Soy consciente de que muchas veces voy al contrario del mundo y que lo que a todos gusta, a mí me aborrece. Y, muchas veces, también me suele pasar al contrario y me acaban por gustar cosas que a la inmensa mayoría de la población, no. El vídeo que os traigo hoy es un ejemplo de ello. Desde que leí el libro hasta el día de hoy he leído más críticas negativas que positivas de él y yo no puedo estar más en desacuerdo.
Reino de fieras, escrito por Gin Phillips y editado por Suma es un thriller psicológico, ni más ni menos. Es una historia donde los asesinatos se suceden pero donde la acción es pausada, tanto que en ocasiones puede parecer casi inexistente. Y yo me pregunto: ¿es posible que exista un thriller en el que casi no hay acción?, ¿puede una historia de asesinatos enganchar sin que esa acción sea trepidante? Si me hubiera hecho estas preguntas antes de leerme este libro, no habría sabido muy bien qué responder. Pero la verdad es que, a día de hoy, la respuesta que daría es más que evidente. Por eso me alegro tanto de haberme encontrado con esta novela.
Si quieres saber con más detalle qué pienso de este libro, no te pierdas el último vídeo que hemos subido a nuestro canal, ya sabes que allí siempre eres bienvenido.
Si me llegan a decir hace unos años que hoy estaría aquí, haciendo un vídeo y publicándolo en las redes sociales, donde me pondría a hablar lindeces sobre una novela de Dan Brown… no podría creérmelo. Primero, porque con lo vergonzosa que soy, lo de ponerme delante de la cámara no es que sea mi pasión. Y, lo segundo, porque hasta hace muy poco no me importaba ir diciendo por ahí que los libros de Brown eran una mierda.
Y es que hace unos cuantos años yo intenté leer El código Da Vinci y lo tuve que dejar por imposible. No encontré la manera de que la historia me gustara, ni siquiera la redacción. Lo dejé a medias y todos tan contentos. Pero después llegó Inferno, libro que amé de principio a fin y que me hizo replantearme todo lo que opinaba sobre el autor estadounidense hasta la fecha.
Ahora es el turno de Origen, la nueva novela que publicó a finales del año pasado. Ya os adelanto que no ha superado a la anterior entrega donde Robert Langdon es el protagonista (si algún día lo consigue creo que me volveré loca), pero es una continuación más que digna.
Si quieres saber más detalles sobre lo que pienso acerca de este libro, no te pierdas el vídeo que te traigo hoy.
Una de las claves para escribir un gran libro es tener una buena idea. Si luego el escritor sabe plasmarlo con maestría sobre el papel, el éxito, o al menos el reconocimiento, está casi asegurado. Y no me equivoco si digo que el libro que hoy vengo a reseñaros ha sabido cumplir con esas dos premisas. Alfonso del Río nos vende una historia con una buena idea, de eso no hay dudas. Una antigua foto en un aeródromo alemán durante la Segunda Guerra Mundial sale a la luz cuarenta años después. Y lo más inquietante es que todos aquellos que salían en esa fotografía están muriendo en extrañas circunstancias. Esta buena idea se desarrolla de manera increíble por un autor hasta ahora desconocido para el gran público, que consigue hacer de La ciudad de la lluvia un thriller de alta calidad.
Esta historia se compone de tres tramas distintas divididas en dos planos temporales. Por una parte, tenemos el Berlín de 1941, donde un extraño hombre apodado “El extranjero” llega con la intención de negociar con las más altas instancias del Tercer Reich y a su vez comprometer una de las operaciones secretas más importantes de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, tenemos el Bilbao de 1983. Allí encontramos a Alain Lara, prometedor futbolista de la tierra que regresa al Athletic de Bilbao. El apego que tiene este personaje con su abuelo le hará desconfiar de su extraña desaparición durante las grandes riadas que sufrió la ciudad en el verano de aquel año. A raíz de la aparición de una misteriosa foto, y de la muerte, también extraña, del empresario Ignacio Aberasturi, Alain inicia una investigación en la vida de su abuelo que le llevará a conocer aspectos desconocidos de la vida de este y del entramado empresarial de la ciudad vizcaína. También en 1983, conoceremos, a modo de diario, la vida de David Schaffer, un prometedor abogado que termina siendo un hombre de éxito.
Lo primero que se le pide a un thriller es que enganche al lector y consiga que este no quiera dejar la lectura en ningún momento. La ciudad de la lluvia consigue esto desde las primeras páginas, sumergiendo al lector en una historia inquietante que hace que las más de 600 páginas del libro se queden cortas. La prosa de Alfonso del Río es sobria y fluida; va dosificando convenientemente la emoción para mantener en todo momento la tensión en su punto más álgido. Los tres ejes narrativos tienen el mismo poder en la historia, siendo la fotografía el nexo de unión entre las mismas. Pero si tuviera que elegir una de las historias, quizá la de El Extranjero, en Berlín, es la que más me ha atrapado, aunque es el propio autor el que pone más énfasis en las historias presentes, dejando unos personajes (Alain, María y David) muy bien perfilados, con gran capacidad para conectar con el lector.
Y luego habría que hablar de otro personaje, quizá el más importante de todos. Hablo de la ciudad de Bilbao, esa ciudad de la lluvia que da título a la novela. Una ciudad oscura, de ambiente plomizo y húmedo, con ese sirimiri permanente que supone el escenario perfecto para combinarlo con la tensión de la narración. Una ciudad menos brillante que la que conocemos ahora, pero con el mismo encanto en sus calles y sus gentes.
Una parte del éxito que tiene este libro quiero achacárselo a la temática tan variada que trata. En La ciudad de la lluvia se habla de fútbol y de entramados empresariales, pero también se habla de política, de abogados y de los espías en la Segunda Guerra Mundial. Quizá tocar tantos palos consigue atraer a más público potencial, y más si entre las páginas del libro aparecen “cameos” tan importantes como los de Vicente del Bosque, Iñaki Azkuna o el gran periodista Santiago Segurola.
La editorial Destino ha apostado fuerte por esta novela de Alfonso del Río, y lo hacen conscientes de que presentan al lector un libro que merece muchísimo la pena. En la faja de la novela nombran La ciudad de la lluvia como el thriller del año. No sé si es un poco atrevido ponerle ese título, y más a estas alturas que estamos de año, pero sin duda no van nada desencaminados…
Antes de empezar os voy a decir una cosa: me encanta que los años vayan pasando y que la tecnología progrese. Es verdad, me gusta el avance y todas las facilidades que nos da la tecnología hoy en día. Y no solo en lo referente a poder utilizar un ordenador o un móvil como una herramienta de trabajo más; también por todos los adelantos médicos que esto supone, la alegría de pulsar un botón y tener a un ser querido a unos centímetros de ti, la serenidad que produce saber que tienes tanta información al alcance de tu mano…
Le he estado dando vueltas y creo que yo he nacido en la época adecuada. Me gusta esta generación y me gustan todos estos progresos. Pero me he dado cuenta de que hay una cosa que echo muchísimo de menos y cuyo destino está próximo a desaparecer: las cartas. Aunque soy joven puedo presumir de haber mandado muchísimas cartas. Ahora me río, porque recuerdo obligar a mis amigos del pueblo a escribirme durante el año para que me pusieran al día. Vaya tontería más grande teniendo en cuenta que por entonces usábamos el Messenger. Pero yo lo intentaba. Y llegaba Navidad y me volvía loca escribiendo felicitaciones para todos mis amigos y familiares. Incluso se las mandaba a mis compañeros de clase… ¡a sus casas! Seré una romántica, puede ser. Pero era algo que a mí me encantaba.
Así que cuando empecé a leer Bajo nuestros pies y vi que toda la novela se estructuraba en una serie de cartas, ¡no pude alegrarme más! Claro que está basada en el año 1921 y eso entonces era más factible… El caso es que lo importante aquí es el hecho de que el protagonista de esta historia, John D. Lindgren, va a conocer una historia escalofriante y sobrenatural de la mano de las cartas que su mentor, el profesor Kleinman, escribió un tiempo atrás.
Todo empieza cuando al profesor Kleinman le llega una carta muy misteriosa que contiene una oferta más que jugosa. Él sabe que no debería aceptar, porque eso supondría poner en juego muchas cosas, pero también sabe que es una persona curiosa por naturaleza y que quien le manda esa carta lo sabe. Después de tener la miel en los labios, el profesor no se puede resistir y acepta dicha oferta. A partir de ahí, todo empieza a convertirse en caos y en horror.
Kleinman irá dejando cartas a través de las cuales contará toda la historia y todo lo que le está ocurriendo. Después, esas cartas llegarán a su alumno, quien nos las leerá y nos contará sus impresiones.
Por lo tanto, aquí tenemos dos historias paralelas: la que nos cuentan las propias cartas y también la que nos cuenta la persona que las lee. Es una estructura maravillosa que me recuerda muchísimo a Drácula, por esa forma epistolar. Es un recurso literario que me gusta especialmente, por dos motivos fundamentales: el primero, porque se conoce de primera mano la historia de quien está escribiendo las misivas. Al escribirlas en primera persona, llegamos a conocerle en profundidad y saber la historia real sin que haya un interlocutor o narrador que la distorsione. Y, el segundo (este es el más importante), porque me encanta la angustia que genera en la persona que está leyendo las cartas. Esa angustia se debe básicamente a que el lector sabe que todas esas cosas han pasado en realidad y, lo peor de todo, que no puede hacer nada para cambiarlas. Así que se crea una especie de ambiente agobiante en el que el lector no puede evitar mostrar desasosiego y tristeza por saber que no puede hacer nada por ayudar al que escribe las cartas.
Y en esta historia, en este libro escrito por Francisco Javier Olmedo Vázquez, esa angustia todavía es mayor si cabe porque lo sobrenatural cobra un papel importante en la trama a medida que esta va avanzando. Así que, lo que empieza siendo una historia de misterio que genera curiosidad al lector, se convierte en una novela de terror.
Tengo que decir que a mí me ha divertido muchísimo leer este libro, porque no sabía qué me iba a encontrar cuando pasara a la siguiente página. La historia va dando vueltas y uno ya no sabe qué esperar. Creo que es exactamente lo que le pasa al protagonista, al alumno del que escribe las cartas, que sigue leyéndolas sin saber qué es lo que va a pasar en la siguiente. Me imagino que en su mente se fraguarán cientos de teorías a medida que las hojas van avanzando (exactamente igual que me pasó a mí) y también me imagino su sorpresa al saber la verdadera historia.
Bajo nuestros pies es eso: sorpresa. Francisco Javier Olmedo Vázquez mantiene la tensión durante toda la obra resolviendo el misterio en el momento exacto, generando angustia en el lector. Todo ello acompañado por una forma de escribir muy cuidada y elaborada, notándose las horas invertidas en ella. Eso también me ha gustado, claro. Y, aunque cuando estamos leyendo las cartas no exista un narrador externo que nos hable sobre la personalidad de quien las escribe, a través de su puño y letra podemos conocerle lo suficiente como para empatizar con él. Mediante esas cartas conseguimos saber más cosas del profesor: su personalidad, sus miedos, sus impresiones. Por lo que un narrador externo se convierte en innecesario. Sin duda, un muy buen trabajo el que ha llevado a cabo este escritor.
No sé si él habrá mandado muchas cartas en su vida (espero que sí) pero con este libro ha completado el cupo que todos deberíamos alcanzar a lo largo de nuestras vidas. Yo creo que a mí me queda todavía un buen trecho para llegar hasta él, así que si me disculpáis, voy a cerrar ahora mismo el ordenador, voy a coger un papel y un boli y voy a ver cómo era eso de empezar escribiendo “Querido…”.
Si quieres leer una reseña sobre esta novela, Diego Palacios y Gorka Rojo publicaron dos geniales a finales de 2015 en esta misma página. Esto es otra cosa: un sencillo intento de comprobar si los libros pueden entrar de la misma manera por los oídos que por los ojos.
Llevo ya bastante tiempo enganchado a los podcasts; concretamente, desde que empecé a trabajar delante de un ordenador ocho horas al día y comprendí que fuera de la oficina tenía que huir todo lo posible de las pantallas y de los teclados. Además, he tenido la suerte de que mi afición por este formato ha nacido en un momento en el que se está haciendo una gran apuesta en España por productos de calidad, especialmente desde plataformas profesionales como Podium Podcast (La vida peligrosa, El gran apagón, Le llamaban padre…). Así que, después de tantos meses disfrutando de estas radionovelas, lo siguiente era hacer la prueba con un libro. Elegí Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado, haciendo un poco de trampa, ya que para cuando comencé a escucharlo ya llevaba casi un tercio del libro leído. Y, sorprendentemente, el salto de un formato a otro no resultó demasiado traumático. Al fin y al cabo, una buena historia se disfruta igual te la cuenten como te la cuenten.
Y esta es una gran historia; un thriller de los que te van atrapando poco a poco, gracias a una trama con muchos flecos por resolver (un asesinato, un contrato millonario, el pasado de una joven extranjera…) y a un protagonista que narra su historia de una forma tan verosímil como amena. Pero dejando a un lado la entretenidísima historia de Simon Sax e Irina, quisiera centrarme en la experiencia de consumir este libro a través de los oídos, pues imagino que, como yo, serán muchos los lectores que no hayan cruzado esta frontera. En mi caso lo escogí de la web Audioteka, que cuenta con una amplia colección de audiolibros de todo tipo.
Lo primero que me sorprendió fue que toda la novela hubiese sido grabada por un único intérprete, el doblador Tito Trifol, cuya voz me resultó sorprendentemente parecida a la de Juan Gómez-Jurado (seguramente fuese mera sugestión). En un principio me resultó extraño, pues mi mente podcastiana echó de menos la pluralidad de voces para interpretar a los personajes y los sonidos de ambiente. Pero una vez que uno comprende en qué consiste un audiolibro, que no es otra cosa que una narración amena del texto original, pasa como con los libros tradicionales: que uno no tiene problemas para generar las escenas en su mente a partir de lo que se nos narra.
Eso sí, las más de once horas de audio que ocupa esta novela (en texto son 576 páginas) son para dosificarlas en varias tomas. Al fin y al cabo, los que somos tramposos y estamos acostumbrados a leer de vez en cuando en diagonal aquí no gozamos de ese recurso (no recomiendo probar el truco de acelerar la velocidad de reproducción del audio, porque ahí sí que definitivamente dejamos de estar ante un libro para enfrentarnos a un trabalenguas).
Como toda primera vez, la del audiolibro me ha exigido un proceso de aprendizaje sobre la marcha, en el que he ido haciendo numerosas pruebas hasta que he encontrado la forma de amoldar este formato a mis gustos. Por ejemplo, me he dado cuenta de que no es tan fácil prestar atención a la trama cuando parte de tus sentidos tienen que estar alerta de ver el color de las luces de los semáforos, de esquivar los pisotones y de llegar a tiempo a la oficina. Y ya ni hablar de lo duro que resulta el momento de ver que tienes que quitarte los auriculares justo cuando más interesante está el capítulo. Al final, he acabado acogiendo este audiolibro como un complemento, una manera de continuar enganchado a una historia tan adictiva como la de Cicatriz para, ya por la noche, darle el relevo en papel.
Durante una semana, tiempo más que prudente para dedicarle una lectura atenta a cualquier libro, no he hecho otra cosa más que vivir por y para esta novela. Cierto, tenía mis obligaciones que implican, en mi caso, dedicarme a otras lecturas, pero esta vez no. Me planté. No quise introducir en mi mente nada más aparte de lo que este libro me estaba proponiendo. Me dediqué a disfrutar en exclusiva del contenido y argumento de esta sublime novela: El alienista.
Enganchado, viciado, obsesionado y poseído por esta novela. La leía en mi habitación, la leía en los descansos de mi trabajo; me quitaba horas de sueño por la noche para leer esta novela, incluso celaba de aquellos que levantaban la mirada para robarme palabras impresas en las páginas cuando la leía en el metro. No. La novela y yo éramos uno solo.
Qué tardes más dolorosamente gozosas he pasado.
La novela de Caleb Carr —autor y obra me eran del todo desconocidos— comienza con esta cita: «Antes del siglo XX, a las personas que padecían una enfermedad mental se las consideraba “alienadas”, apartadas no solo del resto de la sociedad, sino de su auténtica naturaleza. Por tanto, a los expertos que estudiaban las patologías mentales se les denominaba “alienistas”.»
El doctor Laszlo Kreizler, un famoso alienista muy criticado por la opinión pública, escéptica a sus métodos, ayuda a clarificar los motivos que llevan a los asesinos a cometer sus actos. Se introduce en la mente de cada uno de ellos para extraer cuanta información pueda obtener. Cualquier resquicio le vale para ahondar en ello: ausencia de afecto familiar, traumas infantiles, vejaciones o humillaciones sufridas en el pasado, todo, absolutamente todo le vale para crear un perfil psicológico que explique su conducta. Hasta el momento ha tenido éxito con sus pacientes, pero se va a encontrar con el caso más difícil de todos: un sádico asesino que descuartiza niños.
Su compañero y amigo John Moore, reportero del Times, será quien narre la terrible historia que sucedió en el Nueva York de 1896 y que comenzó con el hallazgo del cuerpo mutilado de un joven que se dedicaba a la prostitución disfrazado de mujer. Con una excelente recreación y ambientación de la época puedes casi sentir el sonido de los cascos de los caballos y las ruedas de las calesas al doblar las empedradas y pútridas calles de Nueva York. Sus bajos fondos, llenos de burdeles, donde niños de apenas doce y trece años ofrecen servicios sexuales vestidos de mujeres a hombres de la alta clase, será el escenario de fondo de esta impactante historia. Con una exquisita narración, nos introduce en los locales y tabernas de baja ralea para, después, conducirnos a la elegancia y ampulosidad de restaurantes de lujo o disfrutar de la obra Don Giovanni en uno de los palcos de la Ópera.
Si tan fantástica es la ambientación, no menos lo son sus personajes. Al doctor Kreizler y a John Moore les acompañará la joven Sara Howard, secretaria del Departamento de Policía de Nueva York y la primera mujer en desempeñar labores de investigación policial en la historia de Estados Unidos. Su desparpajo, valentía e inteligencia se sumarán a las aptitudes de una mujer adelantada a su tiempo, además de realizar un trabajo eficaz e imprescindible en la investigación.
Los crímenes se siguen sucediendo. La brutalidad del asesino y el modo en cómo aparecían los cuerpos, siempre de niños inmigrantes, comienza a crear crispación en las comunidades extranjeras de la ciudad. La policía, incapaz de obtener pistas sobre el paradero del criminal, se negará en rotundo a aceptar que un alienista y su grupo de compañeros consigan saber más que ellos en la investigación, así que no se lo pondrán nada fácil. Con este panorama de corrupción policial y política entre las grandes esferas de Nueva York, el grupo de Kreizler deberá luchar en la sombra y contrarreloj para evitar más asesinatos, a la par de enfrentarse a determinados miembros del cuerpo policial.
Durante la novela se tiene muy presente los asesinatos de Jack el Destripador, sumados al inquietante análisis psicológico del criminal que recuerda a El silencio de los corderos. Por supuesto, también se encontrarán cómodos los lectores amantes de la obra de PoeLos crímenes de la Rue Morgue. Es decir, El alienista va a reunir lo mejor del thriller y las historias de investigación en una obra muy completa, que ya supuso, la primera vez que se publicó en 1995, consagrar a Caleb Carr como uno de los mejores autores del género.
Esta obsesión enfermizamente sana (¿es posible esta contradicción? No lo sé, pero me gusta) a la que me estaba conduciendo la novela de Caleb Carr no podía terminar en la última página del libro. Debía continuar y así fue: primero con la serie de recién estreno en España, de cuyo prólogo para la novela se encarga su creador, Paco Plaza, y con protagonismo de Daniel Brühl, Dakota Fanning y Luke Evans, y después con una página web creada por y para fans de la novela con curiosidades muy interesantes: 17thstreet.net. El nombre hace referencia a la calle donde Kreizler y compañía montan su base de operaciones. Está en inglés y resultará deliciosa para aquellos que os acabéis enganchando a esta genial novela.
Ahora que ya he terminado con ella me queda una sensación de abstinencia por volver a su lectura, por encontrar capítulos sueltos que hayan quedado aún sin encuadernar en este libro y estén por ahí perdidos. Queda ese buen sabor de boca que dejan las buenas historias.
Imagina que tienes dieciséis años. Imagina pasear por las aceras mojadas de Bilbao en una época de noches en las calles escuchando a grupos de punk y bebiendo hasta caer al suelo. Imagina que, al llegar a casa, dejando atrás el frío, te esperan tu padre y tu abuela. No está mal, ¿no? Ahora, imagina que a quien llamas abuela apenas se mueve en su silla de ruedas y aquel a quien llamas padre se convierte cada noche en Satán. Imagina tu casa como el lugar de sus fantasías donde nadie puede saber lo que hace contigo. Vuelve a imaginar que tienes dieciséis años y que a él no le importa que seas su hija, que a él no le importa que te duela. ¿No desearías poder hacer algo más que rezar a Dios? ¿Quizá, incluso, ser el mismo Dios?
Imagina que eres Dios es un título esplendoroso, lleno de posibilidades. Desde mi punto de vista, por lo que sucede durante la novela, del todo necesario. Poder imaginar que se es Dios ofrece una esperanza final y esa es la premisa con la que debes enfrentarte a una obra cruda de una realidad ficticia aterradora.
Guillermo V. Estiballes, escritor vasco, creó esta novela a través de un ejercicio práctico propuesto por la sensacional Elia Barceló en un taller literario. La temática del relato debía tratar la juventud, desarrollar un conflicto y cómo resolverlo. Pocas semanas después, aquel relato se convirtió en novela. Eso sí, con la ligereza y el ritmo de lectura de una pieza breve. Para el argumento, se valió de una canción del grupo de rock Parabellum, del que toma el título.
En Imagina que eres Dios se van a cruzar las difíciles vidas de dos generaciones: la de la abuela, cuya equivocación fue juntarse con un marido infame y agresivo, y la de Laura, una joven de dieciséis años; por su parte, el delito fue ser engendrada por el mismo diablo. Cada episodio es una canción de rock y, como tal, desgarra el alma. Los llantos de Laura serán electrizantes riff de guitarra; los golpes recibidos, los machacones ritmos de batería. No hay tiempo para el reposo en esta novela de aterrador suspense —¿cuándo lo hay en el rock?—, en la que, en voz de la abuela unas veces, del narrador otras, recorreremos las calles del Bilbao de la década de 1990. Los bares y las callejuelas suburbiales serán el hábitat natural de la juventud perdida en canciones punk y vasos de calimotxo. Esa juventud reflejará un nuevo modo de comunicación que empezaba a instalarse entre los de su generación a través de mensajes instantáneos que, ya en su momento, atisbaba el poder controlador que con ello se ejercía sobre el otro.
Una generación difícil que se enfrentaba a problemas de mayor calado, por desgracia, muy actuales. Me refiero al maltrato a la mujer ya desde jóvenes. Un tema delicado en el que, tanto en literatura como en cine, se deja caer fácilmente en la gratuidad de la violencia. Estiballes ha conseguido en su novela alejarse de incendiar demasiado sus páginas con detalles escabrosos que no harían ningún bien a su lectura. Con buenos momentos durante parte de la trama, a veces se acusa una narración algo ingenua en cuanto a diálogos o situaciones, pero que no consiguen distraerte y hacer que pierdas el interés de la obra hasta que te acabes el libro.
La novela bien podría ser alegoría de la situación que muchas mujeres sufren a diario ante una sociedad predominantemente machista. La invalidez de la abuela representa la imposibilidad de acción de muchas mujeres en la sociedad española, relegadas a un papel inferior en la familia y siendo el hombre quien controla la situación. Por otro lado, Laura será el reflejo de las voces femeninas silenciadas, representado en su minoría de edad, donde no existe el voto y, por ende, parecen excluidas de cualquier reconocimiento válido y legal para alarmar sobre su situación.
No es fácil decidir qué tipo de público podría leer esta novela. En principio, sería un muy buen ejercicio de compromiso social para los jóvenes de entre dieciséis y veinte años, pero el contenido de terror y violencia implícita hace obligatorio marcar unos límites. Por otro lado, un público adulto, sobre todo aquel que vivió la explosión del sonido punk de grupos vascos, podría sentirse atraído por una historia tensa y de lectura rápida. Sea quien sea el lector que coja un ejemplar de Imagina que eres Dios muy seguro tendrá en mente la esperanza y justicia poética que promete el título, algo que, por desgracia, a muchas mujeres no les basta para escapar del infierno en el que viven.
¿Dónde está el límite entre la realidad y la ficción? ¿Quién escribe nuestros guiones? ¿Quién nos dicta las respuestas? ¿Nosotros formulamos libremente las preguntas?
Todas estas preguntas aparecerán en la mente de los lectores que se atrevan con El método realista, la ópera prima de Pablo Ortega que hoy os presentamos. Estamos ante una novela llena de suspense, en la que nada es lo que parece y en la que cada personaje interpreta un papel, con sus luces y sus sombras.
La génesis de esta historia, según las palabras de su autor, “nace con la vocación de unir el género negro con la prosa precisa. Tiene fácil aceptación en el mercado, pues es un thriller absorbente y apasionante que capta la atención desde la primera página”. Una historia donde la filosofía, el teatro, el cine y la pintura están presentes, mencionándose diferentes literatos y artistas como Nietzsche, Caravaggio, Cervantes o Molière.
Pero, ¿qué encontraremos realmente cuando leamos esta novela? Toda la trama de El método realista sucede en Madrid, empezando con el asesinato de Anselmo Valdellano, dueño de una empresa internacional, solo dos días después de comunicar la última voluntad a sus tres hijos. Dicha noticia causa gran impacto a nivel mediático, pues se trata de una familia distinguida. Este caso será la primera investigación de Tano, un criminólogo y policía en prácticas que llega a la comisaría de la Ciudadela para ayudar a Nuria Ballesteros, oficial de policía, y a su compañero Leonardo Sepúlveda. Además, Mirta, la madre de Tano y, por más señas, policía en la comisaría de la Ciudadela, lleva desaparecida desde hace dos años. Preocupado, Tano empieza a investigar sobre su paradero, preguntando a su amigo Gervasio, a su tío Javier y a la tía Águeda. A medida que investiga el caso, descubre pistas similares entre la desaparición de su madre y el caso Valdellano, recibiendo, además, dos extrañas cartas sobre la vida de su madre. El destino también le lleva a la Cafetería Parnusa, un café literario donde acuden los literatos más pintorescos y bohemios a buscar inspiración.
Detrás de este thriller sorprendente está la figura de Pablo Ortega (Huelva, 1988). Este joven onubense es licenciado en Psicopedagogía, cursando en 2012 un Máster en Educación Especial y defendiendo su primera tesina sobre la respuesta educativa al alumnado con TDAH, calificada con la máxima nota (Sobresaliente Cum Laude). En su currículo encontramos también un Máster en Educación Intercultural y una comunicación titulada “School autonomy in the United States according to the PISA report: Analyses, empirical evidences and proposals“, en el International Teacher Education Conference, que tuvo lugar en la Universidad de Harvard (Boston -Massachusetts) en 2017.
En Libros y Literatura queremos conocer, y, sobre todo, que conozcáis, un poco mejor a Pablo Ortega, y para ello hemos elaborado un breve cuestionario para que el autor nos cuente sus hábitos a la hora de escribir y de leer.
1. Para escribir, ¿mejor el día o la noche? Prefiero escribir de día, cuando las ideas han descansado y desean cobrar vida en un espacio en blanco.
2. ¿Un cigarrillo al lado? No fumo. Un café cargado es suficiente.
3. ¿El papel y la pluma han pasado a mejor vida? La vida literaria discurre por cauces electrónicos. El papel ocupa una posición cimera en la memoria de quienes se embriagan con su olor. La pluma es el testigo impertérrito de la Historia. Ambos son los mejores compañeros de viaje de todo/a escritor/a.
4. ¿La inspiración llega por sorpresa, o sorprendentemente, siempre te pilla trabajando? La inspiración nace de la necesidad de contar lo que sucede en nuestro interior. Los escritores somos los narradores de las experiencias que han dejado una huella indeleble en nuestro espíritu.
5. ¿Quién es tu mayor crítico? Sin duda, soy mi mayor crítico, de natural inconformista, autocrítico y perfeccionista. La crítica más constructiva es aquella que cada persona se realiza cada día.
6. ¿Qué personaje te gustaría que leyese tu libro? Don Quijote de la Mancha. La novela es quijotesca, pues todos los personajes tienen motivos para luchar por sus ideales en una realidad tergiversada.
7. ¿Qué libro(s) estás leyendo ahora? Las hijas del Capitán (María Dueñas)
8. ¿Qué libro guardas como el más valioso? Cien años de soledad.
9. ¿Qué usas para marcar las páginas? Un marcapáginas de delfines con efecto 3D
10. ¿El mejor lugar para leer? Cualquier lugar es idóneo si el lector/la lectora deposita su confianza y su atención en el texto. El mejor sitio para leer es una sala de estar recogida, silenciosa, sentado en un sillón cómodo.
11. Si pudieras resumir “El método realista” en una sola frase, ¿cuál sería? Una novela apasionante que nos permite descubrir qué hay de realidad y de ficción en la vida. Todos tenemos motivos para desempeñar un papel.
Desde el pasado 1 de febrero, todo lector interesado en esta historia puede hacerse con ella tanto en Amazon como en la Casa del Libro. Atrévete a descubrir qué hay detrás de El método realista, una novela que no dejará indiferente a nadie.
Qué maravilla es reencontrarse con un viejo amigo. Con un viejo amigo de los que solo conservas buenos recuerdos, de los que, a pesar de que lleves un tiempo sin hablar, cuando os volvéis a ver es como si no hubiera pasado el tiempo entre vosotros. Este sentimiento es el que he tenido al reencontrarme con el Inspector Ernesto Trevejo, personaje salido directamente de la pluma de Luis Roso, que se estrenaba con Aguacero y hace tan solo unos meses ha publicado Primavera Cruel.
Esta segunda novela nos traslada de nuevo a la España de los años 50. Como en la anterior, la historia arranca en Madrid cuando Trevejo recibe la orden de encargarse de un caso que podría poner patas arriba el régimen franquista. Un joven vinculado con organizaciones contrarias a la dictadura aparece muerto en el Monte del Pardo, cerca del palacio donde vive el Caudillo. En un primer momento cunde el pánico al sospechar que podría tratarse de un intento de asesinato contra Franco, pero ya sobre el terreno, nuestro inspector descubre que en realidad el chico fue asesinado al huir de un coche en el que viajaba con sus propios camaradas. Tras el descubrimiento de otros asesinatos ligados al del joven comunista, Ernesto Trevejo tendrá que viajar hasta un pueblo de Cataluña para tratar de esclarecer el caso.
En Primavera Cruel volvemos a encontrarnos con un noir a la española que nada tiene que envidiar a los de otros autores consagrados. Con un ritmo más pausado e introductorio al principio y, sin embargo, más trepidante aún que el de Aguacero según avanza la historia, nos vamos sumiendo en una apasionante trama policiaca que engancha desde la primera página..
Luis Roso, vuelve a hacer gala de una prosa sencilla pero elegante y depurada que no necesita de grandes alardes léxicos para destacar. Los puntos fuertes del libro son los mismos que los de su antecesora: una ambientación impecable, fiel reflejo de los sucesos y la vida de la época tanto en la gran ciudad como en los entornos más oscuros y rurales. Un equilibrio perfecto entre narración y diálogo, a pesar de que (otra vez más) el segundo acapare un mayor porcentaje del libro, haciéndolo brillar por encima de la mayoría de las novelas negras que se escriben hoy en día. Una trama perfectamente hilvanada, con una investigación metódica y clásica, pero ágil y llena de giros inesperados que harán que nos cueste soltar el libro. Y, por último, la verdadera clave, a mí parecer, de los libros de Luis Roso, el inspector Ernesto Trevejo. Sin profundizar en la vida personal del protagonista ni dotarlo de una vida llena de sufrimientos ni tormentos (como nos tienen acostumbrados la mayoría de los autores de misterio), Luis Roso consigue encandilar con su personaje estrella simplemente dejándole hablar. Porque Trevejo es uno de esos personajes con los que empatizas desde el primer momento gracias a su carisma y a su personalidad irónica, algo pendenciera, pero a la vez humilde y honesta.
La novela no estará exenta de cierta crítica social que, aunque sutil, no deja de mostrarnos las miserias de una dictadura que pretendía reconstruir las ruinas de una cruenta guerra civil y una postguerra que la había sumido del todo en la pobreza y el aislamiento internacional, a pesar de que se empezaba a atisbar cierto aperturismo hacia el exterior. En Primavera Cruel seremos testigos de los primeros pasos de la oposición al régimen, encabezada por algunos jóvenes universitarios que mantenían el contacto con los comunistas exiliados y también podremos comprobar que el nacionalismo catalán no es una tema de ahora, sino que viene de lejos.
La única pega que le puedo poner al libro es que he echado de menos a un personaje que, al igual que Trevejo, me cautivó en Aguacero. Hablo de Aparecido, un guardiacivil que en la novela anterior hacía el papel de segundo del protagonista, y que en esta, aunque sale en alguna escena, no ha tenido todo el peso que me habría gustado, pero que espero que tenga en las siguientes novelas de la saga (guiño, guiño, codazo, codazo). No obstante, Primavera Cruel es una segunda parte excepcional que, casi me atrevería a decir, supera a la primera y que gracias a una trama envolvente, bien desarrollada y ambientada y a unos personajes de excepción, encabezados por su protagonista, te enganchará sin remedio.
Desde que en verano de 2017 supe de la existencia de este proyecto no veía el momento en que cayera en mis manos. Faltaba tanto para que saliera publicado en España, que a punto estuve de pillarlo por cierta empresa de comercio electrónico en su edición francesa y de lujo, a pesar de no tener ni zorra idea de francés. Pude controlarme, con dificultad, pero lo logré, como buen guerrero con nervios de acero. Cómo él me enseñó. En vez de eso tuve que conformarme con las pildoritas que el propio Marini subía a Facebook, en donde nos ponía los dientes largos enseñándonos con videos su destreza con las acuarelas.
Pero ahora ya, por fin, lo tengo en mis manos. Formato europeo, tapa dura y portada chulísima con un Batman que parece pensativo ocupándola casi toda, pero dejando también espacio al negro y al morado. Una excelente combinación cromática para una portada simple, pero igualmente atractiva.
Marini y Batman. ¿Qué decir de ellos? De cualquiera de ellos. Uno de los mejores artistas de cómic del mundo (Rapaces, El Escorpión) junto a uno de los personajes e iconos mundiales del noveno arte. Sobran las explicaciones, y aunque lo cierto es que es raro ver a autores como Marini trabajando para las grandes editoriales yanquis, ¿cómo no vas a hacerlo cuando el propio Batman entra en tu casa rompiendo tu ventana, (que no te va a pagar), y te pide que le dibujes una historia sobre él? A Batman no se le dice que no, y menos cuando ves que tu sueño de infancia se va a hacer realidad y además querías que tu próximo proyecto fuera un noir.
Para leer este Batman: El príncipe oscuro (1 de 2) no hace falta estar al corriente de ninguna de las múltiples colecciones del murciélago. Cualquiera puede adentrarse en la lectura de este tomo y disfrutarlo sin miedo a perderse por falta de conocimientos previos en la mitología del personaje.
La historia comienza con el secuestro de una niña por parte del Príncipe Payaso. Una niña que, no quiero hacer spoilers, pero va a traer de cabeza a Bruce Wayne y, claro está, a Batman. El murciélago va a dejarse la piel, va a dejar de comer y de dormir por encontrar a esa niña y va a hacer de su rescate algo personal.
En cuanto al Joker, es el viejo Joker de siempre al que no le importa matar a su propia banda si un chiste no le hace gracia y Harley Quinn parece ser la de los tiempos de Mad Love, cuando aún estaba enamorada de su pastelito.
Y ya sé que está feo decirlo pero, aunque en un cómic, como en un libro, la historia es importante, es un pilar básico, en un cómic también lo es, pero el dibujo a veces lo es aún más. Yo buscaba aquí una buena historia, y la he encontrado a pesar de faltar aún la segunda parte, pero sobre todo lo que quería era ver a Batman, a sus villanos, a Gotham, y al universo del Caballero Oscuro dibujados por ese genio del dibujo que es Marini. No me importaba tanto la historia. Por mí, como si no hubiera ni un diálogo. Quería el dibujo. Y, ¡joder!… ¡vaya que si me lo ha dado! Un dibujo de una calidad indiscutible. Muchas veces he dicho de algún cómic que tiene páginas dignas de ser enmarcadas y colgadas en las paredes de mi casa. Aquí no solo cada una de las páginas pueden ser enmarcadas, sino protegidas con un cristal blindado como si se tratara de La Gioconda o La Piedad de Miguel Ángel.
¿Ha merecido la pena la espera? ¡Coño!, ¿no has leído lo que te he dicho? Rotundamente sí. Batman: El príncipe oscuro (1 de 2) es el cómic que debes leer tanto si eres fanático del personaje como si quieres encontrarte con un dibujo increíblemente bueno de la mano de uno de los mejores dibujantes.
En serio, si no habéis visto en acción a Marini, buscad sus videos. Podríais pasar horas embobados viéndole pintar.
Un cómic para leer y releer, arte para la vista y para las paredes. Un cómic que se convertirá en otro clásico del murciélago.
Vaya papeleta hacer esta reseña. Es una de esas que cuesta; que no sabes qué decir porque, inevitablemente, digas lo que digas, te vas a quedar corto. Pero mucho, además.
Y el caso es que lo veía venir. Lo barruntaba. Es de las veces en las que la intuición acierta cuando te dice “síguele la pista a ese libro/cómic/autor…” Pero es que además, medios entendidos, de los entendidos de verdad, no de los de la fajita, aseguraban que este iba a ser uno de los cómics del año. Y no se han equivocado.
De primeras lo que llama la atención, aparte de la espectacular portada en la que se ve el trazo de los lápices de colores, es el tamaño. El cómic en cuestión es todo un señor tocho. 432 páginas. 432 páginas que imitan la apariencia de un cuaderno de los de espiral, con línea de margen roja a la izquierda y líneas horizontales azules separadas aproximadamente un centímetro. Y es así porque lo que vamos a leer es el diario de una niña escrito en ese cuaderno. El diario de una niña de 10 años, Karen Reyes, en el Chicago de los años 60. Una niña muy peculiar, pues le encantan los monstruos (Drácula, Frankenstein, El hombre invisible…), el cine de serie B, los cómics de su hermano y dibujar. Ella misma se cree una niña-lobo y como tal se dibuja en su diario, además de con un sombrero y una gabardina de detective. ¿De detective? Sí, porque va a investigar un asesinato: el de su hermosa vecina de arriba, Anka Silverberg, superviviente del Holocausto. La policía dice que ha sido un suicidio, pero ella no lo cree.
Karen comenzará una investigación en torno a ella y Emil Ferris nos contará con pasmosa habilidad tanto la historia de la fallecida como la vida de nuestra niña protagonista, enmarcada esta última en el contexto de una familia cuyo padre huyó, una madre enferma, un hermano que guarda un secreto y tiene todos los billetes para ir a Vietnam, y unos vecinos, –entre los que se encuentra el casero y a la vez jefe mafioso–, a cual más extraño.
Pero además, las “rarezas” de Karen no facilitan su día a día: en el colegio la llaman rara, sucia, ridícula y su mejor amiga, víctima de la presión social y el qué dirán la abandona por el grupo de las guays.
Así pues, la vida de Karen, no lo olvidemos, una niña de solo 10 años, va a estar llena no solo de sus monstruos imaginarios, sino que por desgracia también de monstruos propios presentes en su día a día en forma de racismo (disturbios raciales, asesinato de Luther King,…), homofobia, acoso escolar, enfermedad… y estos, a su vez, van a entremezclarse con gran destreza con los monstruos ajenos del pasado que irá descubriendo a medida que avance en la investigación de la sospechosa muerte de su vecina.
El apartado visual es demoledor. No hay viñetas al uso, hay una variedad de técnicas y estilos, dibujos e ilustraciones que conforman un tomo como nunca antes había visto. Un tomo potentísimo, brutal y me quedo muy corto, repito. Es para verlo. Es algo rompedor que hará gozar a ilustradores, dibujantes y a todos aquellos lectores que disfruten de un buen dibujo, a veces ortodoxo y otras no tanto, pero siempre cien por cien disfrutable.
Además, hay algo que quiero resaltar, que me parece importante y que es algo parecido a lo que conté del dibujante de Black Hammer, Dean Ormston. Y es que la autora, Emil Ferris, contrajo en 2001 el virus del Nilo Occidental, que aparte de derivar en meningitis y afasia, la dejaron paralizada de cintura para abajo y perdió la movilidad de la mano derecha, con la que dibujaba. Tras un largo periodo de rehabilitación y diez años después consiguió terminar el libro y Sony ya ha adquirido los derechos de adaptación al cine bajo la dirección de Sam Mendes. No obstante, creo que es una obra puramente comiquera y, llevada al cine, difícilmente causará el impacto que provoca cuando uno pasea la vista por sus páginas.
Para terminar decir que pensaba que este Lo que más me gusta son los monstruos contenía la historia completa, pero resulta que no, que esta es solo la primera parte y que pronto podremos disfrutar con la segunda. Y esperemos que sea muy pronto, porque este número acaba con un cliffhanger de aúpa.
Lo que más me gusta son los monstruos es el cómic que debes leer si solo vas a leer un cómic este año, si no has leído nunca ninguno y quieres animarte a hacerlo, si te gusta una buena historia, fluida pero también con múltiples tramas oscuras, personajes bien definidos y situaciones creíbles y excelentemente ambientadas.
Tengo que reconocer que, desde que leí Perdida, de Gillian Flynn, pocos thrillers han conseguido que me enganchara tanto a una historia, incluso después de haberla leído. Me apasionan esos libros que tienen la capacidad de hacer que pienses en sus personajes y en todo lo ocurrido horas, días y semanas después. Creo que es en estos momentos cuando la literatura se convierte en algo más. Cuando consigue conectar contigo y calar hasta el fondo de ti.
Y esto es lo que he sentido mientras leía La mujer en la ventana porque, aunque la historia parte desde el punto en el que una mujer presencia el asesinato de una nueva vecina, el autor va mucho más allá. Desde el punto de vista de la trama y el misterio que la rodea, me ha encantado la forma en la que A. J. Finn logra mantener el suspense desde el principio y hasta el final, con giros inesperados que me mantuvieron pegada a sus páginas hasta que se descubre todo.
Pero me pareció aún más interesante todo lo que rodea el crimen: los personajes y la profundidad con la que narra todo lo que les ocurre. Cómo consigue dar un toque más humano y real a la novela. Es decir, que el lector quiera seguir leyendo y que el motivo no solo sea todo el misterio que necesita desentrañar. Y creo que pocos thrillers psicológicos consiguen aunar ambas cosas.
Y es que el autor ha conseguido centrar casi toda la historia en sus personajes y sus trasfondos psicológicos. Sobre todo, en la protagonista: Anna Fox. Una psicóloga que vive recluida en su casa y que se refugia en el alcohol y en graves problemas que le impiden continuar con su vida. Desde el principio me di cuenta de que era un personaje muy interesante, ya que crea un personaje femenino fuerte, que es capaz de salvarse a sí misma de su sufrimiento. Pero también es un personaje desequilibrado, que te descoloca a lo largo de la historia, ya que no sabes si deberías creerte lo que cuenta o no, pero a quien terminas cogiéndole un inmenso cariño por lo tremendamente humana que es. Por cómo trata de superar sus problemas, por cómo se hunde y también muestra sus errores e inseguridades.
Respecto a la narrativa, me ha gustado mucho cómo A. J. Finn nos presenta a sus personajes y cómo profundiza en ellos, sin demasiados detalles descriptivos, pero con diálogos intensos que hacen reflexionar al lector. Creo que esto es lo que realmente estaba buscando él, una forma de conectar con sus lectores a través de las emociones y situaciones en las que pudiéramos empatizar. Porque sientes todo el rato que es una historia que podría sucederte a ti también, que son gente que podríamos conocer y que es algo que podríamos haber vivido o vivir algún día.
Creo que La mujer en la ventana es de esos libros que reelería sin dudarlo, por su capacidad de aunar una historia humana, que profundiza en personajes cercanos a todos nosotros, con problemas de la vida real, con una trama de suspense que te mantiene pegado a sus páginas hasta el final. Además, no me esperaba ninguno de sus giros y consigue mantenerte en vilo hasta que descubres todos los secretos de ese misterioso asesinato, que no se sabe si ocurrió de verdad o son imaginaciones de la protagonista. Debo admitir que me ha sorprendido muchísimo, porque me esperaba algo muy similar a La chica del tren, ya que en principio parece que tienen muchos aspectos parecidos, y me encontré con algo mucho más profundo. Esta novela va mucho más allá y ha conseguido que la disfrute hasta el final, uno de los mejores que he leído de novelas de este tipo. Inesperado, emocionante y cautivador. No puedo esperar a leer lo siguiente del autor…
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