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El hombre menguante, de Richard Matheson (adaptado por Ted Adams y Mark Torres)

el hombre menguante

el hombre menguanteEs curioso: no suelo leer ciencia ficción, pero cuando lo hago, son libros que me encantan. Sin ir más lejos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o Jurassic Park son novelas que siempre recomiendo y que no me importaría volver a leer. Y aun así, la ciencia ficción sigue siendo un género al que me resisto. Quizá por eso me dio por leer la adaptación al formato cómic que Ted Adams y Mark Torres han hecho de El hombre menguante, en vez de acudir a la obra original de Richard Matheson. Es una buena alternativa cuando deseo conocer una historia, pero me abruma enfrentarme al texto completo. Ya lo hice con Crítica de la razón pura, de Inmanuel Kant y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust , y como en ambos casos la experiencia fue más que satisfactoria, he decidido repetir.

Puede que muchos no conozcáis esta novela de Richard Matheson escrita en 1956, pero seguro que os vienen a la cabeza algunas de las películas que se han inspirado en su planteamiento. Por ejemplo, a los que crecisteis en los años noventa como yo, os recordará a Cariño, he encogido a los niños. Sin embargo, nada de cómico tiene la historia de El hombre menguante. Al contrario, el trasfondo de la novela, evidente en su magnífico final, es de un calado existencialista que a mí me dejó noqueada. Si hubiera tenido al señor Matheson enfrente, le hubiera dado un aplauso.

¿Qué pasaría si cada día encogieras tres milímetros? Al principio, ni siquiera te darías cuenta, pero poco a poco, ese cambio inexorable de tamaño iría limitando tu día a día y, lo que es peor, la forma de percibirte tú mismo y los demás. Eso es lo que le ocurre a Scott, el protagonista de El hombre menguante. La narración va intercalando episodios en los que Scott mide más de un metro ochenta, pero comienza a notar la mengua, y el momento en el que apenas supera el centímetro de altura y está atrapado en su sótano, donde alcanzar la caja de galletas o escapar de una araña suponen toda una odisea.

Con adaptaciones tan buenas como esta de Ted Adams y Mark Torres, el cómic se consolida como un medio excelente para redescubrir clásicos, pero también reivindica su valor literario. Sus ilustraciones imprimen el ritmo adecuado a la historia y transmiten la creciente inseguridad de Scott, la incomodidad de su pareja, el desprecio de los extraños, la certeza de que desaparecerá en pocos días. De este modo, nos metemos en la piel de Scott, sentimos su desesperanza y su terror y, sobre todo, nos planteemos si nosotros tendríamos también ese instinto de supervivencia.

Para profundizar en la grandeza y originalidad de El hombre menguante, Planeta Cómic ha incluido una introducción de Peter Straub, un prefacio de David Morrell y un artículo de Ted Adams donde explica cómo fue el proceso de adaptación. Como el mismo Adams reconoce, este cómic nació con el objetivo de animar a los nuevos lectores a leer el texto original de Matheson; y lo han logrado, al menos conmigo. Mis estúpidas reticencias con la ciencia ficción tienen los días contados si leo a maestros del género de este calibre.

 

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84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

84 charing cross road

84 charing cross road

Dicen que ver a alguien leyendo un libro que nos gusta es ver un libro recomendándonos a esa persona. Y supongo que todos vosotros, lectores asiduos de Libros y Literatura, habéis sentido alguna vez esa complicidad inmediata que surge entre dos apasionados de los libros, cuando una conversación casual desemboca en un sinfín de recomendaciones literarias.

Algo así le pasó a Helene Hanff, la autora de 84, Charing Cross Road. Allá por el año 1949, Helene Hanff era una escritora pobre y una lectora que sentía predilección por los libros antiguos. Pero en Nueva York no encontraba ediciones que su bolsillo se pudiera permitir y, en las librerías de segunda mano, el estado de los ejemplares dejaba mucho que desear. Así que acabó escribiendo una carta a Marks & Co., una librería londinense especializada en libros agotados, ubicada en el número 84 de Charing Cross Road, de Londres. El solícito servicio de Frank Doel, el empleado que se encargaba de contestar las cartas de Marks & Co., hizo que esa misiva puntual llegara a ser una correspondencia ininterrumpida durante más de veinte años, y el desparpajo de ella la convirtió, sin ninguna duda, en la clienta favorita de todos sus libreros.

84, Charing Cross Road no es ninguna novela, solo una recopilación de las cartas que Helene Hanff se envió con los dependientes de la librería de Londres. Pero es considerado un libro de culto, incluso adaptado al cine y al teatro, porque es una maravilla que ningún lector debería perderse. ¿Cómo no conectar con sus protagonistas? las divertidas pullas de Helene a Frank para poner a prueba su reserva británica; las cartas inesperadas de Cecil Farr, otra de las empleadas de la librería, que quiere saber más sobre esa selecta clienta a distancia; las contestaciones de la mujer de Frank y hasta de la vecina de arriba, que también han cogido cariño a esa neoyorquina que les envía conservas en esos momentos en los que sufren el racionamiento derivado de la Segunda Guerra Mundial… Y es que, como si nada, la solicitud de libros da paso a la vida, a compartir esas pequeñas confidencias y novedades diarias. Y los lectores nos alegramos con cada progreso laboral de Helen Hanff, porque deseamos tanto como ella que por fin pueda viajar para conocer a esos amigos que viven al otro lado del océano.

Esta historia real de pasión por los libros y de amistad que supera las barreras de la distancia y del tiempo es tan sencilla como entrañable, y se gana el corazón de los lectores por derecho propio, sin necesidad de rellenar con ficción ni de recurrir a artificios. Por eso, aunque en estos tiempos sea posible comprar cualquier libro con un solo golpe de clic y saber cómo les va a nuestros amigos casi en directo, a cualquiera de nosotros nos gustaría vivir esas emocionantes esperas de Helene Hanff.

Qué suerte tuvieron estas personas de que su vidas se unieran a pesar de la distancia. Y todo gracias a los libros, capaces de crear las amistades más insólitas e imperecederas.

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La semilla de la bruja, de Margaret Atwood

La semilla de la bruja

La semilla de la brujaLeer el nombre de Margaret Atwood nos lleva irremediablemente a pensar en El cuento de la criada, ¿verdad? Reconozco que me entraron ganas de leerlo después de ver la magnífica reseña que mi compañera Laura Gomara le dedicó y de oír tantos elogios de la serie de la HBO inspirada en él; pero todavía no lo he hecho y, finalmente, ha sido La semilla de la bruja, la última novela de Margaret Atwood, mi primer acercamiento a esta autora. Y casi que mejor, porque me parece que nada tienen que ver un libro con el otro y, así, he disfrutado de esta lectura sin estar comparándola inconscientemente con la novela de la que todo el mundo habla.

Como digo, que la autora de La semilla de la bruja fuese Margaret Atwood llamó mi atención, pero lo que realmente me hizo leerlo fue que lo definieran como una reinvención de La tempestad, de William Shakespeare. La mayoría de las obras del célebre escritor inglés me fascinan, y aunque esta en concreto no la he leído, La semilla de la bruja me pareció una forma distinta de adentrarme en ella.

Pero ¿qué nos cuenta Margaret Atwood en La semilla de la bruja? Pues la historia de Felix, un extravagante director de teatro que, de repente, pierde a su esposa y a su hija pequeña. Toni, su compañero de trabajo, aprovecha su delicada situación personal para desbancarlo. Y Felix acaba siendo un hombre solitario que se hace llamar señor Duke, habla con su difunta hija y, en sus ratos libres, organiza funciones de teatro de Shakespeare con los reclusos de una cárcel, esperando pacientemente el momento de vengarse de Toni y de todos aquellos que contribuyeron a arruinar su carrera. Y ese ansiado desquite llegará cuando por fin los reúna a todos dentro de la cárcel, como público exclusivo de La tempestad, la obra que nunca le dejaron dirigir.

Así, Margaret Atwood nos lleva de la vida del teatro al teatro de la vida. Felix trama una obra dentro de otra obra y, mientras tanto, los presos y él desgranan las múltiples lecturas de La tempestad, reinventándola y hasta continuándola. El resultado es una historia de venganza cocinada a fuego lento, una sátira del mundo del teatro y de la política y una aproximación a la obra de Shakespeare que deja patente su atemporalidad. Y además de todo eso, La semilla de la bruja es una forma diferente de retratar el periodo de duelo tras la pérdida de un ser querido y una eficaz reivindicación del papel que la literatura y el teatro juegan dentro de las cárceles.

Me encanta cuando un libro me recomienda otro libro y, sin duda, La semilla de la bruja es una excelente recomendación de La tempestad, en particular, y de toda la obra de Shakespeare, en general. Así que me toca sumar un libro más a mi interminable lista de lecturas pendientes. Ahí, junto a El cuento de la criada, que sube varios peldaños en el orden de prioritarios. Y es que, ahora que he disfrutado de la afilada prosa de Margaret Atwood, quiero repetir.

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Assassination Classroom 20: Hora de la graduación, de Yusei Matsui

assassination classroom 20

assassination classroom 20Penúltima página de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom.

Se acabó. Assassination Classroom 20: Hora de la graduación pone fin a esta historia. O casi.

Pero para quienes acaben de enterarse de la existencia de este manga y se hayan perdido mis cinco reseñas anteriores, resumiré la trama en unas pocas líneas: Korosensei es un monstruo que ha destruido la Luna y que amenaza con destruir la Tierra en el plazo de un año, a no ser que uno de los alumnos de la clase de 3º-E de la escuela secundaria Kunugigaoka acabe con él antes de la graduación. El gobierno promete recompensar con diez mil millones de yenes a quien lo consiga. Lo curioso del caso es que el profesor encargado de enseñarles las mejores técnicas de asesinato es el propio Korosensei, ¡y se lo toma muy en serio!

Visto así, podría parecer una historia de violencia gratuita, puro pasatiempo, pero no me cansaré de decir que Assassination Classroom es mucho más que eso. Para empezar, es una continua contradicción: el protagonista es un monstruo con un poder de destrucción sin igual; pero, a la vez, es divertido y entrañable. Y en sus clases enseña a asesinar; sin embargo, lo que los alumnos aprenden  en realidad es a reflexionar sobre el valor de la vida, a confiar en su potencial y, en definitiva, a madurar.

Ya he hablado largo y tendido sobre este manga, postrándome a los pies de Yusei Matsui en las mejores entregas y quejándome de los episodios de relleno. Pero Assassination Classroom 20: Hora de la graduación es el punto final y es el momento de evaluar si seguir este manga ha merecido la pena. Como bien dice Yusei Matsui en la solapa de este último número: «El éxito o el fracaso de la historia que es Assassination Classroom dependería de cómo dibujara ese (este) capítulo». Por eso yo temía que llegara esta entrega y por eso ahora respiro aliviada. Sí, Yusei Matsui lo ha conseguido: ha escrito un digno desenlace a esta historia. Hay mucha acción, pero también mucho sentimiento y reflexiones para el recuerdo, sobre todo ensalzando el trascendente papel que los buenos profesores juegan en la vida de sus alumnos.

Queda Assassination Classroom 21, sin embargo, ese volumen será, más bien, un epílogo donde se cerrarán algunos cabos sueltos y se incluirán algunos extras. Por supuesto, lo leeré, para reencontrarme una vez más con los personajes de esta historia, aunque ya no será lo mismo.

Todavía me sorprende haberme enganchado así a este manga, a pesar de llegar a él cuando la historia ya estaba muy avanzada. Y me asombra aún más el haber cogido tanto cariño a su excéntrico protagonista. Los que no hayáis leído nunca este manga no me comprenderéis, claro, pero seguro que los que conozcáis a Korosensei, sí. Por eso, esta reseña ha sido un nuevo intento de convencer a los escépticos para que le den una oportunidad a este manga. Si aún no lo he conseguido, no desaprovecharé mi última oportunidad: os espero en la página final de mi diario de lectura de Assassination Classroom.

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La Bella Durmiente, de Lola Moral y Sergio Sánchez

La Bella Durmiente

La Bella Durmiente Hay historias que hemos leído, visto y escuchado mil veces, por ejemplo, La Bella Durmiente. Sin embargo, eso no quiere decir que conozcamos de verdad este cuento. La mayoría de personas no tienen ni idea de que el primero en escribirlo fue el italiano Giambattista Basile y que su título original era Sol, Luna y Talía. Aunque muchos sí conocen las versiones posteriores de Charles Perrault o de los hermanos Grimm. Y, por supuesto, prácticamente todos han visto el musical edulcorado de Disney… o alguna vil copia de este. Sin ir más lejos, yo. Sí, lo confieso: la primera película que vi de La Bella Durmiente fue una versión cutre que venía de regalo en algún producto del Carrefour. Y la vi varias veces, además. Años después (muchos), vi la versión Disney, tratando de saldar cuentas pendientes con mi infancia; y al poco tiempo, me regalaron un libro electrónico en el que iba incluido el cuento de Perrault, y fue de los primeros que leí. Nada que ver con el film de 1959, claro.

No es que prefiera las versiones macabras de antaño (que se pasan siete pueblos, hay que reconocerlo), pero es que la famosa película de Disney es demasiado de ñoña y hace un flaco favor a la protagonista: Aurora es la princesa Disney con menos frases de diálogo. Por eso me atrajo la revisión del cuento recientemente publicada por la editorial Dibbuks, que prometía darle un giro actual al archiconocido cuento de La Bella Durmiente.

A través de las ilustraciones de Sergio García y el guion de Lola Moral, por primera vez conocemos la historia de la Bella Durmiente de la mano de su protagonista. ¡Y ya era hora, eh! Porque resulta que esta princesa es de lo más simpática e inteligente, y ese es uno de los puntos fuertes de esta versión: el sentido del humor (con el que los adultos conectarán incluso más que sus hijos). El otro punto que merece ser destacado es su cuidada edición: una concertina de ocho cuerpos en cartoné y a color que desplegamos para contemplar la vida de Talía (el verdadero nombre de la Bella Durmiente) en un solo vistazo: desde su milagroso nacimiento, su desastroso bautizo y sus años de sueño hasta su despertar, cien años después, y las periódicas visitas de príncipes, a cada cual peor que el anterior.

La Bella Durmiente de Lola Moral y Sergio García es un cuento infantil que se lee en un momento, pero su capacidad de abrir la mente a grandes y pequeños es inmensa. A los mayores, porque nos damos cuenta de lo ninguneada que había estado esta protagonista en las infinitas versiones de su historia; y a los pequeños, porque rompe con los absurdos estereotipos que los cuentos han transmitido durante generaciones y les muestra, por fin, a una princesa autosuficiente y dueña de su destino.

No es esta la primera actualización del cuento de La Bella Durmiente ni mucho menos, pero sin duda es una actualización genial que merece ser leída. Ni la historia macabra de Perrault, ni la adaptación low cost que regalaba el Carrefour ni la ñoña versión Disney: La Bella Durmiente creada por Lola Moral y Sergio García se ha convertido en mi versión favorita de este clásico cuento de hadas.

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El Jinete de la Tormenta, de Darío Lozano

el jinete de la tormenta

el jinete de la tormentaCreo que es conveniente que comience esta reseña destacando que El Jinete de la Tormenta, la primera novela (publicada) de Darío Lozano, es una historia divertidísima. Ni por el título ni por la portada me lo hubiera imaginado, ni siquiera por la sinopsis, pero esa ha sido la razón principal por la que me ha atrapado desde la primera página y por la que la he echado de menos cuando no encontraba un hueco para leer.

Yo, que no soy de risa fácil, valoro mucho cuando un libro me hace disfrutar de esa manera. Y es que la forma de ver la vida de Víctor, el narrador de esta historia, recuerda mucho al inolvidable detective sin nombre de las novelas de Eduardo Mendoza, y las rocambolescas situaciones a las que se enfrenta durante el turno de noche del gran hotel donde trabaja, también.

Si El Jinete de la Tormenta se hubiese quedado en un divertimento, ya hubiera quedado plenamente satisfecha, pero es que además es una novela compleja. Solo hay que leer la sinopsis, todo un rompecabezas, para verlo:

«Víctor es una joven promesa de la hotelería que ha sido contratado por el mejor hotel de Madrid para el turno de noche. Convencido de su inminente ascenso a director general, se ha comprado un coche acorde al puesto.
Víctor es un cincuentón divorciado, calvo, gordo y exconvicto, que quema su vida entre un cochambroso apartamento de alquiler de treinta metros cuadrados y su trabajo en el turno de noche de un geriátrico.
Sí, hablamos del mismo Víctor.
El mejor amigo de Víctor es un excéntrico multimillonario, dueño de un pueblo en la costa gallega, acusado de secuestro y pederastia.
Ricardo Espaldier es el seudónimo con el que firma sus novelas el enigmático creador del espía Crusat, una suerte de James Bond español que revienta el mercado con cada nueva publicación y su posterior adaptación cinematográfica.
Ricardo Espaldier es el mejor amigo de Víctor.
Esteban Buonote es un filósofo misántropo que llegó a publicar dos ensayos de escasa tirada por los que los coleccionistas pagan cantidades desorbitadas. Afirma que los Jinetes del Apocalipsis son siete y una vez llegó a ver al quinto: El Jinete de la Tormenta.
Esteban Buonote es Ricardo Espaldier.
Nadie sabe quién es Erika».

Darío Lozano ha sabido manejar a la perfección el ritmo de esta historia, que transcurre a lo largo de tres décadas, aproximadamente, desvelando poco a poco las múltiples caras de los tres personajes protagonistas. Y me resulta sorprendente cómo ha sido capaz de pasar del humor más desenfadado al drama más crudo como si nada, consiguiendo que no me descolgara de la historia por ello y que ni siquiera me chirriara ese radical cambio de tono.

Porque El Jinete de la Tormenta es la historia de la amistad que va surgiendo entre un recepcionista de hotel y un excéntrico escritor a través de encuentros de lo más surrealistas; pero también es un relato descarnado sobre el abuso infantil y el descenso a los infiernos de las drogas y el alcohol. Y por si esto fuera poco, destila amor por los libros en cada página, algo que los bibliófilos como yo siempre agradecemos: anécdotas literarias reales y constantes referencias a cómics, best sellers y clásicos, todo ello aderezado con reflexiones sobre el proceso creativo y sobre los claroscuros del mundo editorial y los medios de comunicación sensacionalistas. Vamos, uno de esos libros que se acaban con una sonrisa y que dan para debatir y recordar durante mucho tiempo.

Por eso, no quiero acabar esta reseña sin felicitar a Darío Lozano por este excepcional debut literario y, de paso, aprovecho para darle las gracias por haberme hecho pasar tan buen rato. No pienso perderme sus próximas publicaciones y estoy segura de que si vosotros os atrevéis a descubrir El Jinete de la Tormenta, tampoco lo haréis.

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El concilio de los árboles, de Pierre Boisserie y Nicolas Bara

El concilio de los árboles

El concilio de los árbolesHay títulos que tienen un atractivo especial y, para mí, El concilio de los árboles es uno de ellos. Solo con verlo (y la ilustración de la portada también ayudó, no lo niego), tuve que leer la sinopsis de esta novela gráfica de Pierre Boisserie y Nicolas Bara, a ver si el contenido parecía tan sugerente como el título insinuaba: «Perdido en mitad de un oscuro bosque, un viejo hospital infantil es, desde hace días, el escenario de fenómenos extraños. Todas las noches, a las doce en punto, sus jóvenes pacientes entran en trance, como poseídos por una fuerza exterior, y comienzan a bailar una extraña danza en los tejados del edificio. Enviados por el Ministerio Público de Asuntos Privados, Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, dos agentes especializados en asuntos paranormales, tendrán que llevar a cabo la investigación con el fin de comprender las razones de estos inquietantes acontecimientos. Unos sucesos cuyo origen parece ligado al inmenso bosque en el que, varios siglos atrás, aconteció una horrible tragedia…».

¿Oscuro bosque? ¿Viejo hospital infantil? ¿Pacientes en trance? ¿Horrible tragedia? ¡Vaya! Este libro tenía los elementos que suelen llamar mi atención. Así que allá que fui a leer esta novela gráfica de estética gótica, ambientada en el siglo XIX. ¿Y qué me encontré? Pues a una pareja protagonista carismática, personajes que no son lo que parecen, mucho humor, giros imprevistos, buenas ilustraciones y ese halo oscuro que lo cubre todo. Vamos, que me lo leí de una sentada y lo disfruté muchísimo.

Tanto me gustó que me supo mal que fuera tan corto. El concilio de los árboles tiene tan solo sesenta y cuatro páginas, y aunque en esa corta extensión a sus autores les da tiempo a despertar nuestro interés por el misterioso fenómeno paranormal y a mostrar de forma efectiva las personalidades de los protagonistas, la resolución de todas las incógnitas es demasiado precipitada. Estos dos investigadores deben ser los mejores en lo suyo, porque es asombrosa la velocidad con la que llegan al intríngulis del asunto, sin necesidad de dar rodeos. Pero como me fue tan fácil sumergirme en la atmósfera gótica creada por Pierre Boisserie y Nicolas Bara y conectar con los personajes, enseguida les perdoné que hubieran resuelto todo con extremada sencillez y solo me quedó la pena de que la aventura fuera tan breve.

No tengo ni idea de si los autores tienen previstos nuevos misterios para el tándem formado por Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, aunque, desde mi punto de vista, el final de El concilio de los árboles deja abierta esa posibilidad, cosa que me alegra. Tal vez estén esperando ver la aceptación del público antes de arriesgarse a iniciar una serie, no sé. Así que no le deis demasiada importancia a lo que he dicho sobre la rápida resolución del misterio, fallo que podrían subsanar en las siguientes entregas, y leed El concilio de los árboles, por dios, que Boisserie y Bara sepan que merece la pena continuar. Hacedlo por mí, aunque sea, que quiero vivir junto a estos dos agentes especializados en asuntos paranormales más aventuras.

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El arte de escribir, de David Vicente

El arte de escribir

El arte de escribir A menudo me pregunto si la gente subestima el arte de escribir o soy yo quien lo sobrevaloro. Mi pasión literaria viene de tan atrás y soy tan crítica con lo que escribo, que reconozco que me molesta cuando alguien, que apenas sabe redactar sin faltas de ortografía, dice que es escritor solo porque ha colgado su «libro» en Amazon. Eso me recuerda, irremediablemente, aquella anécdota que contó Pérez Reverte en su columna, hace ya algunos años. Estaba él sentado en una terraza cuando se le acercó un hombre a saludarlo. Tras reconocer que no había leído sus libros, ni ninguno en general, le pidió consejo para escribir una novela. No tenía una idea concreta en mente, ni siquiera había escogido un género, pero oye, al hombre le hacía ilusión escribir un libro. Estupefacto, Reverte le dijo que por qué no le había dado por componer música, y el hombre le replicó que eso no lo hacía cualquiera, que para eso había que valer.

Ese es el error más extendido: considerar que escribir literatura no requiere de aprendizaje alguno. Yo, que soy una romántica o, tal vez, muy inocente, pienso que, además de técnica, para escribir se precisa de una mirada especial. Y David Vicente, el autor de El arte de escribir, está de acuerdo conmigo, aunque también está convencido de que hasta eso puede aprenderse.

En este manual de escritura, recientemente publicado por la editorial Berenice, David Vicente no solo resume las enseñanzas que suele impartir en sus talleres de escritura creativa, sino que reproduce casi íntegros cuentos de escritores de la talla de Hemingway o Capote, para que sirvan de ejemplo, e incluye ejercicios al final de cada capítulo. Aunque los lectores no tendrán la suerte de que él se los revise y comente, al menos es una forma de llevar a la práctica lo leído. Después serán la persistencia y el ojo crítico los que harán que este curso exprés de ciento veinticuatro páginas dé sus frutos en los lectores que se adentren en él.

No es la primera vez que hablo de libros de escritura. Ya reseñé aquí La mecánica de la escritura creativa: en busca de una voz propia, una recopilación de artículos de profesores y colaboradores de la Universidad de Alcalá de Henares que reflexionaban sobre los retos y beneficios de la escritura creativa; Escribe con Rosa Montero, un precioso cuaderno donde escribir nosotros mismos, con reflexiones y consejos de la escritora madrileña e ilustraciones de Paula Bonet y Los 65 errores más frecuentes del escritor, un excelente manual para quienes ya llevan muchas páginas escritas a sus espaldas y buscan perfeccionar su estilo. En cambio, El arte de escribir, de David Vicente, está destinado a principiantes y, en ese nivel, cumple perfectamente su función.

David Vicente no se anda con rodeos. Con un lenguaje sencillo y cercano, aborda las cuestiones básicas que todo aspirante a escritor debería conocer: el punto de vista que requiere cada narración, los elementos para una buena construcción de personajes, cómo plantear el conflicto, de qué forma desarrollar la trama y sus nudos, cuándo es necesario introducir diálogos o descripciones, en qué momento plantearnos el tema de fondo de nuestra historia o la importancia de la reescritura. Y, deliberadamente, deja en un segundo plano la publicación, esa obsesión de muchos que, al final, poco tiene que ver con el verdadero arte de escribir.

El manual de David Vicente es una lectura que recomiendo tanto a los que pecamos de sobrevalorar la escritura como a los que la subestiman. A unos, porque comprobamos que hay una serie de conceptos que, bien interiorizados, hacen que cualquiera pueda escribir una historia que merezca la pena ser leída. Y a los otros, porque constatarán que esto del arte de escribir tiene muchísima más miga de lo que parece.

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Mi negro pasado, de Laura Esquivel

Mi negro pasado

Mi negro pasadoComo agua para chocolate quizá sea el libro que más veces he leído y, sin duda, es uno de los que más han marcado mi vida, pues con él descubrí el realismo mágico, el género literario que más me apasiona. Adoro ese libro, su dulzura y sensualidad, sus personajes y esas escenas que se mueven entre los límites de la realidad y la fantasía. Por eso, cuando me enteré de que Laura Esquivel iba a publicar Mi negro pasado, la continuación de Como agua para chocolate, tras El diario de Tita, me emocioné. Y también me temí lo peor, para qué negarlo. Porque ya sabemos todos que las segundas (o terceras) partes no suelen gozar de buena fama y porque leer la continuación de un libro idolatrado tiene todas las papeletas para defraudarte.

Con esas emociones encontradas, comencé la lectura de Mi negro pasado, historia que nos cuenta las vicisitudes de María, tatarasobrina de Tita De la Garza, cuando da a luz a un niño negro y todo el mundo cree que ha sido infiel a su marido. Entre unas cosas y otras, acaba en la casa de su abuela Lucía, donde descubre que tiene antepasados negros y se reencuentra consigo misma y con las tradiciones de su cultura, esas que la vida moderna, poco a poco, ha hecho caer en el olvido.

No es necesario haber leído Como agua para chocolate para leer Mi negro pasado, pues tiene elementos de sobra para funcionar como historia independiente. Si yo la hubiera leído así, habría disfrutado de un libro ameno que se lee en un suspiro. Pero, de ese modo, no hubiese significado nada para mí. Los que han hecho que esta lectura sea especial son los constantes guiños a la historia original, a sus momentos más recordados, a sus entrañables protagonistas. Reconozco que con solo leer las primeras líneas de la novela y reconocer ese inicio que me sabía de memoria —y que de pequeña recitaba como un mantra simplemente porque así comenzaba la película que me hizo descubrir el libro—, se me encogió el corazón. Igual que con el resto de referencias, que me daban ganas de leer por enésima vez mi adorado Como agua para chocolate.

Tanto me he acordado de la primera parte gracias a este libro, que he echado en falta más realismo mágico, esos momentos y metáforas que tanto me fascinaron en aquel. En Mi negro pasado, solo aparecen en contadas ocasiones, de la mano de la abuela Lucía y su difunto marido, principalmente. Quizá haya sido un recurso más de Laura Esquivel para evidenciar el trasfondo de esta novela: cómo, en la actualidad, hemos perdido la conexión con las emociones y con el mundo que nos rodea (aunque no todo es crítica a las nuevas tecnologías, pues el libro tiene su propia playlist en Spotify).

Lo que sí hay en Mi negro pasado, al igual que en Como agua para chocolate, es un homenaje a la cocina mexicana, que se presenta como una forma de dialogar con el universo; a la alquimia del amor, ese sentimiento capaz de iluminar el pensamiento y mantener con vida a los que ya se han ido; y a la fuerza de las mujeres, que cargan con los prejuicios, miedos y culpas de su pasado, pero, aun así, luchan por su libertad y por el cambio.

Mi negro pasado no pasará a la historia de la literatura como su predecesora, ni ocupará los primeros puestos de mi ranking personal, pero ha sido un grato reencuentro con la familia De la Garza, a la que siempre llevaré en mi corazón.

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El alma dividida, de Luciano Sívori

El alma dividida

El alma divididaSi dijera que El alma dividida, la segunda novela del escritor argentino Luciano Sívori, es una versión actualizada del famoso libro de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, simplificaría demasiado, aunque no sería del todo incorrecto. Y es que Alberto, de veintitrés años, el protagonista de esta historia, es quien se compara a sí mismo con esos personajes, porque hace ya tiempo que siente que se ha desdoblado en dos seres: por un lado, Alpha, una mezcla de actor y cantante que, por el momento, lleva el mando de su vida, y por otro, Beta, su lado más salvaje y violento, capaz de golpear a su padre hasta sumirlo en el coma.

A lo largo de las ciento setenta y dos páginas de esta novela, Alberto nos habla de los cuatro días que cambiaron su vida, según él: «la desgraciada historia de un muchacho perdido en las tinieblas, combatiendo a sus monstruos en busca de respuestas». Y lo más duro de todo lo que nos cuenta es que «esos monstruos vienen en todas las formas y colores (…). Muchas veces es la gente que se supone que debe protegernos. Un padre, un policía».

Al ritmo del rock de Sui Generis, Red Hot Chili Peppers o Andrés Calamaro, los lectores vemos cómo la trivial vida de este joven se convierte en una sucesión de persecuciones, robos, palizas, secuestros y muertes, donde nadie es lo que parece. Desde esa perspectiva, El alma dividida es una novela de suspense de prosa ágil y lectura adictiva, en la que nos espera un nuevo giro al final de cada capítulo para que no podamos hacer un alto y, así, acabemos leyéndola de una sentada, o dos. Pero también es un retrato del alcoholismo y los malos tratos dentro del hogar y una reflexión filosófica sobre la identidad y la bondad. Y, en especial, sobre la carga de los errores pasados: los propios y los de nuestra familia. ¿Estamos abocados a repetirlos? ¿Estamos destinados a convertirnos en ese monstruo al que tanto odiamos?

Es fácil sentirnos identificados con la lucha interna de Alberto. Aunque la suya esté motivada por los traumas, el sentimiento de culpa y el abuso del alcohol, seguro que cada uno de nosotros reconocerá sus propios monstruos, esos que en determinados momentos de la vida nos hacen cuestionarnos quiénes somos en realidad o hacia dónde vamos. Y también es sencillo conectar con él a través de la música que impregna su día a día. ¿Quién no elige una canción u otra según su estado de ánimo? ¿Quién no ha acudido a ella alguna vez para sacar afuera lo que lo estaba destrozando por dentro? O, quizá, hemos elegido el deporte o la lectura como escapatoria de esa realidad que no éramos capaces de enfrentar. Sea como sea, aun sin mafia y delitos de por medio, todos tenemos nuestros monstruos y nuestras vías de escape. Todos somos Alberto, aunque nos pese. De ahí que recomiende la lectura de El alma dividida: una versión actualizada de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, y mucho más que eso.

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La hija del alfarero, de José Luis Perales

la hija del alfarero

la hija del alfareroNo suelo leer a presentadores o cantantes que se meten a escritores, aunque reconozco que me he llevado alguna grata sorpresa. Por ejemplo, cuando leí, hace ya años, El viaje íntimo de la locura, de Roberto Iniesta, cantante de Extremoduro. En esa ocasión, iba sobre seguro, porque me lo había recomendado un buen amigo y porque pensaba que si Robe componía grandes canciones, bien podía escribir una historia más larga. Lo mismo imaginé de José Luis Perales.

Ya sé lo que estáis pensando: ¡vaya salto, de Extremoduro a Perales! Sí, es cierto, poco tiene en común la música de uno y otro, pero coinciden en una cosa: saben transmitir con las palabras, provocar emociones. Y, al fin y al cabo, eso es la literatura. Por eso me aventuré a leer La hija del alfarero, la segunda novela de José Luis Perales, para ver si el cantante conquense se manejaba igual de bien sobre la página en blanco que sobre la partitura.

En La hija del alfarero viajamos hasta el pueblo ficticio de El Espejuelo, en la comarca de Vallehondo. En él es fácil reconocer a la tierra manchega que vio nacer al cantante, aunque cualquier otro pueblo de la geografía española podría verse reflejado, sobre todo en los avatares que sufren Justino y Brígida y sus hijos, Carlos y Francisca, la familia protagonista de esta historia. El padre, alfarero al igual que su padre y el padre de su padre, espera que su hijo continúe con el oficio, y el joven se resigna a su suerte. Pero la hija, Francisca, no quiere quedarse en El Espejuelo y, de un día para otro, decide viajar a la ciudad del mar, lo que supondrá mucha tristeza y quebraderos de cabeza para su familia.

La hija del alfarero no cuenta nada nuevo: es la historia que vivieron tantos jóvenes provincianos en la época franquista, cuando dejaban atrás su hogar y viajaban a la ciudad, donde unas veces cumplían sus expectativas de una vida diferente y mejor, y otras, volvían con el rabo entre las piernas, tras ser ninguneados o incluso engañados por personas de más mundo. Pero José Luis Perales retrata, además, la cotidianeidad del pueblo, sus costumbres y sus parajes, y eso es lo que convierte a esta lectura en un dulce viaje al pasado. Demasiado dulce para mi gusto, sabiendo que en aquella sociedad la comprensión no era precisamente la virtud más extendida, y menos todavía en los entornos rurales. Pero es Perales y, como las canciones de Perales, es una historia llena de ternura y esperanza, sin apenas malicia, pese a que la historia podría haberla tenido más que de sobra. Seguramente, no recomendaría este libro a un fan de Extremoduro, mucho más visceral y proclive al lado oscuro de la naturaleza humana, pero sería una lectura que sí regalaría a mi madre, como las canciones de Perales.

En sus primeros pasos literarios, José Luis Perales aún peca de algunos errores de principiante (el tiempo que transcurre entre un hecho y otro, por ejemplo, resulta bastante confuso), pero se le notan las tablas escribiendo canciones en algunos párrafos que son para enmarcar. Parece que esta no será su última novela y eso es una buena noticia. Esa mirada especial que capta la esencia de los pequeños gestos es tan necesaria en la música como en la literatura.

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Enciclopedia Eslava, de Juan Eslava Galán

Enciclopedia Eslava

Enciclopedia EslavaQuienes desconozcan al autor de este libro, quizá crean que Enciclopedia Eslava recoge todo lo que hay que saber del país centroeuropeo, del que al menos yo no sé nada de nada. De haber tratado sobre eso, hubiera preferido seguir viviendo en mi ignorancia, lo reconozco. Pero como llevo años coleccionando las obras de no ficción de Juan Eslava Galán, me bastó leer las palabras «Enciclopedia» y «Eslava» unidas en la portada para tener claro de qué iba este mamotreto de más de seiscientas páginas y querer leerlo si dilación.

Y es que si hay un autor vivo al que admire especialmente, ese es Juan Eslava Galán: por su forma de escribir, por su guasa y por su sapiencia; la mezcla perfecta para que sus obras de divulgación sobre historia sean mis preferidas. Tanta es mi fascinación que cuando asistí a una charla sobre su libro Misterioso asesinato en casa de Cervantes, ganadora del Premio Primavera de Novela en 2015, me quedé embelesada escuchándolo, con mil preguntas que me gustaría hacerle rondando por mi cabeza. Pero no me atreví a abrir la boca, pese a su insistencia en hacer participar al público y su más que demostrada cercanía y afabilidad. Ni una foto me animé a pedirle, aunque me convertí involuntariamente en la fotógrafa del resto de asistentes, que me solicitaban una y otra vez que me encargara de inmortalizar el momento junto a uno de sus autores favoritos.

Visto que en el cara a cara fui incapaz de profundizar en los conocimientos de los que es poseedor este hombre, Enciclopedia Eslava se presentó ante mí como una nueva oportunidad de disfrutar de ellos desde la distancia.

«Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto» es el ambicioso subtítulo de esta obra. ¿Qué es ser culto o razonablemente culto? Disertar sobre ello también daría para un volumen de considerable grosor y nunca nos pondríamos de acuerdo, aunque creo que todos sabemos reconocer a una persona culta cuando la vemos. Los que hemos leído a Eslava Galán tenemos constatado que él lo es y que está más que capacitado para escribir una obra de tal envergadura. Pero ¿realmente lo ha conseguido? Ahora pensaréis que voy a decir que claro que sí, cegada como estoy con este autor. Sin embargo, he de reconocer, mal que me pese, que ese «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto» se ha quedado algo corto y, a veces, la libro resulta repetitivo en los temas que son de especial interés para su autor.

¿Eso quiere decir que me ha decepcionado el libro? En absoluto. Como siempre, he aprendido un montón de cosas y he disfrutado de la prosa de Eslava Galán, sobre todo cuando se desata y, en vez de limitarse a hilar los datos más o menos fiables aportados por otros, expone irónicamente su punto de vista. Además, en Enciclopedia Eslava cuenta anécdotas personales e incluso muestra fotos suyas que nos hacen conocer un poco mejor a ese hombre sexagenario, viajado y curioso, al que le gusta visitar los restos arquitectónicos de las culturas antiguas y no deja pasar la oportunidad de sentarse frente a una buena mesa para degustar la gastronomía de cualquier parte del mundo.

Enciclopedia Eslava no llega a ser «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto», pero se acerca a «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser tan culto como Juan Eslava Galán». Y eso ya es decir mucho; un reto bastante ambicioso para el común de los mortales.

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