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Videorreseña: Shanti y el mandala mágico, de F.T. Camargo

Si me preguntas por mis aficiones, te diré que básicamente (aunque tengo alguna más) todo se reduce a tres: leer, escribir y viajar. Y todas ellas están tremendamente relacionadas: leo para viajar a mundos inventados por otros, escribo para viajar a mis propios mundos y viajo porque es lo que más me llena en este mundo.

Me gusta aprender cosas nuevas constantemente, sobre todo si se trata de culturas distantes a la mía. Me parece algo fascinante preocuparse por saber cómo viven en otras culturas, cómo son, cómo ha sido su historia… y, aunque la mejor manera para hacerlo es viviendo la experiencia en mi propia piel, siempre agradezco que lleguen a mi vida libros como Shanti y el mandala mágico para poder seguir viajando aunque sea a través del papel.

Este libro escrito por F.T. Camargo y editado por Caligrama tiene algo muy especial: son muchos los protagonistas del mismo y cada uno tiene su espacio reservado. Y como cada personaje viene de una parte muy diferente del planeta, el autor aprovecha para contarnos infinidad de cosas relacionadas con su cultura. Toda una experiencia.

Pero ¡no te cuento más! Aquí te dejo el link del vídeo que he hecho para el canal para que así puedas ver por ti mismo todas las impresiones que me ha causado este libro.

 

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El guardián de los objetos perdidos, de Ruth Hogan

El guardián de los objetos perdidos

El guardián de los objetos perdidosSeguro que aún te acuerdas de aquello que perdiste un día, sin saber cómo ni dónde, y te dio mucha rabia. Y no me refiero a ese teléfono móvil que te había costado una pasta, ni a cuando te desapareció la cartera y te tocó anular las tarjetas y sacarte otra vez el DNI, no. Estoy hablando de aquella vez que perdiste ese objeto que para ti era irremplazable por su valor sentimental. ¿Te imaginas que lo recuperaras muchos años después? ¿A que el corazón te daría un vuelco de la alegría? Pues de esa idea nace la novela El guardián de los objetos perdidos, de Ruth Hogan.

Por un lado, tenemos a Anthony Peardew, un escritor que vive en una mansión de Padua y custodia los objetos perdidos que se ha encontrado a lo largo de los años (un guiño directo a san Antonio de Padua, patrón de los objetos perdidos), siguiendo el legado que le dejó Therese, su gran amor. Esos fragmentos de vidas ajenas que ha ido atesorando en su hogar le han servido de inspiración para crear sus cuentos (que vamos leyendo a lo largo de la novela); al principio, con finales felices, después, cada vez más sombríos. Pero a Anthony se le acaba el tiempo y contrata a la persona adecuada para cumplir la misión que le encomendó Therese: devolver cada objeto extraviado a su respectivo dueño. Así es como Laura, divorciada y en plena crisis existencial, hereda la mansión de Padua repleta de objetos de todo tipo (una pieza de puzle, un coletero, una pulsera de la amistad, un paraguas de corazones rojos, una caja de galletas llena de cenizas humanas…); con Freddy, el jardinero atractivo, y Sunshine, la vecina adolescente con un don muy especial, incluidos en el paquete que da un giro a su vida.

Por otro lado, conocemos a Bomber, editor, y Eunice, su ayudante, que aunque no son pareja, están hechos el uno para el otro. Y no me puedo olvidar de la impertinente Portia, la hermana de Bomber, que no para de plagiar descaradamente clásicos de la literatura universal  para intentar que su hermano le publique un libro; personaje que le sirve a la autora para colar una sátira del mundo editorial y de la literatura de consumo rápido.

Con todos estos elementos, Ruth Hogan escribe una historia de amor y pérdida, de vida y muerte y, sobre todo, de redención. Destaca el sentido del humor que destila cada escena, incluso las dramáticas, y la construcción de los personajes, que saben qué teclas tocar en el lector para conectar y resultar entrañables.

No sé si es muy aventurado por mi parte catalogar este libro como chick lit, ya que no soy asidua al género romántico ni a sus derivados, por lo que desconozco sus entresijos; pero lo que sí puedo asegurar es que El guardián de los objetos perdidos es de esas novelas que te sacan una sonrisa en cada página y que desde el principio sabes que va a acabar bien, porque esos adorables personajes no se merecen otra cosa. Una lectura perfecta para meter en la maleta y desconectar en verano. Y, por qué no, para soñar que en algún lugar existe de verdad ese guardián de objetos perdidos y que un día nos hará reencontrarnos con aquello que perdimos y que recordamos con tanto cariño.

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La playa, de Sara Cantador

La playa

La playaHoy voy a hablar de YouTube. En concreto, voy a hablar de los chicos y chicas que se dedican a hacer reseñas en esa red social, lo que se conoce como “BookTube”. Hace muchos años que descubrí que esto existía. En concreto, la primera videorreseña que vi fue una de Sebas G. Mouret, un chico que se ponía delante de su estantería y hablaba del último libro que se había leído. Me pareció fascinante, porque tenía una forma de hablar que parecía que me estaba recomendando el libro a mí personalmente y eso hizo que descubriera muchos títulos que leí gracias a él. Después vinieron muchos más booktubers a los que fui conociendo poco a poco y que pasaron a formar parte de mi lista de favoritos. Y entre ellos se encuentra Sara Cantador, la autora del libro del que vengo a hablar hoy y que es más conocida en YouTube como Nube de palabras. 

Siempre me ha dado la sensación de que Sara es una chica muy sencilla, que se muestra en las redes tal y como es y que habla siempre desde el corazón. Está claro que cada booktuber destaca por una cosa u otra y a mí se me viene una palabra para describir a Sara: delicadeza. Es como una florecilla, no sé si me estoy explicando, pero es eso: tan alegre, divertida, curiosa, que no puedo evitar relacionarla con esa palabra.

Y ahora, después de tantos años siguiéndola en YouTube me encuentro con que ha publicado un libro: La playa. Y os voy a ser sincera: quise leerlo por curiosidad. La temática no era algo que me apasionara (aunque dentro de unas líneas voy a hacer unas matizaciones porque esto requiere una explicación) pero después de haberla visto tantas veces a través de la pantalla, me gustaba la idea de sumergirme en una historia que ella misma había escrito. 

Así que nada, me puse a ello y estas son las conclusiones que he sacado.

Lo primero que tengo que decir es que estaba del todo equivocada con este libro. La sinopsis de La playa deja entrever que tenemos en las manos un libro de temática romántica de chica conoce a chico. Después de leer el resumen pensé que iba a ser un libro adolescente total repleto de esa intensidad que tanto los caracteriza. Pero para nada. No ha sido así en absoluto. Y esto me cabrea bastante, porque seguramente mucha gente piense que este libro es simplemente una historia de amor (lo que se deduce de la sinopsis), pero no es así. Es mucho más. 

Veamos, el libro se divide en dos partes, una parte dedicada a la historia de amor en sí y la otra dedicada a la investigación. Porque sí, hay una investigación, en la que Ian y Eloise, los protagonistas, se meterán de lleno. Por lo tanto tenemos una parte muy intrigante en la que los personajes van a tener que rebuscar en el pasado y tomar decisiones que podrían ponerles en peligro. Esa parte no la esperaba en absoluto, porque como os decía, no pensaba que la autora nos fuera a dar algo más aparte de la historia de amor. 

He leído algún comentario que dice que la primera parte del libro es un poco pesada. Yo no lo pienso así en absoluto. Como digo, no tiene nada que ver con la segunda y es muy probable que al lector le enganche más el libro a partir de la mitad más o menos, pero el principio es una oportunidad fantástica para adentrarse en los sentimientos y en la personalidad de los protagonistas, hecho que Sara Cantador aprovecha para presentarnos a unos personajes que después irán evolucionando notablemente a lo largo de toda la novela. 

En definitiva, ha sido una gran sorpresa haber leído esta obra. Y estoy un poco enfadada conmigo misma por haber pensado lo que no era, porque os aseguro que la imagen que me había hecho yo en mi cabeza sobre este libro no tiene nada que ver con lo que me he encontrado. 

Sé que esta reseña se está alargando más de lo normal, pero no quería irme de aquí sin hacer un inciso. Sinceramente, estoy muy harta de todos los comentarios que oigo por ahí que dicen que los booktubers y los youtubers en general no deberían escribir libros, que si ahora está de moda, que si son solo un elemento de publicidad de las editoriales… Mira, de verdad. Es un tema que me fastidia bastante, porque es posible que haya algún libro escrito por youtubers que sea una mierda, y es posible incluso que haya algún libro que no esté escrito por quien dice estarlo (cosa que ha pasado en toda la historia de la literatura). Pero por eso no podemos generalizar, no podemos tachar a esta generación, o como quiera que lo llamemos, de oportunista. Los booktubers son chicos y chicas que se pasan horas entre libros y si muchos de ellos tienen inquietudes que van más allá de leer y quieren escribir, pues perfecto. ¿Que tienen más facilidades para publicar porque son más conocidos? Puede. ¿Y qué? Aquí cada uno se labra el camino de la forma que mejor puede y esos chicos que antes se sentaban delante de una cámara de mierda a hablar de sus libros favoritos cuando solo los veían diez personas, han recorrido un largo camino para llegar hasta donde están hoy. 

Así que a mí, personalmente, me alegra mucho ver que Sara Cantador ha podido cumplir su sueño de publicar su primera novela (objetivo que ha conseguido, además, con muy buena nota) y solo espero que este sea el comienzo de una larga carrera. 

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Lo que nadie te contó sobre la maternidad, el parto y la lactancia, de José María Lloreda

Lo que nadie te contó sobre la maternidad el parto y la lactancia

Lo que nadie te contó sobre la maternidad el parto y la lactancia

Aviso: Este libro NO va de lo que parece. Seguro que piensas que son consejos para embarazadas, que con esa portada y ese título es más que evidente, y no te culpo por creerlo. Me temo que muchos lectores se alejarán de él por ese motivo. Pero de verdad que no. Si hablara de ese tema, yo no lo hubiese leído. Digamos que no estoy en «ese momento» de mi vida. A mí me interesó Lo que nadie te contó sobre la maternidad, el parto y la lactancia por el subtítulo, ese que aparece en letra pequeña debajo de la barriga con carita feliz: «Historias curiosas, increíbles, disparatadas pero ciertas, sobre el embarazo, la lactancia y el cuidado de los bebés». Y como me encantan las historias que se salen de lo común, allá que me aventuré a leer este anecdotario escrito por el pediatra José María Lloreda.

Reconozco que me dio un poco de vergüenza leerlo en público, no fuera a darme la enhorabuena alguien. ¿Cómo se iba a imaginar la gente que yo estaba leyendo sobre mujeres que parían conejos, siameses que vivían durante años con su hermano fallecido a cuestas o historias rocambolescas sobre santos y mitología? Y es que, repito, esa portada no le hace justicia al libro. Hasta creo que si una embarazada lo compra, puede llevarse un susto. Pero que tampoco lo descarte, pues aprenderá muchas cosas de la mano del doctor Lloreda, y se divertirá, eso seguro.

José María Lloreda habla de embarazos, partos y niños, sí, no lo niego, pero lejos de marcar pautas a las futuras mamás, lo que hace es recopilar explicaciones mágicas que se han transmitido de generación en generación para tratar de entender aquellas cuestiones a las que la lógica no daba respuestas por aquel entonces. Y, de paso, demuestra cómo aún perduran vestigios de aquellas creencias en la actualidad. Porque quién no ha oído que hay trucos para asegurar el sexo del bebé; que los antojos no satisfechos causan manchas de nacimiento; que hay que evitar que la embarazada sufra estrés o una fuerte impresión porque se lo transmite al feto; que lo bebés sufren de gases o que a los prematuros se les deja ingresados para que engorden.

Es asombroso descubrir los remedios, a cada cual más alocado, que se han puesto en práctica durante mucho tiempo: enemas de humo de tabaco para reanimaciones, comer piojos para curar la tiricia, alimentar a los niños con excrementos de mosca para que dejen de llorar, montar en un burro nueve veces para curar la tosferina, tatuar a los recién nacidos para evitar cambiazos… O la costumbre de la covada, practicada en el norte de España hasta principios del siglo XX, que consistía en que fuera el padre el que se quedaba en la cama para recibir las atenciones y establecer vínculo con el bebé, mientras la recién parida se reincorporaba de inmediato a los quehaceres cotidianos. Hoy en día, estas prácticas nos hacen reír o nos escandalizan, pero cuántas cosas estaremos haciendo ahora que dentro de unos años otros consideran igual de raras.

Quiero hacer una mención aparte a «Oda al chiquipark», un capítulo memorable, que se sale un poco de la tónica general de Lo que nadie te contó sobre la maternidad, el parto y la lactancia y que no desentonaría en absoluto en El club de la comedia. Y es que en el tramo final del libro, Lloreda abre el abanico de temas y hace relucir, todavía más, su extraordinario sentido del humor.

A través de supersticiones, hechos reales y casos que él mismo ha tratado como médico, José María Lloreda nos sorprende, nos divierte y nos instruye, al estilo de Eslava Galán, autor al que menciona alguna que otra vez. Por eso, Lo que nadie te contó sobre la maternidad, el parto y la lactancia será del gusto de los lectores curiosos que quieran pasar un buen rato. Así que si tú eres uno de esos lectores, no te dejes engañar por el título y la portada, por favor, y lee este libro. Te aseguro que lo pasarás en grande.

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La justa, de Ricardo Sánchez de Madariaga

La justa

La justaHay muchas mujeres en mi vida a las que admiro. La primera, mi madre. Hemos vivido las dos solas durante muchísimo tiempo y no hemos necesitado a nadie más. Ella me ha demostrado siempre que una mujer se puede valer por sí misma: la he visto usar herramientas como el taladro o la rotaflex. También la he visto hacer cosas asombrosas como construir una escalera. A día de hoy yo le digo que vale, que no necesitaré a nadie a mi lado para colgarme un cuadro, pero que no pretenda que yo construya sola una escalera porque lo veo bastante improbable. Pero ella siempre me dice que no se trata de poder o no poder: se trata de querer hacerlo o no. Si quieres, lo haces (o al menos lo intentas), sin excusas de condición que valgan. 

A mi abuela también la admiro muchísimo. Ha sido capaz de criar a cuatro hijos y sacarlos adelante a pesar de que su voz, como la mayoría de las mujeres de su época, no valía absolutamente nada. El otro día se atrevió a venirse conmigo a Alemania para ver a su hermana. Era la tercera vez que montaba en avión y mientras despegábamos me decía que ese viaje, hace unos años, hubiera sido del todo imposible. La he visto disfrutando durante una semana entera sin preocuparse por nada ni por nadie. Con eso me conformo.

Y también admiro a mi mejor amiga, que lucha día a día por demostrar su valía. Recuerdo que con seis años me decía “odio a los machistas”, sin tener ni ella ni yo idea de lo que hablaba. Pero ahí sigue, demostrando que ella sola se sirve. Que mejor sola que mal acompañada. 

Sí, las mujeres de mi vida son un pilar fundamental en ella. También los hombres de mi vida, no os vayáis a pensar. Por suerte, son varios y puedo decir que me siento tremendamente orgullosa de ellos. Pero hoy estoy aquí no para hablar de los hombres (ya lo haré en otro momento, lo prometo), sino para hablar de las mujeres, las grandes protagonistas de La justa, el nuevo libro de Ricardo Sánchez de Madariaga. 

Este libro está compuesto por seis relatos, algunos más breves que otros, que tienen escenarios y personajes muy variados. Son muy diferentes entre sí aunque tienen una cosa muy importante en común: todos ellos están narrados por hombres enamorados. Enamorados de mujeres que, a veces les corresponden, otras no tanto y otras no de la forma que ellos hubieran imaginado. Son hombres que están a la merced de una mujer, se llame Linda o Marie France. O incluso a la merced de una mujer sin nombre. No importa.

Como siempre me pasa cada vez que me enfrento a un libro de relatos breves, siempre encuentro uno que es mi favorito. Uno que, por encima de todos los demás, llama especialmente mi atención. Es ese relato el que me vendrá a la mente cada vez que piense en ese libro en concreto, siendo muy posible que el resto de ellos pase rápidamente al olvido. En este caso, ese relato ha sido el titulado como Verano del 78, donde el protagonista conoce a Marie France, una chica que será el eterno amor adolescente del chico que nos está narrando el relato. Entre escenarios de teatro, música y pianos, conoceremos esa historia de amor “fugaz como el sol del veranillo de San Martín” que diría Sabina. Y quizá sea el que más me ha gustado porque los amores de verano tienen ese no sé qué que engancha: sabemos que es una historia que ya fracasa desde el principio, que nace muerta, pero aun así no podemos dejarla escapar. Tal vez sea esa derrota temprana lo que nos empuja a luchar por ella, como si se tratara de una cuestión de orgullo que nos hace intentar derrotar al destino. 

El último relato, Talk to me, también me ha gustado mucho. Sobre todo por el trasfondo que tiene. Trata de un hombre que tiene una aventura con una chica mucho más joven que él. Su matrimonio le pesa y necesita huir de él aunque sea solo un rato. Pero su aventura no es como la de los demás: consiste en hablar. Únicamente en hablar. Es un relato muy sincero y que le da un final perfecto al libro.

Hace poco leí otra obra de Ricardo Sánchez de Madariaga: Historia de la columna infame, que era también un conjunto de relatos cortos. De ese libro recuerdo con cariño un relato que tenía como protagonistas a un chico y una chica que viajaban por todo el norte de España. Durante las horas que duraba ese viaje hablaban como si fuera el último día, la última oportunidad. Ese fue el relato que me marcó y que ahora compite con Verano del 78 por ser el que más me ha gustado de los dos libros. En conjunto, me quedaría con La justa, ya que la veo como una obra más redonda, con más sentido, donde todos los relatos tienen algo en común. Es un todo. Pero si tengo que elegir un relato en concreto… me quedaría con el del viaje por el norte. No sé qué tenía, pero ha conseguido convertirse en mi favorito. 

Pero aun así me quedo con el libro que estoy reseñando hoy, porque me ha gustado eso de que todos los relatos tuvieran la misma esencia. A pesar de que no tiene por qué ser así, a mí me gusta más cuando todos los relatos están unidos por algo que tienen en común. En este caso, como decía al principio, ese punto de convergencia son las mujeres. Ellas son las que le dan sentido a este libro convirtiéndose en protagonistas aunque en teoría no lo sean. 

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El hombre de tiza, de C. J. Tudor

El hombre de tiza

El hombre de tizaFriends siempre ha sido una de mis series favoritas. Creo que la he llegado a ver entera unas cuatro veces. Me acuerdo de una vez que terminé el último capítulo y del tirón comencé a verla otra vez desde el principio. Un vicio. Me llegué a aprender los diálogos y soltaba frases de la serie en cuanto tenía ocasión. El resultado era que la gente me miraba raro… aunque cuando las decía delante de alguien fan de la serie, se convertía en un momento maravilloso. 

Recuerdo con mucho cariño un capítulo en el que Joey le confiesa a Rachel que su libro favorito es El resplandor pero que en algunas ocasiones termina por meterlo en el congelador cuando llega a una escena de mucho miedo. Entonces Rachel se ríe de él… porque no considera que sea para tanto. Así que Joey le reta a leerlo y a cambio él leerlá el favorito de ella, que es Mujercitas. El resultado es que ambos terminan por meter sendos libros en el congelador, ella porque se muere de miedo y él porque se muere de pena. 

Y no he podido evitar acordarme de este capítulo mientras leía El hombre de tiza porque durante las cien primeras páginas lo llegué a pasar un poco mal. Vale, aquí quiero hacer dos apuntes: uno, yo soy bastante cagona y me asusto por todo, así que si sois personas a las que les gusta el cine de terror o las novelas de miedo y estáis habituadas a esa temática (cosa que no me pasa a mí en absoluto), es probable que todo lo que diga a continuación no os interese, porque es posible que el terror que me ha producido esta novela haya sido por mi propia “gallinidad”. Y dos, vivo en una casa muy antigua en un pueblo muy pequeño en mitad de las montañas. De noche no se escucha ni un solo ruido, bueno, alguna vez se escucha a un búho ulular, pero nada más. Y leer una novela así en ese contexto puede hacer que las sensaciones se magnifiquen. 

Así que sí, ha habido algún momento en el que me he cagado de miedo. Pero vayamos por partes.

El hecho es que este libro de C.J. Tudor es una novela a dos tiempos: viajaremos a los años ochenta donde conoceremos un terrible asesinato de una joven a la que despedazaron y de la que jamás se encontró la cabeza. Y, a la vez, volveremos al presente, donde la pandilla de amigos protagonista, la que descubrió aquel crimen, vuelve a recibir cartas con hombres de tiza dibujados, exactamente igual que pasaba en los años ochenta. Esos hombres de tiza empezaron a aparecer misteriosamente cada vez que sucedía un asesinato, y nadie logró resolver jamás quién era el responsable de esos dibujos.

De verdad que las primeras cien páginas llegaron a asustarme. La historia no es demasiado tétrica pero los finales de capítulo conseguían ponerme los pelos de punta. Ya os digo, yo no estoy demasiado acostumbrada a leer novelas de terror y menos por la noche. Así que puede ser que, como decía antes, todo lo que sentía se viera magnificado irremediablemente. Aquella primera noche que cogí el libro lo pasé un poco mal, llegué a tener pesadillas, por lo que decidí que al día siguiente lo leería a plena luz del día para ver si era el contexto el que me ayudaba a sentir todo lo que estaba sintiendo o es que de verdad el libro daba muchísimo cague. Porque claro, todos sabemos que no es lo mismo ver El exorcista a las dos de la tarde con un sol reluciente y con un montón de amigos, que verlo a las doce de la noche, un día de tormenta, sin una luz de por medio y con la única compañía de los crujidos de la escalera…

Y aquí sucedió una cosa muy curiosa: me pareció que el libro era otro totalmente diferente al que había estado leyendo la noche anterior. Me intrigaba en la medida en que quería saber quién era el asesino, pero no me estremecía ni me hacía querer meter el libro en el congelador como pasó la otra vez. Y esto puede ser por dos motivos: uno, porque de verdad las circunstancias en las que leí la primera parte hicieron que me asustara muchísimo o, dos, porque a partir de la segunda parte el libro cambia de registro y ya no da tanto miedo como la primera. 

Me imagino que nunca lo sabré con certeza… bueno, si alguno de vosotros lo lee, me gustaría que compartiera conmigo sus impresiones, para sacar una conclusión más clara. Como resumen, El hombre de tiza, de C.J. Tudor me ha gustado, pero me dejado con un sabor agridulce al final, porque si bien he disfrutado mucho la historia haciendo de detective para averiguar quién había matado a la chica (os advierto: lo adiviné), me quedó una sensación de desazón porque pensé que por fin había encontrado mi Resplandor personal, ese libro que hubiera metido en el congelador sin pensármelo dos veces.

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Moravia, de Marcelo Luján

Moravia

MoraviaSonaba Gardel por el equipo de música de aquel café argentino de Lavapiés donde desayunaba. Un equipo de música moderno incapaz de restarle ese sonido mono tan característico de un viejo tango. Mi Buenos Aires querido se confundía con el chocar de vasos y platos, las voces de los habituales apoyados en la barra y el aroma del café. En la calle, unos perros ladraban. Ya sabía qué libro quería leer.

A veces, circunstancias ajenas a la literatura te llevan de la mano a elegir un libro como si alguien hubiera escrito que así fuera. Acontecimientos, en principio, sin conexión pero que cobran todo su sentido a medida que se van enlazando. El destino fijado, el inevitable desenlace y no poder escapar de él, es el rasgo principal de esta embaucadora novela que voy a presentar.

Moravia, de Marcelo Luján, tiene el rumor de un tango amargo y el tinte doloroso de las tragedias griegas. Un relato que, por su fuerza descriptiva del Buenos Aires de 1950 y el desarrollo de los personajes, te apresa y te libera a partes iguales, te acaricia y te golpea con rabia, te deleita con la melodía de un bandoneón para después abandonarte desnudo frente al dolor. Todo en una novela de menos de doscientas páginas. No necesita más su autor para demostrar que el reconocimiento recibido por su última obra, Subsuelo, no fue gratuito. La riqueza lingüística de este texto, con la mezcla de sabores y colores de Argentina, Nueva Orleans y la antigua Checoslovaquia, le dan mayor vida a un relato de bellísima trama.

Así, la historia sucede en febrero de 1950. Juan Kosic, ahora un famoso bandoneonista, regresa a su Buenos Aires natal que tanto le decepcionó quince años después de haberla abandonado. Junto a él, viajan su esposa y su hija. Juan Kosic lleva dos cosas como equipaje: un maletín lleno de dinero y el rencor de demostrarle a su madre que en Nueva Orleans triunfó en aquello que ella tanto le negó y que fue motivo de su separación y huida de Argentina, la música.

Para ello, idea un plan: ocultará su identidad y se presentará en la pensión que regenta su madre junto a su hermana en Colonia Buen Respiro, un pueblo perdido de La Pampa. Allí, se hará pasar por turista adinerado, acomodándose incluso en una habitación, esperando a desenmascarar la verdad y vengarse por tanto dolor y burla sufridos en el pasado. Un suceso trágico hará cambiar por completo el camino de los acontecimientos.

La maestría del relato de Marcelo Luján reside en la estructura de tragedia griega que ha conseguido crear: desde un coro en la figura de los perros que custodian la pensión de la madre y que anuncian con sus ladridos el desenlace, hasta el sabor edípico que deja en los labios esta amarga novela. No es hasta el final cuando se desencadene la catarsis trágica excepcionalmente trenzada por Luján.

También, cabe citar la influencia que ha tenido en el autor un fragmento de El extranjero de Albert Camus que ha guiado el desarrollo de esta historia. Valiéndose de aquel extracto, ha escrito una obra dividida en dos actos: por un lado, la llegada al puerto de Buenos Aires del trasatlántico que llevó a Juan Kosik y Lidia, su esposa, de Europa a América. Ahí, a través de sus recuerdos, se muestran los pasados de cada uno. Todo aquel pasado que no eran más que eslabones que forjaban el destino de sus protagonistas. En el segundo acto, se desarrolla la acción en el tiempo presente en Colonia Buen Respiro, el pueblo natal de Juan Kosic: el eterno viaje en tren hasta el pueblo, ocultar su identidad ante los habitantes, presentarse en la pensión, lo que allí sucedió.

Moravia, cuyo título hace mención a la ciudad checoslovaca desde donde emigraron a Argentina los ascendientes del protagonista, ha sido reeditada y puesta de nuevo en librerías por la editorial Salto de Página tras haber estado descatalogada en su anterior editorial. La crítica considera esta novela como género negro. Desligado por completo del relato policíaco, que no interesa en absoluto a su autor, lo principal del relato destaca en la negrura que subyace en el ser humano desde la fluidez; donde hay tiempo para pensar, para elegir, para reaccionar, y que, sin embargo, decide ejecutar la maldad. Una reflexión sobre la condición humana que también exploró en su siguiente novela Subsuelo.

Sin duda es una lectura que se hace imprescindible acompañarla de un viejo disco de Carlos Gardel. La música está presente durante todo el relato. Del mismo modo, deja también el regusto de las buenas películas de cine clásico. Porque esta novela se disfruta como tal: un plano en blanco y negro a bordo de un barco, la actriz mira por última vez alejarse el puerto de la ciudad de Buenos Aires, antaño, viviendo su época gloriosa; de fondo, un músico ejecuta una melodía con rumor de despedida.

«Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir esta pena sin ti.
Si ya me has muerto una vez, ¿por qué llevaré la muerte en mi ser?» (Rencor, de C. Gardel)

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Videorreseña: El bestiario de Axlin, de Laura Gallego

En esta vida hay coincidencias que se suceden una y otra vez. Como por ejemplo, haber elegido leer El bestiario de Axlin en Ámsterdam. Y si no saber por qué eso es una coincidencia o una casualidad, échale un vistazo al vídeo y entérate qué tienen en común el nuevo libro de Laura Gallego y la Venecia del norte.

Este libro es la primera parte de lo que será una trilogía y me ha vuelto a recordar por qué soy tan fan de la escritora valenciana. Laura consigue con sus obras llevarme a mundos perfectamente ideados, que demuestran haber salido de una mente privilegiada como es la suya (cosa que nos recuerda cada año, cada vez que saca un libro nuevo).

El bestiario de Axlin está basado en un mundo lleno de monstruos que asedian todas las aldeas. Axlin, una joven que está aprendiendo a leer y escribir, decide crear un bestiario donde recogerá toda la información sobre todos los monstruos existentes, para que así los próximos humanos en llegar puedan combatir contra ellos de la manera más eficaz. Pero eso conlleva un gran peligro: salir de su aldea y enfrentarse a cientos de monstruos que ni siquiera sabe que pueden existir.

Pero ¡no te cuento más! Echa un vistazo al vídeo para saber más sobre la nueva obra de Laura Gallego.

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¡Quiero volar!, de Pere Duch, Adrià Duch, Jènifer Solsona y Adriana Santos

¡Quiero volar!

¡Quiero volar!¿Habéis soñado alguna vez que voláis? Para mí es uno de los mejores sueños del mundo mundial. Hace ya tiempo que en mis sueños no vuelo, pero las veces que lo he soñado me lo he pasado de maravilla. He visto ciudades desde el cielo y he sentido ese cosquilleo en el estómago mientras volaba y volaba. Eso sí, siempre que sueño que vuelo tengo que mover mis brazos como si fueran alas. Por eso creo que en alguna otra vida he debido de ser un pajarillo y aún me queda ese sentimiento por ahí.

A la niña protagonista de este cuento, ¡Quiero volar!,  le sucede lo mismo que a mí: le encanta volar. Eso sí, si yo me limito a hacerlo en sueños o, como mucho en avión, ella lo que quiere es volar despierta. Desde que era bien pequeña Balma ha tenido el mismo deseo: volar y surcar los cielos. Por eso disfruta tanto observando a los pájaros con sus prismáticos y viendo documentales sobre animales que vuelan. Esos animalitos tan libres le fascinan. Cuando en el cole le hablaron de Leonardo Da Vinci, Balma alucinó. ¿Así que había un inventor que había querido crear algo para que las personas volaran? Sin duda ella tenía que seguir el trabajo de Leonardo, así que se puso manos a la obra.

Y así lo hizo, Balma ideó y construyó muchos tipos de aparatos voladores, pero, a pesar de que lo intentó con todas sus ganas, ninguno funcionaba como ella quería. O, más bien, ninguno servía para volar. Desesperada, un día en la playa tuvo una revelación: ¡las cometas! Esos aparatos sí que podían volar bien alto y libres en el cielo. Balma empezó a construir cometas y cometas hasta que por fin logró hacerlas a la maravilla. Eso sí, después de hacerlas volar por el cielo ella siempre las dejaba libres, como esos animales que tanto le gustaban. Aunque hay un secreto: Balma siempre deja una nota en cada cometa que libera. ¿Queréis saber cuál es el mensaje que Balma deja en sus cometas? Entonces tenéis que estar muy atentos al cielo, a ver si conseguís encontrar una de sus cometas o… también podéis leer ¡Quiero volar!, un libro divertido, con unas ilustraciones preciosas y con un mensaje tan libre y bonito como las cometas que crea Balma.

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Las falsas imágenes, de Josep González Ribera

Las falsas imágenes

Las falsas imágenesMe gusta leer poesía porque siempre encuentro un poquito de verdad en cada verso. Normalmente los autores intentan camuflar su sinceridad con metáforas o historias ocultas y que hacen difícil vislumbrar aquello que de verdad hay que ver.

Cuando leo poesía me siento un poco detective: voy buscando detrás de cada verso, de cada palabra aquello que está escondido y que pide a gritos salir a la superficie. 

Así que esta vez, con Las falsas imágenes, no iba a ser diferente. Su autor me mandó este libro en formato digital hace un par de semanas y al día siguiente ya me lo había terminado. Entonces me escribió diciéndome que también meló haría llegar en papel así que, en vez de hacer la reseña en aquel momento, decidí esperar un poco a que me llegara el físico para volver a leerlo. Y sí, en dos semanas el resultado obtenido es que lo he leído dos veces. Y esto quizás se haya debido a que en un principio me quedé con ganas de más, ya que es un libro muy finito. Y tengo que recalcar que eso para mí no es ningún problema, pero me ha dado la sensación de que este poemario podría ser la antesala de algo. Es como si me hubiera puesto la miel en los labios y eso hubiera hecho que me quedara con ganas de más. 

Pero, por otra parte, el volver a leerlo no se ha debido únicamente a eso, a esas ganas de más, sino que creo que este libro se merece una relectura para desentrañar, como decía al principio, todo lo que oculta.

Las falsas imágenes, escrito por Josep González Ribera es una compilación de poemas que hablan de temas variados. Pero he visto algo en común en casi todos ellos: la identificación de las deidades con la propia naturaleza humana, haciendo referencia en varias ocasiones a Diana cazadora, o a los susurros imperceptibles de los dioses en el viento, por ejemplo. También es un libro que habla de construir muros que deberían estar desarmados, de las luces divinas que atraviesan el Palacio de Cristal, de la poca consideración que tiene el tiempo al pasar tan deprisa. Y también recuerda a tiempo de trovadores, damas y castillos. 

Es una mezcla curiosa, no os voy a engañar y es que hay partes que parecen de una ficción irremediable y otras que te conducen directamente a una realidad palpable. 

No suelo hacer esto de transcribir literalmente frases de un libro, pero cuando lo hago, lo hago por necesidad. Hoy es uno de esos casos y creo que con ello vais a entender mejor lo que decía al principio:

Cuando el poeta / aún no ha hablado / puede, en sus adentros, / degustar la poesía, / jugar todavía con las palabras, / es todavía dueño de su creación. / Cuando el poeta habla, / sin embargo, su poesía / ya no le pertenece, / ya no es dueño / de sus palabras, / ni responde solo / ante sí mismo. / Cuando las palabras / levantan el vuelo, / como pájaros, / cuando la poesía se culmina, / ya no pertenece al poeta, / pertenece al mundo. 

Antes hablaba de sinceridad y para mí ese poema es un claro ejemplo. Y aunque a priori puede parecer que simplemente Josep González Ribera está haciendo una declaración diciendo que una vez que el poeta escribe ese escrito deja de pertenecerle, yo creo que va mucho más allá. ¿Qué pasa si el poeta escribe algo que no debería, que no gusta a todos? ¿Qué pasa si una persona se ve tan reflejada en un poema que llega a obsesionarse con él? ¿Qué pasa si alguien cambia su forma de pensar por haber leído unas determinadas palabras escritas en un papel? ¿Y si estás cambiando una vida? ¿Y si las consecuencias de escribir se te van de las manos? Porque las palabras vuelan cuando se plasman en un papel (o en un procesador de texto, como estoy haciendo yo), se te escapan, dejan de pertenecerte para formar parte de la vida de quien está al otro lado de esas palabras. 

¿Ahora entendéis por qué he tenido que leer este poemario dos veces? Porque Las falsas imágenes ha causado ese efecto en mí: el de ver más allá de las palabras. Que también es posible que este libro me haya pillado en un momento de mi vida en el que necesitaba buscarle tres pies el gato. Puede ser que el autor no quisiera decir más que lo que estaba diciendo, pero no sé, llamadlo intuición, pero yo creo que no es así. Seguramente este efecto se haya derivado de la biografía tan misteriosa que se puede leer en la solapa del libro, en la que el autor dice que los poemas “quizás sean un estudio de mi alma, quizás una confesión en momentos más oscuros o más luminosos, o quizás solo una ficción”.

Desde luego ha sido inevitable querer ver más allá después de leer esa biografía, ¿no creéis? Así que desde aquí os dejo mi consejo si decidís adentraros en estos poemas: no dudéis en volver a leerlo, en dejaros llevar por la curiosidad y por la imaginación que surge al intentar descubrir qué quiere decir el autor. Esa será la única forma en la que de verdad disfrutéis este poemario. 

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Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas, de Carlos Cubeiro

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradasNo sé por qué, pero suele suceder que a las personas que tildan de raros, radicales y rebeldes suelen ser las más interesantes. Supongo que porque todo lo que se sale de lo común, aquello que es diferente e innovador nos produce, en general, tanto miedo que tendemos a señalarlo con adjetivos más bien peyorativos. A veces somos así de tontos, qué le vamos a hacer. Raros, radicales y rebeldes son, sin duda, los mejores adjetivos que podrían usarse para describir a todas las personas que aparecen en este libro y os animo a que os acerquéis a ellos siendo conscientes de todo lo bueno que esos adjetivos aportan. ¿Raros? Claro que sí. ¿Radicales? Por supuesto. ¿Rebeldes? Desde luego. La selección de personajes célebres que aparecen en estas microbiografías tienen todos esos componentes.

Confieso que, en primer lugar, me sentí atraída por la idea de que cada biografía viniera ilustrada por Carlos Cubeiro y que el libro tenga la opción de cortar por la línea de puntos y quedarte con la biografía/ilustración que quieras. Ya me había imaginado que haría una especie de cuadro collage con aquellas que más me interesasen y que lo pondría en alguna pared de casa. Luego mi idea se ha ido desinflando porque soy de ese tipo de personas a las que nos parece una aberración destrozar un libro. Sí, ya sé, con este espíritu nunca formaré parte de uno de esos libros, pero, ¿qué le hago yo? Así que aún estoy con ese debate, ya os diré en qué queda.

Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas viene con tres opciones de portada. A mí me tocó la de Roberto Bolaño (cosa que me hace muy feliz), pero también hay una con David Bowie y otra con Amy Winehouse. Entre sus páginas no vamos a encontrar grandes biografías. Claro, por eso se llaman “microbiografías”, so lista. Y eso son, pinceladas de las vidas de personas que hicieron lo que quisieron y como quisieron y que por ello más de una vez tuvieron que oír cómo les acusaban de raros, radicales o rebeldes.

Últimamente hay muchos libros así, sobre todo feministas. Libros ilustrados y preciosos como Valerosas, Mujeres de Ciencia o Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes. Temía un poco encontrarme  algo parecido y volver a leer sobre las mismas vidas e historias, pero Raros, radicales y rebeldes, Microbiografías ilustradas me ha sorprendido por su selección de personajes y por la exquisitez con que están escritas estas pequeñas biografías. Originales, concisas y claras. Una auténtica delicia la combinación de las ilustraciones con los textos.

Algunos de los personajes sobre los que podemos leer son: Jacques Brel, Facundo Cabral, Camille Claudel, Jean Genet, Corita Kent, Anaïs Nin, Chicho Sánchez Ferlosio, Erik Satie, Chavela Vargas, George Sand  o Luis Cernuda. Son muchos los raros, radicales y rebeldes que podemos encontrar en su interior y, como veis, también de lo más variados. Para mí ha sido todo un acierto este libro tan original y necesario. No puedo más que recomendároslo e invitaros a disfrutar el conocer un poquito más sobre personas tan imprescindibles y sí, también raras, radicales y rebeldes.

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The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto, de Guillermo Triguero

The Room

The Room

A comienzos de este siglo, Tommy Wiseau, un inmigrante polaco que ya rondaba la cincuentena logró cumplir su sueño: la película que él había producido, rodado y protagonizado había llegado a los cines estadounidenses (a dos, concretamente). Todo ello tras el desembolso de unos seis millones de dólares de dudosa procedencia. Para su sorpresa, aunque no para la de cualquier ser humano racional, la película apenas atrajo a un puñado de espectadores, de los cuales un buen número no llegaba a aguantar ni media hora sentado en la butaca. Algo lógico, puesto que lo que pretendía ser un drama romántico había quedado relegado a un sindiós, en el que el guion competía con la interpretación de Tommy por ver cuál de los dos era más absurdo e indescifrable.

La casualidad quiso que uno de esos escasos espectadores fuese Michael Rousselet, administrador de una web humorística, el cual, cautivado por la sinrazón a la que había asistido, comenzó a recomendarla a sus amigos. Poco a poco se fue creando una entregada comunidad en torno a la obra, que adoptó costumbres como lanzar cucharas a la pantalla o pasarse balones de fútbol americano durante el visionado. Dentro de este grupo de fieles, que, quince años más tarde, siguen asistiendo a convenciones y defendiendo el valor del producto, se encuentra Guillermo Trigueros, autor de The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto.

El libro aborda todo el proceso de la formación del fenómeno, desde el intenso y caótico rodaje que la originó hasta el lanzamiento de The Disaster Artist, la película basada en un libro homónimo que dio el último empujón para que un trabajo que en otra época no hubiese pasado de un fracaso estrepitoso se haya convertido, con el paso de los años, en toda una obra de culto.

Desde el principio se nota que este texto está escrito por un fan acérrimo de la película, no sólo por el detallismo con el que Trigueros comenta cada uno de los aspectos que la rodea, sino porque, aunque intenta ser objetivo en su crítica, el autor no evita transmitir su pasión por el caos, el desconocimiento y la osadía que llevaron a un personaje tan variopinto como Wiseau a entregarse en cuerpo y alma para sacar adelante un proyecto en el que sólo él creía. Finalmente, su ansia por darse a conocer en el mundillo del séptimo arte acabó cumpliéndose, aunque a costa de ser el artífice de “la peor película de la historia”.

Sin duda merece la pena asomarse a la leyenda que existe tanto en torno a la película como alrededor de Wiseau. Es bastante sencillo: hay cientos dede vídeos en YouTube que recogen los mejores/peores momentos, así como artículos, documentales y libros notables como The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto. Con todo, recomiendo intentar verla de cabo a rabo. No es seguro, pero quizá acabes desarrollando el mismo sentimiento de ternura por este compendio de errores que embriaga desde hace años a sus fans. Y es que, como ocurre en la fábula, a pesar de la risa nerviosa que provoca en un primer momento, todos acabamos sintiendo empatía (y algo de lástima) por ese emperador que se cree vestido con un maravilloso traje a pesar de estar mostrando todas sus vergüenzas. Y lo mágico de The Room es que, al final, uno acaba incluso disfrutando con ellas.

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