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La chica danesa, de David Ebershoff

La chica danesa

La chica danesaQué difícil tiene que ser alguien que no deseas. Qué difícil tiene que ser nacer de una manera y sentirte de otra completamente distinta. Ver lo que el espejo te muestra y no estar en absoluto de acuerdo. Saber que jamás podrás ser quien realmente quieres ser.

Einar conoce esa sensación muy bien. Cuando su mujer Greta le propuso probarse unos viejos zapatos de tacón para que pudiera retratarle en el cuadro que estaba haciendo, Einar no supo qué pensar. Pero la modelo había dejado tirada a su mujer y él no podía defraudarla. Se pondría esos zapatos amarillos y aquellas medias que prometían opresión. Y también aquel vestido que al caer por sus piernas haría un ruido como de rasguños. Cuando Greta le vio, tan bajito, tan delgado, tan pálido, con esos pechos extrañamente voluminosos, no vio a Einar. Vio a Lili. Y Einar también la vio. Y Lili se quedó a vivir con ellos para siempre.

El libro está ambientado en los años veinte y se desarrolla en principalmente en Copenhague y en París. En una época en la que dudar de tu propia personalidad era algo impensable, Einar tiene que enfrentarse a los fantasmas de querer ser otra persona. Lili vive dentro de él y se despierta cada vez que el raso de los vestidos se desliza por sus piernas. La chica danesa es una historia tierna y emotiva y a la vez dura y desoladora. David Ebershoff narra las crónicas de estos tres personajes principales usando una prosa delicada y confidente. Es extremadamente visual, lo que ha hecho que desde el momento en el que empecé este libro, pudiera imaginarme cada uno de los paisajes, personajes y escenas que describe.

No suelo hacer esto en mis reseñas, pero creo que debo centrarme en la descripción de los protagonistas. Empezaré por Lili, que me transmite mucha ternura. Es una mujer delicada y que parece que se va a derribar con el primer soplo de viento. Me recuerda a una muñequita de trapo delicada y frágil. Pero a la vez tiene el valor de salir a la calle cada día a demostrar quién es. Einar es una persona gris, que vive a la sombra de Lili. A diferencia de esta, a la que podemos imaginar en cuanto leemos unas líneas que hablan de ella, Einar no se deja intuir tan fácilmente. O al menos a mí me ha parecido así. Su descripción es borrosa. Será porque en realidad podríamos decir que Einar no existe, que es Lili la que alberga en su interior. Y después esta Greta. Greta… qué personaje tan maravilloso. De verdad. Hacía muchísimo tiempo que no me encontraba con uno así. Asombra ver cómo apoya a su marido desde el principio y cómo es ella, al fin y al cabo, la responsable del nacimiento de Lili. Greta llega a pasarlo incluso peor que Einar, ya que es consciente del calvario que podría sufrir su marido si la gente descubriera que en sus ratos libres sale disfrazado de mujer a la calle. El sufrimiento anunciado de Greta es algo que me ha tenido en vilo durante todo el libro y que ha hecho que me preguntara qué haría yo si estuviera en su posición. Cada cual que opine lo que corresponda.

La chica danesa me ha llegado al alma. Me he dejado llevar sin ninguna dificultad por las palabras de David Ebershoff y me he descubierto respirando entrecortadamente al pensar en el futuro de Einar. Pero, sobre todo, en el de Lili. Y el sufrir por un personaje, sentir su angustia en tu piel, su propio dolor, es una de las cosas que más me gusta de la lectura.

Amigos, pocas palabras más se me ocurren para describir esta grandiosa novela. No sé si la película le hace justicia, aunque siendo Eddie Redmayne el protagonista, muy mal tiene que ir la cosa para que no sea así. Por lo que a estas alturas solo me queda recomendarla de corazón y dejar la lectura a un lado para adentrarme en el trabajo de Tom Hooper.

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El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño

el gaucho insufrible

el gaucho insufribleLos que han leído a Roberto Bolaño se dividen en dos grupos: aquellos que lo consideran uno de los mejores escritores contemporáneos y recomiendan sus libros encarecidamente y aquellos que, por más que lo han intentado, no pueden con él. Yo siempre quiero leer a escritores que han marcado la historia de la literatura, por eso pensaba probar con 2666 o Los detectives salvajes, dos de sus obras más emblemáticas. Pero tras escuchar varias opiniones desalentadoras, no me atrevía a descubrir al autor chileno a través de esas extensas novelas. Entonces apareció el libro perfecto para un primer acercamiento: una colección de relatos de ciento cuarenta y cinco páginas; y el título no podía ser más oportuno: El gaucho insufrible. ¿Lo sería Bolaño para mí? La lectura de estos siete relatos me lo diría.

El primero, «Jim», de apenas tres páginas, ya me hizo entrever la facilidad de Bolaño para mostrar la carga existencial de un personaje solo describiendo sus gestos, además de dejar varios ejemplos de frases reveladoras, que dicen tanto sin aparentemente decir nada:

¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar.

En «El gaucho insufrible», relato que da título a la antología, encontré la decepción por el declive de Argentina y Latinoamérica en general. A través de «El policía de las ratas», inspirado en Josefina la Cantora, de Kafka, conocí el manejo de Bolaño del relato policiaco. Fue uno de mis relatos favoritos del libro e, inevitablemente, me hizo ver al ser humano como una rata, o peor aún, pues les llevamos bastante ventaja en ciertas conductas que no nos dejan en buen lugar como especie. En «El viaje de Álvaro Rousselot» aparecía uno de los temas que, según tengo entendido, son habituales en sus obras: la literatura como argumento, y en «Dos cuentos católicos» vi su lado más experimental. En «Literatura + enfermedad= enfermedad» y «Los mitos de Cthulhu», los dos textos discursivos que cierran esta colección y que estaban destinados a ser conferencias, de nuevo la literatura es el eje, pero esta vez para mostrar al Bolaño más reflexivo, en el primero, y al más divertido, en el segundo.

En este libro, el último que Roberto Bolaño dejó preparado para su publicación, he encontrado los elementos por los que unos lectores lo idolatran y otros lo abandonan. Por un lado, esa ironía, esa capacidad de decir lo complejo con palabras sencillas. Pero, por otro lado, esas historias que muchas veces parece que no van a ningún lado y se convierten en una larga digresión. Y es que Bolaño no buscaba ser claro ni ameno, sino que, para él, escribir era una forma de encontrar lo nuevo, único antídoto para su permanente insatisfacción. Presiento que para disfrutar de Bolaño hay que leer entre líneas, pues ahí es donde reside su grandeza, esa que le ha alzado al olimpo de los mejores escritores, dentro de ese limitado grupo de los que revolucionaron la literatura.

¿Ha sido Bolaño para mí un gaucho insufrible?

Qué va.

Entonces ¿me apunto al lado de los lectores que lo idolatran?

No lo he decidido aún.

Creo que leeré 2666 o Los detectives salvajes para decidirme. Tras la lectura de El gaucho insufrible, me han entrado las ganas.

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Todos los ríos del mundo, de Dorit Rabinyan

Todos los ríos del mundo

Todos los ríos del mundoAnte todo, este libro es una historia de amor y no solo de amor romántico, profundo y enorme, sino también de amistad, porque a mí me cuesta entender el uno sin la otra. El amor no puede ser un apartado estanco en nuestra vida, no se puede aislar. Y aunque mueva montañas y las montañas parecen lo más de lo más en cuanto a mover algo grande y que parece inamovible, el amor no se salva de los prejuicios y de los conflictos históricos.

Tendré que contaros de que va para que me entendáis. Si os cuento que los protagonistas de esta novela son una chica llamada Liat y un chico llamado Hilmi, que están en sus veintitantos y que se conocen en Nueva York, al principio del milenio, porque tienen un amigo común, os parecerá una historia más bien vulgar. Si os digo que ninguno de los dos es norteamericano, que ella es traductora y él es artista, tampoco os parecerá nada extraordinario. Si os explico que fue un amor a primera vista, a primer olor, a primer sonido, tampoco es tan extraño. Pero si os digo que ella es judía de Tel Aviv y él árabe de Palestina, ahí ya cambia la cosa. Y me da igual que os parezca que eso no importa, que el amor es más importante, que si se entienden y se quieren qué más da de donde seas… pues sí importa y ojalá no fuera así. Ellos están maravillosamente bien juntos, se quieren muchísimo, se complementan, se llenan, respiran a la vez, pero no pueden hablar de política, porque acaban discutiendo. Tienen que tener cuidado de cómo se cuentan su vida antes de Nueva York, porque, sin querer, se hieren. Ninguno de los dos se ha criado en una familia religiosa, pero respetan su propia identidad cultura y forma de vida. Quieren entenderse, intentan ponerse en el lugar del otro, pero vivir toda la vida en este lado de la frontera, hace que solo tengas una perspectiva, que sigas en tu lado del muro.

Está contada en primera persona, desde el punto de vista de Liat, la chica. Sus miedos, sus dudas, su frustración, la certeza de que su historia de amor tiene fecha fijada de finalización. Se conocen en otoño y Liat se tiene que marchar en mayo. En Nueva York son anónimos amantes, es fácil; en su tierra, impensable.

Sufres con ellos y disfrutas con reservas, como ellos. Hilmi es todo pasión, un espíritu noble y bueno, alegre y optimista. Su fiebre o arrebato artístico es pura poesía. A Liat la escuchamos de forma más íntima, por lo que también oímos lo políticamente incorrecto, el intento de esconder una relación que le cuesta reconocer, que no sabe si es vergüenza o miedo. Tiene una lucha interna continua por superar todo lo que ha escuchado y vivido desde que nació, por intentar disfrutar de ese amor enorme que no encaja en sus esquemas ni en los de su familia.

Desde mi humilde opinión, tiene una gran calidad literaria, las descripciones de los sentimientos son preciosas, brillantes:

“… puede entrar y salir de mi mente y recorrer sus muchos recovecos; que puedo mirar sus ojos sabios y ver las ruedas de su mente girar perfectamente sincronizadas con mis pensamientos. La tranquilidad, la satisfacción, la comodidad que me envuelve entonces. La curiosidad y el placer de reflexionar juntos.”

Pero no solo lo sentimental, sino que las descripciones de los lugares y acontecimientos también son muy buenas, ha sido un placer leer muchos de los pasajes:

El invierno baraja los naipes, mezclándonos tanto que ya no nos reconocemos. El frío helado nos hace lloriquear y mima nuestros continuos resfriados y la tos. Hilmi y yo nos parecemos más que antes. En este frío norteamericano, ártico y profundo, los dos somos del este, dolorosamente levantinos.”

La novela fue elegida en 2016 como lectura obligatoria para los estudiantes israelíes, como ejemplo de asimilación, pero el propio Ministro de educación la hizo retirar de forma fulminante en cuanto supo el argumento. Esto hizo un efecto rebote y todo el mundo sintió curiosidad por leer la historia.

Todos los ríos del mundo también es un drama, el de la incomprensión de dos pueblos, el de un conflicto largo, duro e injusto. El de la agresión, el odio, la separación, el aislamiento, la guerra sin fin. A lo que hay que sumar el destino o la suerte, que a veces se retuerce y se confabula en nuestra contra.

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Retratos de lo invisible, de Ane Santiago

Retratos de lo invisible

Retratos de lo invisibleHoy es doce de junio de dos mil diecisiete. Hoy hace exactamente un año que me subí a un avión dirección Méjico. En ese vuelo me acompañó Cartas a ninguna parte, un poemario escrito por Ane Santiago. Antes de leer ese libro, hacía años que no leía poesía. Vale, quizás había encontrado por ahí algún poema de Benedetti o de Salinas, pero no había leído más de cien versos seguidos. Ane me abrió los ojos. Me hizo ver que, a veces, con pocas palabras se puede transmitir mucho más que escribiendo un tratado. Me hizo sentir cómplice de lo que pasaba por su mente y consiguió que entendiera que las palabras escogidas con cuidado y esmero pueden componer cosas maravillosas.

Hoy, doce de junio de dos mil diecisiete, estoy aquí de nuevo. Frente al ordenador blanco que a todas partes me acompaña. He cargado una taza con un café bien caliente (en Cantabria hoy hace un día de perros) y me he puesto cómoda para poder hablar de Retratos de lo invisible e intentar que mis dedos plasmen en esta pantalla todo lo que me hace sentir Ane cuanto la leo.

Hace tiempo leí un libro que decía que mirar a una persona cuando duerme es como leer una carta dirigida a otra persona. Cuando leo un poema escrito un arrebato de sinceridad, en el que la poeta, en este caso, se quita todos los miedos, vergüenzas, dudas o temores como si fueran un jersey que oprime la piel en pleno agosto y lo colgara en la cuerda de tender de un quinto piso, siento que estoy invadiendo su intimidad. Siento que se libera después de mucho tiempo, como si hubiera estado atada de pies y manos y obligada a guardar silencio. Y me la imagino respirando profundamente una vez termina de tatuar el papel con sus versos y sus verdades.

En este libro encontramos sobre todo retratos. Retratos de personas a las que no sé si Ane conoce muy bien o no, pero que para ella significan lo suficiente como para dedicarles unas palabras. Ane en este libro no es poeta; es pintora. Porque no solo se necesita un pincel para pintar. Ella demuestra que se puede hacer también con un boli y un papel. Se puede pintar con palabras. Y el resultado será un arroyo de versos que atrapan desde la primera página y que te hacen cómplice de la vida de la escritora. O pintora. Ya no sé. Y es que yo creo que esta chica puede ser lo que le dé la gana. De verdad. Y puedo afirmar esto porque después de leer sus dos poemarios es como si ya la conociera.

No puedo olvidarme, ¡ni se me ocurriría!, de Alexis Bukowsi, un joven Barcelonés que acompaña las palabras de Ane plasmadas en Retratos de lo invisible con sus preciosas ilustraciones. En su presentación dentro del libro se dice que Alexis tenía dos pasiones de pequeño: pintar y los pájaros. Pero como pronto se dio cuenta de que sin alas iba a ser muy difícil volar como sus animales favoritos, prefirió decantarse por el lápiz que le llevaría mucho más alto que unas alas. Sus ilustraciones, de mujeres con alma de pájaro, retratan a una mujer que es juzgada por su imagen, que se hace pequeña ante lo que debería ser, que carga al hombro sus sombras y que al mirarse al espejo ve lo que realmente es. Esas mujeres pájaros somos tú y yo. Es Ane. Es Alexis. Y es cualquiera que, al leer este poemario sienta que un pájaro revolotea dentro de su interior pidiendo a gritos salir.

Y permitidme, para acabar, que me dirija a Ane: lo has vuelto a hacer. Has ido a una esquina donde ya nadie se sienta, cantaste y la lluvia hizo que las flores volvieran a crecer. Como aquel que ve ruinas y hace de ellas una ciudad.

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El gran retroceso, de varios autores

El gran retroceso

El gran retrocesoRecuerdo que uno de mis pensamientos más frecuentes cuando estudiaba Historia en el instituto era que el tiempo en el que me había tocado vivir era posiblemente el más aburrido hasta la fecha. Todos los siglos tenían sus momentos transcendentales, pero de lo relativo a las últimas décadas del XX y a la primera del XXI apenas hubiese podido rellenar un par de hojas de estudio, y eso estirando mucho los textos. Sin embargo, no hay duda de que en los últimos años se han ido produciendo una serie de cambios de magnitudes enormes, a los que quizás no les hemos dado la importancia suficiente porque nos han pillado viviéndolos, pero que puestos sobre el papel uno puede hacerse a la idea de su gravedad. Así, la llegada de un ser como Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el resurgimiento con fuerza de los populismos o la constante amenaza del terrorismo internacional, hechos que muy pocos podían prever hace apenas un par de años, muestran que nos encontramos en un momento crucial de la historia y no precisamente por ser bueno. En este complejo contexto, libros como El gran retroceso ayudan a entender cómo hemos llegado aquí y las posibles vías para que esta tendencia perniciosa cambie lo antes posible.

Este es un libro de lectura urgente, ya que debido a la velocidad a la que se producen los acontecimientos, pronto será necesario introducir nuevos ingredientes a las reflexiones de los autores. De hecho, las elecciones de Francia se celebraron con posterioridad a la publicación de este libro, con lo que, afortunadamente, el temor a la figura de Le Pen podemos dejarlo aparcado de momento, aunque quién sabe por cuánto tiempo.

Los artículos son muy variados, tanto como sus autores. Los hay puramente políticos, otros más humanísticos y filosóficos y otros que se decantan por una visión puramente periodística. Como es normal, la calidad y el interés que despiertan los textos también es variado, pero a nivel global me ha resultado un compendio de ideas realmente interesante. De entre los intelectuales de renombre que participan en el libro, como Santiago Alba Rico, Nancy Fraser o Paul Mason, me gustaría destacar a Zygmunt Bauman, no solo por la claridad con la que expone su alegato en contra de la intolerancia y en defensa de una cultura de diálogo que acabe con el individualismo atroz que nos rodea, sino también porque Síntomas en busca de objeto y nombre fue uno de los últimos textos que este gran pensador redactó antes de fallecer.

De lo que no cabe duda es de que todos los autores tienen una visión política bastante similar, con muchos matices, por supuesto, pero con un buen número de ideas que salen continuamente a la palestra. De entre ellas destaca la crítica unánime al neoliberalismo, esa corriente ideológica que no para de transformarse y de regenerarse para adaptarse a los nuevos tiempos, a la que los autores no tienen miedo en señalar como la principal culpable de la situación en la que nos encontramos. Y es que resulta irónico que el modelo que nos ha llevado a la mayor crisis económica en décadas, que ha conseguido unos niveles de desigualdad entre los ciudadanos nunca antes vistos y que ha aprovechado la situación para llevar a cabo recortes y privatizaciones en todos los frentes posibles siga siendo el mayoritario en el mundo desarrollado.

Por no cerrar la reseña con un tono pesimista diré que también se puede sacar un mensaje positivo de esta lectura, ya que los autores de El gran retroceso consideran mayoritariamente que existen alternativas para derrotar al monstruo neoliberal y que todavía no es tarde para cambiar el rumbo. Veremos, aunque yo todavía no tengo nada claro qué les tocará estudiar en la asignatura de Historia a nuestros hijos.

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Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu

Schalken el pintor

Schalken el pintorEn estos tiempos en los que se publican centenares de novedades al mes, los lectores tenemos a nuestro alcance infinidad de historias, pero cada vez es más difícil que alguna aporte algo nuevo al panorama literario y a nuestras propias lecturas. Yacaré Libros, que cuenta ya con cuatro títulos en su catálogo, da sus primeros pasos como editorial apostando por distinguirse en la forma y en el fondo. Para empezar, la edición de sus obras no pasa desapercibida ni siquiera en la librería más atestada. En el caso de Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu, sus dimensiones de 12 x 25,5 centímetros están lejos de amoldarse al resto de ejemplares con los que comparta estante, por lo que es inevitable que los lectores curiosos reparemos en él. Las ilustraciones de Javier Olivares hacen el resto para que este libro se convierta de inmediato en el objeto del deseo de cualquier bibliófilo.

Pero Yacaré Libros no se queda en la superficie. Si pasamos al fondo, la selección de las obras que editan reivindica la buena literatura. Quienes lleven muchas páginas leídas en su haber tal vez tomen Schalken, el pintor por un relato típico de hechos sobrenaturales, pero es mucho más que eso: se trata de una de las primeras obras de Joseph Sheridan Le Fanu, considerado el padre del cuento moderno de fantasmas y pionero de la novela de vampiros, pues abrió el camino a célebres autores como Bram Stoker o Anne Rice, quienes reconocieron la enorme influencia que tuvo en ellos. Ahí reside el gran valor de Schalken, el pintor: instaurar pautas narrativas que renovaron el enfoque de los relatos de fantasmas en el siglo XIX y que a día de hoy se han convertido en elementos clásicos del terror, una y mil veces imitados.

Aunque Joseph Sheridan Le Fanu es recordado especialmente por Carmilla, en Schalken, el pintor ya daba muestras del estilo que más tarde le caracterizaría: un lograda ambientación realista en la que se producen hechos extraños, una elaborada construcción de personajes y un final que deja en manos del lector la explicación de lo sucedido. En este relato, Joseph Sheridan Le Fanu contó la historia que se escondía detrás de un cuadro de Godfried Schalken, un pintor holandés famoso por su excelente manejo de las luces y las sombras. En él aparecía una joven alumbrada por una vela. Era Rose Velderkaust, sobrina del mentor de Schalken, Gerard Douw, y, tras ella, un hombre a punto de desenvainar su espada. Este cuadro es el punto de partida de esta misteriosa historia, que logra atrapar al lector gracias a la tenebrosa ambientación recreada por Joseph Sheridan Le Fanu y a las ilustraciones de Javier Olivares que la representan.

Schalken, el pintor es un objeto de coleccionista para todo amante de los libros tanto por ser una obra pionera dentro de su género como por el mimo con el que Yacaré Libros la ha editado para que la luzcamos en nuestra librería particular. Y es que, a veces, basta con volver a los orígenes para redescubrir la literatura y dar un aire diferente a nuestras lecturas.

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La cicatriz, de China Miéville

La cicatriz

La cicatrizEs el tercer libro que leo este año de China Miéville. Y no me canso. Las nuevas ediciones de la trilogía Bas-Lag que está publicando Nova es justicia divina aplicada al mundo editorial. Están cuidadas, están revisadas y permiten que mucha gente conozca la saga gracias a la cual el autor inglés ganó su fama internacional. Si bien es cierto es que las conexiones entre libros es bastante sutil y siguen una correlación temporal, cada libro puede leerse como un historia independiente. La magia oscura del primer libro se ratifica aunque va por otros derroteros. Frente a la claustrofobia urbanística del primer libro, nos enfrentamos ahora a la agorafobia del espacio marítimo infinito. Y es que la gente de Nova no ha podido elegir mejor momento que éste para publicar de cara al verano esta segunda parte oceánica y retorcida como pocas.

Bellis Gelvino tiene que huir de Nueva Crobuzón por asociaciones indebidas. Y Nova Esperium es el destino idóneo. Una colonia a cientos de millas que está separada de su hogar por mar y tierra. Claro que en su plan perfecto no cuenta con lo inesperado de un abordaje que la obliga a replantearse sus lealtades y la enfrenta a las vicisitudes de todo comienzo. Una vida nueva en la ciudad flotante que la retiene no como esclava, pero sí como cautiva. Y es que en Armada todo el mundo puede empezar desde cero sin importar quién es y de dónde viene, pero teniendo en cuenta que ¿hacia dónde va? ya no es una decisión que recaiga sobre uno mismo. Y aquí, ajenos a cualquier paraje conocido, es donde Miéville enciende su máquina de crear maravillas y nos sorprende con búsquedas de criaturas marinas del tamaño de continentes, nos muestra la voluntad férrea de un raza de tritones poco sociales o despliega todas las posibilidades de existir que tiene cualquier objeto. Las Posibles Versiones de todo lo que nos rodea.

La cultura de Armada, rica en matices y con un sistema de gobierno sólido y democrático, tiene un carisma imborrable. Sin embargo, la traición por salvar ese lugar en el que pensamos como nuestro hogar, pone en entredicho la flotabilidad de esta comunidad nómada que roba, caza, secuestra y reinserta individuos. Una ciudad que alberga ese tipo de amor que deja surcos en todo lo que somos. Una isla a la deriva que marcará a Gelvino a fuego lento mientras hará arder a un ritmo imparable todas las murallas que la fugitiva había construido en torno a sí misma.

Al pensar en una aventura marítima de caza y obsesiones compulsivas es inevitable dejarse caer por el clásico de Melville. Y es que si en aquella aventura emblemática teníamos a un ballena blanca huidiza y gigante, aquí tenemos un avanc. Una criatura procedente de otra realidad que se asoma a este lado del universo muy de vez en cuando a través de las profundidades marinas de nuestros océanos. Este homenaje a su casi homónimo no es casualidad. Y ocupa gran parte de la trama de La Cicatriz. Pero no es la única criatura oceánica con la que vamos a toparnos. La novela de Miéville, es todo un compendio en cuanto a fantasía sumergida se refiere y no escatima en gastos formales ni de contenidos.

Las descripciones de continentes, barcos y abordajes harán las delicias de los fanáticos del género pirata. Claro que hablando de Miéville no podemos dejar de lado los matices sociales de su obra, y es que la política, el peso del individuo y las decisiones que los gobernantes toman sin contar con el pueblo cobran en esta novela una importancia primordial. Miéville habla de democracia en todas sus vertientes. Y ni siquiera el género fantástico puede salvar a esta forma de gobierno de sus propias carencias. Dejando claro una vez más que Miéville no es un autor de ciencia ficción o fantasía, sino un analista certero de la realidad que nos rodea con una capacidad metafórica digna de ser estudiada.

La Cicatriz, como ya he mencionado más arriba, es un gran ejemplo de cómo a veces es dificilísimo llevar una gran idea a buen puerto. No puedo sentir más fascinanción por el sistema político implantado en Armada, una ciudad-barco dividida en pequeños distritos donde conviven todo tipo de dirigentes y sistemas de recaudación, pero en el que todo se sustenta gracias a una democracia participativa. Un comunidad en la que los problemas comienzan cuando los que están en el poder empiezan a obviar la aprobación del pueblo en sus proyectos. Cuando este todo para el pueblo, pero sin el pueblo empieza a fragmentar la confianza y la continuidad de la ciudad en sí.

Y es que queda ampliamente claro en la novela de Miéville que el poder corrompe, que el estatus político siempre acaba hundiendo las buenas intenciones y que la rotación de aquellos que se sientan en el trono es necesaria. Nada nuevo pero que, sin embargo, en las manos del autor inglés estas ideas acaban por sonar pertinentes. Principios básicos que todo individuo que forme parte de algo más grande no debería olvidar para evitar que su futuro, ese buque insignia en el que uno avanza, se vaya a pique.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

El zoo de papel y otros relatos

El zoo de papel y otros relatosAsí fue cómo conocí por primera vez a Ken Liu. En las distancias cortas, a través de sus cuentos. Luego llegó la saga aún inconclusa de La gracia de los reyes, cuya reseña yo mismo realicé hace un tiempo. Pero fueron sus historias cortas el principio de todo. La primera vez que oí el nombre del autor era por asociación a un cuento que ganó cada maldito premio que otorgaban al género fantástico. Un cuento sobre origamis con vida y la integración de un chico de origen chino en la bendita América. Cuando pude leer la traducción al castellano de dicho cuento, supe a qué se debía tanto alboroto. Entendí perfectamente qué era lo que movía a todo el mundo a hablar de dicho relato. Las emociones saltaban vivas en la hoja como si estuviera viva, como si el autor tuviera el mismo don que la madre del protagonista, y pudiera darle vida a algo inerte como son las palabras impresas. Aquella historia fue, es y será su buque insignia. De hecho, El zoo de papel es el título de aquel cuento inolvidable y también el de esta antología de quince relatos que, a mí parecer, es donde el autor brilla con más fuerza. Porque lo que uno descubre tras gastar el tiempo entre estas páginas es que el cuento de los origamis no era el plato fuerte, sino el entremés que se usa en los banquetes para ir haciendo boca.

La capacidad para asombrar con elementos recurrentes es algo que me empuja a seguir recomendando a Ken Liu. Aquí hay viajes en el tiempo y criaturas cambiaformas. Hay odiseas espaciales y conspiraciones privadas de control y seguimiento. Sin embargo, parece que no haya leído un relato de ciencia ficción o fantasía en mi vida. Siempre hay una vuelta de tuerca, una emoción agazapada que me acaba llevando de la mano a la sorpresa. A la sonrisa que acompaña esos puntos finales que no veías venir. Si tengo que destacar este planteamiento en alguno de sus cuentos es en Como anillo al dedo donde una empresa aboga por facilitar el acceso a la información siempre y cuando dejemos todas las puertas de nuestra vida abiertas. O en Cambio de estado cuyo tramo final otorga un nuevo sentido a toda la historia, incitándote a la relectura. Sin embargo, hay incluso un Ken Liu que me gusta más que éste. El tradicionalista. Aquel que utiliza la empatía con el lector para llegar a los más bellos pasajes que puede ofrecer esta colección. No hablaré más de El zoo de papel puesto que creo haber dicho ya demasiado. Pero sí me gustaría lanzarme con Mono no aware, expresión japonesa que viene a decir que nuestro tiempo es finito y que todo pasa para dejar lugar a otra cosa. En este relato el único superviviente japonés de una catástrofe mundial viaja por el espacio mientras desentraña su pasado, sus raíces y la importancia que tenemos como conjunto y no como individuos aislados. Y es en este tipo de momentos donde el lector pasa por emociones que no suele ofrecérseles en este genero. Uno trasciende el cuento y logra entender el mensaje que subyace, que la mayor parte de las veces poco tiene que ver con avances tecnológicos o trucos de magia.

No quería dejarme en el tintero los juegos de estilo que prevalecen en algunos de estos cuentos. Ken Liu sabe utilizar muy bien las herramientas de su oficio y se permite lujos formales que le dan a algunas de sus historias el aire de otra cosa. Citar por ejemplo Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies o Manual corporativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados es obligatorio y necesario. Ambos cuentos, sutilmente relacionados entre sí, nos explican las estructuras mentales de otras especies inteligentes que habitan ahí fuera. Si bien estos relatos carecen de una narrativa típica –sobre todo el primero- persisten en el recuerdo debido a la inventiva de su propuesta y al multiperspectivismo fantástico que ofrecen. Todo un alarde de imaginación desbocada por parte del señor Liu.

No quería acabar esta reseña sin hablar de dos cuentos que me han dejado torcido en el asiento mientras los leía. El maestro de litigios y el rey mono y El hombre que puso fin a la historia: documental. En ambos casos, la clave de fantasía es una mera excusa para hacer algo mucho más importante: denunciar ciertos hechos históricos sufridos por el pueblo chino y cuyo conocimiento en Occidente es reducido o insignificante. Quiero centrarme sobre todo en el segundo relato, donde se habla de forma profunda sobre el Escuadrón 731 y los abusos cometidos por parte de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. La novela corta sobrecoge y, aviso para navegantes, no es apta para todos los públicos debido al a dureza de algunos de sus pasajes. Sin embargo, es de obligatoria lectura. Puedo decir que frente a los otros cuentos que te emocionan o te divierten, éste en concreto te ilustra, te enseña y te enfrenta a tu propia ignorancia. La repercusión social de este documental escrito acaba saliéndose del libro y cobra vigencia sobre asuntos de los que hoy en día aún se habla. Hablo de fosas comunes, hablo de desparecidos, hablo de la importancia que dejamos de darle a la Historia obligándola a manifestarse una y otra vez.

Los cuentos de Ken Liu tienen una temática muy concreta. La inmigración o la capacidad de adaptarse a lo nuevo. La denuncia o la lucha contra los derechos humanos. El olvido o la fuerza de voluntad de algunos pocos que nos exhortan a recordar. Sí, parece mentira que todo esto vaya asociado a cuentos de fantasía o ciencia ficción. Pero si algo aprendes con El zoo de papel es a salirte del paradigma manoseado que tienes del mundo y de tu realidad. Porque suceden tantas cosas para las que no tenemos nombres y todas ellas están esperando una oportunidad para presentarse en tu puerta y sacarte de tu pequeña zona de confort.

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Sin remedios, de Óscar León Martín

Sin Remedios

Sin RemediosSiempre es una alegría que nazca una editorial que apuesta por nuevas voces literarias. Es el caso Boria Ediciones, que publica su tercera obra, Sin remedios, de Óscar León Martín.

En su primera incursión en la narrativa, tras su andadura poética, Óscar León Martín ha sido ambicioso, jugando a dos bandas con el tiempo y el espacio. Por un lado, se centra en la historia de Remedios Antón en Valladolid, durante la dictadura franquista, y su carrera profesional como médica en Cartagena, a partir de la transición española. Por otro lado, nos cuenta la vida de Martín San José, un profesor vallisoletano de Geografía e Historia destinado en Granada en los últimos años de los 90 y principios de los 2000. A través de las vivencias de estos protagonistas y del resto de personajes de esta novela coral, Sin remedios retrata dos Españas apenas separadas por cincuenta años, pero totalmente opuestas, como simbolizan el odio y la represión sexual tan presentes en la vida de Remedios y el disfrute desprejuiciado del sexo en la vida de Martín.

Se nota que el autor comparte profesión con su protagonista, ya que hechos y personajes históricos se entrelazan continuamente en la trama, aunque recurra a la fabulación para rellenar los huecos que dejó la historia. La descripción de las calles y las costumbres y el relato de curiosidades y leyendas de Valladolid, Cartagena o Granada sirven para que el lector se enamore de esos lugares y se reconozca, a sí mismo y a sus padres y abuelos, en las páginas de esta novela. Porque Sin remedios es un cruce de caminos de personas que vivieron una guerra civil y casi cuarenta años de dictadura y de sus descendientes, a quienes muchas veces les siguen las sombras de lo acontecido en aquellos aciagos años. Vidas de gente corriente, a las que unas veces sus decisiones y otras, las circunstancias, marcan su destino sin remedio.

Reconozco que la saga de las Remedios, con Remedios Antón a la cabeza, me ha conquistado, quizá por mi predilección por las historias que recrean el costumbrismo de épocas pasadas; pero no he llegado a conectar con la parte de Martín San José, tal vez por la abundancia de escenas de sexo explícito que no ayudaban a avanzar la trama. Eso, junto a haber pasado de puntillas sobre la clave que une ambas historias, me parecen las principales flaquezas de Sin remedios. Pero es que pedir una novela redonda en un debut literario tampoco es justo. Óscar León Martín me ha demostrado que tiene tablas y mucho que decir, y con eso me basta para no perderle la pista.

Es evidente que ha dejado mucho de sí en esta novela: de vivencias propias y de allegados, de sus pasiones y de sus inquietudes. Probablemente, Sin remedios no vaya a ser su mejor obra —lo cual es una buena señal, pues significará que crecerá como escritor en sus siguientes publicaciones—, pero me atrevo a afirmar que sí será la más sincera. Para mí, los escritores dejan su verdadera alma en su primer libro, y es una suerte que aún haya editoriales como Boria Ediciones que se atrevan a mostrárnoslas.

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Un asesino en escena, de Ngaio Marsh

un-asesino-en-escenaDe la edad de oro de la novela de misterio -habitualmente ambientada en Inglaterra y de la que solían permanecer al margen elementos cruentos y explícitos, para dejar el protagonismo al enigma tipo puzzle, los porqués, para qués, cómos y, sobre todo, quiénes del asunto-, Ngaio Marsh es, tal vez, la autora menos conocida para los lectores españoles; su fama es aquí mucho menor que en los países de lengua inglesa. De origen neozelandés, Marsh (1895-1982) fue una de las autoras más populares de los años 30 en el género de misterio. Con su colección de Clásicos Policiacos, la editorial Siruela nos brinda la oportunidad de conocer un poco mejor la obra de Marsh, así como de otros autores de poco eco en España pero cuyo legado, sin duda, merece una revisión.

Un asesino en escena es la segunda obra de Ngaio Marsh que publica Siruela en esta colección, y su lectura ayuda a dotar de personalidad propia a nuestra imagen mental de esta autora, ya que cada una de las reinas del crimen de aquella época tiene un estilo que de ninguna manera se podría confundir con el de sus colegas. En el caso de Marsh, esta novela la configura como una autora de buena pluma y cuidada escritura, de probadas habilidades para la caracterización de personajes sin necesidad de recurrir a técnicas trilladas -de alguna manera, sin grandes descripciones ni profundizaciones psicológicas, la autora consigue fijar en nuestra mente un retrato inconfundible de cada personaje, principal o secundario- y, sobre todo, de gran destreza a la hora de crear una ambientación determinada y situar al lector en el relato. En este sentido, Ngaio Marsh se adscribe aquí a la norma de libre cumplimiento según la cual el escritor debe escribir sobre aquello que conoce; no en vano Marsh destacó como autora y directora teatral, medio en el cual sucede la acción descrita en este libro. De hecho, su recreación del ambiente del teatro Unicorn de Londres, de la obra que se representa (de la cual la autora nos ofrece toda la sinopsis, a pesar de no ser ésta esencial ni necesaria para la comprensión de la historia), del espacio físico del teatro -el cual, a ratos, se nos representa como un organismo vivo, melancólico cuando vacío, incluso respirando pausadamente, con colores, olores y atmósferas propias- es uno de los elementos más encantadores de la novela, en el cual se evidencia que la autora vivió esos ambientes, los conoció perfectamente y los amó.

La trama que se desarrolla en el teatro no sólo tiene lugar, parcialmente, en el marco de la representación de una obra, sino que toda ella adquiere visos de irrealidad, de representación, por mor de ese espacio semimágico donde las ficciones se convierten en realidad. El asesinato que se convierte en eje central del libro tiene lugar en medio de una representación, con lo cual se violentan por primera vez -y no por última- los límites entre realidad y ficción teatral. La figura del detective de Ngaio Marsh, Roderick Alleyn, y de su simpar amigo y compañero de fatigas, el periodista Nigel Bathgate, sirve de hilo conductor y de cicerone del lector para evitar que éste se pierda en esa confusa mezcla de realidades e imposturas, siendo Alleyn la encarnación eficaz de la luz de la deducción y de las artes de la lógica policial que ayudarán a desenmascarar al asesino. Esta mezcla de realidad y ficción, la confusión entre roles -no se sabe cuándo algunos personajes están actuando y cuándo están siendo ellos mismos-, el juego sutil entre sensatez e histrionismo, forma parte del singular encanto de esta novela.

Un asesino en escena es una de las novelas tempranas de Roderick Alleyn, y el personaje no está bien definido; no lo conocemos bien, ni sabemos nada de su vida (aunque abundar en la vida privada y en las idiosincrasias del protagonista detective es una moda más tardía), pero sí nos deslumbra y nos divierte a la par su lenguaje anticuado, muy literario, impropio de un policía de aquella y cualquier época. Es muy elocuente el señor Alleyn, y, por si eso fuera poco literario y chocante, forma un tándem insólito con ¡un periodista! No se sabe por qué razones decidió Ngaio Marsh que estos dos fueran a ser los protagonistas de sus novelas policiacas, pero tal vez no desentonaran en una época donde el par de investigadores de ficción de moda eran Hércules Poirot y George Hastings. Los intercambios entre Alleyn y Bathgate son bastante ingeniosos y divertidos -entendiendo “divertido” como se puede entender un diálogo entre dos personajes de una novela de misterio de los años 30- y lo cierto es que la figura del periodista y detective amateur no queda en absoluto desaprovechada.

Otro elemento que singulariza la figura de Ngaio Marsh dentro del grupo de damas del crimen –Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Margery Allingham y la propia Marsh- es su audacia al introducir el ingrediente de atracción sexual y de relaciones de atracción mutua entre personajes. Imagínense algo así en una novela de Christie, por ejemplo. Veremos a Alleyn en lances impropios de su condición y su profesión, haciéndonos temer lo peor, en ocasiones.

¿Y la historia de misterio? Es eficaz y cumple su cometido, a saber, despistarnos y hacer que nos preguntemos quién habrá asesinado a Arthur Surbonadier. Ngaio Marsh, de la mano de Roderick Alleyn, nos lo irá desvelando a través de interrogatorios, repreguntas, visitas intempestivas, semiallanamientos de morada, y algún que otro lance sorprendente. Como suele ser habitual en las novelas de misterio de esa época, el crimen se ha cometido en un ambiente cerrado -tanto física como psicológicamente- y son varios los sospechosos con motivos verosímiles para haber deseado la muerte del hombre en cuestión. Al final, la sentencia moral de Ngaio Marsh es inequívoca: el criminal es un agente del mal, y el crimen, una aberración moral y social que, afortunadamente, Roderick Alleyn se encargará de arreglar.

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El secreto de If, de Ana Alonso y Javier Pelegrín

El secreto de If

El secreto de IfEl Barco de Vapor marcó la vida lectora de los niños de mi generación. Fray Perico y su borrico o El pirata Garrapata son clásicos para los niños nacidos en los ochenta. Yo aún conservo en mi estantería El rey pequeño y gordito y Un solo de clarinete, por ejemplo. La colección de El Barco de Vapor me sigue transmitiendo ternura porque me recuerda a esa época en la que para nosotros no había más libros que los que se publicaban en ella y lo mayores que nos sentíamos cuando nos dejaban pasar de la serie naranja (a partir de ocho años) a la serie roja (a partir de diez).

En uno de mis arranques nostálgicos, he leído El secreto de If, de Ana Alonso y Javier Pelegrín, galardonada con el premio El Barco de Vapor 2008. Aunque el estilo de la portada ha cambiado desde mis tiempos, conserva el lomo rojo que indica que es una lectura recomendada para mayores de diez años.

El secreto de If nos cuenta el viaje de un misterioso caballero y un anciano de largos cabellos grises a If, el Reino Intermedio, un lugar donde humanos y seres mágicos conviven en armonía. Allí, la princesa del País de Kildar va a contraer matrimonio con el príncipe de If, un enlace inusual que puede tener consecuencias en el porvenir de los reinos.

A partir de esta premisa, Ana Alonso y Javier Pelegrín nos adentran en un mundo mágico muy atrayente, con brujas que cumplen deseos, monstruos custodiando torres secretas, el Mar de las Visiones, que muestra terribles espejismos a sus navegantes para conducirlos al desastre o la reina de las hadas, que defiende a los seres fantásticos. Aparte de la revisión de estos elementos típicos de las historias de aventuras y fantasía, El secreto de If hace un claro paralelismo con La vida es sueño, obra que casualmente leí hace poco. Esta similitud no está disfrazada, pues se cita una de las frases de Calderón de la Barca en la primera página y, al igual que ella, esta novela reflexiona sobre cuestiones filosóficas como el libre albedrío del ser humano. No sé si la lectura de El secreto de If llevará a los niños a interesarse por el teatro barroco, pero agradezco que se dé a conocer la existencia de estos clásicos a los más pequeños.

A pesar de todos estos puntos positivos, al estar acostumbrada a leer cuentos infantiles que tratan de igual a igual a los niños, me ha decepcionado que esta vez la narración repita incesantemente las claves para entender el conflicto. En la misma línea, las ilustraciones de Marcelo Pérez van acompañadas de anotaciones manuscritas en las que se puntualizaban cosas como: «la ve con cara de mujer» u «olor nauseabundo, suelo humeante y baboso». Lo que al principio me pareció un toque original, por la propia estética de boceto de las ilustraciones, luego incrementó mi sensación de que se subestima la comprensión e imaginación de los niños. No obstante, es una novela ideal para iniciarlos en el género de la fantasía y que, poco a poco, vayan pasando a historias de mayor enjundia.

Espero que dentro de veinte años alguien vea en su estantería atestada de libros El secreto de If, o cualquier otro título de El Barco de Vapor, y sonría. Eso significará que esta colección sigue cumpliendo su cometido de convertir a los niños en grandes lectores.

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Miau, miau, miau. Los gatos en el cine, de Juan Luis Sánchez y Luis Miguel Carmona

Miau, Miau, Miau. Los gatos en el cine

Miau, Miau, Miau. Los gatos en el cineSí, soy yo. ¿Quién si no iba a traeros esta reseña sobre gatos en el cine? Si el tiempo que paso hablando sobre gatos, leyendo sobre gatos y escribiendo sobre gatos lo hubiese empleado en sacarme una oposición mi madre estaría mucho más contenta con su hija la loca de los gatos. Pero qué  le vamos a hacer, a cada uno le da por lo que le da y a mí me ha tocado esta tara felina. O este don, porque ya puestos, vamos a hacer que suene bonito.

Es indudable que el animal rey de las pantallas de cine es el perro. Sus apariciones en películas, series y demás son muy numerosas, pero claro, eso es irse a lo fácil. Porque los perretes son muy nobles, pero también mucho más facilones en el trato. Contar con gatos en el cine sí que es todo un reto. A veces casi lo es enfrentarse a ellos en el día a día de un piso de 90 metros cuadrados… imaginad lo que debe ser un gato en un estudio de cine. Aun así, estoy segura de que se os vienen un montón de escenas de cine a la cabeza en la que aparecen gatos. Venga, si estoy fuera el Un, dos, tres, ¿cuántas películas que incluyan gatos en sus escenas podríais nombrar? Tic, tac, tic, tac.

Seguro que todos habéis visto Desayuno con diamantes y aquella escena final en la que Audrey Hepburn llora desconsolada con su gato bajo la lluvia. Hay un truco: durante el rodaje de la película usaron once gatos distintos para interpretar a Gato. Seguro que recordáis a la teniente Ripley y su gato naranja. También hay gatos en el lado oscuro (cómo no), gatos igual de malvados que sus dueños como el felino de raza egipcia (esos gatos que no tienen pelo) que sostenía el doctor Maligno en Austin Powers o aquel que Marlon Brando acariciaba en su regazo en El padrino. Además de aprender sobre gatetes, (¿sabíais que hay entrenadores de gatos?), Miau, miau, miau. Los gatos en el cine es una maravilla para los amantes del cine. He hecho una lista con todas las pelis que aparecen en él y que no he visto. Ya tengo cine pendiente para una larga temporada.

No todo es cine en este libro. También aparecen gatos televisivos tan míticos como el gato de la siempre genial serie Alf, el sarcástico gato negro de la bruja Sabrina, Spot, que aparece en Star Trek o el maravilloso Garfield.

Pero eso no es todo. También hay historias de artistas de todo tipo y sus felinas mascotas. Kurt Cobain, Miachel Jackson, Jane Fonda, Truman Capote, Hemingway, Freddie Mercury, David Bowie, Picasso, Dalí o Henri Matisse pueden presumir de ser auténticos admiradores de estos peludos.

Miau, miau, miau. Los gatos en el cine es un libro esencial para los gatófilos y cinéfilos. Además, el tono humorístico y al mismo tiempo riguroso con el que sus autores han enfocado el libro me parece una maravilla. No solo entretiene, sino que se aprende y se disfruta. La cantidad y calidad de las fotografías e imágenes que aparecen en él es otro punto a favor. No le puedo pedir más a un libro sobre gatos, la verdad.

 

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