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Los ritos del agua, de Eva Gª Sáenz de Urturi

los ritos del agua

los ritos del aguaCuando acabé de leer El silencio de la ciudad blanca no tenía ni idea de que me encontraba ante el primer tomo de una trilogía. No lo indicaba en la portada ni se hacía mención de ello en ninguna otra parte, y tampoco el final del libro era de esos finales abiertos que te hacen desear con todas tus fuerzas una continuación para saber cómo demonios iban a vivir sus vidas los personajes sin contártelo a ti. Lo leí, me gustó mucho y pensé que ahí acababa todo. Así que cuando hace poco, mientras consultaba Twitter en el baño, veo en 140 caracteres a un fulano afortunado sujetando en la mano un ejemplar de Los ritos del agua y reconozco el nombre de la autora y encima de esta el subtítulo “TRILOGÍA DE LA CIUDAD BLANCA 2” anunciando la salida en librerías el día siguiente, hice lo único que pude hacer: quedarme con el culo torcido (twisted ass).

Planeta rápidamente puso remedio y así me he reencontrado con el brillante perfilador Unai, la no menos brillante victimóloga Estibaliz, Germán, Alba, el abuelo y toda la cuadrilla.

Como no podía ser de otra forma, sino no tendría sentido este libro, caminaremos y sufriremos junto a Unai para atrapar a un nuevo asesino. Uno que recrea los ritos celtas del agua (porque si vas a matar a alguien, esmérate un poco, ¡leñe!: quémalo, cuélgalo y sumérgelo en el caldero de Cabárceno, no seas vulgar y no mates con un simple tiro o de una puñalada trapera) en lugares de antiguos cultos de País Vasco y Cantabria, que mata a personas que esperan un hijo y que ya se ha cargado a Ana Belén Liaño (Anabel Lee), primera novia de Kraken.

Recordemos que Unai estuvo a punto de morir al recibir un disparo en la cabeza, pero sobrevivió, y ahora debe hacer rehabilitación para recuperarse de una afasia de Broca que le dificulta el habla y le obliga a comunicarse con torpeza mediante monosílabos o palabras deformadas o bien mediante el móvil, tablet o notas. Afortunadamente, tenemos su voz en off durante todo el relato, y esa sí es veloz como el pensamiento.

Al igual que en el libro anterior, en este también nos movemos entre el presente y el pasado, en esta ocasión hasta un campamento de verano de hace veinticuatro años, en el que la pandilla de amigos formada por Unai, Asier, Jota y Lutxo vivirán algo que les dejará una huella de por vida y que se va a relacionar muy íntimamente con los macabros sucesos actuales.

La novela empieza con buen ritmo desde el principio y no solo lo mantiene sino que viajamos en un constante acelerón. Una vez que montas en ella es imposible bajar y a pesar del tiempo transcurrido y lo maltrecha que está mi memoria, con tan solo dos pinceladas recuerdas de golpe la idiosincrasia de cada personaje.

El estilo directo, sin descripciones largas y banales que pudieran entorpecer la rapidez que la novela exige y da, es un acierto. Por otra parte, Eva García sabe perfectamente “pensar” y dar voz a sus personajes, empatizar con ellos y hacernos comprender sus puntos de vista. También quedan patentes los cursos de criminología y ciberdelincuencia que ha realizado, así como la labor de investigación y documentación en general. Pero si algo sabe la autora y lo domina a la perfección, es hacernos caer. Eva García enreda con pericia la trama de forma que, cuando crees que ya sabes quién es el asesino, aparece un elemento nuevo, un dato, una persona, un nombre (¡ay, los nombres!…) que vuelve a dejarte sin ese sospechoso que tan firmemente creías que era el asesino.

Los ritos del agua nos devuelve a unos protagonistas a los que ya tomamos cariño en su primera aparición. Si en aquella las pasaron putas, en esta no va a ser menos y las van a pasar putísimas. La autora vitoriana los hace evolucionar, los hace sufrir (el pobre Kraken no va a ser feliz en su vida, ya lo estoy viendo…), los lleva al límite en una historia con un esquema muy parecido al de El silencio de la ciudad blanca… ¡y yo encantado! Mientras nos dé novelas como esta, tan absorbentes, tan revientauñas e infartantes, que trate todo lo mal que quiera a sus criaturas literarias.

Huelga decir que las 440 páginas me las he ventilado en dos días y pico. Que, por supuesto, está magistralmente escrita, que los engranajes encajan perfectamente sin dejar ningún cabo suelto y que es un deleite leer libros como este.

Y, si es cierto que este libro puede leerse sin haber leído el primero, yo recomiendo no hacerlo hasta haberlo leído. Le sacarás más jugo, comprenderás mejor lo que han pasado los personajes y será una lectura más completa, rica y comprensible.

Un libro excelente que apasionará a los que gusten de la buena novela negra.

Por último decirte una cosa, querida Eva:

Ante la tercera parte, no me pillarás por sorpresa porque “Aquí termina tu caza. Aquí comienza la mía.”

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La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca

la vida es sueño

la vida es sueño¿Cuántos lectores en ciernes se habrán cargado las lecturas obligatorias del colegio? Conmigo no lo consiguieron, claro, incluso disfruté reencontrándome con Poe y sus Cuentos macabros o descubriendo el esperpento de Valle-Inclán en Luces de bohemia. Aunque no negaré que también hubo títulos que se me hicieron cuesta arriba, como Castilla, de Azorín o Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell. No siempre es fácil interesarse por libros que han sido escritos décadas o incluso siglos atrás, y menos a esas edades. Los profesores deben ayudar a comprenderlos y elegir una buena edición para que sus alumnos logren conectar con ellos.

La editorial SM, en su afán por inculcar el amor por la literatura desde la infancia, acaba de estrenar una colección de clásicos adaptados. Las portadas han sido lo primero que me ha llamado la atención: atrás quedaron los sobrios diseños que evidenciaban la seriedad y trascendencia literaria de la obra; SM apuesta por los colores para dejar claro que los clásicos también pueden ser atractivos y divertidos. En el interior, una gráfica pone en antecedentes a los lectores, explicando quién fue el escritor a través de aquellos aspectos de su vida y de su contexto histórico que se reflejan claramente en su obra. Y, lo que es más novedoso, muestra cómo ese clásico o su temática todavía están presentes en nuestros días en forma de películas y teatro.

De los títulos de la literatura universal que ofrece esta nueva colección, yo ya había leído El Quijote, El conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La regenta, Bodas de sangre, Rimas y leyendas y Tres sombreros de copa; así que, entre Fuenteovejuna y La vida es sueño, me decanté por el de Calderón de la Barca.

La vida es sueño es un drama filosófico estrenado en 1635, referente del teatro barroco y escrito en verso, ¡ahí es nada! Con semejante presentación, comprendo que los estudiantes de la ESO se echen a temblar, pero quizá se tranquilicen cuando vean que tiene mucho en común con peliculones como Origen, Matrix o El show de Truman, pues en él nada es lo que parece y los límites entre sueño y realidad son difusos. Además, la adaptación del texto hecha por Ricardo Gómez agiliza la lectura (sin perder la esencia de este clásico) y las oportunas notas en los márgenes aclaran los aspectos más confusos para el lector actual.

Esta obra aborda temas atemporales como el amor (paternal y sentimental) y la educación, de los que los adolescentes ya tendrán bastante que opinar. Aunque no sean herederos al trono encerrados en una torre como su protagonista, el pobre Segismundo, estoy segura de que si el profesor de Lengua y Literatura de turno se salta los aspectos más formales y plantea un debate sobre su contenido, la convertirá en una historia cercana y reconocible y surgirán muchas voces a favor y en contra de determinados personajes. La filosofía de La vida es sueño da mucho de sí y es una oportunidad de oro para implicar a los alumnos y cambiar su concepto de que los libros escritos hace cientos de años no tienen nada que ver con ellos. SM ha dado un paso más para demostrar que los clásicos no son cosa del pasado, ahora le toca a los profesores seguir con tan importante cometido. La pasión por la lectura se ha de contagiar con pasión, no con aburridos comentarios de texto. Los futuros lectores están en juego.

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Año 1000: La sangre, de Manolo Matji y Sergio Córdoba

Año 1000

Año 1000Nunca he empezado hablando de un libro describiendo su exterior, pero siempre hay una primera vez y, a pesar de ese dicho de “nunca juzgues un libro por su portada”, este cómic bien lo merece. Y es que me llevé una grata sorpresa cuando lo recibí. Además de una portada chulísima, tiene el lomo y una pequeña parte del frontal y de la trasera de piel (o imitación, no lo sé) y también la típica cinta de tela cosida al libro para servir de punto de lectura. Un lujazo de edición, que se confirma con la calidad del papel y la pulcritud de un dibujo elegante y teñido de un cromatismo austero (blanco, negro y un ocre dorado) que nos ayuda a situarnos temporalmente para recordarnos lo antigua que es esta leyenda.

Por otra parte, si he querido leer este cómic ha sido por tres motivos. Sí, admito sin vergüenza que dos de ellos son algo chorras y solo uno importante. Uno es que uno de los cines a los que suelo ir tiene el nombre “7 Infantes” y además está en la calle Siete Infantes de Lara. Otro, que en el monasterio de San Millán de Suso, considerado cuna del castellano, a menos de una hora de mi ciudad y el cual he visitado varias veces, están los siete sarcófagos de dichos infantes con sus siete cuerpos y nadie te explica nada de ellos. Y el tercer motivo es el bueno. La curiosidad. ¿Por qué siete infantes han tenido tanta fama que aún ahora, más de mil años después, siguen dedicándoles nombres de calles?

Aclarada mi curiosidad, solo puedo decir: vaya, vaya. En Año 1000: La sangre, no falta de nada. Daría para una temporada de Juego de Tronos. Solo faltaría Tyrion (el enano) y los dragones. De hecho, si se pusieran en serio a hacer una serie así, sería un producto cojonudo. ¡Yo lo vería! Pero vamos al grano. La leyenda, como todas las leyendas, tiene parte de verdad y, aunque en el cómic no se aclara dónde empieza una y acaba la otra o qué partes son adorno, ello no es obstáculo para mantenerte en tensión, sobre todo si, como yo, acudes a ella virgen, sin saber nada de nada. Y es por eso, que no voy a contar el argumento, porque merece la pena que cada uno lo descubra por sí mismo y se deje sorprender. No puedo decir que se trate de algo épico en sentido estricto porque no va de hazañas heroicas, pero sí que cuando estás inmerso en sus viñetas sientes que es una historia muy grande. ¡Enorme! Baste decir que es un relato de traiciones y venganzas entre familias, como un Puerto Hurraco a lo antiguo, de guerreros y reyes en un tiempo en el que España estaba invadida por los moros en plena Reconquista y los enfrentamientos entre ambos eran una constante. Y que todo comienza por culpa de unas palabras a destiempo de L… ¡que no, que no voy a decir nada!

Estamos ante un cómic que desata en nosotros emociones de todo tipo: enfado, ira, deseo de venganza, tristeza, compasión, alegría… y que se lee con gusto de un tirón deseando que dure más porque se hace demasiado corto.

Al igual que dije en su día del cómic El capitán Alatriste que debería ser lectura obligatoria en los colegios, creo que harían bien en incluir también este tomo (sí, bueno, habría que censurar algunas escenas de sexo –tampoco hay tantas– o hacer una edición especial para colegios o algo así…), pero sería algo a tener en cuenta.

Año 1000: La sangre es un cómic al que no puedo poner ningún pero y en cambio sí hay que agradecer el trabajo a Manolo Matji, quien tenía la idea de hacer algo con este cantar de gesta desde el 2005, cuando nació como un simple apunte para transformarse poco a poco en un guion de cine, después un guion reescrito, una serie de época, un conato (dos milisegundos) de ópera, y finalmente en este cómic. Cuando alguien tiene esa comezón en su interior, cuando está emperrado en querer parir una idea y sigue y sigue ese sueño y lo consigue con semejante resultado, solo puede felicitársele.

En cuanto al dibujo, es sencillo, de trazo limpio y perfecto, sirviendo con creces de soporte visual al argumento. No distrae de la historia y tiene viñetas gloriosas, algunas a toda página, en las que te ves en su interior.

Una libro editado con gran mimo por parte de Aleta, una historia de leyenda disfrutable de principio a fin y un dibujo excelente como vehículo a uno de los cantares más importantes de la literatura castellana.

Un cómic al que, ¡voto a bríos!, le vaticino premios importantes y merecidos.

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Máscaras, de Amy Harmon

Máscaras

MáscarasMi película favorita de Disney cuando era pequeña era, sin duda, Dumbo. Me encantaban las canciones y los colores que invadían cada secuencia. Aunque la escena de las alucinaciones del pequeño elefante después de caerse dentro de un barril de cerveza (creo recordar que era así) me producían un poco de angustia. Hace poco la vi de nuevo, después de años y años sin acordarme de ella. Y aluciné. ¿Cómo era yo capaz de estar deseando llegar a casa y ver esa película? Cuando la volví a ver, lloré como una magdalena y, más que disfrutar, sufrí muchísimo. Qué drama. Pobre madre de Dumbo. Pobre elefantito. Y es que si analizamos un poco por encima —tampoco hace falta un análisis exhaustivo digno de la Universidad de Cambridge— podemos ver que todas las historias de Disney se basan en alguna trama trágica y que bien podrían formar parte del cuaderno de un psicoanalista. Y la historia de La bella y la bestia no se queda atrás. Hace unas semanas fui al cine a ver la nueva versión “en carne y hueso” y salí muy mosqueada de la sesión. Si eres muy fan de la historia, será mejor que dejes de leer, porque no tengo palabras bonitas para ella. Sencillamente no me gustan los valores que propugna. Que en un principio podemos pensar que es una historia de superación, en la que la chica consigue ver más allá de lo superficial y enamorarse de una bestia. Pero yo no veo eso. Yo veo una chica que se enamora a la fuerza de un hombre porque si no lo hace jamás se convertirá en humano. Y ella no puede cargar con eso el resto de su vida. Un hombre que secuestró a su padre. Y luego a ella. Y que la deja encerrada dentro de un castillo privándola de su bien más preciado: la libertad. Por eso, no. No me gusta este cuento de Disney.

Por lo que cuando decidí leer Máscaras no sabía que era considerada una versión moderna de La bella y la bestia. De ser así, jamás lo habría leído. Pero lo cierto es que no me lo ha parecido en absoluto. Os voy a contar por qué:

Este libro habla de la historia de Fern Tylor, una chica de montón, que más que destacar por su belleza, destaca por su rareza. Es una persona extraña, y nada tiene que ver con las demás chicas de su edad. Le encanta leer y tiene unas perspectivas y unos sueños que no se parecen en nada a lo que se supone que debería querer una chica normal. Pero Fern también se fija en los chicos, y Ambrose Young era el que se colaba por la noche en sus sueños. Un chico perfecto que gozaba de una belleza más que evidente. Pero un día, Ambrose decide alistarse en el ejército y partir hacia la temible guerra de Irak, de la que volverá destrozado y echo un monstruo, tanto física como psicológicamente.

Amy Harmon nos traslada a los Estados Unidos de 2001, dándonos como escenario la época posterior de uno de los atentados más cruentos de la historia, todavía reciente en las pupilas de todo el mundo. Relata las experiencias de los personajes de una manera muy personal y muy cruda, reflejando sobre todo esa dureza en el personaje de Bailey, el mejor amigo de Fern y que sufre una horrible enfermedad, conocida con el nombre de distrofia muscular de Duchenne.

En Máscaras encontramos personajes evolucionados, que han tenido que cambiar a la fuerza después de las experiencias vividas. Encontramos dolor y agonía. Y también la valentía de protagonistas que, aun habiendo cambiado tanto sus vidas, son capaces de seguir adelante.

Como veis, a mí no me ha dado la sensación de que este libro se pareciera a la historia original de Disney. Solo en la transfiguración que sufre Ambrose y los valores que propugna la frase “la belleza está en el interior”. Pero nada más. Y eso, sabiendo que a mí la historia original no me gusta en absoluto, significa que el libro me ha conquistado. Me ha gustado la crudeza con la que se relatan historias que están tan al día. Me gusta que la “narrativa juvenil” deje de tratar temas banales y vacíos. Me gusta que Fern sea dueña de su propio destino y que se enamore de quien le dicte el corazón y no la conciencia. Me gusta que las niñas de ahora no sean como las de antes. Y me gusta que prefieran parecerse a Elsa o Anna antes que a Bella o Aurora.

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El último viaje de Tisbea, de Rafael Avendaño y Juan Gallardo

El último viaje de Tisbea

El último viaje de TisbeaQué aburrida es la normalidad, ¿no os parece? Lo gris, lo monótono, lo idéntico. Dan ganas de bostezar solo al pensar en ella. Mucho mejor la diversidad, lo extravagante, lo único. Pero (ay, siempre tiene que haber un pero), cuánto nos asustamos ante lo que no es normal, lo que se sale de los cánones establecidos. El ser humano es así de simple y estúpido a veces. Aquello que no entra dentro de lo convencional, nos aterra. Y es que tenemos el alma muy acomodada. Pero, afortunadamente, siempre hay gente que se atreve a salir de esa zona de confort, gente que no tiene miedo en descubrir la belleza de lo que nos es extraño. Y a mí, lectores, esa gente me encanta.

De todo esto trata El último viaje de Tisbea, una novela que rompe de una forma muy dulce y valiente con lo convencional.

Tisbea tiene veintidós años. Es una chica aparentemente normal. Vive con sus padres y su hermana menor, Juana Inés. Trabaja, es voluntaria en un hospital psiquiátrico y, supuestamente, todo está bien. Pero ocurre que Tisbea tiene una discapacidad neurológica que la hace ser diferente de los demás. Tiene una increíble habilidad para los números, conoce todas las figuras literarias y las emplea. Es incapaz de reconocer sentimientos en las caras y en los tonos de voz de las demás personas, pero se esfuerza. Sabe que si alguien sonríe cuando le habla todo está bien. Tisbea tiene unos límites que no debe saltarse. Debe controlar sus ganas de aletear las manos, de respirar encima de su padre, de hacer todo aquello que a ella le apetece porque, efectivamente, no son comportamientos normales. Son límites que sus padres le han enseñado, como aquel de no salir de casa si no es con las personas de confianza que sus padres consideran como tal. Como comprenderéis, debe resultar agotador intentar aparentar esa normalidad, intentar descifrar continuamente en los demás qué les ocurre.

Un día, en el psiquiátrico donde trabaja como voluntaria, David, un joven de cara aniñada que está ingresado por depresión, le confiesa a Tisbea que no encuentra razones para vivir. Ella, tan pragmática, decide entonces elaborar una lista de cosas que le hacen feliz para poder darle motivos a David, pero ninguno de esos motivos le valen al joven.

Mientras tanto, en una de sus anuales visitas al neurólogo, el médico le propone seguir un tratamiento que estimulará sus neuronas para que puedan actuar normalmente. Tisbea, algo cansada de sus límites y limitaciones, decidirá seguirlo. Y aunque al principio no note ningún cambio, pronto empezará a experimentar los resultados. Donde antes Tiseba veía sonrisas amables, ahora se da cuenta de que detrás de esas sonrisas se esconden otros sentimientos más complejos, más duros y que ahora empieza a entender. Ahora, que se supone que es normal, como todos lo demás, puede comprender todo lo que antes ella intentaba interpretar. Una sensación aterradora la de darse de bruces con la realidad. Una sensación que la llevará a vivir la gran aventura de su vida.

El último viaje de Tisbea, aparentemente sencillo, es un libro que esconde mucho más. Muestra, sin grandes pretensiones, ese lado menos agradable de la sociedad y su reacción para con las personas con este tipo de trastornos. En ocasiones dura, en otras amable, es una novela que he disfrutado mucho y que me ha ayudado a abrir los ojos y reflexionar bastante.

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Orfancia, de Athos Zontini

orfancia

orfanciaDe pequeño comía de todo. Si algo no me gustaba me obligaban a quedarme en la mesa hasta que no quedara nada y, si tiempo después, el plato seguía ahí, la comida se convertía en la cena. Y así siempre que hubiera algo que no me gustaba y me resistía a dejar que penetrara en mi interior. Afortunadamente, eso ocurría pocas veces porque, como digo, comía de todo y, lo que en un principio “se me hacía bola” (recuerdo lo mucho que odié las espinacas), acababa por comerlo.

No fui uno de esos niños repelentes y mimados de ahora, cuyos padres ceden a lloros y/o berridos y los cuáles ahora que ya son mayores (y con mayores quiero decir de un mínimo de 30 años) cuando preparas una comida o una cena o merienda te sueltan un “ay, ¿has hecho esto? Es que no me gusta el pimiento”, o un “ay, es que yo no como nada de color verde”, o un “ay, ¿no te dije que no me gusta el tomate?”. Y ahondando en los porqués de esas exclusiones, compruebas que no es cosa de alergias, gluten o nada relacionado con la salud, sino que desde pequeños no comen tal o cual cosa porque no les daba la gana. ¡No, no, no! ¡Así no! Yo incluso alguna vez tuve que cazar mi propia comida. Al principio con los mayores, luego ya solo, adentrándome en terrenos que a muchos de vosotros haría que os cagarais encima. Pero esa es otra historia.

En Orfancia tenemos a un niño de ocho años que no quiere comer. Es más: se esfuerza lo indecible por no querer comer. Y no porque no le guste la comida. Al contrario. Le gusta mucho la comida que hace su madre (de hecho es una gran cocinera), y la bollería industrial y las chuches, los pasteles… Si no come es solo porque está convencido de que cuando esté bien gordo sus padres se lo comerán, al igual que cree que el resto de padres se comerán también a sus hijos.

Los padres del protagonista, (en ningún momento se dice su nombre), se las ven y se las desean para que el niño coma. A su lado, los niños de su edad parecen gigantes. Él está débil, pálido, se cansa en seguida y simula comer para que sus padres le dejen en paz. Cuando va a su habitación vomita lo comido con naturalidad. Su padre se avergüenza de él, no deja que se corte el pelo (y le confunden con una niña), para que su delgadez se atenúe algo. El pediatra al que le llevan no sabe qué hacer. “No es posible que un niño de su edad nunca tenga hambre”. Por si fuera poco, en el colegio le acosan, se ríen de él y le pegan.

Anorexia, bulimia, acoso, maltrato animal, violencia, machismo, agresiones, soledad… Y al principio parecía una historia simple, ¿eh?, pero en Orfancia se da todo eso y más. La narración corre a cargo del niño en primera persona a lo largo de los cuatro capítulos titulados como las cuatro estaciones. Es una narración tremendamente dura en muchas ocasiones y a uno le dan ganas de zarandearle, de decirle “¡pero espabila, chaval, espabila!” Zontini se mete tan bien en su mente y consigue empatizar tanto, que nos da pena el chaval porque sufre a diario. Sufre mucho y, lo que es peor, ¡en silencio! Pero, de la misma manera, entendemos también la desesperación de los padres.

La lectura fluye con rapidez, las páginas se leen solas. Cuando lo lees no eres consciente del todo (un poco sí), pero ahora, una vez leído, caes en que has estado leyendo una fábula o, mejor aún, un cuento. Un cuento moderno, pero con toques clásicos. Y al acabarlo, te queda una sensación rara, porque es también un libro raro, muy poco convencional. Tiene un vocabulario sencillo, es ágil, engancha mucho, y se lee con facilidad y rapidez porque estás deseando saber cuánto más va a aguantar el protagonista y el final que puedes intuir a pesar de no darse hasta la última página. Y es entonces cuando ves lo perfectamente estructurado y pensado que ha sido este libro y lo bien que ha plasmado el cambio. Porque este es también un libro sobre el cambio y la pérdida de la inocencia.

Y sobre todo, ese finalazo. Un final que puede interpretarse de varias formas y que merece la pena leer una y otra vez (total, solo es una página). La primera vez que lo lees te quedas estupefacto aunque era uno de los finales que ves como posibles durante la lectura. La segunda vez ves algo que te dice que ese final puede ser el que has interpretado la primera y a la vez puede no ser (final Schrodinger, lo llamo en un derroche de originalidad). La tercera vez, me lo deja claro, aunque me gustaría que hubiera sido el final de la primera lectura.

Un libro duro por el retrato que hace de la infancia, un cuento para niños grandes y un indispensable del 2017.

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Al otro lado del río y entre los árboles, de Ernest Hemingway

Al otro lado del río y entre los árboles

Al otro lado del río y entre los árbolesDicen que los escritores dejan una huella autobiográfica en todas sus obras, en mayor o menor medida. Al fin y al cabo, suelen escribir de manera recurrente sobre los temas que les remueven por dentro, aquellos que marcan su existencia. En uno de los autores que más lo percibo es en Ernest Hemingway. He leído varias anécdotas sobre su vida, incluso una novela, Mrs. Hemingway en París, de Paula Mclain, que contaba la relación con su primera esposa y su estancia en París desde el punto de vista de ella. Eso me hace tener una imagen definida de Hemingway en mi cabeza y la proyecto en los protagonistas de sus historias involuntariamente: el pescador de El viejo y el mar, el soldado republicano de El viejo y el puente o el coronel, «criticón injusto y amargado», de Al otro lado del río y entre los árboles, una de sus novelas menos conocidas y de la que os voy a hablar hoy.

Publicada por primera vez en 1950, narra la estancia de un coronel en Venecia. Esta ciudad, tan bella y tan nostálgica, es el lugar idóneo para este hombre que ha dedicado su vida a la guerra y que se bate ya en retirada. Venecia y él mismo se despojan de exagerados romanticismos y muestran la crudeza que se esconde en el fondo.

El coronel ya ha pasado de los cincuenta años. Las cicatrices de su cara y los dolores de su cuerpo son el mapa de las batallas que ganó y sus pensamientos obsesivos, el de los errores que cometió. Una confianza alimentada a base de pastillas, unos paseos en góndola para cazar patos salvajes y comidas en restaurantes, acompañado por una bella mujer, apenas mayor de edad, son los pequeños placeres de los que disfruta mientras espera a la muerte. Con continuas referencias a acontecimientos y personajes históricos reales, lo cuestiona todo: sus mandos superiores; los supuestos enemigos; los escritores que escriben de la guerra sin haberla vivido; su país, Estados Unidos y sobre todo a sí mismo.

La trama de esta novela es lo de menos porque todo gira en torno a su protagonista, lo que piensa y lo que siente. Y en su brutalidad y su sensibilidad, en su pasión por la vida y su fijación por la vejez y la muerte, en su forma de vivir el amor y la guerra, yo no dejo de ver a Ernest Hemingway, que tenía la misma edad que su personaje en el momento en que la escribió.

No hay mejor manera de describir Al otro lado del río y entre los árboles que con las palabras de su propio protagonista: «solo un ruido entre las bambalinas de mi corazón. Mi puñetero corazón. Ese cabrón de corazón que es incapaz de resistirme»; una carta de despedida de un hombre que ama y odia la vida a partes iguales. Que cada cual valore si ese hombre es solo un personaje de ficción o también el mismísimo Ernest Hemingway. Yo, como os digo, lo tengo claro.

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Solo nosotros dos, de Nicholas Sparks

Solo nosotros dos

Solo nosotros dosPensar en Nicholas Sparks es pensar en romanticismo. En grandes historias de amor que dejan sin aliento a quien las lee. Es el caso de El cuaderno de Noah, Cuando te encuentre o, mi favorita, Un lugar donde refugiarse. Si algo tienen en común es que son historias cuyos protagonistas tienen tal personalidad que son capaces de llegar a enamorar a través del papel. Sparks nos da personajes carismáticos, misteriosos, bondadosos y mágicos. Por ello, quizás, se podría decir que está un poco encasillado y que nada más que sabe escribir novelas de chico conoce a chica. A mí sus novelas me parecen maravillosas (algunas más que otras, todo hay que decirlo. Fantasmas del pasado me aburrió tanto que me entró la tentación de dejarlo a medias). Y es cierto que todas hablan del amor. Así que me alegré cuando, al adentrarme en la trama de Solo nosotros dos, me di cuenta de que sabe contar historias que van más allá.

La novela que nos ocupa es de amor, sí. Pero no del amor que siente un marido por su mujer. Habla del amor que un padre profesa por una hija. Así que, ya veis, Sparks nos regala esta vez una novela que nada tiene que ver con lo que normalmente suele ofrecernos. No sé si esto es mejor o peor. Por una parte, es cierto que el que decide abrir un libro de Sparks lo hace porque quiere vivir una historia de amor de esas que desgarran. Pero, por otra parte, nos demuestra que es capaz de escribir otras crónicas que pueden ser igual de bonitas pero ambientadas en un contexto diferente.

Russel está casado con Vivian. Viven una vida idílica, de cuento. Acaban de comprar una casa preciosa y su negocio va viento en popa. Así que cuando Vivian le dijo que está embarazada, a pesar del vértigo momentáneo que sintió en el estómago, no pudo evitar alegrarse, sabiendo que ser padre sería una experiencia maravillosa. Pero la verdad es que el trabajo apenas le dejaba tiempo para disfrutar de la pequeña London y su matrimonio se fue enfriando poco a poco, de manera casi imperceptible. Pasados cinco años, Russel, presa de la crisis, se ve despedido, con un montón de deudas, con una mujer que no le quiere y con una hija a la que apenas conoce. Tiene intención de montar un negocio, pero los riesgos son demasiado altos, así que cuando a Vivian le ofrecen un trabajo muy bien pagado, esta no se lo piensa dos veces. Hay que mantener el status que tenían. Pero aquel trabajo tenía un precio muy caro: los viajes serían constantes y la vida familiar prácticamente nula. Así que Russel empieza a ejercer realmente de padre. Comienza a conocer a London, esa pequeña princesa que tiene más cosas interesantes que contarle de las que él se creía. Y empieza a darse cuenta de que la quiere más que a nada en este mundo.

Por lo que Solo nosotros dos es una historia de amor, sí. Pero del amor que Russel empieza a sentir por su hija. Es una novela tierna, paciente y sosegada. Sin grandes giros ni sorpresas. Es como si Sparks metiera en una olla un montón de ingredientes y los fuera cocinando muy poquito a poco, prometiendo que al final nos dará un plato exquisito que nos dejará un estupendo sabor de boca.

Nos os voy a engañar, no es la novela que más me ha gustado de este autor (el nivel estaba muy alto, también es verdad), pero es una historia que me ha encandilado y que ha hecho que le cogiera cariño a Russel y a la pequeña London. Y al final, de eso se trata, de poder conectar con los personajes y sentir lo que ellos sienten. Y, en eso, Nicholas Sparks es un genio.

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El amor te hará inmortal, de Ramón Gener

El amor te hará inmortal

El amor te hará inmortalMorir no es lo peor que le puede pasar a una persona. En ocasiones, por duro que sea, es lo mejor. Si no hay vuelta atrás, si se sufre un infierno de dolor, morir es una liberación. Y muchas veces, sino siempre, lo pasan peor los que se quedan cuando esa persona se va. Son ellos los que van a continuar sufriendo, de otra forma, pero sufriendo en definitiva.

Aunque peor aún es morir más de una vez. Y no hablo de vampiros precisamente. Dice Ramón Gener:

“Mi padre murió dos veces. La primera, una mañana soleada en la que el Alzheimer nubló su mente y me olvidó. La segunda, tres días antes de Navidad, cuando, convertido en el Bolero de Ravel, dejó de respirar”.

Y aún podría morir una tercera vez. Cuando ya ni los hijos de sus hijos se acuerden de él.

Un año después de la segunda muerte, la física, Ramón seguía sin entender su ausencia. La vida seguía, pero él estaba perdido. Consultó libros médicos, de psiquiatras, de voluntarios en cuidados paliativos, libros que explicaban las fases del duelo, qué hacer y cómo reaccionar, pero ninguno conseguía aclararle nada. No fue hasta que ante él aparecieron Cloto, Láquesis y Átropos, las tres hermanas Moiras que tejen el destino de cada ser humano, cuando comenzó a entender y a sobrellevar el duelo.

A Ramón Gener (barítono, pianista, escritor y divulgador musical, ahí es nada…) lo encontré por casualidad un día en la tele haciendo zapping. En el programa This is Opera. Me gusta la música clásica. De pequeño la oía más que ahora y era capaz de identificar autores y títulos de obras. No la he dejado de lado, de vez en cuando me gusta ponerme algo de Beethoven o Satie o un mix con un totum revolutum e incluso a veces investigar por la red para descubrir algo que me guste o escuchar programas de radio dedicados a esta música. Por desgracia, la ópera no es lo mío. Confieso que, salvo las partes conocidas, me aburre. Pero el espacio que tenía Gener para hablar de ella, era muy entretenido. Daba igual que la ópera te gustara o no. Daba gusto oír sus explicaciones y la pasión con la que vivía la música. Tenías que quedarte y ver el programa entero. Era como uno de esos profesores con los que aprendías la lección sin esfuerzo, sin querer siquiera poner de tu parte. Se notaba que le gustaba aquello de lo que hablaba y que lo vivía con auténtica pasión.

Eso fue lo que me hizo fijarme en este libro. Si alguien que explica las cosas, (de algo que no te llama mucho), de forma tan elocuente, escribe un libro, quiero ver cómo es. Eso y saber que vamos a tener encuentros con Verdi, Brahms, Wagner, Joaquín Rodrigo…

En El amor te hará inmortal, Gener viajará en el tiempo y espacio, gracias a las Moiras,  y visitará a músicos a los que admira y que están en una situación idéntica a la suya: la pérdida de alguien a quienes amaban. Pero no los visita como músicos, (que también, que ese es uno de los atractivos, sin duda, del libro), sino como lo que hay tras esa faceta artística: personas. Personas aisladas de la vida. Golpeadas y sin esperanza.

“¿Acaso es posible no quedarse aislado por un tiempo después de la muerte de un ser querido? Antes estabas con alguien y después ya no. Antes pensabas por dos, por tres o por cuatro y después ya no. Después solo piensas para uno. O mejor dicho, después ya ni siquiera piensas. Después todo es distinto. Comes solo. Te sientes solo”.

Así, nos encontraremos con Verdi, María Callas, Toscanini, Farinelli, Brahms, María Malibrán, Berlioz, Joaquín Rodrigo, Wagner, Puccini… y Gener tendrá la astucia para, además, emparejar cada uno de estos genios con personajes mitológicos.  Y todo esto, con el fin de encontrar ese puente que le saque de ese aislamiento y le devuelva a la vida.

El amor te hará inmortal es un libro lleno de anécdotas de músicos pero sobre todo de emociones y sentimientos con el nexo común de haber sido desencadenados por la muerte. Es el deseo de salir de un pozo que tarde o temprano y en varias ocasiones, nos alcanza a todos.

“El hilo de la vida sigue y, con el tiempo, siempre pasa algo o alguien viene a rescatarnos. Siempre aparece un puente para conectarnos de nuevo al mundo –concluyó Láquesis, muy segura de sí misma”.

Un libro que ya sabía que iba a gustarme, pero que me ha sorprendido gustándome más de lo esperado y que me va a llevar a descubrir otras lecturas (ya ando en busca y captura del primer libro de Gener) y otras músicas.

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El día que se perdió la cordura

El día que se perdió la cordura

El día que se perdió la corduraHay ocasiones que parece que uno está tocado por una varita mágica, como le ha pasado en esta ocasión a Javier Castillo, pero para que pasen las cosas hay que intentarlo una y otra vez. Este autor se autopublicó en Amazon, su novela gustó y se iniciaron montones de descargas, en la actualidad casi cincuenta mil. Supongo que por ese motivo una tarde de febrero Ana, editora de Suma, escribió a nuestro autor y le propuso editarle en papel su novela El día que se perdió la cordura.

Buen olfato en de esta editora, pues aunque yo he leído una segunda edición, me consta que deben llevar cuatro, y no descarto que cuando ustedes lean esta reseña ya lleve seis.

Siguiendo con mis famosas y conocidas casualidades de tipo “Austerianas”, les contaré que este libro ha llegado a mí también de forma casual ya que, en mi casa, por lo general soy yo quien recomiendo libros al resto de la familia, pero en esta ocasión fue mi hija quien me dijo: “¡Atenta a este autor que la está petando con su primera novela en Amazon!”. Miré y vi que casi todo el mundo que la había descargado hablaba de que había llegado al libro por “casualidad” y que no se arrepentían de haberlo comprado. Como ven también mi hija tiene mente de editora 😉

Y así fue que cuando yo quise conocer la historia de este escritor de Fuengirola adquirí ya una segunda edición en papel. Según ha contado él a los medios de comunicación, El día que se perdió la cordura la planificó y escribió durante los 40 minutos diarios que duraba el trayecto del tren de su localidad de residencia a Málaga, ciudad en el que trabaja como consultor de finanzas. “Tardé medio año en planificar la novela y un año en escribirla”, ha manifestado Javier Castillo. Está claro que por su profesión sabe que el tiempo es oro y que todo tiene que estar bien organizado.

Pues bien, este Thriller que hoy les traigo me lo he merendado en dos tardes; el autor ha sabido captar la atención lectora desde el primer capítulo, por cierto, se nota que es un buen lector y sabe que los capítulos cortos y no secuenciales arrastran más allá de la curiosidad, cerca, muy cerca de la adicción.

La historia está narrada en primera y tercera persona, y en tres espacios temporales muy fáciles de seguir para el lector poco habituado a ello, la escritura de Javier Castillo es muy directa, muchos diálogos, frases cortas y un vocabulario muy adecuado para el estilo de lectores que pretende atraer.

“24 de Diciembre de 2013. Boston

Son las doce de la mañana del 24 de diciembre, falta un día para Navidad. Camino por la calle tranquilo, con la mirada perdida y todo parece que va a cámara lenta. Miro hacia arriba y veo cuatro globos de color blanco alzarse alejándose hacia el sol. Mientras ando escucho gritos de mujeres y noto como la gente a lo lejos no para de observarme…”

Así empieza El día que se perdió la cordura, con un hombre al que aun no conocemos que aparece en el centro de Boston, desnudo y sujetando con su mano la cabeza de una mujer.

Pronto el autor nos irá presentando a los diferentes personajes como el Dr. Jenkins, director de un centro psiquiátrico, a Estella Hyden que es agente del FBI o a la familia de Steven y su esposa Kate, con los que nos trasladaremos hasta la localidad de Salt Lake.

Los personajes los deja perfilados pero sin profundizar demasiado en ninguno de ellos, aunque no descarto que este libro tenga una continuación en la mente del autor en la que deberá darle más empaque a aquellos con los que pretenda seguir trabajando. La trama, el encaje de la historia y la forma de cerrarla prevalece sobre los propios personajes.

Ha hecho bien en llevar la historia a EEUU porque aunque siempre he pensado que en España tenemos nuestro Puerto Hurraco particular, hay cosas que solo podemos creerlas cuando pasan en ese lugar en el que puede pasar casi cualquier cosa.

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Cáscara de nuez, de Ian McEwan

Cáscara de nuez

Cáscara de nuezLo había leído en la sinopsis que encontré en Internet y en la contraportada del libro, pero aun así no estaba preparado para ello y me costó un rato acostumbrarme a la lectura. No en vano, abordar una novela en la que es un feto el que te habla desde el vientre de su madre y te narra todo aquello que percibe del mundo exterior no es algo que se haga todos los días. Un feto que es consciente del plan que han ideado la mujer que lo va a dar a luz y el hermano de su progenitor para asesinar a éste y quedarse con una cara mansión en herencia. Este es el argumento y el original enfoque que propone Cáscara de nuez, la última novela de Ian McEwan.

McEwan se desmarca como un narrador excepcional, de esos que son capaces de introducirte en sus tramas, por enrevesadas que éstas sean a priori. Del estilo del escritor inglés, además de su notable capacidad para contar los acontecimientos de forma amena y adictiva, destacaría las metáforas que desgrana a lo largo de la novela, ya que son sumamente visuales y originales. De hecho, todo el texto destaca por su vocabulario cuidado y preciso, con mucha fijación en los matices, uno de los aspectos que más valoro en una novela —siempre que se use con moderación, claro está—. Así, el feto saborea lo que su madre come y se emborracha cuando ella se pasa con las copas de vino, al tiempo que va concibiendo el futuro que le espera en el mundo exterior en función de cómo avanzan los acontecimientos.

Y el humor. Toda la obra está impregnada de un humor nada blanco, ya que McEwan aprovecha la sinceridad de su nonato narrador para describir con dureza todo aquello que no le gusta del mundo en general y de lo que le rodea en particular. Así, la forma en la que describe a Claude, el hermano de su padre y amante de su madre, es más propia de un tertuliano del sábado noche que de lo que todavía no es un ni un ser vivo —un saludo a Rouco—. No tiene problema alguno para juzgar a sus seres cercanos, caricaturizándolos y censurando su forma de comportarse continuamente. Esta sinceridad llega a momentos tan explícitos y divertidos como cuando teme que Claude atraviese a su madre mientras practican sexo y le «siembre sus pensamientos con su esencia».

Cáscara de nuez es una novela lenta en su desarrollo que, sin embargo, consigue mantener la tensión en todo momento, gracias al buen hacer del escritor con la medición de los tiempos. Así, con una trama aparentemente sencilla —aunque realmente bien ejecutada—, McEwan consigue conquistar con su enfoque original y con su fabulosa capacidad para jugar con las palabras. Por ello, aunque no llevemos mucho de 2017, puedo decir con tranquilidad que es de lo mejor que he leído en estos últimos meses. Pero es que además, arriesgando un poco más en esta segunda valoración, tengo pocas dudas de que para finales de año esta novela seguirá estando entre mis lecturas favoritas.

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El verano infinito, de Madame Nielsen

El verano infinito

El verano infinitoYo no sé las películas que me monto en la cabeza cuando veo la portada de un libro y leo, así por encima, su sinopsis. ¿No os ocurre? Os imagináis vuestra propia historia y según vais leyendo el libro descubrís que habéis acertado o que, todo lo contrario, el libro no tiene nada que ver con lo que vosotros habíais pensado. Pues eso es lo que me ha pasado a mí con este libro, que no tiene nada que ver con lo que yo me había imaginado a través de la portada y lo poco que había leído sobre él. Cualquier día de estos me dan un Óscar.

No sé, una ve un caballo galopando, lee un título tan sugerente como El verano infinito, lee sobre largos días de verano y dos chicos enamorados y se imagina una historia lenta, dulce y muy de sobremesa y café. Pero claro, si a mí esas historias no me van demasiado, ¿por qué entonces elegí este libro? Pues debe ser el sexto sentido literario que he desarrollado a lo largo de tantas lecturas. Algo tenía el libro que me llamaba la atención. Y al acabarlo, puedo decir que no me equivoqué al elegirlo. El verano infinito no es un libro cualquiera.

Para empezar diré que en estado de reposo mis pulsaciones están normalmente entre los noventa-noventa y cinco (estoy para hacer el Tour de Francia, ¿eh?). Pues que sepáis que durante toda la lectura de este libro creo que no deben haber bajado de cien. Lo cual es muy malo para mi corazón, pero en cierto modo, muy interesante para mi cabeza. Y es que aunque el título nos sugiera calma, este libro es una bala. Hacía tiempo que no me encontraba con un autor con una prosa tan rápida como la de Madame Nielsen, capaz de encadenar frases y frases sin un punto durante páginas, al más puro estilo Kerouac en Maggie Cassidy. Pero aunque sea una lectura rápida, la autora no deja que te pierdas. Es más, tú aumentas tu ritmo para acercarte al de la historia. Ya os digo, yo estoy cardiaca.

Y no es sólo cómo lo cuenta la autora, sino todo lo que cuenta en esta pequeña pero intensa novela. Hay una chica, de unos diecisiete años, una madre distante pero comedida, un padrastro sumamente celoso y dos niños pequeños. Y entonces el hastío, la sospecha y el abandono. Cuando el padrastro abandona definitivamente el hogar, cuando decide marcharse y dejar atrás a su mujer y a los niños, es cuando comienza la verdadera historia, cuando todos empiezan a vivir el verano de sus vidas, el verano infinito.

La casa, una granja a las afueras de la ciudad, se convierte entonces en una especie de albergue por donde empiezan a desfilar los personajes más extravagantes que formarán parte de ese verano infinito. Está el chico joven, novio de la hija, que pasa los días en aquella casa de campo. Hay otro joven desgarbado, alto y rubio, amigo de la chica, que también pasa sus días, sin hacer nada, en la casa.

Más tarde vendrán dos portugueses, y uno de ellos, el jovencísimo artista, se convertirá en amante de la madre. Y todos ellos conforman ese verano atemporal, unos días en los que la nada se apodera de todo. Sin que transcurra nada especial,  la vida misma ocurre ese verano. El dolor, la juventud, el desarraigo y el amor se mezclan en estos días. Y el destino, siempre presente, de todos los personajes.

El verano infinito es una novela difícil, no os voy a engañar. Y aunque mi ritmo cardiaco haya estado acelerado durante toda la lectura, ya os digo que es buena señal. Me parece una propuesta atípica, interesante y conmovedora. Todo un acierto.

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