
Traficantes de milagros y sus métodos, de Harry Houdini
Recuerdo – como sólo lo pueden recordar los niños de ojos grandes e imaginación brillante – a un señor en un estrado. Sus manos se movían rápidamente, casi sin que pudieras seguir sus movimientos, mientras a su alrededor se sucedían los más extraños – e hipnóticos – acontecimientos que yo había visto nunca. Hacía desaparecer cuanto tuviera en sus manos, sabía leer las mentes de los allí presentes y, como si de un ladrón pensando en su salida de la cárcel se tratara, vi cómo escapaba de unas cadenas que eran imposibles de romper. Hoy, con el paso del tiempo, algunos de esos números han visto cómo sus trucos eran descubiertos y perdían el significado que tenían cuando era pequeño. Pero eso no les quita el mérito, sino todo lo contrario. Traficantes de milagros y sus métodos me ha hecho rememorar ese momento de mi vida llevándome a lugares que creía inexplorados y poniéndome delante a algunos de los más famosos hombres milagro que existieron a lo largo de este ancho mundo. Porque la magia, los hombres que comen fuego, los que tragan sables que traspasan su garganta, y otros mundos personajes anónimos, tienen detrás toda una serie de preparaciones que, para todos nosotros, pasan desapercibidas y son las que llevan a que el público disfrute de la función y aplauda, lo haga a rabiar, cuando el número termina y las luces se encienden acompañándonos a la salida. Recuerdo a ese hombre como si ayer mismo lo hubiera tenido enfrente. Y es que a pesar de haber llegado a ser un adulto, lo importante es que ese niño me enseñó una cosa muy valiosa: la magia es del color de los ojos que la miran.













