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De oficio, Lector. Respuestas a Pierre Nora, de Bernard Pivot

De oficio, Lector. Respuestas a Pierre Nora

De oficio, Lector. Respuestas a Pierre NoraEste verano he estado reorganizando mis libros. Hacía siglos que no lo hacía y ya casi no sabía qué había comprado, dónde, o quién me lo había recomendado. Los libros, además de amontonados en las estanterías, estaban tirados por el suelo o en columnas retorcidas y mal cimentadas (“Los libros son unos invasores implacables. Como quien no quiere la cosa, haciendo gala de una paciencia infinita y en número siempre creciente, se adueñan del lugar.” Bernard Pivot, De oficio, Lector).

Después de organizar la ficción alfabéticamente, la no-ficción por temática y de dejar los huecos apropiados en cada balda para los que estén por llegar (esto es muy importante, por ejemplo, las baldas que tienen los autores que empiezan por la letra G y por la letra M hay que dejarlas bien aireadas, o rápidamente el suelo empieza a llenarse de libros otra vez), mi biblioteca ha quedado ordenada y funcional. Y al poner orden no solo he acabado con el caos de mi habitación, sino que además me he dado cuenta de dos cosas muy importantes.

La primera es que mi biblioteca no me refleja. Está llena de libros que no he leído aún o de libros que he leído y me han gustado moderadamente, digamos libros tibios. Y este carácter casi aséptico de lo que pensaba que sería mi mejor patrimonio, creo que tiene que ver con que tengo unas costumbres post-lecturas impulsivas y quizás, un poco exageradas: Me deshago de los libros que no me han gustado nada y también de los que me han gustado mucho. Hasta hace muy poco, los libros-afrenta iban a parar, sin dolor, a la primera papelera que veía, me sentía perfectamente legitimada haciendo desaparecer libros malísimos. Tampoco se me ocurría pasárselos a nadie, ya que me parecía de mal gusto regalar algo que yo despreciaba. Últimamente soy un poco más sabia y entiendo que no sirvo como rasero universal y que los libros que no me gustan no son necesariamente malos y les pueden gustar a otras personas, a veces incluso muy afines a mí (“Entre los autores y los lectores se establecen relaciones que van más allá de la afinidad: complicidades, ansias voraces…” Bernard Pivot, De oficio, Lector). Así que ahora, a los libros que en mi opinión son horrorosos, les doy una segunda vida en bibliotecas o en casas de amigos. No los destruyo, pero no los mantengo.

Y los libros que me han gustado mucho, mis libros-fetiche, tampoco. En este caso es porque los presto o los regalo a amigos, con el fin de extender la buena noticia. Y como todos sabemos, muchos de los libros prestados nunca vuelven y los regalados no me acuerdo de sustituirlos. Como resultado, me estoy quedando con una biblioteca que no tengo muy claro que me defina. “Mi biblioteca se basa, probablemente igual que la suya, en el doble registro: “lo he leído y me ha gustado – lo releeré”, “me ha enseñado – lo necesitaré”, “lo he anotado y subrayado – aprovecharé el trabajo hecho”. Nostalgia y promesas. Placer y eficacia”, Bernard Pivot, De oficio, Lector. No Sr. Pivot, la mía no. La mía está llena de insipideces y de dudas.

La segunda sorpresa que me he llevado al poner orden, ha sido darme cuenta de cuantos libros tengo sobre literatura: crítica literaria, editoriales, librerías, el proceso de escribir o selecciones de lecturas hechas por escritores. Es decir, me he dado cuenta que cada vez me interesa más leer sobre leer. Y creo que esto es compartido por muchos lectores compulsivos.

De oficio, Lector recoge las respuestas que escribe Bernard Pivot, presentador televisivo francés del programa literario “Apostrophes” a las preguntas de Pierre Nora, un editor de alta cuna. A mí no me gusta juntar las palabras “libros” y “televisión” (si no va acompañada de “series de”) en la misma frase. Pero hice muy bien en fiarme del título (muy atractivo para los de nuestra especie) y de la elegancia y el buen criterio de la Editorial Trama, porque De oficio, Lector, es un libro brillante y muy entretenido, con el que he disfrutado mucho.

Bernard Pivot es un personaje muy carismático que lideró el ambiente literario televisivo francés durante más de quince años y que, por medio de sus entrevistas a grandes autores (Marguerite Yourcenar, Nabokov, Bukowski, Albert Cohen, Le Clézio, John Le Carré…) consiguió que un programa de contenido literario, fuera el más visto en su franja horaria. Consecuentemente, “Apostrophes” fue un gran promotor de la lectura. Era muy frecuente que los libros que salían en su programa se convirtieran en superventas. Democratizó la lectura, motivó e incentivó al público general, recordándoles el valor de la lectura. Algo que nunca ha sido fácil hacer. El éxito no se debía a la estructura del programa ni a cómo estaba producido, ya que existían otros programas literarios similares que no tuvieron tanto tirón. El éxito se debía, sobre todo, a la figura de Bernard Pivot que, aparte de ser una persona mediática que dominaba el medio televisivo, era un monje de la lectura. De oficio, Lector, se emitía los viernes. Y Bernard Pivot ese día no leía, pero todos los demás días, fines de semana incluidos, leía entre 5 y 15 horas al día. Un lector concienzudo y muy profesional que casi cada día leía, tomaba notas y preparaba las preguntas que haría el viernes a sus invitados. Si no le gustaba el libro, el autor se encontraría con preguntas difíciles y momentos tensos. Y si le gustaba mucho, le piropearía sin pudor. Tenía fama de incorruptible, de no casarse con autores o editoriales y de no utilizar su fama para hacer dinero con otro tipo de publicidad. Se caracterizaba por tener un estilo directo y sencillo sin alardes académicos (es muy interesante ver cómo la academia francesa, a pesar de que siempre sintió curiosidad por él, lo veía demasiado popular). Utilizaba un enfoque periodístico y personal que, según él, nada tenía que ver con la crítica literaria “Ser crítico literario implica tener una memoria considerable para los libros, una cultura todoterreno, el espíritu de un descubridor, una capacidad analítica sobresaliente y verdadero talento para escribir”. Aquí no puedo estar de acuerdo con él: sí tiene talento para escribir, sí tiene espíritu descubridor y sí que analiza cuidadosamente tanto los libros que leía como lo que significaron esos años de trabajo. Es muy interesante curiosear sobre cómo leía, qué son los libros para él, cómo los seleccionaba o cómo enfrentaba lo leído con la realidad. Y es admirable su visión sobre la responsabilidad de la televisión en la promoción de la lectura y su análisis sobre los mecanismos de producción que utilizó y que tan bien funcionaron.
Consiguió democratizar la literatura sin banalizarla. Nada fácil. Y lo logró porque era un apasionado de la literatura, un gran profesional de la comunicación y además estaba plenamente comprometido con su misión. “Apostrophes” con Bernad Pivot es la prueba de que se pueden hacer programas literarios serios y entretenidos en televisión.

Una maravilla de libro. Me temo que, en breve, va a desaparecer de mi librería.

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Viaje por el Antiguo Egipto, de Jean-Claude Golvin y Aude Gros de Beler

Viaje por el antiguo Egipto

Viaje por el antiguo EgiptoLos títulos que nos invitan a viajar al pasado suelen ser un poco engañosos. Así, esos viajes al mundo de los dinosaurios, la antigua Roma o la Edad Media, deberían titularse, más apropiadamente, Gran colección de datos sobre los dinosaurios (la Antigua Roma, etc.). Es cierto, “colección de datos” no suena demasiado atractivo, pero es que, después de leer el libro que hoy os traigo, no acepto que nadie utilice la palabra viaje en vano.

Los aficionados a la Historia saben que el conocimiento del Antiguo Egipto presenta dificultades mayores que las de, por ejemplo, la Roma clásica. Ésta, en efecto, tiene la ventaja de que sus protagonistas, aquellos emperadores tan bien retratados por los clásicos, nos resultan muy cercanos y familiares, lo cual hace que la presentación cronológica de sus vidas y milagros sea mucho más sencilla. Pero, ¿cómo acercarse a una historia que cubre casi cuatro milenios, más de treinta dinastías, y una superficie de millones de kilómetros cuadrados?

Muy sencillo: en un viaje a través del Nilo.

Puesto que Egipto es el Nilo y el Nilo es Egipto, qué mejor forma de conocer el país que dejarse llevar por el río y dejar las cuestiones dinásticas o cronológicas calladitas en un recuadro bien visible. Así, nuestro periplo no comienza en el monumento más antiguo, sino en el primero que se presenta a nuestra vista desde la cubierta del barco: Abu Simbel, con sus cuatro colosos que nos contemplan desde la orilla. Desde Abu Simbel continuaremos bajando plácidamente el mítico río, dando saltos adelante y atrás en el tiempo, hasta llegar a la legendaria Alejandría.

En el barco disfrutamos de un exquisito bufet libre, del mismo modo que Viaje por el Antiguo Egipto nos permite picotear de este plato o del otro, todos presentados de forma clara, bien organizada y apetitosa. Esta mañana decidimos conocer mejor a las deidades egipcias, mientras que por la tarde quizá nos apetezca vivir la historia del pillaje de las tumbas reales. Siguiendo en todo momento el punto rojo que nos indica a qué altura del Nilo nos encontramos, mañana romperemos algunos mitos relativos a Tutankamón, luego tendremos unas horas libres para recorrer con la vista las impresionantes, por no decir alucinantes, ilustraciones de Jean-Claude Golvin, y, por la tarde, algún plato fuerte como el complejo de Guiza, donde escucharemos a Heródoto, Diodoro de Sicilia o Plinio el Viejo ilustrarnos sobre la construcción de las pirámides.

Quizá en algún momento no sepamos si vale la pena visitar tal o cual monumento. En ese caso, nada más fácil que recurrir a la breve guía que tenemos al final del libro, donde encontraremos una pequeña ficha técnica del lugar en cuestión, y un comentario tan sencillo y práctico como “de vista obligada”, “para aficionados”, “para aficionados bien informados” o “para especialistas”. Antes de leer este libro yo no llegaba ni a aficionado. Ahora he pasado de mero curioso a apasionado.

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Sentimentalismo tóxico, de Theodore Dalrymple

Sentimentalismo tóxico

Sentimentalismo tóxicoVoy a empezar con una confesión: hace días que terminé este libro y no sabía cómo enfocar la reseña. Normalmente acabo uno y al momento me pongo a escribir, con todas las emociones a flor de piel. Pero, en este caso, llevo dándole vueltas varios días y nada, no había manera. Se trata de un ensayo que hace una crítica profunda a la sociedad; sobre todo a la inglesa. Tanta crítica ha hecho que terminara el libro con rabia e impotencia. Muchas sensaciones y sentimientos se agolparon en mi cabeza y, al intentar dejarlas salir, las palabras se me quedaron atascadas, sin vía de escape. Pero ya no podía dejar pasar más el tiempo y tenía que hacer esta reseña sí o sí. Así que, allá vamos.

Tengo que hacer una puntualización antes de meterme en materia: el título original de este libro es How Britain is ruined by its childrens, lo que, traducido al español sería “Cómo Gran Bretaña está arruinada por sus niños”. Este detalle es muy importante, ya que resume a la perfección en qué consiste este libro. Theodore Dalrymple (seudónimo tras el que se esconde el médico inglés Anthony Daniels), abre su obra con las siguientes palabras “Un informe reciente del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia declaraba que entre los veintiún países desarrollados el que peor trataba a los niños era Gran Bretaña”. Con esta afirmación tan contundente, este médico que ha conocido de primera mano las desgracias sucedidas tanto en Europa como en África, abre lo que promete ser un debate muy interesante. ¿Por qué un país tan adelantado como Gran Bretaña no es capaz de proteger uno de sus bienes más preciados? ¿Por qué la violencia contra los niños británicos no ha hecho sino aumentar en los últimos años?

Esta violencia tiene una clara consecuencia: los niños aprenden lo que ven. Si haces que un niño crezca en una esfera de violencia, acabará respondiendo de la misma forma, con crueldad y vehemencia. Theodore Dalrymple nos dice que la mayoría de los padres británicos temen a sus hijos. Pero no solo los padres, también los profesores. Estos confiesan que se sienten coaccionados por sus alumnos y por los padres de estos. Recuerdo que, cuando iba al colegio y un niño sacaba malas notas, el padre normalmente venía corriendo a exigirle al profesor una explicación por esas notas tan bajas. Vi incluso cómo un padre amenazó a uno de los maestros porque su hijo había suspendido un examen y quería que le aprobara. ¿Quizás es sobreprotección? ¿quizás es una manera de compensar el poco tiempo que pasan los padres con los hijos?

De una manera u otra, Theodore Dalrymple culpa al sentimentalismo, al Sentimentalismo tóxico, aquel que hace que perdamos los papeles y que nos dejemos llevar sin pensar en las consecuencias. En su ensayo, analiza también la exaltación pública de las emociones; llega a la conclusión de que si una persona llora en privado, no ha llorado. Tiene que hacerlo en público, para que todo el mundo se sienta conmovido por la situación que está atravesando. Así, dice que el sentimentalismo se convierte en un mal social cuando traspasa la barrera de lo personal, cuando es necesario generar en los demás una reacción a través de nuestros propios sentimientos.

Volviendo al tema de los niños, hoy en día estos poseen todo lo que desean y más. Capricho que tienen, capricho que se les concede. No culpo a los padres, sino a la sociedad. Nos han enseñado que si no tenemos lo que los demás, no podemos ser felices. Y, como padres, si vemos que nuestros hijos sufren por no tener algo determinado, creemos que estamos en la obligación de dárselo. Esta idea se podría unir a la anterior: a la necesidad de demostrar públicamente nuestros sentimientos. No solo le doy a mi hijo todos los caprichos, sino que quiero que la gente lo vea. Es como el refrán: no solo hay que ser la mujer del César, sino aparentarlo. Pero lo cierto es que la obligación es otra bien distinta: no hay que concederles todos esos deseos vacíos, sino enseñar a los niños a amar lo que tienen y a ver el valor de las cosas inmateriales.

Estas son unas cuantas ideas que se me han pasado por la cabeza mientras leía el libro. No quería hacer una reseña de dos mil palabras, pero realmente podría hacer un tratado filosófico que analizara cada uno de los sentimientos que provoca este libro. No sé, quizá algún día lo haga. Entre tanto, os recomiendo su lectura; no solo a los padres que tengan hijos a los que dan algún que otro capricho de más, sino a todas aquellas personas que se pregunten qué estamos haciendo mal en esta sociedad.

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Las rosas de piedra, de Julio Llamazares

Las rosas de piedra

Las rosas de piedra

Siempre he creído, supongo que por ser costumbre o ser lo tradicional, que los libros de viajes cuentan un recorrido por una zona, una ciudad, una costa o cualquier sitio apartado y admirable; pero este libro no hace exactamente eso, sino que te lleva de visita a unas edificaciones concretas, sin desvío ni lugar a la duda: las Catedrales de España, entendidas, tal como dice en el preámbulo el autor, como el lugar en el que tiene la cátedra el obispo. Este libro, primera parte de un proyecto más grande, recorre, más o menos, la parte norte de España si esta se partiera por dos. Es decir, visita las catedrales de Galicia, Castilla-León, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. “Las rosas de piedra” es un itinerario hecho en varias fases y años, y que cumplimenta un protocolo, casi un rito concreto, en cada una de las ciudades y templos a los que visita, admira o critica. Dicho protocolo empieza cuando llega a la ciudad, allí encuadra el templo en su contexto, admirándolo y describiéndolo desde fuera, hasta que penetra en su interior, momento en el que busca un guía personal o literario, según casos y necesidades, que le muestra la parroquia y sus sitios conocidos o escondidos, o sus historias reales o legendarias; al mediodía sale a comer, y vuelve a la tarde para acabar el recorrido y, en la mayoría de los casos, admirar el museo diocesano. Pautas que van repitiéndose en todos los lugares visitados mostrando, casi, un inventario y un cuadro exacto de cada lugar.

Las rosas de piedra” son un recorrido por lo material, por lo sólido, pero también una mirada y un guiño a  lo humano; a las personas agradables, antipáticas, respondonas, simpáticas, tímidas, escurridizas, cansadas…que encuentra en cada lugar. No todas ellas trabajadores o rectores de esos lugares de culto, sino que también aparecen una multitud de variados personajes, a veces principales, a veces secundarios, que se mueven en esas ciudades y en aquellos años: taberneros, pordioseros, drogadictos, libreros, albañiles, turistas, amigos del autor o puros transeúntes. Todos partes del paisaje del jardín donde se encuentran esas rosas de piedra de las que habla Julio Llamazares.

No todas las catedrales son del gusto del viajero que habla desde las páginas del libro: hay algunas olvidadas, otras vulgarmente nuevas, otras mal cuidadas, otras con residentes mal encarados; pero , así y todo, en casi todas encuentra , o le descubren, un vestigio, o multitud de ellos, de lo que iba buscando: sitios exactos en los que aparezcan esos aires y esas piedras, esas alturas y bellezas que concibieron hace siglos aquellas personas para las que construir era un arte que debía durar para siempre. Artistas que imaginaban y construían no solo los edificios, sino también sus altares, las capillas,  los retablos, las vidrieras o las simples esculturas, como partes de un mundo superior; destinados, por ello, a honrar, amar y también a enseñar al pueblo, los dictados de la fe. Julio Llamazares, hace revista de todo lo que ve, de modo que habla de autores, estilos, años, materiales o restauraciones; pero también enseña su opinión personal, demuestra la pasión y el gusto por las cosas bien hechas, por los retablos hermosos, por los edificios grandiosos, o por las estatuas, tumbas o capillas, que despiertan algo más que curiosidad en su mente.

Este visitar, enseñar y hablar sobre catedrales es también un recorrido por la juventud del lector, la mía, que enseña o, más bien, recuerda  los nombres de los elementos arquitectónicos, estilos, autores o excelencias que se desarrollan en esas Catedrales góticas, románicas o neo-clásicas. Así vuelven a ti, alimentando tu ego y tu recuerdo: aquellas columnas infinitas, arquivoltas, pechinas, arcos de medio punto, rosetones, tímpanos, pórticos o arbotantes; y, también, personajes como Churriguera o el maestro Mateo, Herrera o Berruguete… Partes de un pasado común a casi todos los posibles lectores del libro. Un recorrido por esas obras es un recorrido por un momento concreto de la historia, no ya de España, sino también del mundo; en el que todo se movía al ritmo de la religión. Siendo ahora exponentes, esas obras, de un universo en el que compaginar belleza, utilidad y fe, era lo único posible.

Este viaje muestra un posible y apetecible viaje, no ya solo por lugares de culto y de arte, sino un paseo por el pasado de un pueblo o una ciudad. Pasado, a veces penoso, a veces grandioso, que nos enseña la futilidad del poder de las personas y los pensamientos, pero, también, la permanencia del arte, de lo sólido, de lo palpable. Siempre somos parte de los pasados y, por ello, somos posibles viajeros a los lugares donde nos lo muestran.

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La nueva lucha de clases, de Slavoj Zizek

La nueva lucha de clases

La nueva lucha de clasesEstamos viviendo el resurgir de los panfletos, no cabe duda. Y entiéndase “panfleto” sin una connotación negativa, sino como un tipo de libro corto, explosivo, no tan elaborado, que invita desde el género ensayístico no solo la reflexión sino a la acción. Stéphane Hessel ganó la batalla de las mesas de novedades para ellos en 2011 con ¡Indignaos!, y después de aquello los principales pensadores contemporáneos (y las editoriales) se han lanzado con mayor o menor suerte a estas digresiones mínimas, siempre livianas en cuanto a páginas pero normalmente muy cargadas de contenido.

Uno de los últimos panfletos, o de los más llamativos entre los más recientes, es La nueva lucha de clases, de Slavoj Zizek, filósofo y sociólogo esloveno. Con el subtítulo de “Los refugiados y el terror”, Zizek aborda desde un pensamiento de izquierda bastante crítico la actual crisis de los refugiados. O más bien la toma como referencia, porque rápidamente uno entiende que los refugiados le sirven a Zizek más bien como excusa para tratar temas variados: la crisis de legitimidad europea, el avance descontrolado de las corporaciones frente a los estados, la violencia fundamentalista o incluso el peligro ecológico. Y quizá por encima de todos ellos, dos. La “nueva lucha de clases” entre los incluidos y los excluidos en el capitalismo, y la construcción en este entorno de un pensamiento de izquierda desacomplejado y firme, libre de sus tabúes actuales.

La nueva lucha de clases invita a discutir con Zizek, en algo que me parece uno de los mayores logros del libro. Por ejemplo, cuando habla de las actuaciones que se pueden llevar a cabo ante la crisis de los refugiados (ante la inmigración en general), el autor critica fuertemente la izquierda “buenista” y utópica. Argumenta que, sin caer en la soberbia, debemos ser capaces de mostrar una respuesta unificada que no es, precisamente, abrir las fronteras por completo.

Alto ahí, ¿no lo es?

No, dice Zizek, y arremete contra los que lo piensan. Y uno se siente aludido, claro. Momentos como ese hay varios en el transcurso de las páginas. Al lector mínimamente interesado le entrarán entonces ganas de echarse al filósofo a la cara y debatir con él. Eso sí, que se abstengan los que buscan una refriega de barra del bar, porque el nivel está donde está y para meterse con este barbudo centroeuropeo hace falta estar a su altura, como se va comprobando cuando se avanza en la lectura.

En resumen, La nueva lucha de clases es un grito, alto y claro. Se lee en un suspiro y me parece un buen punto de entrada a los principales temas mencionados más arriba, sobre los que además recomienda otras lecturas de mayor peso con las que se poder completar un pensamiento crítico. Tendencioso, sí, pero el propio Zizek no lo esconde en ningún momento. Una obra crítica, ácida, pero constructiva, rica en matices. Rápida y concisa, el autor no pierde el tiempo y salta de uno a otro de los temas principales sin solución de continuidad, sin previo aviso al lector. Pierde un poco de profundidad con ello, es cierto, porque en ocasiones simplemente se limita a rayar la superficie. Pero a cambio ofrece un texto sin relleno, en el que cada argumento está expuesto de manera simple y comprensible, en el que cada párrafo, cada capítulo, es un aguijón que va directo al grano.

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Un gato callejero llamado Bob, de James Bowen

Un gato callejero llamado Bob

Un gato callejero llamado BobTe voy a poner en situación. La situación que me llevó a conocer este libro, Un gato callejero llamado Bob, leerlo, disfrutarlo y, ahora que se ha reeditado en nuevo formato más barato, cómodo y práctico de meter en el bolsillo trasero de los vaqueros, reseñarlo para ti.

Dicha situación nos lleva a hace un par de años. Hacía un frío que pelaba hasta las cejas. Un guitarrista, con los dedos amoratados, interpretaba los acordes de un tema de Johnny Cash. Le saludé, le felicité por la versión que se estaba marcando y seguí mi camino. Entré en una famosa y enorme librería del centro de Madrid. Era una mañana entre diario, porque en fin de semana ni loco me mezclo ahí con la ingente masa de público que abarrota las varias plantas del local. Entré buscando refugio del frío que hacía en las calles del centro y porque siempre perderme entre libros me ayuda a tomarme las cosas cotidianas que me esperan el resto del día con mejor humor. A veces pueden llegar a cabrearme cuando veo los exagerados precios de muchos libros, pero este es otro cantar. Vamos al lío. No buscaba ningún libro en concreto. Es más, iba con la idea de buscar sorprenderme porque ya tenía otros libros pendientes esperando en casa, así que me decanté por ir a las secciones que suelo siempre visitar. Nada nuevo o interesante en el frente. Me fui hacia narrativa anglosajona y de no ficción, bueno, como no buscaba nada en particular, cogía y leía sinopsis de las últimas novedades que, en un acto de atraer la atención del cliente, los libreros ponen con sus portadas a la vista. Como el grafismo de portadas, en muchos casos, deja mucho que desear, paseaba la mirada de un lado a otro sin que nada me motivara. Hasta…

Ahí estaba. Ese gato gordo y naranja de mofletes aún más gordos. ¿Cómo resistirse un amante de los gatetes a semejante fotografía? Vale que no tiene nada de creativo, es más la portada para muchos no pasa de ser la tierna imagen de un gato redondo graciosa sin más. A mí me encantó. Y leí la sinopsis:

James Bowen era un músico callejero que mal vivía en las calles y en apartamentos de Londres arrastrando un doloroso y problemático pasado. Una noche escuchó los maullidos lastimeros de un gato herido en el descansillo de su piso. En su situación, lo último que podía permitirse era aceptar la responsabilidad de cuidar del gato pero su noble espíritu decidió hacerlo. Le llamó Bob. No por Dylan sino por un personaje de Twin Peaks que le gustaba mucho. Lo que no esperaba James era que haber conocido a ese gato iba a salvar su vida y ambos, entre aventuras, situaciones cómicas y, en ocasiones, peligrosas por las calles londinenses, iban a sanar sus propias heridas que arrastraban del pasado y les iba a dar a los dos una segunda oportunidad.

Esta es la premisa de la historia real que narra en primera persona el propio James Bowen, el cómo un día un gato que venía herido y al que creyó darle una segunda oportunidad, en realidad era el gato quien se la estaba dando a él.

A la portada le acompaña un divertido sello con forma de huella de gato donde cita: Nº 1 Catseller. Un juego de palabras por el rotundo éxito del libro que fue un auténtico super ventas en Reino Unido y después en el resto del mundo. De esos libros que suele recomendar Oprah Winfrey en su programa de la tele y al día siguiente agota existencias en los estantes de las librerías. Yo desconocía este dato pero aun sabiéndolo, no hubiera hecho que recelara de él. El argumento me llamaba la atención. Yo soy músico, tengo gato, siempre he querido salir a tocar por las calles y la dulzura y sensibilidad que muestra James Bowen durante todas las páginas, con una narrativa sencilla, sin grandes pretensiones literarias, puro sentimiento, me conmovió y creó una simpatía hacia él que ha hecho que, a día de hoy, esté deseando viajar a Londres y conocerle en persona junto a su gato. Porque James todavía sigue saliendo a la calle a tocar con su guitarra y lleva a Bob consigo, subido a su hombro como hiciera desde el primer día que le conoció.

La emotiva e inspiradora historia de esta amable pareja que si tienes un mínimo de sensibilidad, seguro llegará a tu corazón, va a tener su adaptación en cine que se estrenará el próximo mes de octubre. El propio Bob, un auténtico Humphrey Bogart de la interpretación en versión gatuna, ha participado en algunas escenas de la grabación. Como suele ocurrir con las adaptaciones, a veces quedan muy por debajo de las sensaciones que te llegan a transmitir los libros, así que yo te recomiendo darle antes una lectura a Un gato callejero llamado Bob, dejar que el propio James Bowen te cuente a través de las canciones de Johnny Cash o Nirvana padeciendo el intenso frío de las calles de Londres, cómo era su vida y cómo fue aquel preciso instante en el que Bob entró en su casa para regalarle una vida nueva, la que ambos necesitaban. A propósito, al músico que encontré tocando en la puerta de la librería, aún le estoy buscando por Madrid para regalarle el libro.

 

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Cómo explicarte el mundo, Cris, de Andrés Aberasturi

Cómo explicarte el mundo, Cris

Cómo explicarte el mundo, CrisÚltimamente llevo un par de lecturas bastantes crudas. Diferentes, de temáticas que no tienen nada que ver entre sí, pero muy duras, realistas y crueles. Y sin embargo, entre tanto dolor, las dos lecturas me han enseñado algo, han roto mis esquemas aportándome otra visión y me han hecho reflexionar y sentirme tremendamente agradecida. Curioso todo lo que puede hacer un libro por nosotros.

De una de ellas os hablé hace poco. Se trata de la maravillosa novela Tu amor es infinito. Hoy reseño Cómo explicarte el mundo, Cris y vuelvo a sentir el corazón en un puño. El libro me ha llegado por casualidad, no es un libro que yo haya elegido. En realidad es una casualidad estupenda porque viene de mi madre. Llevaba tiempo detrás del libro y al pasar por una librería lo vi y decidí regalárselo. Al acabarlo, tan sólo dos días después, me dijo: tienes que leerlo, te va a gustar. Y a las madres hay que hacerles caso. También cuando nos dicen que nos pongamos la rebequita cuando refresca, sobre todo entonces.

Andrés Aberasturi, el autor de este libro es un personaje bastante conocido. (Suena fatal eso de “personaje”, ¿verdad?). Voy a rectificar: Andrés Aberasturi es un gran periodista, que ha trabajado en todos los medios de comunicación y que, además, es autor de varios libros de ensayos y de poemas. (En este libro aparecen algunos de sus poemas, por cierto). Todo un maestro de las palabras.

No es que yo haya leído muchos de sus libros, pero me atrevo a decir que Cómo explicarte el mundo, Cris, es el más personal de todos ellos. ¿Por qué? Pues porque este libro es Aberasturi sin máscaras, sin ficciones, todo cruda y pura realidad. Y a la vez hermosa, tremendamente hermosa, realidad.

Explicar el mundo a alguien no debe ser tarea fácil. Yo no sé si me atrevería, pero Aberasturi es valiente. Primero porque trata de explicarle el mundo a su hijo Cris y segundo porque el mundo en el que su hijo vivo es el mismo, pero no se parece en absoluto. Cris es un joven de treinta y seis años que tiene parálisis cerebral, que vive confinado a su silla de ruedas, a su cama, a los contantes cuidados y visitas a los hospitales. Un joven que no puede hablar, que con sus brazos busca a sus padres de igual forma que en ocasiones los rechaza. Evidentemente, su mundo es otro. Uno incomprensible para su padre, que trata de explicarle este extraño mundo sin comprender muy bien aquel en el que su hijo vive.

Temas tan difíciles de explicar como la vejez, la muerte, el miedo, el dolor, Dios y el amor se entrelazan en este libro con los recuerdos, el paso de las estaciones, las moscas, y sobre todo la risa y los expresivos ojos de Cris. Todos estos temas se tratan con la desnudez y la calidez con la que Aberasturi dota a esta suerte de diario o de correspondencia para alguien, su hijo, que no podrá leerle jamás.

Se trata de un libro realmente emotivo y muy humano, tan humano como las sensaciones que el propio Aberasturi siente en relación a su hijo. Todos esos “y si”, ojalá que”, “como si”; todos esos interrogantes y esas dudas que corren por sus venas. “¿Me oirá?”, “¿Algún día podrá decirme una palabra?”.

Y lo peor de todo es que no se puede hablar de justicia, porque en estos casos no existe la justicia. No hay ni siquiera un Dios al que preguntarle por qué. No hay razones más allá de las que pueda aportar la ciencia. Y es una verdadera putada. Pero es también esperanzador cómo Aberasturi habla a su hijo, cómo a pesar del dolor y el sufrimiento es el amor el sentimiento que prevalece. Porque el amor está presente en cada una de sus palabras, en cada línea de este libro. Claro que es el amor lo que mueve el mundo, ese mundo que es tan nuestro como de todas esas personas que sienten como Cris.

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Colortronic, de Varios Autores

colortronic

colortronicSiempre he sido un poco detractor de ciertas modas que, a mí, me parecen una pérdida de tiempo. Creo necesario empezar con esta frase para que aquel que lea la reseña pueda entender el cambio de registro que, a veces, los libros nos pueden llegar a hacer evidente. Hace unos años, la moda de los libros para colorear empezó a inundar las librerías y no fueron pocos los que se encontraron, de la noche a la mañana, con baldas e incluso secciones enteras de aquellos libros donde este tipo de publicaciones ocupaban un puesto de honor. De esa moda nació, en cierta forma, mi reticencia a este tipo de libros que no dejan de apelar a un espíritu nostálgico para todos aquellos que, como yo, ya llevábamos tiempo, y desde bien pequeños, coloreando libros por el simple hecho de divertirnos. Después llegó la terapia a través del color y ya todo cambió. Colortronic, como nueva publicación de este tipo de libros, es muy posible que no guarde en su interior un espíritu novedoso ni un concepto completamente diferente a lo que ya estamos acostumbrados, pero lo que sí nos propone es obtener unos resultados cuanto menos curiosos. Ya he dicho al principio de esta introducción que yo, las modas que intentan meterme por los ojos todo lo posible su compra tienden a caer en saco roto conmigo, pero resulta que la creación de Shannon Kirk ha conseguido que me siente, que pinte, que coloree y que, en definitiva, contemple el tiempo desde otra perspectiva y, si se me permite la licencia, desde otro tipo de arte. Ahora entenderéis por qué.

Lo primero, no hay que llevarse a engaño. Este es un libro para colorear. Todo aquel que piense que sólo podemos centrarnos en la literatura o el ensayo, tendría que replantearse desde el principio cuáles son los tipos de libros que pueden gustar al público y, además, estaría incurriendo en el mismo error que cometí yo hace no mucho: prejuzgar antes de comprobar. Esta publicación nos trae una serie de dibujos que, a través de una serie numérica, podremos ir coloreando. Hasta aquí, es muy posible que creáis que no hay nada nuevo, porque al fin y al cabo el color unido a un número determinado es más viejo que el catarro. Pero si algo, por pequeño que esto sea, demuestra Colortronic es su capacidad para crear escenas bastante psicodélicas y llenas de un colorido que yo pocas veces he visto en un libro de este tipo. Todo aquello que he podido acercar a mis ojos parecía más cercano a propagar una gama de colores bastante neutra y aquí es todo lo contrario. ¿Que no deja mucho a la imaginación la propuesta? Es muy posible que alguien pueda verlo así pero, yo haría otra pregunta: ¿no somos acaso nosotros, no ya lectores, sino autores de este libro, los que debemos poner el elemento imaginativo en aquello que estamos construyendo? Otro punto a favor, por tanto, el de convertir a quien sostiene sus páginas en una parte activa de todo este proceso que tantas ventas reporta a lo largo del año.

Lo segundo, y no menos importante que lo primero, es el tiempo. No el que tardemos en colorear aquello que se nos propone, que también, sino que la gestión del tiempo varía con este tipo de publicaciones y ahí, creo, radica su relevancia. En un mundo tan caótico y lleno de la inmediatez que acaba por ahogarnos, Colortronic lo que nos propone es trabajar por y para nosotros mismos, estirando los minutos, alargando las horas y, además, convirtiéndonos en los autores de una nueva creación. Consigue lo que para mí había sido impensable hace unos meses: que abandone por un instante lo que la realidad me ofrece para centrarme en lo que yo puedo ofrecer a través de sus láminas. Y no es que lo diga en un sentido metafísico del término sino que crear, al fin y al cabo, no deja de ser una experiencia que puede hacerte entender muchas cosas. ¿Qué importancia tiene que nuestro tiempo lo dediquemos a colorear lo que se nos propone? Si con eso pasamos un buen rato yo, desde luego, compro.

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El río del olvido, de Julio Llamazares

El río del olvido

El río del olvido“No debes volver a un sitio donde fuiste feliz” te aconseja la aturdida experiencia. ¿Y si volvemos? Pues os aseguro que la nostalgia nos presentará batalla e intentará que busquemos recobrar los sonidos, las imágenes, los pequeños fantasmas, las grandes sonrisas, las luces o los olores que allí se quedaron. Pero, si obviamos el atajo normal, hay otra manera de regresar esquivando la añoranza: retornar a esos lugares y volverlos a conocer de otra manera, con gente desconocida, palpando de nuevo sus tierras, auscultando su corazón, reconociendo sus insólitos latidos, entendiéndolos otra vez. “El río del olvido” es la narración de un viaje por las tierras que recorre el río Curueña, allí donde están los senderos y paisajes del pasado, los lugares donde Julio Llamazares vivió durante su infancia. Su manera de circunvalar esa nostalgia es pasear por aquellas tierras de León caminando por senderos vacíos, visitando pueblos, crestas, caseríos mínimos o ruinas abandonadas; es hablar con gente que no conoce; es aventurarse en casas ajenas durmiendo en pajares o negocios ruinosos o visitar bares únicos; y así conseguir ver de nuevo, desde otro punto de vista, su pasado y, de este modo, reinventar sus nuevas leyendas o descubrir lo que no sabía de esos lugares. Pero, al final, recorrer durante seis jornadas aquellas montañas y valles le va a resultar distinto a lo que pensaba, porque se notará un extraño para las gentes que por esos lugares viven y, en contraste, va a caminar por sitios conocidos. Así descubrirá esa rara sensación de ser un casi desconocido en el balcón de su propia casa.

El viaje que cuenta el libro sucedió durante un verano de 1981. Y es más que probable que lugares  de los que detalla que estaban despoblados o casi abandonados, hoy hayan recuperado su población, su latido de vida; es probable que las casas que se caían, o que parecían caerse, ahora renazcan inhiestas; es posible que allí donde solo se oían voces ancianas, ahora se oigan las risas de los niños; es posible que haya nuevas carreteras y las viejas estén invadidas de maleza. Y es eso lo que hace rico el relato, lo que da valor a este diario de la travesía por un mundo y un tiempo que ya no serán efímeros. Lugares y días en los que Julio Llamazares, a veces, intuye tristeza o abandono, pero, sobre todo, ve a gente que importa, gente orgullosa y dura a la vez. La mayoría, sin duda, ya muertos, pero que, como los viejos caminos ya abandonados, como, seguro, alguna taberna de aquellos lares, como los bosques ya talados, las casas derruidas y los sonidos perdidos del día y de la noche; no estarán solo en el recuerdo de los que los sintieron o los vieron, sino también se podrán escuchar, incluso ahora, en el viento y observar en el reflejo de las pozas más viejas de aquellas sierras… y en estas hojas, para no volver a ser pasto de la nostalgia.

El río del olvido” es el relato y el diario de un viaje de amor y curiosidad. Curiosidad por conocer y reconocer, y amor a unas tierras y unas gentes que parecen sujetas a las casas y estas a las laderas encrespadas de las montañas. Allí donde el Curueña es el único punto llano, es la cicatriz líquida entre cuestas de hierba, precipicios, árboles y roca.

Y no sabría decir si me gustaría más pasear por aquellos paisajes o vadear el río o mirar las montañas o encontrar un árbol bajo el que dormir en verano o escuchar viejas o recientes historias de las personas que habitan este libro. Lo que sé es que el viajero que me habla desde estas hojas, sabe que cada paso que da, y que describe o documenta, es un parón en el tiempo; sabe que debe escribir, porque así parece parar la historia, sobre aquellos pueblos y valles por donde camina, curiosea y donde parece mimetizarse con sus colores, sus olores, sus habitantes, sus calles…en Valdepiélago, Nocedo, Valdorria, Valverde o La Vecilla; y debe describir las caras, los gestos y las miradas de las personas que allí vio, porque son fotos eternas. Y así, el viajero, conoce que las cosas que se encierran en pequeñas torres de papel son parte de un universo ya común a todos, aunque fueran allá por 1981 en un lugar en el que vivían los que sobrevivieron a una guerra, a la muerte entre paredes y fusiles, los que perduraron en los malos tiempos, pelearon con el frío, con la dureza de la vida; esos que habitaban un lugar tan bello como duro, tan encrespado como avasallador, tan constante como hermosas sus montañas.

Parte el viajero de aquellas montañas y de aquellos valles de León con la mochila vacía de comida, las piernas cansadas y satisfecho de pequeñas aventuras, siendo capaz de escribir con los ojos cerrados sobre el silencio que llena el aire de las empinadas vaguadas, sobre el murmullo de las aguas de los arroyos y los ríos, acerca del sonido de las ovejas y las vacas pastando, acerca de casas con solera y bares sin alcurnia, sobre el flirteo de las nubes con las altas cumbres, y el vahído que puede provocar los cortantes precipicios. El viajero también puede oír, incluso cuando ya está lejos, el ruido de la voces, los vientos, la lluvia cayendo, las piedras rodando, los vasos entrechocando y el de sus propias botas, aún, pisando la hierba seca de verano.

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¿Por qué trabajamos?, de Barry Schwartz

¿Por qué trabajamos?

¿Por qué trabajamos?Algunas veces, cuando la situación es propicia, en mi cuadrilla de amigos tenemos la costumbre de jugar a un juego bastante estúpido. No sé si tiene un nombre oficial, pero solemos llamarlo ‘qué preferirías’ y consiste en lanzar una pregunta con dos posibilidades muy similares, tanto para bien como para mal. Cuento esto porque recuerdo que una noche, en la que ya había una pirámide de latas de cerveza bastante considerable sobre la mesa, hubo una cuestión que nos mantuvo más tiempo de lo habitual discutiendo entre nosotros. Fue algo así como ‘¿Qué preferirías, un trabajo muy bien pagado en el que estás a disgusto o uno que te proporciona lo justo para vivir pero en el que te sientes feliz con lo que haces? Estoy seguro de que no surgió con esas palabras, pero la idea era esa. Y la opción más elegida, casi por unanimidad, fue la segunda.

De ahí que antes de leer este libro ya tenía bastante arraigada la idea de que la mayoría de la gente no sólo aspira a obtener un salario con su trabajo. Por supuesto que es uno de los motivos principales, si no el principal, para que uno decida dejar de cazar Pokémons por la calle y se ponga a hacer otras tareas menos fascinantes, pero me resisto a creer que el común de los mortales no valora otros aspectos de aquello a lo que va a dedicar casi un tercio de su vida. Había escuchado ya varias voces que refrendaban esta opinión, aunque lo cierto es que la argumentación que hace Barry Schwartz en ¿Por qué trabajamos? es, posiblemente, la más sólida y rupturista que he leído hasta la fecha. El psicólogo estadounidense centra sus esfuerzos en señalar y desterrar algunas ideas sobre las que se construyó el sistema capitalista y que, pese a las numerosas evidencias de sus errores, aún no han sido sustituidas. A grandes rasgos, estas son que las personas somos vagas por naturaleza y que el empresario sólo debe preocuparse de facilitarnos un sueldo, ya que éste será el único motivo por el que trabajaremos.

Schwartz rechaza desde un principio estas premisas y enarbola un discurso en el que, pese a incluir algunos conceptos relativamente complejos, emplea un lenguaje asequible y los introduce de un modo muy pedagógico. Especialmente útiles son algunos ejemplos que incluye para clarificar sus ideas, como el de un estudio que recogió testimonios de trabajadores de limpieza de un hospital, y que reveló que estos no se limitaban a cumplir con las funciones que establecía su contrato, sino que las adaptaban para hacer la vida más agradable a los enfermos. Esto hacía a su vez que los trabajadores se sintieran realizados con su trabajo, al sentir que servían a un bien superior.

El autor también desgrana diversas ideas y actitudes durante el texto para mostrar que depende tanto de las empresas como de los propios empleados, y no tanto del trabajo en sí, que el trabajador pueda sentirse satisfecho y comprometido con su labor. Schwartz parte de la base de que un trabajador satisfecho cumple mejor con su función para defender la necesidad de acabar con esos dogmas falsos que nos acompañan desde la Revolución Industrial y que reducen la vida laboral a una cuestión meramente económica.

Este libro está incluido en la colección TED de Empresa Activa. Para los que no hayáis visto nunca un vídeo de TED, se tratan de conferencias de poca extensión en las que una persona transmite una idea que le apasiona especialmente. Schwartz tiene ya unas cuantas charlas TED a sus espaldas, entre ellas una titulada Nuestra concepción del trabajo está torcida, que es la base sobre la que se asienta este ensayo. Recomiendo verla como punto de partida, para saber si se tiene interés en profundizar en el tema. Por mi parte, puedo decir que ¿Por qué trabajamos? ha sido una lectura muy enriquecedora, tanto por las ideas que defiende como, sobre todo, por su enfoque original en torno al mundo laboral y a la propia condición humana.

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El campeón ha vuelto, de J. R. Moehringer

el campeon ha vuelto

el campeon ha vueltoEl periodismo ha muerto. O eso parece en los últimos tiempos. Pocos son los nombres que se asocian a un periodismo serio, riguroso, y alejado de los intereses de los medios de comunicación que los contratan. ¿Libertad? ¿Qué significa? Quizá por eso, sin saber exactamente de lo que trataba este libro, empecé a leer El campeón ha vuelto. Aclararé que de J. R. Moehringer no he leído su anterior libro, el que todo el mundo encumbró a lo más alto, que se llevó tanta buena crítica y que era El bar de las grandes esperanzas. No me interesaba, no hay otra razón. Pero nada más leer el prólogo que aparece en este último libro suyo uno entiende lo que nos quiere decir desde el primer momento y, como alegato en favor del periodismo y sobre la escritura, me parece de alabar. ¿Hubiera sido yo un poco más incisivo? Quizás. Pero es que yo a veces soy muy destructor cuando no debo serlo. En cualquier caso, uno lee esta introducción de lo que está a punto de descubrir en el libro y poco importa que no nos interese el boxeo, poco importa que no conozcamos la historia que hay detrás del mundo del boxeo. Nos anima a leer, a interesarnos, a poner más de un sentido en la lectura y dejar todo lo que estemos haciendo para ponernos manos a la obra. Casi como estoy haciendo yo en esta reseña que, realmente, empieza ahora.

“Todo hombre es un misterio. ¿Cuándo desvelar el misterio de otro hombre y cuándo respetarlo?”. Esto es lo que aparece en la portada de El campeón ha vuelto. Y es que en el reportaje que estamos a punto de descubrir, observaremos que detrás de una de las figuras del boxeo más conocidas puede encontrarse una historia que nadie se hubiera imaginado. Jamás.

Hay lecciones que se aprenden una vez en la vida y hay otras, más duras, que no se aprenden nunca por mucho que lo intentemos. El periodismo, entendido como una profesión respetable, vive sus horas bajas. No lo digo yo, lo dice – aunque no sea con estas palabras – J. R. Moehringer en el prólogo de este libro. Si esa es la base sobre la que se sustenta la idea principal, a mí ya me ha ganado. Porque lo que se lee a continuación en El campeón ha vuelto es una lección sobre todo lo contrario: lo que realmente debe ser el periodismo. Por ponernos en situación: lo que el autor escribe es un reportaje sobre un boxeador legendario que, en esos momentos, vive en la calle como indigente. Lo que en un principio iba a ser una historia que no tenía demasiado importancia, se convierte en algo mucho mayor – que no desvelaré aquí – y que pone al entrevistador en la cuerda floja entre lo que hacer o no hacer. Y es que a veces la realidad supera a la ficción más absoluta. Pero aunque la profesionalidad de J. R. Moehringer en este libro no sea discutible – el libro – reportaje me parece que está muy bien escrito – creo que lo más importante son las reflexiones sobre la escritura y el debate entre lo que el periodismo, la investigación y la profesión en general, puede hacer con las historias. Ahí radica la verdadera importancia de este libro que poco tiene que ver con las novelas, como he leído en alguna que otra crítica por ahí, y sí mucho con el periodismo y con la esencia que se perdió en algún punto del camino.

Boxeo, vidas truncadas, la realidad que golpea, aprendizaje, profesión y honestidad. Son algunos de los elementos que hacen de El campeón ha vuelto una buena lectura que llevarse al gaznate lector. ¿Es el mejor libro sobre periodismo que se ha escrito hasta la fecha? No, no lo creo. ¿Es, sin embargo, un libro que se disfruta? La respuesta, sin condiciones, es un sí rotundo. No sólo por la historia que hay detrás del protagonista de esta historia, sino por el relato que J. R. Moehringer construye a lo largo de toda la narración, convirtiendo al periodista en personaje y evidencia de que escribir, de que el periodismo, de que vivir las historias, no debiera haberse perdido nunca por intereses más allá de la verdad. Lamentablemente, es muy posible que no vivamos más una época dorada como la de aquel tiempo donde todo, absolutamente todo, era posible.

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Dentro del secreto, de José Luís Peixoto

Dentro del secreto

Dentro del secretoCorea del Norte es el país más aislado y militarizado del mundo. Esta es la primera información que se da en la mayoría de libros que hablan sobre ella. Otros tantos la catalogan como la última dictadura estalinista o como un pueblo que vive sometido a una dinastía de lunáticos desde 1948. Independientemente de la verdad que haya en estas afirmaciones, no dejan de ser etiquetas, un resumen simplista de algo mucho más grande que, por más noticias que veamos o libros que leamos, estaremos lejos de entender. Quizá a muchos les baste con unos cuantos titulares para criticarla y rechazarla. Pero otros querrán ver más allá, conocer el día a día de quienes viven en una sociedad tan hermética. Ese es el caso del escritor portugués José Luís Peixoto y de los lectores que se animen a leer su libro Dentro del secreto – Un viaje por Corea del Norte.

Peixoto siempre ha tenido interés por las sociedades cerradas y los sistemas políticos autoritarios, lo cual no significa que los defienda. Esto, que personalmente me parece una obviedad, es una aclaración que él reitera a lo largo del libro, pues siempre habrá quien vea en «intentar comprender» un «querer justificar». En abril de 2012, aprovechando el excepcional viaje Kim Il-sung 100th birthday Ultimate Mega Tour (Ultimate Option), que ofreció una agencia de viajes china, ajena al gobierno coreano, Peixoto pasó dos semanas en Corea del Norte. Durante esos días sin teléfono móvil (se retira a todos los extranjeros que entran en el país, hasta su salida) y en compañía de dos autómatas de perenne sonrisa que hacían las veces de guías turísticos, el escritor visitó los monumentos más emblemáticos y algunas ciudades poco visitadas, en las que nunca antes habían entrado extranjeros. De este modo fue testigo del secretismo y la idiosincrasia de Corea del Norte, y trató de distinguir lo real de la retórica y la parafernalia de la cotidianidad.

Dentro del secreto es un libro de viajes tan peculiar como lo es el país visitado. Peixoto narra, siempre con un toque de ironía, los contratiempos típicos de cualquier viaje, su nerviosismo por sentirse controlado todo el tiempo, las hazañas de los grandes líderes (más propias del realismo mágico sudamericano que de los libros de Historia), las anécdotas sobre las normas norcoreanas que dejan con la boca abierta a cualquier occidental y sus impresiones sobre todo aquello que se va encontrando en el camino. El resultado es un relato valiente, tanto por atreverse a cuestionar la versión oficial que le cuentan como por reconocer que algunas de sus ideas preconcebidas sobre Corea de Norte se desmontan in situ. Es palpable el esfuerzo del autor por evitar que su mirada de turista estuviese guiada por aquello que leyó en los libros, buscando en cada esquina la confirmación de sus conocimientos previos, y aunque la imparcialidad es imposible, tal y como afirma él mismo, es de agradecer una narración tan equilibrada.

El lector puede leer sus líneas con una mirada benevolente o maliciosa, imponiendo sus prejuicios o liberándose de ellos. Si elige la segunda alternativa, es más probable que vea más allá y que comprenda que en este mundo imperfecto nadie conocerá nunca toda la verdad ni tendrá toda la razón. Porque, a miles de kilómetros de aquí, hay gente que cree que vive en la sociedad perfecta, aunque se asimile más a la distopía 1984, creada por George Orwell, pero si nos atrevemos a criticar lo propio, la nuestra tampoco dista mucho de Un mundo feliz, de Aldous Huxley.

Ni una estancia de quince días en suelo norcoreano ni un libro de doscientas cuarenta páginas son suficientes para desentrañar los secretos de Corea del Norte. Tampoco era esa la intención de José Luís Peixoto. Porque si algo ha aprendido de sus viajes por el mundo y de sus acercamientos a sociedades ajenas, es que todos tenemos nuestros propios secretos, como países y como personas, y ni en toda una vida lograremos descubrirlos. Lo que sí está en nuestra mano, y Dentro del secreto, es la voluntad de acabar con los prejuicios y leer entre líneas, para conocer las pequeñas historias que se esconden detrás de los grandes titulares.

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