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Acero en los labios, de Isabel Marina

Acero en los labios

Acero en los labiosMuchos lo vemos. Desde hace un tiempo, las grandes editoriales apuestan en materia de poesía sobre un tipo de autores muy relacionados con las redes sociales, con la poesía del sentimiento o, incluso, con la canción de autor. Es lo que vende y lo que los jóvenes quieren leer, es lógico que se apueste por ellos. Por otro lado, hay otra corriente alterna que tiene los ojos posados en la primera y los critica, de donde ha salido el término despectivo de los “intensitos” para denominar a este nuevo grupo de poetas, joven, que está disparando las cifras de ventas en libros de poesía. No hace falta decir nombres porque todos los conocemos, ya sea por el bombo de la televisión, las radios, o por verles compartidos en los muros de nuestras redes sociales.

Pero también hay una tercera corriente – y quizás más pero ya es salirse del tema – que sigue escribiendo tras la estela que no hace mucho dejaron grandes maestros como José Ángel Valente, Chantal Maillard o María Zambrano; la de una poesía que roza lo metafísico, que busca hurgar en el interior de cada uno para así buscar respuestas a algo totalmente confuso e inexplicable como es nuestra vida. Ese grupo sigue caminando en voces como la de Miriam Reyes o Esther Ramón – y muchos otros – pero lo que importa hoy, es que también sigue viva en una poeta totalmente desconocida para mí, hasta estos días: Isabel Marina.

Me topé con Acero en los labios mientras echaba un vistazo a una lista de novedades en internet. ¿Qué podría llamarme la atención del primer libro de una autora desconocida en el panorama literario – con perdón – para interesarme en él? No lo sé, no fue la sinopsis, ni la portada, ni siquiera el título, lo que sé es que lo he leído y agradezco a esos hilos invisibles que nos conectan con las cosas de nuestro entorno que lo hayan hecho conmigo y esta obra.

Acero en los labios se divide en tres partes, tres partes de reflexión, que ya en un principio me han recordado a la simbología cristiana de los tres peldaños antes de las capillas con los que alzarse a la salvación: ‘Como pobres diablos’, ‘Esta ceniza seca’ y ‘Somos fulgor’. Cuarenta y cinco poemas encabezados por un prólogo de Fernando Álvarez Balbuena – miembro del Real Instituto de Estudios Asturianos – en el que el estudioso nos habla sobre todo del estilo poético de Isabel Marina. Leemos sobre «el sentimiento», «la elegancia del estilo» o «la belleza de las metáforas» en la poesía de la avilesina. Pero también de «un léxico más estricto y riguroso que florido» o de que «la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra», y estos son dos aspectos de los que me gustaría hablar.

En los poemas de Marina encontramos, sobre todo, melancolía. Esa ilusión y esa esperanza de las que habla Balbuena como mucho se empiezan a ver en la tercera parte del poemario. Y es que Acero en los labios es una obra repleta de desazón, de cristales vitales rotos, de ropa y cuerpos hechos jirones, de oscuridad, de pérdida de la infancia y nostalgia en ello, de la nunca respuesta de un dios, de anhelo por el sentido de una vida. Acero en los labios pide de una lectura pausada, de una revisión por parte del lector continua de su léxico, de sus maravillosas metáforas, del buen manejo de la adjetivación, etc. En definitiva y, apartándonos un poco de lo formal, Acero en los labios es, básicamente, un vivir a pesar de todo. Menos mal que todavía existe la poesía.

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Almudena, de Luis García Montero

Almudena

AlmudenaPuede que no os guste la poesía (no lo entiendo y si por mí fuera os mandaba a todos al rincón de pensar), pero seguro que alguna vez habéis oído hablar o habéis leído algo sobre Luis García Montero. Es historia viva de nuestra literatura. Montero aparece en los libros de texto de Lengua Castellana y Literatura, en esos temas finales que hablan de la literatura actual, en ese apartado (siempre mínimo) que habla de poesía, de la poesía de la experiencia. Ser estudiado por nuestros infantes, chavales, eso sí que mola. Pero ahí no queda todo. Luis García Montero ha ganado algunos de los más señalados premios literarios: Adonáis, Loewe, Premio Nacional de Literatura y Premio Nacional de la Crítica. Es, además, catedrático de literatura española en la Universidad de Granada, escritor de varios ensayos y novelas y colaborador habitual de la prensa y la radio. Queda clarito de quién os estoy hablando, ¿no? Lo malo de ser tan conocido es que siempre vas a tener detractores. O quizá sea lo bueno, quién sabe. Que hablen de ti, aunque sea mal, ya sabéis. En fin, yo no tengo el gusto de conocer a Luis García Montero, así que me limito a opinar sobre su poesía, que para mí es, sencillamente, maravillosa. Ahora veréis por qué.

¿Conocéis a Almudena? Almudena no es ni más ni menos que la escritora Almudena Grandes. Dios los cría y ellos se juntan. Guiño, guiño. Que un poemario lleve su nombre es ya toda una declaración de intenciones y es que, efectivamente, los versos que recogen este libro son todos aquellos versos de amor que Montero ha ido escribiendo a Almudena a la largo de su idilio. A mí me parece precioso. Quién fuera musa y tuviera en su honor un poemario, ¿veradad? A propósito de musas, dejadme que os cuente algo. Bueno, en realidad lo cuenta la propia Almudena y aparece al inicio de este poemario. Es un texto que yo ya había leído en el que explica que tanto su abuelo, como su padre, habían sido poetas. Poetas de interior, no conocidos, pero poetas al fin y al cabo. Ella no escribe poemas por eso, porque había aprendido a amar la poesía y “solo los brazos del poeta podía salvarla del temblor que los brazos del poeta producía”.  Y encontró a su poeta, Almudena encontró a Luis y los dos, sin ella saberlo, han hecho poesía.

Ya en la contraportada del libro aparece uno de sus poemas más conocidos llamado Dedicatoria. Copio:

“Si alguna vez la vida te maltrata

acuérdate de mí,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte”.

Bonito, ¿eh? Pues agarraos que vienen curvas. Es cierto que el amor es el tópico lírico por excelencia. Pero no todo está dicho, afortunadamente. Cada poeta es diferente y cada amor distinto. Así que mientras haya amor, habrá poesía. Chúpate esa, Bécquer. A mí me gusta mucho la denominada poesía de la experiencia, porque es con la que más me identifico como escritora y como lectora. Almudena, la musa, y Luis llevan juntos desde 1994. Veintidós años de amor dan para mucho y es conmovedor poder conocer parte de esta historia a través de sus poemas. Montero sabe mucho de amor:

“Por eso sé de amor,

por eso no medito el cuerpo que te doy,

por eso cuido tanto las cosas que te digo”.

Y vaya si las cuida. Sabe cómo cuidar las palabras con dulzura y compone versos llenos de magia:

“Si el amor, como todo, es cuestión de palabras

acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.”

Montero asegura, en uno de sus poemas, que él la estaba esperando, que la está esperando:

“ (…) Y seguiré esperando.

Como los amarillos del otoño,

todavía palabra de amor ante el silencio,

cuando la piel se apague,

cuando el amor se abrace con la muerte

y se pongan más serias nuestras fotografías

sobre el acantilado del recuerdo,

después que mi memoria se convierta en arena,

por detrás de la última mentira,

yo seguiré esperando”.

Como declaración de amor es preciosa. Como poema, realmente emotivo. Como sentimiento, una pasada. Eso que todos deberíamos sentir alguna vez en la vida. Yo no sé qué sentirá el poeta cuándo pase el tiempo y relea estos poemas que hoy escribe, como él mismo se pregunta en Cabo Sounion. Yo sé que a mí, como espectadora de este amor, una lectora atemporal, me provocan un montón de sentimientos, todos buenos, todos sanos e inefables. Y me basta con eso.

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En el nombre de los árboles, de Karin Boye

En el nombre de los árboles

En el nombre de los árbolesMe apetecía leer un poco de poesía, por eso busqué en el catálogo de la editorial Baile del sol algún libro que me llamase la atención. Ya sabéis, guiándome por mi sexto sentido literario. Y apareció En el nombre de los árboles. Me gustó la portada, minimalista y delicada, me gustó el título. ¿A quién no le gustan los árboles? Así que pese a no conocer a su autora, me decidí por él.

A lo mejor es una ofensa no conocer a Karin Boye. Si es así me arrodillo y pido perdón. Soy una poeta muy simple, pero me gusta mucho aprender. En la contraportada del libro se dice que en este poemario aparece su poema más conocido Sí, es verdad que duele “y del cual la gran mayoría de los suecos saben, como mínimo, recitar los primeros versos.” Reconozco que esta afirmación también me atrajo. Quería conocer ese poema tan famoso en Suecia y confieso que fue el primero que leí. Luego me dio por pensar cuál sería el poema más conocido en España, cuál sería capaz de recitar más gente. Y no lo tengo nada claro. He pensado que podría ser “verde, que te quiero verde, verde viento, verdes ramas”, de Lorca. ¿Vosotros qué pensáis? Abro el debate.

Después de leer el famoso poema, que me ha parecido precioso:

“Sí, es verdad que duele cuando los brotes se abren.

¿Qué otro motivo hay para que la primavera dude?

¿Por qué tiene que estar atada toda nuestra ardiente espera al pálido helor amargado? (…)”

me dispuse a leer la introducción del poemario. Qué desorden el mío. Me ha gustado tanto conocer a esta autora que os tengo que hablar de ella. Karin Boye nació en 1900 y murió en 1941, ya podéis haceros una idea de lo efímero de su vida. Escribió poesía y novela y es una autora bastante conocida en Suecia, aunque ella siempre se quejó de la poca repercusión que tenían sus obras. Con veintidós años publicó ya su primer poemario. Casada en 1929 y divorciada en 1932, decide irse a Berlín a vivir libremente su homosexualidad con Margot Hanel. Una mujer valiente, como podéis leer, pues en aquellos años treinta la homosexualidad era poco menos que pecado. Karin siempre estuvo enamorada de Anita Nathorst, pero fue un amor no correspondido. Sin embargo, cuando su amor platónico es ingresada en un sanatorio para tratar su cáncer, Karin se traslada allí para estar con ella. En el bosque cercano al sanatorio será donde Karin decida suicidarse. Su pareja, Margot Hanel, hará lo mismo un mes más tarde. Por su parte, Anita, muere al año. Terrible final el de este triángulo amoroso. Desolador y terrible, por eso tenía que contároslo, porque todo esto, cómo no, se refleja en la poesía de Karin Boye.

En el nombre de los árboles es un poemario liberador, vinculado a la naturaleza desde el título hasta el último verso. Un poemario que canta al amor, que canta a la vida, al mar y a la tierra, ésa a la que debemos nuestras raíces y nuestra razón de ser.

“Se han trazado tus límites.

Tú también estarás quieta

entre los fieles expectantes.

Tú también has de echar raíces,

convertirte en árbol y madurar.”

Hay versos fantásticos dedicados al amor y al desamor:

“Mientras nuestro amor tenga una sola condición vigente

aunque solo sea una,

será nuestro amor una mano cerrada

y nos lo merecemos”.

Me ha encantado descubrir a Karin Boye y su voz llena de lirismo y sensualidad. Lo mejor de los buenos poetas es que nunca hay demasiados. Nunca nos van a sobrar versos para curarnos. Qué alivio que exista la poesía.

 

 

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Cartas a ninguna parte, de Ane Santiago

Cartas a ninguna parte

Cartas a ninguna parteLa verdad: nunca he sido muy de poesía. Hace algunos años tuve una racha en la que no podía parar de leer a Poe y a Salinas; incluso llegué a memorizar algunos de los versos que más me gustaban. Pero después, nada. Fue una racha fugaz y pasajera, que pasó sin que me diera casi ni cuenta. Hasta que llegó a mis manos Cartas a ninguna parte. Y, para ser sincera, no fue como resultado de mis ganas de volver a sumergirme en la poesía: me tocó en un concurso de Internet. Envié un verso y al poco me llegaba este ejemplar, con una dedicatoria inspiradora y lleno de ilustraciones maravillosas de Elena Pancorbo a la altura de las palabras.

Yo necesité de una casualidad para volver a leer poesía; quizá no lo hice antes porque es una cosa que ya no se lleva. Ojalá la poesía volviera a estar de moda. Ojalá nos diera más a menudo por meternos en los pensamientos más primarios y profundos de los poetas. Por ver el mundo con sus ojos. Siempre es bueno mirar el mundo desde otros ojos; y mucho mejor si se trata de los de un poeta, porque, digan lo que digan, ellos ven lo que les rodea de una manera diferente a la de los demás humanos. Son capaces de destripar las cosas hasta dejarlas en su estado natural: quitan maquillaje, capas, máscaras, ilusiones. Y lo reducen todo a su verdad. Si por un día, aunque fuera uno solo, mirásemos con ojos de poeta, jamás volveríamos a ser los mismos. Porque algo del mundo que se ve desde esa perspectiva se quedaría en nuestro interior para siempre. Después sentiríamos la necesidad irrefrenable de contarlo, de dibujar nuestros sentimientos mediante palabras; de describir lo indescriptible.

Ojalá existieran más poetas. Personas sin miedo a expresar lo que sienten y, además, hacerlo bonito. Porque da igual lo que nos estén diciendo esas palabras; sonarán bellas en la boca del que las recite y moverán sentimientos en las mentes de quien las oiga. Sentimientos que quizás el receptor ni sabía que existían. Por eso es importante leer poesía, para llegar a conocernos de verdad.

Ojalá más personas como Ane Santiago desnudaran su alma, cogieran un bolígrafo y la tatuaran en un trozo de papel; porque Ane se desnuda en las páginas de este poemario. Yo soy de las que piensan que si la poesía sirve para algo, es para desnudarse. Te permite decirlo todo, sin excepciones; todo está permitido. Palabras de desahogo, de enfado, de pasión, de esperanza. Se mezclan desde el principio hasta el final, hasta conseguir que el poeta deje sus entrañas plasmadas en el papel. A veces son solo ideas pasajeras, otras veces son obsesiones que no se van ni arañándolas. Como ella misma dice, la poesía es lo que pasa cuando la vida ya no sabe. Ojalá, gracias a libros como este, personas como yo, se dieran cuenta de que necesitan leer más poesía. No solo porque la poesía es hermosa, sino por todo lo que nos puede enseñar.

De este libro he aprendido que escoger siempre significa renunciar. Que debo amar absolutamente todo de mí y que tengo que dejar que otros me amen también. Que siempre, siempre, las cosas son más sencillas de lo que parecen en mi cabeza. Que todos tenemos tormentas internas o incendios provocados. Que debo buscar a las personas que tengan complejo de galaxia y que contengan un universo. Que sería una buena idea enamorarme de ellas. Que, a veces, un laberinto es mejor regalo que una línea recta. Y que al mundo le falta cariño y a mí me sobran brazos.

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El peso de la oscuridad, de Jesús Losada

El peso de la oscuridad

El peso de la oscuridadEn esta ocasión, vuelvo a la poesía. Ya he dicho alguna vez que disfruto leyendo casi toda clase de géneros literarios, pero siempre recurro a la poesía una y otra vez. La buena poesía me alegra el alma, y qué queréis que os diga, apetece de vez en cuando darse una alegría. Y más en estos tiempos donde la alegría es un bien escaso.

Aunque, la verdad, reseñar poesía me parece un trabajo bastante complicado. Y mejor no hablemos del demonio de traducirla. Creo que los poemas hablan por sí solos, que no deberían explicarse, que o conectas con ellos o no, no hay más. La poesía es para que el lector la haga suya, cualquier otra cosa es hablar de más. (Aquí estoy yo, cargándome a la crítica literaria y a la historia de la literatura sin apenas despeinarme).

Al menos tengo la suerte de elegir bien a los poetas que leo, porque no me desilusionan. No hay nada peor que no conectar con lo que se está leyendo. Creo que de ahí que la poesía parezca tan difícil, tan cerrada y con un público tan reducido. Como no des con un poema que te cale, mal vamos. Para cada persona hay un poema, estoy convencida. En fin, todavía hay mucho que hacer por la educación en poesía. Ojalá que el mundo se llene de versos, ojalá que todo el mundo lea poesía. Me pongo revolucionaria, qué le voy a hacer. Por cierto, la poesía también es revolución.

Jesús Losada es poeta (además de Licenciado en Filología portuguesa, Filología española e italiana, Teología y gestor cultural). Es un poeta con p mayúscula inicial, para que me entiendan. Ha escrito una docena de libros y ha ganado también unos cuantos premios. El peso de la oscuridad, el poemario que nos ocupa, resultó ganador del IV Premio Internacional de Poesía José Zorrilla.

Me decanté por su lectura, sinceramente, porque encontré las palabras de Luis Alberto de Cuenca en la contraportada hablando bien sobre el poeta y el poemario. Y a Luis Alberto de Cuenca le tengo en el pedestal de los grandes poetas. Así que sus recomendaciones no podrían ir por mal camino. Y no, el camino de recorrer los versos de este poemario ha sido intenso y gratificante. He disfrutado mucho con sus poemas.

No me gusta hablar de estilos, ni encasillar a nadie en generaciones y nombres. Me parece que no tiene ningún sentido. Yo creo que cada poeta tiene su propia voz y su propio estilo. A lo mejor estaréis pensando “pues vaya mierda de reseñista” y quizá tengáis razón. El caso es que yo os hablaré de Jesús Losada a través de lo que sus versos me han transmitido, olvidando a propósito todo lo demás.

Jesús Losada es directo y terrenal. Es un poeta de pies en tierra y realidades cotidianas.

“Nos da una llave. Habitación 403.

Canal internacional. Apago la televisión.

La misma ruina de noticias.

Una letanía homicida de palabras,

balas mortíferas

que si la prima de riesgo, el Ibex, la troika,

cifras de parados, impuestos, el FMI,

nna crisis que nos asfixia,

a España, a Europa, a el mundo,

el asco apretado

entre el aceite más rancio de estas letras.”

Lo que os decía, poeta de realidades cotidianas.

También es un poeta de heridas que no se sabe bien si cicatrizan. Poeta dolido de amor:

“(…) Acaricio tu lumbre entera

repaso la raíz cuadrada

que nunca supe hacer,

y la descifro ahora entre tus muslos”.

Y no hay poeta sin decepciones, sin amargura:

“Después viene la decepción

o la vida.

Ese diálogo largo.

Damos dos vueltas a la llave”.

El peso de la oscuridad es un buen poemario. Lo dice el IV Premio Internacional de Poesía José  Zorrilla, lo dice Luis Alberto de Cuenca y lo digo yo. Vale que no sea una eminente crítica literaria, pero de versos que mueven por dentro algo entiendo. “Escribimos en la piel de todos los océanos”. Como ése. Gracias, Jesús por este poemario.

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Sonetos, de William Shakespeare

Sonetos

SonetosWilliam Shakespeare. La reseña podría limitarse a esas dos palabras porque, en realidad, ninguno de nosotros necesita nada más para releer los Sonetos del bardo inglés. William Shakespeare. Pero como ante los clásicos sufro de una especial verborrea, me explayaré algunos párrafos más con mis impresiones sobre uno de los mejores poemarios que se han escrito.

En la introducción a esta edición de los Sonetos, dice William Ospina, su taductor, que el libro cuenta una historia de amor, desde la fascinación del inicio hasta los reproches finales. Y así es, con versos como los que siguen el poeta nos habla de su admiración, real o imaginaria, eso qué importa, por el ser amado: “mientras respire el hombre, y el ojo abarque y mida / vivirán estos versos, y te darán la vida”. Más tarde llega la dicha, podemos suponer que el amado le corresponde: “feliz por tanto yo, que amo y soy amado / por quien no ha de cambiarme ni puede ser cambiado”. Luego, como no, la felicidad da paso a las dudas, peleas y rupturas: “te tuve, como un sueño decidido a adularme, / y fui rey en mis sueños, y nada al despertarme”. A las reconciliaciones: “que ahora mismo tu ofensa en deuda se concluya / y si la mía te absuelve, que me absuelva la tuya”. Y, finalmente, a los reproches: “mientras por ti vigilo, tú estás en algún lado, / lejos de mí, y de otros muy cerca, demasiado”.

Como cualquier historia de amor clásica (y literaria), la primera parte del libro de Sonetos de William Shakespeare responde al patrón establecido de enamoramiento-dicha-traición-reconciliación(es)-traición(es)-ruptura. Un modelo no demasiado sano para establecer en nuestras relaciones personales, pero que leído queda muy pero que muy bien. Y, sí, ya sé lo que todos os estáis preguntando. Shakespeare (o su yo poético) se enamora pero, ¿de quién?

Al parecer los Sonetos están dirigidos a tres personajes, el Fair Youth o el joven de los primeros poemas con el que la voz lírica va fraguando una relación cada vez más estrecha; la Dark Lady, que presenta un amor físico y apasionado, totalmente opuesta a las mujeres angelicales y los amores platónicos de la poesía de la época; y el Rival Poet, o el poeta rival al que Shakespeare se enfrenta en algunos de los sonetos centrales.

La primera parte, y más extensa, está dirigida al joven, con el que se entiende que la voz poética tiene una relación platónica. O no tan platónica, en el soneto 20 le dice directamente: “y para mujer fuiste tú creado; / mas la naturaleza vino con sus desmanes / y con sus adiciones en ti me ha defraudado / añadiendo una cosa que no sirve a mis planes”.

La segunda parte la conforman unos treinta poemas dirigidos a la Dark Lady, una figura peligrosa, terrenal y fiera que trae de cabeza a la voz poética. Precisamente uno de mi poemas preferidos de los recogidos en los Sonetos va dirigido a ella y es una parodia, punto por punto, de los sonetos, todos iguales, con los que en la época se alababa a la dama. Como todos recordaréis, en esos poemas la dama tenía el cabello como el oro, la piel era nieve, los labios coral. Pues la dama de Shakespeare no cumple con ninguno de esos requisitos. Y sea juego poético o realidad, la descripción de esta figura tan diferente a las demás siempre me hace sonreír. Os dejo aquí los primeros versos:

Los ojos de mi amada al sol no se parecen,
El coral es más rojo que sus labios maduros:
Son negros esos hilos que en su cabeza crecen,
Y si la nieve es blanca, sus senos son oscuros.

Quiero hablaros de dos cosas más antes de cerrar la reseña. La primera es la traducción. Porque todas estas citas que acabáis de leer no las escribió Shakespeare, sino William Ospina, que ha adaptado las palabras del poeta inglés a nuestra lengua en esta versión sencilla, directa y clara. A mi parecer, es una versión perfecta para leer despacio, disfrutando de la edición bilingüe de Navona y saltando del original a la traducción con facilidad y sin trabas. Traducir poesía, y además con estructuras tan fijas como el soneto, me parece uno de los retos más difíciles que se le puede presentar a un escritor. Y William Ospina lo borda.

Y la segunda es la editorial, Navona. No puedo irme sin hablaros de la edición del libro como objeto, del lujo que es tener estos Sonetos en la mano e ir pasando páginas antes de acostarte. Cubierta de tela de un intenso color granate, marca páginas interior de raso, pliegues cosidos y no encolados. Es un libro hecho para durar, para leer y releer, para consultar un verso y acabar leyendo quince sonetos, para olvidar que existe y redescubrirlo un día en la estantería. Y también, como no, para regalar.

William Shakespeare. Como decía arriba, es mi argumento más poderoso para recomendaros este libro. El poeta se vende solo. Y, si además viene con una traducción y edición como la que presenta Navona, releer los Sonetos es un auténtico lujo.

 

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Copenhague huele a París, de VV. AA.

Copenhague huele a París

Copenhague huele a ParísMe encanta la poesía – aunque debo reconocer que no es mi género preferido, el relato siempre estará por delante – y esta ha sido una de las razones por las que no he podido dejar pasar este acercamiento que ofrece Nórdica Libros a la poesía contemporánea danesa en Copenhague huele a París.

Formando parte de la colección letras nórdicas, este compendio de poetas traducidos por Daniel Sancosmed busca ser la entradilla a una poesía que debe mucho, como tantas otras – o quizás todas las contemporáneas – a la corriente francesa de los últimos siglos, con Rimbaud siempre como estandarte. Vemos el tratamiento de temas como el cuerpo «como catedral de las palabras», la ciudad, la noche y el punk. Destacando la figura de Michael Strunge, quien renovó el lenguaje poético danés; este admirador férreo de Bowie es la mecha de una generación de poetas daneses que se han dado cuenta de que el cambio que buscan sus poemas no debe ir dirigido a lo social – como antes se hacía – sino a lo individual; que buscar la transformación de la persona que está leyendo ese poema es necesario, obligado y vital para ellos, los poetas. Strunge consiguió, aun habiéndose suicidado con tan solo veintiocho años, que todo un grupo de escritores en verso cogiera las riendas que él dejó para seguir ofreciendo poesía con la que calentar los duros y largos inviernos daneses.

Una de los aspectos que más destaca de este poemario y una de las razones por las que se puede defender que no estamos ante una generación propiamente dicha, es la disparidad de estilos, de formas y de temas que cada uno de estos poetas trata en sus versos. Vamos de lo carnal a la oscuridad de la noche en Copenhague, pasando por infinidad de temas distintos, pero siempre con el reflejo interior de un yo poético roto.

Si tuviera que quedarme con alguno de los doce poetas que forman este poemario creo que lo haría con Pia Tafdrup, alguien que por supuesto no conocía pero que me ha obligado a tener que repetir la lectura de sus poemas – sobre todo No somos animales de un día – para acabar esta siempre de la misma manera: asintiendo con una sonrisa y volviéndolo a empezar. Eso es lo mágico de la poesía: que siendo escrita cuando lo fuera, siempre hay algún verso que define lo que sientes o has sentido en algún momento de tu vida. Conectar es básico y esencial, como la conexión, en este caso, entre Copenhague y París.

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Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

Trescientos poemas de la dinastía Tang

Trescientos poemas de la dinastía TangCualquier obra capaz de abarcar lo inabarcable merece reconocimiento y elogio y Trescientos poemas de la dinastía Tang es sin duda uno de los escasos ejemplos que podría citar. Es inabarcable no sólo por la dimensión del objeto de estudio de la obra, tan inmensa que reconozco que hasta leer el magnífico prólogo del profesor Guojian Chen, responsable de esta edición, no me resultaba ni tan siquiera imaginable. Dicen que los chinos han escrito tanta poesía, probablemente más, que el resto de la humanidad junta. Tras leer este libro uno se lo cree.

La dinastía Tang abarca los años comprendidos entre el 618 y el 907, lo que se calcula que incluye a unos 7.850 autores y unos 208.386 poemas (la exactitud de la cifra me hace pensar que estos son los registrados, aquellos de los que aún tenemos constancia, que siempre son menos de los escritos) y la recopilación original, que corrió a cargo de Literato solitario del estanque fragante, trató de resumir esa época dorada en trescientos poemas a los que el profesor Chen ha añadido unos cuantos más cuya inclusión era, a su juicio y al parecer del de la comunidad de expertos, necesaria. Algunos de los poetas más destacados que el lector encontrará en las páginas de Trescientos poemas de la dinastía Tang son Li Bai, Du Fu, Wang Wei y Bau Juyi, que representan la cumbre de la poesía tradicional china. Sigue leyendo Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

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(Tras)Lúcidas, de Marta López Vilar

traslucidas

traslucidasEs difícil reseñar una antología poética, he de admitirlo. Es difícil por tres motivos. Primero: porque reseñar poesía es ya en sí un ejercicio poético que conlleva cierta conexión con el poeta. Segundo: reseñar una antología significa tratar de conectar con los poetas que en ella aparecen y a su vez entender ese conjunto, que es el todo. Y tercero, reseñar una selección como ésta, que es una selección de poesía escrita por mujeres sin serlo en realidad es un reto complicado pero delicioso.

(Tras)Lúcidas es el título de esta antología editada por Bartleby Editores. La encargada de la antología es poeta, tiene varios premios en su haber y además, es mujer. Puede que este último dato no importe, pero sí que tiene importancia. Marta López Vilar es poeta y es mujer, es traslúcida, es olvido, es discriminación, es machismo, es sociedad patriarcal y encima es valiente. Y créanme que tener que llamarla valiente en pleno siglo XXI tiene narices, pero, desgraciadamente, es lo que toca.  Sigue leyendo (Tras)Lúcidas, de Marta López Vilar

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Con un pájaro de menos, de Carlos Salem

Con un pájaro de menos

Con un pájaro de menosHe de confesar que no soy especialmente una apasionada de la poesía, y menos de este nuevo movimiento de poesía moderna que está llenando las librerías. Simplemente, no me llamaba la atención. Sin embargo y, por pura curiosidad, leí un poema de Carlos Salem (de este mismo libro) titulado Todo y me transmitió tanto que decidí leer este poemario con la sensación de dejarme impresionar por la pluma de un escritor con más de nueve años de experiencia.

Con un pájaro de menos. Poemas de amor y rabia es precisamente eso, un conjunto de poemas de amor y rabia que no sólo abordan los sentimientos y emociones que se viven diariamente en una relación amorosa, sino que también narra los sentimientos de desamor, pérdida y todo lo que producen en la vida de una persona, cambiándola para siempre. A su vez y de forma alterna, combina estos románticos poemas con una serie de poemas reivindicativos, hacia el sistema, los gobernantes y las leyes con las que no está de acuerdo el narrador y poeta argentino. Así, éste plasma su ideología, vivencias y pensamientos en el papel para poder compartirlo con todos aquellos que deseen leerle y que quieran compartir con él sus pasiones, miedos y las vivencias plasmadas.

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Cómo ser valiente, justo, feliz y otras cosas en la vida (o al menos intentarlo), de Aitor Saraiba

Cómo ser valiente, justo, feliz y otras cosas en la vida (o al menos intentarlo)

Cómo ser valiente, justo, feliz y otras cosas en la vida (o al menos intentarlo)

Cómo ser valiente, justo, feliz y otras cosas en la vida (o al menos intentarlo) es el nuevo libro del ilustrador Aitor Saraiba, uno de los artistas contemporáneos más polifacéticos del panorama español: ilustrador, fotógrafo, escritor, cineasta e incluso decorador de cerámica. Entre sus ocupaciones no está aburrirse, desde luego.

Gracias a su gran devoción por toda clase de redes sociales (podéis encontrarle en Instagram, Facebook, Tumblr, Twitter y en su propia página web), así fue cómo conocí a Aitor Saraiba. La mezcla de ternura y curiosidad que me proporcionan sus dibujos en Instagram han hecho que no dude en querer leer su libro para averiguar qué más puede ofrecerme el autor. Además, después de leer en una entrevista que él mismo se define como “Heavy marica y poeta” no puedo más que declararme fan.

Es difícil explicar a qué género pertenece este original libro porque no pertenece a ninguno en concreto, pero tiene un poco de cada uno. Sigue leyendo Cómo ser valiente, justo, feliz y otras cosas en la vida (o al menos intentarlo), de Aitor Saraiba

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Manotazos al aire, de Yolanda Ortiz Padilla

Manotazos al aire

Manotazos al aire

Me gusta disfrutar de casi todo tipo de géneros en mis lecturas, pero hay uno que siempre está presente: la poesía. Vuelvo una y otra vez a ella porque la poesía es necesaria, es vida, es agitación y descubrimiento. La poesía bien hecha, claro está. Tengo una teoría sobre la poesía joven actual. Bueno, ni siquiera sé si es una teoría y como es mía y no pretendo sentar cátedra, ahí va.

Tenemos, por una parte, a un sector de jóvenes “poetas” que escriben muchos libros, que tienen muchos seguidores (que no es lo mismo que lectores, ojo) y cuyo fin es, precisamente, buscar a ese seguidor contándoles lo que quieren leer. Cuando entro en una librería y veo todos sus libros juntos en la sección de poesía se me revuelve el estómago. Creo que a Miguel Hernández también le pasaría. Me parece genial que los jóvenes lean, que se intercambien libros y hablen sobre ellos. Pero no lo llaméis poesía, por favor.

Por otra parte, hay un sector de jóvenes poetas enamorados de las vísceras. Sus poemas son tan crípticos y tan de intestinos, tripas y demás que al leerlos tengo la sensación de estar en un quirófano. No entiendo nada.

Por último, hay jóvenes poetas que hacen auténtica poesía, que la mantienen viva y la cuidan. Por eso, cuando quiero leer a buenos poetas actuales, recurro, entre otras, a la editorial Baile del Sol, porque sé que ellos también miman a la poesía. Sigue leyendo Manotazos al aire, de Yolanda Ortiz Padilla