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Carmen, de Prosper Mérimée y Benjamin Lacombe

Carmen

CarmenCarmen no necesita presentación. El personaje creado por Prosper Mérimée en el siglo XIX se ha convertido en un mito: es el arquetipo por excelencia de la mujer fatal. Tal y como recuerda el ilustrador francés Benjamin Lacombe en el prólogo de la reciente edición de Edelvives, la sombra de Carmen «puede percibirse en canciones de Stromae o Lana del Rey, en películas de Ernst Lubitsch, Christian-Jaque, Jean-Luc Godard o Peter Brook, y en los poemas de Théophile Gautier».

Añadiría que es también la protagonista de la copla Carmen de España, aunque la letra sea un claro desmarque de la denostada imagen del personaje de Mérimeé. Y lo hago porque a pesar de haber oído dicha canción muchas veces de pequeña, hasta ahora no me había dado cuenta de que aludía directamente a esta obra. No es la primera vez que me pasa. A veces conocemos ciertos personajes clásicos por mil referencias, pero en realidad la imagen que nos creamos es distorsionada, muy alejada de su verdadera esencia. Y para descubrirla no hay nada mejor que recurrir al texto original.

Eso es lo que he hecho yo con Carmen. Aunque reconozco que movida por las sublimes ilustraciones de Benjamin Lacombe. ¿Qué queréis? Lo mío con este ilustrador es fascinación absoluta y no podía resistirme a que esta preciosa edición presidiera mis estanterías, junto al resto de obras que tengo de él: Cuentos Macabros, de Poe, Nuestra señora de París, de Victor Hugo, y La sombra del Golem, de Éliette Abécassis. Y es que el tándem Benjamin Lacombe y Edelvives crea las ediciones más bellas que existen hoy en día en las librerías. Incluso me atrevería a decir que con Carmen han dado un paso más: desde el relieve de la mantilla, en la portada, hasta las siluetas reflejadas en cada inicio de capítulo son una auténtica maravilla.

Y el contenido no desmerece a semejante despliegue de edición. La obra de Prosper Mérimée se ha convertido en clásico por derecho, no tanto por la historia que cuenta (el pasional y destructivo amor entre Carmen, la cigarrera gitana, y don José, el soldado convertido en bandido), sino por el poderoso personaje protagonista. Es cierto que puede parecer que el relato de Mérimée peca de racista y machista en varios momentos: hace hincapié en la maldad de los gitanos y en cómo una mala mujer lleva a la ruina a un buen hombre. Pero más allá de la percepción de Mérimée sobre las costumbres calés y españolas, me parece interesante que Carmen también pueda entenderse como un personaje que echa abajo los tópicos, sobre todo, en su época: ejerce su libertad en todo momento, nunca se doblega a los deseos de los hombres. No seré yo quien afirme categóricamente qué valores transmite Carmen, porque traería cola, pero como decía un profesor que tuve en la universidad: si a unos les parece machista y a otros, feminista, es que no es ni una cosa ni la otra. Y eso demuestra la grandeza de este personaje, lleno de matices y profundidad.

El poder de seducción de Carmen no tiene límites, igual que las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Así que os advierto que si miráis la portada de Edelvives tan solo unos segundos, os la tendréis que llevar a casa. Pero tranquilos, que nos os pasará como a don José. Seguro que acabaréis encantados de que se haya cruzado en vuestro camino.

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Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika

tiempo de albaricoques

tiempo de albaricoques«¿Es posible que los momentos felices en una época difícil sean más felices aún?». Eso es lo que se pregunta Elisabetta Shapiro, una anciana judía que vive prácticamente recluida en su casa de la infancia, en Viena, en la novela Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika. Como si comiera la magdalena de Proust, se retrotrae a su niñez cada vez que prueba una de aquellas mermeladas que elaboró con los albaricoques de su jardín en los tiempos de la guerra. A esos tiempos en los que su familia era extrañamente tolerada y ninguneada en una ciudad donde empezaban a escasear los judíos, pero también a los años que llegaron después, cuando Elisabetta era ya la única superviviente de los miembros de su familia. De aquella niña que fue, solo le queda Hitler, su tortuga. Y el otro Hitler también, para qué negarlo.

Algunos recuerdos son dulces como los albaricoques recién recogidos del árbol; otros saben a humo, por el fondo quemado de la olla en la que la mermelada fue cocinada. Pero todos ellos alimentan a Elisabetta Shapiro, que vive más en el pasado que en el presente, porque cada día oye las voces de sus hermanas mayores —esas que murieron siendo adolescentes— regañándola por alquilarle una habitación a una joven bailarina alemana. Unas voces que le impiden olvidar todo lo que sufrieron y perdieron por culpa de esos alemanes. ¿Cómo asumir que aquel hombre que antes clasificaba judíos en Operngasse, ahora clasifica el correo? No se lo merece, le repiten sus hermanas. ¿Cómo aceptar que ella se salvó simplemente por un instante de suerte, mientras todos sus seres queridos caían?, se martiriza la anciana.

Pero en Tiempo de albaricoques no solo conocemos a Elisabetta y a su familia mediante sus remembranzas de aquella época, sino que también nos encariñamos de Pola y Rahel, una alemana y una judía de estos tiempos, que no cargan con los recuerdos de ese trágico pasado, pero tampoco pueden abstraerse de todo lo que aconteció a sus abuelos décadas atrás. Y estas dos chicas protagonizan una historia de amistad y amor tan sencilla como emotiva, para añadir unas cucharadas de azúcar cuando los recuerdos de Elisabetta se llenan de amargura.

«¿Por qué hay que recordarlo todo y contarlo?», se pregunta la anciana Elisabetta. Y es que está harta de que los recuerdos a veces sean su tabla de salvación y, otras tantas, sean su condena. ¿Es cuestión de olvidar? ¿De aceptar? ¿O, quizá, de reconciliarse? Con los demás y con una misma. Eso es lo que trata de descubrir a través de las mermeladas y de esa extraña bailarina alemana que se ha colado en su casa, para saber si aún no es demasiado tarde para un nuevo comienzo.

Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika, nos habla de una familia judía en la Segunda Guerra Mundial y, pese a ello, nos deja un sabor dulce tras la lectura. Aunque es una dulzura con toques de amargura, claro está, igual que los albaricoques del jardín de la familia Shapiro. Pero, en esta ocasión, el sentimiento de culpa de los que sobrevivieron y no perdonan no consigue empañar este canto al amor y a la libertad.

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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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J+K, de Jhon Pham

J+K

J+KEste libro es arte, lectores. Se mire por donde se mire todo en él es arte. J+K ha resultado ganador del premio internacional Puchi Award, creado por La casa encendida y Fulgencio Pimentel. El objetivo de este premio es reconocer las “propuestas de libro más libres, brillantes y renovadoras, sin renunciar a ningún género, centrándose únicamente en su osadía y su vinculación con los distintos lenguajes del presente”.

Su autor es John Pham, un artista underground vietnamita que es hoy en día bastante conocido en el mundillo. Él mismo publicaba su  propia revista, llamada Epoxy, y Fantagraphics Books publicó su primera serie de cómics titulada Subflife. J+K es su primer libro y la edición no podría ser más perfecta. Una preciosidad que además incluye un montón de detalles como pegatinas y un disco de vinilo de cinco pulgadas. Sin duda, una edición de lujo la que ha publicado la editorial Fulgencio Pimentel para este cómic.

Pero no todo es fachada, ¿eh? No os vayáis a pensar. Abrir las páginas de este libro es todo un viaje sensorial. Y es que este libro casi se disfruta con los cinco sentidos. Con esos colores tan fosforescentes y esos dibujos con un sello tan propio, J+K es también un libro muy divertido. Las protagonistas son dos amigas huérfanas y todo lo que rodea a esta historia está impregnado de esa cultura popular y teenager que hacen tan atractivo a este cómic. El diseño de los personajes es brillante y es realmente fácil conectar con estas dos chicas en sus divertidas aventuras. Sí, con J+K os lo vais a pasar genial. Todas esas referencias culturales de las que os hablaba (videojuegos, cómics, canciones) os van a sacar más de una sonrisa.

Pero detrás de todo este halo tan teenager y de cultura pop hay mucha verdad también en este libro. En él también se habla de la marginación, la emancipación y, sobre todo, de la amistad. Tratados estos temas con una sensibilidad excepcional, como la que destila el propio libro. Todos hemos pasado por ahí. Aquello de buscar trabajo y no encontrar más que empleos mal remunerados, la resaca tras una fiesta que ha servido como excusa para olvidarnos de todos y de todo. Seguro que os suena, ¿verdad?

Para que os hagáis una idea, en la página de la editorial Fulgencio Pimentel podéis ver un vídeo de cómo es J+K. Os recomiendo que lo veáis porque todo lo que yo haya podido decir de este libro se queda corto. Podéis verlo aquí.

No sé qué más tendría que decir para convenceros de que este libro es una auténtica joya. Un cómic de lujo por dentro y por fuera, una aventura para nuestros sentidos que nos hará pensar. Desde luego que J+K es un digno merecedor  del premio Puchi Award y de todos los premios que le den.

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Las desventuras de Sophie, de Valérie Dayre

Las desventuras de Sophie

Las desventuras de Sophie“¿Puedes contarme algo que te haya hecho crecer?”.

No sé, yo no soy madre, pero imagino que si un hijo te hace esta pregunta debes quedarte un poco de piedra. ¿Qué diríais vosotros?, ¿os acordáis de algún suceso que os ocurriera y os hiciera madurar en su momento? Lo cierto es que, después de mucho pensarlo, no se me ocurre nada. Supongo que esa es una buena señal. Quiere decir que el paso de mi infancia a la adolescencia fue normal, son grandes sobresaltos ni situaciones que me hicieran abrir de golpe los ojos.

Sophie, la madre a la que le llega esta pregunta por sorpresa en Las desventuras de Sophie, también se queda paralizada. Su primer pensamiento tiene que ver con su hijo: ¿por qué me hace esta pregunta?, ¿es que le estará ocurriendo algo a él? Y aunque consigue eludir la pregunta, acaba por volver a ella, más tarde, para hablarle de su propia infancia y de aquel verano que pasó en casa de sus tíos en el sur de Francia.

Sophie y su madre Rosemonde fueron a pasar las vacaciones de Semana Santa con Cora, la hermana de esta. Allí vivían sus tíos con sus dos primos Grégoire y Violaine.

Sophie se sentía fascinada por la casa tan lujosa donde vive su familia. Jamás había visto nada igual y todo cuanto veía le parecía maravilloso: su tía Cora y su elegancia, sus educados primos, la criada italiana que prepara deliciosos platos de pasta… ¡todo es tan perfecto! Solo un pequeño detalle parece estropear el ambiente. Félix, ese niño invitado por sus primos que también pasa con ellos las vacaciones, pero que no juega con ellos y apenas sale de suhabitación. Eso sí que es raro. Pero Sophie está tan pletórica que apenas le da importancia. Será su madre, Rosemonde, quien se pregunte por el niño y decida, en cierto modo, ocuparse de él.

Cuando las vacaciones de Semana Santa acaban, Sophie y su madre deben volver a casa con el resto de hermanos. Cora decide entonces invitar a Sophie a pasar el verano con ellos y la niña, encantada, acepta. La madre, algo más reticente, acepta que su hija vuelva, esta vez sola, a casa de su hermana en verano.

Pero ese verano todo va a ser distinto. La pequeña Sophie aprenderá que las apariencias engañan y todo lo que en Semana Santa le pareció tan bien o intentó justificar, ahora empieza a sufrirlo en primera persona. ¿Cómo pueden ser sus primos tan crueles?, ¿cómo puede justificarse su comportamiento? Sophie no entiende nada, pero menos mal que siempre hay un poquito de luz.

Las desventuras de Sophie es una novela para niños a partir de once años. Puede parecer cruel y directa, pero es también muy necesaria. Una novela que habla del abuso y del acoso, de las apariencias y la maldad injustificada. Y al mismo tiempo nos habla de la esperanza, del amor y de los vínculos tan únicos que se crean entre padres e hijos. Como os decía, uno de esos libros que son necesarios.

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La última pintura de Sara de Vos, de Dominic Smith

La última pintura de Sara de Vos

La última pintura de Sara de VosLeonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Van Gogh, Rembrandt, Monet, Picasso… Los nombres propios de la Historia del Arte se escriben en género masculino. Si le preguntamos a cualquier persona de a pie el nombre de alguna pintora famosa, lo más probable es que no sepa decir ninguno. Y es que, parece que las mujeres empezaron a pintar hace dos días. ¿Antes? Su papel se limitaba al de musas o modelos en las obras de los grandes pintores masculinos que todos conocemos. Las mujeres no empiezan a formar parte y ser reconocidas de manera oficial en el mundo del arte hasta el siglo XIX, en el que algunos autores como Monet o Manet, las aceptan como pupilas en sus talleres de arte, y empiezan a sonar nombres como el de Berthe Morisot. Anteriormente, las autoras dependían del beneplácito de los hombres para darse a conocer y su única opción era ser hijas o esposas de un pintor o un académico. No obstante, aún hoy, las mujeres siguen siendo las grandes ausentes de los libros de texto de la Historia del Arte y, si salen, es en un capítulo que agrupa los nombres más importantes, pero no figuran como nombres propios al igual que los hombres en los capítulos dedicados a cada siglo o movimiento artístico.

La mayoría de los cuadros pintados por mujeres permanecen en el anonimato y los que están firmados por ellas son considerados de menor categoría que los firmados por los hombres. Esta realidad se pone de manifiesto en la “La última pintura de Sara de Vos”, de Dominic Smith. El autor australiano nos introduce en el papel que ha jugado la mujer en el mundo del arte mediante la figura ficticia de Sara de Vos, una pintora holandesa ubicada en Ámsterdam en el siglo XVII, y que, como muchas pintoras reales que sí existieron, estaba limitada por su género a pintar los temas que se consideraban adecuados para una mujer: retratos, interiores y, especialmente, bodegones; ya que no podían practicar dibujo al natural (con un modelo desnudo) ni pintar paisajes al aire libre.

“La última pintura de Sara de Vos” se mueve en tres planos cronológicos: Ámsterdam, 1631, Sara de Vos, es la primera mujer admitida en la Guilda de San Lucas y, a pesar de las restricciones temáticas, tras un trágico suceso en su vida, pinta la imagen de una niña en un bosque nevado; Nueva York, 1957, la única obra que ha sobrevivido de Sara de Vos, “En el linde de un bosque”, cuelga de la pared del cuarto de Marty de Groot, un prestigioso y adinerado abogado de Manhattan, que no sospecha que Ellie Shipley, una joven estudiante de arte, ha sido contratada para realizar una falsificación de dicho cuadro; Sidney, 2000, la joven estudiante es ahora una reconocida historiadora y comisaria de arte en su país de origen, que ve peligrar la vida profesional que tanto esfuerzo le ha costado forjar, cuando descubre que los dos cuadros de Sara de Vos, el original y la falsificación que ella pintó en su juventud, viajan hacia Australia para formar parte de la exposición dedicada a las pintoras del Siglo de Oro holandés que está organizando.

Dominic Smith, por lo tanto, profundiza también en el rol desempeñado por la mujer en una sociedad que no le permite desarrollarse más allá del ámbito doméstico. Se ve el cambio producido durante el tiempo: su casi total anulación en el siglo XVII, las dificultades que aún padece en los años 50, y la gran evolución sufrida en pos de la igualdad en el año 2000. Utilizando el cuadro pintado por Sara de Vos como eje para entrecruzar los tres planos temporales que narra, el autor, también aborda el impacto que el arte, un determinado cuadro, puede tener en la vida de varias personas de tiempos y lugares diferentes. Pero no sólo nos narra a la perfección como funciona el mundo del arte a través de un gran y preciso trabajo de documentación, sino que aborda temas tan dispares como la superación de la perdida de un hijo o la imposibilidad de traer uno al mundo, el ocaso de un matrimonio y la emoción de un nuevo amor, la aceptación de la vejez y de la muerte, las luces y sombras que todo ser humano posee y, especialmente, la ética profesional y personal. Como dice el propio autor, el libro habla de la falsificación física, pero también de la moral, ¿cuál es más nociva?

Detrás de “La última pintura de Sara de Vos” también hay un gran trabajo en el desarrollo de los personajes. A pesar de los continuos saltos en el tiempo y de protagonista que se producen en cada capítulo, Dominic, profundiza magistralmente en el alma de cada uno de los personajes. Y aunque, al principio, pueda parecer que lo hace más en el caso de Ellie y de Marty, ya que aparecen en más capítulos y los conocemos en dos fechas distintas; cabe destacar el retrato que hace de Sara de Vos, que también está perfectamente perfilada debido tanto a sus propios capítulos, como a su obra y a lo que los otros personajes hablan de ella siglos después.

Otro de los puntos remarcables de la novela, es la manera en la que el escritor nos presenta las desigualdades sociales, a través de los diferentes estilos de vida de los personajes. La más absoluta ruina y pobreza, representada en la vida de Sara de Vos y su marido en el siglo XVII, o en la vida de Ellie Shipley en los años 50, una joven estudiante que se ve obligada a realizar trabajos ilegales para mantenerse y para abrirse un hueco en su profesión; se contraponen a la riqueza y la comodidad de la vida de Marty de Groot, en la que abundan las fiestas en su casa de Manhattan, llena de preciadas obras de arte, con lo más granado de la sociedad neoyorkina.

Aunque en el libro se trate este amplio abanico de temas, Dominic Smith, lo hace de un modo tan natural y cohesionado, que en vez de resultar una mezcolanza difícil de digerir, que en determinados momentos nos podría incluso llegar a sacar del libro, es todo lo lo contrario. Todo rema y viaja en una misma dirección para presentarnos una historia armoniosa, franca y conmovedora que lees casi sin darte cuenta, gracias a una prosa muy visual, detallada y preciosista, que en su pluma parece fácil, pero que no lo es en absoluto.

Cada capítulo, cada escena que nos narra, parece un cuadro gracias al detalle con que el autor lo describe. Y es que, “La última pintura de Sara de Vos”, es como un cuadro pintado con una vasta combinación de trazos de distintos grosores y materiales, que si te acercas demasiado eres capaz de distinguir, pero que al alejarte y abarcar de un único vistazo, te permite advertir una pieza armoniosa, completa y perfecta.

Al igual que los árboles, los cuadros han respirado el aire que los rodeaba y ahora exhalan parte de los átomos y las moléculas de sus anteriores propietarios.

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Una historia casi verdadera, de Mattias Edvardsson

Una historia casi verdadera

Una historia casi verdadera«¿Qué es más importante: contar una buena historia o desenterrar la verdad?». Buena pregunta, ¿eh? Yo se la haría a más de un periodista, pero esto va de literatura. Y no lo digo solo porque vaya a reseñar un libro, sino porque este libro, Una historia casi verdadera, plantea esa pregunta en su portada y a lo largo de toda su trama, pero enfocada desde la perspectiva del mundo literario.

Me explico. En Una historia casi verdadera, el escritor sueco Mattias Edvardsson nos presenta a Zack Levin, un treintañero que acaba de perder a su novia y su trabajo. No le queda más remedio que volver a vivir con su madre y, en plena crisis existencial, decide recuperar una pasión olvidada: la escritura. Pero la historia que quiere escribir no es una historia cualquiera, ya que pretende reconstruir los acontecimientos que él mismo vivió una década atrás, durante un curso de Escritura Creativa, para demostrar la inocencia de su compañero Adrian Mollberg, acusado de asesinar a Leo Stark, uno de los escritores más famosos del país en aquella época.

Con este punto de partida, Una historia casi verdadera va intercalando el presente del protagonista (2008) con los capítulos de su novela, El asesino inocente, en los que relata aquel curso de 1996: sus clases con la atractiva Li Karpe, su amistad con el extrovertido Adrian y el taciturno Fredick, su enamoramiento secreto de su compañera Betty, su extraños encuentros con el irascible escritor Leo Stark…

En 2008, Zack se reencuentra con sus viejos amigos y, a medida que les pregunta sobre aquellos tiempos para escribir su historia, se da cuenta de que no puede fiarse de sus propios recuerdos, que todos ocultan algo y que la verdad, dependiendo de a quién se le pregunte, puede ser muy diferente. Y de igual manera, a los lectores también se nos van multiplicando los interrogantes conforme pasamos las páginas. Y es que, como viene siendo habitual en la literatura sueca, Una historia casi verdadera da un giro de rosca en la última línea de cada capítulo para que no podamos separarnos del libro, por lo que sus más de cuatrocientas páginas se hacen cortas.

Pero además de ser una novela adictiva, con las opiniones y actos de sus personajes, Mattias Edvardsson nos hace reflexionar sobre los difusos límites de la literatura, planteando preguntas tan interesantes como hasta qué punto se puede exigir que la ficción sea moral o veraz o si un libro puede ser alabado como una obra maestra, aunque su autor sea la persona más despreciable del mundo. Cuestiones que a todos nos resultan familiares, puesto que salen a la palestra cada vez que se publica una novela provocadora o se desvelan los escándalos de algún artista.

Así, mientras el protagonista y nosotros mismos intentamos montar el rompecabezas del asesinato de Leo Stark, Mattias Edvardsson nos adentra en los claroscuros de la escritura, retratándola desde diferentes prismas, que van del romanticismo más inocente al cinismo más absoluto. Por eso, si soñáis o alguna vez habéis soñado con ser escritores, disfrutareis de Una historia casi verdadera especialmente. Aunque, aviso, no saldréis indemnes de la lectura.

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American splendor, de Harvey Pekar y Robert CRumb

American splendor

American splendorEl arte de verdad no envejece. Tampoco la buena comedia. Respecto a la primera de estos dos frases seudolapidarias, no tenéis más que echar un vistazo a Robert Crumb en google imágenes, y ya me diréis si hay una sola de esas viñetas que corra peligro de quedarse anticuada en los próximos doscientos años.

En lo que se refiere a la comedia, naturalmente, las cosas pueden no estar tan claras para todos. Quiero creer que el humor que a mí me gusta es humor inteligente, mientras que a otros les hace gracia el monologuista por encargo de turno. Cada uno se ríe de lo que entiende, o de lo que no, o de lo que le sorprende, o de lo que se espera. Pero más allá de las diferencias entre un sentido del humor y otro, están esos artistas que crean escuela, y que no siempre suelen ser los más conocidos. Verbigracia, Harvey Pekar.

En una de las comedias que reinó en la televisión norteamericana de los 90, Seinfeld, uno de los episodios nos mostraba a los personajes hablando sobre una idea para una serie de televisión. A la pregunta de sobre qué trataría esta serie, ellos respondían “sobre nada en absoluto. No tratará de nada”. Algo parecido puede decirse sobre las historias de American Splendor, pues viendo al autor hablar, caminar, dirigirse a nosotros y escuchar jazz, uno no puede por menos de pensar que este libro no trata de nada en absoluto. Pero del mismo modo que, según Stephen Hawking, de la nada absoluta nació el universo , podemos decir que de la nada de American Splendor nació, no sólo buena parte del cómic moderno, sino también una nueva forma de reflejar la realidad en literatura, cine y televisión.

En la presentación mutua que hacen los autores, Crumb dice que las historias de Pekar, en las que no pasa nada, son la vida real. En la vida del común de los mortales no hay grandes gestas, nuestras acciones no van acompañadas de una música que indica si va a pasar algo bueno o si alguien va a morir, y las frases que podrían ser memorables se nos ocurren cuando es demasiado tarde. La vida real, esa que hoy algunos directores y guionistas se esmeran en reflejar en sus obras, está mucho más cerca de esas calles de Cleveland por donde se pasea este autor bajito, hirsuto y desaliñado, o de esas oficinas donde hablamos de trivialidades que, con frecuencia, encierran chorradas aún mayores de lo que parece. ¿Verdad que hoy está de moda publicar, por ejemplo, en redes sociales frases absurdas cazadas al vuelo en el bar o el autobús? Y qué originales nos creemos al hacerlo. Lástima que Pekar ya hiciera lo mismo hace cuarenta años.

Nos cuenta Pekar en esta colección de relatos los motivos que le llevaron a decidir que su vida, un arrastrar de pies entre tiendas de discos de jazz de segunda mano y los pasillos de un edifico de oficinas de la administración, por donde empujaba el carrito de la correspondencia, era, a pesar de todo, digna de ser contada. Las situaciones de American splendor, con charlas sublimemente inanes, con anticlímax casi épicos de lo intrascendentes que llegan a ser (o a parecer), situadas en oficinas, en la cola del súper, en el asiento de un autocar o en los escalones de la entrada de un edificio, son condenadamente reales, y cualquiera que, sencillamente, esté vivo reconocerá en ellas momentos de su propia vida. Nada más lejos, pues, del realismo sucio de Bulowski y otros. No hay aquí borracheras, drogas ni prostitutas, sino tan sólo la historia de los inicios artísticos de un autor que ha marcado la ficción contemporánea más de lo que podemos imaginar.

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El hombre menguante, de Richard Matheson (adaptado por Ted Adams y Mark Torres)

el hombre menguante

el hombre menguanteEs curioso: no suelo leer ciencia ficción, pero cuando lo hago, son libros que me encantan. Sin ir más lejos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o Jurassic Park son novelas que siempre recomiendo y que no me importaría volver a leer. Y aun así, la ciencia ficción sigue siendo un género al que me resisto. Quizá por eso me dio por leer la adaptación al formato cómic que Ted Adams y Mark Torres han hecho de El hombre menguante, en vez de acudir a la obra original de Richard Matheson. Es una buena alternativa cuando deseo conocer una historia, pero me abruma enfrentarme al texto completo. Ya lo hice con Crítica de la razón pura, de Inmanuel Kant y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust , y como en ambos casos la experiencia fue más que satisfactoria, he decidido repetir.

Puede que muchos no conozcáis esta novela de Richard Matheson escrita en 1956, pero seguro que os vienen a la cabeza algunas de las películas que se han inspirado en su planteamiento. Por ejemplo, a los que crecisteis en los años noventa como yo, os recordará a Cariño, he encogido a los niños. Sin embargo, nada de cómico tiene la historia de El hombre menguante. Al contrario, el trasfondo de la novela, evidente en su magnífico final, es de un calado existencialista que a mí me dejó noqueada. Si hubiera tenido al señor Matheson enfrente, le hubiera dado un aplauso.

¿Qué pasaría si cada día encogieras tres milímetros? Al principio, ni siquiera te darías cuenta, pero poco a poco, ese cambio inexorable de tamaño iría limitando tu día a día y, lo que es peor, la forma de percibirte tú mismo y los demás. Eso es lo que le ocurre a Scott, el protagonista de El hombre menguante. La narración va intercalando episodios en los que Scott mide más de un metro ochenta, pero comienza a notar la mengua, y el momento en el que apenas supera el centímetro de altura y está atrapado en su sótano, donde alcanzar la caja de galletas o escapar de una araña suponen toda una odisea.

Con adaptaciones tan buenas como esta de Ted Adams y Mark Torres, el cómic se consolida como un medio excelente para redescubrir clásicos, pero también reivindica su valor literario. Sus ilustraciones imprimen el ritmo adecuado a la historia y transmiten la creciente inseguridad de Scott, la incomodidad de su pareja, el desprecio de los extraños, la certeza de que desaparecerá en pocos días. De este modo, nos metemos en la piel de Scott, sentimos su desesperanza y su terror y, sobre todo, nos planteemos si nosotros tendríamos también ese instinto de supervivencia.

Para profundizar en la grandeza y originalidad de El hombre menguante, Planeta Cómic ha incluido una introducción de Peter Straub, un prefacio de David Morrell y un artículo de Ted Adams donde explica cómo fue el proceso de adaptación. Como el mismo Adams reconoce, este cómic nació con el objetivo de animar a los nuevos lectores a leer el texto original de Matheson; y lo han logrado, al menos conmigo. Mis estúpidas reticencias con la ciencia ficción tienen los días contados si leo a maestros del género de este calibre.

 

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84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

84 charing cross road

84 charing cross road

Dicen que ver a alguien leyendo un libro que nos gusta es ver un libro recomendándonos a esa persona. Y supongo que todos vosotros, lectores asiduos de Libros y Literatura, habéis sentido alguna vez esa complicidad inmediata que surge entre dos apasionados de los libros, cuando una conversación casual desemboca en un sinfín de recomendaciones literarias.

Algo así le pasó a Helene Hanff, la autora de 84, Charing Cross Road. Allá por el año 1949, Helene Hanff era una escritora pobre y una lectora que sentía predilección por los libros antiguos. Pero en Nueva York no encontraba ediciones que su bolsillo se pudiera permitir y, en las librerías de segunda mano, el estado de los ejemplares dejaba mucho que desear. Así que acabó escribiendo una carta a Marks & Co., una librería londinense especializada en libros agotados, ubicada en el número 84 de Charing Cross Road, de Londres. El solícito servicio de Frank Doel, el empleado que se encargaba de contestar las cartas de Marks & Co., hizo que esa misiva puntual llegara a ser una correspondencia ininterrumpida durante más de veinte años, y el desparpajo de ella la convirtió, sin ninguna duda, en la clienta favorita de todos sus libreros.

84, Charing Cross Road no es ninguna novela, solo una recopilación de las cartas que Helene Hanff se envió con los dependientes de la librería de Londres. Pero es considerado un libro de culto, incluso adaptado al cine y al teatro, porque es una maravilla que ningún lector debería perderse. ¿Cómo no conectar con sus protagonistas? las divertidas pullas de Helene a Frank para poner a prueba su reserva británica; las cartas inesperadas de Cecil Farr, otra de las empleadas de la librería, que quiere saber más sobre esa selecta clienta a distancia; las contestaciones de la mujer de Frank y hasta de la vecina de arriba, que también han cogido cariño a esa neoyorquina que les envía conservas en esos momentos en los que sufren el racionamiento derivado de la Segunda Guerra Mundial… Y es que, como si nada, la solicitud de libros da paso a la vida, a compartir esas pequeñas confidencias y novedades diarias. Y los lectores nos alegramos con cada progreso laboral de Helen Hanff, porque deseamos tanto como ella que por fin pueda viajar para conocer a esos amigos que viven al otro lado del océano.

Esta historia real de pasión por los libros y de amistad que supera las barreras de la distancia y del tiempo es tan sencilla como entrañable, y se gana el corazón de los lectores por derecho propio, sin necesidad de rellenar con ficción ni de recurrir a artificios. Por eso, aunque en estos tiempos sea posible comprar cualquier libro con un solo golpe de clic y saber cómo les va a nuestros amigos casi en directo, a cualquiera de nosotros nos gustaría vivir esas emocionantes esperas de Helene Hanff.

Qué suerte tuvieron estas personas de que su vidas se unieran a pesar de la distancia. Y todo gracias a los libros, capaces de crear las amistades más insólitas e imperecederas.

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Todos marcharon a la guerra, de David Vogel

Todos marcharon a la guerra

Todos marcharon a la guerraHay amigos que a nivel de gustos literarios ya me conocen. Llevo muchos años hablando de libros, de mis lecturas y de las sensaciones que me producen; así que ya sabía que esta lectura, que ha sido un regalo de uno de ellos, sería muy especial… Y lo ha sido.

Conocía la editorial, ya les he traído algunos libros de ella, Xordica no edita cualquier cosa, cada una de sus obras es una joya, por eso suelo estar atenta a sus novedades y esta ya estaba en mi punto de mira. Como no conocía al autor me había documentado un poco sobre él y después resultó que no hacía falta pues el propio libro ofrece lo necesario para entender a qué se enfrenta uno con esta lectura y sobre todo nos muestra quien era David Vogel.

El autor ha resultado ser, ante todo, un poeta, y con este libro un narrador espectacular. Nació en Ucrania en 1891, pero ya en 1912 decide trasladarse a Viena para avanzar en su deseo de crecer como escritor y darse a conocer como poeta, también tomará una decisión que será trascendental en su vida y en su obra, decidirá escribir todo en hebrero, cuando lo mejor en aquel momento hubiese sido decidirse por el alemán, ya que por motivos geopolíticos era el idioma predominante en Centroeuropa, además de que sus primeras novelas están precisamente ambientadas en Viena, allí vivió la Primera Guerra Mundial y de hecho llegó a conseguir la nacionalidad austriaca.

Pero la vida, tras aquella terrible experiencia de la guerra, le lleva hasta París, aunque será por poco tiempo ya que emigró a Palestina con su segunda mujer. No logra adaptarse y regresa a Europa, donde tras una temporada en Polonia se traslada posteriormente a Berlín. Imagino que dada la situación política decide finalmente regresar a París, y allí se encuentra ese 3 de Septiembre de 1939, día en que Francia declara la guerra a Hitler, y con esa misma fecha comienza Todos marcharon a la guerra.

Es curioso lo difícil que era ser europeo en una Europa tan cambiante. Vogel, que había estado retenido en el centro de internamiento de Bourg por su condición de austriaco, o lo que “era” lo mismo en ese momento, alemán, pasase a ser un judío más en los campos franceses de Arandón y Loriol, para terminar en un tren camino de Auschwitz donde tendría el mismo terrible final que millones de personas.

Todos marcharon a la guerra, sin lugar a dudas me ha resultado muy interesante, y claro que me recuerda a Suit francesa de Iréne Némirosky, cada una de ellas me ha aportado una visión muy cercana de la situación vivida en Francia desde los momentos previos a la declaración de Guerra por Francia y posterior invasión de Hitler. Y los judíos, que no sé porque los nombramos de forma general, porque al leerles así, de forma individualizada, vemos que son mucho más que un pueblo, son seres humanos diferenciados, como lo somos cada uno de nosotros, con nuestros miedos y nuestras esperanzas, con nuestras bondades y nuestras miserias.

Interesante desde el punto de vista histórico no me cabe la menor duda, pero es que además nuestro autor nos deja narrados sus últimos años de vida con una estupenda estructura narrativa y una gran calidad literaria ¡Cuánta información de las condiciones de vida en los campos franceses! Y sobre todo, que bien refleja el deterioro humano según se va privando a cada uno de ellos de su dignidad. Cómo uno va dejando de ser un nombre y se convierte en un número ¡Qué bien nos lo describe Vogel! Y creo que casi saberlo. Es como si se hubiese propuesto ser un espectador externo con el fin de poder ser claro con el momento histórico que Francia les está haciendo vivir.

Coincide en su periodo de internamiento con algunos españoles comunistas a los que los franceses mantienen en barracones separados, y sí, hay alguna conversación sobre nuestra Guerra Civil, sobre como se había seguido porque todos tenían claro que era algo más que una guerra fraticida local, y como había hecho posicionarse a algunos de los compañeros de Vogel…, el comunismo, la socialdemocracia…
Pasado el tiempo van cambiando también las conversaciones y ya se empieza a hablar de comida, de frío, de piojos… Y así, poco a poco ya solo se piensa en sobrevivir un día más, se había perdido ya toda esperanza.

Nunca hay que dejar de leer a estos autores que nos han contado, así, casi sin querer, esta parte de la historia que nadie más nos podía relatar, porque nadie más lo ha vivido, porque nadie puede contarlo mejor que ellos, si además lo hacen de una forma tan bella y literaria como lo ha hecho Vogel, mejor, porque la historia no es agradable pero trasformada en buena literatura puede, al menos, resultar más digerible.

Yo les recomiendo su lectura, a través de la lectura de estos libros podemos encontrar mucha verdad, podemos conocer mejor al ser humano, es este un bello testimonio porque hemos tenido la suerte de que nos lo cuente un gran escritor, pero no hay que olvidar que es un testimonio veraz de una historia terriblemente real.

Podría dejarles aquí un trocito de Todos marcharon a la guerra, un pequeño fragmento, un simple párrafo, pero prefiero dejarles uno de sus poemas, por si a través de él, logro convencerles mejor de que se acerquen a esta parte de la historia que nadie más les podrá contar.

Ciudades de mi juventud.
Ahora a todas ya las he olvidado
y a ti en alguna de ellas.

En un charco, descalza,
aún bailas chapoteando frente a mí
y mira – de seguro estás muerta.

Cómo ansié escapar
de mi lejana infancia
hasta esta blanca mansión de la vejez,
tan grande y tan vacía.

Nunca regresaré
al punto de partida.
Jamás volveré a verte
ni a aquel que alguna vez fui.

A la distancia,
la senda de los días
continuará alejándose,
de la nada a la nada.

Sin mí.

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La belleza es una herida, de Eka Kurniawan

La belleza es una herida

La belleza es una heridaNo hay nada mejor que preguntar a los muertos para conocer el pasado con pelos y señales, y nadie como las prostitutas para contar una buena historia de amor. Podríamos escribirlo a la puerta de las iglesias y enfrente de los colegios, y al lado añadir que la belleza es una herida, y que cada uno interprete si gusta o duele o si quizá las dos cosas a la vez.
La novela más conocida de Eka Kurniawan, indonesio del 75, ha tardado quince años en llegar traducida al castellano. Nunca es tarde si la dicha es buena, o más vale tarde que nunca. Tan bello como trágico, su relato de casi un siglo de historia de su país, desde que ni siquiera aparecía en los mapas como tal, ha sido comparado con Cien años de soledad y La casa de los espíritus, ha sido trasladado a otra treintena de lenguas y me extrañaría que no terminase siendo una película, porque puede formar parte de cualquier género en la gran pantalla, desde un film bélico a una comedia romántica pasando por una de terror o, cómo no, un thriller.
Por ahora nos conformaremos con este medio millar de páginas que nos acercan una versión asiática del realismo mágico a través de las memorias de Dewi Ayu, una prostituta con cuya vuelta de entre los muertos se inicia la narración, y sus cuatro hijas. Una de ellas, la menor, es el ser más feo de la Creación, pero sus tres hermanastras son las mujeres más hermosas que ha contemplado la antigua ciudad de Halimunda en siglos. Rodeadas de codicia y monstruosidad, hijas ellas mismas del incesto y la violación, su belleza se convierte en el mejor pasaporte al sufrimiento en un lugar en el que todo se consigue con el ultraje. Primero serán los holandeses de la metrópoli, después los japoneses, luego los propios indonesios: de una manera u otra el ciclo de la violencia se verá perpetuado alrededor de Dewi Ayu y su estirpe durante décadas. Solo encontrarán consuelo, ellas y sus parejas, en el amor y en el sexo, pero cuanto más intensamente amen y follen, más dura será la caída cuando todo termine a manos de la siguiente revuelta.
Parte saga familiar, parte relato político, parte cuento de fantasmas, Kurniawan consigue integrar la tradición oral indonesia con el recuento de lo ocurrido en su país en una novela de altos vuelos que entretiene y al mismo tiempo nos enseña algunas cosas. Halimunda es inventada, sí, al igual que Macondo, pero la ocupación japonesa de la ciudad calca el desembarco en Borneo y la matanza de comunistas que termina con mil doscientos cadáveres en la ciudad es el genocidio de Suharto. Porque la Historia, así, con mayúsculas, a veces no sirve para explicar la historia, con minúsculas, y son necesarias novelas como esta para completar el relato. Que los muertos regresen de la tumba y los vivos tengan poderes mágicos y los perros se puedan casar con las mujeres solo sirve para hacer patente un hecho fundamental: lo que se recuerda es lo que se cuenta, y la verdad de hace años está tan lejos de la propia verdad como lo que inventamos para contarla.
Hay que echarle imaginación y hacer un ejercicio de suspensión de la incredulidad para poder disfrutar, bastante, de La belleza es una herida. Tiene humor, en ocasiones cruel, y una notable capacidad de sorprender a la vuelta de cada página. También trae consigo una dosis de violencia capaz de espantar a los más sensibles y, a ratos, puede provocar cierto desconcierto sobre el recorrido por el que quiere llevar al lector. Aquellos que una vez gozaron con García Márquez o Faulkner y se acaban de dar cuenta del tiempo que ha pasado desde la última vez que los leyeron, le sacarán jugo a Kurniawan. También los aventureros de sofá, los historiadores frustrados, los nietos de Marco Polo. Quizá su mayor problema sea que en ocasiones recuerda demasiado a otras obras que ya llegaron para quedarse en nuestro inconsciente colectivo; el tiempo dirá si se acerca a ellas como igual, como su equivalente regional o como poco más que una buena copia.

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