
Leer el nombre de Margaret Atwood nos lleva irremediablemente a pensar en El cuento de la criada, ¿verdad? Reconozco que me entraron ganas de leerlo después de ver la magnífica reseña que mi compañera Laura Gomara le dedicó y de oír tantos elogios de la serie de la HBO inspirada en él; pero todavía no lo he hecho y, finalmente, ha sido La semilla de la bruja, la última novela de Margaret Atwood, mi primer acercamiento a esta autora. Y casi que mejor, porque me parece que nada tienen que ver un libro con el otro y, así, he disfrutado de esta lectura sin estar comparándola inconscientemente con la novela de la que todo el mundo habla.
Como digo, que la autora de La semilla de la bruja fuese Margaret Atwood llamó mi atención, pero lo que realmente me hizo leerlo fue que lo definieran como una reinvención de La tempestad, de William Shakespeare. La mayoría de las obras del célebre escritor inglés me fascinan, y aunque esta en concreto no la he leído, La semilla de la bruja me pareció una forma distinta de adentrarme en ella.
Pero ¿qué nos cuenta Margaret Atwood en La semilla de la bruja? Pues la historia de Felix, un extravagante director de teatro que, de repente, pierde a su esposa y a su hija pequeña. Toni, su compañero de trabajo, aprovecha su delicada situación personal para desbancarlo. Y Felix acaba siendo un hombre solitario que se hace llamar señor Duke, habla con su difunta hija y, en sus ratos libres, organiza funciones de teatro de Shakespeare con los reclusos de una cárcel, esperando pacientemente el momento de vengarse de Toni y de todos aquellos que contribuyeron a arruinar su carrera. Y ese ansiado desquite llegará cuando por fin los reúna a todos dentro de la cárcel, como público exclusivo de La tempestad, la obra que nunca le dejaron dirigir.
Así, Margaret Atwood nos lleva de la vida del teatro al teatro de la vida. Felix trama una obra dentro de otra obra y, mientras tanto, los presos y él desgranan las múltiples lecturas de La tempestad, reinventándola y hasta continuándola. El resultado es una historia de venganza cocinada a fuego lento, una sátira del mundo del teatro y de la política y una aproximación a la obra de Shakespeare que deja patente su atemporalidad. Y además de todo eso, La semilla de la bruja es una forma diferente de retratar el periodo de duelo tras la pérdida de un ser querido y una eficaz reivindicación del papel que la literatura y el teatro juegan dentro de las cárceles.
Me encanta cuando un libro me recomienda otro libro y, sin duda, La semilla de la bruja es una excelente recomendación de La tempestad, en particular, y de toda la obra de Shakespeare, en general. Así que me toca sumar un libro más a mi interminable lista de lecturas pendientes. Ahí, junto a El cuento de la criada, que sube varios peldaños en el orden de prioritarios. Y es que, ahora que he disfrutado de la afilada prosa de Margaret Atwood, quiero repetir.

Penúltima página de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom.
Antes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).
¡Cuidado, esta reseña contiene spoilers de El Juego de la Corona!
Hay títulos que tienen un atractivo especial y, para mí, El concilio de los árboles es uno de ellos. Solo con verlo (y la ilustración de la portada también ayudó, no lo niego), tuve que leer la sinopsis de esta 
Secretos, secretos, secretos. La gente está llena a rebosar de secretos si te fijas bien
La gran literatura, esa que a algunos les llega al alma y a otros a las entrañas, no se nutre del qué, sino del cómo. Una historia universal narrada de forma anodina se queda en historia anodina. Del mismo modo, una historia personal, íntima, y aparentemente intransferible, si es narrada con talento y sensibilidad, tiene todos los números para convertirse en una historia universal. Eso es lo que hace que este lector se haya emocionado con Piruetas. Porque en esta historia de los tempranos años de adolescencia de una niña lesbiana que se levanta a las 4 de la mañana para ir a clases de patinaje se ha reconocido perfectamente este padre, heterosexual de cabello cada vez menos negro, cuyos conocimientos del patinaje artístico se limitan a saber que está prohibido caerse.
«¿Cuánto sufrimiento puede aguantar una persona sin que algo se tuerza en su interior?», se pregunta Nóra Leahy, una mujer que en el mismo año ha perdido a su marido y a su hija y se ha quedado a cargo de Micheál, su nieto. El niño, de cuatro años, está famélico; sus extremidades, retorcidas; y ni habla ni anda, solo llora y se golpea.
No sé si coincidiréis conmigo en que la palabra divorcio en un título, sea éste tanto el de un libro como el de una película, le confiere a la obra cierto tono de comedia de enredo. Si no me creéis, echad un vistazo a algunas de las infumables españoladas que inundaban nuestras pantallas a principios de los 80 y veréis que divorcio, humor chusco y destape iban siempre cogiditos de la mano. Me disculpará, allá en el cielo, Kazuo Kamimura, por comenzar la reseña de esta gran novela gráfica con la mención de semejantes bodrios, pero he pensado que las tribulaciones de Yuko y el Club del divorcio que regenta no están del todo exentas, a diferencia de aquel cine patrio, de cierto sentido del humor amargo, resignado y sutil, que es lo único que nos puede ayudar a sobrellevar lo que, con frecuencia, es un episodio duro e incluso trágico para quien lo vive.


Tres eran las hermanas Brönte: Charlotte, Emily y Anne. Pero en el olimpo de los libros inolvidables solo suelen mencionarse las obras de Charlotte 
Si os digo la verdad, cogí este libro con la intención de regalárselo a algún sobrino. (Sí, soy la tía pesada que está todo el día dándoles libros). Pero al final he decidido quedármelo yo porque, aunque sea para lectores infantiles, este libro es precioso y me cuesta desprenderme de él. Así que se queda conmigo, ocupando un buen lugar en mi estantería. Además, así lo pueden ver cuando vengan de visita a mi casa. (¿Cuela o no?)