
Te voy a confesar algo sobre mi infancia que hará que me mires con otros ojos, sobre todo si naciste entre los años setenta y ochenta. Cuando leas lo que te voy a contar, desearás haber tenido esa suerte de pequeño, aunque fuese solo por un día. Porque yo, querido lector, disponía de la llave que abría las máquinas recreativas y solo tenía que apretar al botoncito que había dentro para jugar todo lo que quisiera. ¿Que cómo la conseguí? Me la daba mi padre, el dueño de unos recreativos.
Eso de jugar sin tener que preocuparse del temido game over era el sueño de cualquier niño y adolescente de mi quinta. Pero tampoco te voy a mentir: aquello no era buffet libre. A mi padre no le gustaba que yo acaparara las máquinas. Al fin y al cabo, aquello era el negocio familiar, y nosotros comíamos porque eran otros niños los que se dejaban la paga ahí. Con decirte que también me racionaba las golosinas que vendía… Solo podía coger una bolsita de tanto en tanto. Pero cuando había menos jaleo, me hacía entrega de esa llave y, aunque me daba un poco de vergüenza ser el centro de atención, me encantaba que los mayores se murieran de envidia al verme abrir la puerta de la máquina, apretar el botón de créditos como si no hubiera mañana y ponerme a jugar. Aquellos chavales de quince años se hubiesen cambiado por mí, una nana de siete u ocho, sin pensárselo. Incluso alguno intentaba camelarme para que le regalara alguna partida, pero yo era consciente de que mi poder conllevaba una gran responsabilidad. Si hubiera sucumbido a la presión, ¡mi padre no me hubiese vuelto a dejar la llave en la vida!
Como comprenderás, mi infancia ha estado marcada por los recreativos, al igual que la de la mayoría de niños de mi generación. Por eso, tenía que leer 100 máquinas recreativas que hicieron historia, el libro que recorre los juegos más relevantes que se crearon entre 1972 y 1999, la época dorada de los salones recreativos. En él, los redactores más emblemáticos de las revistas de videojuegos se retrotraen hasta aquellas tardes en las que se gastaban las vueltas del pan en la última máquina que había llegado a los recreativos de su barrio.
Aunque son muchos los que colaboran en 100 máquinas recreativas que hicieron historia, todos merecen ser mencionados: David Martínez, Alberto Lloret, Marcos García, José Luis Sanz, Bruno Sol, Álvaro Alonso, Lara I. Rodríguez, Alejandro Alcolea, Alejandra Pernías, David Alonso, Santiago Bustamante, Sara Borondo, Ángel Luis Sucasas e Inés Alcolea. Sin olvidar a Pablo Crespo, uno de los fundadores de Game, que firma el prólogo. Estos reporteros hablan de los juegos a los que más se viciaron, que más les impresionaron o que más se le resistieron. A veces explican aspectos técnicos (por ejemplo, la primera vez que se introdujo el scroll horizontal y el vertical o la evolución de la perspectiva 3D) y anécdotas sobre la creación y repercusión de algunos juegos; pero, sobre todo, se centran en cómo vivían esas partidas, por lo que es muy fácil vernos reflejados en ellos.
No hay dos lecturas iguales de 100 máquinas recreativas que hicieron historia porque a cada uno de nosotros nos emociona recordar un juego distinto. Por ejemplo, todos conocemos Pac-Man (acá comecocos), Tetris, Donkey Kong, Super Mario Bros, Bubble Bobble, Pang, Street Fighter II o Mortal Kombat. Incluso los que no se han acercado a una máquina recreativa en su vida han oído hablar de la mayoría de ellos. Pero cuando de verdad nos da un vuelco el corazón es al reencontrarnos con juegos que habíamos borrado de la memoria. A mí me ha pasado con Dragon’s Lair, Toki, Gals Panic, Snow Bros, Three Wonders, Captain Commando, Sunset Riders y Soccer Brawl.
Ha sido ver las imágenes de aquellos juegos y que me entraran unas ganas locas de volver a jugarlos. Y eso que tengo la Play 4 en casa y unos videojuegos con tal calidad de gráficos que parecen películas. Pero, para mí, no hay nada que se equipare al encanto de esos videojuegos pixelados. Si tú eres de mi misma opinión, no te pierdas 100 máquinas recreativas que hicieron historia. Este viaje nostálgico te sacará más de una sonrisa.


Antes de nada debo aclarar que no había leído nada de Red Sonja hasta ahora. Conocía el personaje de vista y sabía que aparecía como “secundaria o compañera o amante”, o algo así, en algunas de las historias de Conan (que es otro mocete del que tampoco he leído nada, aunque sé que es natural de Cimmeria, que vivió durante la Era Hiboria, que llegó a ser rey y de pequeño vi las dos pelis de Schwarzenegger). Además, esperaba con ganas la, por desgracia aún inexistente, película de Robert Rodríguez que iba a protagonizar Rose McGowan, y me encantan casi todas las portadas de sus cómics que llegan a mí de una u otra forma.


¿Qué harías si te dijeran que vas a morir en las próximas veinticuatro horas?

Las obras póstumas, en su mayoría, suelen ser incompletas e irregulares. Si la muerte sorprende al autor de repente, lo más seguro es que no haya tenido tiempo para terminar, para corregir, para decantar. Si lo hace después de una larga enfermedad, cobarde eufemismo, resulta probable que haya estado más preocupado por su propia degeneración que por la conclusión de sus últimas líneas.
No son pocas las veces que me han dicho que soy una adicta al trabajo. El otro día hablaba con mi jefe y este me decía que tenía que aprender a perder el tiempo. ¡Mi jefe! Y es que, pensándolo bien, sí que debería hacerlo. No sé perder el tiempo. No sé estar tirada en el sofá viendo una serie sin pensar en absolutamente nada. Si decido ver una película pueden darse dos opciones: una, que me pase todo el rato pensando en todas las cosas que tengo que hacer y que no estoy haciendo; o dos, que acabe por levantarme del sofá y me ponga a hacer algo de provecho. Os lo juro, ojalá fuera capaz. Es algo que tengo que remediar con urgencia porque, a veces, vivir dentro de mi propia cabeza es un poco agotador.
Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano. Esperaba que fuera más lo primero que lo segundo, la verdad, porque este momento conlleva el cierre de algo. El decir hasta luego a otro libro más de Laura Gallego. Y eso es algo que siempre me duele un poquito.
Hay misterios que se te meten hasta los huesos, que se adentran en cada una de las partes de tu cuerpo hasta que experimentas una sensación de miedo que te impide pensar con claridad y reflexionar si lo que estás viviendo es una situación real o imaginaria. Una situación que, a pesar de estar solo está en tu cabeza, sientes como real al abandonarte a tus peores miedos. Esos que siempre han estado en tu interior y con los que temes encontrarte a lo largo de tu vida.
No es la primera vez que reseño algún libro de Ana Campoy. Hace pocos meses leí