
Valeria en el espejo, de Elísabet Benavent
Las relaciones no son fáciles. Vemos a alguien, nos enamoramos, le vamos conociendo, nos entran los miedos, las preguntas, las dudas, y lo echamos a perder por cosas absurdas. En eso somos expertos, en encontrar problemas donde no los hay. Luchamos porque todos nuestros sueños se hagan realidad, pero a veces la vida es lo suficientemente perra como para que tengamos que pararnos y pensar si lo que estamos haciendo es realmente lo que queremos hacer. Y en medio de toda esta vorágine, en medio de todas estas cuestiones, aparece el amor, ese que nos desestabiliza pero que también nos hace encontrar el hogar en un cuerpo ajeno, que descubriremos como una compañía perfecta, o quizá como un problema más que añadir a la larga lista de pequeños sinsabores. Nos miramos al espejo y lo que vemos no nos gusta, o quizá sí, pero lo escondemos, lo escondemos porque no creemos que todo pueda ser perfecto, intentamos encontrar siempre el “pero”, aquello que se convierta en norma sin excepción, en lo que nos descubra que nosotros teníamos razón. Nos miramos, y miramos a los demás, y los cristales parece que se resquebrajan. Valeria en el espejo no es una historia de amor, no es sólo eso. Es la vida que vivimos al salir de casa, cuando decidimos que nosotros mismos podemos ser los héroes de nuestra propia historia.
Valeria ha decidido quedarse con Víctor, pero no lo ve claro. Carmen conoce a su suegra. Lola sigue en sus trece y Nerea va a descubrir que lo que ella pensaba que era lo que quería, quizá no lo sea. Y entre todas esas cosas estamos los lectores, que seremos espectadoras de la vida de cuatro mujeres que sólo buscan una cosa en la vida: ser felices.




















