
El consultorio de Elena Francis fue todo un fenómeno social, pues de 1947 a 1984 reunió a miles de personas alrededor de la radio. En él se respondían las cartas de las oyentes, que preguntaban cualquier cosa: desde una receta, un truco de belleza o la vida de un santo, hasta cómo solucionar problemas sentimentales de lo más rocambolescos. Llegó a recibir 15000 cartas mensuales, y las miles de anécdotas que en ellas se relataban, las inquietudes y secretos confesados bajo un remitente anónimo e, incluso, las contestaciones de la supuesta experta, que hacían prevalecer la moral cristiana y la sumisión de la mujer por el bien de la unidad familiar, conforman la intrahistoria de España, un país que durante años aparentó honradez y decencia de puertas para afuera y ocultó grandes desgracias y bajezas de puertas para adentro.
Aunque yo nací en el año en que terminó este programa de radio, he oído mencionarlo más de una vez. Sin embargo, hasta que no he leído La huella de una carta, de Rosario Raro, estaba lejos de saber la repercusión que había tenido. Gracias a esta novela, he conocido parte de la correspondencia que llegó a ese consultorio y me ha impresionado la realidad que subyacía en este país, tremendamente sórdida, en ocasiones. Y me he estremecido —de incredulidad, de pena, de indignación— con el episodio que Rosario Raro recupera de nuestra historia: el suministro, durante años, del medicamento más peligroso de la farmacopea moderna, que destrozó la vida a miles de niños —y, en consecuencia, a sus familias—, llevándolos a la muerte en numerosos casos. Al igual que hiciera en Volver a Canfranc, la autora se sirve de los mecanismos de la ficción para airear un hecho que a día de hoy sigue silenciado y para dar voz a esos valientes anónimos que en la vida real decidieron no mirar a otro lado y se enfrentaron a las injusticias más atroces para salvar la vida a cientos, miles de personas.
«Hay ficciones muy poco ficcionadas», dijo ella misma sobre su novela en la presentación que realizó el pasado 13 de junio en Valencia, a la que tuve el gusto de asistir. Y es que, en La huella de una carta, varios de los personajes están basados en personas reales, y son igualmente ciertos gran parte de acontecimientos que se narran y todas las cartas del consultorio de Elena Francis que se transcriben. Rosario Raro ha llevado a cabo una encomiable labor de documentación para reconstruir con todo detalle la Barcelona de los años sesenta, y eso favorece a que los lectores que vivieron aquella época la reconozcan y los que no, la visualicemos con exactitud. Sin embargo, en el desenlace, Rosario Raro se ha tomado algunas licencias. Esa ha sido su forma de hacer justicia poética. Pero nos recuerda que la realidad no fue tan halagüeña y que muchas de las víctimas viven aún hoy con las consecuencias de aquella salvajada médica. Eso provoca que los lectores sintamos la necesidad de recorrer el camino inverso que anduvo la autora al escribir este libro, investigando por nuestra cuenta el alcance que ese terrorífico medicamento tuvo en España y en el resto del mundo.
Y pese a hacernos testigos de las más altas cotas de miseria moral, La huella de una carta es, sobre todo, una lectura que nos hace recuperar la fe en el ser humano, ya que, por grande que sea el crimen, siempre habrá héroes anónimos que lucharán contra él. Y siempre habrá escritores comprometidos, como Rosario Raro, que impartirán la justicia que está en su mano: homenajearlos y hacerlos pasar a la posteridad a través de la literatura.

Imagina que te dijera que no tendríamos El Quijote si no fuera por el Kalila y Dimna. ¿Qué pensarías? Pues poco voy a hacerte imaginar porque en cierta medida esto es así. Y hablo de El Quijote como podría hablar de tantas obras que para nosotros son ya casi sagradas y que en parte son genialidades surgidas a partir de la lectura de clásicos tan fundamentales como este. Pero hablo de El Quijote, porque es el que más se merece unas palabras y porque sí. El Kalila y Dimna, que coge su nombre por fuerza popular de una de las fábulas que contiene el libro, llega renovado a las librerías cortesía de 
«No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir».
En el anime El verano de Coo uno de ellos despierta en el Japón moderno y, tras ser acogido por una familia de humanos, emprende una ardua búsqueda para encontrar más individuos de su especie. En El viaje de Chihiro, película dirigida por Hayao Miyazaki, la muchacha protagonista, cual 
Pocos libros envejecen bien. Es un mal endémico de estos tiempos literarios. Obras encargadas a la carrera, libros escritos intentando sacar provecho de una determinada moda estacional o intentando exprimir el bolsillo de unos cuantos puñados de “followers”. El escritor mediático que intenta subirse a la ola y surfear el momento.
Todos tenemos predilección por determinados temas, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por ejemplo, yo, al echar un vistazo a mis lecturas de los últimos tiempos, he visto que las historias japonesas y los 

Venga, voy a admitirlo: La chica de Kyushu, como casi todos los libros de 
“¿Todo debe ser útil?” A veces basta la “belleza de una ecuación”, su “simplicidad y simetría” que nos llevan a la construcción de “una catedral intelectual”. Porque “la construcción de una catedral requiere un andamiaje prolífico que solo es retirado al final. Solo entonces, cuando los utillajes y la suciedad de la obra son eliminados, la belleza se hace patente. [Ahora] podemos explicar mecánica cuántica en nuestras universidades de forma limpia y elegante. Ahora podemos ver fácilmente su belleza interna. Basta adentrarse muy poco a poco”.
A diferencia del mundo actual, en el que el planeta tiende a dividirse cada vez en más países (por conflictos políticos, pedidos de independencia o conflictos culturales) el pasado histórico nos permite rememorar la época de los grandes imperios, y entonces nos encontramos con Imperio Romano en la época de Trajano, que, desde el Atlántico en el Oeste al Golfo Pérsico al Este, tenía una extensión de 6,5 millones de kilómetros cuadrados, o aún mucho más grandes, con los Imperios Chino Qing (14,7) o Ruso (23,7 km2), pero pocos tenemos tanto conocimiento acerca del más extenso de todos los imperios que hayan existido: El mongol. Y quien llevó a este Imperio a su máxima extensión fue su caudillo nómada, Gengis Kan, principal figura de este libro que aquí reseñamos.
Que el libro siempre es mejor que la 
Mi vida seguro que es muy distinta a la tuya. Seguro que las cosas que haces en tu tiempo libre son muy diferentes a las mías. Seguro que la música que escuchas no se parece en nada a la que canto por las mañanas cuando voy a trabajar. Seguro que usas un champú que yo jamás compraría. Seguro que el libro que recomiendas a todos tus amigos yo ni siquiera lo he leído. Y tu plato de comida favorito no tendrá nada que ver con el que yo pediría si estuviera en un restaurante.