
La mala luz, de Carlos Castán
Un día leí un libro de Carlos Castán, Polvo en el neón, y tuve la necesidad de venir y contarles lo que había sentido al viajar por la mítica Ruta 66 americana, esa que todos en alguna ocasión hemos soñado atravesar al volante de nuestro coche. No, no del coche familiar que tenemos ahora sino de aquel que soñábamos poseer cuando teníamos mucha menos vida y experiencia a nuestras espaldas.
He leído La mala luz. Y aquí estoy, con mi necesidad de contarles que la editorial Destino me ha sorprendido, y mucho. No Carlos, de él precisamente esperaba lo que he leído, pero no de la editorial, así que no me queda otra que felicitar a ambos por este maridaje.
Por ello, al leer en la contraportada del libro que se trataba de un vertiginoso thriller que leería con absoluta tensión, pensé: raro, raro, raro.
Efectivamente, y tal como esperaba, el libro lo he leído con mucha intensidad, sí, es imposible no leer a este autor con toda esa intensidad, incluso con toda la pasión que también él pone en su literatura, pero no con tensión, ni miedo, bueno, miedo sí, porque es de ese tipo de libro tan intimista que trasfiere al lector las dudas existenciales del autor, bueno, del protagonista de la novela, que la mayor parte de las veces es el autor, y con esto no estoy diciendo que sea una autobiografía, pero en la intensidad del relato debe estar el alma del autor. Al fin y al cabo ¿Quien no ha pasado por terribles momentos personales tras una pérdida? No, no hablo sólo de perder físicamente a un amigo, ni tan siquiera perder un amor, o perder un trabajo; no, no es eso, es mucho más, porque es más que PERDER, perderse.




















