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El fin del mundo, de Ismael Orcero Marín

EL FIN DEL MUNDO

EL FIN DEL MUNDODice Ismael Orcero Marín en el epílogo de su primer libro de relatos, El fin del mundo, que estas historias surgieron de momentos reales e inventados y que «el resto es Bradbury, Lovecraft, Moyano, Gardini, Donoso, García Márquez y Quiroga». Y es que los escritores son lo que viven y, sobre todo, lo que leen.

El fin del mundo, de tan solo ochenta páginas, está compuesto por diez relatos, y todos ellos nos dejan con la sensación de que son demasiado cortos. Y no me refiero únicamente a su breve extensión, sino al hecho de que Ismael Orcero Marín siempre logra dar un golpe maestro en la última línea. No hablo de finales inesperados (que también), sino de finales que son nuevos comienzos y que hacen que el lector desee saber qué pasará a partir de ese momento. Solo por esos finales ya merece la pena leerse el primer libro de este ingeniero técnico naval metido a cuentista.

Las premisas son de lo más variadas. En «El banquete», un accidente de coche deja tirados en el desierto, sin agua y sin comida, a cuatro desconocidos que estaban de vacaciones. En «El inquilino», una mujer vuelve al pueblo de su infancia para comenzar en un nuevo trabajo, pero pronto descubre que no es la única que habita en su vivienda. En «La picota», el alcalde, la monja y el médico del pueblo acusan a una joven de haber llevado el mal a la comarca. En «El fin del mundo», unos monos violentos amenazan con destruir el mundo tal y como lo conocen los humanos. En «Mamá robot», un cuarentón se compra un robot de cocina que habla, huele y guisa igual que su fallecida madre. En «El ángel que nos guarda», un cura visita una pedanía de Murcia para estudiar de cerca unos supuestos milagros. En «Tesoro», una niña hereda de su abuela el don de hablar con los muertos, pero intenta llevar una vida normal. En «La caverna», un hombre escribe cartas a su hermana contándole su trabajo en unos túneles, donde, según el folclore de la región, viven unos gnomos a los que es mejor no perturbar. En «Mala hierba», un país es arrasado por una misteriosa enfermedad que provoca agresividad e incluso la muerte. Y en «El pozo», la fiesta de inauguración de una casa no acaba como los invitados esperan.

En estas diez historias confluyen el realismo y el pensamiento mágico, el desencuentro entre generaciones y entre habitantes del pueblo y de la urbe, e incluso alguna parece ciencia ficción, aunque, si se mira de cerca, no es más que una pronóstico bastante atinado de lo que nos espera como sociedad.

Ismael Orcero Marín se maneja bien en el realismo mágico, en el terror y en el humor negro, poniendo un poco de cada según el devenir de cada historia, lo que convierte a El fin del mundo en un libro de relatos bastante equilibrado y disfrutable.

Decía al principio que los escritores son lo que viven y lo que leen. Y en El fin del mundo, Ismael Orcero Marín demuestra que es capaz de ver lo que se esconde en la realidad del día a día, lo que escapa a nuestros sentidos y aviva nuestros miedos. Con los magníficos referentes literarios que enumera en su epílogo, es evidente que ha aprendido de los mejores. Tal vez sea exagerado decir que ha logrado emularlos en su debut, pero lo que sí me atrevo a afirmar es que ha hecho un gran homenaje a sus obras y que tiene capacidades de sobra para seguir aproximándose a su maestría en próximas publicaciones.

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Habrá valido la pena, de Daniel Morales

Habrá valido la pena

Habrá valido la penaCreo que todos estaremos de acuerdo en que la portada de Habrá valido la pena, de Daniel Morales, es llamativa. Y sí, la novela da lo que promete: hay sexo, bastante, y explícito. La primera parte podría resumirse en que Hannah es una alemana de dieciocho años que viaja a Málaga para iniciarse sexualmente: quiere perder su miedo a la penetración y, de paso, encontrar a su príncipe azul. Ay, qué soñadora es esta Hannah, lectora de Charles Dickens, Jane Austen y Lewis Carroll. Si hasta se ha tatuado en el pecho a Alicia atravesando el espejo.

No es arbitrario lo del tatuaje, ya que la novela está plagada de referencias a esta novela. En realidad, la literatura juega un papel fundamental. Hannah es una lectora empedernida y a través de la evolución de sus lecturas vemos también los cambios de su vida: de su adorado Lewis Carroll al atormentado Dostoievski, pasando por los libertinos Sade o Masoch y después, la ausencia de libros; sin vía de escape a su realidad.

Al principio, Hannah afronta la virginidad como si fuera la barrera que la separa de la madurez. Llegamos a conocer sus miedos al pie de la letra. No obstante, aunque el relato se centra en su punto de vista, Daniel Morales también logra transmitirnos las inseguridades sexuales de los chicos que se cruzan en su camino: por la eyaculación precoz, por el tamaño, por las parafilias. En definitiva, retrata de forma bastante verosímil la iniciación sexual de Hannah y de los personajes que le ayudan a ello.

Pero esa etapa de descubrimiento no se reduce al sexo. Hannah también se adentra en las drogas: un porro en una fiesta, un poco de MDMA en una noche de desfase, una raya porque la invitan y no quiere hacer el feo… Daniel Morales refleja los efectos mentales y físicos de cada una de ellas, incluso los autoengaños de los que las consumen y no reconocen que se les va de las manos. Y si el retrato de la iniciación sexual ya me parecía acertado, el de adicción al alcohol y a las drogas me parece impactante y muy bien desarrollado.

Sexo y drogas tienen un fuerte nexo en la historia de Hannah: una cosa le lleva a la otra, y sin quererlo, pero sin evitarlo, entra en una espiral de autodestrucción. La degradación de Hannah llega hasta límites insospechados. No es la clase de personaje con el que se conecte o empatice fácilmente (al menos yo no lo hecho porque está en las antípodas de mi forma de entender la vida), pero incluso así he sufrido con su declive, incapaz de creerme que todavía pudiera hundirse más.

¿Cómo cae tan bajo? ¿Cuál ha sido su error? No hay un respuesta clara a estas preguntas ni falta que hace, porque si algo destaca de esta novela es que ni el personaje ni el narrador buscan la autocompasión, lo que hace que esta lectura sea todavía más cruda y, por eso mismo, mejor.

Me llamó la atención el discurso de uno de los personajes del libro: «Escribo lo que me pide el cuerpo, lo que me gusta escribir y lo que creo que me gustaría leer, lo que me divierte y lo que me da miedo, lo que me parece hermoso o terrible, y no me importa que esté relacionado con Dios, con el honor, con los coños o con la culpa, que esté expresado en bellas palabras o con palabrotas». Asocié esas palabras irremediablemente a las intenciones de Daniel Morales al escribir esta novela, porque es exactamente lo ha hecho en Habrá valido la pena: ha mezclado lo serio y lo cómico, el sexo y la filosofía. Y le ha salido bien. Hasta tal punto que ha sido galardonado con el Premio Vuela la Cometa 2017. Así que os recomiendo que dejéis a un lado los prejuicios literarios y os atreváis a descender a los infiernos junto a Hannah. Cuando lleguéis a la última página no tendréis duda de que este libro lo merece.

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Carmen, de Prosper Mérimée y Benjamin Lacombe

Carmen

CarmenCarmen no necesita presentación. El personaje creado por Prosper Mérimée en el siglo XIX se ha convertido en un mito: es el arquetipo por excelencia de la mujer fatal. Tal y como recuerda el ilustrador francés Benjamin Lacombe en el prólogo de la reciente edición de Edelvives, la sombra de Carmen «puede percibirse en canciones de Stromae o Lana del Rey, en películas de Ernst Lubitsch, Christian-Jaque, Jean-Luc Godard o Peter Brook, y en los poemas de Théophile Gautier».

Añadiría que es también la protagonista de la copla Carmen de España, aunque la letra sea un claro desmarque de la denostada imagen del personaje de Mérimeé. Y lo hago porque a pesar de haber oído dicha canción muchas veces de pequeña, hasta ahora no me había dado cuenta de que aludía directamente a esta obra. No es la primera vez que me pasa. A veces conocemos ciertos personajes clásicos por mil referencias, pero en realidad la imagen que nos creamos es distorsionada, muy alejada de su verdadera esencia. Y para descubrirla no hay nada mejor que recurrir al texto original.

Eso es lo que he hecho yo con Carmen. Aunque reconozco que movida por las sublimes ilustraciones de Benjamin Lacombe. ¿Qué queréis? Lo mío con este ilustrador es fascinación absoluta y no podía resistirme a que esta preciosa edición presidiera mis estanterías, junto al resto de obras que tengo de él: Cuentos Macabros, de Poe, Nuestra señora de París, de Victor Hugo, y La sombra del Golem, de Éliette Abécassis. Y es que el tándem Benjamin Lacombe y Edelvives crea las ediciones más bellas que existen hoy en día en las librerías. Incluso me atrevería a decir que con Carmen han dado un paso más: desde el relieve de la mantilla, en la portada, hasta las siluetas reflejadas en cada inicio de capítulo son una auténtica maravilla.

Y el contenido no desmerece a semejante despliegue de edición. La obra de Prosper Mérimée se ha convertido en clásico por derecho, no tanto por la historia que cuenta (el pasional y destructivo amor entre Carmen, la cigarrera gitana, y don José, el soldado convertido en bandido), sino por el poderoso personaje protagonista. Es cierto que puede parecer que el relato de Mérimée peca de racista y machista en varios momentos: hace hincapié en la maldad de los gitanos y en cómo una mala mujer lleva a la ruina a un buen hombre. Pero más allá de la percepción de Mérimée sobre las costumbres calés y españolas, me parece interesante que Carmen también pueda entenderse como un personaje que echa abajo los tópicos, sobre todo, en su época: ejerce su libertad en todo momento, nunca se doblega a los deseos de los hombres. No seré yo quien afirme categóricamente qué valores transmite Carmen, porque traería cola, pero como decía un profesor que tuve en la universidad: si a unos les parece machista y a otros, feminista, es que no es ni una cosa ni la otra. Y eso demuestra la grandeza de este personaje, lleno de matices y profundidad.

El poder de seducción de Carmen no tiene límites, igual que las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Así que os advierto que si miráis la portada de Edelvives tan solo unos segundos, os la tendréis que llevar a casa. Pero tranquilos, que nos os pasará como a don José. Seguro que acabaréis encantados de que se haya cruzado en vuestro camino.

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Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika

tiempo de albaricoques

tiempo de albaricoques«¿Es posible que los momentos felices en una época difícil sean más felices aún?». Eso es lo que se pregunta Elisabetta Shapiro, una anciana judía que vive prácticamente recluida en su casa de la infancia, en Viena, en la novela Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika. Como si comiera la magdalena de Proust, se retrotrae a su niñez cada vez que prueba una de aquellas mermeladas que elaboró con los albaricoques de su jardín en los tiempos de la guerra. A esos tiempos en los que su familia era extrañamente tolerada y ninguneada en una ciudad donde empezaban a escasear los judíos, pero también a los años que llegaron después, cuando Elisabetta era ya la única superviviente de los miembros de su familia. De aquella niña que fue, solo le queda Hitler, su tortuga. Y el otro Hitler también, para qué negarlo.

Algunos recuerdos son dulces como los albaricoques recién recogidos del árbol; otros saben a humo, por el fondo quemado de la olla en la que la mermelada fue cocinada. Pero todos ellos alimentan a Elisabetta Shapiro, que vive más en el pasado que en el presente, porque cada día oye las voces de sus hermanas mayores —esas que murieron siendo adolescentes— regañándola por alquilarle una habitación a una joven bailarina alemana. Unas voces que le impiden olvidar todo lo que sufrieron y perdieron por culpa de esos alemanes. ¿Cómo asumir que aquel hombre que antes clasificaba judíos en Operngasse, ahora clasifica el correo? No se lo merece, le repiten sus hermanas. ¿Cómo aceptar que ella se salvó simplemente por un instante de suerte, mientras todos sus seres queridos caían?, se martiriza la anciana.

Pero en Tiempo de albaricoques no solo conocemos a Elisabetta y a su familia mediante sus remembranzas de aquella época, sino que también nos encariñamos de Pola y Rahel, una alemana y una judía de estos tiempos, que no cargan con los recuerdos de ese trágico pasado, pero tampoco pueden abstraerse de todo lo que aconteció a sus abuelos décadas atrás. Y estas dos chicas protagonizan una historia de amistad y amor tan sencilla como emotiva, para añadir unas cucharadas de azúcar cuando los recuerdos de Elisabetta se llenan de amargura.

«¿Por qué hay que recordarlo todo y contarlo?», se pregunta la anciana Elisabetta. Y es que está harta de que los recuerdos a veces sean su tabla de salvación y, otras tantas, sean su condena. ¿Es cuestión de olvidar? ¿De aceptar? ¿O, quizá, de reconciliarse? Con los demás y con una misma. Eso es lo que trata de descubrir a través de las mermeladas y de esa extraña bailarina alemana que se ha colado en su casa, para saber si aún no es demasiado tarde para un nuevo comienzo.

Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika, nos habla de una familia judía en la Segunda Guerra Mundial y, pese a ello, nos deja un sabor dulce tras la lectura. Aunque es una dulzura con toques de amargura, claro está, igual que los albaricoques del jardín de la familia Shapiro. Pero, en esta ocasión, el sentimiento de culpa de los que sobrevivieron y no perdonan no consigue empañar este canto al amor y a la libertad.

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Sant Jordi: la fiesta de la literatura

La literatura es un acto solitario. Los escritores pasan horas y horas escribiendo en una pantalla; solos ellos y sus historias. Unas historias que, tiempo después, los abandonan y se van con los lectores. Y esos lectores, la mayoría de las veces, también las leen a solas. Tal vez, sentados en el sofá, una mañana de domingo; quizá, tumbados en su cama, arañando minutos al sueño una noche de entresemana cualquiera. Incluso cuando leen rodeados de gente —en el metro, en la parada del autobús, en la sala de espera del médico—, están solos, ellos y sus libros.

Visto así, la literatura parece pura introspección: miles de momentos solitarios unidos por unas mismas palabras que a cada cual le cuentan una historia diferente. Un acto comunicativo silencioso, un trasvase de vivencias sin paragón entre personas que ni siquiera se han visto. Es un vínculo maravilloso, pero a veces no es suficiente. ¿Qué escritor no quiere ver la cara de emoción de un lector contándole que ha significado su libro para él? ¿Qué lector no desea agradecer al escritor todo lo que le ha hecho sentir?

 

El Día de Sant Jordi, celebrado en Cataluña desde 1926 y declarado Día Internacional del Libro por la Unesco en 1996, está marcado en rojo en los calendarios de los amantes de las letras. Muchas ferias se celebran en todo el país, llenas de presentaciones, charlas y firmas de libros, pero la Rambla Catalunya y Passeig de Gràcia son el punto de encuentro más emblemático de escritores y lectores, la fiesta grande de la literatura.

El día de Sant Jordi siempre está plagado de anécdotas. Los escritores y lectores por fin están cara a cara, compartiendo impresiones. En la Feria del Libro de 2017, un profesor de Literatura le dijo a Fernando Aramburu que Patria era el mejor libro que había leído en los últimos diez años, y por eso había decidido ponerlo como lectura obligatoria a sus alumnos el próximo curso. El escritor, muy espontáneo, se compadeció de esos adolescentes y le contestó: «Pobrecitos, ¡tan largo!».

 

Sant Jordi firma de libros

 

El tiempo escaso y el público abundante no siempre dan margen a estas conversaciones. Jaume Cabré lamentaba que el contacto con el lector fuera «casi minimalista» y que solo pudiera preguntar el nombre y poco más, pero que valoraba mucho las sonrisas de los lectores al pedirle una firma, pues para él eran como vitaminas. Y es que el mayor trofeo que se puede llevar un lector es una dedicatoria en las hojas de cortesía del libro, esas líneas que sí durarán toda una vida, por más breve que haya sido el encuentro. Enrique Vila-Matas, uno de los más veteranos de la Feria de Sant Jordi, sabe que hay que ir preparado y acude bien provisto de bolígrafos —cinco en la última ocasión— para no dejar sin firma a ninguno de sus lectores.

Aún más desbordados se ven los escritores que han recibido algún galardón a lo largo del año. Por ejemplo, en 2016, Eduardo Mendoza recibió en Premio Cervantes y hasta él se sorprendió de la cantidad de público que aglutinó frente a su parada. Con su habitual sentido del humor, dijo que parecía que la mismísima Marilyn Monroe estuviera repartiendo besos, y pese a que solo firmó durante dos horas, los años de experiencia le hicieron aprovecharlas bien y sus lectores se llevaron hasta cuatro libros firmados, ya fueran comprados ese mismo día o traídos de casa. De igual manera, Dolores Redondo, Premio Planeta 2016, vio aumentar su cola de fieles lectores y describió la Feria del Libro como un «tsunami», una «paliza emocional» de la que se alimentaba durante mucho tiempo. Los lectores estaban emocionados por ver a la escritora de San Sebastián, no obstante, le coreaban que se fuera a escribir. Y es que a un lector le alegra la firma de su escritor favorito, pero mucho más que publique un nuevo libro.

El Sant Jordi de 2018 está a la vuelta de la esquina y seguro que dará pie a muchas más anécdotas entre escritores y lectores. Por un día, abandonarán sus soledades para mirar a los ojos a quienes están al otro lado de ese hilo invisible llamado literatura. Y aunque realmente no se conozcan y quizá nunca vuelvan a encontrarse, una mirada cómplice y unas palabras fugaces serán suficientes para saber que les une algo íntimo e inexplicable. Algo que solo se halla entre las líneas compartidas.

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Introducción a la psicología en viñetas, de Grady Klein y Danny Oppenheimer

Introducción a la psicología en viñetas

Introducción a la psicología en viñetasSoy socióloga de formación, lectora compulsiva por afición y escritora por vocación. Y esas tres facetas de mi vida tienen algo en común: intentar comprender este mundo en el que vivimos y, sobre todo, la naturaleza humana que, a veces, tanto me desconcierta. Por eso, al ojear el índice de Introducción a la psicología en viñetas, escrito por Danny Oppenheimer y dibujado por Grady Klein, supe que este libro estaba hecho para mí: Primera parte: Entender el mundo; Segunda parte: Entendernos a nosotros mismos; Tercera parte: Entender a los demás.

¿Cómo no iba a leerlo?

¿Quién no querría leerlo?

La dedicatoria de David Oppenheimer ya deja claro el tono de este cómic: «A mis alumnos, que me han enseñado a enseñar psicología». Y es que Introducción a la psicología en viñetas es un acercamiento ameno y directo a la ciencia de la mente, el cerebro y la conducta. Es evidente que también es superficial, con esa extensión y con ese formato no podía ser de otra manera, pero la exposición de ideas es tan ilustrativa que, irremediablemente, nos quedamos con ganas de saber más sobre todos esos experimentos y efectos de los que nos habla.

La psicología es mucho más que traumas infantiles y divanes, tópicos que le hacen flaco favor a esta ciencia. Introducción a la psicología en viñetas nos lo demuestra haciendo un recorrido por algunos de los experimentos más representativos, desde los conocidos perros condicionados de Pávlov hasta otros tan inquietantes como el de la cárcel de Stanford (ya de paso, os recomiendo la película Das Experiment, del director Oliver Hirschbiegel, que ficciona este estudio y es impresionante). Pero no solo eso, este cómic nos hace tomar conciencia de cómo nuestro cerebro nos provoca el efecto de stroop o el efecto Dunning-Kruger, la forma en la que distorsionamos nuestros recuerdos, el porqué nos dejamos llevar por criterios poco razonables a la hora de tomar decisiones, cuánto daño hacemos cada vez que cometemos el error fundamental de atribución o la asombrosa manera en la que los bebés aprenden el lenguaje… ¡por inferencia estadística!

Aunque por curiosidad y por formación ya conocía varios de los conceptos explicados, he descubierto muchos otros que me han dejado con la boca abierta. Resulta sorprendente lo complejo que es nuestro cerebro y lo engañosa que es nuestra percepción de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Los dibujos de Grady Klein y los ejemplos y explicaciones llenos de humor de Danny Oppenheimer consiguen que sea sencillo interiorizar la multitud de ideas expuestas, pero a la vez nos insisten en que esto es tan solo una muestra y que aún quedan por descubrir muchos más misterios de nuestra mente.

Con Introducción a la psicología en viñetas no he logrado entender el mundo, a mí misma ni a los demás; si acaso, ahora tengo más incógnitas. Pero de lo que no tengo duda es de que he disfrutado con este clarificador acercamiento. Por eso, me uno a los autores, que recomiendan este libro a «cualquiera que sea una persona o que en ocasiones interactúe con alguna». Leed Introducción a la psicología en viñetas si alguna vez os habéis comportado como un psicólogo aficionado, juzgando a alguien o explicando vuestras conductas o las de los demás. Así os daréis cuenta de lo poco que sabéis en realidad y veréis con otros ojos a los verdaderos psicólogos, esos que estudian cada día para comprender mejor nuestra forma de vivir la vida. Porque dejando los tópicos a un lado, Klein y Oppenheimer nos demuestran que los estudios psicológicos rigurosos son necesarios y apasionantes.

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Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem

Un violín con las venas cortadas

Un violín con las venas cortadas Una muchacha calva hace equilibrio sobre un pie en el centro del puente de Notre-Dame, con un baúl de madera atado a su cuello.

Cerca de ella, muy cerca, el mejor violinista de todos los tiempos toca su violín sin cuerdas.

Un asesino a sueldo, a punto de quedarse ciego, vigila la escena desde una de las azoteas, mientras los apunta con su arma.

Un veterano policía y su nuevo compañero merodean por la zona.

Los curiosos se van aglutinando cerca del puente de Notre-Damme.

Una joven periodista quiere saber la verdad de esa muchacha calva y de ese virtuoso violinista.

Un presentador de televisión se muere por conseguir la exclusiva.

A un mafioso al que le persigue la buena suerte le preocupa que ese hecho insólito eche por tierra su gran apuesta anual.

El alcalde de París se pregunta cómo recuperar a su mujer.

Los servicios secretos investigan qué demonios pretende la muchacha calva.

Los líderes políticos reunidos en París temen a ese grupo, cada vez mayor, de gente silenciosa y sonriente.

Las redes sociales echan humo.

Y el mundo entero contiene el aliento, porque saben que después de ese día nada volverá a ser igual.

Todos estos personajes y muchos más conforman la bella y divertidísima historia de Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem. Y me ha gustado tanto tanto tanto, que siento que nada de lo que diga podrá hacerle justicia.

¿Sabéis lo que es leer con una sonrisa un libro entero? Pues así he leído yo Un violín con las venas cortadas. Disfruté de cada uno de los personajes, desde los contradictorios, entrañables y enigmáticos hasta los terriblemente superficiales; y, por supuesto, de las situaciones que tal vez parecían exageradas, pero que a mí me resultaban la mar de creíbles. Y es que sucumbí por completo a la poesía y al sentido del humor de Carlos Salem.

Un violín con las venas cortadas es una historia de amor y traición «de esas que, para contarlas bien, hay que contarlas como un cuento». Y eso es lo que hace Carlos Salem, contagiando su pasión por París, por la música y por la vida a todo aquel que se asome a sus páginas.

¿Quién es esa muchacha calva? ¿Por qué ese violinista cortó las cuerdas a su violín veinte años atrás, en ese mismo puente, en esa misma fecha? Esas incógnitas nos arrastran de una página a la siguiente, pero sobre todo lo hace esa dulzura que lo impregna todo y, cómo no, ese toque de ironía que convierte a esta historia en un loca aunque muy lúcida descripción del mundo en que vivimos.

Carlos Salem nos advierte en las primeras páginas que «cualquier similitud entre los hechos narrados y la realidad sería maravillosa», y yo estoy absolutamente de acuerdo. Tras leer esta novela, me encantaría cruzarme con una chica calva haciendo equilibrio en un puente y con un violinista tocando su violín sin cuerdas. Pero no entenderéis por qué hasta que no la leáis vosotros también. Y quizá, cuando lo hagáis, os convirtáis en parte de esa multitud silenciosa que se une a ellos o, incluso, en la muchacha calva. Entonces podremos decir que el mundo es tan grandioso como nos lo muestra Carlos Salem en Un violín con las venas cortadas.

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Isbrük, de David Vicente

Isbrük

IsbrükNo hace mucho, os hablé de El arte de escribir, el manual de escritura creativa de David Vicente, en el que resume las enseñanzas que imparte en sus talleres de La Posada de Hojalata. Después de publicar aquella reseña, me enteré de que su novela Isbrük había sido galardonada con el XLVIII Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro en 2017 y, por supuesto, quise leerla. Sí, lo reconozco: quería comprobar si aplicaba esas recomendaciones que daba, si él conseguía escribir buena literatura, tal y como animaba a hacer a sus alumnos, en sus clases, y a los lectores, en su manual.

Con ese pensamiento me adentré en Isbrük. No tenía ni idea de qué iba, no me había molestado en leer la sinopsis. Y me alegro de ello, porque esta novela es la clase de historia que hay que descubrir página a página. Una vez dicho esto, si ahora os explico la premisa principal, os presento a sus protagonistas y os comento los giros de la trama más destacables, estaría contradiciéndome. Así que no lo haré, por mucho que eso me dificulte la redacción de esta reseña.

Me limitaré a incidir en que Isbrük es uno de esos libros que no se pueden leer en cualquier momento, porque encarar esta lectura con un estado de ánimo bajo puede demolernos aún más. Y eso es porque David Vicente logra transmitir el vacío, la soledad y el desarraigo de sus protagonistas, esos que se sienten personajes secundarios de su propia historia y cuya anodina existencia los aboca hacia la propia autodestrucción.

Isbrük es frío, un frío que se instala en los huesos para no irse nunca más.

Isbrük es la nada más absoluta, esa que lo engulle todo.

Isbrük, más que leerse, se siente. Y lo que nos hace sentir duele, y mucho.

No me extraña que haya sido galardonada con el Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro, porque calar tanto en tan pocas páginas merece ese y muchos más reconocimientos. Ya no me cabe duda de que David Vicente predica con el ejemplo y que sus alumnos tienen mucha suerte de que un maestro así oriente sus pasos, porque esta novela es prueba de que sabe manejar los tiempos, las distintas voces narrativas y demás aspectos técnicos de la literatura. Pero, sobre todo, lo que domina David Vicente es ese algo intangible que hace que la historia conecte con los lectores y hasta se apodere de ellos, independientemente del lugar en el que vivan, de la época en la que hayan nacido. Aunque me temo que ese aspecto, la clave de la buena literatura, no le será tan fácil de explicar en sus talleres de escritura creativa.

Aunque no os aconseje leer Isbrük en momentos delicados, os recomiendo que no la dejéis escapar y la leáis alguna vez. Porque esta novela corta, que nos absorbe para leerla de un tirón, araña por dentro, deja poso, nos hunde y nos resucita. Porque, a fin de cuentas, siempre merece la pena encontrarle un hueco a la buena literatura.

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El jinete pálido, de Laura Spinney

el jinete palido

el jinete palidoSi alguien nos preguntara cuál fue el mayor desastre del siglo XX, la mayoría pensaríamos en la Segunda Guerra Mundial, por el número de muertes, o en el Holocausto, por la saña de los nazis contra los judíos. A prácticamente nadie se le ocurriría responder la gripe española. Y, sin embargo, esta enfermedad, en apenas dos años, infectó a una de cada tres personas del planeta y seguramente mató a más seres humanos que las dos guerras mundiales juntas. ¿Por qué, entonces, apenas se la nombra en los libros de Historia? ¿Por qué no sabemos casi nada de ella? Esta y otras muchas cuestiones son las que aborda la escritora y periodista Laura Spinney en El jinete pálido.

En este magnífico ensayo, Laura Spinney hace acopio de toda la información disponible hasta el momento sobre la gripe española, que asoló el mundo hace ahora cien años. En las últimas tres décadas, historiadores, sociólogos y virólogos han empezado a prestar atención a aquella pandemia que quedó olvidada por las dos guerras mundiales que convulsionaron el mundo, y Spinney se ha servido de ese acercamiento multidisciplinar para escribir una especie de biografía de la gripe, aunque en realidad es una historia humana con esa enfermedad como hilo conductor, ya que el brote de 1918 estuvo protagonizado por millones de seres humanos anónimos: los que murieron y acabaron enterrados en fosas comunes; los que sobrevivieron, pero ya nunca volvieron a ser los mismos.

De forma amena pero rigurosa, enlaza acontecimientos históricos y tragedias personales para contarnos cómo surgió, cómo se propagó y cómo remitió. Se remonta hasta sus posibles orígenes, un par de milenios atrás, para luego abordar el brote de 1918 y las consecuencias sociales, sanitarias, políticas y culturales que derivaron de él y transformaron a la humanidad. Impresiona leer la estrecha relación que la denominada gripe española tuvo con el devenir de la Primera Guerra Mundial y, quizá, con el origen de la segunda; y su papel en la independencia de la India o en el apartheid de Sudáfrica. Pero no solo trajo desgracias, ya que, gracias a ella, la sociedad se concienció de la necesidad de sanidad universal y de practicar deporte, así como contribuyó a establecer la virología como disciplina, a promover las primeras vacunas contra la gripe, a constituir la Organización Mundial de la Salud y a que Fleming descubriera la penicilina.

El trabajo de documentación y narrativo que Laura Spinney ha llevado a cabo en El jinete pálido es admirable. Cada uno de los capítulos es como una revelación: la falta de medios y hasta de conocimientos de los médicos en aquella época, en la que aún se hacía uso de «pócimas, extractos de plantas y tratamientos no probados»; la paradoja de que la ayuda al prójimo, en esas circunstancias, supusiera la condena de uno mismo y hasta de toda su comunidad; los curiosos ritos que se pusieron en práctica, en un vano intento de acabar con el contagio… El jinete pálido nos demuestra como la epidemia de la mal llamada gripe española fue un punto de inflexión en la humanidad y que sin ella no sería posible entender el mundo en el que ahora vivimos. Y, sobre todo, pone sobre la mesa la importancia de que todos accedamos a datos veraces para conocer las causas y consecuencias de aquel desastre. Solo así, si algún día vuelve a repetirse una pandemia de estas características, estaremos preparados para combatirla.

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Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés

las madres negras

las madres negrasConectar con un libro desde la primera página es una experiencia que pocas veces se da. Y a mí me ha pasado con Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés. Y no hablo de que desde la primera línea me cautivara la forma de escribir de la autora ni de que no pudiera despegarme del libro. Eso, aunque tampoco me pasa con todas las novelas, me ocurre más a menudo. La conexión de la que hablo es mucho más profunda, y es que al leer las primeras páginas de Las madres negras, sentí que esa misma historia la podía haber escrito yo: Patricia Esteban Erlés había plasmado cada una de mis obsesiones literarias. Esas que me atraen como lectora, esas que me someten como escritora: la fantasía para abordar la realidad más cruda, el choque entre creencia y conocimiento, la mirada de la infancia… y la muerte, siempre rondando.

En Las madres negras, Patricia Esteban Erlés nos adentra en Santa Vela, una mansión laberíntica reconvertida en orfanato que nos cuenta su propia historia. Entre su muros malvive un grupo de huérfanas: Mida, la hija de la bruja, que grita que Dios no existe, que Él mismo se lo ha dicho; Moira, la niña que se muere a veces; las siamesas Lavinilea, que no saben dónde empieza una y acaba la otra; Pola, la de los cabellos verdes y belleza vegetal… Y tantas otras niñas, que han sido despojadas de su verdadero nombre y de sus melenas por mandato de la hermana Priscia, para ser ataviadas con vestidos grises que las convierten a todas en una sola. Y, por supuesto, Dios, que también habita en Santa Vela y que habla de sí mismo en tercera. Un Dios que, aburrido, pasa el tiempo jugando con las internas como si fueran sus títeres, hasta que se enamora de una de ellas y su deseo lo vuelve aún más despiadado.

Esta novela ha sido galardonada con el IV Premio Dos Passos a la Primera Novela, pero salta a la vista que esta no es la primera incursión literaria de Patricia Esteban Erlés. Semejante maestría con las palabras la ha alcanzado tras muchos años centrada en los cuentos, los cuales también han sido premiados en numerosas ocasiones. Y ese pasado como cuentista se nota en los capítulos de Las madres negras, ya que cada uno parece un cuento independiente, que se disfruta por sí solo, aunque esté fuertemente imbricado con los demás para formar un todo, tan poético como descorazonador.

Imagino que cualquier lector no tendrá una conexión tan personal como la mía con este libro; hasta yo dudo que vuelva a tener una experiencia así con otra obra en el futuro. Pero apuesto a que quienes abran esta novela sucumbirán sin remedio a su atmósfera gótica, tan bien lograda que traspasa las páginas. Y leerán Las madres negras con el corazón oprimido, conmovidos por la belleza de la prosa de Patricia Esteban Erlés y por lo descarnado de su historia. Porque no es necesario compartir sus obsesiones literarias para apreciar el talento prodigioso de esta autora.

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Una historia casi verdadera, de Mattias Edvardsson

Una historia casi verdadera

Una historia casi verdadera«¿Qué es más importante: contar una buena historia o desenterrar la verdad?». Buena pregunta, ¿eh? Yo se la haría a más de un periodista, pero esto va de literatura. Y no lo digo solo porque vaya a reseñar un libro, sino porque este libro, Una historia casi verdadera, plantea esa pregunta en su portada y a lo largo de toda su trama, pero enfocada desde la perspectiva del mundo literario.

Me explico. En Una historia casi verdadera, el escritor sueco Mattias Edvardsson nos presenta a Zack Levin, un treintañero que acaba de perder a su novia y su trabajo. No le queda más remedio que volver a vivir con su madre y, en plena crisis existencial, decide recuperar una pasión olvidada: la escritura. Pero la historia que quiere escribir no es una historia cualquiera, ya que pretende reconstruir los acontecimientos que él mismo vivió una década atrás, durante un curso de Escritura Creativa, para demostrar la inocencia de su compañero Adrian Mollberg, acusado de asesinar a Leo Stark, uno de los escritores más famosos del país en aquella época.

Con este punto de partida, Una historia casi verdadera va intercalando el presente del protagonista (2008) con los capítulos de su novela, El asesino inocente, en los que relata aquel curso de 1996: sus clases con la atractiva Li Karpe, su amistad con el extrovertido Adrian y el taciturno Fredick, su enamoramiento secreto de su compañera Betty, su extraños encuentros con el irascible escritor Leo Stark…

En 2008, Zack se reencuentra con sus viejos amigos y, a medida que les pregunta sobre aquellos tiempos para escribir su historia, se da cuenta de que no puede fiarse de sus propios recuerdos, que todos ocultan algo y que la verdad, dependiendo de a quién se le pregunte, puede ser muy diferente. Y de igual manera, a los lectores también se nos van multiplicando los interrogantes conforme pasamos las páginas. Y es que, como viene siendo habitual en la literatura sueca, Una historia casi verdadera da un giro de rosca en la última línea de cada capítulo para que no podamos separarnos del libro, por lo que sus más de cuatrocientas páginas se hacen cortas.

Pero además de ser una novela adictiva, con las opiniones y actos de sus personajes, Mattias Edvardsson nos hace reflexionar sobre los difusos límites de la literatura, planteando preguntas tan interesantes como hasta qué punto se puede exigir que la ficción sea moral o veraz o si un libro puede ser alabado como una obra maestra, aunque su autor sea la persona más despreciable del mundo. Cuestiones que a todos nos resultan familiares, puesto que salen a la palestra cada vez que se publica una novela provocadora o se desvelan los escándalos de algún artista.

Así, mientras el protagonista y nosotros mismos intentamos montar el rompecabezas del asesinato de Leo Stark, Mattias Edvardsson nos adentra en los claroscuros de la escritura, retratándola desde diferentes prismas, que van del romanticismo más inocente al cinismo más absoluto. Por eso, si soñáis o alguna vez habéis soñado con ser escritores, disfrutareis de Una historia casi verdadera especialmente. Aunque, aviso, no saldréis indemnes de la lectura.

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La niña Mágica, de Virginia Alba Pagán

La niña Mágica

La niña MágicaLeer La niña Mágica, de la escritora valenciana Virginia Alba Pagán, me ha hecho recordar Dentro del laberinto, mi película preferida de la infancia, lo que siempre es de agradecer. Pero sobre todo me ha traído a la mente La historia interminable, de Michael Ende, un clásico de la literatura juvenil imprescindible. Porque, al igual que en esas dos historias, en este cuento infantil hay una chiquilla que se adentra en un mundo de fantasía para combatir contra la oscuridad y el miedo que amenazan con destruir la magia y la bondad.

Virginia Alba Pagán ha creado su particular País de la Magia lleno de seres maravillosos, pero no se ha conformado con que la lectura de esta aventura sea entretenida y evocadora, sino que ha querido que además fuese didáctica. Por ello, la ha complementado con un anexo en el que aparecen frases del cuento para explicar la diferencia entre distintos recursos literarios como personificaciones, metáforas y comparaciones. Y es que Virginia Alba Pagán es profesora de Lengua y Literatura y se sirve de su libro para impartir la asignatura. De ahí que la edad recomendada en la contraportada sea a partir de doce años, pero yo creo que ya resulta una lectura adecuada a partir de los tres o cuatro. E incluso diría que se disfruta mucho más a esas edades tempranas, porque Virginia Alba Pagán reúne en su historia a todos esos seres fantásticos que hacen las delicias de los más pequeños: sirenas, duendes, guardianes del bosque… Y, por supuesto, hadas y unicornios, concretamente el hada Flor y el unicornio Alas, los compañeros de aventura de Ariadna, la pequeña protagonista.

Puesto que La niña Mágica es un recurso empleado en las clases de Lengua y Literatura de su autora, no es extraño que sea también una reivindicación del poder de la palabra, la literatura y la imaginación, así como de un sinfín de valores. La niña protagonista recurre a los cuentos que su madre le ha contado cada noche, y las leyendas de Orfeo y Perséfone, Ulises y Penélope, Narciso o Ariadna le sirven de inspiración para superar los obstáculos que se encuentra en el camino, siempre ayudada por sus amigos.

La niña Mágica irradia dulzura gracias a la forma de escribir de Virginia Alba Pagán, pero por si esta no fuera suficiente, el libro ha sido ilustrado por Teresa Saco. Sus dibujos, con esos personajes de ojos enormes, transmiten la misma ternura que la prosa de la autora, y hacen que nos enamoremos de ese País de la Magia al igual que la niña protagonista.

En definitiva, La niña Mágica es ese cuento que todos hubiéramos querido leer de pequeños. Porque ¿quién no quiso ser tan valiente como Ariadna y protagonizar una aventura así?, ¿quién no soñó con tener de amigos a unos seres mágicos como Flor y Alas? Yo, al menos, sí, para qué voy a negarlo. Por eso Dentro del laberinto era mi película favorita y disfruté tanto con La historia interminable. Y por eso ha sido un gusto retrotraerme a la infancia con las aventuras de La niña Mágica.

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