
La verdad es que es un acierto el título de esta nueva publicación de Nórdica Libros. Y es que El libro de los libros es realmente el gran libro de todos los libros. Parece que me estuviera inventando un trabalenguas, pero no. El libro de los libros no es un título para nada pretencioso. ¿Cómo iba a serlo un libro que reúne a cuarenta y seis de los mejores escritores entre sus páginas? Es una auténtica maravilla, palabrita.
Este libro nace de la idea original del editor Michael Krüger. Él fue el encargado de hacer llegar una ilustración diferente de Quint Buccholz a cuarenta y seis de los más geniales escritores actuales. El resultado es este maravilloso libro homenaje a la lectura.
Quint Buccholz es un pintor alemán conocido mundialmente por sus ilustraciones para libros infantiles. En 1998, se les envió a los escritores que aparecen en este libro una ilustración suya para que escribieran textos inspirados en sus ilustraciones. Lo bueno de estas ilustraciones es que son dibujos muy detallistas, que mezclan la realidad con la ficción. En muchas ocasiones, sus dibujos me han recordado a los del pintor René Magritte. Y es que también hay algo de fantasioso y de evasión en sus dibujos. Digo que es bueno porque gracias a estas ilustraciones, los textos que han surgido de cada dibujo han jugado con esa interpretación abierta que Buccholz plantea en ellos. Cada escritor ha interpretado el dibujo asignado de una manera completamente personal y única, dando lugar a relatos y poemas ciertamente originales.
Entre los cuarenta y seis escritores encontramos nueve autores españoles: José Agustín Goytisolo, Javier Marías, Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, Gustavo Martín Garzo, Ana María Matute, Eduardo Mendoza, Ana Moix y Javier Tomeo. Casi nada, ¿verdad? Pero además de todos estos escritores patrios tan conocidos, en el libro podemos encontrar otros autores de la talla de Jostein Gaarder, Milan Kundera, HertaMüller, Amos Oz, Orhan Pamuk, Michael Turnier o Antonio Tabucchi. ¿Cómo no iba a ser éste El libro de los libros? Menuda colección de grandes encontramos entre sus páginas.
De los textos nacen relatos y poemas y eso también me ha gustado mucho. Normalmente esta clase de antologías, suelen reunir simplemente textos en prosa, pero encontrarme con los versos que escribieron José Agustín Goytisolo, Michael Krüger, Ernst Jandl o Ana María Moix inspirados en las ilustraciones ha sido una grata sorpresa. Goytisolo es uno de mis poetas preferidos, por cierto. Y suyos son estos versos del libro:
“También -ya sin los libros que dejé-
he pensado como Virginia Woolf
llenar de peso todos mis bolsillos
metiéndome en el agua hacia la nada.
Y voy juntando trozos de adoquines
que encuentro en mis paseos. Pero no me decido
y los devuelvo a la ciudad a sus calles
que forman los momentos de mi ser”.
Me han gustado mucho también los relatos de Jostein Gaarder (autor de, entre otros, El mundo de Sofía); Eduardo Mendoza, Ana María Matute, Amos Oz, Carmen Martín Gaite, Ludwig Harig o Milorard Pavic.
Todos tienen su encanto, todos los textos que componen este libro tienen su particular magia. Estoy segura de que cuando lo leáis encontraréis vuestras historias favoritas, esas que más os han emocionado. Porque este maravilloso libro es un libro para emocionarse y agradecer la existencia de la literatura. Qué haríamos nosotros sin ella, lectores. Qué perdidos estaríamos.

Bueno, ¿qué?, ¿hablamos de la adolescencia? Os noto un poco tensos, tranquilos. ¿Acaso tenéis algo de lo que avergonzaros? Yo tengo una teoría y es que a los adolescentes hay que dejarles ser y hacer dentro de unos límites. Pensaréis que me van a dar un premio Nobel con semejante teoría, pero voy a explicarme. Hay que dejarles ser y hacer en cuanto a gustos y personalidad. Así mejor. Quiero decir, que si tu hijo pasa por una etapa heavy en la que sólo viste de negro o si tu hija se hace emo, es mejor que ellos elijan lo que quieren ser en ese momento tan incierto de sus vidas. Intentar cortarles las alas no va a hacer más que reafirmar sus gustos. La vida da muchas vueltas y esa niña gótica que todos conocíamos es hoy una pija de cuidado. O aquel rapero va ahora con traje y corbata por la vida. Algunos seguirán siendo quienes creían ser (los menos), pero todo este proceso de búsqueda de uno mismo forma parte de la adolescencia y hay que experimentarlo.
Tengo varias editoriales fetiche (no diré cuáles, pero si leéis mis reseñas encontraréis una pista). Lo que sí voy a deciros es que la editorial Libros del Zorro Rojo está entrando en esa lista a pasos agigantados. ¿Por qué? Porque saca libros ilustrados (one point), porque rescata clásicos (two points) y porque publica libros originales y bonitos (three points!). Así que: ¡enhorabuena, Libros del Zorro Rojo!, ¡Moláis!
Al ver que una editorial se lanza con un libro desconocido para muchos de un autor célebre es inevitable pensar en que se está usando su nombre para vender sus libros sin centrarse en la calidad de estos. Probablemente por ese motivo quise leerme este. Como amante de la escritura de 
La primera vez que salí de España tenía once años. Ahí estaba yo, en medio de Barajas, dispuesta a coger un avión dirección París. Estaba realmente angustiada y me daba pánico pensar que iba a pasar mucho tiempo —o al menos eso me parecía a mí— encerrada en un cacharro de metal que desafiaba todas las leyes de la gravedad. Antes de coger el avión, mi madre no paraba de decirme que me tranquilizara, que el vuelo era muy cortito, que era el medio menos peligroso para viajar y toda esa retahíla que se le dice a alguien que está a punto de no coger un avión por miedo a volar. Al final hice de tripas corazón y me coloqué en el asiento que me habían asignado. Me hice lo más pequeña posible, encogiéndome hasta casi camuflarme con el asiento. Lo pasé muy mal y el encontrar turbulencias justo cuando estaban sirviendo la cena no ayudó demasiado. Pero aguanté, me tragué el miedo y la insípida comida y, cuando quise darme cuenta, ya estaba en París.
Hay veces que como un libro se meta en la cabeza, me pongo un poco en modo obsesiva non-stop y allá que voy. En cuanto lo tengo entre mis manos tengo que leerlo, sin pausa sin mesura y sin control. Como una auténtica pirada. Afortunadamente, los libros con los que me pasa suelo poder acabarlos en el mismo día. No me ha ocurrido lo mismo con libros tipo Ulises o 
El viajar es un placer que nos suele suceder. Pero hay viajes y viajes. Y entre los segundos, no hay nada que pueda compararse a la experiencia de la India. Hablo, naturalmente, de viajar, y no de comprar un paquete turístico que nos muestre en 10 días y nueve noches las maravillas de la India de los mogules. Hablo de aterrizar en un país de leyenda, sentirte, desde el primer instante, como si control de tierra te hubiera abandonado a tu suerte en Marte, y preguntarte, con angustia, cuántos días podrás vivir con el oxígeno que te queda. Y cuando decides que de perdidos al Ganges, te pones a explorar un planeta donde constatas que sí, que el viajero puede sobrevivir, si bien en condiciones durísimas, hasta que, meses después, a tu regreso a casa, descubres que el planeta hostil quizá es el tuyo. Eso y más es la India.
«Las maravillosas fotografías de este libro, realizadas por Steve McCurry en muchos países y a lo largo de varias décadas, son la prueba visual de buena parte de lo que he escrito: la compostura del lector, la mirada luminosa, el concepto de soledad, la posición relajada, la singularidad del esfuerzo, la sensación del descubrimiento y la insinuación de la alegría».
Mi padre era un apasionado de la lectura y de la historia, así que por mi casa siempre hemos tenido un montón de libros y revistas de esta temática. Le recuerdo siempre con un libro bajo el brazo o sentado en su sillón leyendo alguna novela histórica. De hecho, creo que en los últimos años casi lo único que leía era este género. Sabía mucho al respecto, como podéis imaginar. Alguna que otra vez tuvo que resolverme dudas cuando estaba en el instituto y tenía exámenes de historia. Y es que, a pesar de todo lo que os he dicho, la asignatura de historia nunca ha sido mi fuerte. No sé cuál es el motivo, porque en realidad era una asignatura de esas de empollar y a mí lo de estudiar nunca se me ha dado mal. No voy a echarles la culpa a los profesores, ni siquiera a aquella profesora que tuvimos durante un año y a la que llamábamos “La Pepi” porque repetía muchas veces cuando explicaba la palabra impepinable.
Me gusta Paula Bonet. Descubrí a esta ilustradora valenciana con su libro 
¿Para qué sirve un libro de fotografías? Aparte de para descubrir nuevos y espectaculares paisajes o disfrutar con los encuadres o ver el paso del tiempo en lugares icónicos o conocidos por ti, o… o todo lo que se nos ocurra (y depende del libro también, claro)… Aparte de eso, ¿para qué sirve? Básicamente, diría yo, para observar y aprender.
Puede que