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Si decido quedarme, de Gayle Forman

Si decido quedarme

Si decido quedarmeMia pensaba que el chelo era un instrumento solitario. Pensaba que la vida que había elegido era el motivo irremediable de que se apartara de toda la gente de su edad. Sus padres habían demostrado siempre ser unos rockeros de pura cepa. Su hermano adoraba a Iggy Pop. Y ella solo era capaz de escuchar a Beethoven o a Schubert. Era como la oveja negra de la familia, pero al revés. Aunque al fin y al cabo, el resultado es el mismo: no encajaba. Ni en su familia, ni en su clase, ni siquiera en su generación.

Un día, Mia conoció a Adam, un chico que iba a su instituto y que a su corta edad ya sabía lo que era ser una estrella del rock. Y él se fijó en ella. No podía apartar la mirada cuando pasaba por delante del aula de música y la veía ensayando con el chelo. Esa forma de sujetar el arco, esa manera de cerrar los ojos mientras sentía la música, esa pasión y a la vez delicadeza que emanaba de cada movimiento.

La vida son momentos. Hoy te estás preocupando porque a ti te gusta la música clásica y a tus padres el género rock. O estás tan pendiente de recibir una carta de un conservatorio donde hiciste una audición y que podría cambiar tu vida que se te olvida hasta desayunar. Y mañana, estás tirada en la cuneta de una carretera, mientras tus padres y tu hermano agonizan a tu lado.

Si decido quedarme es el mejor título que le han podido dar a esta novela. En ella, Mia, después de sufrir un gravísimo accidente de coche junto con su familia, se debate entre la vida y la muerte. Su vida pende de un hilo y la única que puede hacer algo para quedarse en este mundo es ella.

Gayle Forman nos trae una novela corta de la que muchos ya habíamos oído hablar. Personalmente la conocí cuando vi el trailer de la película protagonizada por Cloe Moretz. Por supuesto, solo fui capaz de ver la película una vez leído el libro, así que ha estado en mi lista de pendientes durante una buena temporada. Me pondría a hacer una comparativa entre el largometraje y la historia original, pero esto se me acabaría yendo de las manos, así que seguiré centrándome en lo que me tengo que centrar.

Si decido quedarme es un libro que te hace recapitular. Es decir, Mia tiene una vida normal, con sus preocupaciones y sus alegrías. Como cualquier adolescente. Va a clase, tiene una pasión, una mejor amiga, una familia envidiable y un novio que la adora. Y, de repente, todo se acaba. La vida que había llegado a conocer, desaparece. Sus sueños, ilusiones, esperanzas… ya no valen para nada. Su vida depende literalmente de sus ganas de vivir, pero ¿qué pasa si estas ya no existen? ¿no sería mejor dejarlo todo y descansar en paz?

Por lo que he visto en las redes sociales, este libro ha atrapado sobre todo a la gente joven. Gente que se ve reflejada en Mia, que se identifica con la historia y que sabe que una cosa así nos puede pasar a cualquier en cualquier momento. Ese jugar con la muerte y la vida que nos ofrece Gayle Forman, hace que hasta los más enemigos de la filosofía se pregunten qué sentido tiene la vida o qué pasa si uno ya no quiere vivir en el mundo que le ha tocado.

 Es una novela que se lee en un suspiro y que te deja un sabor de boca más agrio que dulce. Porque es una historia que nadie jamás querría vivir en su propia piel. Pero realmente es agria por esa misma razón: porque aunque nadie quisiera ser la protagonista de ella, todos sabemos que esto puede pasar perfectamente. Puede que hoy esté aquí, tirada en el sofá de mi habitación, escribiendo esta reseña y pensando en el libro que voy a abrir en cuanto termine y puede que mañana esté en una camilla debatiéndome entre la vida y la muerte. Así que no, no voy a hacer como Mia. No me voy a autocompadecer, no voy a pensar que mi vida es una desgracia aunque sea perfecta, no voy a darle más importancia a las cosas de la que se merecen. Y sobre todo, voy a disfrutar en cada momento de lo que hago.

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La noche que no paró de llover, de Laura Castañón

la noche que no paró de llover

la noche que no paró de lloverMe llaman la atención las novelas en las que un personaje rememora su vida desde la perspectiva que da la vejez. Cuando todo lo que pudo hacer ya está hecho y no queda ningún ser querido vivo con el que saldar cuentas. Cuando echar la vista atrás solo sirve para quedarse en paz con uno mismo… o no.

Me atraen los personajes detestables, llenos de malos sentimientos. No es necesario que sean asesinos o psicópatas, me basta con que caigan a menudo en la envidia, la vanidad, el egoísmo… Esos pecados en los que es fácil reconocernos porque todos hemos sido víctimas o culpables de ellos alguna vez.

Me gustan las novelas corales, en las que los protagonistas se van pasando el testigo para contarnos sus historias, que inevitablemente se entrecruzan. Eso me permite conocer cómo se ven a sí mismos y cómo los ven los demás y, qué curioso, suelen ser puntos de vista irreconciliables, lo que le da mucha más profundidad a los personajes.

Estos tres ingredientes narrativos los he encontrado en La noche que no paró de llover, de Laura Castañón. La mujer que recuerda su vida es Valeria Santaclara, una octogenaria de las del palo de «con Franco vivíamos mejor», que ha tenido una existencia acomodada y bastante anodina, pero está llena de resentimientos y de heridas sin cicatrizar. La odié desde la primera página (lo mismo me pasó con la protagonista de Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, con la que tiene más de una similitud), pero terminé por compadecerla: porque vive atrapada en sus propias mentiras y prejuicios y porque ella también sufrió, a pesar de todo. De ahí que sea un personaje tan atractivo, alrededor del cual giran todos los demás. El resto de mujeres que protagonizan esta novela son Laia, la psicóloga a la que Valeria relata su vida para atreverse a abrir un sobre que lleva guardando dieciocho años, titulado «El perdón»; Emma, la novia de Laia, que se esfuerza para que su relación sea perfecta, aunque encuentre a su pareja cada vez más distante; y Feli, la limpiadora de la residencia de Valeria, escritora aficionada que trata de averiguar qué le pasó a una maestra de la Segunda República que estuvo vinculada con la familia Santaclara.

Laura Castañón consigue que cada personaje adquiera una voz propia e inconfundible y que sus historias nos enganchen de igual manera. Su forma de narrar me ha recordado a la de Alejandro Palomas: por lo cuidado de su prosa, por su humor, por las inquietudes y las relaciones familiares de sus protagonistas, por algunos de los temas que trata. Por eso creo que los seguidores del autor catalán conectarán de inmediato con esta novela. También lo harán los lectores que busquen una lectura adictiva, pero que les deje poso, pues a través de los pensamientos y las vivencias de Valeria, Laia, Emma y Feli, La noche que no paró de llover reflexiona sobre la maternidad, la vejez, el amor y la culpa. Y, por encima de todo, sobre la memoria, individual e histórica, y sobre el mal, voluntario o inconsciente. Porque cualquiera de nuestras decisiones diarias puede tener consecuencias imprevistas, terribles para nosotros mismos o para otros, igual que nuestras acciones o inacciones como sociedad determinan la historia de nuestro país, para bien o para mal.

Qué difícil es asumir que nuestras equivocaciones pueden ser trascendentales para los demás. Imagino que por eso solemos esperar a que la muerte esté a la vuelta de la esquina para evocar nuestros recuerdos, como Valeria Santaclara. Quién sabe si entonces encontraremos el sentido a todo aquello que vivimos y si habrá alguna justificación para cada una de nuestras malas decisiones. La noche que nunca paró de llover me deja con ese desasosiego, quizá por planteármelo antes de tiempo. O en el momento oportuno, quién sabe.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criada

El cuento de la criada“Espero. Me compongo. Mi persona es una cosa que debo componer, como se compone una frase. Debo presentar algo que ha sido hecho, no que ha nacido.”

Pág. 106

Leí este libro hace años, de la biblioteca, y llevo queriéndolo comprar desde entonces. Quería tener mi ejemplar para marcarlo, subrayarlo, poder comentar al margen… esas cosas que teóricamente no se puede hacer con los libros, pero que yo siempre hago con los que me gustan mucho. Pero no podía comprarlo porque estaba descatalogado y, por internet, llegaron a pedir casi 200 euros por un ejemplar. Una locura.

Por eso me parece una suerte que Salamandra reedite El cuento de la criada, una novela que la inmensa Margaret Atwood escribió tras un viaje al otro lado del telón de acero en los años ochenta. Sí, ochenta. Y os estaréis preguntando, ¿por qué la reeditan ahora? Y, sobre todo, ¿qué tiene que decirnos una novela de los ochenta?

La primera pregunta es fácil de responder. El año pasado HBO anunció que esta primavera emitiría una serie basada en la novela de Atwood. Así que, para qué negarlo, es un buen momento para recuperar El cuento de la criada porque muchas de las personas que vean la serie querrán recurrir al texto original.

Pero, aparte de por la serie, ¿por qué va a interesarnos precisamente ahora? La misma autora responde a esta pregunta en el prólogo que acompaña a la nueva edición. El cuento de la criada es rabiosamente actual. Cada vez más gente le pregunta si la novela es una predicción. Y Atwood responde que no, porque predecir el futuro no es posible, pero que sí que, cuando la escribió, había una intención de antipredicción en ella, es decir, de evitar un futuro como el que vive Defred, la protagonista de la novela.

Y tiene razón. A diferencia de otras obras de ciencia ficción, El cuento de la criada ha envejecido my bien y es incluso más verosímil hoy en día que en 1984, cuando fue escrita. Recuerdo que la primera vez que la leí, hará un par de años, busqué la fecha de publicación y me sorprendí porque estaba leyendo sobre cosas que están pasando ahora en EEUU, sobre cosas que podrían pasar en un texto escrito hace más de treinta años. En ese sentido, parece que Atwood haya viajado al año 2017 para ver algunos detalles, algunas tendencias, que explota en la novela.

Precisamente creo que es esa verosimilitud lo que hace que sea una de las novelas más aterradoras que he leído. Porque la autora logra crear la sensación de que te habla directamente a ti, durante la lectura de la novela tú eres Defred, o podrías serlo.

Recuerdo la primera vez que viví ese grado de identificación en una historia de terror. Tenía unos siete años y vi la primera adaptación de It, la novela de Stephen King. Yo estaba acostumbrada a ver películas de miedo, no me afectaban para nada (era fan de Expediente X) pero It me destrozó y pasé meses con pesadillas. Cuando mi madre me preguntaba por qué, siempre le daba una explicación muy clara: se come a los niños, solo a los niños. Y yo era una niña.

Esa misma sensación he tenido con Defred. Ella es una mujer que por edad, condición, etc. podría ser yo, que ha tenido un pasado como se augura mi futuro. Y todo se rompe de una manera tan brutal y al mismo tiempo tan contenida, tan, una vez más, verosímil, que produce terror. Junto a esa capacidad de identificación están la sensación de aislamiento, de paranoia, el miedo al otro, a hacer cualquier movimiento que Atwood crea con maestría y mantiene durante toda la novela. Por otro lado, no tiene la necesidad de recurrir a la violencia explícita para hacerte ver el horror. El clímax de la novela es mucho menos violento que cinco minutos de Juego de tronos, pero logra hacerte sentir más incómodo y angustiado de todas las temporadas de Walking Dead juntas. Y, para mí, es en esa contención del terror, en la capacidad de hacer que el gesto más nimio te haga temer por la protagonista sin perder ni un segundo el sentido de la realidad, donde se encuentra la genialidad de El cuento de la criada.

Para todos los que os asustéis con las novelas largas o “complicadas”, quiero deciros que Atwood tiene el don de crear metáforas impresionantes con lenguaje muy sencillo y que, pese a ser una historia asfixiante, se lee casi de un tirón. Me guardo en la manga los spoilers (no todo es lo que parece y la historia da unos vuelcos que madre mía), las referencias literarias (a Orwell, a Bradbury, a Le Guin…) que los fans del género veréis sin duda, mis especulaciones sobre el título y muchas de las sensaciones que me provoca esta novela. Leedla, lleváosla a la playa, a la piscina, comentadla porque es un texto actual e incómodo que se presta a compartir y debatir con los demás.

Y una última recomendación. Si leéis la nueva edición de Salamandra, dejaos el prólogo de Atwood para el final. Hacedme caso, primero leed la novela, porque la autora no se quita de hacer spoilers y, aunque, como no, la perdonemos, revienta hasta el último punto de giro de la trama.

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40, de Oscar M. Prieto

40

40Inicié la lectura de “40” como terapia relajante, tengan en cuenta que, como ustedes recordarán, ya conocía a este autor, y precisamente por ello lo seleccioné.

Recordaba su anterior libro que tan placenteros momentos de lectura me proporcionó, Berlin Vintage,  si ustedes llegaron a leerlo difícilmente habrán olvidado como es la escritura de este autor. Tenía ese recuerdo de dejarme llevar por las palabras, de leer por el gusto de mecerme en su ritmo acomodado, sabiendo que podía regresar a él y centrarme casi al instante, eso es lo que sentí y me pasó con Berlín Vintage, un libro que he releído en alguna ocasión, un libro que también he regalado, en especial recuerdo que fue una especie de regalo de despedida a quien un día cambió su vida y voló… pero no demasiado lejos. Un libro especial para una amiga muy especial.

Así es, Oscar M. Prieto, ya me perdonarás por utilizarte como método terapéutico para unos días en los que atravesaba una fuerte etapa de estrés, un estrés extraño, pues acababa de descubrir que mi corazón empezaba a perder pulsaciones. No creas que era un acto de generosidad, no se pueden dar ni regalar latidos, tampoco es un acto de descuido…

Según mi médica, que también tiene un dulce ramalazo poético, me dice que lo que sucede es que hay ladrones de latidos. Eso es lo que al parecer nos pasa a la mayoría, existen unos cacos vestidos de negro llamados problemas propios y ajenos, estrés, exceso de trabajo… que se quedan con latidos, o lo que es lo mismo, con parte de nuestro tiempo, o lo que es lo mismo, con parte de nuestra vida…

Y en este estado inicié mi lectura de tu libro, y descubro que no me lo vas a poner fácil, será otro reto a la imaginación del lector, me harás trabajar, pero ese trabajo no me robará latidos ni cordura y además tiene su recompensa.

“Nombrar, dar nombre a las distintas realidades, este creía que era el poder decisivo y, como tal, el que exigía una mayor responsabilidad. Por eso, cuando tuvo que elegir el nombre para aquel lugar, se tomo su tiempo… “

Así inicias tu recorrido por el tiempo que deberemos dedicar a tus palabras, a tu historia, a la historia de Cosmo, contada por él mismo. Interesante el nombre del protagonista y actor principal del drama al que nos enfrentamos ¿Qué es la vida sino un dramático viaje? Un viaje del que tarde o temprano debemos descubrir su sentido para que podamos darle el valor que se merece.

No es extraño que una historia en la que el protagonista se llama Cosmo, aparezcan personajes eternos de la historia y la mitología. Porque estamos ante literatura para viejos lectores, lectores curtidos en mil batallas.

Yo perdiendo latidos y tú poniéndome a trabajar para encajar lo que leo, yo perdiendo latidos y tú repitiendo estrofas de los más sencillos versos de la vida … Y ambos regresamos una y otra vez a ese momento en el que debemos descubrir que lo importante es lo que queda por vivir, siempre es la mejor parte, la no conocida, la que nos ha de sorprender cada minuto que avanzamos en nuestro destino.
“40” ha sido otra sorpresa, otro reto lector, plasticidad en la historia y voluntad de seguir más allá de la música, porque para que una canción saque lo mejor de uno mismo debe haber una fusión perfecta entre música y letra…

Creo que no seré como Penélope, no dejaré que mi tiempo sólo sea un tiempo de espera, la vida está para vivir cada minuto como si no hubiera un mañana… ¿Quién sabe lo incierto que nos pueda ser ese futuro? En cualquier caso, querido autor, sigue escribiendo, sigue viviendo al borde de esa delgada línea que separa una literatura de otra. Demuestra que se puede sorprender desde la elegancia y la profundidad, que en ocasiones no importa hacer pensar al lector, avanzar o volver atrás para revisar, porque la Literatura, al final, es como la vida.

Aquí estaremos los lectores activos… Yo he ido recuperando el pulso de la vida. Es posible que “40”, me haya dado algún motivo para buscar esos latidos que se perdían sin razón aparente, será que la vida nos quita y nos da según el empeño que ponemos al pasar por ella.

También te digo que después de los cuarenta estarán los cincuenta, que también deben ser maravillosos. Pero no te avanzo más, porque esa es otra historia que ya nos irá mostrando la vida.

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Clavícula, de Marta Sanz

Clavícula

ClavículaMarta Sanz tiene un dolor. Un dolor que irradia desde la clavícula. Un dolor que comienza durante un vuelo y que hasta entonces era desconocido. Y desde ese mismo instante, ese dolor, esa punzada, ese malestar se convertirá en el punto de partida de esta novela. Porque Marta Sanz podría haber sido una chica buena y haberse callado. Podría haber asumido su dolor, asimilarlo e incluso esconderlo. Pero no, ella lo utiliza como punto de inflexión para ofrecernos una narración autobiográfica de las más sinceras que he leído en mucho tiempo. Directa, sin sutilezas ni remilgos, Marta se desnuda y nos muestra su clavícula, su dolor, sus quejas y sus reflexiones en torno a éste.

Para mí ha sido toda una sorpresa descubrir a Marta Sanz. Puede que llegue tarde (aunque tampoco creo que exista un tiempo para descubrir a un escritor). Quizá muchos de vosotros ya la conozcáis por sus novelas Black, Black, Black, Un buen detective no se casa jamás o Lección de anatomía, entre otros. Creo que conocer a Marta Sanz a través de Clavícula ha sido una de las mejores formas posibles porque, como os decía unas líneas más arriba, esta es sin duda su novela más personal, más desgarrada y genuina. Acercarme a ella en estas circunstancias es una auténtica maravilla. Empatizar y sentir con ella ha sido una experiencia extenuante, pero gratificante al mismo tiempo.

Partimos de ese dolor que sorprende a la escritora en pleno vuelo. Desde ese momento, el libro se convierte en una dolorosa y, en ocasiones cómica, radiografía del dolor. Pero el dolor siempre esconde mucho más. Las reflexiones que la autora aborda en esta corta pero intensa novela son reales: “¿primero me duele y luego enloquezco?, ¿me duele porque he enloquecido?, ¿el dolor nace del dentro o del fuera?, ¿primero me explotan, luego enloquezco y después me duele?, ¿o me duele y me hago consciente de que me explotan?”.

Si tenéis cierta tendencia a la hipocondría, como es mi caso, puede que Clavícula os resulte demasiado duro en el sentido de la empatía. Yo he sufrido con Marta, he experimentado su dolor y lo he hecho mío. Y mientras leía la novela no podía pensar más que en esa punzada. Pero hay algo de catarsis en esto de compartir el dolor. No me digáis que poder quejarse a gusto no es liberador. Debería ser un derecho universal esto de, de vez en cuando, quejarse de vicio.

¿Y quejarse a través del humor?, ¿no es algo muy nuestro? Reconozco que en ocasiones me he reído mucho con las ocurrencias y reflexiones de Marta. Tiene una especie de humor negro de lo más interesante.

Hipocondríacos o no, quejicas y no quejicas, Clavícula es una novela que merece mucho la pena. Como os decía, este es uno de los textos autobiográficos más atractivos y reales que he leído últimamente. Dejaos llevar por Marta Sanz, veréis como a fin de cuentas, este viaje a través del dolor no resulta ser tan doloroso.

 

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Un largo camino a casa, de Saroo Brierley

Un largo camino a casa

Un largo camino a casaPor mucho que protejamos a los niños, es inevitable que tengan algún tipo de miedo. Creo que no conozco a nadie que no tuviera miedo a algo o a alguien cuando era pequeño. Cuando somos grandes también, claro, pero la mayoría somos conscientes y lo vamos llevando, asumiendo o soportando. Los miedos de la infancia nos parecen más irracionales, pero si lo pensamos bien, de eso nada. Por ejemplo, es muy común temer a la oscuridad; no se ve, no sé lo que hay, es un miedo lógico. El miedo a perderse, a quedarse solo, a no volver a ver a tus padres, ese es terrible y también muy común. Mis mellizos me seguían por la casa cuando eran pequeñitos, mi padre se reía y decía que parecía la gallina con los pollitos o la pata con los patitos. Saben que nosotros los alimentamos, les damos cariño y seguridad, el perdernos les produce angustia. Quizá mucha culpa de los miedos de los pequeños la tengamos los mayores, que se los transmitimos, es la paradoja de ese afán de protección, pero otros vienen en el ADN, estoy convencida. Juan sin Miedo es un cuento, hay niños más valientes o atrevidos, pero algún miedo tienen aunque sea pequeño.

Saroo, el autor y protagonista de Un largo camino a casa, tenía 5 años cuando se perdió en la inmensidad de India, un país caótico y superpoblado. Vivía con su madre y sus hermanos en una casita muy humilde, pasando hambre y carencias de todo tipo, pero era un niño alegre, aventurero, responsable y feliz. Una noche insistió en irse con su hermano mayor a lo que fuese que hacía para ganarse la vida en los trenes y las estaciones. Se quedó descansando y esperando en la estación, se durmió y cuando se despertó y se vio solo en el andén, decidió meterse en el tren que tenía delante en ese momento para buscar a su hermano. Estuvo un montón de horas encerrado en aquel vagón, solo, hasta que llegó a Calcuta. ¿Os imagináis el papelón? Con 5 años no había ido nunca a la escuela porque tenía que quedarse en casa cuidando de su hermana pequeña, no sabía expresarse bien, nadie le hacía ni caso y no sabía dónde estaba. Una pesadilla. Saroo nos contará en el libro toda esta aventura. Como sobrevivió a esto, la gente con la que se encontró y la suerte que tuvo, después de todo, ya que cinco meses después de coger aquel tren estaba volando rumbo a Australia, adoptado por una pareja maravillosa.

Si esta parte de la historia os parece increíble, la que viene después, lo es todavía más. Ya adulto, Saroo decide buscar a su familia. Es feliz con su vida pero siente que es su deber encontrar a su madre biológica para explicarle que está bien, que se perdió. Su mamá australiana siempre le ayudó a mantener vivos los recuerdos de su casa en India, así que cuando apareció Google Earth en nuestras vidas, Saroo empezó la búsqueda de su casa en India, poco a poco, con una paciencia infinita y obsesiva. Sus recuerdos estaban algo distorsionados, incluidos los nombres de los sitios, así que no fue nada fácil seguir líneas férreas a lo largo y ancho de un país que se mueve básicamente en tren, intentando identificar la estación de donde salió. Después de muchos meses, da con un sitio que encaja casi en todos sus recuerdos, muy alejado de Calcuta, y decide ir a averiguar si es donde nació y si su familia sigue allí después de 25 años.

Hoy os he contado más del contenido del libro de lo que suelo en las reseñas, pero es que prácticamente sabes lo que pasa desde el principio, el libro es más bien una narración detallada de la aventura, pero no es un misterio. La película basada en las vivencias de este niño se estrenó a finales del año pasado, con Nicole Kidman como la madre australiana y Dev Patel como el Saroo adulto. No la he visto, supongo que será tan emocionante como el libro, porque la historia es increíble, aquí se puede usar lo de que “la realidad supera la ficción”. El libro no tiene una gran calidad literaria, es sencillo y fácil, lo interesante es la aventura que nos cuenta, no cómo lo hace. Leyendo la contraportada, define la historia como un drama. Sí, se debería definir como un dramón, pero me cuesta calificarla así. Saroo lo cuenta como algo terrible que le pasó, pero reconoce que también tuvo mucha suerte, conociendo las condiciones de cientos de miles de niños en su país de origen. La narración no es dramática, es agradecida, vital, llena de esperanza y de mucho amor.

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Hotel Iris, de Yoko Ogawa

Hotel Iris

Hotel IrisEl despertar de la sexualidad es algo intrínseco al ser humano. Bueno, en realidad también al resto de los animales, lo que pasa es que no le llamamos despertar, es un instinto básico de supervivencia de la especie. Los humanos con nuestro cerebro pensante le damos más vueltas y le ponemos romanticismo, al menos de cara a la galería, porque la mayoría de las veces es un calentón físico y químico. Además de la alteración física, nuestro pensamiento tiene mucha influencia en nuestras relaciones sexuales. La mitad de nuestra vida sexual está en nuestro cerebro y esta parte es mucho más difícil de entender que el mecanismo físico de la relación. En el cerebro se maquinan las diferentes formas de mantener relaciones sexuales. Por ejemplo: no conozco ningún otro animal que ate a su pareja, pero algunos humanos practican bondage.

No voy a nombrar todas las maneras diferentes de relacionarnos sexualmente, que esto es una reseña de un libro y no un ensayo sobre lo que hacemos en la intimidad (o en público), con nuestras partes íntimas y no tan íntimas, porque se puede utilizar de todo para el fornicio, pero es que el Hotel Iris va por estos derroteros. Se trata del descubrimiento o despertar del deseo carnal de Mari, una chica de diecisiete años, y es un despertar algo turbio, transgresor, que no entiende ni ella misma.

Mari, vive en un pueblo costero, de los de turismo estacional, y ayuda a su madre viuda en el hotelucho familiar que tienen cerca de la playa. Allí conoce a un hombre misterioso que le impresiona por su voz, autoritaria y tajante, pero solo cuando habla con la prostituta que había contratado para pasar un rato en el hotel. Fuera de la habitación el hombre es normal, anodino, educado, callado, simple. Mari se lo vuelve a encontrar y comienzan una relación extraña. El hombre anda por los sesenta años, es traductor de ruso y tiene un pasado oscuro y ambiguo; vive apartado en una isla casi desierta y prácticamente no se relaciona con nadie.

Me ha gustado mucho la forma de contarnos la historia de Yoko Ogawa, algo tristona, nostálgica, de atardecer, del estilo de Murakami en Tokio blues. Hay algo perturbador en un libro escrito de una forma aparentemente tan inocente. Y digo aparente porque de inocente nada, es solo la redacción, bonita, casi poética que utiliza Ogawa la que da esa sensación de pureza, muy acorde con la edad de la protagonista. Pero el tema y el devenir de los acontecimientos no son tan inocentes. La relación que se establece entre la protagonista y el hombre tiene mucha complicación psicológica detrás. El hombre es viudo y la muerte de su mujer nos hace sospechar casi todo el rato. La relación que tiene Mari con su madre es fea, no hay confianza, la madre es autoritaria, interesada y exigente. Esa obsesión con peinar y repeinar el pelo de la chica muy tirante, haciendo daño, no podía traer nada bueno. Mari tiene recuerdos de su padre también algo contradictorios.

Mientras lo leía me venía a la mente Lolita de Nabokov, aunque no sé si solo por la diferencia de edad de los protagonistas, porque Mari no es la típica Lolita y el traductor tampoco es que se parezca mucho a Humbert. Tampoco pude evitar acordarme del profesor Kepesh de novela de Philip Roth El animal moribundo. Estas conexiones que hago son muy personales; a lo mejor cuando lo leáis, me vais a decir que estoy majara, pero mi cabeza funciona de forma extraña, hasta asocio olores y colores a veces con los libros. La forma de escribir no es la misma, por supuesto, y el punto de vista es diferente, Yoko Ogawa es mujer, y la protagonista también y es un libro escrito en primera persona, desde el punto de vista de Mari, no sabemos lo que pasa cuando Mari no lo vive, por eso la narración tiene ese aire inocente.

Muy bonita edición de la Editorial Funambulista que tiene más libros de esta autora publicados, entre otros el famoso y premiado La fórmula preferida del profesor. Apuntad a esta mujer en pendientes si no la habéis leído todavía porque merece la pena.

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Antitauromaquia, de Manuel Vicent y El Roto

antitauromaquia

antitauromaquia“En esencia el arte de matar consiste en convertir en veinte minutos a uno de los animales más bellos de la creación en un picadillo tártaro ante un público alborozado.”

Este libro es, como se puede deducir por el título, un alegato antitaurino en toda regla. Pero  no solo antitaurino; se extiende más allá: es una denuncia de esa extraña costumbre española con la que muchos españoles se divierten, oséase: maltratando, torturando, matando, o las tres combinadas, a cualquier pobre animal para festejar cualquier puto evento en honor a tal o cual santo o virgen de cualquier remoto pueblo a lo largo de toda la geografía española. Y, pueblos, hay muchos… Una denuncia que, a estas alturas de la civilización, no debería hacer falta, pero como este sigue siendo un país anacrónico de ranciedad, postureo, caciquismo, adoradores de tallas e imágenes, telebasura, señoritos y flamencos anclados en una tradición arcaica y sangrienta se hace más que necesario.

Un libro elaborado sobre textos publicados en El País durante veinte años. Un libro contra el maltrato generalizado, injusto e histórico al toro, simplemente por el hecho de ser toro, por ser una tradición, (como en su día lo fue el quemar herejes), que tiene más valor aún por venir de alguien que en tiempos fue aficionado a la mal llamada fiesta (pues de fiesta tiene poco ya que incluso los aficionados se aburren) y el cual más tarde comprendió que no podía apoyar más semejante barbarie. En palabras del autor:

“Cuando uno nace y se desarrolla en ese ambiente taurino, acaba por creer lo más natural del mundo pegar bastonazos a unas vacas esmirriadas, llenas de mataduras, que ya venían apaleadas de otras fiestas… Cuando uno vuelve al lugar de aquellos juegos que le hicieron tan feliz y contempla a otros niños embruteciéndose con el mismo juego, de pronto, a uno se le abren los ojos y se le presenta con toda nitidez la crueldad humana.”

Antitauromaquia no da cabida a muchos de los pobres, falsos y peregrinos argumentos de los taurinos para defender las corridas, (ni falta que hace, pues se rebaten solos) aunque a mí sí me hubiera gustado que se hubiera mencionado lo siguiente:

-La tan cacareada vida “regalada” que los taurinos afirman que tienen los toros: según ellos, durante los cuatro o cinco años que viven antes de morir (en realidad menos del 5% llegan a los cuatro años), lo hacen a cuerpo de rey y solo al final de su vida, durante 15 minutos pueden sufrir un poquito. El destete se produce a los cuatro meses, y, para que no sigan mamando untan con pez ardiente los pezones de las madres para que estas impidan a sus hijos mamar. No habla de las marcas a fuego en vivo y las mutilaciones en las orejas. Ni que se les impide el contacto con las vacas. Ni que en el 80% de las autopsias hechas a toros lidiados se encuentran pruebas de sufrir enfermedades como tuberculosis, tumores, hepatitis…

-Tampoco habla de que el toro es un herbívoro y que, por lo tanto, su condición natural es la de huir, no atacar. Ataca cuando es enfurecido, o como reacción a torturas. No dice que 24 horas antes de ser toreado se le encierra a oscuras para que, al soltarlo, la luz y gritos de los cabrones que asisten al ruedo lo aterren y trate de huir saltando las barreras. ¡Huir, no atacar!, repito, aunque la sensación que da es la contraria. Además, los cuernos se le recortan en vivo, le cuelgan sacos de arena en el cuello durante horas, le golpean con sacos de arena en testículos y riñones, le inducen diarrea y le abrasan los intestinos al poner sulfatos y laxantes en el agua y comida para llegar débil. Se le untan con grasa y vaselina los ojos para dificultar la visión y en las patas una sustancia que le provoca ardor y mantenerse quieto. Además, le introducen bolas de algodón en las fosas nasales para obstaculizar su respiración. ¡Eso es querer al toro, y lo demás son tonterías, claro que sí! ¡Eso dicen los muy sádicos; que quieren al toro! ¿Realmente piensan eso? Muchos taurinos, incomprensiblemente, tienen animales de compañía. ¿De verdad pueden pensar eso? ¿Cómo pueden decir que aman a un animal y torturarle o ser cómplice asistiendo a la tortura gratuita de ese animal? Más bien creo que les avergüenza reconocer que tienen en su interior un componente sádico muy elevado.

Pero Vicent no habla de esto porque no es lo que pretende. Su misión es otra, en mi opinión: hacer ver lo incrustada que está en este país la lidia del toro, a pesar de que a día de hoy, más del 73% de la población no apoya las corridas, y sin embargo ahí siguen, pagándose con el dinero de nuestros impuestos y con millones de euros desviados de subvenciones europeas que podrían ser invertidos en fines mucho más necesarios.

El libro trata sobre todo de la historia española, de la división de los españoles en toros o toreros, de lo que gusta aparentar (aunque sea para rebajarse e igualarse a la chusma), de la matanza que comenzó en 1936; ridiculiza, y con razón, toda la parafernalia y teatro que gira alrededor de este mundo de sangre y hace hincapié en no ver por ningún lado ni el “arte” ni la “maestría” que muchos dicen ver en el toreo. Carga contra políticos de derechas y contra los de izquierdas que, ya en 1917 prometían eliminar las corridas, pero luego se dejan ver en los palcos. Desmonta taurochorradas evidentes como la de que Goya defendía la tauromaquia porque hizo grabados sobre ella (por esa misma razón se podría afirmar que le gustaban las guerras y los fusilamientos…), pone a bajar de un burro a ese borracho crédulo que era Hemingway, y trae a colación el tema de Cataluña y su posicionamiento en contra y muchos otros aspectos.

Con Antitauromaquia se aprende mucho de cómo ha sido y, por desgracia, sigue siendo España. Abundan las curiosidades. Por ejemplo, los petos de los caballos. Fue Primo de Rivera quien impuso el peto de los caballos en las corridas. Hasta entonces era normal acabar la corrida con dos o tres caballos muertos con las tripas fuera mientras el torero seguía a lo suyo. ¡Pues hubo manifestaciones y reyertas diarias con navajas durante algún tiempo!  (Aunque cabe decir que en realidad el peto no les protege, simplemente lo simula, pero solo sirve para ocultar las heridas y que el público no vea las vísceras. Alguna vez se han llegado a introducir los intestinos de nuevo y se han cosido las tripas para que aguanten. También a muchos caballos, para evitar relinchos de espanto y dolor, se les amputan las cuerdas vocales).

Pero Vicent no se limita a llamar tauromaquia al maltrato al toro. También habla de la divertida “fiesta” de tirar a una cabra desde un campanario, de arrancar el cuello de unos gansos colgados en una cuerda, de atravesar a un gato con siete espadas, de atar una lata al rabo de un perro y correrlo a palos, de las novilladas (en las que unos aturdidos, jóvenes –tan jóvenes que por edad podrían equipararse a bebés humanos– animales son torturados y humillados de manera atroz simplemente porque unos imbéciles se divierten así…)

Está claro que este país se merece los políticos que tiene al intentar por todos los medios mantener agonizante una barbarie que más pronto que tarde está abocada a su desaparición a pesar de sus desesperados intentos (bajada del IVA, declaración de BIN,…) de sacarla a flote.

Esta obra es una merecida crítica a la estupidez, brutalidad y crueldad que este país tolera en pleno siglo XXI. Son 84 textos cortos que cualquier antitaurino, animalista, o, en general, cualquier persona mentalmente sana, debería leer.

Antitauromaquia se completa con acertadas ilustraciones intercaladas de El Roto, fiel a su estilo sutil, de pocas pero afiladas palabras, que sientan igual que una espada clavándose en lo más hondo del corazón.

“La única emoción de la lidia consiste en sorprender dentro de uno mismo el deseo inconfesable, nunca reconocido, de que suceda la tragedia en el ruedo para poder contarla. ¿Abandonaría la plaza un buen aficionado si tuviera la certeza de que iba a morir el toro. En la corrida todo lo que no es muerte es tedio. ¿A qué buen taurino no le hubiera gustado estar en la plaza de Linares cuando el toro mató a Manolete?

Unas páginas cargadas de trágica verdad, crítica, denuncia y empatía, que no deberían hacer falta escribirse, pero que visto el panorama, se hace vital y necesario. Porque, a la larga, uno se acostumbra a todo y se desensibiliza con la exposición repetida de cualquier imagen, por cruel que parezca la primera vez. Este no es un libro duro, aunque tiene partes que lo son, pero sí es un libro que cuenta verdades como puños. Ojalá sirva para aportar un granito de arena para acabar de una vez con esa salvajada que identifica a este triste país. Hace mucho que va siendo hora.

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Mil mamíferos ciegos, de Isabel González

Mil mamíferos ciegos

Mil mamíferos ciegosEmpezar una reseña tratando de buscar las palabras es algo extraño, lo sé, pero es que aún estoy tratando de digerir el libro que acabo de leer. No sé muy bien por dónde empezar con Mil mamíferos ciegos, porque todavía no sé bien qué siento sobre él. Es lo que tiene escribir la reseña en caliente, supongo. Quizá debería irme a dar una vuelta, dejar que la lluvia me aclare un poco las ideas. ¿No os encanta el poder liberador de la lluvia? Ese torrente que nos aclara por dentro y por fuera. O quizá debería irme al bosque. Esa sí que sería una buena manera de entender este libro, porque sería un poco adentrarme en él.

Como no voy a moverme de este sofá, voy a luchar con lo que tengo a mano: este libro que acabo de terminar y mis sensaciones. Vamos a ver qué sale de todo esto.

Confío en la editorial Dos bigotes porque, por lo general, suele gustarme su catálogo. Así que, enganchada a ese título tan perfecto y su carta de presentación, me entró la irresistible curiosidad de leer este libro. No conocía a Isabel González. Os la presento: su primer libro publicado se llama Casi tan salvaje y es una recopilación de relatos. Ha colaborado en libros más experimentales (escritos a ocho manos) como La Aldea de F. o Pelos. También ha creado dos libros ilustrados: El caballo del malo y El mismo. Dicen de ella que tiene un ritmo trepidante, elaborado y visceral al mismo tiempo. Cátedra la consideró como una de las autoras más representativas del relato breve contemporáneo en Cuento español actual. Hasta aquí su currículo literario, que no está nada mal. Ya se adivina en él que Isabel González no es la típica escritora (si es que eso existe).

Y ahora, el libro: Mil mamíferos ciegos. Dicen que es una suerte de fábula. Yo voy a definirlo como un libro raro de narices, si me lo permitís. Entendiendo raro, claro está, desde el punto de vista de que se aleja de lo normal, de lo establecido. ¿Es eso malo? Ni mucho menos. Pero a veces es difícil definir lo que nos es extraño, lo que nos saca de nuestro mundo y nos zarandea. Aún más raro explicaros que, a pesar de la complejidad, este libro me atrapa y no sé bien por qué.

Tenemos a Yago, un chico que se escapa al bosque a buscarse la vida, a vivir su vida. También están Eva y Santi, en la ciudad. Una pareja que sobrevive entre fetichismo, soledad y un amor insostenible, edificado sobre unos pilares que se agrietan, que no son capaces de cargar con el peso del vacío. Se trata de un triángulo amoroso que no se concibe como tal. Un triángulo que va surgiendo, que va desvelando su pasado y que llega al presente a través de unas cartas, unos mensajes lanzados a la nada y al olvido que Santi recoge, asimila y hace suyos.

No es necesario contaros más, porque el resto es todo puro simbolismo. Un simbolismo desgarrado y vertiginoso que encuentra su esplendor en la forma de escribir de la autora, alguien que es capaz de dar vida a lo inerte, de dejarnos a ciegas, de arrancarnos del sofá y arroparnos en la insostenible calma del bosque. Os lo he dicho. Os he avisado. Mil mamíferos ciegos es un libro complejo, sí. Pero qué dulce resulta la complejidad cuando nos hacen partícipes de ella de esta forma.

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Atravesé las Bardenas, de Eduardo Gil Bera

Atravesé las Bardenas

Atravesé las BardenasCuando alguien como yo, amante de la literatura y de la naturaleza, que vive en el corazón de las Cinco Villas, se encuentra con una fotografía como la que ilustra la portada de este libro, no puede resistirse a quererlo, es imposible. Piensas que, si ya Acantilado te da una seguridad en cuanto a la calidad de la lectura, lo que haya detrás de esa imagen debe ser especial, sobre todo porque una novela narrada en poco más de cien páginas ha de ser una pequeña exquisitez literaria.

Eso al menos pensé yo cuando andaba hacia casa con la sonrisa de quién cree haber encontrado un gran tesoro. Y ya les adelanto que con, Atravesé las Bardenas, no me equivoqué.

Y fue por todo ello, y porque el pueblo en el que vivo es la entrada natural desde Aragón a esas Bardenas que tan bien conozco, por lo que me decidí a seleccionarlo como una de mis lecturas para el día de San Jorge.

Eduardo Gil Bera, del que no tenía noticia anterior, es de Tudela (Navarra). Si miran ustedes en un mapa, verán que entre Tudela y Ejea de los Caballeros solo median las Bardenas: La Bardena Negra y las Bardenas Reales o Bardena Blanca.

Un lugar que desgraciadamente para muchos vecinos de las localidades limítrofes está asociado, no al bello parque natural que deberíamos poder disfrutar todos libremente, sino a ese campo de tiro del Ministerio de defensa al que año tras año solicitamos su desmantelamiento. A pesar de ello, nadie debería dejar de visitar en alguna ocasión toda la zona de Las Bardenas.

Tampoco pasa nada porque yo ahora les meta un poquito de historia y así aquellos que no sepan de qué hablamos al referirnos a “Pueblos de Colonización”, se puedan hacer una idea.

Terminada la Guerra Civil, y a la vista de la devastación producida, se crea el Instituto Nacional de Colonización, un organismo dependiente del Ministerio de Agricultura, y creado por la necesidad de realizar una reforma tanto social como económica de la tierra, con el objetivo de efectuar una transformación del espacio productivo mediante la reorganización, reactivación y producción del sector agrícola con el aumento de tierras de labor y la superficie de riego.

Nacen entonces una serie de pueblos llamados de “colonización” que transformarán muchas zonas de España. Especialmente las Comunidades de Aragón, Andalucía, Castilla, Cataluña, Extremadura, Navarra y parte de la zona Levantina.

El Plan General de Colonización de la Zona de Bardenas se aprobó en 1954, y el autor centra su historia en los inicios del año 1956, fecha muy cercana al 8 de abril de 1959, en que Franco inauguró el pantano de Yesa, el canal de Bardenas y los pueblos de El Bayo, Santa Anastasia y Bardena del Caudillo.

Según el historiador D. Jesús Guallar Pérez, “fue así como esta extensa zona de Bardenas, que une las provincias de Zaragoza y Navarra, se vio sometida a una transformación profunda: nivelaciones, acequias, carreteras y caminos, construcción de poblados y plantación de árboles. Un gran trasiego de hombres y maquinarias… Los trabajos para la puesta en riego aliviaron la situación de penuria de la comarca y un número importante de trabajadores de otros lugares del país se asentaron en Ejea, algunos con sus familias.

La zona de Bardenas había sido dividida por el INC, a efectos de planificación y administración, en dos subzonas: norte y sur.

Bardenas Norte que comprendía seis pueblos nuevos: Figarol, Rada, Gabarderal, El Boyeral y San Isidro del Pinar en la provincia de Navarra, más Camporreal en el término municipal de Sos del Rey Católico, y Bardenas Sur, toda ella en la provincia de Zaragoza, la conformaban nueve poblados: Bardena del Caudillo, Santa Anastasia, El Bayo, Pinsoro, Valareña y Sabinar dentro del término municipal de Ejea; Sancho Abarca y Santa Engracia en el de Tauste, y Alera en el de Sádaba. El número de colonos se pensaba que ascendería a 3.967 pero tan solo se instalaron 1.353 en quince poblados, de los cuales uno, El Boyeral, está abandonado en la actualidad.

Una vez superada esta pequeña lección de historia, les contaré que Atravesé las Bardenas se puede leer perfectamente sin conocerla, pues el autor nos cuenta un relato en el que el señor Yaben, un ingeniero del Instituto Nacional de Colonización, proyecta la construcción de un pueblo en una zona de su propiedad de las Bardenas; lo proyecta teniendo como base de ese futuro pueblo a toda la población reclusa de Tudela, tanto de hombres como de mujeres.

En su narración, dividida en tres partes que a su vez se subdivide en pequeños capítulos, cada una de las partes va precedida de una frase de Heráclito, y no es de extrañar, ya que el libro es de una gran profundidad humana y filosófica, y sobre todo es mucha la simbología que encontramos en ella; pues como bien dice la contraportada, es una alegoría de la realización de los sueños humanos, que reúne en el desierto de Navarra la condición humana en toda su desnudez, y se convertirá en una fábula de tientes bíblicos.

Así nos adentramos en esta historia que nos hará conocer la zona y la vida de Dámaso Torrentera, y les advierto que ni una ni otra nos dejará indiferentes…

“EL AÑO DEL FRÍO

En febrero de 1956 vivía en Mélida un joven llamado Dá¬maso Torrentera. Aquél fue el mes de febrero más frío que nadie recordaba. Por la noche, la temperatura bajaba hasta quince grados bajo cero, y durante el día el sol no llegaba a deshelar los charcos. Torrentera sufría congelación en las manos y no dormía con los demás presos. Tenía permiso para pernoctar en una corraliza más cerca de Mélida e ir al médico.

Llegaba al pueblo caminando por la tierra crujiente por el hielo y se paraba, envuelto en su manta, ante la casa del señor Yaben, que le hablaba desde la ventana.
—¡Entra!
—No…
—¿Has ido al médico?
—No. Ahora voy.
—¿No vas entrar? ¡Entra!

Torrentera negaba con la cabeza, sin contestar.

—Pues anda al médico.

Cada mañana de aquellos días glaciales, se repitió la escena. Torrentera se detenía ante la casa del señor Yaben, que le invitaba, pero el joven preso nunca entró.

Se produjo las lesiones de congelación en las manos durante la extinción del incendio de la fábrica azucarera de Tudela, cuando los presos que trabajaban en la construcción del poblado de colonización de Rada fueron trasladados para luchar contra el fuego. Fue idea de Yaben, siempre empeñado en conseguir beneficios de redención para sus presos.”

Es una historia especial que gustará tanto a aquel que quiera acceder a una narración sencilla, como a aquellos que buscan siempre algo más en la literatura, aquellos que adoran los dobleces, los símbolos, las referencias filosóficas y el trasfondo más humano, en definitiva para los que intentan llegar a la esencia de las cosas y de la vida a través del pensamiento, y recurriendo para ello a la filosofía más tradicional, como la de Heráclito que nos habla de que todo está en movimiento y por ello todo cambia de una forma constante, lo que es en este momento nunca más lo volverá a ser y lo que fue en su momento, nunca más lo será.

Ya ven, aquí he venido yo a descubrir a través de este libro de tintes filosóficos, Atravesé las Bardenas, la historia de la zona en la que vivo, y también a un escritor en el que reconoceremos que ha sido traductor de grandes autores como Séneca, Marco Aurelio, Epiceto y también del inconfundible Joseph Roth, y eso se nota, así que no creo que tarde en volver por aquí para hablarles de alguna de sus otras novelas como aquellas por las que consiguió los Premios Alfonso X el Sabio y el Miguel de Unamuno, o quizá para comentarles la publicada por esta misma editorial en 2015 titulada Esta canalla de literatura, una obra que ya, por ese título, me está interesando… Y mucho.

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El abismo, de Neal Shusterman

el abismo

el abismoNada vuelve a ser igual después de conocer el abismo. Neal Shusterman lo sabe bien: lo vio de cerca porque uno de los suyos se hundió en él. Y ha escrito esta novela para que sintamos el descenso. Quiere que estemos preparados por si mañana cae uno de los nuestros… o nosotros mismos.

Las enfermedades mentales son ese abismo que nunca se menciona. Igual infravaloramos el poder destructor de la depresión o la ansiedad que huimos de los psicóticos por miedo a que nos hagan daño o nos contagien su locura. Sin embargo, según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada cuatro ciudadanos padeceremos alguno de esos trastornos a lo largo de nuestra vida. Por eso es necesario conocer a los monstruos que quizá se agazapan en las profundidades de nuestras mentes o en las de nuestros seres queridos para que, si un día nos arrastran, sepamos a qué nos enfrentamos.

En El abismo, Neal Shusterman cuenta la historia de Caden Bosch, un chico de quince años normal y corriente… hasta que deja de serlo. Poco a poco, su capacidad para relacionarse con los demás se deteriora, comienza a comportarse compulsivamente, aparecen los delirios, las alucinaciones, la paranoia, las voces en su cabeza, la manía persecutoria… Lo que lleva a sus padres a internarlo en un psiquiátrico para jóvenes. Allí, la mente a la deriva de Caden, a bordo de un barco conducido por un capitán tuerto y un loro subversivo, buscará el norte para volver a la realidad, acompañado por una tripulación formada por personajes tan variopintos como el oficial de la derrota o el oficial del entusiasmo.

Como avisa su autor, esta novela no es ficción: las emociones de Caden, los dibujos con los que las expresa, los efectos que le provocan los medicamentos, la relación con su familia y sus compañeros, todo se lo ha transmitido su hijo, que se hundió y resurgió de los rincones más oscuros de su mente. De ahí que la lectura de este libro nos golpee con tanta contundencia, aterrándonos y conmoviéndonos a la vez. La historia que nos narra El abismo es la historia de muchas personas de nuestro alrededor, las conozcamos o no, cuyos pensamientos y actos nos enfadan, nos asustan o nos avergüenzan porque no los entendemos, y somos incapaces de mirarlas de frente y empatizar con ellas. Neal Shusterman logra que comprendamos cómo se sienten los que padecen enfermedades mentales, rompiendo esos tabús que los estigmatizan socialmente y dejándonos claro que nada es inevitable, ni siquiera la locura.

Hay centenares de libros que nos hacen viajar a lugares lejanos que nos encantaría visitar, pero muy pocos que nos hagan mirar dentro de nuestras mentes, a esos monstruos escondidos que nunca desearíamos conocer de primera mano. Por eso, esta novela ha sido galardonado con el National Book Award en 2015 y con el Golden Kite Award en 2016; son los merecidos reconocimientos a un libro necesario para la literatura y para la vida. Desde ya digo que será uno de mis favoritos del año, pues ha cambiado mi forma de ver muchas cuestiones. Nada volverá a ser igual después de haber leído El abismo.

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Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald

Suave es la noche

Suave es la nocheUna de mis novelas preferidas es El gran Gatsby. Ya os hablé en esta reseña sobre su adaptación al cómic y mi pequeña manía con las líneas finales de la novela. Y aunque, quitando algún cuento suelto, sólo había leído este libro del autor, Fitzgerald estaba también en mi lista de escritores favoritos. Ahora, después de haber leído Suave es la noche, debo decir que Fitzgerald está, sin duda, en mi particular top five de escritores. Lo suya es una literatura desgarradora, brillante y totalmente embaucadora. A mí, al menos, me atrapa como pocos escritores consiguen hacer.

Suave es la noche está en la línea de El gran Gastby. Si no habéis leído el libro (cosa que no os perdono), podéis haceros una idea con esta reseña. Aun así, os pongo en situación con sólo unas palabras: años veinte, opulencia, excesos, romances y descenso a los infiernos. Algo parecido a lo que pudimos leer en El gran Gatsby, pero contado desde otro prisma mucho más personal, más genuino e hiriente, si cabe.

Publicada por primera vez en 1934 en la Scribner’s Magazine en cuatro entregas, esta desesperada novela es la más autobiográfica del autor. Durante los ocho años que tardó en escribirla, el propio Fitzgerald experimentó muchas de las sensaciones que recrea en Suave es la noche. Desde el internamiento de Zelda, su mujer, en un sanatorio hasta su propio declive. El libro no tuvo muy buena acogida, tampoco por su ya ex-mujer, que vio reflejada su propia historia en la novela.

Los Diver son el matrimonio reflejo de los Fitzgerald en Suave es la noche. Un matrimonio brillante formado por Nick Diver, un lúcido psicoanalista y su mujer, Nicole, una adinerada y hermosa joven. Los dos conforman una de las parejas más influyentes y encantadoras de la Riviera francesa, lugar donde el glamour de aquellos locos años alcanza gran esplendor. Parejas acomodadas que ocupan sus vidas en viajar por la Europa de postguerra, en asistir a cenas y eventos lujosos, en ser simplemente encantadoras. Personas que lo tienen todo y que, aparentemente, no tiene que preocuparse por nada. Pero claro, lectores, ya sabemos que las apariencias engañan. Es algo que Fitzgerald también nos mostró con Gatsby y es algo que vuelve a salir a relucir entre estos personajes tan atrayentes.

Nick Diver, el joven doctor capaz de enamorar a todos, de hacer lo que esté en su mano por mantener a todo el mundo atrapado en su telaraña de encantos y lisonjas, es quien más fuerte experimenta ese declive del que os hablaba. Él es quien ve derrumbarse su idílico mundo ante su enferma mujer, su fugaz y eterna amante Rosemary y todo el círculo de extravagantes e influyentes personas que le rodean. Todo dejará de tener sentido, las apariencias, la cordialidad y la magia van dando paso a sus propios excesos, su intento por mantener la cordura en un mundo que él  mismo ha creado, hecho a su imagen y semejanza. Sólo el tiempo nos pone en nuestro lugar, sólo él es capaz de acabar revelando  nuestra propia naturaleza, ese vital destello que Nick sabe bien, o sabía, cómo modular a su antojo.

Suave es la noche es la novela perfecta, porque en ella cabe todo. No sólo la magnífica prosa de Fitzgerald y su manera de crear geniales personajes que nos atrapan. No es sólo la forma de narrar la magia y los sueños rotos. Con Fitzgerald me ocurre que cuando leo sus novelas, quiero quedarme atrapada en ellas, vivir en sus libros. Y eso es algo que pocas veces me ocurre. Brillante Fitzgerald, escritor grande entre los grandes.

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