida vemos qué hay detrás del que para muchos es el mejor jugador de fútbol español de la historia. Y detrás de Andrés hay, como afirman todos los testimonios que aperecen en el libro – desde familiares hasta rivales futbolísticos –: bondad, amor, compañerismo, profesionalidad y pasión. Siempre atento a lo que le importa, vemos la admiración que provoca sobre todo en su gente más cercana: su mujer Anna – a quien dedica una carta de amor como sorpresa –, sus padres – que tanto dudaron de qué era lo mejor para Andrés sabiendo que iban a tener «un hijo sin infancia» -, sus entrenadores, sus amigos, sus fieles compañeros. Andrés en este libro se separa de Iniesta y deja de lado su maestría a la hora de dar pases de gol para, esta vez y sin que sirva de precedente, dar un pase de vida. Otra delicia nacida del fútbol de parte de Malpaso Ediciones.

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Seis años que cambiaron el mundo

Seis años que cambiaron el mundo

Seis años que cambiaron el mundoLos Seis años que cambiaron el mundo, según Hélène Carrèrre D´Encausse y diría que según cualquiera a quien se le preguntase al respecto, son los comprendidos entre 1985 y 1991 y si en este momento no termina de caer en la cuenta de los motivos de ese cambio gustosamente les indico el subtitulo del libro: la caída del imperio soviético. Mal que bien muchos de los hechos que recoge este magnífico libro son conocidos, otros muchos no o al menos no para el gran público, pero el mérito de Hélène Carrère está no tanto en descubrir secretos (que también porque algunas de las cosas que cuenta las supo por conversaciones directas con los protagonistas o sus colaboradores más cercanos) como en ser capaz de mostrarlos ordenadamente y de forma tal que se obtenga una visión de conjunto al tiempo que se entra en el detalle. Y dirán ustedes que es lógico, que ambas cosas las pretende cualquier ensayo que se precie, pero es que se trata de una cantidad de actores y de hechos relevantes que probablemente sea uno de los mayores retos de la divulgación histórica. Por decirlo de forma gráfica, imaginen que compran un puzle y cuando les llega a casa tiene tres camiones de piezas. Pues la autora lo completa y parece una fotografía. Este libro hace a la vez dos cosas aparentemente contrarias, a saber, lograr transmitir la inabarcabilidad del escenario y abarcarlo, comprenderlo y explicarlo con claridad.

Aunque el objeto del libro es la desintegración de la URSS, narrativamente funciona muy bien como biografía de Gorbachov y Yeltsin, personajes ambos de un gran peso histórico, pero de un peso literario aun mayor. Y Seis años que cambiaron el mundo permite ese ejercicio de empatia inseparable de la literatura que es tratar de comprender a los protagonistas, ponerse en su lugar. Hay en el libre suficientes pinceladas biográficas como para que el lector sea incapaz de meterse en su piel. Y no es una piel cómoda, dudo que haya habido en la historia dirigentes, especialmente Gorbachov, que hayan tenido que hacer frente a más cosas a la vez y de mayor calado que ellos. Además de ilustrar la inusitada relevancia que pueden llegar a tener las relaciones personales no ya en la política sino en la historia. Diría que es algo de lo que deberíamos aprender una o dos cosas en nuestro país.

El inicio del declive (otra cosa de la que sacar alguna lección que otra) de la URSS es probablemente menos complicado de interiorizar que el proceso en sí mismo, las consecuencias de la gerontocracia y, sobre todo, el triunfo de la mediocridad deberían ser bien conocidos, aunque ni lo eran entonces ni están cerca de serlo ahora por lo que se ve. Sin embargo el relato a partir de Gorbachov es apasionante, trepidante porque lo sería incluso si se narrase en tiempo real, y la combinación del interés histórico con la el fluido ritmo narrativo se traducen en una obra de una relevancia más allá de lo habitual.

Si hablo de un plus de relevancia lo digo por su vigencia. Todo el libro pero especialmente la parte centrada en Borís Yeltsin explica la Rusia actual, desde las privatizaciones (y el surgimiento de las oligarquías y las mafias) al Chechenia, desde Afganistán a Crimea. Temas abiertos que no se cierran una vez lo hace el libro y que puede uno seguir con sólo abrir un periódico. También es un buen recordatorio de los peligros de los nacionalismos, y lo es en el que probablemente fuera el escenario con más diversidad étnica de la historia.

Finalmente da pie a ese ejercicio tan entretenido que es la ucronía, porque Hélène Carrère no lo hace pero al lector le resultará imposible preguntarse qué habría pasado si las cosas hubiesen sucedido de otra manera, cómo sería nuestro mundo si los seis años que lo cambiaron lo hubiesen hecho por otro camino o no lo hubieran hecho en absoluto. Les dejo con el entretenimiento, eso sí, les recomiendo que si se ponen a ello lo hagan después de haber leído Seis años que cambiaron el mundo. Lo harán con mucho mayor conocimiento de causa.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es

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Prince, de Mobeen Azhar

Prince

Prince2016 está siendo un año terriblemente duro para el mundo de la música. Si en enero nos dejó David Bowie, el 21 de abril le tocó el turno a Prince, a quien una sobredosis accidental de analgésicos le hizo abandonarnos a los 57 años. Son muchos los paralelismos que se han hecho y se harán entre estos dos grandes artistas: polifacéticos, excéntricos, sexuales… Aunque si tuviese que remarcar un aspecto común que les hizo destacar dentro del encorsetado mundo de la música moderna, ese sería sin duda que hicieron lo que les dio la gana.

Prince, publicado por Libros Cúpula, no es una biografía. Al menos no una al uso, como se encarga de recalcar su autor, Mobeen Azhar, en el prólogo. Azhar es, sin duda, uno de los mayores fans de Prince; acudió a 53 de sus conciertos, incluso desde el escenario, y fue el encargado de rodar el exitoso documental Hunting for Prince’s Vault. Este trabajo, por su parte, es más bien un álbum de (preciosas) fotografías a las que acompañan decenas de anécdotas, que son recordadas por personas muy cercanas a Prince. Sin embargo, aunque el texto, como digo, queda en un segundo plano con respecto al material gráfico, son estos breves testimonios los que permiten que vayamos construyendo en nuestro cerebro una imagen nítida del ser humano que se ocultaba bajo aquellos llamativos trajes.

Y es que las anécdotas, a pesar de lo que podría esperarse, no destacan las rarezas y las excentricidades del de Minneapolis, sino que nos muestran a un tipo sumamente cercano y hasta humilde, en boca de los músicos, bailarines o miembros de su equipo técnico que le acompañaron durante décadas. Y eso que rarezas tenía. Y muchas. Como cambiarse su nombre por un símbolo impronunciable a los 35 años como protesta contra la Warner Bros por el control de su música. O contratar a una prestigiosa pastelera para su servicio privado a pesar de que no le gustaban los pasteles y, poco después, despedir a su contable y ofrecerle su puesto a ella.

Normalmente, cuando tengo la oportunidad de leer un libro sobre un artista o un grupo musical, intento hacerlo al tiempo que escucho algunas de las canciones que se señalan en el texto, como forma de complementarlo y, en los mejores casos, de encontrar el sentido a algunas de las letras que hasta entonces eran indescifrables para mí. En el caso de Prince, creo que leerlo sin tener a mano YouTube debería estar penado, dado que buena parte de las conversaciones de Azhar con su núcleo cercano quedan a medias si no escuchamos el resultado final en boca del músico. Para muestra, el simpático relato de su encuentro con la cantante Martika, que narra ella misma en este libro y que se sintetizó en la canción Martika’s kitchen.

Los incondicionales de Prince tienen en este trabajo una buena oportunidad para conocerle mejor, de una de las mejores maneras en que se puede conocer a alguien: en boca de aquellos que han tenido que compartir con él tanto los buenos como los malos momentos. Estamos ante un libro bello, extraño, emotivo, sincero… Un digno homenaje a Su Majestad Púrpura.

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¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera?, de Steven Tyler

¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera?

¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera?«Tengo muchas salvajadas que contar, demasiadas, y voy a contarlas sin paños calientes. Relatos atronadores de lujuria, droga y desenfreno, de trascendencia y toxicomanía que saciarán todo vuestro apetito por la truculencia».

A ver cómo me atrevo a comentar las memorias de Steven Tyler si ya te mete esta confesión por la boca en la solapa de la sobrecubierta. De primeras, ¡qué tipo más auténtico es Steven Tyler! Uno de esos tipos con los que no te aburres. Nunca. Jamás. Y te lo debes pasar muy pero que muy bien. Bueno, si le aguantas el ritmo.

Las biografías de los rockeros, ya sea Jim Morrison, Richie Blackmore, Axl Rose o cualesquiera pelanas con billete, solo de ida, para el lado salvaje de la vida y que ha hecho que féminas por doquier mojen sus bragas y muchos, cuando éramos adolescentes, hubiésemos intentado aporrear sus riffs de guitarra, suelen ser, por norma general, una copia entre sí. Puede haber más sustancias tóxicas, más enanos repartiendo rayas de coca o una tía con tres tetas, pero poco más allá de lo que suele ser la vida de una estrella del rock en potencia. En ¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera?, las memorias que narra con maestría Steven Tyler, deja todas esas poses confesadas de rockstar con intenciones de literatura obscena en cuentos de cuna para colegialas. Todo escrito con descaro, sinceridad y poesía por, permíteme expresarlo de este modo, el pene más lascivo y testarudo, la lengua viperina erótica y de mejor retórica, el genio más excéntrico y lujurioso y el espíritu atormentado y tóxico que ha dado el rock and roll americano, Steven Tyler. Él, el demonio aullador de la mejor jodida banda de Estados Unidos, Aerosmith, y su poético-vicioso-caótico verbo.

Conocí la música de Aerosmith cuando en la MTV, la que molaba, ponían el vídeo de «Cryin’». Flipé al ver cómo Alicia Silverstone se lanzaba por el puente quedando colgada por un cable enganchado al piercing de su ombligo. Eran los años 90 y se podría decir que me había perdido un viaje previo más que interesante de la trayectoria anterior de la banda. Puede que mis padres decidieran tenerme más tarde, obrando según un minucioso plan maestro de evitar que mi persona se viera corrompida (y lo habría hecho) por el pervertido estilo de vida de la banda y caer así en ese depravado pozo de la decadencia alada de los de Boston. Me perdí una buena época, desde luego. Pero nunca es tarde para que su protagonista me haga partícipe de ella.

Después de leer las confesiones de Steven Tyler he conseguido conocer muy de cerca todas esas ilusiones rotas y otras logradas de unos chicos que soñaban con ser los más grandes, y cómo el camino que emprendieron se les torcía una y otra vez, sobre todo a él, Tyler, viviendo en una continua noria que no dejaba de girar y agitarse a toda velocidad. Sí, me ha confirmado que aquélla fue una buena época. Una buena época en la que reunirse de gente como Jimmy Page, montárselo con la locutora de radio en plena emisión, presentarse desnudo frente a la puerta de Joan Jett para tirarle los tejos o mear al lado de Paul McCartney «Me gusta vuestra música, me dijo. Desde entonces no he vuelto a mear recto», era el pan nuestro de cada día.

El chico que se criara en los bosques de Sunapee, que escuchara todo el blues que podía permitirse, y no era poco, que se vestía con los trapitos que diseñaba una amiga para parecerse a sus admirados Rolling Stones y que escribió una de las mejores jodidas canciones de la historia del rock, «Dream On».

¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera? Solo a un cachondo como el cantante creador del aullido del demonio se le ocurriría un título así. Una edición muy cuidada por Malpaso, en tapa dura impresa y sobrecubierta con diferente portada y fotografías en pliegos interiores y un gran trabajo de traducción por un viejo lobo de mar en esto del rock, Ignacio Juliá, curtido en las idas y venidas de muchos rockeros. En cuanto a estilo narrativo, mucha poesía y gusto literario en el que Steven Tyler me ha fascinado en su modo de relatar su vida tóxica. No falta detalle. Pero más aún, la vida de un hombre sumamente sensible del modo más auténtico que se puede llegar a ser. Un hombre enamoradizo y salido a partes iguales, pero siempre sincero, siempre descarado. Un amante y padre de tres hijas y un hijo a quienes adora. Una víctima muchas veces de los excesos que la banda le exigía y un obstinado detallista por dar el 100%. Hay grandes momentos en el libro donde se demuestra esa obsesión y que si eres un apasionado de la música y del proceso de creación, vas a  disfrutar mucho. Toma nota y después oído a la grabación de  «Nobody’s Fault». Me encantó.

Cuando lees las memorias de Tyler te das cuenta de cuán subestimado le tienen en su propio país. Quizás sean sus excentricidades y amaneramientos, vestirse con los pañuelos como Janis Joplin o desafinar cuando canta el himno nacional en los partidos de béisbol. Espera a leer y te darás cuenta del bagaje musical y literario que domina, de que no es oro todo lo que reluce en su vida personal y que el líder de Aerosmith, si algo tiene, además de ganas obsesivas por echar un polvo, es genialidad. Un jodido genio, eso me ha parecido leyendo su libro. Una historia que además de leerse se escucha, y de qué manera. He tomado nota de todas las canciones que germinaron el degenerado y sensible espíritu de Steven Tyler, de esas canciones que escuchas la aguja corriendo —y corriéndose— por los surcos de viejos vinilos de blues. El blues, tío, la jodida teta que amamantó al rock. La manzana que pervirtió a Eva haciéndola bailar con el diablo, Oh yeah, baby, te ves estupenda. El motor quejumbroso que da alas al sonido de Aerosmith. El blues, tío, porque en definitiva eso fue, es y siempre será el blues, el fermento de los lamentos del alma atormentada.

¿Te ha molestado el ruido? Eso es que vas por buen camino y no te imaginas aún el viaje que te espera. Por tanto, déjate llevar. Al final, todo se reduce a las canciones, al amor y también al desamor. Porque los cantantes escriben canciones de amor, sí, pero no se les permite enamorarse. ¿O puede que sí?

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Vivir, de Adler Postel-Vinay

vivir

vivirEs posible que siempre volvamos a los mismos sitios. Que viajemos, a través de la lectura, a una época que, aunque ya conozcamos casi a la perfección, siga influyendo sobre nosotros como lo hacen entre ellos los polos opuestos. Atracción y, en cierto sentido, un poco de inmiscuirnos en la intimidad de quien, atento a destrozar a golpe de letra sus temores, comparte con el mundo aquello que sufrió, que le dejó exhausto, que le hizo cambiar el significado que tenía la vida y, por extensión, la muerte. Vivir como una paradoja entre tanto silencio lleno de muerte, o entre los gritos desesperados de quien sabe que no le queda mucho tiempo, o al menos existir mientras todo se derrumba, mientras las personas desaparecen, mientras lo que se había creado deja de permanecer, en un ejercicio de reconocimiento, en un ejercicio de resistencia, en un puñetero ejercicio de confrontar lo que es seguro que pasará y darle una vuelta de tuerca. Sobrevivir. Ese verbo que para algunos, en aquellos años de la ocupación nazi, significó ser culpables por haber permanecido mientras los demás desaparecían. Un verbo de cuatro sílabas que araña los recuerdos, que deja imágenes en el cerebro que ojalá pudiéramos olvidar pero que no lo hacen, que se mantienen con la misma fuerza, o como dice la mujer que nos habla desde las páginas, pero corro tan rápido que me despierto. Y a lo mejor despertar no sirva de nada, o lo haga de una forma absoluta, porque al abrir los ojos uno es capaz de escribir lo que aquí he leído. Una prueba de vida, ahí de nuevo la paradoja, cuando se trata de hablar de la muerte.

No es raro encontrarnos con testimonios sobre la II Guerra Mundial, sobre la ocupación, sobre lo atroces que fueron aquellos años. No es raro, por tanto, que en algún momento, en algún punto de la vida de todo lector, sienta el hartazgo de un tema que se ha estirado y del que se han escrito infinidad de libros. Yo lo tuve. Me negué a leer ningún libro que tuviera que ver con esta época por el cansancio que se acumulaba en mis músculos cada vez que veía una nueva obra publicada. Pero el tiempo suele curar todas aquellas heridas que nos creamos nosotros mismos. Vivir llegó a mí cuando no esperaba encontrarlo. Puede que la portada tuviera mucho que ver. Pero sólo como simple elemento de curiosidad, no como el motivo principal. Dado que llevaba bastante tiempo sin leer nada que tuviera que ver, o al menos que fuera un testimonio en primera persona, de lo que sucedió en los campos de concentración, mi mente dirigió mis pasos hacia el ejemplar y empecé a leerlo como quien se entrega a una de esas pasiones que a veces había olvidado que podían existir. Anise Postel – Vinay puede no ser una de las voces que más a fondo se han metido en ese oscuro laberinto que es la memoria – creo, por ejemplo, que Imre Kertesz ha sido uno de los mejores descriptores de aquella época – pero lo que sí tiene la autora es esa capacidad para que todos aquellos que dirigimos nuestro tiempo a abrir su libro, encontremos las palabras de una joven que no entendía qué sucedía pero que tuvo que sobrevivir cuando todo decía que su vida terminaría pronto.

Quizá es ese significado de lucha lo que hace que Vivir sea una lectura tan interesante. Leemos, a veces, sin darnos verdadera cuenta de lo que estamos leyendo. Pasamos las páginas olvidando que parte de la Historia está recogida en ellas. Pero lo que hace Anise Postel – Vinay es recordarnos lo que sucedió, lo que en cierta forma todavía sucede, lo que supuso y supone haber vivido, haber sobrevivido, como decía al principio, haber permanecido. Y el recuerdo no deja de ser, al final, una piedra que intenta mantenerse en todo momento a flote, que viene y va para tenernos en vilo. Ese es el precio que se paga cuando uno vive más allá del tiempo que se le ha otorgado. Eso es lo que sucede cuando, de tanto recordar, uno sólo puede escribir para conseguir que nosotros leamos y nos quedemos en silencio.

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Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madresTú no eres como otras madres. Yo tampoco. Ni tú. Ni tu madre, tu hermana o tu mujer. No existe eso de “otras madres”. Todas somos distintas. La maternidad es una experiencia diferente para todos. Y, sin embargo, la maternidad es uno de los conceptos más plagados de lugares comunes que existen. No por usar el lenguaje perezosamente (pérfida envidia, fe inquebrantable o de rabiosa actualidad). Ni tampoco creo que sea porque la maternidad sea un sentimiento tan intenso y complicado que resulta indescriptible. El amor también lo es y aunque a veces sentimos mariposas en el estómago y a veces se nos rompe el corazón, existen muchas representaciones originales que nos permiten comprender mejor las particularidades de esta emoción en la literatura (como Piezas en fuga, de Anne Michaels o Como amigos de Forrest Gander) y en el cine (por ejemplo, El marido de la peluquera, de Patrice Laconte, o Buffalo 66, de Vicent Gallo). La maternidad además de ser una emoción compleja como pocas y por tanto difícil de definir, es una experiencia con tantas implicaciones en la población que parece socialmente interesante que lo que sienta una madre y cómo se comporta con sus hijos sea una respuesta innata, estereotipada y global que se extiende a lo largo de toda su vida. Ni mucho menos quiero con esto desestimar el papel que, obviamente, tienen las hormonas en los mamíferos. Que es esencial, predecible, sí y, por supuesto, evolutivamente interesante. Me refiero a que las expectativas sobre la maternidad están establecidas en la sociedad como algo estático, invariable y generalizado. Se desechan las singularidades, se trivializan los efectos de las motivaciones, la formación o la historia de cada madre. Pues incluso dicho esto, la protagonista de Tú no eres como otras madres, se gana el título del libro a pulso. Estamos a principios del siglo pasado, cuando el margen de respuestas esperables de una madre era muy reducido.

La protagonista, Else, es la madre de la autora. Así que este libro es sobre todo una mirada llena de amor, admiración, curiosidad, asombro y a veces un poco de rencor, de una hija a su madre. Else es una judía burguesa del siglo pasado, una mujer inteligente, sensual y llena de inquietudes, que tiene la valentía de rebelarse ante el futuro que le están preparando sus padres, que incluye un matrimonio por conveniencia con un amigo de la familia. Pero en vez de responder a lo que se espera de ella, desobedece a sus padres y opta por elegir autónomamente y por amor, al que será su primer marido. Esta decisión es solo la primera de las muchas elecciones personales que hace Else a lo largo de la novela. Y no le importa hacer mucho ruido, sorprender o decepcionar a los demás.

La primera parte de la novela se llena de maridos (casi tres), de hijos (uno por marido), de conversaciones sobre arte, música y literatura, de cenas en lujosas mansiones y de salidas por el Berlín dinámico y culto del periodo de entreguerras. En este tiempo Else explora sus deseos que no son siempre convencionales y vive intensamente cada segundo sin sensación de pecado o de peligro. No tiene sensación de pecado porque asume sus anhelos como lícitos y porque se siente avalada por un grupo de seguidores que están atrapados por su magnetismo. No tiene sensación de peligro porque el dinero no es un problema y su vida es solo lo inestable que ella desea.

Pero peligro sí existía y tardó poco en llegar. Cuando Hitler llega al poder e inicia una serie de reformas que le garanticen el poder absoluto, Else y su círculo observan este nuevo orden con preocupación, pero considerándolo poco más que un insulto intelectual y provinciano y no las primeras notas de la obra sombría y terrible que llegaría a ser poco después. Leyendo el libro desde nuestra distancia sorprende que no vieran lo que se les venía encima, porque aquí y ahora vemos que desde el principio había señales claras de que el monstruo crecía. Sin embargo, ellos desprecian la importancia de los cambios que se avecinan y siguen ajenos a lo que se está gestando. Viven en lo que se podría llamar su pasado feliz, dando manotazos en el aire para apartar las moscas molestas pero irrelevantes, tratando de evitar las muestras del espanto que estaba invadiendo todos los aspectos de la vida de los judíos. ¿Cómo no leyeron los indicios con más claridad? Cuesta entenderlo desde lo que ya sabemos que sucedió, cuesta pensar que personas por otro lado inteligentes y sofisticadas, no anticipasen el mal. Pero solo tiene sentido a la luz de lo que sabemos que finalmente ocurrió. Era imposible imaginar tal horror.

Cuando ya no puede ignorar más el alcance de lo que está sucediendo, Else se exilia a Sofía con sus hijas. Estamos en la segunda parte del libro, la segunda y radicalmente diferente parte de su vida. Los años de búsqueda de identidad y de desarrollo intelectual no tienen cabida en Sofía. Se acabaron la seguridad, el lujo, las garantías y las decisiones personales no convencionales. Son tiempos de supervivencia, temor y tristeza. El cambio salvaje de la realidad exige adaptaciones y reinterpretaciones de la misma. Incluyendo la relación de Else con sus hijos, cuyas vidas, aún por hacer, están en peligro (de ser mutiladas, condenadas o incluso, de terminar) y pasan a representar la mayor preocupación de Else, que los sitúa ahora como prioridad casi única.

Tú no eres como otras madres es un libro tan maravilloso como brutal. Conmueve, atrapa, entretiene, enseña, recuerda, estimula, solivianta y permanece. Desde el principio se habla de él en todos los medios y se le compara con los clásicos. No está muy claro qué ingredientes tiene que tener un libro para convertirse en clásico. De las varias definiciones de clásicos que han hecho distintos autores, me gusta especialmente una de las que propone Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Si pienso en qué tienen de común “mis” clásicos, creo que la mayoría han sido capaces de transportarme al mundo que ha creado su autor de una manera tan intensa que no solo recuerdo el contexto, la trama o la atmósfera, sino que, sobre todo, el autor me ha hecho partícipe de la evolución de los personajes, cuáles eran sus representaciones mentales de partida, cómo han vivido los conflictos con los que se encuentran y en qué se han convertido cuando ya ha pasado todo. Con Tú no eres como otras madres estoy segura de haber leído un nuevo clásico.

Errata Naturae y Periférica, dos editoriales con catálogos muy escogidos, se han unido puntualmente para recuperar esta historia real escrita originalmente en 1992, cuando Else Schrobsdorff llevaba ya varias décadas muerta. A cuatro meses de su publicación lleva ya seis ediciones. Y esta respuesta de los lectores no es pasajera. Se va a convertir en un libro muy leído y muy regalado, ya que cuando lo has acabado tienes necesidad de compartirlo y, además, sabes que no vas a fallar. Se podría decir que el impacto de este libro está garantizado.

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El café celestial, de Stuart Murdoch

El café celestial

El café celestialA finales de los noventa, cuando no habíamos alcanzado la veintena, nos escribíamos todavía bastantes cartas. Muchas postales también, de nuestros primeros viajes sin padres, pero sobre todo cartas. Nuestra correspondencia era caótica, desordenada y naíf, y en el mejor de los casos recogía un catálogo extenso y voluble de lecturas, referencias bibliográficas y poemas fallidos. En el resto de ocasiones era el testimonio fehaciente de nuestra inconsistencia, un desafío a cualquier antropólogo que quisiera descifrar a través de ella las claves de nuestra existencia como grupo social. Porque entre medias de aquellas cartas, muchas veces dirigidas a personas de la misma ciudad o incluso de la misma clase, pasaban semanas enteras; semanas con sus viernes y sus sábados, que eran los días fundamentales en los que se barajaba la vida, hablando de cartas. A veces comentábamos los
en las nuestras, a veces no. A veces nos enviábamos las letras mal traducidas de una canción maravillosa que habíamos descubierto y, en muchas de esas ocasiones, se trataba de Belle and Sebastian.

El café celestial me ha traído de vuelta aquella correspondencia. Porque este diario de Stuart Murdoch, el vocalista-líder-compositor de la banda no es, precisamente, un diario. Me ha resultado más bien una recopilación de cartas perdidas, como si hubieran sido encontradas en un trastero polvoriento años después de haber sido escritas por el propio Stuart. Es un trapo deshilachado que se extiende de un lado a otro del tiempo que recorre (de 2002 a 2006) con la misma precisión histórica, casi nula, que nuestras misivas. Pero por momentos con la misma intensidad también, y solamente por eso merece la pena.

Para los fans de Belle and Sebastian (yo lo soy), El café celestial es un libro delicioso que descubre muchos más secretos de Stuart Murdoch que de la banda. Hay pocas ocasiones de acercarse de una manera tan sincera, descubierta y directa, a una “estrella del rock”, aunque él mismo reniegue del término. Sus paseos por Glasgow, sus partidos de fútbol, su pereza y sus problemas con Hacienda son solamente cuatro ejemplos de lo que nunca nos contaría el biógrafo más aplicado. Mención especial merecen sus charlas sobre Dios y la implicación que demuestra durante todo el texto con su parroquia, que se convierte en un eje central de la obra, tal y como lo es de su propia existencia.

Además de estos detalles personales, también hay aquí material para aquellos más aficionados a tomar registro sobre el devenir de la banda. Por ejemplo, la concepción y grabación de Dear Catastrophe Waitress, uno de sus mejores discos, aparece desgranada con bastante detalle, y permite hacerse a la idea del proceso creativo el propio Stuart, además de ahondar en primera persona en los detalles que rodearon aquel LP (las fotos de portada, por ejemplo).

Todo ello convierte El café celestial en un libro bastante recomendable para los que llevan años pegados a la “mejor banda para el segundo escenario de los festivales”, como la llama Stuart. Un buen regalo, además, gracias a una edición muy bien presentada por Expediciones Polares, que no decepcionará ni al que se sorprenda tarareando The Life Pursuit sin saber exactamente qué es ni al que conozca al dedillo los bonus tracks de todos los discos.

Los que no hayan seguido tanto a B&S, hay que reconocerlo, pueden perderse un poco en el discurso de Murdoch, alocado y desestructurado. Para ellos la obra puede ser interesante como un sincero testimonio de la vida de músico detrás del escenario, además de una colección de referencias musicales extensa que se completa con una ecléctica lista de Spotify, de nuevo cortesía de la editorial. Rastreen en ella, y en el libro también, clásicos olvidados de la radio británica junto al nacimiento en bares escoceses de grupos que han alcanzado después escala planetaria, como Franz Ferdinand. Y en definitiva, si ya no pueden rescatar del trastero sus cartas perfumadas para que les traigan de vuelta un cosquilleo y una sonrisa tonta, quizá lo consigan con este volumen precioso y simpático. Yo lo he hecho, puedo dar fe de ello.

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Cómo explicarte el mundo, Cris, de Andrés Aberasturi

Cómo explicarte el mundo, Cris

Cómo explicarte el mundo, CrisÚltimamente llevo un par de lecturas bastantes crudas. Diferentes, de temáticas que no tienen nada que ver entre sí, pero muy duras, realistas y crueles. Y sin embargo, entre tanto dolor, las dos lecturas me han enseñado algo, han roto mis esquemas aportándome otra visión y me han hecho reflexionar y sentirme tremendamente agradecida. Curioso todo lo que puede hacer un libro por nosotros.

De una de ellas os hablé hace poco. Se trata de la maravillosa novela Tu amor es infinito. Hoy reseño Cómo explicarte el mundo, Cris y vuelvo a sentir el corazón en un puño. El libro me ha llegado por casualidad, no es un libro que yo haya elegido. En realidad es una casualidad estupenda porque viene de mi madre. Llevaba tiempo detrás del libro y al pasar por una librería lo vi y decidí regalárselo. Al acabarlo, tan sólo dos días después, me dijo: tienes que leerlo, te va a gustar. Y a las madres hay que hacerles caso. También cuando nos dicen que nos pongamos la rebequita cuando refresca, sobre todo entonces.

Andrés Aberasturi, el autor de este libro es un personaje bastante conocido. (Suena fatal eso de “personaje”, ¿verdad?). Voy a rectificar: Andrés Aberasturi es un gran periodista, que ha trabajado en todos los medios de comunicación y que, además, es autor de varios libros de ensayos y de poemas. (En este libro aparecen algunos de sus poemas, por cierto). Todo un maestro de las palabras.

No es que yo haya leído muchos de sus libros, pero me atrevo a decir que Cómo explicarte el mundo, Cris, es el más personal de todos ellos. ¿Por qué? Pues porque este libro es Aberasturi sin máscaras, sin ficciones, todo cruda y pura realidad. Y a la vez hermosa, tremendamente hermosa, realidad.

Explicar el mundo a alguien no debe ser tarea fácil. Yo no sé si me atrevería, pero Aberasturi es valiente. Primero porque trata de explicarle el mundo a su hijo Cris y segundo porque el mundo en el que su hijo vivo es el mismo, pero no se parece en absoluto. Cris es un joven de treinta y seis años que tiene parálisis cerebral, que vive confinado a su silla de ruedas, a su cama, a los contantes cuidados y visitas a los hospitales. Un joven que no puede hablar, que con sus brazos busca a sus padres de igual forma que en ocasiones los rechaza. Evidentemente, su mundo es otro. Uno incomprensible para su padre, que trata de explicarle este extraño mundo sin comprender muy bien aquel en el que su hijo vive.

Temas tan difíciles de explicar como la vejez, la muerte, el miedo, el dolor, Dios y el amor se entrelazan en este libro con los recuerdos, el paso de las estaciones, las moscas, y sobre todo la risa y los expresivos ojos de Cris. Todos estos temas se tratan con la desnudez y la calidez con la que Aberasturi dota a esta suerte de diario o de correspondencia para alguien, su hijo, que no podrá leerle jamás.

Se trata de un libro realmente emotivo y muy humano, tan humano como las sensaciones que el propio Aberasturi siente en relación a su hijo. Todos esos “y si”, ojalá que”, “como si”; todos esos interrogantes y esas dudas que corren por sus venas. “¿Me oirá?”, “¿Algún día podrá decirme una palabra?”.

Y lo peor de todo es que no se puede hablar de justicia, porque en estos casos no existe la justicia. No hay ni siquiera un Dios al que preguntarle por qué. No hay razones más allá de las que pueda aportar la ciencia. Y es una verdadera putada. Pero es también esperanzador cómo Aberasturi habla a su hijo, cómo a pesar del dolor y el sufrimiento es el amor el sentimiento que prevalece. Porque el amor está presente en cada una de sus palabras, en cada línea de este libro. Claro que es el amor lo que mueve el mundo, ese mundo que es tan nuestro como de todas esas personas que sienten como Cris.

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Atrapa el pez dorado, de David Lynch

Atrapa el pez dorado

Atrapa el pez doradoHe de confesaros algo. Antes de leer Atrapa el pez dorado de David Lynch, me propuse seriamente ver algunas de sus películas. Veréis, sé que no es ese el orden lógico. Quiero decir que lo habitual es que uno se interese por un libro de un director de cine después de conocer al menos parte de su carrera cinematográfica y no al revés. Bien. Lo cierto es que yo conocía Twin Peaks. La conocía desde hacía poco, es verdad, pero habrá quién dirá –yo no– que nunca es tarde si la dicha es buena (y sí que lo fue).

Lo demás, ahora sí, ocurrió en el orden natural de las cosas. En poco más de veinticuatro horas había visto ya Terciopelo azul y Mulholland Drive, con un resultado más que positivo –algo intenso también– por ambas partes, y había leído, desde la extrañeza y abstraída por ese ambiente entre hipnótico, rítmico e inquietante, este pequeño gran libro –traducido al castellano por Cruz Rodríguez– que trata sobre la meditación, la creatividad y otras curiosidades de la vida y obra del autor. El resultado, aunque breve, fue una fantástica experiencia.

En él, Lynch hace un repaso, aunque no solo, por toda su carrera artística, desde Cabeza borradora hasta Inland Empire, pasando por las ya mencionadas y su serie de éxito, Twin Peaks. Pero además, nos deja algunas pinceladas de su experiencia como pintor de cuadros, repartidor de periódicos o como autor, durante casi toda una década, de la tira cómica The Angriest Dog in the World.

Atrapa el pez dorado, publicado ahora en una nueva edición por Reservoir Books, es una mezcla de todo un poco que a veces da la sensación de pretender venderte también un modo de vida: la meditación trascendental y sus virtudes –claves en la obra del director–. Su mensaje, apuesto, os proporcionará a los más espirituales la oportunidad de disfrutar por partida doble de esta publicación sin entorpecer por ello la lectura a los más incrédulos.

Y es que, escrito con un tono reflexivo y ligero, su texto es además un acercamiento por los entresijos de la producción cinematográfica. Desde la importancia del sonido hasta su modo de trabajar con los actores, pasando por el montaje, la iluminación o el proceso creativo, entre otros. No importa que para ello David Lynch no se extienda demasiado. Como el pintor que lleva dentro, el director americano bosqueja, a partir de breves confesiones y anécdotas, una imagen mucho más amplia sobre el cine como concepto que deleitará, no me cabe ninguna duda, a cualquier que se tenga a sí mismo como un amante del séptimo arte.

Con todo, si algo se le puede reprochar a Atrapa el pez dorado es, precisamente, su brevedad. Sus confesiones a media voz son tan interesantes que uno se queda con ganas de mucho más. Como si durante el tiempo que dura su lectura se pudiera bucear de algún modo entre la mente de este particular autor y sus ideas. Todo un lujo. Es posible que esto sea lo más cerca que algunos lleguemos a estar nunca de la meditación trascendental. Y he de reconocer que si es así, funciona.

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