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OFFSHORE

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OFFSHOREPara los seguidores, como yo, de la serie Kostas Jaritos, siempre es un gustazo reencontrarse tanto con la Familia del Comisario al completo, como con el propio autor, porque de alguna forma es la manera de seguir viendo la evolución que, aunque de forma ficticia y novelada, van siguiendo nuestro queridos amigos griegos. Atenas sigue allí de fondo, como un personaje más para decirnos cómo se vive el día a día en su interior.

OFFSHORE, arranca en el final de la Cuaresma que da inicio a la Semana Santa, y esto le sirve a Petrus Márkaris para adentrarnos en las tradiciones religiosas griegas. Adrianí, la mujer de Kostas será como siempre la encargada de llevarnos por ese terreno, tanto a nivel culinario tradicional como con sus acertadas sentencias y refranes, que ya veremos casi al inicio del libro, y así veremos que Grecia empieza a respirar y la gente escapa de la ciudad en sus recién recuperados vehículos:

“- Ay del holgazán, si encuentra afán, y hay del griego, si tiene el bolsillo lleno –sentenció Adrianí-. En cuanto le sobran unos eurillos, sale corriendo hacía el campo o la playa. Tenemos chalets y segundas residencias para rato.”

A mí me gusta esta serie de libros, me entretienen y me relaja leerlos cuando estoy realmente cansada de otras lecturas más densas o de otros menesteres de la vida. Me gusta porque es un poco como ver la vida a través de los ojos de Kostas que es una persona realista y bastante sensata. Kostas es Comisario de policía, su hija Katerina, es abogada y está casada con Fanis, que es médico, y es por ello que nos muestras una gran gama de situaciones diversas dentro de sus distintos mundos.

Adrianí es un ama de casa tradicional, ve la vida a través de la televisión y a través de su familia, con ella aprenderemos mucho sobre cocina griega, pero es una mujer de su tiempo que también se ha tenido que reinventar para sobrevivir y hacer sobrevivir a su familia. Valora sobremanera el que su hija sea una profesional y no solo una ama de casa como ella, pero al mismo tiempo el mundo se desploma bajo sus pies cada vez que intuye la posibilidad de que Katerina, por motivos profesionales, se aleje de ellos. La vida en Grecia no da muchas oportunidades a la gente joven y ella lo sabe y lo sufre.

Bien sabemos nosotros todo esto, pues nada claro está el futuro profesional de muchos de nuestros hijos, solo hay que ver la tasa de paro juvenil que tenemos en España.

Pero como les decía, Grecia empieza a respirar, el dinero empieza a llegar aunque nadie sabe muy bien ni cómo ni de dónde llega ¿Acaso le importa a alguien saber porque hoy vive mejor que ayer? Ya vimos esta forma de reaccionar ante el asesino del libro anterior “Liquidación final” y ese Recaudador Nacional que consigue mediante la violencia lo que no ha conseguido el gobierno griego, que la gente pague sus impuestos. Y la gente mira para otro lado porque a ellos no les afecta… Como siempre, hasta que le toca a uno mismo.

Con esta nueva historia avanzamos un poco más, de ahí el título del libro, excelentemente elegido.

OFFSHORE es un término que, como casi todos los nuevos que adoptamos, proviene del inglés, y que literalmente significa “en el mar, alejado de la costa”, “ultramar” pero es comúnmente utilizado en diversos ámbitos para indicar el traslado de un recurso o proceso productivo a otro país. En definitiva, lo que nosotros llamaríamos deslocalización. También en el ámbito financiero podemos utilizarla para hablar de paraísos fiscales o relacionarlo incluso con el blanqueo de dinero

¡¡Ay esos billetes de quinientos que nadie sabe donde están…!!

Y a pesar de todo ello, a pesar del dolor de la crisis, de los asesinatos, de los problemas familiares, a pesar de ver lo injusta que es la vida la mayoría de las veces para los que son personas de bien y de justicia, me gusta leer y me relajan estas novelas, que son negras, naturalmente, negras como la noche negra, pero también tienen su aquel de normalidad y de esos buenos momentos que hay que saber disfrutar, esos de los que disfruta la familia Jaritos y que al contarlos en primera persona te hacen partícipe de todo aquello que están viviendo.

Kostas Jaritos seguirá contándonos sus historias porque queda mucho para que Grecia retome la normalidad, y queda mucho también para que Europa se sienta Europea.

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Berlín, 1936, de Oliver Hilmes

Berlín, 1936

Berlín, 1936El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
Leyendo Berlín, 1936, de Oliver Hilmes, una de las cosas que se comprenden a primera vista es cómo los Juegos Olímpicos berlineses no fueron los primeros de la era moderna, pero sí marcarían la entrada en época contemporánea de la competición, a pesar de su posterior interrupción por la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en cuanto a repercusión y a imagen. El poderoso aparato promocional del Tercer Reich se preocupó de que así fuera, dando una difusión al evento hasta entonces desconocida. Los mejores medios técnicos, los últimos avances en equipos de filmación y de retransmisión, todo con la intención de contar cada detalle, incluso aquello que no cuadraba especialmente con la política del nazismo, como los cuatro oros de Jesse Owens.
Diplomáticos y atletas se cruzan con artistas y con los más renombrados personajes del régimen en las páginas de Oliver Hilmes. Berlín, 1936 reconstruye la historia de aquellos Juegos pero sobre todo el sinfín de historias alrededor, la mayoría de las cuales tenían solamente una relación tangencial con las olimpiadas. Los celos de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, hacia Leni Riefenstahl, la cineasta encargada de la magna película oficial del evento que contaba con carta blanca incluso por encima del propio Goebbels; el desprecio de Hitler hacia los miembros del COI, a quienes llamaba directores de “un circo de pulgas”; y una en la que se detiene especialmente el autor, la de Thomas Wolfe, el novelista, que pasa aquellos días en la ciudad invitado por Rowohlt, su editor, y al que leemos reflexionar (a través de citas literales de sus diarios) sobre las diferencias que encuentra entre la aparentemente próspera nación germana y sus decadentes Estados Unidos. En el recorrido de Wolfe encontramos un resumen bastante acertado de este texto, la fascinación inicial del escritor ante la grandeza del nazismo y de los Juegos termina en desencanto final, al darse de bruces con la realidad escondida detrás de aquel decorado olímpico.
Porque frente al oropel de las medallas y de la vida nocturna, Hilmes va intercalando los informes policiales sobre los judíos represaliados y los exiliados, las notas internas de los servicios secretos destinadas al control de la población durante los Juegos, los numerosos suicidios (casi nunca consignados como tales de manera oficial) y, como punto culminante de toda aquella contradicción, los trabajos para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen.
Dieciséis capítulos, uno por cada día de los Juegos, conforman este libro, abrumador por momentos, con una cantidad infinita de fuentes, siempre de primera mano. Se diría que Oliver Hilmes anota en él hasta el más mínimo vuelo de una mosca sobre el Berlín de aquellos días. El pronóstico del tiempo de cada jornada, cada detención policial, las identificaciones, hasta la más insignificante multa. Quizá ello mismo pueda llevar a un poco de cansancio al lector y provocar hastío en algunas páginas. Más allá de eso, y sin caer en la simpleza de decir que “se lee como una novela”, Berlín, 1936 es un relato fiel, equilibrado y tremendamente bien documentado de los Juegos Olímpicos del nazismo, una guía con bastantes claves para comprender tanto lo que vendría después como, sobre todo, su contraste con lo que se dejaba atrás en aquel momento.

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La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

La insoportable levedad del ser

La insoportable levedad del ser“Pero luego se acordó de que ayer, poco después de aparecer él en la puerta de la casa, sonaron en una iglesia de Praga las seis de la tarde. La primera vez que se vieron, ella terminaba de trabajar a las seis. Lo había visto sentado en el banco amarillo y había oído sonar las campanas de la torre.

No, no fue la superstición, fue su sentido de la belleza lo que la liberó de la angustia y la llenó de ganas de vivir. Los pájaros de la casualidad volvían a posarse en su hombro. Tenía lágrimas en los ojos y estaba inmensamente feliz de oírle respirar a su lado”.

No soy muy dada a empezar las reseñas con citas. Pero hay veces que, después de leer un libro, este me parece tan asombroso y tan deslumbrante que me resulta muy difícil empezar a hablar de él. Por eso he querido comenzar con una cita. Para no romper la magia que se ha creado a mi alrededor y que se quedará conmigo un tiempo, aunque ya haya cerrado las tapas de esta obra maestra para siempre.

La insoportable levedad del ser es una historia de amor. Pero no os imaginéis una novela empalagosa y llena de clichés. No, es una crónica real. Sin idealizar, mostrada al natural y sin adornos. Los protagonistas son Tomás y Teresa, dos checos coetáneos de la década de los sesenta y que verán cómo las tropas rusas van avanzando filas por lo que antes era su hogar. Tomás tiene dentro de su cabeza casi tantos conflictos como los que existen en la Europa oriental de aquella época. Y todos los problemas se reducen en uno: las mujeres. Ama a Teresa con toda su alma, pero es incapaz de no estar con otras mujeres. Entre ellas, se encuentra Sabina, una joven artista que ve el mundo desde una perspectiva muy particular y que descubrirá, con el paso de las hojas, qué significa la insoportable levedad del ser.

Si por algo me ha encantado esta obra, ha sido por sus constantes alusiones a la filosofía. Rápidamente identificaremos la idea del eterno retorno propuesta por Nietzsche, por ejemplo. Milan Kundera, escritor de origen checo, aborda los problemas existenciales a los que los humanos plantamos cara día a día, deleitándonos con frases tan exquisitas como la que apuntaba al principio.

Hacía tiempo que tenía este libro entre mis pendientes; formaba parte de esa lista interminable de obras que quiero leer pero para las que nunca encuentro el tiempo necesario. Porque este libro hay que leerlo con calma, saboreándolo, exprimiendo cada frase que Kundera nos regala y, sobre todo, teniendo un lápiz a mano para subrayar todas esas citas que deberían formar parte de nuestra vida.

Un amigo mío me recomendó su lectura muy efusivamente. Cuando le dije que me disponía a leerlo, me dijo: “es la historia de amor más bella que he leído nunca”. Yo no sé si la calificaría de bella. No es una narrativa feliz; hay dolor, hay llanto y hay lágrimas literales que rodaron por mis mejillas al llegar al final de la historia. No sé si eso es bello. Lo que sí es, es emocionante y desgarrador. Gracias a Kundera he descubierto que hay muchos tipos de amor. Que se puede querer de muchas formas y que tal vez todas sean válidas. No sé, quizá una guerra de por medio hace que uno se replantee las cosas.

Lo que sí tengo claro es que este libro ha ascendido hasta encontrarse entre mis cinco favoritos. Y es curioso que, cuanto más me gusta un libro, más me cueste hablar sobre él. ¿Os identificáis con esa sensación de que os gusta algo pero no sabéis por qué? Eso me pasa a mí con La insoportable levedad del ser. Por eso, voy a terminar esta reseña tal y como la he empezado: citando una de las frases que he subrayado:

“Aquel que quiere permanentemente “llegar más alto” tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? Pero ¿por qué también tenemos vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantado”.

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La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami

La caza del carnero salvaje

La caza del carnero salvajeMuchos conocimos a Murakami leyendo Tokio Blues y/o Kafka en la orilla, sus novelas más famosas. La lectura de una obra del autor nipón lleva a una reducción muy simplista, casi maniquea; o te encanta, o le aborreces. Los que decidieron (decidimos) seguir, tienen la suerte de poder leer casi completa la bibliografía del autor traducida al español, incluidas sus primeras obras, esas que pese a no tener la calidad literaria que atesoran sus “hermanas mayores”, ofrecen ya destellos de lo que sería capaz de producir en años posteriores. En 2015, tras levantar el propio Haruki su veto de publicación, llegaban a España sus dos primeras obras, Escucha la canción del viento y Pinball 1973, dos obras surrealistas pero muy interesantes protagonizadas por jóvenes sin rumbo, perfil usado por el autor repetidas veces. Y en este 2016, Tusquets publica su tercera obra, La caza del carnero salvaje (publicada en 1992 por Anagrama, cuando todavía “Murakami no era Murakami”).

Esta primera novela larga del autor japonés bien podría englobarse en una trilogía con las dos anteriores. Vuelve a estar protagonizada por el joven sin nombre. ¿Por qué sin nombre? El propio personaje lo deja claro en la novela, “supongo que porque no me gustan los nombres. Yo soy yo; y tú eres tú; y nosotros, nosotros; y ellos, ellos. ¿Y para qué más, si con eso basta?”. Actualmente tiene 30 años, una empresa de traducción con poco éxito, un divorcio reciente y una nueva novia (también sin nombre) con poco que resaltar, salvo unas orejas extremadamente atractivas. Su vida anodina da un vuelco tras recibir una carta de su amigo el Rata (el mismo Rata que salía en las novelas anteriores) con una foto de un carnero de ojos azules y una estrella en el lomo dentro de un paisaje montañoso. Al parecer, la publicación de esa foto molestará a una organización secreta, que impondrá al protagonista la misión de encontrar ese carnero, so pena de arruinar laboralmente su ya de por sí bastante decrépita carrera. Mochila al hombro, y acompañado de la mujer de las orejas, el joven sin nombre viajará al norte de Japón, a la isla de Hokkaidō, en busca de un imposible; localizar el dichoso animal y descubrir el por qué de su misterio.

La caza del carnero salvaje comienza lentamente. Tiene ese ritmo pausado de Murakami, que cambia de personaje en personaje entre diálogos intrascendentes que sin embargo no producen hastío. Páginas y páginas sin que pase absolutamente nada, pero siempre deseando saber más. Ese efecto, que unos consideran una virtud, otros lo ven como un defecto. ¿Quién tiene razón? El caso es que de no pasar absolutamente nada, la novela deriva en un pseudothriller bastante interesante, un viaje a dúo por el norte de Japón que es más bien una búsqueda personal de dos viajeros recién llegados a la treintena, una época marcada como punto de inflexión vital, el momento en el que echar un vistazo al pasado o pensar en el futuro puede dejarnos bastante desnortados. En definitiva, dos partes muy diferentes, tanto de temática como de estilo. Un bendito desequilibrio narrativo que descoloca mucho pero gusta más.

Ese crecimiento en la calidad de la trama desemboca en un final excelso. La ambientación y atmósfera creada por Murakami en sus últimos capítulos son literatura de alto nivel y ese surrealismo amateur de sus inicios se profesionaliza con la aparición de personajes como el Hombre Carnero. La caza del carnero salvaje tiene que leerse rápida al principio y lenta al final, saboreando todo lo que el autor quiere contarnos. Así es el mundo de Murakami, lleno de rarezas y fantasías.

En La caza del carnero salvaje estamos ya ante un Murakami maduro y auténtico, aunque siga creyendo que para empezar con el autor no hay mejor novela que Tokio Blues. Muchos han leído este libro tras leer Baila, baila, baila, libro posterior donde vuelve a aparecer el Hombre Carnero (y el Hotel Delfín). Yo haré el viaje contrario. Seguro que será igual de bueno. Cada libro que leo de Murakami me hace estar más convencido de que el bando bueno es el de los defensores del autor nipón. Eso que se pierden los detractores.

César Malagón @malagonc

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La gran ola, de Daniel Ruiz García

La gran ola

La gran olaSi tuviese que hacer una lista con mis series españolas preferidas, estoy seguro de que en el top 10, posiblemente cerquita del podio, se encontraría Camera Café. Fuimos muchos los que nos vimos seducidos allá por 2005 por las píldoras de humor que se nos ofrecían desde aquella cafetera tan transitada por los trabajadores de una oficina. El secreto de su éxito —se mantuvo en antena durante cuatro años, con una cuota de pantalla más que respetable— por encima de sus divertidas tramas estuvo, para mí, en lo bien que recogían los personajes algunos de los estereotipos más típicos de toda empresa, aunque llevados al extremo de la caricatura. Así, no faltaba el graciosillo que peca la mayoría de las veces de pesado, el jefe enfadado con el mundo, la compañera excesivamente aburrida y responsable, el que sólo piensa en escaquearse del trabajo a la primera de cambio, aquel que se entera antes que nadie de todo lo que ocurre en la empresa… Era muy fácil si no identificar, sí al menos asociar algunas de estas personalidades con gente con la que nos ha tocado trabajar a lo largo de nuestras vidas.

La oficina de Monsalves, la empresa ficticia de limpieza y detergentes en la que Daniel Ruiz sitúa el núcleo de su última novela, La gran ola, es muy diferente a la de la ya extinta serie de televisión, aunque también mucho más creíble. En sus páginas, el autor sevillano da voz a personajes infelices y nostálgicos por los viejos tiempos, por los días en los que se sentían cómodos en su pellejo y en la que madrugar cada mañana tenía un significado mucho más profundo que el de poder cobrar la nómina al final del mes. No obstante, cada uno a su manera, ellos continúan combatiendo los temporales que les afligen con la imborrable esperanza de que, de aquí a un tiempo, todo pueda ser lo más parecido a aquella época en la que eran alguien.

No falta tampoco la lucha de clases en este trabajo, el eterno conflicto —que en esta época que vivimos las élites han logrado amansar como nunca antes— que el autor expone con fiereza en boca de algunos de sus personajes, que manifiestan repetidamente un fuerte resentimiento hacia aquellos que sólo han notado la crisis económica en la bajada de los precios de los pisos.

También me parece reseñable la forma en la que Ruiz ha logrado recoger el espíritu de la empresa familiar que busca no quedarse atrás en el mercado moderno: la alargada sombra de los padres de los actuales propietarios, el irracional interés por el coaching y los MBA (que pronto ofrecerán en los kioscos por fascículos), las tensas relaciones entre personas que no se soportan y tienen que pasar ocho horas al día espalda contra espalda…

Daniel Ruiz ha sido todo un descubrimiento. Un escritor que cuenta ya con unas cuantas novelas a sus espaldas y que en esta última, ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela, me ha enganchado fuertemente con unos personajes tan oscuros como realistas, tan complejos como atractivos, que se aferran a sus vías de escape —la mayoría de ellas inmorales o directamente ilegales— para seguir resistiendo en el mundo imperfecto y despiadado en el que les ha tocado vivir.

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El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia

El impresor de Venecia

El impresor de VeneciaEntre la diversidad de tipos que conforman la especie humana, uno de los más peculiares es el de quienes renuncian a vivir el mundo para leerlo”. Con esta frase da comienzo una primera página que revuelca el corazón de cualquier bibliófilo o amante de los libros, y todo lo que les rodea. Además esta afirmación resume la vida de Aldo, el protagonista de esta historia, al menos la que tenía antes de viajar a Venecia para convertirse en impresor y verla trastocada. Aldo Manunzio fue un humanista y erudito italiano que pasó a la historia, entre otras cosas, por ser el creador de los libros de literatura “de bolsillo” (de octavo o portátiles) y por la creación de la tipografía itálica.

El impresor de Venecia es una novela histórica cuya acción transcurre en la Venecia de finales del siglo XV y principios del siglo XVI. En un momento que dicha ciudad vivía una bonanza económica tal que llego a ser considerada como el centro del mundo conocido, pues todo el comercio pasaba por sus manos. Una gran urbe bulliciosa, sucia y húmeda, pero también un escenario histórico lleno de luz y belleza, en esa edad de los pioneros de la edición libresca, cuando apenas hacía medio siglo que se había inventado la imprenta y lo había revolucionado todo. Una novela donde la realidad y la ficción se unen de tal forma que el lector se sumerge en la Historia, sin darse cuenta de que esta paseando con una gran cantidad de personajes históricos que van apareciendo, como Pico della Mirandola, Savonarola, Francesco Griffo, Erasmo, Epicureo, Lucrecio, etc.

En pleno esplendor, por tanto, del Renacimiento y con la imprenta produciendo libros a mansalva, Aldo se propone montar una imprenta para enseñar al mundo los libros importantes: las obras maestras de la literatura griega, que por aquel entonces solo cuatro casas de toda Italia se habían atrevido ocasionalmente a imprimir alguna obra suelta. El protagonista pone rumbo a la gran urbe con la idea loca de editar según un plan literario y no solo comercial. Con la intención de dejar de mirar la máquina para preocuparse por lo que la máquina hace, demostrando con ello que lo que importa es el texto y su lectura y no los procesos de fabricación.

Javier Azpeitia inicia el texto, sin embargo, con la visita de Paolo, el hijo menor de Aldo, a su madre viuda, Maria, en su residencia de Novi, con la intención de mostrarle el libro que ha escrito sobre su padre. A lo que María le responde que ese libro dista mucho de lo que realmente fue la vida de su esposo. Es entonces que asistimos a la vida del impresor, con sus sombras y sus luces. El retrato de su vida y de cómo se fue convirtiendo poco a poco en el gran impresor que fue, en el hombre soñador y luchador por la libertad de pensamiento y la difusión de la cultura, batallando contra una censura cada vez más asfixiante. De este modo, este libro es un pequeño homenaje al hombre que encontró el formato ideal de lectura, sacando los libros de los oscuros gabinetes de estudio a la calle, a los jardines, a las manos de los paseantes, convirtiendo así la lectura en un acto cotidiano.

Narrada en tres partes, la obra refleja una gran erudición por parte del autor, pues está salpicada de constantes alusiones a clásicos grecolatinos y a sus autores, así como a corrientes filosóficas antiguas. Una primera parte se centra en el Aldo más inocente y soñador, donde descubrimos a la misma vez que él los fascinantes secretos de un taller de imprenta y el negocio editorial. Conforme avanza la novela, en una segunda parte, el protagonista va descubriendo que más allá de los libros hay vida, aunque todavía se resista a aceptarla, y que el dinero es tremendamente poderoso. Arrastrado a esas aguas codiciosas por su, primero, patrón y luego socio, Andrea Torresani, uno de los mayores comerciantes-editores de su tiempo. En la última parte de la novela, vemos al Aldo más seguro de sus ideas, ya viviendo la vida plenamente, convertido en leyenda de la edición, y defendiendo con apasionamiento la transmisión del conocimiento y luchando por la protección de obras clásicas cuyo contenido el mundo aún no está preparado para aceptarlas y se empeñaba en destruirlas.

Para desarrollar la novela, Azpeitia no utiliza una narración continua, ya que combina distintos tiempos de una vida. Igualmente, ésta tampoco está contada enteramente por un único narrador omnipresente, sino que se va narrando la vida del humanista desde distintos puntos de vista y recursos, lo que le da un carácter más dinámico: a través de diarios personales (como el de Torresani), monólogos de otros personajes, escritos del propio protagonista, o partes en tercera persona.

El autor, como editor que ha sido de varias editoriales, refleja su conocimiento de este área a lo largo de toda la obra. Un libro, en definitiva, para amantes de libros, los cuales rápidamente se verán identificados con el protagonista, sobre todo con frases como la siguiente: “Aldo hundió la cara en el libro y aspiró”, resumiendo perfectamente el espíritu de este libro.

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Señales de humo, de Rafael Reig

Señales de humo

Señales de humoLes haré una confesión. Aunque ahora ando siempre rodeado de libros de todo tipo, en mi época de instituto no me leí ninguna de las lecturas obligatorias que nos mandaba el profesor de literatura. Le pedía a mi madre que me los comprara (hay que apoyar al negocio editorial), pero una vez adquirido no pasaba de la primera página. Y es que con esas edades ponerse a leer a Lope, Valera o Baroja es de las cosas menos estimulantes que le puedes pedir a un adolescente. Pensaba (y pienso) que teniendo libros como El nombre de la rosa o El guardián entre el centeno, darle a un chaval de quince años Pepita Jiménez es una forma algo drástica de obligarle a amar la literatura. También es verdad que el profesor hace mucho, y los métodos con los que yo estudié no eran del todo satisfactorios.

¿Y por qué me he puesto a divagar sobre este tema? Pues porque quizá si mi profesor de literatura hubiera sido como el protagonista de Señales de humo, mi amor por la literatura no hubiera arrancado a los veinte años, sino mucho antes. No hay que olvidar que la forma de acercar el conocimiento a los alumnos es un factor muy importante en el que se debería hacer más hincapié. Y por eso Rafael Reig se propone con este libro acercarnos siete siglos de literatura de una manera divertida, con un estilo que seguro que encandilaría a más de un joven rebelde que acude a las clases de literatura con un hastío deprimente.

Rafael Reig ya publicó hace diez años su libro Manual de literatura para caníbales donde analizaba la literatura actual con rigor científico pero con estilo ameno, analizando las influencias de los últimos siglos. Ahora retoma esa brillante idea con Señales de Humo y su particular profesor, Martín Belinchón (de los Belinchón de toda la vida), una persona con problemas mentales capaz de disociarse y compaginar la docencia en un instituto de Manoteras con viajes al pasado, convirtiéndose en un falseador de obras literarias o en el mismísimo gato de “El Fénix de los Ingenios”.

El didáctico propósito de Reig empieza con las jarchas, primeras manifestaciones literarias en castellano, y termina en 1635, con la muerte de Lope de Vega. Más de 700 años en los que analizar las primeras figuras del panorama literario patrio (y no tan patrio) desde un prisma desenfadado, casi humorístico, sin perder por ello el rigor que se le presupone y exige a la función docente.

No se puede dudar que el escritor asturiano conoce de primera mano la materia tratada en Señales de humo. Con este libro no estamos ante una mera concatenación cronológica de grandes autores y sus méritos, ni mucho menos. Belinchón va saltando de siglo en siglo parándose en sus grandes figuras y haciendo de este libro una lucha a muerte entre dos bandos, dos formas muy distintas de ver y tratar a la literatura. En un bando, tenemos a los seguidores de la enfermedad bautizada por Reig como “el mortífero bacilo del petrarquismo bubónico”, que consiguió adeptos como Garcilaso de la Vega o Juan de Mena. Por el otro, una forma más campechana de entender la literatura, más cercana al pueblo, entre cuyas figuras más importantes están el Arcipreste de Hita, Fernando de Rojas o François Villon.

Entre fragmentos de obras y conversaciones con los personajes, el propio autor va evolucionando su lenguaje. Por las páginas de Señales de Humo se combina el castellano antiguo, el moderno y la jerga juvenil a discreción, de un modo divertido para el lector, que una vez pasado el descoloque inicial, se entrega a la lectura sin reservas.

“Rodrigo, sin embargo, quiere enseñar al público cómo debe comportarse todo un hombre. ¿Qué estaba mirando (cantando)? La vida que dejaba atrás, su matrimonio roto, las perchas sin su ropa en el armario, el lugar vacío donde solía poner sus zapatillas…”

Así, de este modo tan cómico, relata Reig el destierro de Rodrigo Díaz de Vivar a manos de Alfonso VI, hecho histórico con el que se inicia el Cantar de mío Cid. Ya solo por el resumen coloquial que hace el autor de esta obra cumbre de la literatura castellana merece la pena leerse Señales de Humo. Y si a eso le añadimos El libro de buen amor, La Celestina, El Lazarillo o la vida privada y sórdida del engreído Cervantes o el pasional Lope de Vega, hace de este libro un manual que debía ser de lectura obligada en institutos. Porque existe otra forma de hacer la literatura atractiva a los jóvenes, y Rafael Reig lo demuestra con maestría, humor y conocimiento.

César Malagón @malagonc

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X de rayos X, de Sue Grafton

X de rayos X

X de rayos XEl alfabeto del crimen, esa extraordinaria serie de literatura policiaca que comenzó en su día como una pequeña y metafórica venganza contra un exmarido, está tocando a su fin; con esta entrega, X de rayos X, sólo quedan dos capítulos para que terminen las andanzas de la detective Kinsey Millhone. Con ella se cerrará, además, todo un universo, que ha llegado a ser familiar y querido para todos los incondicionales de Sue Grafton -que, sospecho, son, en lengua española, muchos menos de los que la calidad de esta colección la hacen merecedora-: el de Santa Teresa, esa ciudad californiana cuyo clima, urbanismo, modo de vida y oferta de ocio y restauración ya conocemos al dedillo y donde se mueven como pez en el agua no sólo la propia intrépida detective, sino también su casero, el octogenario cañón Henry Pitts; sus amigos William y Rosie, al frente de su indescriptible restaurante; sus ligues intermitentes, los policías Con Dolan y Cheney Phillips; sus extrañas relaciones con sus recién descubiertos parientes… Además, como bien saben los fieles lectores que han seguido a Kinsey hasta la X, ¡qué sería de estas novelas sin las descripciones pormenorizadas de los suculentos y caloríficos bocadillos con mucha mahonesa que se mete ella entre pecho y espalda! Literatura gastronómica de este calibre sólo la he visto en las páginas de Los Cinco, donde Enid Blyton nos regalaba la imaginación contándonos con todo detalle cada uno de los desayunos y picnics de los chavales.

Todo eso cuenta, y cuenta mucho, a la hora de valorar con honestidad las nuevas entregas del alfabeto del crimen. Porque hace ya tiempo que la serie perdió la frescura inicial, la capacidad de sorprendernos, la adherencia fiel al misterio y a las normas que dictan su buen cultivo por parte del escritor. Hace ya varias entregas que las aventuras de Millhone son más sofisticadas, más complejas, con más florituras narrativas -distintos puntos de vista, proliferación de subtramas que pueden sumar al conjunto… o restar-, y que la pluma magistral de Grafton para la descripción se ha visto recargada, de tal forma que lo que era maestría ha devenido en manierismo no siempre bien medido (a un hipotético nuevo lector que comience por la X de rayos X le puede sorprender y fatigar la prolijidad de descripciones de acciones cotidianas e intrascendentes, en cuya narración Grafton se explaya más de lo que sería deseable: Kinsey poniendo la lavadora, Kinsey preparando una ensalada, Kinsey usando el baño, Kinsey yendo a correr, Kinsey esperando), y, sin embargo, a quienes hemos seguido y apreciado a Kinsey y a Sue Grafton desde hace años, esas descripciones tan prolijas nos hacen sentir en terreno conocido, nos envuelven con la calidez de una vieja bata, nos devuelven ecos de lo que un día no tan lejano fue pura y simple brillantez y originalidad. Todo esto debemos admitirlo. En X de rayos X, Kinsey se ve envuelta en hasta tres tramas de mayor o menor calado criminal. Dos de ellas tienen un carácter más o menos amable, y la tercera vira hacia el negro más oscuro, sumergiéndose sin bombona de oxígeno en los recovecos más siniestros de la violencia, la amenaza y el crimen.

Todo lo que deslumbra de Grafton y todo lo que nos enamora de Kinsey está, sí, también en este libro; sólo que no en la misma medida que en los inicios. Pero está en medida suficiente para que los seguidores de ambas nos veamos satisfechos durante la lectura y al final de ésta. Están los personajes con realismo, con vida propia, por los cuales Grafton se interesa con sinceridad, sean personajes vitales para la trama, sean secundarios o terciarios que sólo comparecen en un par de páginas. Cada uno de ellos deja un poso tras de sí, cada uno tiene algo que ofrecer: una peculiaridad física o psicológica, el aroma de las modas de décadas pasadas y que ahora nos hacen sonrojar, el reflejo de algo o alguien que hemos conocido en otras vidas o en otras lecturas. Están las tramas en las que, con mayor o menor fortuna, siempre sucede algo; están los tiempos muertos -que, sí, también existen en los libros y películas de acción y en las vidas de todo el mundo, sean personas anónimas, detectives privados o multimillonarios- capaces de reconciliarnos con nuestra propia vida; están los guiños de humor; están las reflexiones de Grafton/Millhone, que abarcan de lo humano a lo divino y de vuelta a lo humano; está la humanidad de Millhone/Grafton, desplegada sobre todo y todos, con una mirada a caballo entre lo irónico y lo compasivo. Está la normalidad abrumadora y reconfortante con que se nos narra casi cualquier cosa, ya sea un almuerzo informal, ya la persecución de un peligroso asesino.

Los libros de Kinsey Millhone son vintage. Y lo son no sólo porque discurran en los años 80 y nos hagan sonreír cada vez que tenemos que recordarnos a nosotros mismos que es normal que Kinsey tenga que buscar información en la biblioteca o preguntar a tres personas en lugar de googlear sencillamente el nombre del sujeto de interés, o que la veamos correr en busca de una cabina telefónica. No sólo porque sea una colección que está a punto de acabar. Sino, sobre todo, porque, más que libros, son ecos de un tiempo que terminó. Un tiempo en el que las novelas policiacas tenían ese toque doméstico, cercano, casi diríamos que amablemente banal, que nos permitían sentirlas no sólo como sano escapismo, sino como algo que nos concernía a cada uno de nosotros, algo cognoscible, algo que no nos era ajeno. Un tiempo en que  esas novelas eran como historias contadas de persona a persona, sin brutalidad, sin descripciones cruentas y repugnantes, sin escenas de sexo explícito, sin figuras policiales tan lejanas en sus métodos como en sus caracteres depresivos y deprimentes. Los libros de Kinsey Millhone son o van camino de ser reliquias de un tiempo literario que muchos amamos y al que siempre seremos fieles.

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Historia de un perro llamado Leal, de Luis Sepúlveda

Historia de un perro llamado Leal

Historia de un perro llamado Leal

Soy consciente de que muchas veces, cuando hablo de mi perra Kenya, no puedo evitar emocionarme. Desde que era pequeña he tenido perros en casa y, por circunstancias de la vida, todos se han ido de mi lado. Pero Kenya, por suerte, comparte mi día a día desde hace ya cuatro años. Representa las mejores virtudes de todo lo que me rodea: amistad, energía, felicidad, amor… pero, sobre todo, lealtad. Tuve la desgracia de ver con mis propios ojos cómo otro perro mataba a mi antiguo compañero, Nilo. Aunque destrozada, no tardé en decidir que necesitaba a mi lado a otro amigo. Urgentemente. Así fue cómo llego a mi vida Kenya, en una época llena de altibajos, de complicaciones, de golpes. Y así fue cómo comprendí que el alma podía dividirse en dos y ocupar dos cuerpos al mismo tiempo.

No sé cómo me verá Kenya a mí. Si la alegría que demuestra al verme es real o es solo hambre. No sé si su manía de meterse dentro de mi cama serán ganas de compañía o solo busca calor. Sea lo que sea, cada día estoy más agradecida de que quiera pasar tiempo a mi lado, de que me busque cuando está asustada, de que intente protegerme cuando cree que yo estoy en peligro.

Así que cuando leí Historia de un perro llamado Leal no pude evitar pensar en lo afortunada que soy de tener a una amiga tan fiel a mi lado. Estas breves páginas contienen una fábula mapuche que se transmitía de abuelos a nietos; la historia de Afmau, un perro que nace en la selva pero que es llevado por un jaguar a una tribu humana. Allí tendrá que aprender a convivir con las personas y a olvidar su pasado salvaje, aunque hará amistades que nunca podrá olvidar. Por una serie de acontecimientos se ve obligado a abandonar a su familia, ya que un grupo de hombres, de raza blanca, se cruza en la vida de los mapuches para intentar echarles de sus tierras. Pero a pesar de tener que convivir con la gente que tanto daño le ha hecho a su familia, él jamás se podrá olvidar de esas personas que fueron una vez su hogar. Con esta fábula, Luis Sepúlveda nos cuenta cómo sus antepasados se vieron sometidos por “el hombre blanco”, pero todo desde el punto de vista de un pastor alemán que es ajeno a la tiranía de los humanos. Nos enseña la tristeza de esta tribu desde los ojos inocentes de un perro.

Aunque no creo que pretenda ser una crítica directa, Luis Sepúlveda nos trae un trocito de la historia de sus antepasados que pretende hacernos reflexionar sobre la opresión que sufrieron las tribus en su día. Narrándonos la historia con los nombres originales mapuches, nos mete de lleno en un contexto puro y original, transportándonos a parajes desconocidos en los que tendremos que dejarnos llevar por nuestros sentidos más primarios.

“Este perro ha demostrado lealtad con monwen, la vida, no ha cedido a la cómoda invitación de lakonn, la muerte, y por eso se llamará Afmau, que en nuestra lengua significa leal y fiel”.

Si yo no conviviera con Kenya o no sintiera pasión y respeto por los animales, seguramente no me habría gustado esta fábula. Se podría decir que este libro no es apto para todos los públicos; solo los que tengan este sentimiento podrán apreciar la historia de Afmau; que solo los que traten a un perro como a un igual se sentirán conmovidos por los pensamientos de este pastor alemán; que únicamente los que saben qué es ser querido por un perro formarán parte de esta historia. Pero para aquellas personas que no se sientan identificadas con lo que describo, quizá leer este libro sea la mejor manera de empezar a adentrarse en el mundo de estos animales tan espléndidos y, ya de paso, en el de los mapuches.

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El último de la estirpe, de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

El último de la estirpeSon los pasos que se adivinan, los que no se oyen, los que te erizan el pelo, no ya por terror, sino por la sensación de que algo se mueve como si fuera una mano invisible que, con tiza, escribe en una pizarra señuelos y mapas de lugares donde se aparecen cosas que no te explicas, o que, aunque lo haces, no deberían estar allí. Y no tiene necesariamente que, como he dicho, ser una imagen terrorífica o un aire indeseado o una relevante impresión. No, no tienen que ser esas cosas, pudieran ser partes de ti mismo deseadas o esperadas, pasadas o futuras. Pero, como fantasmas de seres queridos, como fotografías de pasados mejores, como inmortales lecciones de profesores olvidados, ser tan furiosamente queridos como lánguidamente comenzados a olvidar; ya que parecen ser parte de un sueño que se materializa por última vez, parecen velas que comienzan a gotear sus ultimas ceras, palacios que ven derrumbarse el tejado, en un estruendo de pájaros sin nombre, piedras poderosas y madera carcomida. “El último de la estirpe” posee el olor de la sutil decadencia y del silencioso destino de las cosas que pasaron o, eres plenamente consciente de que hagas lo que hagas, van a pasar…

Las imágenes del espejo en sombra, las personas que no pueden despedirse, los sermones de consolación, las habitaciones vacías, los muertos sin nombre, todos, son el último recurso de la vida para mostrarnos que todo cuanto se ha ido se queda en los rincones del angulo muerto entre la mente y los sentidos.”El último de la estirpe” son los relatos sobre gente ausente, sobre figuras, compactas o etéreas, que parecen dominar el presente y el futuro desde su nostalgia poderosa. Son historias sobre mundos reales y sobre mundos desaparecidos, que parecen disolver sus contornos hasta mezclar vida y muerte, pasado y presente.

Revolver entre los veinte cuentos que componen el libro supone descubrir pasillos que llevan a habitaciones solitarias donde encuentras a Ingebor Bachmann, o, en otra, a Oliver Sacks, o el más bello es el hipnótico aposento donde Fleur Jaeggy dejó reposar sus recuerdos de Iosif Brodsky, lleno de lugares sin olvido y olvidos llenos de lugares. Sigue leyendo El último de la estirpe, de Fleur Jaeggy

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Furias divinas, de Eduardo Mendicutti

furias-divinas

furias-divinasLa vida es muy puñetera. Tan pronto como estás bien, recibes una mala noticia. Tienes un trabajo y al segundo no lo tienes. Te ríes o lloras según el momento, el sentimiento, o las palabras que te hayan hecho recordar lo que has vivido. Y a veces resulta que todo este caos resulta tremendamente divertido. Sonrisas que se escapan, extravagancias que resultan un espacio para dejar aparcados ciertos problemas, historias tan reales como sorprendentes de cómo la realidad puede intentar hacernos caer por todos los medios, pero con las que nos levantamos cueste lo que cueste. Eduardo Mendicutti suele tener ese humor socarrón y cercano al absurdo para describir a la perfección los problemas que surgen en el día a día. Y tiene la capacidad, sagrada e infinita – espero – de hacer cambiar el rictus a quien se adentra en una de sus historias. Con Furias divinas sucede una cosa curiosa: lo que estamos leyendo puede ser un auténtico drama, pero nosotros lo vivimos como una comedia. Y en ese viaje entre lo trágico y lo cómico es donde nos moveremos sin descanso por una novela que, sin ser perfecta, consigue lo que tenía estipulado: plantar un homenaje al mundo drag caigan las mentes obcecadas que caigan. Y nosotros, tan sonrientes.

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Los besos en el pan

Los besos en el pan, de Almudena Grandes

los-besos-en-el-panTítulo: Los besos en el pan
Autora: Almudena Grandes
Editorial: Tusquets
Páginas: 336
ISBN: 9788490661918

Almudena Grandes ha dejado de lado la historia, espero que solo aparcada, para venir a darse, y darnos, un baño de realidad, un baño de ese día a día que desgraciadamente hemos vivido y estamos viviendo una gran parte de los españolitos de hoy, ya saben aquello de, “españolito que vienes al mundo te guarde Dios…”

Es un retrato de la vida en un barrio medio de Madrid, que puede ser extrapolado a cualquier otro barrio de cualquier otra ciudad de este país. Tampoco es extraña esa realidad al medio rural, pues desgraciadamente, muchos son los que, o bien han tenido que emigrar a las ciudades, o bien directamente al extranjero, aunque también se ha dado el caso contrario, alguien que, como en el libro, regresa al pueblo en busca de todas las ilusiones robadas por el asfalto.

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