
Hoy vengo con un libro de lo más vintage. No solo por la estética, como podéis comprobar por su portada, sino también por su contenido. Lo cierto es que por mi edad (aún soy lozana y jovial) este libro no me corresponde demasiado, pero sí que me resulta imprescindible. Además, para descubrir a las autoras y sus vidas es muy interesante. Pero, ¿de qué habla el libro, alma cándida? Os estaréis preguntando. Sí, tenéis toda la razón, me pongo a escribir y no me centro. Dejad que os cuente.
Inolvidables es un libro que homenajea a todas esas autoras que formaron parte de la infancia de miles de niños y niñas. Seguro que os suenan Heidi, Mary Poppins, Celia o Pippi Calzaslargas. Los que tenemos una edad (aunque sigamos siendo eternamente jóvenes) hemos crecido con ellas, con sus dibujos, series y libros. La verdad es que recuerdo perfectamente ver la serie de dibujos de Heidi mientras comía y ver a Pippi (aunque no sé por qué, nunca me cayó demasiado bien). Mary Poppins era, sin duda, una de mis películas favoritas y si me la encuentro en algún canal de televisión tengo que verla sí o sí. La nostalgia no me deja pasar de largo. (También me ocurre con Grease y Sonrisas y lágrimas).
¿Y quién no recuerda a la maravillosa Gloria Fuertes? Aún puedo recitar de memoria “El hada acaramelada”. Cómo te quiero, Gloria. Seguro que ya os está entrando la nostalgia, ¿verdad? Para eso es este libro, para recordar y volver, por un rato, a ese maravilloso país que es la infancia. Y además, lo hacemos de la mano de todas esas escritoras que alegraron nuestros días y que, como suele pasar en estos casos, nos resultan totalmente desconocidas. Para ello, Luise Berg-Ehlers ha seleccionado en este libro a algunas de las autoras imprescindibles de nuestra infancia: Astrid Lindgren (Pippi), Louisa May Alcott (Mujercitas), Enyd Bliton (Los cinco), Beatrix Potter o nuestra maravillosa Ana María Matute, entre otras.
Como os decía, conocer sus vidas y la relación tan especial que las une con sus protagonistas es muy interesante. Inolvidables está dividido en cinco partes en las que la autora nos presenta a escritoras de literatura juvenil para público femenino, escritoras de héroes y heroínas, escritoras de aventuras, de mundos fantásticos y libros protagonizados por animales y otros seres fantásticos.
Lo he pasado fenomenal rememorando aquellos tiempos y aprendiendo sobre todas estas autoras que alegraron mi infancia y que casi no conocía. Desde luego que son Inolvidables y también imprescindibles.

Tengo que hablar sobre un concepto levemente nostálgico antes de entrar de lleno en el libro, y es ese en el que, cuando eras un niño y, por ejemplo, subías a un autocar con tus compañeros, si alguien había emitido un gas trasero y bajo y tú eras el primero en decirlo – que no en percatarte – siempre se escuchaba aquello de «quien primero lo huele debajo lo tiene». También estaba la otra de «ha sido quien tenga las manos rojas». Si mirabas estabas perdido. Y mirabas. Pues más o menos sobre esta idea tan poco filosófica – ¿o sí?- discurre la novena publicación de los Nuevos Cuadernos 
Ya os expliqué en la reseña de 
Qué mal lo he pasado con este libro, de verdad. No lo he pasado mal en el sentido de “qué libro más horrible”, qué rollo, que se acabe ya”. Nada de eso. A mí el libro me ha encantado, pero ha sido una lectura larguísima y llena de interrupciones. Y la culpa es mía, o de Brainard, según se mire.
Ha pasado un montón de tiempo desde que reseñé 
Siempre me ha gustado dibujar. De niño lo hacía constantemente. Ahora lo hago de tanto en tanto y en ocasiones lo empleo como método de relajación. Y es que desde que trazo la primera línea sobre el papel, sintiendo como el lápiz deja su impronta en ese pedazo de celulosa virgen, consigo transportarme a ese niño que fui y que dibujaba en los márgenes del libro de matemáticas, del de naturaleza o en el propio pupitre. Sí, fui uno de esos niños que disfrutaba creando monigotes; algunos sin sentido, otros sospechosamente parecidos a los profesores o compañeros de clase. Muchas de esas caricaturas, y porque lo hacía sin malicia alguna y sin ganas de mofarme de nadie, fueron entregadas o vistas por sus modelos. El profesor de artes plásticas, que en una ocasión, y como parte de unos deberes, convertí en un personaje de cómic que intentaba huir de la pareja protagonista de Expediente X, llegó a otorgarme un excelente en su materia. Aunque el mejor premio fueron sus carcajadas. Aquello me hizo ver que en realidad poco importaba si el dibujo era de notable factura o un sencillo esbozo, pues siempre y cuando gozara de cierta personalidad la gente reaccionaria.
Dice Josep Salvia en las últimas páginas de este cómic que en todas las casas hay una caja de galletas llena de recuerdos y que antes de que sea demasiado tarde deberíamos preguntar a nuestros abuelos por ellos. Y me es inevitable sonreír con cierta nostalgia, porque sí, en mi casa había una caja de galletas. Estaba repleta de postales, fotos en blanco y negro de personas que no había visto nunca, cartas escritas en braille por mi tío ciego y hasta un retrato roto de Elvis Presley, de cuando mi madre era adolescente. Y yo abría esa caja una y otra vez, y preguntaba a 
Cuando me aventuré a leer De polvo eres y en polvo te convertirás, yo no sabía quién era Enrique Herreros, su autor, más allá de que era un soltero de noventa años que en este libro rememoraba a las cuatro mujeres que habían dejado mayor huella a lo largo de su larga vida. Eso y que había trabajado en el mundillo cinematográfico, codeándose con artistas de la época, como Sara Montiel y Carmen Sevilla, y participando en la promoción de películas oscarizadas como Volver a empezar y Belle Époque. Todo ello me hizo pensar que Enrique Herreros tendría una de esas vidas que merecen ser leídas y allá que fui a averiguarlo.
Igual es un poco exagerado lo que voy a decir, pero tengo la impresión de que hoy en día, en algunos ambientes, queda feo reconocer que a uno le gusta el fútbol. Incluso en conversaciones coloquiales los seguidores de este deporte tenemos que andar a la defensiva, anteponiendo a nuestros comentarios expresiones exculpatorias como “me gusta, pero no soy forofo” o “sé que no me va la vida en ello, pero…”. Y es que es difícil defender desde la razón el interés que los futboleros prestamos a aspectos tan banales como el número de tarjetas amarillas que saca de media un árbitro de la liga portuguesa, el enfado que nos provoca no haber podido fichar al jugador que queríamos en el Comunio o las horas muertas que pasamos delante de un videojuego que nos permite ser los directores deportivos, o directamente, los futbolistas de nuestro equipo favorito.



